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Acompañar a nuestros hijos en el deporte

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Created on January 14, 2026

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Acompañar a nuestros hijos en el deporte

El deporte es una escuela de vida, de aprendizajes y crecimiento. Si lo acompañamos con conciencia, puede convertirse en un espacio para formar el carácter, enseñar valores y fortalecer vínculos.

En este sentido, es importante reflexionar sobre qué tipos de padres somos frente al deporte de nuestros hijos ya que nuestras conductas (lo que decimos, cómo lo decimos o incluso lo que callamos) moldean profundamente su manera de vivir la experiencia deportiva.

  • ¿Cómo acompaño a mi hijo en su deporte?
  • ¿Soy un padre o una madre que se involucra en la actividad deportiva de mis hijos o tiendo hacia la indiferencia o la presión?
  • ¿Qué tipo de mensaje transmito cuando gana? ¿y cuando pierde?
  • ¿Qué tipo de familia somos y hacia dónde queremos ir?

El desafío está en el equilibrio:

  • Acompañar sin dirigir.
  • Estar presentes sin invadir.
  • Motivar sin presionar.

El deporte funciona como un espacio de aprendizaje donde los niños ponen en juego sus capacidades, afrontan retos y aprenden a convivir con otros. A su vez, el deporte es una fuente de valores:

  • La disciplina: entrenar, asistir con regularidad, cumplir horarios y respetar consignas y reglas.
  • El respeto: respetar los tiempos, las posiciones, las decisiones del entrenador y los fallos de los árbitros. De este modo, los niños aprenden que la vida está hecha de límites y que el respeto no es opcional.
  • El trabajo en equipo: la cooperación, la confianza en los compañeros y la comunicación. A través del deporte se logran metas que no podrían lograrse por sí solos.
  • La resiliencia: el deporte no es un camino lineal ya que está lleno de derrotas, frustraciones y errores. A partir de ello reside uno de sus aprendizajes más valiosos vinculado con la capacidad de levantarse después de caer.
  • La humildad: el deporte enseña a ganar y perder y en ambos casos la humildad es esencial, transitando la victoria sin soberbia y la derrota sin resignación.

Con todos estos valores logramos fortalecer la identidad de nuestros hijos y que tengan un sentido de pertenencia.

El deporte es una escuela de valores. La disciplina, el respeto, el trabajo en equipo, la resiliencia y la humildad no se transmiten con discursos sino con experiencias concretas, repetidas y compartidas. En este sentido, es importante preguntarnos:

  • ¿Qué valores quiero que mi hijo aprenda del deporte?
  • ¿Estoy acompañando desde la motivación o desde la presión?
  • ¿Qué rituales familiares puedo crear alrededor del deporte para fortalecer nuestro vínculo?

Los invitamos a pensar cómo acompañamos a nuestros hijos en el deporte haciéndonos algunas preguntas…

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

¿Qué les decimos? Lo primero que tenemos que entender es que el lenguaje no es neutro. Las palabras impactan directamente en el desarrollo de la autoestima y en la percepción de competencia de los niños. Por ejemplo, no es lo mismo decir “sos malo” a “cometiste un error”. Es importante que prestemos atención sobre aquello que les decimos: en la tribuna, en el auto al regresar de la actividad deportiva, en la mesa familiar.

¿Cómo se los decimos?Es importante que no los comparemos con otros compañeros ni ídolos. Lo que sí necesitan es el reconocimiento sincero de sus habilidades, sin sobredimensionarlas ni menospreciarlas. También, el poder prestar atención a los dobles mensajes: si les decimos que jueguen limpio, con respeto y solidaridad pero desde la tribuna alentamos la trampa o el insulto con tal de ganar nuestro mensaje es contradictorio.

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

¿Cómo reaccionamos cuando gana o pierde?Este punto es muy importante porque está relacionado sobre cómo vivimos junto a ellos experiencia del resultado. En esto es clave el manejo de la frustración, la distribución de las culpas en las derrotas e incluso el reconocimiento de las habilidades del rival de turno. ¿Sólo si gana me pongo contento? ¿Sólo si rinde como espero lo acepto y valoro?

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

Les compartimos tres ideas más para seguir pensando juntos…

Expectativa vs. realidad ¿Cuáles son las expectativas de nuestros hijos? ¿Las motivaciones son de ellos o nuestras? Por ejemplo, muchas veces proyectamos en ellos nuestras propias frustraciones deportivas… “El padre que soñó ser deportista y no lo fue”. El riesgo es que el deporte deje de ser un espacio de crecimiento para convertirse en un escenario de deuda pendiente que los hijos tienen que pagar.

Presencia vs. ausencia ¿Estamos presentes en la vida deportiva de nuestros hijos? ¿Destinamos parte de nuestro tiempo para acompañarlos? Es importante poder acompañar con el cuerpo y con la escucha, sosteniendo el silencio de la frustración y acompañando sus logros. Los chicos que sienten la presencia activa de sus padres disfrutan más la práctica, tienen menos ansiedad y abandonan menos.

Miedo vs. confianza ¿Quién tiene miedo? ¿Mi hijo o yo? Si el mensaje que transmito es “cuidate, no te lastimes” le estoy mostrando mis miedos y enseñándole a que tenga miedo. En cambio, si le digo “disfrutá, divertite” le enseño confianza.

Es necesario detenernos, ser conscientes de nuestras acciones, de nuestros errores y de nuestros aciertos. Poder darnos cuenta de lo que hacemos bien y lo que no tanto para tratar de mejorar y cambiarlo. A veces no podemos cambiar todo pero el desafío es identificarlo para -dentro de nuestras posibilidades- pensar qué es posible mejorar.