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LAS MUJERES Y LA ESCUELA SECUNDARIA

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Created on January 6, 2026

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Exposición Virtual

LAS MUJERES Y LA ESCUELA SECUNDARIA

Bienvenida

Categorías
Funcionamiento
Créditos

Créditos

Secretaría de Educación PúblicaMario Martín Delgado Carrillo

Subsecretaría de Educación BásicaAngélica Noemí Juárez Pérez

Fotografía y video Saúl Abraham García Cuevas

Corrección de estilo Dirección editorial de la Dirección General de Materiales Educativos

Curaduría: Dra. Elida Lucila Campos Alba Sociedad Mexicana de Historia de la Educación

Diseño visualKeira Ángel Aguilera Viridiana de los Angeles García Hernández

Coordinación general Estefanía Chávez Huerta Miriam Rojas Piña Verónica Hernández Tapia

Agradecimientos

Dra. Norma Ramos Escobar Universidad Pedagógica Nacional Unidad 241 San Luis Potosí / Presidenta SOMEHIDEDra. Blanca Susana Vega Martínez Universidad Autónoma de San Luis Potosí /SOMEHIDE Dra. María Guadalupe Mendoza Ramírez Universidad Pedagógica Nacional Unidad151 Toluca/ SOMEHIDE Dra. Mary Carmen Gómez Albarrán Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca Lic. Laura Olivia Aguirre Benítez Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

Profr. Zabdiel Carro Bello Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César Ángel Ruiz” Ciudad de México Dr. Pablo Álvarez Domínguez Universidad de Sevilla, España Dr. Juan Carlos González Faraco Universidad de Huelva, España Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños. Sala Histórica Biblioteca “Gregorio Torres Quintero” Universidad Pedagógica Nacional Unidad Ajusco

A todas las personas que proporcionaron los objetos y a las mujeres que han compartido sus experiencias.

Visita la exposición virtual

Documentos
Libros y Cuadernos
Edificios
Material Didáctico
Ajuar del Alumno
Recursos Didácticos
Mobiliario
Festividades
Ceremonias
Música y Cantos
Juegos
Práctica Docente

Título de maestra de primaria

Antes de 1984 la carrera docente se estudiaba después de la Secundaria y su duración era de tres o cuatro años, obteniéndose el título de Profesor. Título de Profesora de Primaria (1937) Archivo Histórico de la Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca

"Mis recuerdos"

Documentos

Solicitud de inscripción Escuela Normal Mixta

Durante todo el siglo XIX y la mitad del XX todas las escuelas, incluidas las Normales, estaban separadas por género. Archivo Histórico de la Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca (1945)

"El inicio de la vocación"

"Buscando el CAMZ"

Documentos

Credencial escolar

Credencial del Comité de Salud Escolar Educación Primaria Estado de México (1977) Colección particular Aguirre Benítez

"Mi nombre propio y la credencial escolar"

"Mi credencial escolar"

Documentos

Más relatos

Fotografía escolar

Las fotografías escolares forman parte de los recuerdos familiares y son testigo del proceso de escolarización de nuestro país. Foto grupal de Escuela Primaria para Niñas Ciudad de México (ca. Década 1950) Colección particular Campos Alba

"De papel o digital"

Documentos

"De alumna a colega"

"Nosotras, maestra y alumnas: memoria de una resistencia"

"Compañeros de secundaria "

Documentos

Título de Escuela Normal Superior

Las Escuelas Normales Superiores recibieron ese nombre pues formaban maestros para el nivel Secundaria con el grado de licenciatura. Título de Profesor de Educación Media. Especialidad de Física y Química Escuela Normal Superior de México. Distrito Federal (1993) Colección particular Hernández González

"Tres generaciones formadas en la Escuela Normal Superior del Estado de Puebla"

"Vivencias en la Escuela Normal Superior"

Documentos

Nombramiento de maestra rural

A inicios del siglo XX las instituciones educativas se concentraban en las grandes ciudades, por lo que uno de los objetivos al crearse la SEP en 1921 fue impulsar la educación rural. Nombramiento del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos a la Srita. Amalia Garcés como Maestra Rural Distrito Federal (1929) Colección particular familia Garcés

"Refugio Amalia Garcés (1903-1999): pionera del magisterio rural mexicano"

"Al mejor esfuerzo"

Documentos

Más relatos

Edificio de Escuela Secundaria

El 31 de diciembre de 1925 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el decreto presidencial que creaba la Dirección de Educación Secundaria, estableciéndose al año siguiente en el Centro Histórico de la Ciudad de México la Escuela Secundaria Número 1. Fachada de la Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César Ángel Ruiz” Ciudad de México

"Terremoto de 1985. La Secundaria Técnica Número 6 se mantuvo de pie"

"Muros silenciosos y hasta celestinos"
Edificios

"Con flores de esperanza se construyó la escuela"

"Los tubos y los mangos"

"El recuerdo de mi llegada a la secundaria"

Edificios

Edificio de Escuela Secundaria CAPFCE

El Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas fue una institución federal creada en 1944 para planear, construir y equipar planteles escolares en todo el país. Vista interior de la Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México (1971)

"Mis pensares como estudiante en formación y la realidad que vivo en el desarrollo de mi rol directivo"

"Mis recuerdos de la secundaria "

“Una escuela que nació de la lucha "

Edificios

Más relatos

Salón de clases

El objetivo al establecer la educación secundaria, independiente de la primaria y la preparatoria, era fomentar en los jóvenes de 12 a 15 años un interés permanente por el conocimiento. Vista actual de un aula Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César A. Ruiz” Ciudad de México (1926/2026)

"El salón de clase mi escudo"

"Un lugar para soñar"

Edificios

Más relatos

"Mi salón"

"Carta al padre desde un salón de clases"

"Mi salón de clases: mi segundo hogar"

"Mujeres inspiradas"

"Genios en el salón de clases"

"El salón donde aprendimos a quedarnos"

Edificios

Más relatos

"La vocación transformadora de ser maestra de secundaria"

"El salón que nos vio crecer"

"Memorias del aula"

"El arte de nombrarlas"

"Valores, español y matemáticas"

"Mi historia y formación como docente"

Edificios

Más relatos

"El salón que me enseñó a enseñar"

"Renovable, pero no infinita"

"Aprender a enseñar: memorias de una maestra primeriza"

"Los estilos de aprendizaje en un salón de clases"

"La huella más allá del aula"

"El eco del satélite"

Edificios

Libro del Método Onomatopéyico

El método onomatopéyico es un sistema de lectoescritura creado en 1904 que asocia la grafía de las letras con sonidos naturales, animales o de objetos Torres Quintero, Gregorio, “Guía del Método Onomatopéyico” México. Editorial Patria, (1950) Colección personal Campos Alba

"Recuerdos y experiencias en torno al método onomatopéyico"

Una maestra “de carrera”, formada por una maestra “hecha a la carrera”

Libros y cuadernos

Libro de Metodología General

Las principales asignaturas en la formación de profesores eran las de Metodología, Pedagogía y Didáctica. Castellanos, Abraham, “Pedagogía Rébsamen. Asuntos de Metodología relacionados con la Escuela Primaria” México, Librería de la Vda. De Ch. Bouret, (1912) Colección particular Bazant Sánchez

"¿Pedagogía, didáctica o metodología?"

Libros y cuadernos

Cuaderno escolar de dibujo

Desde los primeros currículos escolares del siglo XIX, las artes han estado presentes en la escuela. Cuaderno para dibujo de 20 hojas de papel marquilla importado (ca. Décadas 1960-1970) Colección particular Campos Alba

“Libertad y confianza”

“Un refugio creativo”

Libros y cuadernos

Cuaderno escolar SEP

A mediados del siglo XX la Secretaría de Educación Pública dotaba de cuadernos a los alumnos de escuelas primarias del Distrito Federal. Cuadernos de 20 hojas, raya forma italiana y dibujo forma francesa (ca. 1950-1960) Colección particular Bazant Sánchez

"Mis más preciados tesoros"

"Sobre la línea de sus sueños"

"Cuadernos para los días grises"

Libros y cuadernos

Libro de Texto Gratuito “La Patria”

El 12 de febrero de 1959 se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos para unificar la educación primaria y garantizar la igualdad. En 1962, se adoptó la pintura de Jorge González Camarena como portada, convirtiéndose en un símbolo educativo mexicano. Mi libro de sexto año. Lengua Nacional (1968) Colección particular Campos Alba

"La semilla de nuestro presente"

"Marca e impulso"

Libros y cuadernos

Libro de Escuela Rural

De Núñez Mata, Esperanza M y Núñez Mata, Efrén, Alma Campesina Libro 2º. Ediciones Águilas S.A., México D.F. (1940) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero “ UPN Ajusco

"Sembrando palabras en tierras del maíz"

Libros y cuadernos

Más relatos

Cuaderno de Caligrafía

La caligrafía, que es el arte de escribir con letra bella, artística y correctamente formada, siguiendo diferentes estilos y normas, fue un contenido escolar hasta casi finales del siglo XX Cuaderno de Escritura Ilustrada Sexto Año Método de la Profa. Carmen G. Basurto (ca. 1935) Colección particular familia Castillo Tapia

"Los programas de las escuelas normales y las clases de escritura y caligrafía"

"Bolitas y palitos: el cuaderno de caligrafía"

Libros y cuadernos

"Los pequeños detalles"

"La caligrafía como herramienta para una letra clara"

"Valores a través de la letra"

"A doble raya"

Libros y cuadernos

Libro de Lecturas para Niñas

Ayala, Abel y Pons, Antonio. INFANCIA Primer libro de lectura para niñas que cursan el segundo año de Educación Primaria Elemental, Compañía Nacional Editora Águilas S.A. México D.F. (1921) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero “ UPN Ajusco

"Leer como puerta al mundo amplio"

Libros y cuadernos

Libro de Matemáticas Nivel Secundaria

Preciado, Miguel y Toral, Carlos. “Curso de Matemáticas 2º”, Editorial Progreso S.A., México (1968) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero“ UPN Ajusco

"El coco de toda estudiante"

"¡Un libro con errores!"

Libros y cuadernos

Cuaderno de Taquigrafía

La taquigrafía es la técnica de escribir a gran velocidad, equiparable al ritmo del habla, utilizando signos, trazos breves y abreviaturas en lugar de la escritura convencional. Block de taquigrafía Scribe, página con dictado en taquigrafía Distrito Federal (1961) Colección particular Alva Fernández
"Secretaria ejecutiva taquimecanógrafa"
"Educación técnica y sentimental a través de la taquigrafía"
"La materia que me abrió el camino"
Libros y cuadernos

Libro de Educación Cívica Nivel Secundaria

Solís Luna, Benito. “Educación Cívica. Primer curso” Editorial Herrero S.A. México D.F. (1963) Colección particular Aguirre Benítez
"Mi primer libro escolar "
Libros y cuadernos

Cuaderno de Matemáticas de Secundaria

Los estudios científicos demuestran que no existen diferencias innatas en la capacidad numérica entre niñas y niños. Sin embargo, la brecha de género en matemáticas surge por factores socioculturales, apareciendo en primaria y consolidándose en secundaria. Escuela Secundaria Técnica No. 55 Distrito Federal (1981) Colección particular Campos Alba
"Memorias de mis cuadernos de matemáticas de secundaria"
Libros y cuadernos

Libro de Inglés Nivel Secundaria

Zentella, Arturo. “English for you 2”, Editorial Kapeluz Mexicana, México (1976) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero“ UPN Ajusco

"Open Your Books "

"Más allá de las páginas"

Libros y cuadernos

Libro de Historia de México Nivel Secundaria

González Blackaller, Ciro E. y Guevara Ramírez, Luis. Academias de Historia de México, Editorial Herrero S.A., México D.F. (1972) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero “ UPN Ajusco

"La historia y la representación de la Independencia de México"

"¿Historia?, ¿en serio?"

Libros y cuadernos

Lecciones de Economía Doméstica

Rodríguez Navas, Manuel (revisor). Alegría del Hogar. Historia de una niña hacendosa. Libro de lecturas para niñas. Moral, Higiene, Historia Patria, Ciencia, Gramática, Urbanidad, Artes, Industrias, Economía Doméstica, Cuidado de la casa, cocina, costura, lecciones de cosas, etc., Herrero Hermanos Sucesores, México D.F. (ca. 1920-1930) Biblioteca “Gregorio Torres Quintero “ UPN Ajusco

"La educación y las labores femeninas a finales del siglo XIX"

Libros y cuadernos

El Niño Mexicano Método Moderno de Lectura

Oscoy Murillo, Manuel, “El niño mexicano. Método moderno de lectura dividido en cuatro partes progresivas. Libro segundo”, Herrero Hermanos Editores, México D.F. (1904) Centro Internacional de la Cultura Escolar

"Disciplina, amor y respeto"

"Leyendo en el jardín"

Libros y cuadernos

Borrador de pizarrón

Borrador de pizarrón de madera y fieltro para gis VINCI- DIXON México (ca. 1987) Colección particular Aguirre Benítez

"La memoria y el olvido como fuente de inspiración"

Material Didactico

Plumilla y tintero

Tintero de cristal. Puebla (ca. Década 1930) Plumilla de metal con portaplumas de madera (ca. Décadas 1920 – 1930) Colección particular Campos Alba

"La letra con tinta morada y plumilla entra"

"Pintando un lucero"

Material Didactico

Estuche de 12 crayones marca Mariposa

Estuche de 12 crayones marca Mariposa México (ca. 1970) Colección particular Campos Alba

"La caja de crayones "

Material Didactico

Caja de plastilina

Caja de plastilina escolar con 10 barritas marca BOMBÍN Industrias ISEMARF S.A. México D.F. (ca. 1970) Colección particular Campos Alba

"El tesoro del locker "

"Modelando la imaginación "

"Bolitas y palitos "

Material Didactico

Juego de escuadras

Juego de dos escuadras plásticas No. 4225 y 4260 marca BACO México D.F. (ca. 1960- 1970) Colección particular Campos Alba

"Curiosidades del juego de escuadras "

Material Didactico

Pizarrín

Los pizarrines son pequeñas pizarras individuales con un marco de madera, que estuvieron presentes en las escuelas durante siglos, posiblemente desde la Edad Media en Europa, y que fueron sustituidos por el cuaderno de hojas de papel. Centro Internacional de la Cultura Escolar (ca. 1925)

"Lo que me contó mi abuela"

Material Didactico

Caja de gises

Caja con 150 barras de gises blancos marca ARCE México (ca. Décadas 1960- 1970) Colección particular Campos Alba

"Una caja llena de juegos y aprendizajes"

Material Didactico

Regla de madera

Regla escolar de madera de 30 cms. marca BACO (ca.1980) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

"Un mal recuerdo"

Material Didactico

Regla de dibujo

Regla T Profesional 90 cms. Marca Mapea (ca. Década 1970) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

"Trazos de una herencia cumplida"

"Construyendo sueños"

"¿Dibujo o autoridad?"

Material Didactico

Muestrario de costura

Las labores escolares femeninas fue una asignatura obligatoria en la educación de las niñas hasta mitad del siglo XX, diseñada para prepararlas para el rol doméstico y el cuidado del hogar. Tela popelina con muestras de puntadas y trabajos de costura Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños Distrito Federal (1984) Colección particular Campos Alba

"Dechado de labores femeninas e hilado de saberes"

"Hilvanando historias, construyendo vidas"

Material Didactico

Reglas de corte y confección

Reglas de madera: “L”, curva francesa, recta metro y para trazar curva. México (ca. 1980) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

"Entre reglas de corte y confección: Mi taller de Industria del vestido en la secundaria"

"El taller de corte y confección"

Material Didactico

Ábaco

Ábaco escolar de madera con 4 líneas de cuentas, reloj y juego de operaciones aritméticas (ca. 1970) Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca

"No es del pasado"

"Colores en movimiento"

Material Didactico

Cartel abecedario

Editorial Roma, Barcelona Jardín de Niños “República de Francia” Ciudad de México, (ca. Décadas 1950- 1960)

"El ABC y las palabras"

"Mis primeras letras"

Material Didactico

Biografías escolares

Las estampas de biografías escolares incluían un retrato del personaje histórico al frente y un resumen de su vida y obra al reverso. Ediciones BOB y Grupo Editorial RAF (ca. Décadas 1970-1990) Colección particular Campos Alba

"De Josefa Ortiz de Domínguez a Josefa Ortiz Téllez-Girón"

"Las biografías escolares"

"Las biografías y la forma de escribir historias"

Material Didactico

Bastidor para tejido

Bastidor de elaboración artesanal, madera y clavos de metal, 35 x 35 cms. (ca. Décadas 1990-2000) Colección particular Sánchez Perdomo

"Uso del telar manual"

Material Didactico

Más relatos

Cartel para enseñar a leer y escribir

El método silábico es una técnica sintética de alfabetización que enseña a leer y escribir desglosando las palabras en sus unidades más simples: las sílabas. Lámina de cartón con ilustraciones a color y letra cursiva Escuela Primaria, Ciudad de Puebla, (ca. Décadas 1950-1960) Colección particular Campos Alba

"Enseñanza-aprendizaje"

"El cartel que enseñó a existir"

Material Didactico

"La tinta roja para destacar más, no para Castigar"

"El cartel enseñó dos veces"

Material Didactico

Bordados y tejidos escolares

Carpeta con bordado en punto de cruz Portavasos con bordado en punto de cruz y punta de ganchillo (ca. 1955-1970) Colección particular Alva Fernández
"Bordando sueños y tejiendo redes"
Material Didactico

Lámina plastificada

Lámina didáctica del aparato circulatorio humano Tela plastificada 115 x 83 centímetros (ca. Décadas 1907- 1980) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
" Materiales del ayer"
Material Didactico

Modelo de anatomía humana

Modelo anatómico de torso masculino desmontable Plástico (ca. 1970) Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César A. Ruiz” Ciudad de México
" ¿Y dónde está la matriz?"
Material Didactico

Dones de Froebel

Son un conjunto de materiales didácticos, principalmente bloques de madera y formas geométricas, creados por Federico Froebel en 1840 para fomentar el aprendizaje de niños pequeños a través del juego, la creatividad y la exploración. Dones No. 1 y No. 6 (ca. 1900-1920) Sala histórica Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños Ciudad de México
"Aprender jugando: una innovación del kindergarten en México"
Material Didactico

Caja de figuras geométricas

Caja con triángulos de colores de madera (ca. 1965) Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca
"Diversión de colores"
Material Didactico

Juego geométrico de pizarrón

Regla de un metro, Transportador con marcas de ángulos de 0 a 120º, Escuadra y Cartabón (ca. 1970) Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca
"Lindos palos de madera"
"Enseñanza que deja huella"
"Juego geométrico y los trazos que dibujaron mi destino"
Material Didactico

Libro para colorear

Páginas de libro para colorear siguiendo el modelo (ca. 1950-1960) Jardín de Niños “República de Francia” Ciudad de México

"Coloreando: De la secundaria al laboratorio"

Material didáctico

Periódicos escolares

Periódicos escolares elaborados por niñas y niños de escuelas rurales de Nuevo León, México (1925-1928) Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"Recuerdos de mi amigo escolar"

Material didáctico

Proyector de filminas

Con el uso de distintos tipos de proyectores se inició la incorporación de la tecnología electrónica en las escuelas. Proyector de diapositivas manual marca S.D.A Metal galvanizado (ca. 1940-1950) Colección particular Campos Alba
"El telón de una historia"
Recursos Didácticos

Proyector de carrete película 8mm.

Proyector Súper 8 mm Marca Kodak (ca. Décadas 1960-1970) Colección particular Castañeda Ríos
"Del cinito y la toalla"
Recursos Didácticos

Más relatos

Máquina de escribir

Máquina portátil, Marca Olympia, Alemania. (ca. Década 1950) Colección particular Sánchez Perdomo
"Máquinas que escribieron decenas de miles de historias"
"Mi fiel compañera"
Recursos Didácticos

Más relatos

"La Mecanografía como capacitación para el trabajo"
"Mi vida escolar"
"Entre teclas y aprendizajes"
"Entre teclas y símbolos"
"Cuando las mujeres sostienen a otras mujeres"
"De la apatía al gusto fundamental por un teclado"
Recursos Didácticos
"Articulo de anticuarios"
"Tac...tac"
"La danza de las teclas: quien quiera azul celeste…"
"La sinfonía del carro ancho"
"Martillos que forjan historias"
Recursos Didácticos

Radiograbadora y cassette

Radiograbadora Lenox Sound Modelo CD-101, China, (ca. 1980-1990) Cassette “Tres poetas modernistas y las anécdotas que los vieron nacer”, Libris Editores, México (1997)
"Melomanía "
"Mis aliados"
"La mejor música"
Recursos Didácticos

Piano

Desde 1880 y hasta aproximadamente 1975 era obligatorio que los Jardines de Niños contaran con un piano para realizar las actividades de Ritmos, Cantos y Juegos. Algunas primarias y secundarias, generalmente urbanas, también contaban con uno. Piano vertical Hamilton Cabinet Grand. Chicago, USA (1903) Jardín de Niños “Niños Héroes” Toluca, Estado de México.
"El piano de cola"
Recursos Didácticos

Tambor y cornetas

Tambor para banda de guerra infantil con baquetas Metal, madera y cuero (ca. 1980-1990) Cornetas para banda de guerra infantil Latón (ca. 1980-1990) Jardín de Niños “Niños Héroes” Toluca, Estado de México.
"Latidos de cobre y piel"
Recursos Didácticos

Palmeta

La palmeta era un instrumento de castigo escolar, consistente en una tablilla con mango o una pala de cuero/madera, usada por maestros para golpear la palma de la mano a los niños. Reproducción (2020) Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí
"Adiós a la inocencia"
Recursos Didácticos

Proyector de cuerpos opacos

Construcción artesanal Colección particular Aguirre Benítez (1989)
"El proyector de cuerpos opacos, un gran descubrimiento"
Recursos Didácticos

Animal disecado

En el siglo XIX algunas escuelas contaban con un Gabinete de Historia Natural que incluía minerales, conchas, animales disecados y piezas arqueológicas para su estudio. Colección zoológica del Museo Histórico Escolar Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca (ca. 1915)
"Muerte que cuida la vida"
"El catálogo de flora y fauna"
Recursos Didácticos

Máquina de coser

Máquina Marca Liberty Zig-Zag de pedal y eléctrica (ca. Década 1980) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"Aguja, pedal y frontera: Aprender a ser mujer en la escuela"
"Industria del vestido, taller para mujeres"
"Cosiendo sueños con una máquina de pedal"
Recursos Didácticos

Proyector de diapositivas de carrusel

Las diapositivas son un formato antiguo de proyección que consistía en un trozo de película en un marco individual de cartón. Kodak Extagraphic Slide Projector, Model E-2 New York, USA (ca. 1971) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"Las fotos sobre la pared"
Recursos Didácticos

Tocadiscos portátil

Sanyo Automatic Turntable, Japón (ca. Década 1980) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"En 33 y 45 revoluciones"
Recursos Didácticos

Más relatos

Globo terráqueo

Repogle Globes, Inc. Illinois Bradview, USA Importador industrias RIHAN S.V de C.V México D.F. 30.5 cms. Diamétro (ca. Década 1980) Colección particular Sánchez Perdomo
"La bahía de Los Ostiones"
"Soñar "
Recursos Didácticos
"Globo terráqueo arrumbado en el rincón"
"El globo y yo"
Recursos Didácticos

Retroproyector para acetatos

Un acetato era una lámina transparente de plástico (celofán o acetato de celulosa) utilizada en los años 80 y 90, para mostrar textos, dibujos o gráficos. Marca 3M (ca. 1980-2000) Jardín de Niños “Niños Héroes” Toluca, Estado de México.
"Mis inicios como profesora"
"Innovando"
Recursos Didácticos

Más relatos

Flauta

Flauta dulce YAMAHA, (ca. Décadas 1980-1990) Colección particular Flores Alarcón
"El Instrumento Como Mediador Del Aprendizaje Musical"
"El eco del barranco"
Recursos Didácticos
"Artes, de la música en la secundaria"
"La flauta que me hizo soñar"
"Una lección que aún resuena"
"¡Me robaron mi flauta!"
Recursos Didácticos

Instrumentos de laboratorio

Matraz Erlenmeyer, 125 ml. KIMAX, USA Matraz aforado o balón, Student Flask, 250 ml. PIREX, USA Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"Cosas Que Marcan"
"Entre Acero, Vidrio Y Vocación"
"Experimentos Fallidos"
Recursos Didácticos

Microscopio escolar

Instrumentos Rossbach Kyowa Modelo LS-3L, Japón (ca. 1960) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"El microscopio y mi alejamiento de la ciencia"
"La secundaria a través del microscopio"
"La puerta secreta"
Recursos Didácticos

Proyector de película

Una filmina es un rollo de película positiva de 35 mm que contiene una secuencia de imágenes estáticas, generalmente entre 30 y 50 cuadros, que se mostraban una por una sobre una pantalla hasta finales de los años 80. Marca NORIS Trumpf Halogen 150 (ca. 1950-1960) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México
"Proyectando sueños"
"El momento de la peli"
Recursos Didácticos

Mochila de cuero

Mochila escolar de vaqueta (ca. Décadas 1960- 1980) Colección particular Campos Alba

"La Mochila De La Maestra "

"El Aroma De Piel"

Ajuar del alumno

Más relatos

Chismógrafo

Cuaderno Chismógrafo Escuela Secundaria Diurna No. 60 “República de Honduras” (1983) Colección particular Aguirre Benítez

"Confesiones en un cuaderno"

"¿A qué país te gustaría viajar?"

Ajuar del alumno

Más relatos

"Un juego secreto"

"Sólo contestando"

"Una ventana a los pensamientos estudiantiles"

"Indiscreciones"

"El poder de las palabras"

"El chismógrafo"

Ajuar del alumno

"Una herramienta para desarrollar habilidades de manejo de información "

"Nuestra red social"

"El alma a través de una libreta"

Ajuar del alumno

Uniforme de Escuelas Secundarias Técnicas

Escuela Secundaria Técnica No. 55 Ciudad de México (1982) Colección Pérez Trenado

"Pertenencia, orgullo y destino"

Ajuar del alumno

Bata escolar para laboratorio de Química

La materia de Química en la Escuela Secundaria incluía prácticas de laboratorio, que era un espacio de experimentación, observación y aprendizaje activo. Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

"De la cancha al laboratorio"

"La química en mi vida"

Ajuar del alumno

Más relatos

Uniforme de Escuela Secundaria

A principio del siglo XX las alumnas de Escuelas Secundarias “Diurnas o Generales” portaban un “jumper” de distinto color para cada uno de los tres grados. Posteriormente se modificó por el actual en verde. Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César A. Ruiz” Ciudad de México

"El camino a la libertad también tiene uniforme"

Ajuar del alumno

"Los colores sí importan y la hechura del uniforme también"

"Uniforme y rebeldia"

"Amarillo que nos unió"

Ajuar del alumno

Pupitre con mesa de posiciones

Pupitre individual de madera con mecanismo de metal para ajustar la mesa para lectura en distintos ángulos Ciudad de México (ca. 150-1960) Colección particular T. Castañeda de León

"Memorias de la secundaria federal número 2"

"La Silla Rosa"

Mobiliario

Escritorio de maestro

Escritorio de madera con dos cajones (ca. 1950) Supervisión Escolar No. 1 Preescolar Toluca, Estado de México

"La magia de ser directora en una escuela primaria"

"El escritorio que guarda la memoria "

"Un escritorio puede ser una clase… y también un abrazo "

Mobiliario

Pizarrón giratorio

Pizarrón mueble de madera con dos caras y mecanismo giratorio (ca. 1910-1920) Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca

"Los recuerdos plasmados en el pizarrón "

Mobiliario

Pupitre individual

Pupitre de madera con tapa abatible Puebla, México (ca. Décadas 1930-1950) Colección particular Campos Alba

"El mesabanco"

"Universo infantil"

"Orgullo materno"

Mobiliario

Mesa y sillas de preescolar

Mesa colectiva y sillas de madera (ca. 1960 -1970) Jardín de Niños “María Luna” Distrito Federal

"Reminiscencia"

Mobiliario

Pupitre doble

Mesabanco doble de madera para escuela primaria (ca. Década 1970) Estado de México

"Mi lugar seguro en primer grado"

Mobiliario

Nicho de Bandera

Nicho o vitrina para bandera (ca. Década1930) Biblioteca Histórica de la Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca

"Caminos y enseñanzas del destino"

"Casi casi inmaculada"

Mobiliario

Silla con paleta

Silla escolar individual para adulto, estructura tubular de metal, asiento y base para escribir de madera. (ca. Décadas 1980-1990) Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César A. Ruiz” Ciudad de México

"Sueños desgastados y crujidos "

"Las sillas con paleta siguen ahí…"

Mobiliario

Vitrina de trofeos

Vitrina de madera y cristal con tres entrepaños (ca. 1970) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México

"El orgullo de la escuela "

Mobiliario

Pizarrón de pared

Aula histórica, Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca (ca. Década1940)

"Uso del pizarrón de pared"

"Riqueza educativa"

Mobiliario

Campana

Campana mediana de bronce para patio escolar Escuela Secundaria Diurna No. 1 “César A. Ruiz” Ciudad de México (ca.1926-1930)

"Campana"

"Al ritmo de la campana"

Mobiliario

Reloj de pared

Junghans Wall Clock, Alemania (ca. 1910) Centenaria y Benemérita Escuela Normal de Profesores de Toluca

"Tiempo de escuela"

Mobiliario

Bandera Nacional

Bandera mexicana en tamaño reglamentario para escoltas en escuelas secundarias, 0.90 metros por 1.58 metros, en tela de razo doble y moño. (Presenta decoloración importante en el lienzo verde) Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México (ca. 1970)

"Una contienda patriótica"

Ceremonias

Más relatos

Escolta Escuela Secundaria

Escuela Secundaria Diurna No. 137 “Delfina Huerta López” Ciudad de México (2026)

"En ti ondean siempre mi identidad , razón y corazón"

"Paso redoblado"

Ceremonias

"Orgullosamente maestra de secundaria"

"Sargento de escolta"

"El calzado de la dignidad"

Ceremonias

Banda de guerra escolar

Escuela “José Ma. Morelos y Pavón” Ecatepec, Estado de México (1956) Colección particular familia Moreno Díaz

"Los sonidos de una banda escolar mixta a través del tiempo"

"El tambor que no juzga"

"Entre céfiros y trinos"

Ceremonias

Examen Profesional de Maestra Normalista

Colección Geraldine Niño Aguirre (ca. 1940) Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"El gran día"

"El día de mi examen profesional"

"La chica de los dieces"

Ceremonias

Más relatos

Festival Escolar

Fotografía de estudio de alumnos vestidos con trajes típicos del Estado de Veracruz como recuerdo del festival escolar del Día de la Madre. (ca. 1950-1960) Colección particular Campos Alba

"Bailar en la escuela: sentido de identidad y cultura para las niñas"

Festividades

"Recordar es volver a revivir"

"El eco del zapateado"

"Las piñatas"

Festividades

Entrega de Libros de Texto Gratuito

Escuela “Heroínas Mexicanas”, Cárdenas, San Luis Potosí (1962) Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"Un libro para todos"

"Símbolos del saber"

Festividades

Libro de Cantos Patrióticos

Delgado I. Antonio, “Mi Canto para México. Coros infantiles para Jardines de Niños y Primer ciclo de Primarias”, México D.F. (1958) Jardín de Niños “María Luna” Ciudad de México

"Con orgullo y buena voz"

Música y Cantos
Música y Cantos

Disco de Cri-Crí

Disco de Vinilo LP, Marca RCA Víctor, México (1972) Colección particular Campos Alba

"Cri-Cri: mi testimonio como niña, mujer y educadora"

Música y Cantos

Selecciones musicales para el Jardín de Niños

Libro con letra y partituras para piano Carmen Calderón Córdova, Selecciones Musicales para el Jardín de Niños y la Escuela, México D.F. (1953) Jardín de Niños “María Luna” Ciudad de México

"Canciones con amor de mamá"

"Las canciones de mi infancia"

Música y Cantos

Más relatos

Lectura en voz alta

Escuela Primaria en Matehuala, San Luis Potosí (1965) Colección Petra Hernández. Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"De la voz nace el amor"

"Mi propia voz"

Práctica Docente

"Prácticas que dejan huella"

"Venciendo miedos"

"Compatiendo historias"

"El poder de mi voz"

"Entre sueños y aulas"

"Mi historia comenzo en voz alta"

Práctica Docente

Clases de Economía Doméstica

Grupo de 3er. grado de la escuela “Heroínas Mexicanas”, Cárdenas, San Luis Potosí (1962) Colección Martha Ávila Villanueva. Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"La clase de economía doméstica"

"Cuando las manos aprenden a volar"

Práctica Docente

Equipo de Voleibol

Selección femenil de Voleybol, escuela secundaria de San Luis Potosí (1932) Colección Marina Rentería Fondo Memoria Escolar Fotográfica del Sistema Educativo Estatal Regular, San Luis Potosí

"Una verdadera motivación "

"El mejor equipo"

Juegos

Muñequitas recortables

Sobres con muñecas de papel para vestir (ca. Décadas 1960-1970) Colección particular Campos Alba

"Vestir y desvestir: del juego a la domesticación "

"Mariquitas"

Juegos

Resorte

El juego del resorte (o elástico) es una actividad tradicional y lúdica principalmente para niñas que consiste en saltar y realizar secuencias de movimientos sobre una banda elástica de unos 3-4 metros, sostenida por dos personas, jugado en el patio escolar o la calle.

"El baúl de los recuerdos"

Juegos

Planchita

Plancha de juguete miniatura de metal utilizada en Jardines de Niños del Distrito Federal (ca. 1973) Colección Campos Alba

Aprendiendo a “ser mujer”

Juegos

Juegos de Palmadas

Juegos femeninos realizados por parejas en el patio de la escuela con distintas secuencias de choque de palmas acompañadas de canciones rimadas, entre las que destacan Marinero que se fue a la mar, Chocolate, Por la calle 24, etc.

"Los juegos de antes”

"El juego como una oportunidad de aprendizaje”

Juegos

"La caligrafía como herramienta para una letra clara"

Flor Thelma Cabrera Sierra

Los libros de caligrafía representan mucho más que simples cuadernos de ejercicios Son herramientas fundamentales en la formación de una escritura clara, armónica y funcional. En una época dominada por teclados y pantallas, la práctica caligráfica conserva un valor formativo profundo, especialmente en la infancia. La escritura no es sólo un acto mecánico, sino un proceso que integra coordinación motora fina, atención, memoria y organización espacial. Los libros de caligrafía favorecen el desarrollo de estos aspectos al guiar, paso a paso, el trazo correcto de cada letra, la proporción adecuada, la alineación y la constancia en el tamaño y la forma. Esta repetición consciente fortalece la precisión y la fluidez. Por su parte, una buena escritura facilita la comunicación. Cuando el trazo es claro y ordenado, el mensaje se transmite sin interferencias. Además, una letra cuidada suele reflejar disciplina, dedicación y esmero, cualidades valiosas en el ámbito académico y profesional. Para muchos niños, observar su propio progreso en un libro de caligrafía fortalece la autoestima y la motivación por aprender.

Asimismo, la práctica caligráfica promueve la paciencia y la concentración. En cada línea se ejercita la constancia, la tolerancia al error y la capacidad de mejorar mediante el esfuerzo continuo. No se trata únicamente de “hacer letra bonita”, sino de adquirir una habilidad que acompañará a la persona durante toda su vida. Cuando era niña, recuerdo claramente cómo me costaba elaborar las planas de caligrafía ¡Ah!, eso sí, tenían que estar impecables, por lo que me pasaba horas realizando esos ejercicios, cuidando hasta el más mínimo detalle. Probablemente es que, debido a eso, a mí corta edad yo sentía una especie de sufrimiento. En la actualidad tengo una letra estilizada y bastante entendible, así que yo misma soy un ejemplo de lo que la caligrafía puede contribuir en nuestra formación académica inicial y perdurar a lo largo de toda nuestra vida.

