Las niñas, emocionadas, se fueron para la cocina a hacer galletitas con la abuela, felices de compartir ese ritual familiar de harina y secretos dulces. Los niños, en cambio, prefirieron quedarse en la sala jugando con un balón, convencidos de eran los futuros goleadores de la selección nacional de fútbol. De pronto, un golpe seco rompió la alegría del momento. La pelota derribó un jarrón que, al caer al suelo, se hizo añicos.
El estruendo silenció sus risas, y el vacío llenó la casa de sorpresa y preocupación.
Los niños se quedaron inmóviles, con el corazón latiéndoles con fuerza y el miedo reflejado en el rostro.
Las niñas, emocionadas, se fueron para la cocina a hacer galletitas con la abuela, felices de compartir ese ritual familiar de harina y secretos dulces. Los niños, en cambio, prefirieron quedarse en la sala jugando con un balón, convencidos de eran los futuros goleadores de la selección nacional de fútbol. De pronto, un golpe seco rompió la alegría del momento. La pelota derribó un jarrón que, al caer al suelo, se hizo añicos.
El estruendo silenció sus risas, y el vacío llenó la casa de sorpresa y preocupación.
Los niños se quedaron inmóviles, con el corazón latiéndoles con fuerza y el miedo reflejado en el rostro.
Capítulo 2 – Las galletitas de la abuela
Luis Peraza
Created on February 22, 2026
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Las niñas, emocionadas, se fueron para la cocina a hacer galletitas con la abuela, felices de compartir ese ritual familiar de harina y secretos dulces. Los niños, en cambio, prefirieron quedarse en la sala jugando con un balón, convencidos de eran los futuros goleadores de la selección nacional de fútbol. De pronto, un golpe seco rompió la alegría del momento. La pelota derribó un jarrón que, al caer al suelo, se hizo añicos. El estruendo silenció sus risas, y el vacío llenó la casa de sorpresa y preocupación. Los niños se quedaron inmóviles, con el corazón latiéndoles con fuerza y el miedo reflejado en el rostro.
Las niñas, emocionadas, se fueron para la cocina a hacer galletitas con la abuela, felices de compartir ese ritual familiar de harina y secretos dulces. Los niños, en cambio, prefirieron quedarse en la sala jugando con un balón, convencidos de eran los futuros goleadores de la selección nacional de fútbol. De pronto, un golpe seco rompió la alegría del momento. La pelota derribó un jarrón que, al caer al suelo, se hizo añicos. El estruendo silenció sus risas, y el vacío llenó la casa de sorpresa y preocupación. Los niños se quedaron inmóviles, con el corazón latiéndoles con fuerza y el miedo reflejado en el rostro.