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2022

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LA HONORABLE MELODIA

Abi

Nuevamente me situaba ahí, en esa habitación congelada; había ventanales, pero la vista era penumbrosa, me deprimía. Las paredes estaban gastadas y el papel tapiz era gris, sobre las esquinas estaba arrugado; de las cortinas se desprendían polvo y ácaros cada vez que estas hacían algún movimiento alguno, por más ligero que fuese.En el centro de la habitación se encontraba mi obsesión: el piano de cola. Su madera lustrada negra me inspiraba al punto de querer componer cada vez que la miraba. Al banco en el cual me sentaba horas y horas a practicar con tanto esmero de manera cotidiana ya se le estaba gastando la cuerina. Era una obra de arte por donde se lo mirase. Era impresionante.

Cuando empecé a tocar, algo no sonaba bien, no sonaba perfecto. Cuanto más trataba de deslizar mis dedos con más fluidez y delicadeza por esas ochenta y ocho teclas blancas y negras, con más tensión lo hacía. No era una buena melodía y lo sabía. Mi, re, mi, re, si, sol, re. No, me equivoqué de nuevo. Mis dedos temblorosos ya no sabían cómo parar, no podían interpretar mis obras en paz.

Ochenta y seis teclas, rompí dos por accidente, que descuidada que soy. Ya empezaba a amanecer cuando yo seguía esclava del piano, de la melodía, no podía parar. El sol entró de lleno y deslumbró mi vista algo prejuiciosa y ambiciosa, ochenta teclas quedaban. Era una con el piano, no podía dejarlo, no hasta que me saliera la melodía que me haría poder denominarme pianista.

Setenta y cinco teclas, ya me estaba cansando, sesenta y dos, estaba arruinando el piano.

Luego de horas, con cuarenta y tres teclas, más blancas que negras, y el piano a medio funcionar seguía sin salirme la pieza soñada. Pero no iba a rendirme, a la felicidad tenía que llegar. Tocaba como podía, faltaban demasiadas teclas y yo estaba exhausta, veintisiete teclas, sesenta y uno arruinadas por el simple capricho de poder honrarte, de poder lograr tu melodía, padre. No pude alcanzarlo con las teclas restantes, doy por sentado que no soy lo suficientemente dotada como para que tu talento este en mis genes, para que fluya en ellos, para que corra por mi sangre, por mis venas. Era una con la resignación, una resignada diría yo, con ese sentimiento que muchos llamarían agonía de sentirme y darme por vencida. La deshonra de mi familia, de mi linaje y todo por culpa de esas piezas de ébano y marfil.

Me sentía sucia, pesada, tal vez la culpa aumentó su peso y yo ni enterada estaba. La culpa no podía con mi cuerpo, pero tampoco mi cuerpo con la culpa, éramos invencibles juntos. Aunque la culpa no era algo físico, me estaba torturando, me hacía sangrar, me hacía manchar esas teclas y hacer que no existiera más, me hacían saber que era culpable, el olor a sangre me invadía a la vez que esa profunda tristeza que a la distancia se pierde y en el silencio prevalece. El bordó me aburría, me hundía. La culpa desconocida persistía de manera amenazante, de manera que me abrumaba; a nadie le interesaba mi exigencia, mi meta ¡tenía que ser feliz!

Lo lamento. Agarré todas las teclas, tanto las blancas como las negras y las guardé en una extensa caja de madera tallada. Fui al sótano, puse en el tocadiscos tu obra clásica favorita, la que lamentablemente jamás me salió y observé esa soga, en la que la culpa de todo esto recae, la que nos separó. La soga que nos alejó por tanto tiempo, pero pronto nos unirá. Te amo, padre. FIN