Terremoto de 1985. La Secundaria Técnica Número 6 se mantuvo de pie

María de los Ángeles Ramírez Meza

Mi sueño, desde que iba en primaria, fue ser parte del alumnado de la Escuela Secundaria Técnica Número 6 Sor Juana Inés de la Cruz, ubicada en el centro de la Ciudad de México, frente a la Biblioteca de México. El día tan esperado llegó. Yo estaba muy feliz después de haber logrado pasar el examen de admisión, así que portaba con orgullo aquel uniforme con escudo, el cual significaba que era alumna de esta reconocida secundaria. Pero este sueño se derrumbó en un instante. Sucedió un hecho fortuito que cambió todo: el terremoto del 19 septiembre de 1985, ocurrido a las 7:19 a. m., el cual viví dentro del aula de 1º D de mi querida escuela. Sobreviví gracias a esta secundaria, un plantel antiguo y fuerte que se convirtió en un lugar seguro para mí y para todos los que estuvieron ahí aquella mañana. Sin embargo, la secundaria tuvo que cerrar sus puertas por aquel acontecimiento. El panorama que vi a mis 12 años de regreso a casa fue devastador: edificios, casas y calles destruidos, dolor y muerte. Así pasaron muchos días y no había noticias sobre cuándo volveríamos a la escuela. Mi madre me dijo entonces:

—Ya son muchos días sin clase. Te buscaré lugar en otra secundaria para que continúes estudiando. Eso me entristeció mucho porque mi corazón anhelaba regresar a mi secundaria. Mi madre logró acomodarme en la Escuela Secundaria Técnica 47, ubicada en Av. Insurgentes Norte, cerca de donde vivíamos. Pero justo un día antes de entrar a esa escuela, sonó el teléfono de mi casa. ¡La tan esperada llamada había llegado! Marcaban de parte de la secundaria para informar a mis padres que se reanudaban las clases. Lloré de alegría por esa hermosa noticia, pues yo quería regresar a estudiar ahí, el lugar donde aprendí mucho y viví inolvidables experiencias.

"Entre teclas y símbolos"
Nelly Vianey Guzmán Peregrina
Cuando entré a la secundaria, todo era nuevo para mí: los horarios, los salones y las decisiones que, aunque parecían pequeñas, se sentían importantes. Una de ellas fue elegir un taller. Al leer la lista, Taquimecanografía llamó mi atención de inmediato. No sabía mucho sobre ese taller, pero algo en su nombre me hizo imaginar letras, velocidad y aprendizaje, así que lo elegí con curiosidad y emoción. Durante los primeros días confirmé que me había quedado en ese taller, y la noticia me llenó de alegría, porque he de contar que también en el de dibujo era muy buena, pero mi meta era taquimecanografía y lo logré. Al entrar al salón vi las máquinas de escribir acomodadas con orden, esperando ser usadas. Me emocioné al pensar que aprendería a escribir en la máquina y también taquigrafía; recuerdo que la maestra Martha, siempre tranquila y amable, me motivaba. Cada clase era un reto nuevo: colocar bien los dedos, escuchar el sonido constante de las teclas y tratar de no equivocarme. Al principio fue difícil, pero cada intento me motivó a seguir. Sentía orgullo cuando lograba escribir una línea completa sin errores y cuando comenzaba a entender los símbolos de la taquigrafía. Aún recuerdo esos dictados y lo emocionante de escribir tan rápido.
Con el tiempo, el taller se convirtió en uno de mis favoritos. Aprendí a tener paciencia, a concentrarme y a disfrutar el proceso de aprender algo distinto. Al final, recordé esa etapa con cariño, porque elegir taquimecanografía no sólo me enseñó a escribir de otra forma, sino que también me permitió descubrir una emoción nueva por aprender y superar mis propios retos.

"Carta al padre desde un salón de clases"

Oriana Castillo Rodríguez

Una vez que comencé, ya no lo pude soltar. Recuerdo el miedo, la angustia e incertidumbre con que entendía la relación entre este niño y su padre, imaginaba cada anécdota con tanto detalle que casi fue como ver una película o una obra de teatro, me conmovió hasta las lágrimas. Hoy tengo otra edad, pero no me he atrevido a enfrentarme a ese libro de nuevo, sin duda lo haré pronto y ansío ver qué me dicen sobre mí esas palabras. Ese maestro no imagina el impacto que tuvo en mí el regalo que nos hizo ese día en el salón de clases.

Hoy trabajo en la Escuela Secundaria de la que hace 13 años fui alumna. La mayoría del personal ha cambiado, quienes fueron mis maestros y personal de apoyo están jubilados, hay jardines y flores en el pasto en que antes me sentaba a desayunar, incluso las aulas han sido renovadas. Hoy los techos donde alguna vez hubo tejas de barro están cubiertos de láminas térmicas, las butacas metálicas que quemaban como el hielo al sentarte las mañanas de invierno han sido sustituidas por sillas de plástico, hay proyectores y pantallas planas en cada salón. Fue en uno de esos salones donde me encontré con uno de los libros que más he disfrutado leer y no por gozo, sino por lo confrontativa que fue la experiencia, hablo de Carta al padre de Franz Kafka. Este libro llegó a mí cuando cursaba 3° de secundaria, de la mano de mi maestro de español. Al final de la clase sacó de su mochila varios libros, pidió que nos acercáramos y cada quien eligiera uno, ese título me atrapó y me lo llevé a mi casa sin saber qué esperar.

"Orgullosamente maestra de secundaria"

Edith Montiel Berber

Soy maestra de secundaria y me siento profundamente orgullosa. Trabajo con adolescentes, con corazones que laten con intensidad y mentes que buscan respuestas. En esta etapa decisiva de sus vidas, muchas veces soy refugio, escucha y guía. No sólo comparto conocimientos: ofrezco experiencia, empatía y acompañamiento en decisiones que pueden marcar su destino. A lo largo de casi 28 años de servicio, he comprendido que educar va más allá del aula. He sido apoyo técnico pedagógico, asesora, orientadora educativa, maestra frente a grupo y hoy soy subdirectora. Cada etapa me ha confirmado que la educación es un acto de responsabilidad, pero también de amor y compromiso diario. Me siento orgullosa porque he tenido el privilegio de tocar corazones y mentes de muchas generaciones. Algunos de mis alumnos, hoy adultos, regresan con una palabra de gratitud o un abrazo sincero, entonces confirmo que sembrar siempre vale la pena.

Ser maestra me ha permitido crecer como profesionista, como mujer y como ser humano. He procurado ser un ejemplo para mis alumnas y demostrarles que pueden alcanzar sus sueños con dedicación, esfuerzo y confianza en sí mismas. De niña siempre soñé con formar parte de la escolta. Miraba la bandera con admiración, imaginando que algún día podría sostenerla con honor. Hoy, como subdirectora, cada lunes entrego la bandera con profundo orgullo, y con ese acto abrazo a mi adolescente interior y le susurro: “Lo logramos”. Cuando llegue el momento de cerrar este ciclo, espero mirar atrás y decir: “Misión cumplida”. Soy, y seguiré siendo, orgullosamente maestra de secundaria.

"Nosotras, maestra y alumnas: memoria de una resistencia"

Roxana Cabrera Sampayo

Cerca de las faldas de la Matlalcueyetl, corría el año 2022. Coincidimos en ese espacio al que llamábamos escuela. Fui su maestra de Formación Cívica y Ética en tercero de secundaria. En el transcurso de las sesiones abordábamos diversos temas para comprender las condiciones en las que vivíamos y cómo se encontraba la sociedad tlaxcalteca. Con frecuencia, el diálogo nos conducía al tema de las mujeres, a las historias que escuchábamos en casa, en la calle o en las noticias, y a esas alertas que parecían haberse vuelto parte del paisaje cotidiano. Cada vez más conscientes de las desigualdades que nos atravesaban, decidimos, desde nuestra trinchera —la banca del salón y, en mi caso, el pizarrón—, dirigir nuestros esfuerzos a transformar nuestro entorno. La incidencia parecía necesaria; sin embargo, surgió una duda: ¿por dónde podríamos empezar? La respuesta estuvo frente a nuestros ojos: desde la cotidianidad. Iniciaríamos en nuestra secundaria, reflejo de nuestro territorio.

Conversé con ellas entre clases y pasillos sobre lo que significaba e implicaba ser mujer en Tlaxcala. Compartimos sentires, pensares y malestares; nombramos miedos que hasta entonces parecían individuales y descubrimos que eran compartidos. Al narrarnos, nos acuerpamos; y entendimos que acompañarnos era también una forma de resistencia. Sumamos voluntades, talentos y los recursos que teníamos a nuestro alcance, e iniciamos un activismo escolar basado en la colectividad, el trabajo horizontal, la sororidad y el cuidado de la comunidad. Realizamos distintas acciones, unas pequeñas en apariencia y otras de mayor alcance (en esta escuela y, en mi caso, en otras), pero siempre con el mismo propósito: construir espacios donde pudiéramos desarrollarnos libres de violencia, porque todas coincidíamos en lo que decía uno de nuestros carteles: “No quiero sentirme valiente cuando salga a la calle (y esté en la escuela), quiero sentirme libre”.

"Uniforme y rebeldia"

Liliana Margarita Iglesias Félix

El uniforme, aunque es igual en todas sus partes y mantiene su forma, en el contexto educativo funciona para que las personas se identifiquen. También se utiliza con el propósito de crear pertenencia a una institución y promover la igualdad de condiciones, así como mantener el orden y la presentación. Para mi madre, portar su uniforme escolar de secundaria representaba el mayor acto de rebeldía. Aunque había obtenido el primer lugar de su generación, eso no era motivo de orgullo para su madre, quien le decía: “¿De qué me sirven esas calificaciones? Lo que deberías estar haciendo es trabajar, al menos en el mercado”. Claro, ella no podía entenderlo, porque sólo había cursado hasta cuarto grado de primaria. Al ser madre soltera, lo único apremiante para ella era el hambre, no la educación. Viendo su boleta, con lágrimas, llena de frustración, y con la gran rebeldía en el corazón que siempre la ha caracterizado, siguió estudiando. Por un tiempo se vio obligada a pausar su formación, pero en 1992, ya siendo esposa, madre de dos hijos y embarazada de mí, además de seguir trabajando como secretaria ―lo que fervientemente logró con su certificado de secundaria con especialidad en secretariado―, continuó estudiando para convertirse en docente.

Para mí, el camino fue mucho más fácil, labrado por mi madre rebelde, uniformada y decidida a embellecer las sendas de quienes seguimos sus pasos, igual a otras mujeres que, a lo largo de la historia, me permitieron ser maestra de educación secundaria sin ningún inconveniente. Hoy, desde mi aula, quiero seguir labrando ese camino para todas las adolescentes que, también uniformadas, rebeldes y decididas, buscan mejorar su entorno estudiando. Quiero inspirarlas siempre, alentarlas y capacitarlas para que la siguiente generación de mujeres tenga una senda agradable de transitar al perseguir sus metas, así como antes la abrieron para mí.

"Los estilos de aprendizaje en un salón de clases"

Leticia Ángela Díaz y Feliciana Vargas Gutiérrez

Todos los días iniciaba mis clases puntualmente. Sin embargo, a medida que los alumnos ocupaban sus lugares, el aula se llenaba de risas y alegría. No todos vivían el mismo ambiente. Observaba a Bot, quien siempre parecía distraído y llevaba consigo su mochila con una computadora, su aliada para ocultar aquello que no quería que se descubriera: su dificultad para leer. Con el paso de los días organicé una actividad para fortalecer la comprensión lectora. Planeé una visita a la biblioteca para que cada estudiante eligiera un libro de cuentos. Cuando llegó el día, noté que Bot no seleccionaba ninguno. Me acerqué y, con el rostro enrojecido, me confesó que leer le resultaba muy difícil y prefería realizar otra actividad.

Le brindé confianza y le propuse que eligiéramos y leyéramos un libro juntos. Le aseguré que trabajaría a su lado. Su mirada se iluminó y aceptó con una sonrisa. Desde entonces dedicábamos un espacio diario a la lectura. Leíamos despacio, resumíamos párrafos y ejercitábamos la memoria. Poco a poco su curiosidad creció, quería saber cómo avanzaba la historia y me pedía continuar. Finalmente organizamos un café literario para compartir nuestras lecturas. Ese día Bot participó con entusiasmo y demostró una capacidad que había permanecido oculta. Su logro se convirtió en ejemplo para sus compañeros. Entonces comprendí que cada alumno tiene su propio ritmo y estilo de aprendizaje, y que acompañarlos con paciencia puede transformar no sólo su historia, sino también la mía como maestra.

"Sobre la línea de sus sueños "

Claudia Selene Rueda Galarza

Al inicio del ciclo escolar, en una telesecundaria ubicada al sur de Candelaria, observé con atención la libreta de Español de uno de mis alumnos de segundo grado. Recuerdo que sentí preocupación cuando vi su letra: era muy grande, poco legible, escrita únicamente con lápiz y, en muchas ocasiones, colocada a medio renglón o suspendida entre líneas, como si no encontrara su lugar. Pensé en lo difícil que sería para él expresar sus ideas si su escritura no lograba comunicar con claridad aquello que pensaba y sentía. Durante las primeras semanas trabajamos intensamente en producción de textos, ejercicios de ortografía y prácticas de caligrafía. Yo le señalé con paciencia la importancia de escribir sobre la línea, de cuidar el tamaño de las letras y de confiar en su capacidad. Él, aunque al principio se mostró inseguro, aceptó el reto. Día tras día noté pequeños avances: una palabra mejor trazada, un párrafo más ordenado, un esfuerzo constante que me llenó de esperanza.

A medio ciclo escolar hicimos una comparación entre sus primeros trabajos y los más recientes. Al abrir su libreta sentí una profunda emoción: su letra era ahora de tamaño moderado, firme y alineada correctamente. Su caligrafía incluso resultaba bonita. Cuando compartí el progreso con el grupo, sus compañeros pidieron verla. La sorpresa iluminó sus rostros y el aula se llenó de comentarios de admiración. Él sonrió con un orgullo sereno. Yo comprendí entonces que no sólo había mejorado su letra; había fortalecido su autoestima y su perseverancia. Ese día confirmé que, cuando un estudiante aprende a escribir sobre la línea, también aprende a creer en sí mismo.

"¿Dibujo o autoridad?"

Catalina Lara Vega

¿En qué momento este instrumento de educación artística perdió su uso para ser reemplazado como arma de autoridad? Me apodaban “Miss Silencio” y así me llamaban cuando la profesora salía de la clase. Quizás era la peor alumna en la que podía recaer ese título; pero ahí estaba la experiencia de la maestra Carmen, que supo quién era el alumno que debería hacer gala de tal mención de la manera más insolente. Mientras me desgañitaba y apuntaba en una libreta el nombre de mis compañeros que se portaban mal para después acusarlos, intentando poner orden en un aforo de treinta energúmenos que hablaban, chillaban, tiraban papelitos y hacían distintas peripecias cuando la profesora no estaba en clase, ahí radicaba el poder seductor de este trozo de madera, ya gastado y desdentado por el paso del tiempo.

Su uso para trazar rectas estaba claro, aunque se había desdibujado en la oportunidad práctica de enderezar comportamientos de futuros hombres y mujeres que pasaron por aquellas aulas y al que la profesora, llegado el momento, no dudaba en acudir. Hoy, con ternura recuerdo cómo aquella mano “picaba de dolor”, pero nadie se quejaba; incluso, había sonrisas de soslayo que había que reprimir, no fuera que aquel ser inerte tomara vida y nos amenazara a todos volando sobre nuestras cabezas. De qué manera tan fácil, práctica y económica, la autoridad se concentraba en un frágil trozo de madera.

"Sembrando palabras en tierras del maíz "

Itzelt del Rocío Martínez Gil

El viento traía palabras de otras lenguas y, entre ellas, la voz tímida de Anita, una alumna indígena que miraba el pizarrón como si mirara un horizonte lejano. Un día, su abuelito, con un rostro desencajado, llegó a aquellas aulas de madera que eran la escuela, y dijo con tristeza: “No creo que aprenda nada”. Aquellas palabras cimbraron mi corazón, me dolieron, pero no me rendí. Anita guardó silencio; sin embargo, en sus ojos vi una chispa que aún no se apagaba. Una luz de esperanza resaltó un día cuando abrimos el libro Las mujeres y los hombres del maíz. Yo leí en voz alta y ella escuchó como quien escucha el corazón de la tierra. En esas páginas descubrió que su historia valía, que su lengua era raíz y que su memoria era semilla, que podía florecer como las flores del campo que, aunque se toman su tiempo para hacerlo, nunca pierden su esencia. Recordé entonces las palabras que un día leí de Sor Juana Inés de la Cruz: “No estudio para saber más, sino para ignorar menos”. Se lo repetí a Anita, y ella sonrió por primera vez.

Poco a poco, Anita aprendió a leer en secundaria, leyó cuentos y leyendas. Sus manos, que antes temblaron, sostuvieron los libros con firmeza. Me dijo que en cada historia descubrió un nuevo mundo, donde ella también podía soñar. Pensé en Rosario Castellanos y en su certeza de que la cultura no era un adorno, sino una necesidad del alma. Anita se convirtió en una alumna promotora de la lectura. Organizó círculos de lectura, enseñó las letras a su abuelita, leyó en voz alta a sus hermanitos y su mirada acompañada de una sonrisa se iluminó. Yo la miré y comprendí que la educación sí transforma destinos, siembra esperanza y bienestar. Aquel abuelito regresó tiempo después; ya no dudó. Y yo, como maestra rural, confirmé que cuando una niña lee, florece a todo un pueblo. Este relato es un homenaje a mis alumnas de las comunidades rurales indígenas de mi estado, aquellas tierras que colindan con la frontera. Chiapas es inicio del ser del sur, donde también late el corazón de nuestra patria.

"El orgullo de la escuela"

Juana Hernández Maldonado

La vitrina de trofeos ocupaba un lugar privilegiado dentro de la escuela, pues casi siempre se ubicaba cerca de la dirección, en el museo escolar o en un pasillo principal, como si fuera un espacio sagrado que resguardara la memoria colectiva de la escuela: las medallas, los diplomas o los reconocimientos. Era un mueble de madera oscura y firme, con puertas de vidrio que reflejaban la luz y nuestros rostros curiosos cuando nos acercábamos a observarla o cuando nos llevaban al museo escolar como si se tratase de una excursión dentro del edificio. Todos caminábamos formados detrás de nuestra maestra luego de haber escuchado sus recomendaciones acerca del buen comportamiento, el respeto y la solemnidad que debíamos mostrar en aquel recinto. Dentro, los trofeos dorados brillaban con solemnidad, las medallas colgaban ordenadas y las placas mostraban nombres grabados que parecían inalcanzables. Cada objeto expuesto contaba una historia silenciosa: competencias deportivas, concursos académicos, desfiles y eventos que representaban el esfuerzo de estudiantes que nos antecedieron. En mi escuela se presumía que por generaciones sus estudiantes habían ganado muchos concursos académicos y deportivos. Aunque no conociéramos a las personas que habían ganado esos reconocimientos, sentíamos orgullo, pues esos logros pertenecían a nuestra escuela y, de alguna manera, también a nosotros. Por ello, la vitrina no sólo exhibía premios, sino también valores como la constancia, la disciplina y el trabajo en equipo.

Asimismo, mirar la vitrina despertaba sueños, ya que imaginábamos nuestro nombre escrito en una placa o en una copa ganada por nuestro grupo. Sin embargo, también enseñaba que, aunque no todos llegaríamos a dejar un objeto exhibido allí, el esfuerzo siempre tenía sentido. En consecuencia, ese mueble silencioso nos hablaba sin palabras y reforzaba nuestra identidad escolar al tiempo que nacía en nosotros un deseo de superación. Así, la vitrina de trofeos quedó grabada en nuestra memoria como un símbolo de orgullo, pertenencia y aspiración, que nos recordaba lo siguiente: los logros no sólo se exhiben, sino que se construyen con dedicación y tiempo.

"Genios en el salón de clases"

Concepción Silva Durán

A veces me preguntan por qué sigo recordando con tanta nitidez aquellos años en la Secundaria Técnica No. 93 Rosario Castellanos, allá por los noventa. Yo siempre respondo lo mismo: porque en ese salón de clases aprendí tanto como enseñé. Entraba cada mañana con mi bata manchada de gis y reactivos, no por descuido, sino porque me gustaba que mis estudiantes vieran que la ciencia deja huellas. Abría las ventanas antes de comenzar. “Para que entre el oxígeno del pensamiento”, decía, y ellos se reían, aunque después lo repetían entre bromas. Mis alumnos me llamaban Lady MacGyver. En Biología, me bastaba una semilla para hablar de la vida. En Física, una lámpara para mostrar cómo la luz insiste en avanzar. En Química, un simple cambio de color para explicar que toda transformación empieza con un pequeño contacto. Pero lo que más me importaba no era el contenido, sino el brillo que aparecía en sus ojos cuando algo les era significativo.

Recuerdo una mañana en particular. El grupo estaba inquieto, disperso, cansado. Decidí detener la clase y les pedí que observaran el pizarrón vacío. “La ciencia no empieza con respuestas”, les dije, “empieza con una pregunta detonadora”. El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier fórmula. A veces pienso que mi verdadero laboratorio no estaba en los frascos ni en los microscopios, sino en ese salón donde cada adolescente aprendía con gusto. Yo solo agitaba un poco el ambiente para que algo se encendiera. Hoy, cuando voy a alguna junta a la escuela, siento que aún flota en el aire el polvo de gis de aquellos días. Y me gusta imaginar que, mis exalumnos (as) recuerdan su salón de clases.

"La secundaria a través del microscopio"
Mónica Mishel Cárdenas Rosales
Llegué con timidez a una secundaria sólo de mujeres donde las risas de tantas chicas rebotaban en los pasillos. Entré a mi salón, pero mis nervios hicieron que mirara por la ventana. Y ahí estaba, caminando hacia mi aula, la maestra que nos daría Biología, la materia que tanto me intrigaba, pues deseaba conocer lo que había detrás de aquellas grandes puertas que tenían como letrero “Laboratorio”.Aquella mañana, esas grandes puertas se abrieron para darme la bienvenida a un mundo fantástico, lleno de objetos increíbles y de grandes experiencias que estaba por vivir. Aún siento que puedo percibir el olor tan característico de ese cuarto frío y visualizar el sitio que me fue asignado, justo al lado de un feto de perro, algo impactante para una adolescente. En esos momentos soñé despierta e imaginé las cosas tan grandiosas e inigualables que iba a hacer. Mi maestra explicó que ese lugar nos haría ver la vida de otra manera. En realidad, no dimensioné lo maravilloso que sería.
Avancé por entre las mesas metálicas y entonces lo vi: el microscopio, el instrumento que se impuso frente a mí. Lo toqué con cuidado y temí romperlo. Cuando coloqué la primera muestra sobre la platina, mis manos temblaron, pero obedecieron.Miré por el ocular y descubrí un universo que desconocía. Las células de una cebolla se dibujaron ante mis ojos como constelaciones diminutas. Ajusté el tornillo y comprendí que la vida no sólo latió en aquello que era evidente, sino también en lo invisible. Ese día entendí que no sólo observé tejidos, observé la vida misma. Salí del laboratorio distinta: ya no fui la chica tímida que miró por la ventana, sino la que se atrevió a enfocar la vida en las pequeñas cosas que tiene el mundo.
"Cosiendo sueños con una máquina de pedal"
Antonia Javier Morán
Al inicio de mi formación académica, específicamente en segundo de secundaria, ocurrió un hecho que marcó mi interés por la docencia. Aquel día, muy entusiasmada, me puse a confeccionar una falda que había solicitado la maestra para la evaluación del bimestre. En casa teníamos una máquina de coser, sí, de esas antiguas de pedal. Aunque no sabía coser como profesional, lo hice con paciencia, orgullo y emoción. Al día siguiente, muy contenta llevé mi falda para que me evaluaran. Sin embargo, sucedió que, al mismo tiempo, otra compañera entregó la suya perfectamente cosida, bien planchada y con un acabado impecable. Para mi sorpresa, la maestra la calificó con un 10 de inmediato. Después revisó mi falda; no dijo nada, sólo me puso un 6. Sentí una gran desilusión. Me pareció injusto, ya que, aunque mi falda no tenía la misma calidad en el acabado que la otra, sí había seguido todo el proceso. Yo estaba casi segura de que mi compañera no había hecho su falda; en cambio, yo sí la había confeccionado con mi máquina de pedal.
Fue en ese momento cuando pensé: “Cuando sea maestra, no evaluaré de esa forma”. A causa de esa mala experiencia, la evaluación que he realizado como docente siempre ha sido formativa, pues no sólo consideraba el resultado final de un producto, sino también el proceso, el interés del alumno, sus expectativas, su contexto y su autoestima. Aquel día en que mi sueño se esfumó, decidí guardar la falda en el fondo de un cajón. Años después, frente a mis alumnos, al calificar, volví a escuchar el sonido del pedal… No venía de la máquina, sino de la conciencia de aprender a evaluar sin romper sueños, como aquél de la máquina de pedal.

"Mis recuerdos de la secundaria"

Teresita de Jesús Vega Cuenca

Mi nombre es Teresita de Jesús Vega Cuenca y les voy a platicar mis recuerdos en la escuela secundaria. El paso por la educación básica nivel secundaria, en la Escuela Federal Número 8 en el estado de Campeche, fue una experiencia inolvidable. Recuerdo que el autobús para ir a la escuela nos pasaba a buscar, y yo era la última en abordarlo, por lo que me tocaba ir parada en la orilla de la puerta; el prefecto se quedaba vigilando que no nos pasara nada. Ahí aprendí a redactar y elaborar mis tareas, a participar en encuentros deportivos, a llevar el nombre de la escuela en alto, pues los maestros nos impulsaban en la realización de tareas, carpetas de trabajos y prácticas de laboratorio; como no me gustaba esta asignatura, la reprobé y presenté un examen extraordinario. Esto me sirvió de experiencia para no reprobar más y lograr lo que me proponía en mis estudios, dado que mis padres tenían pocos recursos.

Una vez en las competiciones de atletismo en el CREA llegué a obtener el segundo lugar en la competencia, los maestros me dijeron que fue una buena puntuación. A mis compañeros y a mí, lo recuerdo muy bien, nos gustaban las clases de Español y Matemáticas, asignaturas que son de gran importancia en nuestra formación como estudiantes para mejorar nuestra escritura y reflexión, así como el pensamiento matemático; me gustaba mucho hacer pasarelas con las tablas de multiplicar, de esta manera aprendí a multiplicar y a dividir. Todo esto se lo agradezco a mis maestros, que nos orientaron a ser mejores alumnos, a convivir en familia y a ser alguien en la vida; sin saberlo, esto me llevaría a ser maestra de telesecundaria en la localidad de Pixoyal Champotón, Campeche, ya con 29 años de servicio impartiendo clases.

Una maestra “DE CARRERA”, formada por una maestra “HECHA A LA CARRERA”

Elvia Montes de Oca Navas.

Mi formación académica profesional se inició en la Escuela Normal para Señoritas (hoy Centenaria y Benemérita Escuela Normal para Profesores), de Toluca, cuyo bello edificio fue inaugurado en 1910 como parte de los festejos del primer centenario del inicio de la Independencia de México. Los estudios de la carrera de Profesora de Educación Primaria entonces duraban tres años, después de la escuela secundaria. Durante la carrera se impartía una materia llamada Técnicas de la Enseñanza, en la cual los docentes, generalmente mujeres, impartían las formas didácticas más adecuadas para enseñar. En tercer año, a las alumnas nos enseñaban cómo enseñarles a leer y escribir a los niños de primer año, pues generalmente a las recién egresadas de las Normal se les ubicaba en primer año, error muy grande: alumnas sin experiencia encargadas del primer año, que es fundamental para la educación primaria. Yo lo viví. Durante el tercer año de Normal, nos mandaban una vez por semana a una práctica de observación a alguna escuela primaria en cualquiera de sus grados. Una semana completa se realizaba la práctica intensiva, que consistía en hacerse cargo de un grupo en alguna escuela primaria, bajo la supervisión de la maestra titular. Ésa era experiencia suficiente para desempeñarse como profesora frente a grupo. Empecé a trabajar en una escuela cercana al pueblo en el que vivía y, efectivamente, me dieron primer año para iniciar mi trabajo como maestra. Era un grupo constituido por más de 40 niños, todos varones, de edades muy diversas: Chano, el más pequeño, no había cumplido 6 años, y Lencho, el más grande, tenía 14. Yo, maestra “de carrera”, había estudiado los métodos más conocidos para leer y escribir: el onomatopéyico de Gregorio Torres Quintero (basado en el sonido de las letras), el de palabras normales, el de palabras generadoras y más, teoría pura.

Llegué preguntado a mis compañeras de trabajo, todas mayores que yo y con años de experiencia en primer año, qué método utilizaban y me dijeron que el onomatopéyico. Yo tenía el libro y sus lecciones. Inmediatamente compré las láminas respectivas en grande para colocarlas en las paredes de mi salón. Ahí estaba la rata atrapada en una ratonera emitiendo el sonido iii, el sordo que al no oír decía “eh”, el gato enojado que emitía el sonido fff y así todas las letras. Mi salón, el cuarto de una casa adaptada como escuela, era muy sencillo: tenía una ventana a la calle, tapada con gruesas maderas, y una puerta al patio; sin ventilación ni luz necesarias. Con las láminas del método onomatopéyico, el salón se veía mejor y más alegre, ahí estaba el material necesario para utilizarlo y enseñar a leer y escribir a los niños, pero yo no sabía cómo aplicarlo. El año escolar se iniciaba en febrero y terminaba en noviembre. Era el mes de mayo y mis alumnos no avanzaban, mientras que los de los otros grupos ya empezaban a leer y escribir. El grupo más avanzado lo atendía Prisca Hernández, una maestra empírica, sin estudios profesionales, “hecha a la carrera”. Al ver el atraso de mis alumnos, le pedí ayuda para que me enseñara cómo enseñar; y así fue, ella me enseñó a ser maestra de primer año de primaria, y gracias a ella pude “salvar” mi grupo. Una maestra sin estudios profesionales enseñó a enseñar a una “maestra de carrera” recién salida de la prestigiosa Escuela Normal para Señoritas, y a conocer y aplicar el libro y el método onomatopéyico.

"El gran día"

Karina González Carrillo

Este examen profesional pertenece a una mujer que vivió y enseñó en otro tiempo. No conozco su rostro ni su voz, pero sí el resonar de su protagonismo y atención a ese libro donde se tejen ideas propias mientras se conserva una determinación: la de ingresar al magisterio en una época en que la educación fue uno de los pocos espacios socialmente permitidos para que las mujeres construyeran una vida profesional. Más que un documento administrativo, este examen representa el acceso al mundo público y al reconocimiento social de la mujer más allá de roles que actualmente cuestionamos como estereotipos. La formación normalista fue, para muchas mujeres, una ruta de movimiento y autonomía. Ser maestra significaba la oportunidad de estudiar, evaluarse y responder ante una institución, pero también de habitar la escuela como un espacio cotidiano: el aula, los cuadernos, la disciplina y el cuidado de otros, pero uno reconocido, valorado y remunerado. De hecho, el magisterio fue uno de los semilleros del feminismo en México, aun cuando no siempre se le nombrara así. Desde ahí, las mujeres enseñaron, organizaron, sostuvieron comunidades y, muchas veces, ejercieron liderazgo aún con barreras o falta de legitimación. Este antiguo examen dialoga con mi propia historia. Gracias a los caminos que maestras como ella abrieron, yo hoy puedo ser la primera generación de mi familia con acceso a una carrera profesional. El magisterio no sólo me permitió estudiar, sino también ampliar mi formación académica, acceder a becas, cursar una maestría y un doctorado, y participar en espacios de toma de decisiones y liderazgo educativo que antes parecían ajenos para muchas mujeres.

Pensar este objeto desde el presente también implica reconocer las tensiones del magisterio femenino. Si bien fue un espacio de emancipación, también ha estado atravesado por mandatos de cuidado, sacrificio y sobrecarga emocional. La escuela ha sido, para las mujeres, un lugar de posibilidades, pero también de exigencias. Por ello, mirar este examen no es un acto de nostalgia, sino de memoria crítica y reivindicación del papel de las mujeres en la educación y en la sociedad. La pieza sugiere que la educación de las mujeres no se limitó a aprender contenidos, sino a habitar un rol cultural complejo. Mantener viva esta memoria implica impulsar el carácter transformador del magisterio y recordar la importancia de seguir abriendo horizontes. Este examen desde hace décadas sigue recordándonos que la educación fue —y puede seguir siendo— un espacio donde las mujeres amplíen horizontes, construyan autonomía y reclamen su lugar en la historia.

"LAS PIÑATAS"

Beatriz Vargas Hernández

Mi nombre es Beatriz Vargas Hernández, soy docente de la disciplina de Historia en la Escuela Secundaria “General Homero Barragán Pardiñaz” del Municipio de San Martín Chalchicuautla, ubicada en la región Huasteca Potosina. Llevo 4 años laborando en este lugar y me siento muy contenta, siempre había escuchado hablar de este lugar y siempre me llamó la atención. Como docente he aprendido mucho en la Secundaria. Debo de reconocer que al principio estaba muy renuente porque mi trayectoria docente siempre la había desarrollado en el nivel superior, afortunadamente lo que aprendí ahí lo he podido aplicar en el nivel básico. He aprendido mucho de los alumnos: son inquietos, alegres, siempre quieren experimentar y aprender, les encanta la música y bailar. Esto que los caracteriza lo usé como una oportunidad para usar como estrategia de aprendizaje la realización de proyectos. Unos meses antes de la Navidad, les encargué que investigaran acerca de lo que caracterizaba esta fiesta y se considerara era parte de la identidad cultural de sus comunidades, pueblos y municipios. Del resultado de este acercamiento, surgió el proyecto denominado” Elaboración de piñatas navideñas y originales” con el objetivo de consolidar el sentido de identidad y pertenencia en los jóvenes estudiantes.

El proyecto consistió en que los alumnos, utilizando su imaginación y rescatando técnicas de elaboración tradicionales, elaboraran piñatas originales. Los diseños fueron variados: la presidencia municipal, la iglesia, el escudo del municipio, el morralito (que es una bolsa hecha de ixtle donde los campesinos guardan su lonche cuando van a la milpa y un ángel que representaba la fe católica tan presente en el pueblo. Además de las piñatas, cada equipo entregó un engargolado con toda la información que recuperaron en la investigación, así como la justificación del diseño de su piñata, su significado, la relación con su cultura y su sentido de pertenencia, además de los procedimientos que llevaron a cabo. Creo que el proyecto logró desarrollar capacidades, habilidades, competencias y valores de varios de los ejes articuladores que pide la NEM, pero además nos permitió gozar de una fiesta escolar donde la alegría de nuestra gente siempre está presente.

"Una ventana a los pensamientos estudiantiles"

Osiris Solórzano Mora y Daphne Cortés

Desde mi perspectiva, el chismógrafo era como un pequeño laboratorio social. Ahí se veía clarísimo cómo funciona la validación, el rechazo y las alianzas. Era un reflejo de lo que pasa en cualquier grupo humano, sólo que en versión infantil y sin filtros. Fue parte de aquella etapa y no lo satanizo, pero sí creo que ese tipo de “juegos” tienen impacto real. Los niños no siempre dimensionan el peso de sus palabras. Y aunque parecía algo ligero, muchas veces tocaba fibras muy personales.

