Cuento Genial
Un mensaje en una botella
ÉRASE UNA VEZ...
Un libro precioso
Que contenía 6 cuentos preciosos
Hoy vamos a descubrir el primero...
UN MENSAJE EN UNA BOTELLA
LEEME
UN MENSAJE EN LA BOTELLA
Había una vez una ballena que vivía en el Pacífico. Desde siempre, su familia
había jugado al escondite en la barrera de coral o a espantar pececillos de colores.
Pero las cosas habían cambiado: la pequeña ballena no jugaba, sino que dedicaba
su tiempo a nadar entre seres nunca vistos por aquel mar. Algunos eran grandes y
otros pequeños, pero todos eran transparentes y arrugados.
—¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? —preguntó un día la pequeña ballena.
Aquel ser extraño no contestó.
«Igual es tímido», pensó. «Le daré su tiempo, lo cuidaré durante
unos días y luego lo volveré a intentar.».
La ballena esperó y le volvió a preguntar: un día, dos, tres, diez. Pero nunca obtenía
una respuesta. Entonces, lo observó con atención. Se dio cuenta de que aquel ser
extraño nunca le hablaría porque no tenía boca. No era ningún animal o planta que
conociera: no comía, no respiraba, no jugaba y, por supuesto, ¡no respondía!
La pequeña ballena no se daba por vencida. ¡Tenía que existir una manera
de comunicarse con él! Escribió un mensaje y lo puso dentro esperando
obtener respuesta. —Quizás no sabes hablar, pero sí sabes leer.
El ser no contestó, no respiró; no hizo nada
Al día siguiente, la ballena vio que aquel ser extraño sí tenía amigos, estaba
rodeado de otras cosas tan raras como él. Eran muchas, muchísimas. Parecían
danzar a su alrededor. «¡Ah! Tal vez no juega conmigo porque esperaba a sus amigos», pensó. Sin embargo, algo la inquietaba: cada día la presencia de aquellos seres raros
aumentaba e invadía más su espacio.
Y al final fue la ballena quien se enfadó con sus nuevos no-amigos.
No solo no hablaban, sino que no la dejaban ni respirar.
Volvió a dejar un mensaje. Tal vez ahora, al ser tantos, alguno le respondería
En lugar de responder, aquella extraña cosa se puso a nadar.
Viajó y viajó, hasta que las corrientes marinas la dejaron en la playa.
Un niño que jugaba en la orilla vio algo raro que se
acercaba con las olas. —¡Botella a la vista! —exclamó Pablo. Bajó de su barco
pirata y la recogió mojándose los pies. Vio que dentro
había un mensaje
Pablo se puso triste.
Había un animal en peligro.
O dos, o muchos.
—Papá, ¿podemos salir en barca un ratito? ¡Quiero ver el mar! Salieron a navegar, ¡les encantaba! Al poco tiempo, Pablo vio algo que flotaba. «¿Será la ballena?», pensó. Pero no, solo era un trozo de plástico. Y luego otro, y otro.
Pablo no podía creer lo que veía. Parecía un gran monstruo marino. Le cayó una
lágrima. —Papá, ¿por qué hacemos esto? —preguntó.
Cuando regresaron, Pablo cogió una caracola de la playa.
Quería comunicarse con la ballena y aquella le pareció la
mejor manera de hacerlo. Con cuidado, sopló un mensaje
en la caracola y lo dejó dentro. Luego, la devolvió al mar.
Pablo decidió pasear cada día por la playa y recoger todos
los plásticos que encontraba. Los llevaba a reciclar y, sobre
todo, los alejaba de las olas que los podían arrastrar lejos,
mar adentro, hacia los arrecifes. Hacia su amiga ballena.
Al cabo de unos días, Pablo vislumbró algo desde el mástil de su cabañabarco. Sus ojos brillaron, algo saltó en el horizonte. El viento le acercó un
leve silbido que provenía del mar, decía «Gracias».
El planeta se envenena. Cada día se producen en el mundo 1.400 millones de botellas de plástico. Juntas cubrirían la mitad de la Torre Eiffel.
¿Sabías que...
La gran isla de plástico del Pacífico Es una inmensa superficie de residuos que flota en medio del océano Pacífico, donde las corrientes concentran la gran mayoría de plástico arrojado al mar. Es tan grande como España, Francia y Alemania juntas
¿Sabías que...
El plástico puede tardar más de 1.000 años en degradarse. Aun así, nunca desaparece del todo, pues sus partículas son devoradas por la fauna marina o quedan disueltas como micropartículas en el agua.
¿Sabías que...
