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Las gargantas de Ponga

La altitud de un vino

Ramiro García, presidente de la DO Arlanza, habla y destaca la biodiversidad de la zona por encima de las variedades de las uvas y el terroir. Se refiere a que con los viñedos conviven cerezos, almendros y plantas aromáticas, como el tomillo o la manzanilla. Y eso se nota en el vino. También los mil metros de altitud de la zona. Una temperatura más baja se traduce en menos azúcar en la uva y eso acarrea menos alcohol y más acidez. Basta salirse un poco con el coche de Covarrubias para ver cepas intercaladas entre cerezos en flor.

Foto: Emilio Fraile

Las gargantas de Ponga

Voto de pobreza

Seis amigos de Lerma compraron el convento de las Carmelitas Descalzas cuando las últimas monjas de clausura abandonaron estas instalaciones en 2017. Sigue intacto, las celdas mantienen los colchones fabricados con paja de centeno, algunas de sus lecturas, los baúles en los que un día trajeron sus pertenencias en un viaje que no tenía vuelta... En las visitas guiadas se da a conocer la forma de vida que mantuvieron desde su fundación en 1608. Diego Peña, uno de los propietarios, resume las sensaciones: “Hay quien pregunta si te da miedo andar por aquí solo. Lo que hay es una paz especial”.

Foto: Emilio Fraile

Las gargantas de Ponga

Panales de abejas del siglo XIX

Tras una caminata asequible de cuatro kilómetros por el monte a las afueras de Pineda se llega a un colmenar de 1850. El tatarabuelo de Eduardo Izquierdo se dedicaba a la apicultura tradicional, que consistía en alojar abejas en dujos, troncos de sabina, roble o encina que había que vaciar. La cera que se sacaba era tan fina que podía comerse. La miel de estos panales se retira una vez al año en enero, salen entre seis y ocho kilos. “En invierno no hace falta usar traje para protegerse de las picadoras”, dice Izquierdo: las abejas se agrupan en un bolo para mantener el calor.

Foto: Emilio Fraile

Las gargantas de Ponga

Sin tocar el suelo

El técnico de Turismo Claudio García comanda una visita por uno de los pasadizos en alto (ver foto) que comunicaban el hoy parador con los conventos y la colegiata, la manera que tenían el duque de Lerma y Felipe III (cuando visitaba la villa) de elevarse por encima del pueblo en todos los sentidos. García detalla las fiestas barrocas que se celebraban en la plaza Ducal, una demostración de esplendor al mundo cuando el imperio español se desmoronaba, una forma que tenía el duque de Lerma de entretener al rey para él poder seguir gobernando.

Foto: Emilio Fraile