El chismógrafo lo viví en la primaria y un poco en la secundaria. En ese momento parecía algo supernormal, incluso divertido. Era el cuadernito que pasaba por todo el salón y todos queríamos leer qué habían escrito los demás. Había emoción, curiosidad y también nervio. Porque no era lo mismo contestarlo que saber qué estaban diciendo de ti. Hoy lo veo con otros ojos. No era sólo un juego. Detrás había muchas cosas moviéndose: necesidad de pertenecer, ganas de gustarle a alguien, comparaciones y etiquetas. A esa edad todavía estás formando tu identidad, tu autoestima es frágil y cualquier comentario puede pesar más de lo que parece. Una respuesta bonita te hacía sentir especial; una burla se te podía quedar grabada. No creo que fuera completamente malo, pero tampoco tan inocente. Las preguntas muchas veces tocaban cosas personales: “¿Quién te gusta?”, “¿quién es el más feo?”, “¿quién te cae mal?”. Eso va marcando dinámicas en el grupo. Sin darnos cuenta, aprendíamos a jerarquizar, a señalar, a repetir rumores.

"Lo que me contó mi abuela"

Lucía Chávez Carrascosa

Era así como en aquella pizarra pequeña comenzaban a aprender el abecedario, las mayúsculas, las minúsculas y las palabras simples; todo ello empleando muy escasas letras, pues no cabrían tantas en ese objeto. Sobre él también ensayaban la caligrafía, por lo que las estudiantes debían estar provistas de gis, además de un lienzo con el que pudieran borrar lo escrito y reescribir algo después. Así, el pizarrín era un objeto personal y cada alumna tenía que llevar el suyo; a veces, también una silla de su hogar. No imaginaba un aula improvisada de esa manera; tal vez podría visualizarla en la sala de una casa que fungiera como escuela, sin embargo, yo no concebía un salón de clases sin un pizarrón en la pared. Mi abuelita guardaba un pizarrín entre sus reliquias y me lo regaló para con el fin de que jugara. Ahora veo que sería una digna pieza de un museo de historia de la educación. Creo que sería bueno que hubiera un lugar así, pues resultaría muy ilustrativo para las nuevas generaciones.

Cuando terminábamos de comer, mamá pedía que le ayudara a recoger la mesa, que llevara los trastes al fregador y los lavara. En realidad, los lavaba mi abuelita y me los pasaba para que yo los secara. Mientras lo hacíamos, ella me contaba anécdotas de su niñez. De esta forma pude conocer cómo se vivía tres generaciones antes de mí. Algunas cosas eran muy diferentes y otras no habían cambiado. Cuando mi abuelita era niña, además de jugar, tenía que ir a la escuela. Ahí le enseñaban —al igual que a nosotras— a leer, a escribir y a resolver operaciones aritméticas. Pero en su época no existía la secundaria, y la primaria se dividía en básica —1° a 4° grados— y superior —5° y 6°—. En aquellos años —contaba, sonriente—, “todas comenzábamos por conocer primero las letras para poder leer; y en ese tiempo y nivel escolar, llevábamos a clase nuestro pizarrín”. Me causó tanta gracia esa palabra, que no dejaba de reír. Me hizo imaginar a dos personajes: uno, llamado la señorita Rigodona, como directora, y el otro, la señorita Agatona, como la maestra encargada de que las niñas conocieran las letras y que comenzaran a formar sílabas y palabras.

"¡Un libro con errores!"

Jessica Regina Acosta Sixtos

Mi hermana recuerda que, cuando iba en segundo grado de secundaria, el libro de Matemáticas les generó una sorpresa inesperada desde el primer día a todos. El maestro, un profesional experimentado y dedicado, lo presentó con entusiasmo, pero pronto descubrió fallos graves que lo llevaron a descartar su uso por completo: “No lo vamos a utilizar", les explicó con claridad los motivos para no utilizarlo durante el ciclo escolar, y les mencionó que contenía errores de redacción y solución. Los ejercicios estaban mal redactados: enunciados confusos que inducían a errores de interpretación, operaciones incorrectas en las instrucciones y, peor aún, respuestas finales con equivocaciones en las soluciones. Mi hermana me platicaba que, en un ejercicio de ecuaciones, ellos sacaban x = 5, pero el libro decía x = 7, lo que generó confusión y frustración. Además, muchos problemas no se ajustaban al nivel de secundaria. Algunos eran demasiado fáciles o básicos, como sumas simples disfrazadas de fracciones, mientras que otros se saltaban a temas avanzados sin una coherencia lógica, lo cual desmotivaba a los alumnos y les causaba estrés. El maestro sólo usó el libro una vez, para ilustrar los errores que contenía, luego lo archivó. El docente creó materiales propios: fotocopias con ejercicios claros y adaptados al currículo. Lo más valioso de este libro improvisado fue su enfoque pedagógico.

El maestro resolvía problemas en clase con los alumnos mediante dos o más métodos; por ejemplo, para sistemas de ecuaciones, el método de sustitución y de eliminación. Siempre enseñaba a verificar las respuestas, sustituía valores, usaba calculadoras o gráficos. Así cubrió todos los temas mientras fomentaba el razonamiento crítico y la confianza. Mi hermana destaca cómo esta experiencia transformó las clases en sesiones dinámicas, donde el aprendizaje fue activo y verificable, superó las limitaciones del libro y preparó mejor a los estudiantes para los exámenes y la vida real.

"La bahía de Los Ostiones"
Carmen Ros
Giré la esfera, la detuve en el hemisferio occidental y con la mirada recorrí el norte. “Aquí”, apunté el golfo, y luego estuve paseando la vista, ¿dónde estaba la bahía esa de nombre católico? Cientos de veces la vi en el libro de Geografía, la destacaba como el lugar en donde los ostiones eran un manjar. Revisé con los ojos la costa atlántica de Estados Unidos. “Acá está”, declaré feliz. Cuando a mi hija la empresa para la que trabaja la mandó a las oficinas de Washington, D. C., me llevó a conocer la legendaria bahía de Chesapeake. Ahí, recordé aquella clase con el globo terráqueo que tuvo lugar hace más de sesenta años. No es por presumir, pero así era la educación que recibíamos los mexicanos. Faltaba más. Apenas entramos a un restaurante, pedí 24 ostiones.
Quinto de primaria, colegio de monjas. La madre Lourdes nos había dejado la tarea de memorizar los golfos y las bahías más importantes de la costa atlántica de América. Sí, señora, cómo no, había que hacerlo, sobre todo porque una de esas bahías, hoy conocida como Chesapeake, fue bautizada originalmente en español como bahía de Santa María por Lucas Vázquez de Ayllón. Eso fue alrededor de 1526, antes de que llegaran los colonos ingleses en 1607. A la madre le daba orgullo que aquel rincón del mundo hubiera tenido una denominación católica. “Carmen Ros, pasa al globo terráqueo más grande que está sobre la mesa junto a mi escritorio, y señala en dónde se localiza el golfo de San Lorenzo y la bahía de Chesapeake”, me ordenó la madre como si me hubiera pedido escribir la tabla del 2 en el pizarrón, o sea, hacer algo de dominio pleno para quienes cursábamos quinto de primaria. Sentí caer en una región menos conocida, pero más cercana: un resbalón entre los lodazales de El Palote, la presa de León, Guanajuato.

"Pintando un lucero"

Maribel Olvera Hernández

Suele pasar desapercibido el impacto que nuestra labor docente tiene en los estudiantes. Más allá de lo académico, de tanto y tanto no somos conscientes de lo que nuestros estudiantes pueden enseñarnos con ausencias, silencios, dibujos... En el siguiente relato les contaré de Estrella. Actualmente aún tenemos comunicación y sabe que su historia concientizará a los adolescentes. A los quince años, Estrella tuvo un aborto. En el salón de clases sintió un dolor abdominal, acudió al sanitario y vio a su bebé… “Tenía piecitos, ojitos y manitas, ya estaba formado”… Sólo ella supo lo que pasó. En su casa había situaciones de drogadicción y violencia. Los docentes orientamos y escuchamos. Sin embargo, influye el acercamiento de los estudiantes. Cierto día, la encontré silenciosa y llorando en el laboratorio. Me acerqué. Me externó que había sido víctima de violencia física familiar y no tenía dónde pasar la noche.

Su papá la había echado. “Me golpeó porque regresé con mi novio”. Meses después me comentó que estaba embarazada. No fue planeado, pero no había marcha atrás. Los problemas nunca se fueron; no había de otra más que hacerles frente. Pensó en dejar la escuela. Su pareja la desanimaba a estudiar. Ahora era violentada por su novio… “Chicos, cuídense de un embarazo. Ustedes también se cargan un compromiso, no sólo la mujer”. Al nacer la bebé, concluyó: “Un hijo nunca será un error, pero no se echen una responsabilidad tan grande”. En mayo de 2025, un día hojeé el cuaderno de Estrella. Vi una actividad de Tutoría. En ésta había un dibujo de 2023: una casa, una pareja y una bebé llamada Mabel. Le pregunté: “¿Y este dibujo?”. Respondió: “Yo ya tenía el nombre para mi hija desde hace años”. Estrella logró concluir sus estudios de bachillerato, pese a los innumerables retos, gracias a su motivación más grande: su hija.

"Vivencias en la Escuela Normal Superior"

Edilma Maldonado Jarquín

La historia comienza en el verano de 1977 con mi ingreso a la Escuela Normal Superior de México (FEP), por primera vez entraba a un grupo de alumnos mixto. Yo venía de la Escuela de Educadoras de Villahermosa, Tabasco, una escuela de chicas, porque en ese entonces sólo las mujeres podían ingresar a esa escuela, chicas de nivel socioeconómico medio y medio alto a la que yo no pertenecía, sin embargo, por azares del destino estudié en esa escuela en la que obtuve el título de educadora que me permitió, después de un año de preparación para el examen de admisión, ingresar a la Escuela Normal Superior de la Ciudad de México. Inicié la licenciatura en pedagogía que se cursaba en seis veranos, con compañeros que en su gran mayoría laboraban en distintos niveles educativos en varios estados del país, fue sorprendente estar en un aula con muchos maestros y maestras del norte, centro y sur de la república, me parecía interesante formar equipos de trabajos con compañeros de ambos géneros, cuya convivencia salía de los espacios escolares y nuestras relaciones eran más cercanas, en las bibliotecas, restaurantes y cafés.

Tuve muchos aprendizajes que marcaron mi vida, convivir con ellos cada verano fue maravilloso, allí conocí a dos de mis mejores amigos con quienes sigo en comunicación gracias a la tecnología, aunque vivimos en tres países distintos. Mi visión en el ámbito educativo y personal se amplió y me permitió visualizar que la docencia de preescolar no era solo para mujeres, cómo en un inicio se pensó, que la carrera magisterial era para mujeres en los primeros grados de escolaridad, debido a su llamado instinto maternal y como en otros niveles educativos podrían en un futuro participar como en todos los demás niveles, educadores, situación que sucedió en unos cuantos años en Tabasco, donde ingresaron y se titularon maestros de preescolar y actualmente en una sociedad tradicional como sigue siendo este Estado, ya no ingresan alumnos interesados por trabajar en preescolar por múltiples factores principalmente relacionados con el género. Concluyo que en los años 70 y 55 años después, aún con los cambios que ha habido en nuestro país en relación al género, en Tabasco a las escuelas de educadoras siguen asistiendo sólo mujeres.

"De la apatía al gusto fundamental por un teclado"
Ana María Bonifacio Martínez
El hecho de tomar una máquina de escribir para obtener una calificación no fue mi más grande deseo; ya que en su momento no vi la funcionalidad de aprender a manipularla. Ingresé al taller de Taquimecanografía en la secundaria deseando aprender taquigrafía para tomar mis apuntes de forma más rápida; pero mi sorpresa fue cuando nos quitaron taquigrafía y dejaron sólo mecanografía. Jamás imaginé que haber cursado un taller de Mecanografía me iba a resultar muy útil en mi labor educativa, pues poco después de que ingresé al servicio educativo, se implementó la computadora. Haber aprendido a utilizar los dedos correctamente en una máquina de escribir me permitió ser muy hábil al escribir textos en el aparato que se convertiría en la nueva herramienta de trabajo. Tiempo después se implementó el programa de Enciclomedia en la escuela primaria, equipos novedosos que necesitaban de la exploración para poder impartir mis clases. Con este programa las clases se volvieron más llamativas e interactivas para los educandos.
Tener en mis manos una computadora me emocionó mucho, tanto que después de mi jornada laboral me quedaba a explorar las herramientas con las que contaba Enclicomedia. Lo hacía para seleccionar videos o interactivos que apoyaran las clases del siguiente día, el tiempo pasaba volando y entre más indagaba en los íconos, encontraba más cosas interesantes para implementar. Me alegraba ver cómo mis alumnos y alumnas, emocionados, pasaban al frente a interactuar con las actividades que les proponía. Les agradaba palpar el pizarrón electrónico para encontrar respuestas, relacionar, jugar o explorar. Esto permitió que aquellos niños o niñas que no tenían la oportunidad de salir a conocer lugares lo hicieran por medio de los videos o visitas virtuales que contenía este programa. Contar con material digital fue lo más impactante hasta ahora en mi labor docente, y con él las clases se volvieron más innovadoras.

"Valores, español y matemáticas "

Eloísa Barrios Castrejón

Cuando tenía entre diez y once años, acompañaba a mi madre a la parcela para llevarle de comer a mi papá, quien diario estaba allí, pues sembraba maíz para mantenernos. Recuerdo ver a mi padre con sus manos y ropa sucias porque limpiaba la tierra del arado que jalaba un par de mulas. Ver esa escena me dolía mucho, por eso me dije que debía superarme para no tener que trabajar de esa manera toda la vida. Cuando entré a la telesecundaria, el director, a quien ya había visto antes porque había sido maestro de mis hermanos mayores, me daba miedo, ya que hablaba con voz fuerte y siempre estaba serio, pero cuando comenzamos a trabajar mi perspectiva cambió, pues me di cuenta de que era una buena persona y, además, enseñaba muy bien. En primer grado participé en un encuentro académico a nivel zona, luego pasé a nivel región y llegué hasta la fase estatal. El encuentro de esta fase fue en una escuela de La Concepción, municipio de Acapulco de Juárez, Guerrero. El edificio escolar al que fuimos era muy bonito y tenía pintura reciente y aire acondicionado; lo malo fue que, mientras respondíamos el examen, se fue la luz y comenzamos a sentir mucho calor. Recuerdo cómo me limpiaba las gotas de sudor en la frente para evitar que cayeran en las hojas de papel. En esa ocasión, obtuve el primer lugar en matemáticas.

En segundo grado, fuimos a Cuadrilla Nueva, municipio de Cutzamala de Pinzón, Guerrero, en donde estaba la escuela que fue sede estatal del encuentro académico. Ahí obtuve el primer lugar en español; por ello, con confianza, cuando cursaba ya el tercer grado, participé en un concurso de ortografía a nivel estatal en el que representé a la modalidad de telesecundaria y me enfrenté a otros alumnos de secundarias técnicas y generales. No recuerdo el nombre del libro con el que estudié para el concurso, pero con él aprendí muchas reglas para escribir correctamente. El profe Juan Ballesteros Hinojosa me acompañó a estos eventos durante los tres años de mi educación secundaria. Siempre me alentó a continuar estudiando, superarme y ser mejor persona. Creo haberle dado esa satisfacción cuando me titulé en la Licenciatura en Educación Secundaria con Especialidad en Telesecundaria y cuando llegué a la zona 001 a desempeñarme como docente con funciones de asesora técnico pedagógica. Espero, con este recuerdo, honrar su memoria.

"Con orgullo y buena voz"

Elida Lucila Campos Alba

Ya se podrán imaginar cómo eran los ensayos en mi grupo: risas, bromas, cuchicheos, protestas, voces desentonadas, de todo. Pero eso fue solamente al inicio, pues poco a poco, y gracias a la paciencia —y a veces a los métodos correctivos— de la maestra Salas, nos fuimos entonando. Al llegar el día del concurso, todo el grupo asistimos perfectamente uniformados, peinados y, por supuesto, nerviosos. Después de escuchar la interpretación de los grupos A y B, realmente estábamos apanicados. Pero al llegar nuestro turno, la profesora sólo nos dijo lo siguiente: “Con orgullo y buena voz”. ¿Fueron éstas unas palabras mágicas? No lo sé, lo que sí sé es que cantamos como nunca: parecíamos otros; aún los más rebeldes lo hicieron excelente. Tanto el director, como los maestros y los otros grupos, se quedaron asombrados y celebraron cuando el jurado anunció que habíamos ganado y que representaríamos nuestra escuela en el concurso a nivel zona. Nosotros no podíamos creerlo, ¡éramos buenos para algo! Nuestro Himno Nacional nos lo había mostrado.

Creo recordar que fue en sexto grado de primaria cuando la maestra Eleazar nos preguntó si sabíamos que significaban algunas palabras del Himno Nacional, el cual cantábamos todos los lunes. Nos preguntó sobre las palabras extrañas que habíamos memorizado desde muy pequeños a fuerza de cantarlas cada semana: bridón, osare, profanar, exhalar, aras y algunas otras. Nos dejó una actividad: ésta consistió en buscar cada palabra en el pequeño diccionario —generalmente el Diccionario Escolar Larousse— que siempre cargábamos en la mochila y escribir los significados en nuestro cuaderno. ¡Qué descubrimiento! ¡Ahora sí tenían sentido esas frases rebuscadas que repetíamos como loros! Ya en la secundaria, la academia de Ciencias Sociales organizó un concurso de canto del Himno Nacional entre los grupos de segundo grado. Mi grupo, el C, no era precisamente el mejor: tenía un alto grado de reprobados y varios alumnos indisciplinados y, en ocasiones, hasta pendencieros. La profesora Margarita Salas fue la encargada de ensayar con nosotros el Himno Nacional para participar en el concurso. ¡Ya me imagino su cara cuando se lo notificaron! Creo que cada clase era para ella un martirio, pues como era una persona obesa, mis queridos pero irrespetuosos compañeros en cuanto la veían comenzaban a decir en voz baja: “¡Oink! ¡Oink!”. En cada clase de Ciencias Sociales, a lo largo de dos o tres meses, dedicamos una tiempo para ensayar. En los pasillos de la Secundaria Técnica 55 se oían a todas horas los acordes patrióticos: “Mexicanos, al grito de gueeerra, el acero… ”

"Enseñanza-aprendizaje"

Beatriz Morales Correa

Me habría encantado que mi infancia se viera reflejada en esta imagen; sin embargo, no es así. Fui una niña que vivió los primeros años de su vida en una comunidad rural, San Rafael, municipio de Contepec, Michoacán. Proveniente de una familia muy numerosa, ocupaba el décimo lugar de doce hermanos. Tuve la dicha de contar con unos padres ejemplares en todos los aspectos. Mi vida escolar no fue la mejor en sus inicios, ya que en la comunidad no había servicio de preescolar, por lo que no pude cursarlo durante los años de 1968 a 1970. La primaria, para mí, fue una experiencia dolorosa. En primer grado tuve una maestra foránea cuyos métodos rígidos y tradicionales me generaban mucho miedo. Ante ello, memoricé las lecturas del libro de Español para estar preparada cuando me preguntara y así evitar que me golpeara los dedos con la regla o me lanzara el borrador o el gis. Nunca realizamos dinámicas lúdicas.

Afortunadamente, en segundo grado tuve a un maestro llamado Jaime, que era muy amable y atento; además, utilizaba con frecuencia el juego como estrategia de enseñanza. Gracias a él, mi experiencia con el aprendizaje cambió por completo. En la actualidad, soy una docente apasionada por la enseñanza basada en la estrecha relación entre los objetos lúdicos y el juego.

"Mi salón"

M. Centeno

—¿En qué año saliste de la secundaria? —En 1997 —¿Cómo era tu salón de clases? —Era un cuarto de paredes gruesas, de esas que guardaban el frío de la mañana. No había aire acondicionado, sólo un ventilador de techo que rechinaba como si se fuera a salir volando en cualquier momento. —¿Y el pizarrón? —Nada de plumones de colores. Era un pizarrón verde oscuro, de esos para gis. Al final del día, todos terminábamos con las manos y la ropa llenas de polvo blanco. Sacudir los borradores en la ventana era el “premio” para salir un rato de clase. —¿Las bancas? —Eran de madera con paleta, ya todas talladas con iniciales de gente que se graduó antes que yo. Si te descuidabas, te enterrabas una astilla o se te atoraba el suéter en un clavo salido. —¿Y las ventanas? —Eran tan grandes que se podía ver todo el patio hasta la dirección —¿Cómo hacías tus tareas de la escuela?

—¿Internet? ¡Ni en sueños! En la comunidad apenas llegaba la señal de radio. Si queríamos investigar algo, no se consultaba Google, había que ir por la monografía de la papelería o buscar en la enciclopedia de la biblioteca, que ya tenía las hojas amarillas. Nuestras “redes sociales” eran papelitos doblados que nos pasábamos por debajo de las bancas. El reto era que el profe no te cachara, porque si lo hacía, ¡leía la nota en voz alta frente a todos! Como éramos pocos en el pueblo, todos nos conocíamos. Los papás de mis amigos eran mis tíos de cariño. En el recreo no jugábamos con el celular; jugábamos a las traes, al fútbol con una botella de plástico aplastada si no había balón, o simplemente nos sentábamos bajo la sombra de un árbol a platicar. Lo que más recuerdo no es el edificio, sino que, a pesar de que no teníamos gran cosa, nos las ingeniábamos para divertirnos. No necesitábamos mucho más que una buena plática y que no se fuera la luz ese día.

"Un escritorio puede ser una clase… y también un abrazo "

Janet Lazarita Moreno Rodríguez

En el salón del cuarto grado de mi escuela, una primaria federal de Chihuahua, mi escritorio era mucho más que un mueble: ahí se marcaban límites, se resolvían conflictos y, sin saberlo, se sembraban lecciones de vida. En esa clase había tres niños inquietos y uno de ellos se burlaba constantemente de mi apariencia. Me llamaba “gorda” y, con la complicidad de los otros dos, rompía el orden de la clase. No era sencillo, pero yo permanecía ahí, enseñando. Un día de mayo, con el calor intenso del verano, ese mismo niño llegó enfermo, con fiebre. Le marcamos por teléfono a su mamá, pero no contestó. Entonces decidí actuar. Le pedí que se sentara en mi silla y yo recogí mis cosas para que pudiera apoyar sus bracitos sobre el escritorio de maestro. Al principio se resistió, desconfiado, pero el dolor lo venció y se quedó dormido con su cabeza en mi escritorio. Les pedí a los alumnos que trabajaran en silencio y que levantaran la mano cuando terminaran sus trabajos para revisarlos; ellos, sorprendentemente, obedecieron. Luego saqué un pañuelo de mi bolsa, lo mojé y con cuidado lo coloqué en la nuca del niño para refrescarlo. Todos observaron atentos.

Antes de salir, guardé sus útiles y encontré en su cuaderno un dibujo mío: grande, redondo, lleno de colores, como un globo. Una alumna me preguntó por qué lo cuidaba si él era grosero conmigo; le respondí que era un niño que necesitaba amor, atención, y que ese día, enfermo, aún más. Al día siguiente, al llegar a la escuela, me gritó desde la puerta que lo esperara, pues me ayudaría a cargar mis cosas a “nuestro escritorio”. Desde entonces, cuando algún niño se sentía mal, todos le decían que fuera al “escritorio mágico”. Y así entendí que enseñar también es cuidar.

"El juego como una oportunidad de aprendizaje"

Jazmín Ivette Barrios Priego

Debido a ello decidí trabajar e implementar el juego (actividades lúdicas) como una oportunidad de aprendizaje activo, lo cual permitió a los alumnos participar, aprender a trabajar en equipo, desarrollar habilidades, reafirmar contenidos temáticos y, algo esencial, tener interés por aprender. Desde ese día hasta la fecha, los juegos didácticos son una herramienta indispensable en mi labor educativa. Descubrí que son una excelente estrategia de motivación y aprendizaje porque permiten trabajar diferentes habilidades, y promueven el desarrollo de aspectos cognitivos y actitudes sociales. De esta manera, la clase se convierte en un espacio de enseñanza y diversión donde se prioriza las formación de individuos activos y competentes.

Durante mi formación normalista, específicamente durante mis jornadas de prácticas en diferentes escuelas secundarias, trabajé con distintos grados y en diversos contextos escolares. En ese entonces me percaté de una problemática semejante en todos los grupos: la falta de interés por la disciplina de español. La gran mayoría de los aprendientes se mostraba apática, no participaba ni cumplía con actividades y tareas, lo que de alguna manera afectaba el proceso de enseñanza-aprendizaje y volvía el ambiente tedioso. En mi servicio profesional en el Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, en el estado de Puebla, nuevamente detecté esta problemática, motivo por el cual me di a la tarea de investigar las causas, entre las que identifiqué que los alumnos estaban muy mecanizados porque se aprendían de memoria los conceptos y los temas, además les costaba expresarse de forma oral y escrita. Sin embargo, la causa más importante es que no se sentían motivados por aprender. Algunos de ellos comentaron que las clases eran muy expositivas, de copiado, por lo que, en ocasiones, la forma como se les presentaron los diferentes contenidos no les llamó la atención.

"Enseñanza que deja huella"
Ángela Jiménez Endrina
Al ver la foto del juego geométrico de pizarrón he recordado una imagen ya olvidada de mi colegio: la de estos elementos apoyados en la bandeja inferior del pizarrón, sobre la mesa del maestro o en los armarios de la clase, siempre junto a los gises blancos o el paquete de gises de colores que ayudaban a enfatizar lo importante. Entonces no sabía que cada uno de ellos tenía su propio nombre: regla, escuadra, cartabón, transportador de ángulos y compás. Su diseño encajaba perfectamente con las dimensiones y materiales del pizarrón y permitía dibujar cualquier tipo de figura geométrica, desde un círculo, los distintos tipos de triángulos, cuadrados, rectángulos y polígonos, para luego proseguir con la identificación y cuantificación de sus distintos elementos, esto es, lados, vértices, radios, diagonales, apotemas, ángulos, bisectrices, cuerdas, arcos, tangentes, secantes, etcétera; para terminar con las propiedades que facilitaban su aplicación en otras actividades.
Me encantaban sus tamaños, enormes a los ojos de una niña, y que fueran de madera, por su tacto cálido y adaptable al paso del tiempo. Luego estos elementos geométricos pasaron a ser de plástico y ya, al día de hoy, han desaparecido de las escuelas porque se ha dado paso a las famosas pantallas electrónicas interoperables, con todas sus virtudes y carencias en el campo educativo. Sin embargo, a mí me estimula pensar que hay por ahí algunos armarios, desvanes o bodegas repartidos por el mundo donde alguna persona haya tenido la sensibilidad de guardar algunos de estos juegos geométricos de entonces y que algún día se posibilite un feliz reencuentro con las generaciones futuras. Reflexionando sobre todo esto, pienso que tal vez esa niña que miraba con admiración cómo el pizarrón se llenaba de figuras geométricas delicadamente trazadas por el maestro, sabía que de mayor seguiría “jugando” con las formas y la geometría, ahora interviniendo sobre el espacio real cuando redacto y ejecuto mis propios proyectos de arquitectura.

"Entre reglas de corte y confección: Mi taller de Industria del vestido en la secundaria"

Juana Ramírez Gómez

Cuando tenía once años, asistí a la Escuela Secundaria Diurna No. 114 Rafael Ramírez, en el turno vespertino. Era una escuela muy singular: no tenía las instalaciones para cursar los talleres, por lo que debíamos trasladarnos a la Central de Laboratorios y Talleres Número Uno. En primer grado, se hacía el recorrido en todos los talleres; entre otros, estaban Industria del vestido, Cultura de belleza, Taquimecanografía, Dibujo técnico, Electrónica y Tecnología general. Para los primeros quince días de septiembre ya nos habían asignado un taller. Yo elegí Industria del vestido, el cual se encontraba muy bien equipado, con reglas de corte y confección, tijeras, planchas, carretillas, máquinas de coser manuales y eléctricas, mesa para los trazos y una serie de muestras de puntadas.

Apenas llevábamos dos semanas de clase cuando llegó el 19 de septiembre de 1985. Mi escuela se encontraba en la colonia Centro, muy cerca de los edificios de las costureras. Me tocó ver aquellos hechos “sándwich” y el conjunto Pino Suárez derrumbado. Ahí conocí el olor de la muerte. Pasaron varios días para reiniciar las actividades en la escuela; trabajamos con guías y posteriormente instalaron aulas prefabricadas. Cuando se retomó el trabajo de taller, compré mis reglas de corte y confección porque no regresamos a la Central de Laboratorios y Talleres. Para ese tiempo, no tenía idea de cómo se utilizaban, pero empezamos con los trazos, así que poco a poco fui aprendiendo a hacer líneas rectas y curvas, patrones, incluso a confeccionar ropa para niñas. Aún conservo mis reglas de corte y confección. A pesar de que ya no las utilizó para hacer trazos, las guardo en un lugar especial porque me recuerdan aquellos años maravillosos.

"Buscando el CAMZ"

Ana Selena Capuchino Carreón
El presente trabajo tiene como propósito relatar cómo fue que terminé estudiando en el Centro de Actualización del Magisterio en Zacatecas sin saber su ubicación. Era el año 2014, estaba por salir de preparatoria; no fui aceptada en la carrera para la que había hecho examen, me desesperé mucho. Mi familia me insistía para que me inscribiera a una escuela normal, yo me negué en varias ocasiones, pero finalmente me convencieron y decidí que entraría en una escuela para maestros de secundaria. Pregunté a conocidos que estudiaban en un tal CAMZ cómo era la escuela, sus respuestas terminaron de convencerme. Una mañana decidí aventurarme a buscar dicha escuela y solicitar información, no sabía exactamente dónde se ubicaba, sólo me guie con las referencias que me habían dado los conocidos. Preguntaba a la gente que veía: “¿Sabe dónde está el CAMZ?” Para mi sorpresa nadie había escuchado ese nombre, ni siquiera sabían que era una normal de maestros de secundaria. Yo sólo quería saber si estaba en la dirección correcta, me sentí perdida, agitada, cansada.
De repente vi las vías del tren que me habían indicado, me quedé parada esperando ver la señal definitiva: “Una tronera larga en forma de cono, como una chimenea, a la que llamaban coloquialmente el chacuaco”. Tomé airé, crucé las vías y, en efecto, a unos cuantos pasos más se divisaba, a lo lejos, esa famosa tronera. Caminé entre calles solas y casas abandonadas cuando al fin vi la entrada a la escuela y el nombre Centro de Actualización del Magisterio en Zacatecas. Al ver el edificio pensé: “¿Esto fue una cárcel?”. En efecto, había sido un tutelar de menores muchos años atrás. Con incertidumbre y sin pensarlo saqué ficha para la Licenciatura en Educación Secundaria con Especialidad en Historia. Ahí fue donde, por fin, logré encontrar mi vocación.

"Refugio Amalia Garcés (1903-1999): Pionera del magisterio rural mexicano"

Beatriz Garcés Gómez

Refugio Amalia Garcés nació el 10 de julio de 1903 y falleció el 7 de diciembre de 1999. Fue la mayor de los cinco hijos del matrimonio entre Jorge Garcés y Refugio Arzate. Don Jorge tenía, además, diez hijos de un matrimonio anterior, de los cuales ocho eran mujeres.

Infancia y Recuerdos FamiliaresAmalia creció en un hogar sumamente numeroso. Un recuerdo que marcó su infancia fue la muñeca que su padre le trajo de Toluca. Don Jorge trabajaba como arriero; Amalia evocaba con nostalgia el sonido de los cascos de los caballos al llegar a casa y el bulto especial que contenía aquel preciado regalo. Probablemente se trató de un juguete artesanal, cargado de un valor sentimental que superaba cualquier lujo, dado que la familia no era adinerada. Es posible imaginar que esa muñeca la acompañó simbólicamente durante sus años como maestra rural mientras vivía alejada de su hogar. Esa memoria afectiva se replicó en su vida adulta: Amalia nunca se casó, pero su recuerdo más feliz era ver llegar a sus sobrinos en el Día de Reyes, quienes siempre encontraban en su casa los juguetes que los Reyes Magos les habían dejado. Personalmente, ella siempre me regaló una muñeca; tal vez buscaba compartir la alegría y el cariño que sintió al recibir la suya de manos de su padre. En su jardín había rosales preciosos que ella bautizaba con los nombres de sus sobrinas. El rosal que llevaba mi nombre era de un rosa muy pálido y florecía constantemente; Amalia solía decir que, al igual que a esa planta, a mí me faltaba “que me diera el sol”. Este comentario revelaba la transformación de su propio espíritu: el de una mujer incomprendida en su época, cuya soledad terminó por matizar su carácter en los últimos años.

El Camino del MagisterioSu decisión de convertirse en maestra rural representó un logro educativo significativo y un símbolo de ascenso social para su familia; de las nueve hermanas, sólo dos alcanzaron esta meta. Su elección también simbolizó la independencia femenina en una época de roles de género estrictos, desafiando las normas tradicionales al dejar el hogar familiar para ejercer una profesión. El 16 de febrero de 1929, a los 25 años, Amalia aceptó su nombramiento oficial como Maestra Rural Núm. 1229, Encargada de Escuela Tipo Submedio en el Estado de México. El documento conllevaba la promesa de un sueldo diario de $2.00 pesos y la misión crucial de llevar la educación a comunidades aisladas. El contexto histórico de 1929 era sumamente complejo. Con la Guerra Cristera aún reciente y el país sumido en la inestabilidad, la idea de que Amalia partiera sola hacia una comunidad rural generaba gran angustia en sus padres. Las escuelas rurales carecían de lo básico, los salarios eran bajos e irregulares y el aislamiento era extremo. Amalia enfrentó la soledad y la desconfianza inicial de las comunidades conservadoras. Sin embargo, su formación le permitió ir más allá de la enseñanza de la lectura y la escritura: promovió la higiene, la agricultura y los ideales de progreso, con lo cual transformó la escuela en el centro neurálgico de la comunidad. Su vida, desde una infancia rodeada de hermanos hasta una carrera dedicada al servicio público, refleja la resiliencia y el compromiso de las maestras rurales mexicanas. Historias como la de Refugio Amalia Garcés están llenas de sacrificio y dedicación; ella fue una de las muchas “sembradoras del saber” que construyeron los cimientos de la educación nacional.

"La chica de los dieces"

Adriana Yolanda Domínguez Cornejo

El número 10 representó una obsesiva meta estudiantil, especialmente desde que ingresé a la Escuela Secundaria Oficial No. 7 Estado de México, en mi natal Toluca, entre los años de 1987 a 1990. Justamente, mi respectivo certificado de estudios refleja esta manía-pasión, mediante un inmodesto promedio general de 10.0, tan perfecto a la vista como silente escondite de infinitos sacrificios personales y familiares. Lágrimas, desvelos, horas de estudio y tareas; exámenes sin errores; temores y cierto empoderamiento social de una adolescente de clase social media baja, en una institución pública con más de sesenta estudiantes por grupo, quien se convirtió en la famosa “chica de los dieces”. Desde entonces, abracé el estudio como un camino para escapar de la invisibilidad social. ¿Que si después prevalecieron dieces? Sí, muchos, pero no siempre. Cuando mis padres me dieron la oportunidad de estudiar para docente, en el bachillerato pedagógico logré 9.9, mientras que en mi licenciatura en la Escuela Normal Superior del Estado de México obtuve 9.8.

Tardé algunos años en titularme —ya era mamá en esa época—, pero mi examen recepcional fue maravilloso: logré la mención honorífica con el trabajo Imágenes del profesorado en el cine mexicano (1948-1997), por medio del cual conjugué un análisis sociológico de mis grandes pasiones: la educación y el cine. Hice lo posible por cerrar este primer tramo educativo con los más altos honores. ¿Que si el 10 me define? Absolutamente no, pero me ayudó a superarme. Creo que mi verdadera calificación siempre fue de 5 y la de mis padres, el otro 5. Juntos sumamos la decena mágica. Mi irrebatible gratitud a ellos. Hoy, soy una profesional de la educación con mayores estudios y gran experiencia, que vislumbra la evaluación, de manera relajada, como parte de un proceso más profundo que se llama formación integral. Al final del día y con mis estudiantes, el 10 existencial siempre será el más importante: una vida sana, serena, honesta, digna y, si se puede, feliz.