VÍDEO
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01
ahora puedes probar a resolver los juegos que teodorin te ha dejado en el blog para comprobar cuánto has aprendido
02
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Puedes añadir un contenido adicional que emocione al cerebro de tu audiencia: vídeos, imágenes, enlaces, interactividad... ¡Lo que tú quieras! ¡Ojo! En Genially utilizamos AI (Awesome Interactivity) en todos nuestros diseños, para que subas de nivel con interactividad y conviertas tu contenido en algo que aporta valor y engancha.
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UN MENSAJE EN LA BOTELLA
Merce Temprano
Created on March 5, 2026
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Que contenía 6 cuentos preciosos
Hoy vamos a descubrir el primero...
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Había una vez una ballena que vivía en el Pacífico. Desde siempre, su familia había jugado al escondite en la barrera de coral o a espantar pececillos de colores. Pero las cosas habían cambiado: la pequeña ballena no jugaba, sino que dedicaba su tiempo a nadar entre seres nunca vistos por aquel mar. Algunos eran grandes y otros pequeños, pero todos eran transparentes y arrugados.
—¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? —preguntó un día la pequeña ballena. Aquel ser extraño no contestó. «Igual es tímido», pensó. «Le daré su tiempo, lo cuidaré durante unos días y luego lo volveré a intentar.».
La ballena esperó y le volvió a preguntar: un día, dos, tres, diez. Pero nunca obtenía una respuesta. Entonces, lo observó con atención. Se dio cuenta de que aquel ser extraño nunca le hablaría porque no tenía boca. No era ningún animal o planta que conociera: no comía, no respiraba, no jugaba y, por supuesto, ¡no respondía!
La pequeña ballena no se daba por vencida. ¡Tenía que existir una manera de comunicarse con él! Escribió un mensaje y lo puso dentro esperando obtener respuesta. —Quizás no sabes hablar, pero sí sabes leer.
El ser no contestó, no respiró; no hizo nada
Al día siguiente, la ballena vio que aquel ser extraño sí tenía amigos, estaba rodeado de otras cosas tan raras como él. Eran muchas, muchísimas. Parecían danzar a su alrededor. «¡Ah! Tal vez no juega conmigo porque esperaba a sus amigos», pensó. Sin embargo, algo la inquietaba: cada día la presencia de aquellos seres raros aumentaba e invadía más su espacio. Y al final fue la ballena quien se enfadó con sus nuevos no-amigos. No solo no hablaban, sino que no la dejaban ni respirar.
Volvió a dejar un mensaje. Tal vez ahora, al ser tantos, alguno le respondería
En lugar de responder, aquella extraña cosa se puso a nadar. Viajó y viajó, hasta que las corrientes marinas la dejaron en la playa.
Un niño que jugaba en la orilla vio algo raro que se acercaba con las olas. —¡Botella a la vista! —exclamó Pablo. Bajó de su barco pirata y la recogió mojándose los pies. Vio que dentro había un mensaje
Pablo se puso triste. Había un animal en peligro. O dos, o muchos.
—Papá, ¿podemos salir en barca un ratito? ¡Quiero ver el mar! Salieron a navegar, ¡les encantaba! Al poco tiempo, Pablo vio algo que flotaba. «¿Será la ballena?», pensó. Pero no, solo era un trozo de plástico. Y luego otro, y otro. Pablo no podía creer lo que veía. Parecía un gran monstruo marino. Le cayó una lágrima. —Papá, ¿por qué hacemos esto? —preguntó.
Cuando regresaron, Pablo cogió una caracola de la playa. Quería comunicarse con la ballena y aquella le pareció la mejor manera de hacerlo. Con cuidado, sopló un mensaje en la caracola y lo dejó dentro. Luego, la devolvió al mar.
Pablo decidió pasear cada día por la playa y recoger todos los plásticos que encontraba. Los llevaba a reciclar y, sobre todo, los alejaba de las olas que los podían arrastrar lejos, mar adentro, hacia los arrecifes. Hacia su amiga ballena.
Al cabo de unos días, Pablo vislumbró algo desde el mástil de su cabañabarco. Sus ojos brillaron, algo saltó en el horizonte. El viento le acercó un leve silbido que provenía del mar, decía «Gracias».
El planeta se envenena. Cada día se producen en el mundo 1.400 millones de botellas de plástico. Juntas cubrirían la mitad de la Torre Eiffel.
¿Sabías que...
La gran isla de plástico del Pacífico Es una inmensa superficie de residuos que flota en medio del océano Pacífico, donde las corrientes concentran la gran mayoría de plástico arrojado al mar. Es tan grande como España, Francia y Alemania juntas
¿Sabías que...
El plástico puede tardar más de 1.000 años en degradarse. Aun así, nunca desaparece del todo, pues sus partículas son devoradas por la fauna marina o quedan disueltas como micropartículas en el agua.
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