"Industria del vestido, taller para mujeres"
Guadalupe Moncerrath Muciño Garcés
Sin embargo, pensaba: “También sería bueno saber utilizar máquinas de escribir o sumadoras contables, para ampliar mi horizonte más allá del taller de costura o la fábrica, e incluir tanto a mujeres como a hombres”. Eso no era posible en mi realidad, concluía resignada. ¡Sorpresa en la escuela! Tony pidió cambiarse al taller de Electricidad. ¡Qué rareza! Una mujer usando cables, conectando circuitos, resistencias… En fin, gracias a Tony comprendí que se podía decidir y actuar combatiendo estereotipos. Por cierto, nunca supe si a algún compañero le interesaba el “taller para mujeres”.
Érase 1985 en mi pueblo, Santa María Nativitas, Calimaya, Estado de México. Para cursar la educación secundaria, uno debía trasladarse a algún centro educativo de comunidades vecinas, o bien de Toluca. Por fortuna, resultado de una política nacional de creación de escuelas, en septiembre de ese año se abrió en la localidad la Secundaria Técnica No. 84 Ramón López Velarde. Me uní a ochenta adolescentes, quienes conformamos la primera generación. La secundaria era cada uno de nosotros, las maestras, los maestros, el director, la secretaria, el intendente. Para tomar clases acudí a improvisados “salones” en las oficinas de la vieja delegación municipal, un anexo de la iglesia o el tapanco de una casa. ¡Cómo valoré poder aprender sin pagar transporte, sin la presencia de familiares a la entrada y salida para sentirme segura! Una secundaria técnica debía proporcionar formación para el trabajo. Por ello, se abrieron dos talleres: Industria del vestido, para las mujeres, y Electricidad, para los hombres. Aun sin instalaciones adecuadas, recibí lecciones teóricas que completaba con prácticas en casa. A veces en la propia o en la de alguna compañera cuya mamá tuviera máquina de coser. Entre telas, hilos, cinta y regla conocí cómo elaborar prendas. Un aprendizaje útil para la vida.

"Trazos de una herencia cumplida"

Neri Betsabé Salinas Rodríguez

Recuerdo el peso exacto de mi mochila entre 2015 y 2018, años en los que la secundaria era mi universo entero. En medio de cuadernos y sueños adolescentes, sobresalía siempre ella: la regla de dibujo técnico, ese pedazo rígido de metal que se negaba a ser contenido en la mochila. Era demasiado larga, por eso parecía una presencia constante que asomaba como una antena, y golpeaba suavemente mi cabeza al caminar o estorbaba a quien osara sentarse cerca de mí. Ser hija de una maestra implicaba un código de honor silencioso: el cumplimiento absoluto. Mi madre me enseñó que las herramientas no eran sólo objetos, sino puentes hacia el conocimiento. Por eso, aunque la regla fuera un estorbo físico, la portaba con una mezcla de orgullo y responsabilidad. Aquellos años en la secundaria fueron una primavera constante de risas en los pasillos y descubrimientos en el aula: fui inmensamente feliz trazando líneas perfectas sobre el papel, mientras mi propia identidad se dibujaba con la misma precisión.

Esa regla, que a veces parecía un obstáculo en el espacio reducido de mi mochila, fue en realidad el primer escalón de mi disciplina. Hoy, a mis 22 años, mientras curso una maestría, entiendo que llevar aquello que no cabía me preparó para expandir mis propios límites. Ya no cargo una regla de metal, pero conservo la estructura y el amor por el estudio que mi madre me legó. Miro hacia atrás y aquel estorbo es ahora un tesoro en mi memoria, un testimonio de una adolescencia donde lo más importante no era lo que cabía en la mochila, sino lo que crecía en mi corazón.

"Uso del pizarrón de pared"

Flor Carolina Naranjo Canales

Al iniciar mis labores como docente a nivel telesecundaria, una de las herramientas de trabajo que utilicé fue el pizarrón de pared, el cual era de gran tamaño, largo y de color verde. En ese tiempo, este tipo de pizarrón era el que se ocupaba en la mayoría de las instituciones educativas. Sus complementos eran el borrador y los gises. Éstos últimos eran blancos o de colores, y se utilizaban para la redacción de diversos textos, así como para la elaboración de dibujos, mapas, gráficas, trazos geométricos y ejercicios de operaciones básicas, dependiendo de la asignatura. Para los alumnos el pizarrón era un espacio recreativo, pues les llamaba la atención escribir y dibujar cualquier cosa en él, incluso lo usaban para los juegos de palabras. Yo les daba la oportunidad de utilizarlo con la finalidad de que adquirieran confianza y, de este modo, disminuyera su temor a participar en las distintas actividades en las que tenían que pasar al frente a escribir en él. Para ellos era estimulante utilizarlo. Desafortunadamente, por el uso y el paso del tiempo, ya no se podía escribir bien en nuestro pizarrón y era casi imposible ver las redacciones expuestas aun cuando se limpiara bien. Por otra parte, de tanto ocupar los gises, yo siempre tenía manchadas las manos y el polvo que desprendían me provocaba frecuentes malestares en la nariz y en los ojos. Pese a estos inconvenientes, yo continuaba mi labor con ética profesional.

Considero que por mucho tiempo el pizarrón de este tipo fue un actor principal en el desarrollo de las distintas actividades docentes. Por ello, recordar los inicios de mi quehacer pedagógico, cuando lo utilizaba en todo momento, me llena de alegría. Pero los tiempos cambian, así como las generaciones, y van surgiendo otros recursos didácticos y nuevas herramientas de trabajo. En la actualidad cuento con un pizarrón blanco —al cual actualmente se le llama pintarrón— en el que se escribe con marcadores especiales de agua. Esta nueva herramienta suple mi viejo pizarrón verde.

"Riqueza educativa"

Marcela Becerril Romero

El pizarrón, o pizarra, es una superficie para escribir y dibujar, con gises o marcadores borrables —todo depende de la época—, que ha sido útil durante décadas y generaciones escolares. Sin embargo, en la educación, su utilidad va más allá de ser sólo un objeto o un artículo necesario para el aprendizaje y la enseñanza: permite que diversas docentes plasmen su conocimiento sobre numerosas materias. En el pizarrón, cada maestra ―con distintas cualidades físicas, académicas, personales y profesionales― escribe información que aparentemente se puede borrar con un trapo húmedo, pero que en realidad permanece en la mente de sus pupilos. Además, con este objeto se enseña información objetiva, pero también conocimiento que forma a los alumnos como seres humanos: en él se pueden cometer errores, pero también superarlos y corregirlos. Esta clase de conocimiento es tan importante como lo que enseña propiamente la escuela: palabras, letras, formas, colores y figuras clave que quedan grabados en la memoria del estudiante y que difícilmente podrá olvidar. Así, el pizarrón de pared evoca recuerdos, emociones, voces y ruidos, así como escenas de chicos y chicas gritando y riendo. Cuando la mano de un estudiante se paraliza por la incertidumbre, el pizarrón guarda la inquietud de esa mano, así como también la alegría de quien ha estudiado, respondido correctamente y, por lo tanto, espera una buena nota al final de la clase. Preocupaciones y travesuras estudiantiles, cariños y complicidades permanecen de igual manera en el pizarrón. Este objeto presencia dulcemente las despedidas definitivas entre las maestras —mujeres con años de experiencia en la educación— y sus alumnos. Aunque no puede emitir ni una sola palabra, es capaz de hablar por sí mismo si se le mira fijamente.

También sabe de bienvenidas y despedidas. Cuando una maestra querida o, más aún, uno de sus docentes favoritos ―porque creo firmemente que un pizarrón, aunque sin alma, los tiene―, plasma en su superficie las últimas letras, números, palabras, ideas y conocimientos antes de retirarse de las aulas al final de su vida como formador, el pizarrón logra reconocer ese momento a pesar de los cambios y las transformaciones físicas que tuvo debido a los trazos, las líneas y la fuerza de distintas manos que escribieron sobre su superficie. El pizarrón también sabe de nostalgia y de llanto, de ausencias y de presencias, y, al igual que el maestro, presiente cuando su ciclo útil ha concluido y debe ser reemplazado por uno más joven; pero tiene la certeza de que no se va solo, sino que se lleva consigo la satisfacción de años de experiencia y conocimientos. Se va cansado, quizás a la basura o a los desechos reciclables para ser parte del pasado y rara vez recordado como algo útil; pero se retira dignamente, más aún cuando su adiós no depende de él. Se va, sí, pero satisfecho por haber tenido enfrente a futuras maestras, contadoras, abogadas, psicólogas, arquitectas, ingenieras, policías, estilistas, cocineras, presidentas y un largo etcétera de profesionistas a quienes fue útil, profesionistas que andan en nuestra sociedad transformando vidas.

"Las sillas con paleta siguen ahí…"

Yadira Molina Costilla

Hoy regresé a la Secundaria Diurna Número 226, en el estado de Veracruz, después de muchos años. Al entrar a una de sus aulas, lo primero que reconocí fueron las sillas con paleta, las mismas en las que me senté entre 1993 y 1996. Reconocí el metal frío, la madera rayada y las paletas marcadas con nombres y fechas. Sentí tristeza no sólo porque las sillas con paleta continuaban iguales, sino también porque en ellas permanece una forma de entender la escuela. En esos asientos viví una secundaria, marcada por el autoritarismo, en la que era más importante que los alumnos escucharan a que hablaran, y seguir indicaciones era la única opción. Recuerdo aulas ordenadas, filas rectas y voces adultas que no admitían preguntas. Aprendí contenidos, pero también aprendí a callar. Hoy, al volver a esas mismas aulas, me reconozco distinta. Las sillas con paleta siguen ahí, pero yo ya no soy la alumna que temía equivocarse. Ahora, deseo que quienes se sienten en ellas encuentren en la escuela algo diferente: espacios de escucha, confianza y seguridad.

Deseo que las aulas sean lugares donde todas las voces importen y cada estudiante pueda sentirse acompañado. Las sillas con paleta, como objetos del patrimonio histórico escolar, guardan memorias. En su desgaste está escrita la historia de muchas mujeres que atravesamos la secundaria en tiempos de prácticas rígidas y tradiciones en aquel entonces incuestionables, pero estas sillas también pueden resignificarse. Hoy las miro como testigos de un pasado que no quiero repetir, pero también de un presente que deseo transformar. Volver a estas aulas es un acto de memoria y compromiso porque, aunque las sillas con paleta sigan iguales, la escuela puede y debe ser distinta.

"El salón donde aprendemos a quedarnos"

Hilda Moreno Gausin

Llegué al salón de clases de la secundaria en Chachapa, Amozoc, una mañana fría de agosto de 2012. Las paredes estaban despintadas y el pizarrón mostraba huellas de generaciones enteras. Aun así, sentí que aquel espacio guardaba algo más que polvo y silencio: guardaba historias esperando ser contadas. El primer día observé a mis estudiantes sentados con distancia entre ellos y entre sus propias palabras. Algunos evitaban mirarme; otros dibujaban sobre el pupitre. Comprendí que aquel salón no solo necesitaba clases, sino confianza. Comencé a abrir las ventanas cada mañana. Dejaba que la luz entrara antes que las lecciones. Moví los pupitres en círculo para que se miraran entre sí. Poco a poco, las voces comenzaron a aparecer. Una alumna leyó en voz alta por primera vez sin bajar la mirada; otro pidió quedarse después de clase para contarme que quería seguir estudiando, aunque en casa le decían que no era necesario.

Con el paso de los meses, el salón dejó de ser solo un aula. Se volvió refugio, escenario y promesa. En esas paredes se compartieron miedos, risas, aprendizajes y sueños que antes no tenían lugar. Yo también cambié: entendí que enseñar no era llenar un espacio de contenido, sino de sentido. Aquel salón de clases en Chachapa me enseñó que la escuela puede ser el sitio donde las y los jóvenes deciden quedarse, creer en sí mismos y descubrir que su historia también merece escribirse.

"Bordando sueños y tejiendo redes"
Oresta López Pérez
Bordar y tejer son artes antiguas y domésticas. En la educación familiar de las niñas de diversas clases sociales y culturas, nunca ha faltado el tejido o bordado (algunas también lo inculcaban a los niños). En México, en las primeras escuelas públicas para niñas se consideraba que era indispensable que dominaran estas habilidades incluso antes que la lectura y escritura. Las escuelas contrataban a maestras expertas en el arte de bordar y tejer, aunque no tuvieran título normalista. En las primeras escuelas secundarias y normales para mujeres de finales del siglo XIX, estas artes eran muy favorecidas en el plan educativo. Todas las familias asistían a las exposiciones anuales en las que se mostraban los trabajos de las jóvenes, pues eran considerados una muestra de refinamiento y femineidad. En el siglo XX, la producción industrial de materiales textiles desplazó por mucho el bordado doméstico y artesanal. Muchas niñas preferían talleres de mecanografía, deportes o electricidad, ya que por entonces se convocaba a las mujeres a insertarse al mundo laboral.
No obstante, en los años sesenta hubo un boom de prendas tejidas a mano. Recuerdo que, en la materia de manualidades, las chicas nos juntábamos a bordar bufandas, “mañanitas” y chalecos coloridos, cortos y largos, que se combinaban con los pantalones acampanados, que estaban de moda. En el siglo XXI rara vez se borda en las escuelas. Las habilidades artesanales de niñas y mujeres indígenas han permanecido a lo largo del tiempo, no en las escuelas sino en sus comunidades, pues son parte de su supervivencia e identidad étnica, así preservan su cosmovisión y cultura. En las ciudades también bordan artistas textiles y activistas feministas. Allí se fomenta el bordado político y feminista, donde se borda para pedir justicia y recordar víctimas. Sin duda, dentro y fuera de la escuela, entre aros, hilos, agujas, ganchillos y tijeras, se conversa, se tejen sueños y se construyen redes solidarias entre mujeres.

"La huella más allá del aula"

María Alejandra Badillo Hernández

Hoy, como cada lunes, el despertador sonó a las 3:50 a. m. indicando: "Ya levántate, es hora de partir". Me alisté rápidamente sin hacer ruido para que Joss, mi hijo, no se despertara; después lo besé en la frente y cerré la puerta con el alma dividida entre dos amores: mi hijo y mi trabajo. Al llegar al aula, todo cambió: había 12 almas esperando que llegara la maestra para que les contara historias y les hiciera los contenidos más atractivos e interesantes. Para muchos de ellos, la escuela era su salvación: así evitaban ver peleas y golpes entre mamá y papá. También había padres que no le daban importancia a los libros y la escuela, y decían que sus hijos no tenían por qué estudiar, pues su futuro sería el campo, en el caso de los hombres; y en el de las mujeres, tristemente, sería ser madres y repetir la vida de sus propias mamás.

Fue ahí donde apareció Heberto. Él era el reflejo de una madre que, a pesar de estar sola y con un esposo ausente, le apostó a la educación mientras los demás bajaban los brazos. Yo me vi reflejada en esa mujer y me aferré a la mirada de Heberto. Con cada lección quise no sólo enseñarle letras, sino sembrar en él la convicción de que el esfuerzo de su madre y el suyo darían frutos, y demostrarle que una sola persona que creyera en ti era suficiente para cambiar tu destino. Hoy en día, él es estudiante de Ingeniería en Agronomía, en una de las universidades más reconocidas: la Universidad Autónoma de Chapingo. Al final, los libros se cierran y las leyes cambian, pero el eco de un maestro que creyó en ti no se apaga nunca, pues nosotros cambiamos vidas.

"Las fotos sobre la pared"
Luz María Gómez Ordoñez
Ese día lunes llegué tarde a la primaria. El castigo para todos los flojos era escribir en el cuaderno de raya “No debo llegar tarde a la escuela” doscientas cincuenta veces. Así que, sentada en el suelo, empecé a hacerlo. Una maestra cuidaba que acabáramos para dejarnos pasar al salón. Yo tenía prisa porque la maestra de Historia nos había dicho el viernes que iba a pasar unas fotografías en la clase. Así que escribí lo más rápido que pude, mostré el cuaderno y la maestra que nos cuidaba dijo: “¡Ya ve a tu salón!”. Corrí, subí de dos en dos los escalones y llegué; abrí la puerta de golpe y me detuve, pues la luz estaba apagada y en la pared estaba una foto reflejada. La maestra dijo: “¿Qué forma es esa de entrar? Llegas tarde. ¡Pasa, pasa!”. Ella hacía como que se enojaba, pero su tono y su sonrisa la desmentían. Ya en mi lugar, le pregunté a mi compañero: “¿Qué es eso?”. “Son las fotos que nos dijo la maestra”, me respondió. Yo me quedé sin saber qué decir, no había visto nunca una foto así: sobre el pizarrón cubierto con una tela blanca.
Las fotografías pasaban una después de otra y la maestra nos explicaba. Alcancé a ver sobre la mesa un aparato (era cuadrado, con un círculo encima que se movía) del que salía la luz con la imagen y una especie de humito. La maestra pasaba las “diapositivas”, no les decía “fotos”, y al hacerlo se oía un sonido particular. Las imágenes estaban en blanco y negro; al final había algunas a color, lo cual me sorprendió aún más. Era como un cine de fotos. Al final la maestra preguntó: “¿Alguna duda?”. Cómo decirle que tenía muchas dudas, pero del aparato al que ella llamó proyector y de las dichosas “diapositivas” que me dejaron con la boca abierta.

"Memorias de la secundaria federal número 2"

Yadira Rodríguez Duarte

Tenía 15 años cuando cruzaba el portón de la Escuela Secundaria Federal Núm. 2 en Pachuca, Hidalgo. Hoy, a los 55, todavía puedo escuchar el eco de los pasos en los largos pasillos y sentir el olor a gis recién tallado en el pizarrón verde. Cierro los ojos y veo aquel edificio azul que entonces celebraba sus primeros 15 años de vida al igual que yo. La escuela estaba de fiesta: había ensayos para el festival.En mi salón estaba un objeto que parecía simple, pero era casi mágico: el pupitre con mesa de posiciones. Aquel pupitre de madera pesada que rechinaba y rompía el silencio y que yo inclinaba para escribir mejor o para recargar mi mejilla cuando la jornada parecía eterna. Ese pequeño ajuste me hacía sentir importante, como si yo también pudiera acomodar el mundo a la medida de mis aspiraciones. A veces mis compañeros lo movían de golpe y el ruido provocaba risas nerviosas.

Pero no todo era celebración. Mientras la escuela cumplía tres lustros, algo se fracturaba entre los maestros. Se hablaba en voz baja del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE); yo no entendía bien qué significaba cambiar de sindicato, pero sí entendía las miradas tensas y los silencios de maestros. Vi a varias profesoras llorar. Recuerdo especialmente a mi maestra de Español, que un día nos anunció que dejaría la escuela. Sentí que el pupitre se inclinaba demasiado, como si el equilibrio se hubiera perdido.Con el tiempo comprendí que la educación también vive conflictos y transformaciones. Aquellos días me enseñaron que aprender no sólo ocurre en los libros, sino en la vida misma. Y así como ajustaba mi pupitre para seguir escribiendo, aprendí a ajustar el corazón para seguir adelante.

"Campana"

Jocabeth Teutle Ramírez

En agosto de 2021, en la Escuela Secundaria Técnica Número 125, escuché por primera vez el sonido de la campana desde mi nueva responsabilidad como subdirectora. El eco metálico marcó el inicio de clases, pero para mí significó el comienzo de una etapa que había imaginado desde niña. Mientras su resonancia recorría el patio y los alumnos se dirigían a sus aulas, sentí una mezcla de emoción y compromiso. No era la primera vez que escuchaba una campana escolar, pero sí la primera que comprendía su peso: aquella vibración no sólo ordenaba horarios, también convocaba disciplina, organización y liderazgo. En ese instante mis recuerdos me llevaron a mi querida hacienda Santo Domingo, en Huejotzingo, donde crecí. Recordé cuando, siendo niña, corrí hacia mi abuelita para decirle orgullosa: “¡Ya soy la jefa!”. Desde entonces me gustaba organizar, explicar y acompañar. La escuela pública sembró en mí una identidad construida con constancia y vocación.

También vinieron a mi memoria mis años como estudiante en la Secundaria Técnica Número 20 y mi formación en la Escuela Normal. Fue en la Escuela Secundaria Técnica Número 59, en San Francisco Ocotlán, Coronango, Puebla, donde realicé mi servicio docente. Hoy, al haber regresado como parte de su equipo directivo, comprendo con mayor claridad la fuerza de esa trayectoria. La campana dejó de ser sólo un objeto suspendido en lo alto del patio: se convirtió en símbolo de mi identidad como mujer formada en la escuela pública, de un liderazgo construido desde las aulas y del compromiso permanente con la Secundaria Técnica Número 59, institución que sigo acompañando con orgullo y responsabilidad.

" La historia y la representación de la Independencia de México "

Ma. Gabriela Guerrero Hernández

En 1983, cuando cursé el segundo grado de secundaria, mi primer encuentro con la historia de México surgió de las páginas del libro Síntesis de Historia de México, cuyos autores son Ciro E. González Blackaller y Luis Guevara Ramírez. Este texto se integraba por contenidos detallados, imágenes y mapas que me permitieron imaginar lo pequeño o extenso de los territorios, así como un sinfín de ejercicios que reforzaban la memorización. En esa época, el aprendizaje se limitaba a la lectura individual y silenciosa, la memorización de fechas, lugares y eventos, así como la resolución de cuestionarios. Este tipo de acciones me ayudó gratamente a transportarme a mundos lejanos, lo cual que me permitía visualizar cómo había sido la vida de los pueblos en el México prehispánico. Aunque reconozco que en la lectura me encontraba algunas palabras incomprensibles, eso pasaba a segundo término, pues lograba combinar la lectura con la narrativa del profesor, que no sólo recitaba los hechos, sino que también les agregaba un toque de ficción o fantasía, provocando que en algunos temas la historia cobrara vida en mi mente.

De esa manera, recorrí las distintas épocas de la historia de México, hasta llegar al momento más nacionalista: el proceso de la Independencia de México, que, junto con las ilustraciones del libro unidas a la charla del profesor, despertaban en mí alarma, miedo y sobresalto, sobre todo cuando recuerdo cómo narraba la revuelta de los insurgentes, que con palos, piedras y resorteras, y guiados por el cura Hidalgo marcharon contra el poderío de los españoles; y luego de qué manera, con la figura del Pípila, lograron entrar a la alhóndiga de Granaditas y asesinar a los españoles. La historia de México me acompañó desde entonces y, de cierta manera, marcó mi camino. Por ello, decidí estudiar la licenciatura en Historia.

"Educación técnica y sentimental a través de la taquigrafía"
Norma Ramos Escobar
Estudié en la Escuela Secundaria Técnica Núm. 37 en Escobedo, Nuevo León, entre los años 1987 a 1990. Mis padres, ambos con los estudios de primaria, tenían una profunda convicción de que estudiar en una escuela técnica nos serviría para desempeñarnos en una actividad laboral. Por ello, fui inscrita en tal secundaria, en el taller de taquimecanografía. Dicho taller incluía aprender a escribir a máquina y taquigrafía Gregg. Para la taquigrafía contábamos con el Manual de Taquigrafía Gregg, apellido de John Robert Gregg, uno de sus autores. Recuerdo poco el libro, no así las libretas especiales que llené durante los tres años de mi educación secundaria: las famosas libretas “Roja 64” que distribuía la librería el Triunfo, en Monterrey, Nuevo León, una libreta de rayas de cuarenta hojas de papel revolución de 11.4 × 17 cm. No recuerdo el nombre de la maestra, aunque sí su apariencia. Era una mujer que vestía muy pulcra con traje sastre, uñas pintadas, joyas, apariencia de oficinista, como un ejemplo vivo de una secretaria profesional. Al menos así la recuerdo: como el prototipo que debíamos seguir si deseábamos ser secretarias. Aprendí muy rápido las reglas de la taquigrafía. La verdad, me era muy entretenido y divertido aprender esos signos en clave. Me sentía como reportera o detective escribiendo rápido rasgos ya no sólo en mi libreta de taquigrafía, sino en cualquier respaldo que encontraba, ante la curiosidad de mis hermanas y hermanos, que no sabían lo que escribía.
Cuando ya dominaba los signos, las abreviaturas y las reglas completas, la maestra nos pedía de tarea, sobre todo los viernes, comprar revistas “del corazón”, como Jazmín, Bianca o Julia, cualquiera de estos excepto el libro Deseo, pues consideraba que ése no era apropiado, y nos pedía transcribir en taquigrafía todo un capítulo o novela completa en nuestro cuadernillo. Esta práctica, sin duda, hacía que la transcripción fuera más “entretenida”, pero a la vez nos formaba a las mujeres en una educación sentimental. Fue así que me encontraba transcribiendo frases como “Rodrigo caminó hacia ella, con esa seguridad que lo caracterizaba, ella frágil y conmovida lo miró”; enamoramientos, deseos pasionales, historias desgarradoras, celos, infidelidades, conflictos de parejas… Pasé mis fines de semana transcribiendo historias de amor y desamor, siempre con protagonistas mujeres jóvenes, voluptuosas, casaderas en busca del hombre perfecto. A la distancia y ahora que me he centrado en los estudios de género, me parece que fue una práctica que reforzaba y reproducía el orden de género de una forma tácita, marcando destinos “ideales” para las mujeres.
Los lunes que la maestra revisaba nuestros cuadernillos, sólo leía parte de la primera hoja y cruzaba una línea diagonal, hoja por hoja, el resto con un color o pluma roja. Recuerdo que alguna de mis compañeras señalaba que hacía trampa y como la maestra no leía todo el cuadernillo, ella escribía frases de lo que veía o lo que escuchaba en el momento, o inventaba cosas hasta llenar el cuaderno. Eso me pareció arriesgado y siempre traté de transcribir fielmente hasta llenar el cuadernillo. Años más tarde, mi hermana menor también incursionó en una carrera técnica, pero no le gustaba la taquigrafía. Recuerdo haber hecho más de una tarea por ella y ayudarla, pues decía que “se le cansaba la mano”. Así es la taquigrafía: al ser un estilo de escritura rápida cansa la mano, que de vez en cuando hay que ejercitar y sacudir. Hay quienes aún conservan el famoso callo en los dedos al presionar el lápiz para el llenado de las planas.
Debo señalar que ha sido la mejor formación técnica que tuve, la cual me sirvió para conseguir trabajo de secretaria e incursionar en los famosos “empleos de cuello blanco”, sobre los cuales he escrito para documentar la formación profesional de las mujeres en trabajos de servicios desde finales del siglo XIX (Ramos, 2020). Sin duda, tanto las mujeres de antes como las de ahora se han servido de esta formación para poder proveerse. En mi caso pude sufragar mi carrera profesional. Actualmente escribo rápido en computadora sin ver las teclas y combino la escritura de molde con los rasgos de taquigrafía cuando escribo algún texto en mi profesión de historiadora.

"Mi lugar seguro en primer grado"

Elia Cruz Ayllón

Mi primer grado realmente resultó desafiante: saber que era una niña de cinco años que no había asistido a preescolar me causaba algo de temor, pero mi pupitre de madera resultaba cálido y eso me tranquilizaba. Además, me sentía feliz porque en él podía tener mis cosas guardadas y organizadas, colocar la goma y el lápiz en la rendija de la mesa y poder abrir la libreta o los libros de texto para hacer mis primeros escritos y todas las demás actividades propias de una niña de primer grado, como leer, recortar, iluminar, etcétera. Siempre preferí sentarme en la primera fila de pupitres, hasta enfrente, pues eso me permitía estar más atenta, escuchar con mayor claridad y no distraerme. Era demasiado pequeña para estar en primer grado, por eso me sentaba hasta adelante para así ver mejor. Recuerdo incluso que me recargaba sobre mi pupitre para hacer alguna de las actividades de relajación durante las cuales la maestra centraba su atención en nosotros. Al recordarlo, parece que aún siento esa tranquilidad. Por eso un pupitre es más que una estructura de madera para actividades escolares: puede ser el espacio seguro para una niña en edad escolar.

Recordar mi pupitre de madera me remonta a la primaria, mi primera experiencia educativa de manera formal ya que prácticamente no asistí al preescolar –tal vez no debería mencionar esto puesto que soy maestra en ese nivel educativo–, pues sólo fui una semana y no tengo bellos recuerdos de esos días. Mi pupitre en primer grado de primaria resultó ser un lugar seguro y acogedor que, además, podía compartir con algún compañero, ya que la estrategia de mi maestra de ese grado fue sentarnos con alguien del sexo opuesto para que no platicáramos tanto, además de que nos cambiaba constantemente de lugar justo para mantener el orden. Jamás me tocó con el compañero que yo hubiera querido porque me resultaba atractivo, pero sí recuerdo ver desde mi pupitre a mi maestra de primero: era tierna, comprensiva y se dirigía a nosotros con una voz dulce. Creo que era de esas maestras que realmente tenía vocación de servicio, pues le encantaba enseñar y eso era ideal, ya que nosotros éramos los más pequeños de la escuela y ella era muy maternal. Recuerdo que colocaba dibujos de las letras en las paredes y a partir de ello hacíamos muchas actividades para aprender a leer y escribir.

"El cartel que enseñó a existir"

Alma Delia Cruz Ramírez

El cartel para enseñar a leer y escribir colgaba en la pared de la biblioteca, como una herramienta sencilla para quienes necesitaban comenzar desde lo básico. Fue la primera vez que se me encomendó acompañar a estudiantes con rezago y también la primera vez que asumí esa responsabilidad. Eran tres jóvenes de primer año de secundaria los primeros a quienes acompañé, cada uno con una historia distinta, aunque uno de ellos dejó una huella profunda en mí. Recuerdo a G. con la mirada endurecida y el cuerpo siempre a la defensiva. Tenía un fuerte rezago en lectura y escritura. Había llegado a secundaria sin reconocer una sola palabra, como si su paso por la escuela primaria hubiera sido un tránsito sin voz. Al inicio nada funcionó: ni el cartel, los cuadernos o las estrategias que yo consideraba suficientes. Su actitud era agresiva, no como desafío, sino como protección. Un día dejé de señalar letras y comencé a preguntarle por él, cómo se sentía, cómo había sido su día y qué pensaba. Así, descubrí que en casa era invisible; por ejemplo, no sabía cuándo era su cumpleaños porque nunca se lo habían celebrado. La escuela, con todas sus limitaciones, era el único espacio donde alguien se detenía a escucharlo.

Ese gesto cotidiano —preguntarle cada día cómo estaba— transformó su manera de sentarse frente al cartel. Poco a poco, las letras dejaron de ser enemigas. Aprendimos juntos a leer y a escribir. Cada palabra escrita era un avance; cada frase comprendida, una afirmación de sí mismo. Compartió conmigo su sueño: presentar el examen para el nivel medio superior y poder leerlo completo sin miedo. La pandemia llegó y las aulas se cerraron. El cartel quedó en la pared de la biblioteca, inmóvil, como resguardando lo aprendido. Yo ya no supe más de él. Sin embargo, comprendí que la enseñanza no siempre permite acompañar hasta el final, pero sí sembrar. Porque enseñar a leer no es sólo transmitir letras, también es ofrecer la posibilidad de nombrarse, de ser visto y de imaginar un futuro distinto.

"La materia que me abrió el camino"
Teresa Balderas Palacios
Dominar la taquigrafía me ayudaba a poder tomar los apuntes en otras materias, aunque implicaba tener que transcribir después a la letra convencional. Además, en este taller no sólo aprendí taquimecanografía, sino también redacción de documentos, modales, postura física, manera correcta de sentarme, cómo dirigirme respetuosamente a los demás, entre otras cosas de suma importancia no sólo como alumna, sino para la vida. En la secundaria aprendí a convivir con los compañeros de los demás grupos y a crear lazos de amistad tan grandes que hoy por hoy seguimos compartiendo grandes momentos y recuerdos. Estaré por siempre agradecida con mi maestra, pues lo aprendido me abrió puertas en el ámbito laboral desde muy temprana edad. Tuve la oportunidad de desarrollarme en excelentes trabajos y tener grandes satisfacciones personales, así como laborales.
Al ingresar a la secundaria, llegué con miedo a lo desconocido. No imaginé que ahí viviría los mejores momentos de mi vida de adolescente y aprendería la materia que me abriría muchas puertas. Los maestros y maestras fueron siempre exigentes, pero con un gran profesionalismo y capacidad de enseñar. Yo estaba en el grupo 1.º B, en el que éramos casi 60 alumnos. Al comenzar el ciclo escolar, teníamos que elegir un taller. Para ello, iniciamos el recorrido por los doce existentes. El que más llamó mi atención fue el de taquimecanografía, a cargo de la maestra Socorro Gurrola. Al principio me costó mucho trabajo aprender el orden del teclado, ya que éste se encontraba cubierto. Pensé que nunca aprendería la taquigrafía, pero gracias al empeño y apoyo de la maestra, lo logré ¡y muy bien! Tomábamos el dictado en taquigrafía a contrarreloj; después había que transcribirlo en mecanografía en tiempo récord. Había concurso en cada clase y eso me motivaba a seguir aprendiendo más.
"Latidos de cobre y piel"
Norma Angélica Castañeda Jáuregui
Aún resuenan en mi mente los cantos que daban ritmo a nuestras manos: “Hojas de té, hojas de té, cinco de azúcar y dos de café” o aquel desafiante “cuánto vamos apostando que me salen dieciséis”. Esas rimas eran el hilo conductor que unía nuestra vida académica con la marcialidad del desfile. Desde 1993 hasta 1996, portamos esos instrumentos con un orgullo que se sentía en el pecho con cada paso sincronizado. Hoy, como profesora de educación física, miro esos instrumentos y no veo sólo herramientas de trabajo; veo la base de mi pedagogía. Sigo inventando ritmos, sigo creando cantos, pero ahora lo hago con una certeza que los años y el patio de la ESEF me grabaron a fuego: los instrumentos no tienen género. El tambor y la corneta son, en última instancia, símbolos de una educación que nos enseñó a pulir lo que está deteriorado, a insistir en los horarios extra y a entender que cuando una mujer se atreve a tocar la trompeta, el eco de su valentía resuena para siempre en la formación de las futuras generaciones.
Para un observador casual, son objetos de metal y cuero; para mí, son cápsulas de tiempo que me devuelven a 1993, a los patios de la Escuela Superior de Educación Física (ESEF) en Jalisco. En aquel entonces, ser parte de la banda de guerra no era sólo un acto cívico; era una coreografía de resistencia y voluntad. Recuerdo el "metal rojito" de los instrumentos, opaco por el olvido. Antes de aprender el primer toque, tuvimos que aprender el lenguaje de la restauración. Con las manos manchadas de pulimento y el esfuerzo de tensar cueros viejos, devolvimos la voz a lo que estaba mudo. No sólo buscábamos funcionalidad; reclamábamos un espacio. La educación femenina en la banda de guerra solía estar regida por una partitura invisible de género. El instructor, Luis Ernesto Sengua, dictaba una norma que parecía inamovible: "Los tambores para las mujeres y las trompetas para los hombres". Había una delicadeza impuesta en el redoble y una fuerza reservada en el metal. Pero la cotidianidad de las mujeres en la educación física siempre ha sido un desafío. Julissa Cervantes Mayorga fue nuestra nota discordante y necesaria. Ella no aceptó el tambor como destino único; ella quería y podía reclamar el brillo de la corneta. A pesar de las negativas y los susurros de incredulidad, su aliento transformó el metal en música, rompiendo el prejuicio de que el aire y la fuerza tenían género. Su triunfo fue el de todas: nos enseñó que la banda de guerra no era una fila de soldados, sino un cuerpo colectivo donde la capacidad no entiende de roles.

"Universo infantil"

Juana Hernández Maldonado

Además, los pupitres tenían sonidos propios: el rechinar leve de la tapa, el golpe seco al cerrarse y el murmullo colectivo cuando todos los niños los abríamos al mismo tiempo para buscar algún libro o libreta que nos había sido requerida. Su superficie mostraba el desgaste causado por generaciones anteriores, ese desgaste casi mágico al haber sido pulido por el constante roce y uso. También uno se preguntaba por qué su madera era tan suave y lisa mientras que en otros muebles no. La imaginación despertaba la curiosidad al preguntarnos qué había sucedido, por qué era así su madera. Aquellos pupitres nuestros permanecen en la memoria como símbolo de la vida escolar, de la rutina diaria y de los pequeños universos que cada niño guardaba bajo su tapa.

El pupitre o mesabanco era uno de los muebles más representativos del salón de clases debido a que había tantos como alumnos en un aula; y era, al mismo tiempo, uno de los objetos más personales. La mayoría estaba fabricada con una madera fuerte que probablemente fuera encino blanco, una de las maderas más resistentes. A mí me tocó uno gastado por el uso de otros compañeros y de generaciones anteriores. Aunque todos los mesabancos ocupaban su lugar alineados junto a otros iguales, para cada uno de nosotros el pupitre propio era único, pues ahí pasábamos gran parte de la jornada escolar. Al levantar la tapa, aparecía un pequeño espacio oculto donde guardábamos todas nuestras pertenencias, incluidos los juegos de mesa que llevábamos de forma personal y sin permiso de los docentes, y que nos daban muchos momentos de felicidad después de terminar nuestras labores escolares, las cuales realizábamos con rapidez para alzar esa tapa mágica y continuar jugando, esa acción tan divertida para los infantes. Todo al mismo tiempo —juegos, cuadernos, lápices, colores— guardaba, sin darnos cuenta, fragmentos de nuestra infancia, los cuales nos llenaron de felicidad en aquel escritorio abatible que sentíamos tan nuestro.

"El alma a través de una libreta"

Beatriz Tovar Almaraz

MMe llamo Beatriz Tovar Almaraz, actualmente tengo 56 años, y si cierro los ojos, todavía puedo oler el perfume dulce y barato de la tan famosa libreta, nueva y con hojas al gusto del dueño, que entre los años de mi educación secundaria se “viralizaba”. En aquella época no existían celulares ni redes sociales, pero teníamos algo mucho más poderoso: el chismógrafo. Recuerdo perfectamente el día en que uno llegó a mis manos; en ese entonces todos queríamos ser parte de esa moda. Era un cuaderno de pasta dura, decorado con calcomanías brillantes, corazones dibujados con plumón y letras infladas que anunciaban secretos. Cuando lo abrí, sentí una mezcla de emoción y nerviosismo porque había sido tomada en cuenta para plasmar mi ser. No era sólo responder preguntas, era dejar un pedacito de mi mundo escrito para que otros lo leyeran.

La información que se pedía parecía sencilla: “nombre, comida favorita, canción preferida, ¿quién te gusta?, mejor amiga, peor ridículo, ¿quién te cae mal?, ¿qué quieres ser de grande?, ¿cuántos hijos tendrás?”, etcétera. Sin embargo, cada respuesta era una confesión. Yo escribía despacio, cuidando la letra, como si cada palabra fuera un reflejo de lo que yo era y de lo que soñaba ser. Confesé que me gustaban los poemas, que mis colores favoritos eran el negro y el rojo, que tenía miedo de que quien me gustaba supiera mi gran secreto de amor, que sería la mejor basquetbolista, que admiraba a quien se paraba en público… y muchos aparentes secretos que saldrían a la luz. Pero lo más intenso era la pregunta inevitable: “¿quién te gusta?”. Ahí el corazón latía fuerte. Dudaba, borraba, volvía a escribir. El chismógrafo no sólo guardaba gustos, guardaba ilusiones, inseguridades y pequeñas esperanzas de nuestra adolescencia.

También era un espacio de emociones. Había páginas con mensajes de ánimo, bromas, promesas de amistad eterna y hasta lágrimas secas escondidas entre borrones, hojas manchadas y algunas arrancadas. Cuando alguien escribía algo bonito sobre mí, yo lo leía una y otra vez, sintiendo que pertenecía a algo. Hoy entiendo que aquel cuaderno no era chisme; era un espejo colectivo. En esas páginas aprendimos a nombrar lo que sentíamos, a reírnos de nuestros miedos y a descubrir que crecer también significaba compartir nuestra historia con otros en un marco de respeto.

"El poder de mi voz"

Bárbara López Zamora

Mi nombre es Bárbara López Zamora y decidí ser maestra de nivel secundaria porque soñaba con impartir mi cátedra de una manera interactiva y dinámica, de modo que la asignatura de Español fuera una oportunidad para apasionar a mis alumnos con las letras y el idioma. Recuerdo mis prácticas pedagógicas en la Secundaria Técnica 98 de la colonia Calera, en la ciudad de Puebla. Era practicante y, aunque llevaba semanas observando y apoyando al docente titular, ese día me correspondía dirigir la clase completa de Español. Había preparado con dedicación una sesión centrada en la lectura expresiva de un cuento breve, convencida de que la voz puede transformar un texto impreso en una experiencia viva. El grupo de segundo grado se mostraba inquieto. Algunos estudiantes conversaban, otros jugaban con sus útiles. Percibí miradas de curiosidad, pero también de resistencia. Sabía que muchos asociaban la lectura en voz alta con vergüenza o burla. Aun así, respiré profundo y comencé. Antes de pedirles participar, decidí modelar la actividad. Tomé el libro, marqué una pausa intencional y empecé a leer, cuidando la entonación, el ritmo y las emociones. Modulé la voz según los personajes e hice silencios breves para generar suspenso y enfatizar las frases clave. Poco a poco el ambiente cambió. El murmullo se apagó y el salón se llenó de atención. Sentí que el texto nos envolvía. Cuando terminé el primer fragmento, pregunté quién deseaba continuar.

Hubo silencio. Entonces levantó la mano Mariana, una alumna que casi no participaba y que solía sentarse al fondo. Caminó despacio al frente, tomó el libro con manos temblorosas y comenzó a leer. Su voz era baja al principio, pero recordé la importancia de acompañar sin invadir, así que sólo la animé con una sonrisa y un gesto de aprobación. Conforme avanzaba, su lectura ganó seguridad. Se atrevió a marcar los diálogos y a imitar la emoción de los personajes. El grupo, sorprendentemente, guardó respeto. Observé su expresión: Mariana acababa de descubrir que podía ser escuchada. En ese instante comprendí que mi papel como practicante no era sólo enseñar técnicas de lectura, sino generar un espacio de confianza. La lectura en voz alta se convirtió en un puente: unió al grupo, fortaleció la autoestima y me permitió reafirmar mi vocación docente. Entendí que cada palabra pronunciada en el aula tiene el poder de construir o de limitar, y que la manera en que guiamos a los estudiantes puede marcar la diferencia en su relación con el aprendizaje. Salí del aula con el corazón lleno y con una certeza profunda: en la Escuela Técnica 98 no sólo estaba aprendiendo a enseñar contenidos, estaba aprendiendo a formar lectores críticos y jóvenes capaces de expresar su voz con seguridad. Aquella experiencia quedó grabada en mi práctica educativa como el día en que confirmé que educar también es acompañar el descubrimiento de la propia voz.

"Más allá de las páginas"

Teresa Alarcón Solís

El libro de inglés fue para mí un regalo hermoso que la vida me dio, una herramienta con la cual descubrí el amor por el inglés para enseñarlo y transmitirlo. Al principio lo observé como un conjunto de contenidos, unidades, ejercicios, lista de vocabulario, proyectos y reglas gramaticales. Sin embargo, decidí que no sería sólo un manual para completar actividades, sino también el descubrimiento de un nuevo mundo con un aprendizaje significativo para el docente y los alumnos. Desde una perspectiva pedagógica, utilicé el libro de inglés como punto de partida, no como límite. Sugerí a los docentes diferentes estrategias, como lectura en voz alta, exposiciones, debate, juegos lúdicos, obras teatrales, concursos de spelling bee, certificaciones en el idioma, etcétera. Durante las visitas que realicé, convertí los errores en oportunidades de reflexión. En lugar de centrarme únicamente en la corrección, promoví la autoevaluación y el respeto de los procesos individuales. Miré cómo los estudiantes de secundaria comenzaron a participar con mayor seguridad y a perder el miedo a expresarse en inglés.

Además del trabajo con el libro, motivé a los docentes para organizar y participar en concursos de spelling bee. En ellos, los docentes prepararon un glosario de palabras en inglés y lo practicaron con los alumnos. Esta estrategia permitió no sólo que los alumnos adquirieran mayores habilidades en ese idioma, sino también contribuyó a la formación de estudiantes más autónomos, reflexivos, críticos y seguros. Yo los apoyé como jurado calificador en el evento realizado. Acompañé un proceso de crecimiento integral en la educación secundaria: motivar y acompañar al alumno a aprender el idioma inglés. He contribuido a esta labor pedagógica desempeñando la función de jefa de enseñanza de inglés desde hace 16 años.

"Artes, de la música en la secundaria"
Maricarmen Juárez Gálvez
Aprendí a ejecutar la flauta en la escuela primaria del estado cuando cursaba quinto grado, a los 9 años; la primera canción que aprendí fue “Las mañanitas”. Al ingresar a la educación secundaria en el Centro de Educación Básica del Estado de Chiapas (CEBECH) Número 2, Teodomiro Palacios, había que escoger una actividad opcional sabatina, se ofertaban danza y estudiantina. Decidí ingresar a la estudiantina, y cuando me preguntó el maestro si quería aprender a tocar guitarra o mandolina, inmediatamente me inscribí en mandolina, porque me di cuenta de que era al instrumento al que menos se apuntaban. Cuando tuve una mandolina en mis manos una compañera me indicó la ubicación de la escala musical una sola vez, y con eso fue suficiente para que aprendiera. Fue muy fácil para mí porque relacioné los conocimientos musicales que ya tenía y empecé a interpretar tanto las canciones que se cantaban en las presentaciones de la estudiantina de la escuela como las que ya sabía en la flauta.
Fue una etapa escolar y de la vida altamente productiva y hermosa porque conviví con compañeras y compañeros de los tres grados de la secundaria, de los seis grupos que la conformaban. Hubo presentaciones en varias ferias, incluyendo las de la ciudad, incluso vivimos un intercambio con la estudiantina del Instituto Nacional Mixto de Educación Básica con Orientación Comercial (INMEBOC) de Coatepeque en Quetzaltenango, Guatemala, donde participamos en la inauguración de una plaza comercial. Ya como maestra de Telesecundaria, en mi segundo año de servicio, para la asignatura de Educación Artística dividimos al alumnado en cuatro talleres; yo coordiné el de Música, específicamente enseñé a las y los estudiantes a tocar la flauta. Es tan hermoso ver cómo las alumnas y los alumnos mejoran y fortalecen su aprendizaje en general a través de la música.

"El inicio de la vocación"

Verónica Ramírez Salazú
Mi vocación comenzó una noche en la que mi padre hizo fila para conseguir la solicitud de inscripción a la Escuela Normal del estado mientras yo dormía. Él no permitió que fuera a acompañarlo. Sólo tenía quince años, y sostener aquel formulario fue el primer gesto adulto de mi vida. En verdad debíamos elegir muy jóvenes; sin embargo, sabíamos, aunque no pudiéramos explicarlo del todo, que ser maestras implicaba una responsabilidad que iba más allá de un título. Los exámenes parecían confirmarlo: conocimientos, psicomotricidad, condición física y entrevista. No bastaba querer enseñar; había que estar dispuesta a entregarse entera. De muchas aspirantes, sólo quedamos treinta. La verdadera dimensión de lo que había elegido me alcanzó tiempo después, en la clase de Didáctica con la maestra Elma Ochoa. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí lo que provocaron: sentí una losa sobre mis hombros. Comprendí que algún día sostendría la confianza primera de la infancia, que mis manos acompañarían los pasos iniciales de otros seres humanos en el mundo.
Y, junto al peso, nació la convicción: podía hacerlo, debía prepararme muy bien. Hoy miro aquella solicitud en mi álbum de fotos, y sé que nunca fue un simple trámite. Fue un umbral. Porque antes de aprender a enseñar, ya había aprendido algo esencial: caminar hacia el futuro es menos incierto cuando sabes que alguien cree en ti sin condiciones.

"Indiscreciones"

María del Carmen Campos Estrada

Cuando cursaba quinto año de primaria, todo mi salón tuvo como actividad hacer un chismógrafo durante una semana. La propuesta surgió por iniciativa de la maestra, quien nos explicó que la intención era fomentar la comunicación y la redacción de textos de manera dinámica y divertida. Sin embargo, lo que más llamó nuestra atención fue su comentario acerca de que el mejor chisme tendría un premio, esto despertó inmediatamente el interés y la emoción de todos. Desde ese momento, la libreta del chismógrafo se convirtió en el centro de atención del grupo. Los primeros días, los compañeros escribían en esa libreta cosas muy superficiales, como quién se comió el lonche de tal o si habían entregado tareas. Sin embargo, al tercer día, varios compañeros empezaron a consignar cosas interesantes, como quién se robaba los útiles escolares, si se escondían las cosas, quién tenía novi@ en el salón o si alguien tenía mala higiene. Lo más impactante fue que algunas amigas comenzaron a revelar secretos que se habían confiado entre ellas, lo que provocó sorpresa, incomodidad y, en algunos casos, tristeza.

Fue una actividad muy dinámica, pero muy significativa, ya que en esos momentos el uso de dispositivos electrónicos no era tan frecuente como lo es actualmente. Para nosotros, como niños, el chismógrafo representaba una forma emocionante de enterarnos de situaciones que no estaban a simple vista. Era como descubrir un mundo oculto dentro del mismo salón. La experiencia de leer lo que otros habían escrito generaba curiosidad y hasta ansiedad por participar. El chismógrafo fue una experiencia muy significativa porque nos permitió, como grupo, reflexionar acerca del impacto de nuestras palabras. Más allá de la diversión momentánea, nos enseñó (aunque quizá no de manera planeada) que lo que se dice o se escribe puede afectar a otras personas.

"Venciendo miedos"

Yazmín Castillo Barrientos

Corría el año de 1998 cuando cursé la escuela secundaria en la Técnica 3 de Atlixco, Puebla. Aún recuerdo cómo la oscuridad nublaba mi visión cada vez que en la materia de Español mencionaban que leeríamos en voz alta. El sudor recorría la palma de mi mano, como riachuelos que buscan su cauce. Muchas veces, el nerviosismo e inseguridad adolescentes me traicionaron, generando algunas risas de mis compañeros. Todo apuntaba a que se convertiría en lo más aterrador, despertando mi temor al fracaso. Afortunadamente, el acompañamiento de los docentes de la secundaria fue un aliciente que transformó esos miedos en oportunidades de crecimiento.

Mi paso por la Técnica 3 fue una antesala que marcaría mi destino y que influiría en mi decisión de continuar bajo una línea de apoyo. Años más tarde regresé a la secundaria; no a la misma que me forjó, sino a una ubicada en otra localidad; esta vez como docente con formación en educación especial. Esto me permitió apoyar a jóvenes y señoritas a mejorar su lectura y, en algunos casos, impulsarlos para adquirir este proceso. El miedo se transformó en fortaleza, en convicción y amor por la lectura, cualidades que han contagiado a varios adolescentes, despertando su inquietud por conocer el mundo a través de la cultura escrita, cambiando sus visión de sí mismos y acrecentando sus sueños y autoestima.

"La Mecanografía como capacitación para el trabajo"
Nashllely López Ramírez
La formación secundaria en el año de 1992 era muy importante, pues garantizaba una formación completa, conocimientos, habilidades y valores que facilitarían acceder al campo laboral. La escuela secundaria técnica particular Fray Juan de Zumárraga, en Cuernavaca, era una institución bajo la dirección de las madres mercedarias; yo cursaba mi primer año en esa escuela, tenía 12 años y nos asignaban un salón de clases para las asignaturas. Nos impartían una clase innovadora, que era el taller de Mecanografía. Recuerdo que era un salón muy amplio junto a la Dirección en la segunda planta, tenía unas mesas individuales y sobre cada una se hallaba una máquina de escribir. Como era el primer grado. nos dieron un libro de Mecanografía y la maestra nos dio la instrucción de comprar una funda o cubreteclado para aprender a escribir al tacto sin mirar el teclado, primero nos enseñó que éste se divide en dos partes, derecha e izquierda, y luego las teclas que le correspondían a cada dedo hacia arriba y hacia abajo. Después de dominar el teclado ahora seguía afinarlo cubriéndolo para escribir un documento con la vista al frente.
Iniciamos con la máquina de escribir mecánica, tenía un rodillo por el que pasaba el papel, unas cintas que cruzaban de derecha a izquierda y viceversa, podían ser de color negro o de dos colores: negro y rojo, y ahí, al pulsar, las teclas golpeaban la cinta contra el papel y se imprimía la letra. La marca más famosa era la Olivetti, posteriormente fueron las máquinas eléctricas que traían un cartucho de cinta y ya tenían corrector para borrar si te equivocabas, la más popular era la Brother. En ese tiempo era un privilegio asistir a la escuela secundaria.

"Compatiendo historias"

Elizabeth Delgado Nazario

En esta experiencia quiero compartir cómo entre todo el grupo de 3º H de la Escuela Secundaria General No. 10 Miguel Salinas se propuso un proyecto en el que los alumnos crearon una historia, plantearon la trama, diseñaron los personajes y la animaron. Y de esa manera volvimos a reunirnos, a escucharnos, a ser, a jugar de otra manera, desde la distancia, mas no desde la separación. Ocurrió durante la pandemia de covid-19. Las clases tenían que impartirse a distancia. Al proponerles el proyecto, todos lo aceptaron. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no todos participaban en la creación de historias. A algunos les costaba mucho trabajo seguir la coherencia en un texto; otros consideraban que sus dibujos no estaban del todo logrados; a algunos más, la lectura se les dificultaba. ¿Significa esto que no les gustaba leer? Para nada. Lo que comprobé es que la mayoría del grupo no leía, porque nunca había leído algún libro. Cuando les pregunté si de pequeños les contaban historias, negaron con la cabeza.

Fue entonces cuando empecé a compartirles, primero, libros ilustrados, leídos por mí cuidando la entonación, el ritmo y la dicción. Poco a poco, el grupo fue interesándose en la lectura y haciéndose lector. A los alumnos les interesaban las historias y las comprendían, a tal punto que decidieron ellos mismos explorar qué se sentía crear una historia personal. Si bien la pandemia oscureció ciertas partes de nosotros, de nuestros rostros y contextos, debemos rescatar estas partes que aún siguen brillando, pues todavía hay mucha luz que compartir entre nosotros. Hay que acercarse al estudiante desde su contexto, desde este lenguaje que se está creando en la virtualidad, y seguirlo haciendo amigable, empático. Que el mundo virtual sea igual que el mundo donde habitamos y cabemos todos, desde el que ríe hasta el que llora, del que salta al que canta.

"Mis pensares como estudiante en formación y la realidad que vivo en el desarrollo de mi rol directivo"

Norma Jiménez López

La cultura escolar, como identidad de un centro de trabajo, incide en la formación integral del ser humano, siendo el centro de trabajo un espacio de intercambio y reproducción social. Lo que expreso es producto de la experiencia vivida como estudiante en la Secundaria Técnica No. 95 de Tumbalá, Chiapas en 1996, en diálogo con mi situación actual como directiva en la Secundaria Técnica No. 157 de Santo Domingo, las Palmas, Maravilla Tenejapa, en la misma entidad. Cuando adolescente, veía a la escuela como espacio de intercambio de aprendizajes, los docentes ocupados en las aulas y la oportunidad de hacer y estar con amigos. Ahora, mi percepción se ha reconfigurado: la escuela es un espacio de intercambio de pensamientos, actitudes y hábitos. Mi concepción actual es que es un lugar con una cultura escolar propia, con implicaciones contextuales, siendo el género una de las categorías.

A partir de la reflexión sobre mis experiencias puedo concluir que es esencial la revisión, apropiación y manifestación de una conducta consecuente con el discurso sobre género en la comunidad escolar, en la interacción de las docentes con sus congéneres. Percibo que existe una constante lucha de relaciones de poder con el fin de normalizar estructuras de pensamiento y hábitos con relación a las orientaciones filosóficas, organizativas, administrativas y pedagógicas del proceso educativo. Es necesario voltear la mirada a lo que se plasma en el artículo 3° constitucional cuando establece que la educación debe cimentarse en los resultados del progreso científico, luchar contra la ignorancia, la servidumbre, los fanatismos y los prejuicios. Es dentro de esta ambigüedad que se construye la praxis directiva y se abre la discusión epistémica entre el decir y el hacer.

"Hilvanando historias, construyendo vidas"

Leticia Santiago Camacho

Con un nudo en el estómago esperaba el resultado de la prueba que nos habían aplicado para seleccionar el taller que cursaríamos durante la secundaria. Era el año 1982. Sorprendentemente, me dijeron que estaba asignada a Industria del vestido. Llegué al salón nerviosa. La maestra Juanita se presentó y explicó lo que haríamos en ese primer año. Fui haciendo el muestrario de costura durante todo el ciclo escolar en la asignatura de Tecnología, en la Secundaria Técnica número 25 de la ciudad de Puebla. Recuerdo las tardes de paciencia, los errores deshechos y las agujas que me pincharon los dedos. Con esfuerzo y constancia fui agregando cada puntada; sin querer se fue consolidando mi capacidad para aprender de las fallas. Actualmente, a mis 55 años y desempeñando la función de supervisora de escuelas secundarias en la ciudad de Puebla, descubrí que coser me enseñó a esperar, a concentrarme y a valorar lo hecho con dedicación.

Sigo utilizando la técnica que aprendí (ahora más actualizada con el uso de la máquina de coser y otras tecnologías) en los momentos en que necesito distanciarme de la multitud de ideas, estímulos visuales y demás situaciones que vivimos en este mundo acelerado, y centrarme en mí. En la secundaria no sólo aprendí sobre un muestrario de costura, también supe que había aprendido algo más importante que una técnica: a estar conmigo misma.

"No es del pasado"

Josefa Jiménez Endrina

He sido maestra durante muchos años, impartiendo clases en nivel preescolar. Al ver la imagen del ábaco, me viene a la memoria la cantidad de veces que lo he utilizado con mis alumnos. Siempre tenía uno en mi aula, en base diez, como nuestro sistema decimal: diez filas de diez bolitas cada una y cada fila de un color diferente. Con el ábaco, mis alumnos trabajaban la psicomotricidad fina y reforzaban el aprendizaje de los colores. En clase, contábamos, hacíamos sumas y restas… También los dejaba que jugarán libremente con él. En más de una ocasión observé cómo realizaban el juego simbólico de alumno-maestro imitando lo que yo les enseñaba.

Para mí, ha sido un material didáctico de gran utilidad. Creo que no debería de considerarse de otra época o pasado de moda; al contrario, tendría que ser un material imprescindible en las escuelas por su utilidad para realizar actividades manipulativas de matemáticas, indispensable sobre todo en las primeras edades para afianzar el conocimiento de forma concreta para interiorizar lo aprendido y lograr que sea un aprendizaje significativo para los niños; es decir, un verdadero aprendizaje.

"En 33 y 45 revoluciones"
María del Rosario Castañeda Ríos
En la escuela se hacía un esfuerzo para contar con un tocadiscos. No todos los planteles lo tenían y en su momento el préstamo para realizar las actividades era un plus. Yo recuerdo cuando musicalicé mi primer cuento, grabado en mi aula ya sin alumnos y sin interrupciones para poner pausa en una grabadora pequeña (también prestada) con los discos alineados con el papelito sobre el acetato, el número de pista y los minutos que tendría de reproducción. Fue toda una odisea. Hay que resaltar que esto no se hacía en solitario, siempre era con el apoyo de una compañera, madre de familia o trabajadora manual para poner y quitar a tiempo los discos. El trabajo como docente siempre representó con orgullo un esfuerzo para darles a los alumnos nuevas experiencias, y el tocadiscos con la música en las aulas siempre fue un recurso bien aprovechado. Como directora de plantel, gestionar para que este material llegara a la escuela y mantenerlo vigente fue un logro y, con gusto, actualizar esta herramienta para que no faltara la alegría de la música en las aulas.
Este instrumento de reproducción musical, herramienta con múltiples aplicaciones, me hace recordar momentos muy increíbles en la escuela y en la casa con las amigas: escuchar el último hit que se anunciaba en la radio, soplarle a la pequeña aguja y limpiar el disco con la franelita roja especial para hacerlo, cantar a coro y tararear los ritmos mientras estábamos recostadas en la cama o en el sillón de la sala… Como educadoras en la década de los ochenta, la música fue un recurso clave en nuestras labores diarias, así que compartir los discos infantiles para armonizar una rima, un baile, una ronda, un cuento o una función de teatro era un reto. Este recurso nos ayudaba a motivar a los chiquitines, a transmitirles mensajes con valores y a relacionarlos con la vida cotidiana a través del canto. Para ello, usábamos los discos de Cri-Cri, Timbiriche, Parchis, Xuxa y otros que no recuerdo. Las canciones rítmicas con letras sencillas invitaban al juego y la diversión; escuchábamos música con ritmos clásicos, música culta, jaranas y sones tradicionales de la cultura que nos representa como mexicanos. La música también permeaba las actividades cotidianas (la acompañábamos con otros recursos, como golpear un bote sobre madera para representar los cascos de un caballo o una botella con guijarros para la lluvia) y los festivales, por ejemplo, el de primavera y el dedicado a las mamás. Entre las actividades más sobresalientes estaba la ceremonia con honores a la Bandera porque se relacionaba con música: entonábamos el Himno Nacional, cantos cívicos y juramentos a la Bandera.
"La mejor música"
Jaquelina C. Serrano Sánchez
Desde siempre me gustó la música, a todos lados llevaba mi grabadora, porque me tocó la época en la que había casetes y me gustaba comprar la música que estaba de moda y escucharla en todo momento. Los compraba “vírgenes” y de algunas estaciones de radio grababa las melodías que me agradaban y me molestaba mucho cuando el locutor hacía alguna intervención en medio de la melodía. Me gustaba hacer todas mis actividades escuchando mis casetes en mi grabadora: barría, trapeaba y bailaba al son de la música, me aprendía las canciones y me gustaba cantarlas, nunca me ha gustado el silencio, por eso a todos lados llevaba siempre mi grabadora. Tenía una grabadora pequeña, de una marca japonesa en color negro, y cuando nació mi primer hijo conseguí casetes de música infantil como Cri-Cri, Cepillín, Las Ardillitas de Lalo Guerrero, entre otras.
Me gustaba escuchar baladas románticas, música tropical, y rock and roll. Me tocó vivir la época de Menudo y escuchaba su música una y otra vez. Aún conservo muchos de esos casetes que grabé en mi juventud y aunque mi grabadora ya no funciona, ocasionalmente los escucho en el modular porque me gusta recordar aquella época que a mí me pareció la mejor musicalmente hablando; mis cantantes favoritos eran José José, Emmanuel, Roberto Jordán, Yuri, Estela Núñez, Juan Gabriel, Mijares, entre muchos otros contemporáneos. También me gusta mucho la música ranchera, me encanta escuchar a Lola Beltrán, Estela Núñez, Vicente Fernández, Pedro Infante, Amalia Mendoza, Yolanda del Rio, Beatriz Adriana, Flor Silvestre, Cuco Sánchez, entre muchos más. También grabé algunas melodías en inglés que fueron éxitos de los setenta y ochenta. Por ahí dicen que recordar es volver a vivir, y al escuchar toda esa música evoco recuerdos de lo que he vivido hasta hoy.

"Los colores sí importan y la hechura del uniforme también"

María Guadalupe Mendoza Ramírez

Cartografía del uniforme Rosa Año 1973, doce años recién cumplidos e inicia mi historia en la Secundaria Federal No. 35, Gral. Vicente Guerrero, en Coyoacán, Ciudad de México. Es el primer año de secundaria y ya se marca la tendencia de la moda de la minifalda, heredera de los “locos” años sesenta. El uniforme rosa de tela gruesa de algodón tenía que estar “bien arriba de la rodilla”, y así lo usamos sin problema en el plantel. La marca del dobladillo era la medida de nuestra mano que tenía que estar en la frontera del muslo, muy arriba de la rodilla y que, por mi estatura tan baja, se tuvo que ajustar y recortar un buen pedazo de tela. La blusa blanca y las calcetas del mismo color completaban el atuendo, cómodo y agradable. El uniforme rosa me recuerda el olor del periódico. La maestra Isabel Horcasitas llegaba con paso lento y nos sentaba en el piso de un salón de más de 50 alumnos. Horcasitas, etnóloga dedicada a la enseñanza de la historia en secundaria, parecía una anciana, pero en realidad tenía cincuenta y siete años y muchas dificultades para caminar. En su clase recortábamos los periódicos y las noticias de nuestro interés que completábamos con un mapa para identificar la geografía del evento político. La primera noticia elegida fue el triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales en Chile. Sentada en el piso, con mi uniforme rosa, recorté esa nota que se quedó en mi memoria grabada para siempre.

Cartografía del uniforme Azul Año 1974, trece años y me veo saltando la barda para escapar de la escuela y gozar de los helados de Coyoacán. Los sábados teníamos talleres, pero yo no logré ingresar a ninguno de mi interés y me aburría cada sesión sabatina. Deseaba entrar a Artes Plásticas, pero era “sólo para hombres” y el de Cocina se saturó rápidamente. Me inscribieron en Decoración del hogar. Siempre llegaba tarde a la sesión y sacaba notas malas, pero nunca tuve problemas para aprobar, pues mi querida madre era una experta en decoración, tejido, bordado y anexas. El uniforme azul fue mi sello de rebeldía. Cartografía del uniforme Guinda Año 1975, catorce años y el alboroto por la lectura se dio cuando René Avilés Fabila llegó a mi salón con sus treinta y tres años y una gran sonrisa para instalar formalmente el taller de Lectura en voz alta: poesía, cuentos y mucha risa se conjuntaron en esas charlas que el guapísimo René llevaba de una manera magistral. Las uniformes guindas eran las primeras en llegar a esa clase.

"Recordar es volver a revivir"

Bibiana Cortés Palafox

Recordar es volver a “revivir” esos fragmentos de la infancia cuando la vida transcurría en las aulas y el entusiasmo por participar en los festivales escolares lo adquirí desde el jardín de niños en donde las maestras contagiaban a cada uno de los niños y niñas que éramos elegidos para el festival de primavera, por mencionar el que más recuerdos entrañables me trae al escribir estas líneas con las que recurro a la emoción y sentimiento que me causan esos fragmentos de vida capturados en imágenes que nos permiten revivir cada instante. Desde los preparativos para el festival, la maestra Silvia Carmona -a quien recuerdo con mucho cariño- nos preguntaba - ¿quién quiere participar en el Festival de la Primavera?, y a partir de su pregunta, los que siempre deseamos de alguna manera “sobresalir”, procedíamos a levantar la mano y ella asignaba los personajes para cada uno. En el caso de las niñas, se hacía concurso para que alguna fuera la reina de la primavera y durante semanas previas a la actividad, entonces se hacían actividades de venta de boletos y kermés, así, quien más dinero obtenía de la venta de boletos, era la niña que sería la Reina de la Primavera. Recuerdo que con la venta de boletos y de comida en la kermés, las mamás y maestras compraban materiales que hacían falta para adornar los carros alegóricos en los que saldríamos por las calles el 21 de marzo (lo que no recuerdo es si algún compañerito iba personificando a Don Benito Juárez García por su natalicio). Previo al festival, recuerdo que tanto mi mamá como mis hermanas mayores me preparaban palomitas y dulces de leche envinados, exquisitos, para vender por nuestra cuenta para que la señora Delia, una costurera muy apreciada en aquellos tiempos de fines de los años 70, procediera a la elaboración del vestido para la reina de la primavera, que en esa ocasión fue de una flor.

Al paso de los años y ya en la edad adulta me cuestioné el por qué me interesaba participar en los festivales escolares desde el preescolar hasta la primaria, y después, a nivel profesional he tenido la oportunidad de colaborar en la organización de festivales a nivel estatal, como parte de las acciones de inclusión en el Departamento de Educación Especial valle de Toluca de los SEIEM. La respuesta es muy clara: Un festival es una herramienta pedagógica que permite el trabajo en equipo, la colaboración entre docentes y padres de familia, la vinculación interinstitucional y sobre todo potenciar el desarrollo integral de los niños y niñas, para que aprendan a desenvolverse de manera independiente, sin miedo, brindándoles confianza y seguridad. Con los festivales de inclusión social, cultural y deportiva que se impulsan en educación especial, me he percatado que los alumnos desarrollan su autoestima, logran expresar sus emociones y sentimientos tanto de forma verbal como no verbal, trabajan en equipo y al verles sonreír cuando logran bailar, competir en una pista de atletismo o en un partido de futbol 7 y escuchar el entusiasmo de sus familiares en las gradas, es lo que llena de alegría y satisfacción a quien esto escribe, porque he tenido la oportunidad de capturar esas sonrisas en imágenes que son los fragmentos de vida que nos permiten a los seres humanos recordar y revivir cada instante.

"¡Me robaron mi flauta!"
Brenda Guadalupe Covarrubias
Y allí estaba yo, por 1990, con mi uniforme rosa, mi cara roja y mi voz temblorosa, pidiendo perdón a mi compañera de la secundaria José María Morelos y Pavón, del turno de la tarde, en La Paz, Baja California Sur. Teníamos 13 años, y la escuela, 60 años. Un día, nuestro horario marcó laboratorio de Física en la última hora; el cielo ya estaba oscuro, pero los salones resaltaban iluminados. Cuando los alumnos llegamos a nuestra aula, la maestra ya estaba esperándonos. Hasta hoy recuerdo el momento en que predijo: “Están viviendo los mejores años de vida escolar”. Nadie dijo nada, sólo mirábamos la puerta, con ganas de escuchar el timbre para salir apurados y decir: “¡Hasta mañana!”, con el poder de la certeza que da la juventud. En el salón “L” iba Marcia. Ese día que a nosotros nos tocó Física, a su grupo, Música. Entre risas y notas desafinadas, sin tiempo ni ritmos, ya habían cumplido.
Y allí estaba yo, por 1990, con mi uniforme rosa, mi cara roja y mi voz temblorosa, pidiendo perdón a mi compañera de la secundaria José María Morelos y Pavón, del turno de la tarde, en La Paz, Baja California Sur. Teníamos 13 años, y la escuela, 60 años. Un día, nuestro horario marcó laboratorio de Física en la última hora; el cielo ya estaba oscuro, pero los salones resaltaban iluminados. Cuando los alumnos llegamos a nuestra aula, la maestra ya estaba esperándonos. Hasta hoy recuerdo el momento en que predijo: “Están viviendo los mejores años de vida escolar”. Nadie dijo nada, sólo mirábamos la puerta, con ganas de escuchar el timbre para salir apurados y decir: “¡Hasta mañana!”, con el poder de la certeza que da la juventud.

"La letra con tinta morada y plumilla entra"

Valentina Torres Septién

Al inicio de mi tercer año de primaria, durante los primeros días de febrero de 1957, en un pupitre doble al que llamábamos papelera, Mme. Sainte Eva, la monja titular, nos indicaba el lugar que ocuparíamos en el aula por largos, larguísimos periodos. ¿Con quién compartirías ese pupitre? La decisión de la religiosa significaba una vinculación muy fuerte con la compañera asignada, con la que podrías forjar una gran y larga amistad, con alguna compañera con la que no te llevaras muy bien, ¡uf!, o con alguna medio sucia que podía amargarte la vida con su olor y desorden. Tu pequeño espacio se convertía en un lugar íntimo, con tus libros, cuadernos, lápices e imágenes de tu elección que pegabas en la contratapa del pupitre, generalmente alguna estampa religiosa, una carta, una fotografía o cualquier otra imagen que significara mucho para ti. Ese espacio, que era revisado continuamente por la religiosa, debía estar en perfecto orden y muy limpio. Al centro de esa papelera doble había un pequeño agujero donde se ponía un tintero de cristal. En ese, mi tercer año, Mme. Sainte Eva, una francesa dura, vestida de negro y con un pequeño chongo restirado y bien peinado, llevaba siempre en la mano una especie de castañuela (dos pedazos de madera unidos con una bisagra) que sonaba para indicar su presencia. ¡Ese ruido era de pavor! Toda alumna del colegio sabía que cursar el tercer año no era cosa sencilla. La fama de la religiosa era conocida y reconocida por todas las alumnas, así como por los padres de familia, especialmente por las mamás.

Una de sus obligaciones consistía en enseñarnos a escribir con letra Palmer de manera “primorosa”. Para ello, a inicios del año nos proporcionaba una plumilla de metal con mango de madera que debíamos utilizar para realizar cualquier actividad que implicara la escritura. Llenaba el tintero con tinta morada. Escribir con plumilla, tinta morada y un papel secante debajo de la mano era la tarea más complicada de ese año escolar. En un cuaderno de cuadrícula grande, cada letra debía ocupar uno de esos cuadritos. ¡Cuidado con que te salieras de la cuadrícula! Todos los días, la religiosa nos hacía un pequeño dictado, en español o en francés, siguiendo su método. Una mancha de tinta, una letra fuera de lugar o mal hecha implicaba una baja nota y repetir el trabajo. Si no estaba impecable, había que repetir el ejercicio a la hora de la salida, hasta que estuviera perfecto. La tarea en casa consistía en copiar un texto asignado de aproximadamente media página siguiendo las mismas reglas. La tinta manchaba los dedos, los puños blancos del uniforme (tarea para las mamás) y, en algunos casos catastróficos, la mesa, el piso y todo lo que había cerca de ese temible tintero morado. El resultado final, al concluir el año escolar en noviembre, era que el grupo de más o menos cincuenta niñas había aprendido a escribir correctamente, con una linda letra que conservarían por el resto de sus vidas. Y, por supuesto, no olvidarían a Mme. Sainte Eva con su castañuela.

"Tres generaciones formadas en la Escuela Normal Superior del estado de Puebla"

Carolina Flores Brenes

Opté por la asignatura de Historia no porque hubiera tenido grandes maestros, sino porque me pregunté cómo podía mejorarla. Durante mis primeros años frente a grupo, iniciaba mis clases con un ejercicio en el aula: pedía a mis alumnos que se miraran al espejo, recordaran a quién se parecían y pensaran en sus padres y abuelos. Después les pedía imaginarse sin saber quiénes eran ni de dónde venían. Así comprendían que estudiar historia permitía descubrir la identidad y entender nuestro origen. Después de dieciséis años de experiencia docente en secundaria, no me arrepentí de haber elegido esta profesión. Al mirar mi título, confirmé que representó la continuidad de una memoria escolar construida por dos grandes mujeres que me antecedieron.

Al observar mi título de la Escuela Normal Superior del Estado de Puebla, sentí un profundo orgullo. No fue solo un documento que acreditó mi formación profesional, sino la historia viva de tres generaciones. Mi abuela, mi madre y yo egresamos de esta noble institución, ubicada en la ciudad de Puebla, que formó parte de mi vida desde antes de saber leer. Recuerdo que pisé ese edificio por primera vez a los tres años de edad, acompañando a mi madre, sin imaginar que años después recorrería los mismos pasillos como estudiante y, más tarde, como docente. Crecí siempre apegada a las aulas. Durante mi infancia, la escuela fue un espacio familiar y cotidiano. Elegir el magisterio no fue una decisión improvisada, sino una vocación heredada y asumida con conciencia. Al concluir mis estudios, elegí el nivel de secundarias generales, al comprender que la adolescencia representaba una etapa decisiva, un momento en el que la escuela podía marcar el rumbo de la vida.

"Globo terráqueo arrumbado en el rincón"
Cinthia Michelle Cortés Guzmán
Esa curiosidad encontró refugio en los libros. Pasaba las páginas buscando mapas y nombres de países y sus capitales. Imaginaba rutas, trazaba viajes imposibles y soñaba con comprender la forma del mundo más allá del papel. Años después entendí que ese objeto olvidado había sembrado algo profundo en mí. Hoy soy licenciada en Enseñanza y Aprendizaje de la Geografía en Educación Secundaria. En mis clases, el globo terráqueo no permanece arrumbado: gira, pasa de mano en mano y despierta preguntas. Cada vez que un estudiante lo impulsa a girar, siento que finalmente aquella adolescente también logró hacerlo.
En 2015 ingresé a la Secundaria Federal Mariano Matamoros. Desde el primer día hubo algo que capturó mi atención más que cualquier cuaderno o pizarrón: un globo terráqueo colocado en un rincón del salón. Estaba arrumbado, cubierto de polvo, ligeramente decolorado por el tiempo. Su base metálica mostraba señales de óxido y nadie parecía notarlo. Para mí no era un adorno viejo, era el mundo entero esperando ser descubierto. Durante los tres ciclos escolares lo observé todos los días. Permanecía inmóvil, silencioso, como si su única función fuera ocupar espacio. Yo deseaba acercarme, hacerlo girar y recorrer con el dedo las fronteras de países lejanos. Quería detenerlo al azar y preguntar qué idioma se hablaba ahí, cómo era su clima, qué historias guardaban esas tierras diminutas pintadas de colores. Sin embargo, nunca me atreví a tocarlo. Temía que me llamaran la atención, que me dijeran que no era momento o que simplemente no estaba permitido. El globo permaneció intacto, como una promesa suspendida frente a mí.

"Pertenencia, orgullo y destino"

Patricia Muñoz Ríos

Aún no había terminado de abotonarme por primera vez el suéter rojo con franja azul de la Escuela Secundaria Centro de Estudios Tecnológicos (CET), número 2, Miguel Lerdo de Tejada, y ya estaba convencida de que mi destino había cambiado. Y es que en los años setenta los uniformes tenían peso y significado. El CET-2 era un colegio en el que sólo estudiaban mujeres y ofrecía la posibilidad de cursar los estudios de secundaria con un plan adicional de enseñanza en actividades tecnológicas. Por ello, su uniforme era más que una falda azul tableada, blusa y calcetas blancas, suéter rojo con franjas azules y el escudo de la escuela: representó, para mí, que se abrieran totalmente oportunidades laborales a futuro. Ese uniforme significó pertenencia a una institución educativa, lo cual era muy importante en aquel entonces, cuando las posibilidades de que las mujeres estudiáramos una carrera, aunque fuera “corta”, eran bajas. El CET-2 dividía a las alumnas por áreas de estudio y a mí me tocó la fortuna de ser asignada a la de Técnico en Contabilidad y Sistemas Mecanizados de Registro. Era un sueño para una mujer adolescente que, en 1971, tenía casi nulas posibilidades de seguir su formación. En mi familia me habían dicho que no había recursos; sin embargo, una vecina iba a llevar a su hija a esa secundaria a hacer una prueba de ingreso, le pedí que también me llevara, fui aceptada y todo cambió.

No era fácil entrar en una escuela secundaria técnica, así es que sentía orgullo de portar el uniforme cuando lo logré. Las alumnas nos sentíamos diferentes a las de otras escuelas. Archivonomía, Contabilidad, Mecanografía, Legislación Fiscal, Cálculo Mercantil, Principios de Administración, Prácticas Mecanizadas de Registro, Información Económica, Nociones de Auditoría, así como Estudios Contables de los Impuestos eran algunas de las materias que llevábamos las alumnas del área que yo cursaba. Ahora que lo recuerdo, eran estudios muy avanzados que me permitieron entrar a trabajar en una empresa al salir del CET-2.

"El tambor que no juzga"

Hayde Margarita Carranco Reyna

Durante mi estancia en la Secundaria Técnica Núm. 5 de Cedral, San Luis Potosí, de 2007 a 2009, tuve una adolescencia complicada por ser la etapa en la que tu personalidad y tus emociones se encuentran en total desacuerdo. Fui una alumna cumplida en lo que cabe, pero mi conducta no ayudaba. Diariamente compartía conversación con la trabajadora social; de hecho, ahora me causa risa que no fui la autora de muchas cosas de las que se me acusó, pero como sí lo fui de muchas otras, resultaba más sencillo culparme. A pesar de estas malas circunstancias, considero que mi paso por la secundaria fue la etapa más bonita, pues en ella viví muchas experiencias positivas que me forjaron como persona e impulsaron mi formación profesional. Dentro de las actividades académicas que realizaba, pertenecer a la banda de guerra me dio la oportunidad de tener amistad no sólo con mi grupo o los alumnos de mi generación, sino con alumnos de toda la escuela, asistir a eventos cívicos y culturales fuera de la institución, así como demostrar habilidades musicales y cognitivas que me hacían sentir parte de algo.

Para mí, la banda de guerra fue más que un grupo al que pertenecía, ya que era un espacio en el que podía ser yo misma, liderar a mis compañeros, ayudar a quienes se les complicaba tocar algún instrumento, organizarnos, ponernos de acuerdo para ir por las tardes a limpiar las cornetas y tambores, y me brindó la oportunidad de que mis compañeros y mi maestro me conocieran realmente y no sólo la versión problemática de mí. Cuando salíamos a desfilar era para mí un orgullo encabezar el contingente de mi escuela y que el pueblo supiera que por ahí venia la Secundaria Técnica Núm. 5 por el sonido afinado de sus cornetas y tambores. Para mí ese tambor fue un amigo que nunca me soltó y me ayudó a creer en mí y a que los demás lo hicieran.

"La memoria y el olvido como fuente de inspiración"

Ma. Macrina Vargas Rubio

Cof, cof, cof. Ese día me mandó la maestra de la escuela a sacudir el borrador afuera del salón, lo que me provocó mucha tos al respirar el polvo del gis. Siendo niña, salir a sacudir el borrador era un privilegio. Aunque también recuerdo lo importante que era anotar rápido lo que la maestra escribía en el pizarrón, porque si no te castigaban y después te ibas con tarea extra. Recuerdo también a un maestro experto en dibujos. Al dar la clase con base en ellos, me gustaba que nos fuera contando historias mediante imágenes. Tenía a toda la clase muy atenta a sus dibujos; utilizaba gises blancos y de colores, y objetos para representar cosas. En cierta ocasión tomó como plantilla una cubeta para representar el mundo. Nos explicó las líneas imaginarias del globo terráqueo: paralelas, meridianos, el meridiano de Greenwich, los planos, la iluminación, etcétera. Han pasado los años y ahora, como maestra, recuerdo la importancia del borrador en mi vida. Viene a mi mente la reflexión metafórica de este objeto; qué tan importante es la función de la capacidad principal del cerebro, que es la memoria, y que se estudia a partir del olvido. Una persona sin memoria muere pronto. Se le va la vida sin tener lo más valioso: los recuerdos, ya sean desagradables, significativos o intensos, pero sobre todo los del corazón, recuerdos del alma —como comúnmente se dice—, esos que nutren el espíritu y motivan a seguir viviendo.

¿Por qué hago la analogía del borrador con la memoria? Porque en aquellos tiempos tenías que memorizar todo lo que aprendías en la escuela. Y eras una alumna brillante si retenías toda la información; aunque, para ser sinceros, no comprendieras nada. Sólo era cuestión de salir a vacaciones para que se te olvidara todo. Pero un borrador te enseñaba lo simple de la vida: una vez que pasa algo es importante borrarlo, si no es significativo o útil en la vida de las personas, porque todo pasa por algo y eso también pasará… Se quedará en el pasado.

Es tan sencillo comprender la filosofía de la vida considerando como ejemplo un borrador de pizarrón en un salón de clases. Aquellos ermitaños, personas sabias que conocen el elixir de la vida, saben que no es tan complicado vivir. Ellos dicen que todo radica en disfrutar cada momento, el día a día, porque no sabes cuándo se apagará el fuego, esencia que te mantiene con vida. También se dice que es la energía o el alma. Lo que si queda claro es que para poder sobrevivir es necesario eliminar ideas catastróficas, luchar contigo misma con el exceso de pensamientos, calmar a los demonios o hacer funcionar el borrador, que considero necesario que todo ser humano debería poseer, y así eliminar todo pensamiento que no deja vivir de manera congruente. Dicho de otra manera, una vida centrada en lo que se piensa, se siente y se hace.Todo surge a partir de la visión de la existencia, al recordar momentos de mi infancia como estudiante y ahora siendo maestra, al saber qué tan importante es el amor y la pasión con la que me desempeño, porque la clave está en llevar una vida basada en el optimismo, la plenitud y la congruencia.

"Aprender a enseñar: memorias de una maestra primeriza"

Paulina Lizeth Araiza Reyes

Desde el momento en que entré por la puerta de un salón de clases por primera vez viví una mezcla de ilusión, nerviosismo y curiosidad. Recuerdo claramente cómo cada decisión —desde planear mi primera clase hasta conectar con mis estudiantes— se convirtió en un aprendizaje constante. Sin embargo, más allá de los retos pedagógicos, lo que realmente marcó mi inicio fue el valor de las relaciones humanas: ver cómo una mirada de confianza puede motivar a un alumno, o cómo una sonrisa al final del día cambia el clima del grupo. Hubo días en los que pensé que estaba navegando sola, me sentía pequeña dentro de un gran salón, con ventanas enormes y mesabancos llenos, pero pronto me di cuenta de que la comunidad educativa es un espacio de intercambio donde las experiencias, los consejos y las historias compartidas construyen no sólo mejores prácticas, sino también memoria colectiva. Aprendí que enseñar no sólo es transmitir contenidos, sino también acompañar procesos, entender contextos, celebrar pequeños avances y estar dispuesta a reinventar el camino cuando sea necesario.

Esta experiencia consolidó mi vocación, pero también me enseñó que cada salón es un lugar de creación de historias, de retos y de aprendizajes compartidos. Hoy quiero aportar esta vivencia para visibilizar el significado profundo de ser maestra en la educación básica, especialmente en la comunidad de Illescas, en Santo Domingo, donde los alumnos, las familias y los docentes construyen memorias y reconocen el valor histórico de nuestras prácticas cotidianas. Aún sigo aprendiendo, y poder compartir con mis alumnos y la comunidad, me permite crecer como mujer, como ciudadana y como maestra.

"Los pequeños detalles"

Danna Pamela Rossano Bastida

Desde mi experiencia personal, el cuaderno de caligrafía no fue una tarea aburrida ni pesada; al contrario, se convirtió en uno de los momentos más tranquilos, y hasta divertidos, de mi día escolar. Mientras muchos de mis compañeros lo veían como una obligación y odiaban hacer planas interminables, para mí era casi un descanso mental, en el que podía olvidarme por un momento de todos mis problemas y pendientes, y simplemente concentrarme en realizar los ejercicios. Además, era una actividad muy divertida, porque la maestra nos ponía música mientras hacíamos los ejercicios. Este pequeño gesto marcó una gran diferencia, ya que era algo que no siempre podía ser posible con otras actividades que requerían mayor concentración. Otro factor clave fue la creatividad con la que la maestra planteaba los ejercicios, ya que no se trataba únicamente de repetir letras sin sentido, sino que proponía ejercicios divertidos y creativos, como dibujar paraguas, flores, árboles, patitos, entre otras figuras, y eso hacía que la actividad fuera más dinámica y agradable.

Por otro lado, considero que el cuaderno de caligrafía sí me sirvió mucho, debido a que, gracias a esa práctica constante, mi letra se volvió más clara y estética. Además, noté que mis trabajos se veían más presentables y ordenados, y eso me hacía sentir orgullosa. Incluso en ocasiones recibía comentarios positivos sobre mi letra, lo cual reforzaba mi motivación para seguir practicando y me impulsaba a seguir esforzándome. Hoy puedo decir que el cuadernillo de caligrafía fue una herramienta sencilla pero muy significativa en mi aprendizaje. Más allá de mejorar mi escritura, me enseñó a disfrutar los pequeños detalles y a encontrar calma en actividades simples. Para mí, no fue sólo un ejercicio escolar, sino un espacio donde aprendí, me relajé y sin darme cuenta también desarrollé mi paciencia, constancia y dedicación.

"Máquinas que escribieron decenas de miles de historias"
Patricia Muñoz Ríos
Muchas de las compañeras en ese CET-2 no se quedaron con la carrera corta que cursamos, una de ellas es ingeniera química; otra, psicóloga; una, contadora pública y una más, administradora de empresas, entre muchas más. Yo hice la licenciatura en Periodismo y Comunicación Colectiva. La institución nos dio las bases de una educación integral y abrió la puerta para la independencia económica y la seguridad a muchas adolescentes mujeres que estuvimos en esas aulas. La máquina de escribir que se volvió obsoleta al transcurrir de los años, se convirtió en uno esos objetos a los que les tenemos un gran agradecimiento y cariño. Mucho tiempo después, en la redacción de un periódico para el que trabajé como reportera, un compañero se admiraba de la rapidez y precisión con la que escribía en los teclados de las primeras computadoras. La mayoría de ellos y ellas escribían “de a dedo”. No olvido la época en que en mi casa no teníamos máquina de escribir y le pagaba 20 centavos a una vecina para que me prestara la suya y hacer mi tarea de mecanografía por las tardes, o cuando una amiga me prestaba la suya. Sé que fue esa educación, parte crucial en mi formación profesional.
Era 1971, acababa de ser admitida en el Centro de Estudios Tecnológicos núm. 2, Miguel Lerdo de Tejada (CET-2), y en el primer día de clases nos llevaron a las alumnas al taller de Mecanografía. Entramos formadas al aula y nos fueron asignando aquellas enormes máquinas de escribir Olivetti. Emocionada, estaba frente a la que me tocó, vi de reojo que había a un lado hojas blancas tamaño carta y supe por primera vez que iba a tener la posibilidad de escribir. Nunca, ni en los mejores sueños, imaginé que escribir sería mi oficio para toda la vida. Al final la máquina de escribir representó no sólo disciplina y trabajo, sino también compromiso y arte. El CET-2 era una institución sólo para mujeres que íbamos a cursar la secundaría con estudios de Técnico en Contabilidad o de Secretaria Ejecutiva, y las alumnas de ambas áreas teníamos que pasar por el taller de Mecanografía. Era ardua la clase, teclear por horas las letras “j”, “u” y “m” con el dedo índice derecho, y luego “f”, “r” y v” con el izquierdo. Ello teniendo un cubreteclado negro, que era una tela negra, como cubrebocas pero para la máquina. Al terminar el curso dominábamos el teclado; podíamos escribir sin verlo. Pero significaba más, la máquina de escribir nos estaba dando libertad, de trabajar, de ser independientes y no sabíamos aún que a muchas alumnas incluso nos abriría un camino de expresión. El curso era exigente, si había un solo error —una sola tecla mal puesta—, se repetía desde el principio la hoja. Luego nos pusieron a copiar cartas, oficios, extractos de libros, poemas. Al final del ciclo escolar teníamos que presentar un compendio de hojas engargolado con todo lo escrito, y como portada poníamos una hoja con un “dibujo” de flores, rostros u objetos hechos con la letra “x”. En esa aula y en la clase de literatura con el libro de El galano arte de leer empezó el amor por las letras.

"El poder de las palabras"

Citlally Reyes y Karla Stephanie Nute Arriaga

Recuerdo que en secundaria el chismógrafo era casi un tesoro, ya que pasaba por todo el salón. La primera vez que lo contesté sentí mucha emoción, nervios y entusiasmo. Encontré preguntas sencillas sobre cuál era mi color preferido y mi canción favorita, pero también había otras que me hacían dudar si contestarlas o no, como “¿quién te gusta?” o “¿quién te cae mal?”. Recuerdo que tardaba mucho en responderlas porque sabía que, si las contestaba, podría causar problemas después. Mi experiencia fue una mezcla de aprendizaje y de diversión, ya que me gustaba leer lo que mis amigas escribían. Así descubríamos cosas que no compartíamos en voz alta. Algunas respuestas nos causaban risa; hacían que las horas en la escuela se pasaran superrápido.

Pero, así como hubo risas, también hubo desacuerdos; me tocó ver cómo una de mis amigas se sintió triste porque alguien escribió algo negativo sobre ella. Eso me hizo entender que lo que parece un juego puede afectar demasiado los sentimientos. Fue parte de mi adolescencia y me dejó recuerdos divertidos, pero también una lección importante: nuestras palabras llegan a tener un impacto real en los demás.

"Lindos palos de madera"
Irene de la Torre Alberti
Después de pasar lista la maestra se dirigió a su casillero, donde guardaba libros, papelería y materiales que utilizaba para impartirnos las clases. Sacó unos palos de madera, así se me figuraron, los cuales puso sobre su escritorio y de uno en uno nos los fue mostrando. Tomó primero el palo más grande, esta, dijo, es una regla; estas son escuadras, este un transportador y este último un compás, todos ellos son mi juego de geometría para el pizarrón. Quedé azorada por el tamaño del juego, pero pude apreciar que era muy lindo y de madera. Al terminar su demostración, nos ordenó: — Saquen su cuaderno de dibujo y su juego geométrico, vamos a trazar círculos y líneas, todos obedecimos de inmediato; al contemplar mi juego lo vi demasiado chiquito comparado con el juego geométrico del pizarrón. Pasó a cada pupitre a enseñarnos a utilizar cada cosa, el que más se nos dificultó manejar fue el compás. Nuevamente quedé asombrada al ver como ella trazaba unos círculos muy redondos, con gran habilidad y rapidez en el pizarrón con el palo grandote llamado compás.
Cuando salí de la escuela, camino a casa le iba contando a mi mamá con gran emoción lo que había aprendido — pelando los ojos, me dijo mi mamá — le mencioné lo grandototes que eran los palos de mi maestra, corrigiéndome que era juego de geometría especial para el pizarrón, por eso era enorme y que el mío para mi cuaderno era pequeño. Cuando fui creciendo ya no los vi gigantescos y dejé de llamarlos palos, también llegué a trazar con ellos figuras geométricas en el pizarrón con gran destreza. A la fecha, aunque ahora los hay de diferentes materiales y colores, para mí aquellos siguen siendo los más lindos palos de madera.

"¿A qué país te gustaría viajar?"

Tania Meredith Maldonado Flores

Miré ese cuaderno profesional de raya que incluía preguntas divertidas, pero cuidadosamente enlistadas; tenía las esquinas colectivamente decoradas, muchas respuestas y algunas hojas casi sueltas. Iba pasando por fila y yo estaba en la última, así que, cuando llegó mi turno, ya había viajado en unas 20 mochilas, pasado por muchas manos y provocado varias risas. Recuerdo cuidar entre todas aquel material tan preciado, nuestra forma favorita de socialización entre las materias y el recreo, así como la complicidad que sentimos al reconocernos en esas 30 preguntas. Más risas, más datos, conocer el día de nuestros cumpleaños, nuestros colores favoritos y el corazón acelerado al responder: “¿Quién es tu mejor amiga?”, “¿quién te gusta?” y “¿te has ido ‘de pinta’?”.

En la escuela, dentro del salón, mientras esperabas a que llegara tu turno, sabías que ese sería el momento preciso para recordar aquello de “Lea cuidadosamente las instrucciones”. Cuando por fin lo tuve en mis manos, sentí más alegría que el día que me dieron una estrellita por sacar un nueve en Cívica y Ética. Lo sostuve y supe que era momento de utilizar mi lapicero multicolor: nombre en azul, edad en rojo, fecha y hora en verde, formato de respuesta: libre. En la primera hoja, unas letras grandes y coloridas: “Chismógrafo de Marycruz – 6° B. Turno matutino”.

"Casi casi inmaculada"

Georgina Salazar Pérez

Siempre que entraba a la dirección de mi escuela Primaria, inevitablemente mis ojos se dirigían al nicho donde se resguardaba celosamente la bandera. En ese tiempo para mí, entrar a la dirección era un privilegio, no cualquiera tenia encomiendas tan importantes por parte de su maestra. Y bueno, ahí estaba el nicho en una esquina de la oficina de la directora, intocable, impecable, resguardando celosamente nuestro Lábaro Patrio, como quien guarda en su interior un tesoro muy preciado de incalculable valor, era para mí un objeto casi casi inmaculado, de hecho, alguna vez (y aunque suene irreverente), lo comparé en mi pensamiento de niña, con el sagrario de la iglesia. Para mí era tambien un espacio sagrado que se encontraba en un lugar especial, que su contenido se cuidaba de manera increíble, el nicho al igual que el sagrario tenían una cerradura con una llavecita antigua que la directora guardaba rigurosamente en el cajón de su escritorio y desde luego que solo algunos podían usar la llave y abrirlo. Para mi fortuna y no es por presunción, gracias a mis buenas calificaciones, me eligieron para formar parte de la escolta, pero no crean que de abanderada o de comandante, me eligieron como lateral izquierdo, eso sí adelante, pues no me hubiera gustado estar en la fila de atrás. Un buen día avisaron que la abanderada se dio de baja por cambio de domicilio y adivinen… ¡ocupe su lugar! ¡era la abanderada oficial de la escolta! Mi mamá no cabía de orgullo en la entrada de la escuela y bueno pues ya imaginarán cómo me sentía, igual que el nicho: en un lugar especial, intocable, impecable y claro por que no, casi casi inmaculada. Asi que inevitablemente llegó el contacto directo con el nicho, no daba crédito cuando la directora me dijo que sacara la llave de su escritorio, abriera el nicho para sacar la bandera y el portabanderas. ¡Imagínense, yo triste mortal haciendo eso!

Asi que con todo el cuidado del que podía ser capaz realicé esta misión especial, abrí el nicho con la llavecita y saqué con enorme cuidado la bandera que coloqué junto a la puerta de la dirección como me indicó la directora, me puse el portabanderas y me ubique en el espacio que me correspondía en la escolta. Mi corazón no dejó de latir como si estuviera en un maratón desde que la directora me entregó la bandera e hice el recorrido por el patio con ella hondeando mientras alumnos y maestros entonaban los cantos cívicos; fue una experiencia inolvidable. Terminando los honores la bandera regreso a su espacio y yo cerré el nicho, esperando lunes tras lunes vivir ese hermoso encuentro, y no saben lo empoderada y realizada que me sentí, tanto que la experiencia la guardo en mis recuerdos a pesar de que han pasado casi, casi 52 años.

"Bolitas y palitos"

María Belén Hernández García

Esta experiencia es meramente personal y marcó de manera significativa mi forma de aprender. Cuando cursaba mis primeros años de educación primaria, mis maestros solían realizar actividades con material manipulable: palitos, sopa de pasta, hojas de plantas, cartón, semillas y muchos otros recursos sencillos. Por medio de estos materiales no sólo comprendíamos mejor los contenidos, sino que también despertaban nuestra creatividad y curiosidad. Aprender se convertía en algo dinámico, cercano y divertido. Recuerdo con especial claridad una ocasión en segundo grado, cuando la maestra nos pidió llevar plastilina al día siguiente. Para mí era motivo de gran emoción acompañar a mi mamá a comprar una caja con barritas de distintos colores. El simple hecho de ir a la papelería me llenaba de entusiasmo. Disfrutaba moldear figuras, formar letras o números, o crear pequeñas maquetas. Esa emoción no terminó en la primaria; incluso en la secundaria me seguía entusiasmando realizar trabajos que requerían plastilina u otros materiales distintos para construir modelos y representar ideas.

Hoy en día, con la evolución de estos recursos y referente a la cajita de plastilina, me gusta trabajar con fomi moldeable. En mis tiempos libres me entretengo haciendo pequeñas figuras que puedo transformar o moldear con mis manos. Esta actividad, además de relajarme, me permite expresar mi creatividad y mantener viva esa parte lúdica de mi aprendizaje. Confirmo que haber recibido una educación en la que la práctica era interesante y divertida influyó profundamente en mi estilo de aprendizaje. Durante mis prácticas educativas tuve la oportunidad de interactuar con alumnos de primaria y aplicar actividades lúdicas similares. Pude comprobar que el uso de materiales concretos y dinámicos favorece la motivación, la participación y una mejor comprensión de los contenidos. Tal como ocurrió en mi propia experiencia escolar, dejó huellas en mi vida académica y me ha permitido seguir innovando para mi práctica profesional.

"Bolitas y palitos: El cuaderno de caligrafía"

Valentina Torres Septién

La caligrafía no ha sido sólo una herramienta en la escritura. Desde la época virreinal y hasta nuestros días ha estado ligada a la evolución de la educación y de la alfabetización; ha sido símbolo de diciplina, orden y limpieza, así como de unidad nacional. La “buena letra” formaba parte de una educación refinada y de estatus social. Los cuadernos de caligrafía fueron la base de este aprendizaje que ha sufrido, como toda disciplina, cambios significativos a través del tiempo. Durante buena parte del siglo XIX y gran parte del XX, la enseñanza de la caligrafía estuvo fuertemente influida por modelos europeos y estadounidenses. El método Palmer, desarrollado por Austin Palmer, fue el estilo que privó durante todas esas décadas. Este sistema priorizaba el movimiento muscular sobre el movimiento de los dedos, buscando una ejecución rápida, legible y uniforme. El método exigía disciplina y un fuerte entrenamiento no sólo de los dedos, sino también del brazo. Para desarrollar esta habilidad en la escritura era indispensable ejercitar la mano para dibujar óvalos perfectos, líneas inclinadas y otros trazos que hermoseaban la escritura. Para ello se utilizaron cuadernos de raya, de doble raya y cuadrícula grande y chica. Los primeros ejercicios consistían en trazar circulitos en un cuaderno de cuadrícula en los que se elaboraban planas completas. Posteriormente se realizaban ejercicios consistentes en dibujar círculos ligados como “gusanitos” y líneas inclinadas que debían estar también ligadas con la misma inclinación y tamaño. Después se continuaba con la elaboración de las letras, primero las vocales y finalmente las consonantes.

La primera etapa del aprendizaje se realizaba en los cuadernos de doble raya, que contenían un doble rayado separado por un espacio más grande entre ambas líneas. Las letras minúsculas no debían sobrepasar el espacio pequeño entre las dos rayas. Las mayúsculas ocupaban, además, el espacio mayor. Este aprendizaje abarcaba desde los años de preescolar hasta el tercer o cuarto grado de primaria, y se completaba con la elaboración de frases morales y patrióticas y dictados, que ocupaban buena parte de la enseñanza del español. A partir de la década de los sesenta empezaron a surgir marcas de cuadernos, como los Scribe, y también cuadernos impresos por distintas editoriales que tenían impresos ejemplos de trazos que los alumnos debían completar. Un punto de inflexión fue la transición entre la letra cursiva (ligada) y la letra script (de molde). Mientras que la cursiva se asociaba con la tradición y la agilidad mental, la script se introdujo por su claridad y facilidad de aprendizaje inicial. Para muchos, este cambio fue negativo en tanto que se perdió la impronta personal que cada estudiante imprimía con su letra palmer o cursiva. En la era digital, la escritura manual ha sido desplazada por los teclados de computadoras y otros aparatos, como el teléfono, en los que ya no se trasmite esa expresión personal que era la letra propia y que hoy sólo evoca nostalgia e interés artístico.

"Mujeres inspiradas"

Fernanda Guadalupe Jacobo Flores

Transcurría el año 2012 en un pueblito pintoresco de Santa María del Oro, Nayarit, en el que en la cima de un cerrito se alzaba una escuela con tres aulas, pero especialmente en una salón de clases estrecho y acogedor me encontraba sentada, acompañada por mis compañeros; ellos, también yo estábamos expectantes por conocer al que sería nuestro maestro, una persona alta de tez morena que el primer día de clases nos puso a resolver un problema lógico – matemático y le regalo 20 pesos a quien lo resolvió primero. Conforme transcurrieron los días y los meses descubrí que el profesor era un ser humano excelente, con la capacidad de inspirar, de contagiar su pasión por la vida, el conocimiento y la búsqueda de propósito. En un salón de clases logró germinar en mí habilidades como: el pensamiento crítico, la expresión verbal, la confianza en mis fortalezas así como el ser una persona que se exige lo justo.

Dicho de otra manera, me volví una mujer inspirada que ya amaba los libros pero con tal mediador se volvió una lectora voraz, que era una mujer curiosa y se tornó en buscadora inalcanzable, que fue una mujer que sabía explicar a pasar a ser una a la que le apasionaba enseñar a todo el que se cruzara en su camino y a pesar de que su mentor repentinamente tuvo que partir, aquella antorcha olímpica sigue recorriendo el maratón de la educación por la pista del pensamiento. Me transformé en una mujer inspirada que inspirará, que siempre buscará sedienta el conocimiento como se busca el agua, que valorará la educación, el pensamiento crítico, el esfuerzo para alcanzar las metas, que nunca dejará de amar los libros, que busca crecer y mejorar como ser humano.

"La química en mi vida"

Genoveva Hernández Padrón

Estoy segura de que escoger a lo que nos dedicaremos por el resto de nuestra vida es la decisión más difícil que tomamos cuando somos estudiantes. Hace más de veinticinco años, era casi impensable que uno pudiera cambiar la carrera elegida o desertar de ella. Había poca orientación vocacional y eso terminaba confundiéndonos. Recuerdo que a mí no me agradaba la historia, me gustaban las matemáticas y la química, sin embargo, hubo profesores que no dominaban por completo las materias, y eso no ayudaba mucho a decidirme por una profesión. Me habría gustado ser enfermera; portar un uniforme blanco con cofia se me hacía muy imponente. Pero, por azares del destino, no apliqué para enfermería. En el bachillerato no tuve suerte con mis primeros profesores de Química, lo que hacía muy complicado seleccionar una carrera. Y aunque aprobaba esa materia, mi confusión sobre qué profesión escoger se me hacía cada vez más grande. Todo cambió cuando me tocó llevar Química orgánica con mi querida profesora Consuelo Rocha Jaime. ¡Gracias a ella me enamoré de la química! Decidí entonces ser ingeniera química y portar dignamente una bata blanca. No era de enfermera ni de médico, sino la de una profesional que debía portar esa prenda con el mismo mérito que en cualquier oficio en el que deba ser usada.

Los uniformes de trabajo siempre son útiles en muchos aspectos, fundamentalmente porque usarlos nos brinda seguridad. En el caso de los químicos, la bata protege nuestro cuerpo al estar en un laboratorio, ya que nos resguarda de los derrames de algún compuesto. Por eso debe tener algunas características, como ser de tela de algodón (así absorbe las sustancias rápidamente) y tener mangas largas (para cubrir nuestros brazos). También es básico que nos quede holgada, larga y cómoda, y que nos cubra hasta la rodilla sin ser un obstáculo al caminar. Otro elemento importante es el cinturón trasero, pues está diseñado para jalar a quien porta la bata si acaso se encuentra en peligro. Aprender a usar esta prenda en el laboratorio me ha enseñado a protegerme y a ser más feliz en mi profesión.

"El eco del barranco"
Erika Guadalupe Hernández Herrada
Era el año 2002 y yo, con 23 años, comprendía que la clase de Artes era mucho más que una materia, era un espacio mágico de libertad. Cada mañana, el desafío comenzaba antes de tocar la primera nota. Llegar a la Secundaria Técnica 155 en la colonia Mirador Escondido, en Zapopan, era una travesía épica. Las calles no existían, sólo había piedras barrancosas y nubes de polvo que desafiaban cualquier elegancia. Antes muertas que sencillas, nos quitábamos los tacones para calzar las chanclas y atravesar varias cuadras de terreno hostil. Al llegar a la puerta, el ritual se invertía: volvía el tacón, me sacudía el polvo y aparecía la maestra. Cargaba con mi guitarra, una grabadora, papeles, libros y un puño de flautas extra, por si algún alumno olvidaba la suya. Dentro del aula, la precariedad del exterior se olvidaba. Recuerdo el eco de las flautas intentando, sin éxito, sonar al unísono. En mis inicios, la flauta dulce parecía un instrumento de tortura: si los dedos no sellaban perfectamente los orificios, la nota se transformaba en un chillido agudo que delataba cualquier falta de práctica. Aquel objeto, frío, era el termómetro de la ansiedad; dominar el "Do grave" era un desafío técnico que a menudo terminaba en un concierto de silbidos desafinados que nos hacía reír y desesperar por igual.
El milagro ocurría después de algunas semanas de ensayos. Mis cuarenta y tres alumnos esperaban ansiosos iniciar la clase; diez guitarras daban cuerpo a los cantos y a las flautas. Cuando lográbamos que todas las voces y notas, incluido ese temido "Do grave", sonaran al unísono para interpretar el tema de Titanic, la satisfacción era absoluta. Aquel sonido, limpio y potente, se elevaba sobre el polvo de la barranca, demostrándonos que la disciplina y el arte podían transformar cualquier carencia en una armonía inolvidable. Aprendí que la música no necesitaba de calles pavimentadas para fluir. En aquel rincón de Zapopan, entre el polvo y las piedras, mis alumnos y yo construimos un refugio donde el arte nos permitía, por un instante, navegar lejos del bullicio en el corazón de la barranca.

"Colores en movimiento"

María Esther de la Torre Alberti

Mi querido padre cambió de trabajo y nuestra sorpresa fue mudarnos de la capital del país -entonces llamada el Distrito Federal-, a Tepic, Nayarit, donde no conocíamos a nadie ni teníamos ningún familiar. En esa ciudad fue donde cursé toda mi primaria en el “Centro Escolar Presidente Miguel Alemán”; exclusivo para el sexo femenino. Me agradaba todo en la escuela. Las clases eran en las mañanas y en las tardes regresábamos a los talleres o a practicar bailes para las rondas, lo que me fascinaba. Cada año se hacían competencias de rondas infantiles entre las escuelas primarias, y la mejor se llevaba el premio. Mis útiles escolares me gustaban mucho, pero más, el ábaco. Recuerdo que el día que lo pidieron, mi madre me llevó a comprarlo. Desde que lo vi captó mi atención por sus hermosos colores y la forma tan peculiar de mover las bolitas. El ábaco me sirvió mucho para hacer operaciones, no tan rápido como mi padre, porque él sin ábaco ni calculadora las hacía mentalmente con agilidad asombrosa, acto que siempre le admiré.

En una ocasión un amigo estaba con su papá en la puerta de su casa, cuando yo salí para jugar con él y mis demás amigos de la cuadra. Su padre quiso hacernos una prueba de sumas y restas a ambos, acepté el reto, utilicé el método de los dedos como si fuera un ábaco, escondiendo las manos y salí bien librada, obviamente mi amigo no y quedó castigado. Posterior a eso se interesó en aprender con el ábaco, logrando que tanto él como su padre se sintieran satisfechos y orgullosos de tener avances en sus conocimientos; entonces lo apreciamos más y nuestra amistad se fortaleció. Fue una etapa hermosa vivir en Tepic, conocimos muchos lugares del estado porque los fines de semana nuestros paseos eran a sus playas.

"El tesoro del locker"

Grisel Becerril Luviano

Era uno de los momentos más esperados para mí. La maestra tenía un locker en el salón donde guardaba distintos materiales. Pero lo más emocionante era saber que dentro estaban las cajas de plastilina, acomodadas junto a otros materiales para hacer manualidades. Cada vez que tocaba la clase de Ciencias Naturales y la veía acercarse al locker, sentía una mezcla de curiosidad y alegría, porque sabía que algo especial iba a suceder. Abría la caja con cuidado. El olor característico de la plastilina llenaba el salón. Luego, tomaba cada barra de colores y comenzaba a cortar pequeños trozos que iba repartiendo entre todos los alumnos y alumnas. Ese gesto sencillo transformaba el ambiente: pasábamos de estar sentados escuchando a estar concentrados, imaginando y creando con nuestras propias manos.

Lo primero que hacíamos era amasar la plastilina; después, cada uno hacía algo diferente, según la indicación del tema que estuviéramos viendo. Si, por ejemplo, hablábamos de los tipos de ecosistema, algunos moldeaban animales; otros formaban árboles, montañas, ríos o pequeños soles. Con nuestras manos intentábamos dar forma a lo que antes sólo estaba en el libro. Era como si el conocimiento dejara de ser algo lejano y se volviera tangible. Lo que más me gustaba era formar animales. Llegué a moldear un tigre, un venado y un conejo. Lo que menos me gustaba hacer era los cuerpos humanos, porque no me gustaba cómo me salían. Al final, uno por uno, pasábamos al escritorio de la maestra para colocar nuestras creaciones sobre una tablita que ella disponía. Ese momento me parecía muy importante, porque todos observábamos el trabajo de los demás y construíamos un pequeño paisaje colectivo. Más que una actividad manual, era una forma de aprender creando, compartiendo y sintiéndonos parte de algo en común.

"Paso redoblado"

Edith Pérez Trenado

Cuando iba en tercer año de la Escuela Secundaria Técnica 55, los lunes portaba mi falda blanca con gran orgullo, ya que era el día de rendir los honores a la Bandera. Además, junto con mis compañeras y amigas Elida, Valentina y Bertha, habíamos sido elegidas —por tener los más altos promedios de toda la escuela— para tener el honor y el privilegio de ser parte de la escolta, noticia que recibí con una inmensa alegría. Aunque la ceremonia duraba sólo unos cuantos minutos, detrás de ella había horas de ensayo que se quedaron grabadas en mi mente y en mi corazón. A la fecha, al escuchar los primeros acordes de la marcha, vienen a mi mente las primeras estrofas: Se levanta en el mástil mi Bandera, como un sol entre céfiros y trinos muy adentro en el templo de mi veneración, oigo y siento contento latir mi corazón. Es mi Bandera la enseña nacional, son estas notas su cántico marcial. Desde niños sabremos venerarla y también, por su amor, vivir. Flexiono mi rodilla para comenzar a caminar y pienso: “Paso redoblado… ¡Ya!” Entonces se dibuja en mi rostro una gran sonrisa y se asoman algunas lágrimas de emoción al recordar aquellos tiempos tan felices.

"Mis más preciados tesoros"

Blanca Gómez Dieguez

Recuerdo con gran alegría y nostalgia los tiempos pasados de la niñez y la juventud, rodeada de amigas entrañables, algunas de las cuales, por fortuna, aún conservo. Recuerdos de esos lejanos tiempos, que no solo fueron de estudio, sino que fueron también de añorados juegos y grata convivencia. Entre mis recuerdos más entrañables, están mis útiles escolares, ya que era todo un acontecimiento y un deleite que despertaba mis sentidos: podía verlos, tocarlos y aspirar su olor de nuevos, que me hacían soñar, lo mismo que a mis compañeras. De entre estos maravillosos útiles, los que despertaban mayor interés, eran los cuadernos escolares. Yo prometía cuidarlos con esmero y anotar en ellos lo más importante que dijeran las maestras, todos esos valiosos conocimientos que serían de gran provecho. Al apuntar retenía lo de mayor importancia en cada clase, al repasarlo en casa, lo fijaba en mi memoria, así, al momento del examen, solo me faltaría un breve repaso, garantizando buenas calificaciones. Hubo una maestra que nos dejó una tarea inolvidable, y que consistía en forrar nuestros cuadernos y personalizarlos con dibujos alusivos a cada materia, para motivarnos a su estudio.

Ella decía que sería una obra de arte, que debíamos proteger también con forros plásticos. Algunas compañeras, al igual que yo, dibujaron preciosidades que le daban identidad a cada asignatura, otras, menos comprometidas, solo pegaban etiquetas con los nombres que identificaban a cada materia, lo que denotaba un limitado interés en destacar como estudiantes. Todo el tiempo invertido en esa obra de arte, en esta tarea, complementada con la amenidad y el conocimiento de la maestra, no solo nos hizo amar la asignatura, sino que nos orientó a seguir una profesión: yo decidí ser bióloga. Naturalmente guardé mis cuadernos, en especial el de lo que ahora llaman ciencias naturales, y que entonces se nombraba biología. Cuando un día lo saqué para presumirlo a mi descendencia, ellos solo entornaron los ojos mientras miraban sus tablets y celulares.

"Open Your Books "

Sofía Ramírez Tapia

—Open your books. La frase se escuchaba como una campana suave al inicio de cada clase. —Read the instructions. Work in pairs. Y el aula, obediente, se abría como un cuaderno nuevo. El aprendizaje de un idioma extranjero llegó en el momento apropiado. Entre pupitres ordenados y voces que aprendían a pronunciar otros sonidos, el libro de inglés estaba siempre ahí, marcando el ritmo de los días. No era sólo un libro. Era una presencia constante que acompañaba nuestras mañanas escolares y se volvía parte del paisaje cotidiano de ser adolescente. En sus páginas aprendí palabras nuevas, sí, pero también aprendí a sentarme derecha, a responder con cuidado, a escribir sin salirme del margen. El libro de inglés enseñaba una forma de aprender que, sin decirlo, nos hablaba de cómo debía ser una buena alumna, una buena chica: atenta, correcta, perseverante. Así, entre ejercicios y diálogos breves, se iba dibujando una educación pensada para nosotras.

Para mí, ese libro fue uno de los primeros puentes hacia una lengua que era la propia. Cada palabra extranjera era un camino a lo desconocido. Como adolescente, descubrir el inglés fue descubrir que mi voz podía cruzar fronteras, que podía nombrar mis ideas de otra manera, que podía pensar distinto. El libro se convirtió en un espacio donde podía equivocarme, intentar de nuevo y avanzar, enseñándome que el aprendizaje es un proceso continuo. El libro de inglés acompañó mis silencios y mis dudas, mis primeras certezas. Me enseñó que aprender no era sólo memorizar, sino también interpretar, reflexionar y comunicar. En ese proceso fui construyendo confianza no sólo académica, sino también personal. Hoy el libro de inglés de secundaria forma parte de mi memoria. En él habita la joven que fui, la mujer que aprendió a confiar en su voz y la docente que eligió acompañar a otras compañeras, a otras docentes. Más que un material didáctico, fue un testigo en silencio de mi crecimiento, un puente entre la escuela y la vida, entre el aula y la posibilidad de ser más.

"Una contienda patriótica"

Magdalena Sánchez Montes

En la Escuela Primaria Ignacio Allende, de la comunidad de Techuchulco, municipio de Joquicingo de León Guzmán, cursaba el quinto año y pertenecía al grupo B cuando fui seleccionada para ser la abanderada de la escolta escolar. Yo respetaba la Bandera Nacional y, además, era un gran orgullo personal y familiar en el pueblo ser la abanderada, porque sólo la alumna más aplicada del quinto grado era digna de hacerlo. Así que empezaron los ensayos diarios bajo un sol que deslumbraba tanto, que a veces tenía que guiarme por mi intuición, y no por mi vista, para realizar la marcha, los flancos, los altos y el paso redoblado. El profesor insistía en que todos marcháramos derechos y parejitos, pero para mí sí era un gran reto, sobre todo cuando hacía aire: ahí sí vivía un verdadero desafío porque mi tamaño, peso y fuerza no eran nada comparados con los de la enorme bandera que me retaba al blandirse en el aire majestuosa. Definitivamente, era una contienda entre la Bandera Nacional y yo. En el desfile del 16 de septiembre de 1979, se hizo el recorrido por todo el pueblo. Marchamos derechitos en sus calles empedradas y hacía mucho aire, por lo que mi amiga, la Bandera Nacional, se movía sin cesar, haciendo notar la esperanza de su color verde, la unidad de su color blanco y la sangre de sus héroes en su color rojo. Casi no se notaba su escudo central, pero se sentía con bastante ímpetu su soberanía e identidad nacional mientras yo la abrazaba con ambas manos para no dejarla caer. Esta batalla duró cerca de hora y media, pero a mí se me hacía una eternidad y ya no sentía mis manos, pero aun así continué aferrada al metal de la asta. Yo no tenía oportunidad de limpiar el sudor que adornaba mi frente como una diadema sobre mi rostro y mis trenzas impecables que no perdían su forma por el jugo de limón que me ponía al peinarme. La Bandera Nacional seguía erguida, yo no le permitía besar el suelo.

Ya habían pasado aproximadamente sesenta minutos. Cuando estaba a punto de claudicar, mi mamita preciosa apareció y se paró frente a la escolta, frente a mí. El sargento inmediatamente ordenó alto. Yo la miré sorprendida y al mismo tiempo agradecida. Ella sostuvo la Bandera y me ofreció un vaso de agua de limón, que tomé inmediatamente y, tras beberlo, continué mi camino con una gran sonrisa y energía renovada: iba triunfante, había ganado. Ahora sé que el diseño definitivo de la Bandera Nacional y yo tenemos la misma edad: el año de 1969 fue cuando yo nací y en ese mismo año el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo aprobó. Pero la Bandera Nacional es la Bandera Nacional. En la ceremonia de cambio de escolta, a fin del año escolar, estaba medio pueblo sentado en las gradas con sus mejores galas y ramos de flores para los graduados, y el patio de la escuela lucía esplendoroso con sus adornos que colgaban elegantes; y, entonces, la Bandera Nacional se detuvo; por más que yo la movía, ella no avanzó: estaba atorada en el festón, color fucsia, y ya la escolta me había dejado. Yo había perdido. Convencida de la derrota, suspiré, retrocedí y la coloqué casi acostada; caminé y seguí para entregarla a su nueva amiga, la siguiente abanderada.

"El calzado de la dignidad"

María José Montero Hernández

Sonó el timbre que anunciaba el final de la jornada escolar. Era un viernes del mes de noviembre de 2018. Todos mis estudiantes salieron rápidamente del salón con la alegría de disfrutar su fin de semana, excepto una de mis alumnas, la abanderada de la escolta. Ella se acercó a mí y con notoria tristeza en su rostro me dijo: “—Maestra, creo que no voy a poder participar en el desfile; es que mi mamá no va a poder comprarme los zapatos, así que mejor ponga a otra en mi lugar”. Sentí una punzada de injusticia, pues esta alumna se había ganado ese lugar con su esfuerzo y dedicación. Le dije que no se preocupara, que yo vería el lunes cómo resolverlo. El lunes, antes de que sonara el timbre de salida, le pedí que se quedara, que quería hablar con ella. Ya a solas, saqué una caja que tenía debajo de mi escritorio y se la entregué diciéndole: —Espero que te queden. —Su rostro se iluminó y me dio las gracias.

Unas semanas después llegó escondiendo detrás de su espalda algo para mí: una penca de plátanos. Cuando me los entregó me dijo que su mamá me los mandaba en agradecimiento por los zapatos. Los acepté con mucho gusto y con una sonrisa franca en mi rostro. Aquellos plátanos, entregados con timidez y gratitud, valían mucho más que cualquier calzado. En ese intercambio, entendí que ser maestra es un compromiso que trasciende el aula: es ver a la persona detrás del uniforme y entender que nuestra prioridad absoluta debe ser siempre salvaguardar el valor y el corazón de quienes tenemos la dicha de formar.

"El coco de toda estudiante"

Alicia Castro Flores

Sin duda el coco de los cocos son las matemáticas, en particular ese libro que cargaba un montón de problemas, pues estaba lleno de ellos, uno tras otro. Evidentemente no los resolvía él, sino que de manera irresponsable dejaba que los resolviéramos nosotras. ¡Nos los transfería para que batalláramos resolviendo sus problemas! ¡Qué chistosito! Sus problemas eran muchos y variados, pero no le quitaban el sueño, ya que sabía que debíamos resolverlos, sin importar que fuera un martirio para las pobres chicas de la secundaria, que, como adolescentes, teníamos nuestra larga serie de problemas propios del crecimiento y de esa particular etapa que nos golpeaba de lo lindo. Sin ninguna consideración en clase de “mate” y al hacer la tarea en la casa, debíamos dejar de lado nuestros problemas para solucionar los de ese libro tan emproble mado. Aunque debo confesar que, a pesar de todo eso, comencé a tomarle gusto a la solución de “problemas”, ya no sólo de aritmética, sino de la misteriosa álgebra que debía de ser ciencia oculta, además de la recreativa y relajante geometría.

Cada ejercicio —ya no problema— era un llamado que no podía resistir y que me obligaba a pensar, estudiar o plantear la posible o posibles soluciones, quedándome una valiosa enseñanza y sentimiento de seguridad, que me ayudaba, no sólo con las matemáticas, ni para obtener buenas notas, sino para ser asertiva al resolver los problemas de verdad, aquellos que nos plantean la vida y el vivir. Aprendí mucho y lo mejor fue descubrir que los ejercicios fortalecen, y que mientras más los practiques, mayores beneficios te aportan. Así que desde entonces decidí que es más apropiado llamarlos “ejercicios” y no “problemas”, para que no nos asusten como el susodicho coco con el que de niños nos solían espantar.

" Materiales del ayer"
Ma. De la Luz Alarcón Alejandri
Entre los materiales de apoyo favoritos para llevar a las escuelas estaban las láminas plastificadas, pues había de muchos y variados temas: mapas, sistemas del cuerpo humano, partes de las plantas, anatomía de animales, operaciones matemáticas y la tabla periódica, por mencionar sólo algunos. Además, su utilización era sencilla: bastaba colgarlas en el centro del pizarrón y, al tiempo que se explicaba el tema, ir marcando sobre ellas con gises blancos o de colores; luego, con pasarles un trapo húmedo encima, se limpiaban y ¡listo! Lo que se convertía en toda una odisea era transportarlas en el Metro, ya que eran objetos grandes. Aunque podían enrollarse, había que resguardarlas muy bien, porque, con tanta gente y con las aglomeraciones, los palos de madera de los extremos podían romperse. Además, era necesario cuidar el resto de los materiales utilizados en cada una de las ocho actividades que diariamente llevábamos a cabo en clase, así que solíamos ir supercargados de todo tipo de cosas. Si perdíamos algo o se deterioraba teníamos que reponerlo. Cuando trabajaba con láminas plastificadas de mapas también lo hacía con mapas individuales por cada niño. De esa manera, todos iban dibujando, coloreando o simplemente mirando. Esto reforzaba la explicación y favorecía el aprendizaje. Otras veces, los pequeños estudiantes eran quienes pasaban a marcar o a señalar partes de la lámina frente al grupo, cosa que a algunos les gustaba mucho y otros detestaban. Creo que ese servicio de préstamo de herramientas didácticas ofrecido por la Nacional de Maestros fue un gran apoyo para mí mientras cursé mi carrera.
Entre 1982 y 1986, fui estudiante de la Escuela Nacional de Maestros ─hoy llamada Benemérita Escuela Nacional de Maestros─. Entonces, se podía comenzar a estudiar en esa institución al terminar la secundaria, así que yo ingresé a los 15 años. Ahí cursé la carrera de Profesora de Educación Primaria, la cual duraba cuatro años, pero desde el segundo teníamos que hacer las famosas “prácticas”. Esas actividades consistían, justamente, en ir a las escuelas a practicar lo aprendido en la Nacional. Por ello, durante algunas semanas, visitábamos las primarias con el fin de apoyar a los maestros titulares en sus clases mientras ellos calificaban nuestro desempeño. Antes de salir a esas visitas, pasábamos por un lugar de la Nacional al que llamábamos “la materialteca”. Funcionaba como una biblioteca, sin embargo, en ella se reunían diversos recursos didácticos. Los alumnos practicantes acudíamos ahí a seleccionar aquellos que requeríamos. Para que nos los prestaran únicamente debíamos registrarnos, recibir el material elegido y conocer la fecha de devolución. Ese sitio contaba con una gran variedad de herramientas educativas: torsos humanos, globos terráqueos, regletas, sellos, entre otros. Incluso ofrecía un servicio de impresión en mimeógrafo; si queríamos hacer uso de él, teníamos que llevar nuestros esténciles y hojas de papel revolución, y ahí se hacían las impresiones de manera gratuita. Que nos facilitaran todo tipo de apoyos didácticos realmente era una gran ayuda al realizar nuestras prácticas.
"El telón de una historia"
Minerva Raquel Solís Méndez
Corría la década de los noventa. Cuatro mujeres visionarias trabajaban en el proyecto “El uso didáctico de la computadora en educación preescolar”, en una época en la que la tecnología dependía de dispositivos de arranque con los icónicos disquetes de 3½ pulgadas. Fue entonces cuando los horizontes se ampliaron para integrar los medios audiovisuales, y es aquí donde entra el protagonista de nuestra historia de hoy: el proyector de filminas. Imaginen por un momento aquel aparato: un objeto conectado a la corriente que, con girar una pequeña palanca, hacía magia. Proyectaba diminutas diapositivas que cobraban vida en la pared, agrandando dibujos, letras, paisajes y colores ante los ojos asombrados de los niños y las educadoras. ¡Era pura emoción visual! Sin embargo, existía un obstáculo: el alto costo de las filminas comerciales excedía el presupuesto. Fue así como una mujer, impulsada por la iniciativa, la creatividad y la calidez necesarias para transformar la enseñanza, emprendió la tarea de diseñar sus propias filminas. Y otras la siguieron.
Corría la década de los noventa. Cuatro mujeres visionarias trabajaban en el proyecto “El uso didáctico de la computadora en educación preescolar”, en una época en la que la tecnología dependía de dispositivos de arranque con los icónicos disquetes de 3½ pulgadas. Fue entonces cuando los horizontes se ampliaron para integrar los medios audiovisuales, y es aquí donde entra el protagonista de nuestra historia de hoy: el proyector de filminas. Imaginen por un momento aquel aparato: un objeto conectado a la corriente que, con girar una pequeña palanca, hacía magia. Proyectaba diminutas diapositivas que cobraban vida en la pared, agrandando dibujos, letras, paisajes y colores ante los ojos asombrados de los niños y las educadoras. ¡Era pura emoción visual! Sin embargo, existía un obstáculo: el alto costo de las filminas comerciales excedía el presupuesto. Fue así como una mujer, impulsada por la iniciativa, la creatividad y la calidez necesarias para transformar la enseñanza, emprendió la tarea de diseñar sus propias filminas. Y otras la siguieron.

"Caminos y enseñanzas del destino"

Diana Laura Pérez Rincón

Fue en la clausura del fin de curso del año 2025, en la Escuela Secundaria Técnica en la que, había ingresado siendo una adolescente allá por el 2006, cuando caí en cuenta de lo mucho que quería ser maestra. Pasé muchos años de mi vida renegando la posibilidad de enseñar a otros, lo que con esfuerzo y sacrificios había aprendido a lo largo de mi vida. Mi madre comenzó su carrera cómo como docente cuando yo ya existía., dDesde muy pequeña la vi estudiar, prepararse y forjarse un destino dentro del sistema magisterial., eEra parte del personal administrativo de su escuela cuando inició. Sin saber nada sobre máquinas de escribir, elaboraba lo que sus directivos solicitaban. Pero eso no se quedaría ahí. Pasé mis primeros años rondando los pasillos de la Escuela Normal Superior, intentando asimilar lo que aquello representaba para mí. Tras los cambios experimentados al crecer, decidí que ese camino no sería el mío, sin saber que años después, estaría cruzando el umbral hacia mi vocación.

En ese Julio julio del año 2025, vi a mi madre, en su cargo de Subdirectorasubdirectora, sacar del Nicho nicho de la Bandera, el ese símbolo patrio de nuestro México soberano, en la escuela que a ambas nos vio crecer. Ese acto tan sencillo, sembró una semilla que pronto germinaría. Había despertado mi interés por saber más de ese pequeño mundo estudiantil. Un par de meses después, mi contrato cóomo docente interina había sido firmado. Graduada en Arte y Cultura, logré comenzar una vida que ahora me entusiasma cada vez más, esperando acreditar exitosamente mi examen en el proceso magisterial del año 2027.

"Innovando"
Ana Griselda Cabrera Ríos
Recuerdo cuando llegó a mis manos, fue un obsequio, y me dio mucha alegría que hubiera llegado a mí. Era un retroproyector de acetatos al que le di gran utilidad para presentar de una manera diferente las actividades con los estudiantes de secundaria de Educación Especial en el Centro de Atención Múltiple. Después de realizar mi planeación, tenía que prever y organizar los materiales que iba a utilizar, por lo que si decidía usar el retroproyector, requería buscar las imágenes, o elaborar mapas conceptuales con tiempo para después imprimirlos en aquella hoja transparente y delgada que eran los acetatos. Como un medio didáctico, era fascinante, debido a que lo podía usar de diferentes maneras. Una de ellas era escribir con plumón directamente en el acetato para que se reflejara al mismo tiempo en la pantalla; bueno, decir pantalla es mucho, porque en realidad era la pared con algunas hojas blancas pegadas, pero a mí me gustaba usarlo y a los estudiantes les atraía y llamaba su atención. Una de las actividades que llegué a realizar eran los cuentos con sombra, y les fascinaban, o presentaba diferentes tipos de cuentos con los que fomentaba en los estudiantes el interés por leer.
Yo no sabía dibujar, no tenía esa habilidad, por lo que otra forma en que lo utilicé fue para hacer los dibujos que necesitaba para los proyectos que organizaba. Según el tema por tratar, elegía algunas imágenes, las trazaba, las pintaba y las presentaba con los estudiantes. Esta era una manera distinta de presentarles las actividades y los contenidos para su aprendizaje. Considero que, en su momento, el retroproyector para acetatos tuvo su particularidad y como medio didáctico se podía diversificar su uso. También creo que a veces no son los objetos que tengas, sino cómo los uses para el aprendizaje con los estudiantes y cómo innoves con ellos. Ese retroproyector lo he obsequiado.

"Una escuela que nació de la lucha"

Ma. Del Socorro Santiago Garibo

Sembrar en mi propio terreno fue una labor delicada, pero sembrar en terreno ajeno resultó aún más difícil, porque rendí cuentas de cada paso. Comprendí que la labor de maestra es ardua y titánica; sin embargo, trabajar con amor y pasión me dejó una profunda satisfacción al servir con humildad, honestidad y dedicación. Todo comenzó cuando, en la colonia PRD, un grupo de personas impulsó un proyecto escolar para brindar educación básica ahí, ya que la localidad se encontraba a treinta minutos del centro de Chilpancingo. Al ser una colonia recién fundada, no había servicios educativos aunque los necesitaba. El 17 de agosto de 1998, la Secretaría de Educación de Guerrero, por medio de la Subsecretaría de Planeación Educativa, autorizó oficialmente la fundación de la Escuela Secundaria “Heberto Castillo Martínez”, CCT 12DES0226A, y en octubre me incorporé como directora.

Inmediatamente me integré con los padres de familia al trabajo de gestión. Comenzamos en una casa particular, donde improvisamos aulas. Junto con alumnos y padres de familia preparé mezcla y habilitamos espacios; mientras tanto, las actividades cívicas y culturales se realizaron en la calle. La necesidad fue mucha, así que gestioné apoyos con el comité. Registrar en los oficios “Colonia PRD” representó un obstáculo constante; aun así, siempre fui insistente para lograr mis objetivos. Logré la donación de una hectárea de terreno; no obstante, surgió un supuesto dueño que presentó demandas y emprendió una campaña de desprestigio en mi contra; incluso se giró una orden de aprehensión contra mí. Enfrenté la situación con firmeza y finalmente se resolvió el conflicto. Recuperamos el terreno y en 2001 inauguramos el edificio escolar. Esto se logró con la organización de tres etapas de construcción en las cuales se incluyeron también canchas, un aula de medios, una cooperativa escolar y varios bebederos; además, firmé un convenio con la Cruz Roja Internacional para establecer un dispensario médico en beneficio de la comunidad escolar.

" Disciplina, amor y respeto "

Irene de la Torre Alberti

Era un libro hermoso, con el cual no sólo aprendí a leer de corrido, sino también disciplina y respeto en todos los ámbitos: académico, familiar y cívico. Sus lecturas eran cortas e ilustradas, enfocadas en la vida escolar, los valores familiares y el amor patrio. Nos enseñaban a ver lo bonito de ir a la escuela, la importancia de cada uno de los miembros de una familia y la conducta que se esperaba de ellos, así como el conocimiento del territorio y las tradiciones de mi gran país, México. Todo ello mediante narraciones cortas, poemas y fábulas. Las lecturas que recuerdo son “El primer día de clases” y la fábula “Amor maternal”, y el poema “La bandera” de Juan de Dios Peza. Nos hicieron memorizar este último para una ceremonia de los lunes: El verde, el blanco, el rojo, se han unido para escudar la tierra en la que has nacido, donde libres y en paz somos felices. El verde es el laurel de la victoria, el blanco, del honor limpia azucena; el rojo ¡ay! la sangre que en la arena regó el martirio y consagró la gloria.

Y ahora cuento un poco de la fábula. Se trataba de una zorrita que se distrajo siguiendo una agachona y perdió a su hijo. Desesperada, comenzó a buscarlo por el bosque preguntando a todos los animales. La zorrita describía a su hijo de color blanco, con hocico de ámbar, ojos azules, pelaje de terciopelo y patitas de seda. Un coyote dijo haber visto un zorrito prieto, legañoso, con orejas gachas, hocico sucio y muy flaco. La zorrita, al oír la terrible descripción, replicó entre sollozos: “¡Ese es mi hijo! ¡Para una madre no hay hijo feo!”. Y claro, tenía su moraleja: el amor maternal es incondicional y ve tanto la belleza como el valor en sus hijos por encima de cualquier defecto o circunstancia. Así, entre esas lecturas, la escuela, los amigos y los juegos fue pasando mi infancia.

"Al mejor esfuerzo"

Martha Alicia Gallegos Rodriguez

Guardo con especial cariño el documento que marcó el inicio de mi historia docente: mi nombramiento de maestra rural. Aquel papel oficial, que recibí con emoción y nerviosismo, me destinaba a una escuela primaria ubicada en un pequeño poblado rodeado de campos, caminos de tierra y casas sencillas, una comunidad donde la migración hacia Estados Unidos formaba parte de la vida cotidiana. Al llegar por primera vez, observé un patio amplio de tierra, aulas modestas y rostros infantiles en los que se mezclaba curiosidad con desconfianza. Me asignaron un grupo que había tenido constantes cambios de maestro y que mostraba inquietud, poca organización y escasa motivación escolar. Comprendí entonces que mi nombramiento no sólo representaba un puesto de trabajo, sino también un compromiso con esa comunidad. Entre mis alumnos estaba Brandon, quien repetía que su meta era terminar la primaria para irse a trabajar al extranjero, como lo habían hecho sus padres. Participaba poco, no entregaba tareas y parecía transitar la escuela sin expectativas. Recordé entonces el documento que me había llevado hasta allí y decidí honrarlo trabajando con paciencia y cercanía.

Conversamos en distintos momentos, establecimos pequeños acuerdos y celebré cada avance. En la escuela existía la tradición de otorgar un diploma al “Mejor esfuerzo”, y Brandon comenzó poco a poco a construir el camino para merecerlo: trabajaba en clase, cumplía tareas y se enorgullecía por sus logros.El día de la clausura recibió ese diploma mientras su madre, con lágrimas en los ojos, me agradecía que alguien hubiera creído en su hijo. Años después supe que había concluido la preparatoria. Hoy, cuando vuelvo a mirar mi nombramiento de maestra rural, comprendo que aquel documento no sólo me otorgó una plaza, sino la oportunidad de sembrar esperanza en un aula donde los sueños parecían lejanos. En esa escuela aprendí que ser maestra rural significa abrir caminos y confiar en que cada esfuerzo puede transformar una historia.

"Mis inicios como profesora"
Norma Gutiérrez Hernández
Tengo veinticinco años como docente-investigadora en dos programas académicos de la Universidad Autónoma de Zacatecas: la Licenciatura en Historia y la Maestría en Educación y Desarrollo Profesional Docente. Cuando comencé a impartir clases sólo trabajaba en licenciatura, que, por cierto, era el mismo programa del cual egresé. Recuerdo que en ese entonces éramos una planta docente de aproximadamente sólo nueve personas. En ese tiempo, el proyector de acetatos fue parte de mi primera historia como maestra, ya que era el recurso por excelencia que se utilizaba como apoyo didáctico. También existía el proyector de diapositivas, aparato que por lo general utilizaba sólo la profesora que impartía las materias de arte, así que la gran mayoría del colectivo docente usábamos el de acetatos. En la oficina de la Dirección, a donde pasábamos a firmar todos los días antes de entrar a clases, nos recibía la secretaria del programa y nos preguntaba: “¿Va a ocupar proyector de acetatos, maestra?”. Generalmente quienes llegábamos más temprano ganábamos el aparato, ya que sólo había unos cuatro. El alumnado también lo solicitaba cuando les tocaba exponer algún tema, o bien para compartir los resultados de sus investigaciones de proyectos o tesis, por lo que iban con la secretaria con antelación y lo apartaban. Emplear el proyector de acetatos implicaba un trabajo previo: primero, había que hacer los cuadros sinópticos, las síntesis, los resúmenes o los marcos conceptuales de los temas que se iban a compartir en la clase, los cuales hacíamos en hojas blancas tamaño carta (llamadas en ese entonces de máquina), o bien en una libreta profesional de raya. Después, íbamos a la fotocopiadora que estaba frente a la escuela y pedíamos que nos convirtieran a acetato los materiales.
De cada clase que yo impartía, recuerdo que tenía mi acervo de acetatos, ordenados de acuerdo con los contenidos de los programas, guardados en cartapacios y protegidos con cubiertas de hule. Los utilizaba todo el tiempo en las clases, las hacían más atractivas, porque se tenía la atención del alumnado al ver palabras, esquemas, gráficas o imágenes proyectadas, al menos más que cuando se utilizaba el pizarrón verde, porque todavía no había de los blancos con plumones, esos vinieron después. El proyector de acetatos fue parte de mi día a día en los primeros años que empecé mi vida laboral como maestra en la universidad. Al evocar esos tiempos vienen a mi memoria muchas cosas, situaciones y personas. El proyector de acetatos es significativo en esa etapa de mi vida, los noventa del siglo XX, cuando comencé a trabajar en el puesto que aún conservo. No sólo es cultura material, es parte de mi historia.

"El salón que nos vio crecer"

Marissa Benítez Ponce

Desde el momento en el que escuché la frase “servir a tu país” nunca he dejado de hacerlo, no he dejado de dar lo mejor de mi persona. Perfecta no soy, pero he logrado transmitir un mensaje oportuno a mis alumnos y padres de familia. La vida profesional de una mujer docente es muy particular, el cariño maternal que traemos de casa a nuestras aulas es inevitable. Cada año en el mes de julio suele ser complejo despedirnos de nuestros alumnos, pero, para no engañar al lector, hay niños y niñas particularmente especiales con quienes logramos una particular conexión, aquellos que particularmente sabemos que vamos a recordar por siempre, los que coloquialmente llamamos favoritos. Y precisamente en un mes de julio, pero de 2019, justo cuando la generación 2016-2019 se despedía de nuestra Secundaria Técnica Núm. 45, al despedirme de mi alumna Mariana, ella me entregó una pequeña carta, me dio un abrazo y me confesó que su vocación estaba en el servicio docente; que, gracias a mis clases, a mis palabras y a mis consejos ella estaba plenamente convencida de servir a la patria compartiendo conocimiento, clases, pero sobre todo valores y formando mejores ciudadanos.

Hace muchos años, treinta para ser exacta, tomé la decisión dentro de un salón de clases: ser maestra. Por una hermosa influencia de mi madre y mi abuelita, también maestras de profesión, mis dudas se aclararon, mis sentidos despertaron y mis ilusiones se encendieron para nunca más apagarse. Recuerdo bien ese día dentro de aquel salón de clases del colegio donde cursé mi bachillerato. Me encontraba despidiéndome de mi maestra de Historia, a quien siempre le tuve un particular cariño porque me recordaba precisamente a mi madre y a mi abuelita. No fue fácil despedirme de ella; lágrimas, risas, recuerdos, consejos y promesas de volver a vernos pronto alargaban ese momento tan especial para mí. Al llegar a casa y compartir tan emotiva despedida con mi madre, ella me aconsejó: “Sé lo que quieras ser, pero sé de corazón; hija, si tú crees que puedes servir a tu país desde un salón de clases, entonces ¡hazlo!”. No dudé ni un momento en tomar su consejo como parte de mis hoy firmes convicciones. Siempre me he considerado una mujer privilegiada por haber tenido la oportunidad de formarme profesionalmente como docente, pero siento más el privilegio por tener a mi madre, mujer de convicciones firmes, de creencias mesuradas y de responsabilidad y respeto innegociables, aunque también con un corazón lleno de dulzura y una boca llena de sabias y hermosas palabras que siempre han aparecido en los momentos en que mi fe y esperanza más lo necesitan.

Sin duda me despedí de Mariana diciéndole las mismas palabras que mi madre me dijo a mí unos años atrás: “Si estás convencida, ¡hazlo!”. Nos despedimos con un emotivo abrazo y con la promesa también de volver a vernos pronto, y justamente un par de días antes de recibir la convocatoria para compartir este microrrelato, coincidí con ella en algún lugar público y me compartió que está por concluir sus estudios profesionales en Educación… ¡Vaya satisfacción que he sentido al escuchar eso! El país puede cambiar, va a cambiar y debe cambiar. Ojalá el salón que nos vio crecer se vuelva tan pero tan inmenso que nos falte mucho tiempo para compartir estas hermosas historias…

"Los recuerdos plasmados en el pizarrón "

Isabel Guadalupe Sánchez Acosta

Recordando los inicios de la educación en mi familia, me voy a la localidad de las Vigas de Ramírez y veo el rostro de mi tía plasmado en el Palacio Municipal. Me enorgullece ver que desde ese tiempo ella con su labor de educar dejó una huella marcada donde la única forma de plasmar día a día los conocimientos era aquella pizarra giratoria, que daba el inicio y el final de los aprendizajes escolares. Mi abuelita, otra mujer que puso un gramo más de gusto por la enseñanza. Una joven alegre, meticulosa y ordenada que me enseño que todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance las ocupemos para enseñar y apoyar a los que nos rodean. Esas escuelitas que la vieron compartir en ese pizarrón giratorio tantos y tantos conocimientos. Esa herramienta del aprendizaje dentro de los planteles una pizarra giratoria. ¿Cuántas mentes brillantes?, ¿Cuántas personas importantes? Lograron aprender dentro de esas aulas. Sin tantas herramientas solamente observando esa pizarra llena de letras con una tiza en la mano de la señorita. Ese pizarrón era un puente de conocimientos más allá que un simple mobiliario. ¿Un signo? Un símbolo, una marca. En un tiempo donde la educación y su dinámica de enseñanza era distinta. ¿Cómo imaginar esas clases?, siempre se quedará en mi mente poder presenciar esos momentos. Estás increíbles mujeres dejaron una marca que paso de generación en generación.

Así llegamos a mi mamá, otra grande mujer con una trayectoria que siempre será una guía para lograr estar en esos espacios y querer superarme día a día. Dentro de la docencia de mi familia. Ella es alguien que con sus formas, aprendizajes y vivencias enseña desde el corazón y me mostró lo importante que es trabajar con niños recordando siempre que una palabra, una acción siempre marcara a mis alumnos tanto para lo positivo como no positivo. Cuando ella menciona esas épocas de su familia lo hace con nostalgia de ese tiempo, de los bonitos recuerdos y de cuánto aprendió de ellas. Mi motivación de ser docente fue tener en mis manos un pizarrón giratorio creado para mí, para mi escuelita de juego. Ese pizarrón miniatura me hizo pensar ¿Cuántas cosas se podían atrapar en un solo espacio? Ahí se marcaría cada día el aprendizaje. Cada vez que el gis tenía que marcar algo era un camino a la enseñanza. O imaginar que al girar los alumnos podrían saber de golpe que acababa la clase. Todo eso imaginaba al tener uno de ellos donde nació mi gusto por ser maestra. En mi escuelita de juego. Todo lo que está ahí inmerso en un sonido está marcado en un aroma. Como yo me lo decía, la imaginación te hacía pensar como niño que nuevas letras plasmara mi maestra en él.

"La puerta secreta "
Juana Hernández Maldonado
El microscopio escolar representó para nuestra generación una puerta secreta y mágica hacia un mundo invisible que despertaba asombro, curiosidad y emoción. Desde el primer momento en que lo colocaban sobre la mesa del salón o de la biblioteca, con su estructura metálica fría y su lente brillante, sabíamos que algo extraordinario estaba por suceder. Al formarnos para mirar por el ocular, en la fila de compañeros deseosos de llegar a él, platicábamos cómo sería estar frente a esa lente. Y mientras la maestra trataba de mantener el orden del grupo en aquellos momentos de impaciencia, nosotros ―aún con un ojo cerrado y el otro atento― descubríamos de qué manera las cosas más simples cobraban vida: una hoja se convertía en un paisaje lleno de venas verdes, un insecto parecía un monstruo diminuto y una gota de agua revelaba un universo de bacterias en movimiento. Además, ese instrumento nos enseñó a observar con paciencia, ya que había que ajustar la perilla con cuidado, mover lentamente la platina y enfocar una y otra vez hasta que la imagen dejara de verse borrosa. Por ello, cada descubrimiento era una pequeña victoria, pues no sólo veíamos, sino que comprendíamos que el mundo era más complejo de lo que imaginábamos.
Asimismo, compartir el microscopio implicaba turnos, comentarios en voz baja y miradas sorprendidas que reforzaban la convivencia. Por otra parte, el microscopio escolar despertó en muchos de nosotros el gusto por la ciencia, aunque fuera sólo un momento, debido a que nos hacía sentir exploradores, investigadores y aprendices de algo importante. Incluso su olor a metal y polvo, mezclado con el del salón, quedó grabado en nuestra memoria. En consecuencia, este objeto no sólo nos amplió la visión, sino que también fortaleció nuestra capacidad de asombro, la tolerancia y la empatía hacia los demás, características esenciales de la infancia ochentera.

"El arte de nombrarlas"

Diana Morales Galicia

Desde hace 17 años imparto las materias de Artes Visuales y Diseño y Creación Plástica; aunado a esto soy artista visual, lo cual hace aún más significativo lo que a continuación relato. En mi trayecto como docente y artista he aprendido que la historia no está completa si no la contamos con perspectiva de género dentro del salón de clases. Recientemente abordamos el muralismo mexicano, tema que vinculé con un proyecto escolar sobre los valores. Mi objetivo era rescatar conceptos como la justicia, la igualdad y la empatía, presentes en las alegorías de los murales pintados por los tres grandes muralistas mexicanos: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Sin embargo, decidí incluir intencionalmente a mujeres fundamentales: Aurora Reyes, Elena Huerta, Fanny Rabel y, por supuesto, María Izquierdo. El caso de María Izquierdo es emblemático para analizar la injusticia: a pesar de haber recibido un encargo oficial para pintar un mural, fue boicoteada por los tres grandes muralistas, pues, al cuestionar su capacidad técnica, lograron que se le retirara el espacio asignado.

Propiciar este pensamiento crítico en mis alumnas dentro del salón de clases es vital: descubrir la contradicción en artistas que pintaban alegorías de la justicia mientras ejercían exclusión hacia mujeres que se abrían paso en su carrera nos permite reflexionar sobre nuestro presente. Reivindicar a estas creadoras no es sólo un ejercicio académico: es un acto de justicia que reconoce a quienes abrieron brecha para nosotras en el arte y la docencia. Nombrar a estas artistas, visibilizar sus luchas y recuperar su obra es seguir abriendo brecha, es sanar la herencia y hacer justicia. Hoy, tanto docentes como artistas y alumnas seguimos escribiendo el arte desde el reconocimiento, la inclusión y la empatía. Porque, después de todo, la historia también se pinta con palabras; ése es, en esencia, nuestro arte de nombrarlas.

"Los sonidos de una banda escolar mixta a través del tiempo"

Susana Vargas Muñoz

Aún recuerdo cuando mi mamá me compró mis primeros golpes color rojo y la emoción que sentí cuando las sujeté con seguros; estoy segura de que quedaron chuecos, pero no me importó: me sentía feliz de saber que era integrante de la banda escolar de guerra de la secundaria. Cuando terminé mi educación secundaria, recuerdo que lloré de tristeza porque sabía que nunca más iba a ser integrante de otra banda de guerra y que difícilmente regresaría a visitar a mi querida escuela; y así fue, no me equivoqué. Ha pasado más de medio siglo y aún recuerdo con nostalgia mi participación en todos esos eventos en los cuales estuve presente. Me acuerdo de la cara de sorpresa de los integrantes de las otras bandas escolares de guerra, las pertenecientes a diferentes secundarias del municipio, quienes no podían creer que existiera una banda de guerra mixta en la que a las alumnas de aquellos tiempos se les diera la oportunidad de participar en una actividad que era predominantemente para varones, por eso debo decir con orgullo que yo fui integrante de la banda escolar de guerra de la Escuela Secundaria Experimental No. 31 Telpuchcalli, en Ciudad Nezahualcóyotl.

En la década de los setenta ingresé a la secundaria. Todo era nuevo para mí, pero dentro de todas estas novedades, la mayor fue saber que la banda escolar de guerra de la secundaria no solamente estaba integrada por varones, sino también por mujeres: desde ese instante quise participar en ella. Ingresé a la banda escolar de guerra en el segundo año de la secundaria. No es fácil describir la emoción que se sentía antes de cualquier evento. En cada desfile la banda escolar de guerra era la que iba hasta delante de la comitiva: su participación siempre marcaba el inicio y final de cada evento. Antes de participar en cualquier desfile escolar, una de las actividades más importantes era la limpieza de los instrumentos; por ejemplo, al casco del tambor, que era de latón o aluminio, se le tenía que sacar brillo. En esos momentos, más que limpiar el material del casco para abrillantarlo, lo que hacía era acariciar esa parte del instrumento, el cual ya formaba parte importante de mis actividades escolares. Cuando los instrumentos quedaban relucientes, el sol parecía ayudarnos, ya que daba destellos dorados a los cascos del tambor y a las cornetas recién lustradas durante nuestro paso en el desfile escolar. El uniforme que las alumnas utilizábamos en esos tiempos era un jumper color azul rey y un suéter color verde, pero lo que diferenciaba a los integrantes de la banda de guerra de la escuela de los demás alumnos eran los golpes colgados en las mangas del suéter, los cuales nos distinguían en cualquier parte donde estuviéramos, ya fuera dentro o fuera de la secundaria.

"Experimentos Fallidos "
Xesca Valentina Ramírez Hernández
Entonces, a un compañero se le ocurrió empezar a patear las bolas de algodón simulando jugar futbol con ellas, pero, al ser un niño de secundaria, no midió el riesgo que corría su uniforme de Educación Física y el fuego incendió su pantalón por unos instantes, hasta que otros compañeros lo apagaron arrojándole agua en los pies. La última anécdota dentro del laboratorio es muy breve y fue un suceso cómico. Ese día, como práctica de laboratorio, teníamos que preparar carne tártara para observar el funcionamiento de los conservantes naturales. En mi equipo preparamos la receta e incluso llevamos galletas para comerla. Todo salió muy bien, pero, al día siguiente, todos los integrantes del equipo faltamos a la escuela debido al malestar estomacal que tuvimos por la mala preparación de la carne.
Recuerdo aquel día de inicio de tercero de secundaria: para una práctica del laboratorio de Química, nos habían pedido llevar algunos materiales a fin de hacer un experimento con corrientes eléctricas o algo así. Durante esa clase, estábamos usando un vaso de precipitados con agua de la llave cuando justamente llegó uno de mis compañeros. Él era muy hiperactivo y, sobre todo, “llevado”. Una de sus acciones nos asustó a todos. En su experimento estaba usando cables y corrientes eléctricas; de pronto, tuvo la “maravillosa” idea de aventar unas pilas conectadas entre sí a un vaso de precipitados con agua, según él, para hacerla burbujear. Lo que consiguió fue que nos sacaran a todos del laboratorio apresuradamente por el peligro que aquello implicaba, y que ese momento se convirtiera en una historia cómica por el resto del año. Otra de las anécdotas memorables dentro del laboratorio fue a mediados de tercero, en un experimento acerca del fuego y su interacción con el alcohol y otras sustancias inflamables. En esa ocasión, la práctica consistía en prender fuego a bolas de algodón bañadas en alcohol y observar que no quemaban la piel si se tocaban por un breve momento.
"Mi primer libro escolar "
Náyade Soledad Monter Arizmendi
Cuando era niña, mientras jugaba en el cuarto de tiliches de mi casa, encontré un libro dentro de una caja. Tenía el lomo vencido y la portada desgastada por el tiempo. Aun así, se alcanzaba a leer que era un libro de Educación Cívica. Al hojearlo, me di cuenta de que en sus páginas predominaban dibujos de “héroes nacionales”. Sin embargo, me llamó la atención una única fotografía en blanco y negro: en ella aparecía una maestra enseñando operaciones matemáticas a sus alumnos. Recuerdo que le pregunté a mi mamá a quién pertenecía el libro; me dijo que era suyo. Me contó que lo usó cuando estudió la secundaria y lo conservó con mucho cariño, porque su maestra de civismo era su favorita. Con un tono nostálgico, me explicó que, por cuestiones económicas, no pudo continuar sus estudios después del bachillerato, de manera que la escuela dejó de ser parte de su historia. Tal vez ese libro estaba ahí para resguardar una parte de la historia escolar de mi madre. Pensar en ella cambió mi forma de mirarlo. No era sólo un objeto viejo, sino un pequeño tesoro de su paso por la escuela.
Años después, cuando tenía poco más de veinticinco años y sin haber tenido la intención de dedicarme a la docencia, terminé convirtiéndome en profesora de una secundaria pública. Allí volví a encontrarme con libros escolares. Algunos me resultaban familiares por haberlos usado durante mi trayecto en la educación básica; pero ahora era distinto, ya que debía emplearlos para enseñar. Hasta entonces recordé el libro que mi madre me había regalado años atrás. Lo busqué en casa y lo encontré. Ahí estaba, intacto, quizá un poco más amarillento y con un aroma particular. Lo abrí y, esta vez, miré sus imágenes y sus palabras con otros ojos, no los de la niña, sino los de la profesora en la que me había convertido. Comprendí que, por medio de aquel libro escolar, se había tejido una historia compartida, la mía y la de mi madre, atravesada por la escuela. En una había una trayectoria interrumpida; en la otra, una que, sin haberlo previsto, me colocó en el mismo lugar que la profesora de la fotografía, aunque en una época distinta. Así, nuestro libro no trataba únicamente de temas sobre civismo, sino que también hablaba de nosotras, de nuestra presencia en y a través de la escuela, incluso cuando no somos nombradas.

El recuerdo de mi llegada a la secundaria

Vianey Narváez Morales

Sentí emoción. En ese momento el edificio rugió con el característico sonido de las escuelas: risas, voces encimadas, movimiento, instrucciones precisas entre el barullo. —Soy la profesora Vianey. Traigo mi orden de presentación: he sido asignada a esta escuela. Con precaución, como es debido, me hicieron esperar y unos minutos después volvieron a abrir para dejarme pasar. Lo que mis ojos vieron al pisar por primera vez ese edificio lo llevaré por siempre en mi memoria: un patio central al estilo colonial con arcos y pilares que delineaban salones con altos ventanales de madera y paredes con talaveras de flores amarillas. Unas escaleras amplias y un regio auditorio me dieron la bienvenida, ¡nunca había soñado con estar en una escuela tan histórica y bella! Hoy, a poco más de 8 años de enseñar allí, cada día que toco el león de la aldaba me reconozco afortunada.

Era 2017. Caminé por la calle Madero hasta la explanada de la Alcaldía Tlalpan, allí admiré su bello zocalito y seguí caminando hacia las calles Moneda y Juárez. “Moneda 13” decía el papelito que me dieron al firmar contrato en la Coordinación, la cual aún estaba en Izazaga 99. Seguí caminando: un parque, una torre… Pero al topar en la calle Juárez con un edificio bien plantado con sus más de trescientos años de historia, contornos y grabados en bajorrelieve, dudé. ¿Me había equivocado de dirección? Me paré frente a las inmensas puertas de madera y miré de frente al león del picaporte que resguardaba ese edificio, levanté la aldaba dorada y toqué dos veces: fuerte, segura y emocionada. Me abrieron la puerta y me miraron esperando que explicara el motivo por el cual estaba allí. —¡Buenas tardes! ¿Ésta es la Secundaria 29 Don Miguel Hidalgo y Costilla? —Buenas. Sí, ¿qué se le ofrece?

"Nuestra red social"

Juana Hernández Maldonado

El chismógrafo fue ese pequeño tesoro que todos guardamos, sin duda, representó la red social más auténtica de los años ochenta. Cuando empezaban a hacer estragos las hormonas en nuestros pequeños cuerpos, se descubrían pensamientos secretos, ya que en una simple libreta se concentraban confidencias, emociones y descubrimientos propios de la niñez y adolescencia. Desde ver la portada, adornada con plumones, recortes y calcomanías, sabíamos que ese objeto guardaba información valiosa. Cada hoja, decorada con una característica individual, como el de la manita que escribía en él, contenía preguntas escritas a mano sobre gustos ―“¿qué te gusta comer?”, “¿quién te gusta del salón?”―, miedos, travesuras, datos personales ―direcciones, teléfonos, edades, signo zodiacal― y, sobre todo, acerca del niño que nos hacía suspirar. Además, el chismógrafo circulaba de mano en mano, era una libreta rotativa ―ji, ji, ji, ahora lo sé― que generaba expectativas y nerviosismo, pues nunca sabíamos qué escribirían los demás sobre nosotros. Sobre todo, ignorábamos en qué momento o quién nos iba a pasar esa libreta, ya que la maestra no debía ver ni saber de su existencia. Al leer las respuestas, sentíamos emoción, vergüenza o alegría, y así se fortalecían amistades y confidencias, al igual que chismes y conflictos personales.

Asimismo, escribir en el chismógrafo implicaba sinceridad, pero también juego, ya que muchas veces exagerábamos o escondíamos sentimientos. Como en todos los tiempos, algunos hacían trampa para que les pasaran más rápido el chismógrafo; en ocasiones ofrecían dulces o artículos escolares. Por otra parte, este objeto reflejaba la necesidad de comunicarnos y pertenecer, pues no existían celulares ni redes digitales. En consecuencia, el chismógrafo se convirtió en un espacio íntimo y colectivo al mismo tiempo. Así, más que una libreta fue un testimonio emocional de nuestra generación, donde quedaron plasmadas risas, ilusiones y primeras experiencias afectivas.

"El ABC y las palabras"

Adriana Ramos Sigala

No recuerdo bien la posición del cartel en mi escuela, pero esas letras han sido magia. Magia porque la vida nos da las herramientas para brillar a la distancia. Una de ellas es el abecedario para construir palabras. Cada letra resuena en mi mente porque con ellas aprendí a comunicarme por medio de cartas y mensajes. El abecedario implicó aprender desde cero, cumplir retos, destruir miedos, lograr hazañas y aprender a forjar el futuro que hoy tengo. Recuerdo el día que decidí escribir y gané un concurso de escritura en la primaria. Eso significó mi primera victoria. Quién diría que hoy por hoy podemos enviar un sinfín de mensajes para comunicarnos y decir lo que sentimos. Aprendemos desde cero y al comenzar decidimos que ese abecé nos acompañará toda la vida para lograr victorias, escribir cartas, despedirnos y, ¿por qué no?, gritar que la educación es la obligación más bonita desde que somos niñas y niños para lograr ser una humanidad de bien que pueda ayudar al mundo a lograr sus sueños, aprendiendo a escribir, leer y soñar con el abecé de las palabras. No recuerdo dónde estaba el cartel abecedario en mi escuela, pero recuerdo sus letras todos los días porque con ellas comunicamos al mundo lo que sea.

Las letras se inventaron en el pasado y fueron utilizadas por personajes o culturas de renombre. Aunque esto es importante, lo es más el sentido que cada uno como alumno les dio, les da y les dará a sus frases cotidianas para comunicarse y lograr la evolución del mundo a cada paso que dé. No recuerdo bien dónde estaba el cartel abecedario en mi escuela, pero recuerdo bien que fue el inicio para aprender a forjar el futuro que hoy tengo, lo que ahora me ayuda a darles sentido a todas las palabras y, más aún, poder amar con palabras.

"Tiempo de escuela"

Marina Vega González

“Siete de la mañana, veinte minutos: siete veinte…” Ésta era la música que dictaba el ritmo de las mañanas escolares de los años ochenta. En un departamento de la colonia San Rafael de la Ciudad de México, tres pequeñas se aglutinan en un cuarto minúsculo contiguo a la cocina que es la habitación de la abuelita. Entre bostezos y risas, la voz de fondo emerge marcando los pasos de la rutina diaria: primero la falda azul marino, ahora la blusa blanca, siguen las calcetas largas, los zapatos negros, el suéter, alguna mano ayuda a alisar el cabello, a poner el moño… “Siete de la mañana, treinta minutos: siete treinta…” Los minutos no se detienen. La abuela y la madre preparan chocolate y huevos tibios, los sirven en un platito hondo y les ponen una pizca de sal. “Siete de la mañana, treinta y cinco minutos: siete treinta y cinco…” Éste era el comenzar de los días de mi primaria temprana, en casa, bajo el abrigo materno, el de mi abuela y el de mis hermanas: era un tiempo y un espacio cálido, íntimo y exclusivamente femenino. Sólo aquella voz… “Siete de la mañana, cuarenta minutos: siete cuarenta…” se colaba en la escena sin provocar recelo. Era el reloj parlante que se transmitía en vivo desde la radiodifusora a todo México. Era nuestro reloj de pared puesto a la hora según el Observatorio Nacional.

El tictac, tictac, era reemplazado por esa voz masculina que marcaba cada minuto, seguida por una letanía dictada muy de prisa que anunciaba los productos de los patrocinadores. “Siete de la mañana, cuarenta y cinco minutos: siete cuarenta y cinco…”, esa voz indicaba la hora de salir, por lo que nos apuraba hacia la puerta, hacia la escuela, hacia el día. Hoy, un reloj de pared decora la cocina de mi casa, silencioso y sin gran presencia. Mis hijos, ya con uniforme, llenan sus vasos, toman su lonchera y le echan un ojo al reloj: no confiamos en su exactitud, por eso no podemos evitar consultar un teléfono inteligente que, sin palabras, nos marca los minutos y nos apura hacia la puerta, hacia la escuela, hacia el día.

"El salón que me enseñó a enseñar"

Yenni Sabino Vidal

En el año de 1998, en una secundaria general federal del estado de Puebla, ingresé por primera vez al salón de clases como docente: yo era una recién egresada de la Escuela Normal Superior del Estado de Puebla. Recuerdo que al abrir la puerta me encontré con más de cuarenta estudiantes de primer grado mirándome con curiosidad. El salón era amplio, con paredes desnudas y muy blancas, un pizarrón verde al frente y pupitres antiguos alineados que parecían desafiar mi inexperiencia. Sentí miedo, pero también una profunda emoción por estar ahí como docente de nuevo ingreso. Aquel espacio se convirtió en mi primer reto. Golpeé suavemente el borrador contra el pizarrón para llamar la atención y, cuando logré el silencio, comprendí que el salón no era sólo un lugar físico: era el escenario donde se construirían historias y aprendizajes. Decidí transformarlo. Decoré las paredes con letras grandes, fragmentos de cuentos, canciones populares e imágenes coloridas. Coloqué juguetes tradicionales como rehiletes y trompos que despertaron preguntas y sonrisas. Poco a poco, el ambiente cambió y logré la atención de aquellas niñas y niños inquietos.

El salón de clases dejó de ser un espacio frío y se volvió un territorio compartido. Allí aprendí que enseñar no consistía únicamente en explicar contenidos, sino en crear condiciones para que la curiosidad floreciera. Con el paso de los años confirmé que aquel primer salón me enseñó a escuchar, a observar y a confiar en mi vocación. Cada pared, cada pupitre y cada mirada juvenil formaron parte de mi identidad docente.

"Al ritmo de la campana"

Juana Hernández Maldonado

La brillante campana escolar, hecha de bronce ―según creo― con su listón colgado del báculo, marcaba el ritmo de nuestra vida cotidiana con un sonido metálico, fuerte y penetrante que se escuchaba en toda la escuela. Desde temprano, su sonido anunciaba el inicio de la jornada y nos obligaba a apresurar el paso, sobre todo cuando íbamos atrasados para la entrada escolar, llegar a formar filas e ingresar al salón: en otras palabras, para empezar la jornada escolar diaria. Era imposible ignorarla, pues su eco se colaba en cada rincón para imponer orden, emoción y rutina. La campana, además, tenía el poder de transformar las emociones, ya que, según el momento ―mañana, medio día o tarde― podía generar prisa, nervios o alegría. Cuando sonaba para el recreo sabíamos que ya era tiempo de jugar y alimentarnos, por eso provocaba sonrisas instantáneas y carreras desordenadas hacia el patio; en cambio, cuando marcaba su fin, despertaba suspiros, despedidas apresuradas y muchas veces frustración por el juego que se quedaba pendiente, pues debíamos volver al aula. Asimismo, al marcar la salida, su sonido se sentía como una liberación que anunciaba el regreso a casa para ver a nuestra familia, hermanos y padres, quienes nos esperaban con una rica comida.

Por otra parte, la campana enseñaba disciplina sin necesidad de palabras, ya que todos aprendíamos a obedecer su llamado. En consecuencia, se convirtió en un símbolo de orden, pero también de anticipación, pues cada timbrazo traía consigo una emoción distinta. Incluso su sonido particular quedó grabado en la memoria, al punto de poder reconocerlo aun con los ojos cerrados. Así, la campana escolar no solo marcó horarios, sino también recuerdos armoniosos y nostálgicos, ya que su eco sigue resonando como parte esencial de nuestra infancia y nos trae a la mente a nuestros amigos, nuestras familias y las emociones sentidas en aquellos momentos, lo cual nos recuerda el tiempo compartido, la rutina de la escuela y los momentos que dieron forma a nuestra historia escolar.

"El baúl de los recuerdos"

Mónica Juárez Sánchez

En 1986 sucedió algo impactante para nuestro país: el segundo mundial de futbol. Este evento durante meses dio de qué hablar. Mientras tanto, para mí ese año marcó el final de una etapa radical —sin referirme a la película—: por una parte, finalizaba la educación básica en la Escuela Primaria Miguel de Cervantes Saavedra de la localidad del Salto, municipio de Zinapécuaro, Michoacán; y por otra, experimenté el giro de 180 grados que implica vivir en otro estado. Conocer y compartir con mis abuelos maternos fue hermoso y triste porque no los volví a ver, pero también fue difícil cambiar lo que conoces en el Estado de México por casi dos años en Michoacán. ¿A qué me refiero? A jugar y disfrutar la infancia. Cada niño y niña, aun con los pros y contras que la vida nos puso, disfrutamos nuestra niñez. Yo lo hice jugando avión, correteadas, bote, escondidas, quemados… juegos que yo conocía. En esa primaria cursé quinto y sexto grados, y ahí aprendí a jugar voleibol, Veracruz y resorte. En este último juego uníamos cinco metros de elástico con puntadas pequeñas para que no se saliera y luego dos niñas lo estiraban, atrapándolo entre sus piernas, para formar un rectángulo mientras otras hacían fila para pasar una por una. En este juego había una secuencia a la que llamábamos el inicio, la cual consiste en saltar dentro, luego pisar ambos extremos largos y, para finalizar, las piernas deben estar en medio de cada lado del resorte, y juntar ambas piernas al tiempo que se suelta el resorte para “salir”; si el resorte se sale de algún extremo pierdes y debes formarte de nuevo para esperar tu turno. Para nosotras éste era un juego de competencia porque queríamos ver quién saltaba más alto; además, tenía distintos niveles de complejidad definidos por la altura a la que se colocaba el resorte: si se colocaba a la altura de los zapatos era el primer nivel; en los tobillos, el segundo; en la pantorrilla, el tercero, y así hasta llegar a la cabeza, en donde lógicamente ya no podías saltar, sino que entrabas haciendo los movimientos antes mencionados, pero ahora con las manos o la cabeza.

Memorizábamos varias secuencias. Recuerdo más de una, como la de “cerillo”, cuya única diferencia a la antes mencionada era que frotabas un pie en el piso en cada movimiento que hacías, y me acuerdo de muchas más, como “el raspador” o “el salto”… en fin, tantas como la creatividad lo permitía. Era divertidísimo cuando se te soltaba el resorte. Los niños nos escuchaban reír tanto que algunos se animaban a intentarlo. A varios, sin terminar las secuencias y niveles, se les hacía aburrido el juego y se iban; nosotras, en cambio, pasábamos tardes enteras jugando en los patios de las escuelas, o jugábamos en la casa de una o de otra. Con nostalgia recuerdo a Mari, mi prima Hortensia, Cecilia, Rocío, mi hermana Irlanda y Lupita, con quienes pasé horas jugando. Si Jani, Mari, Rosi o alguna prima o amiga de esa primaria conoce y jugó este juego, recordemos las variantes y escribámoslas esperando que las nuevas generaciones quieran jugarlo, pues era tan divertido que dejábamos de jugar por el cansancio o porque oscurecía, no porque termináramos el juego o nos aburriera. Recuerdo esas hermosas tardes interminables jugando resorte.

"La flauta que me hizo soñar"
Patricia Roa Valladares
+En el bello estado de Guerrero, en la ciudad de Iguala de la Independencia, que pertenece a la Región Norte ―cuna de nuestra Bandera Nacional―, se ubica la Escuela Secundaria Plan de Iguala, mejor conocida como ESPI. Fue por allá donde pasé tres años de mi adolescencia, entre 1986 y 1989, y fue el escenario donde comencé a comprender quién era y quién quería llegar a ser. Mi padre me llevaba diariamente por las mañanas a la escuela en su bicicleta, yo iba aún somnolienta en esos recorridos. En esos tiempos los días me parecían eternos y las noches muy cortas, pues con las múltiples tareas que teníamos que hacer a veces el cansancio pesaba más que los libros; aunque siempre iba con la convicción de superarme. Venía de un hogar humilde; mis padres me decían que cada logro implicaba esfuerzo y cada meta requería sacrificio. Ya en clases, de entre todos los maestros que me tocaron, hubo uno que me marcó profundamente: mi profesor de música, Fidel, a quien la mayoría de los alumnos apodaba el Cangrejito. Decían que lo llamaban así porque era de la Costa Grande de Guerrero. Fue él quien puso en mis manos una flauta dulce y sembró en mí una nueva forma de mirar la vida. Mis pininos con la flauta eran al principio sonidos torpes, desafinados, casi tímidos, como yo, pero el maestro Fidel nos enseñó que cada nota requería práctica, disciplina y confianza.
Más allá de enseñarnos las posiciones de cada nota y leer partituras, nos enseñó algo mucho más valioso: que nuestras circunstancias no determinan nuestro destino. Él mismo nos decía que venir de un hogar humilde no era una desventaja, sino una oportunidad para demostrar de qué estábamos hechos, pues él tenía los mismos orígenes que la mayoría de la gente provinciana tenemos. Cada ensayo era una lección de perseverancia. Si una nota no salía, se repetía; si una canción parecía difícil, se dividía en partes hasta dominarla. Así entendí que la vida funciona igual: paso a paso, esfuerzo tras esfuerzo. La flauta dejó de ser para mí sólo un instrumento escolar y se convirtió en símbolo de disciplina, esperanza y superación.
"Memorias de mis cuadernos de matemáticas de secundaria"
Beatriz Marcela Millán
El siguiente año, en segundo, todo cambió. El maestro ahora no era claro; el grupo jugaba todo el tiempo; nadie entendía qué quería explicarnos, y en nuestro cuaderno no escribimos nada congruente. ¡Y eso que estábamos viendo lógica! Empecé a preocuparme y a leer para tratar de entender el libro. No logré mucho; pero, para mi sorpresa, pasando ese tema había algo mucho mejor: las ecuaciones que representan rectas en el plano cartesiano. Mi asombro llegó al máximo. ¿Cómo podía una ecuación representar una recta y tan sólo con verla sabíamos si la recta iba inclinada hacia un lado o hacia el otro; si era paralela o perpendicular a otra; si iba horizontal o si pasaba por el origen? Nuestro cuaderno empezó a llenarse de planos cartesianos con rectas. Primero aprendimos a dibujarlas con sustituciones; después, a encontrar el punto de intersección entre dos de ellas. Y ahí empezó la dificultad. No aprendimos mucho en ese curso. Llegamos a tercero y el maestro fue todo un gran profesor, serio, formal, muy claro y todo lo que nos enseñaba era nuevo. Decía que ya debíamos saber álgebra, pero no sabíamos nada. La aprendimos. Primero nos dictaba y escribíamos lo conceptos en el cuaderno; después lo explicaba en el pizarrón; luego resolvíamos un ejercicio en el cuaderno y finalmente alguien de nosotros pasaba al pizarrón. Así, día tras día, pasamos del álgebra a la trigonometría, del teorema de Pitágoras a los logaritmos, a usar las tablas matemáticas y a interpolar. Calculamos la función seno a partir de un triángulo y la graficamos en nuestro cuaderno al cual pegamos una hoja milimétrica. Sin perder un sólo día de clase, terminamos muy competentes en esa materia —una de mis favoritas—. Y así recuerdo mi secundaria con mis cuadernos de matemáticas, que, aunque no conservo físicamente, los llevo en mi memoria con nostalgia y con cariño. Todo lo que ahí escribí —conceptos, ejercicios y dibujos, así como equivocaciones, errores y lo que no entendí— forma parte de mis recuerdos, esos que han estado presentes en ciertos momentos de mi carrera universitaria y, en ocasiones, en los cursos que imparto. Los cuadernos de matemáticas forman parte del legado que transmitimos, de la herencia del conocimiento matemático de nuestra civilización.
Llegar a la secundaria era toda una expectativa. ¡Tendríamos un maestro para cada materia! Y así empezó el primer día con nuestra clase de Matemáticas. Nuestra maestra era seria, clara y paciente; explicaba muy bien y nos ponía ejercicios en el cuaderno todos los días. Al contrario de lo que yo esperaba —que los temas fueran difíciles—, todo era sencillo. El primer tema se trató de conjuntos y la manera de representarlos era dibujando óvalos que encerraban sus elementos: podían ser cosas, animales, números o lo que quisiéramos. Y ahí estaba lo bonito: en el cuaderno nos esmerábamos en hacer dibujos simpáticos y las uniones e intersecciones las pintábamos de colores. Después aprendimos a usar los símbolos matemáticos que los representaban. Pese a todo, no era difícil. Nuestro grupo trabajaba en silencio y muy ordenado. Casi al final de la clase, la maestra pasaba a revisar y nos ponía una palomita si todo estaba bien. Recuerdo que entonces aprendí el concepto de infinito. “Aquellos conjuntos cuyos elementos no puedes contar son infinitos”. Por ejemplo, el conjunto de todas las estrellas del universo ¡era infinito! ¿Quién iba a poder contarlas? Pero había veces que dudaba. Era difícil decidir si, aunque podíamos no contarlos, en realidad eran finitos. ¿Qué es el infinito? Para no pensarlo mucho poníamos puntos suspensivos. Además, en ese curso tuvimos otro cuaderno, uno de cuadrícula chica donde coloreábamos los cuadritos haciendo figuras que repetíamos en renglones y luego el renglón se repetía abajo formando toda una página coloreada. ¡Vaya! Otra cosa rara. ¿Para qué hacíamos tal cosa? Nunca lo entendí, pero lo hacía gustosa. Ahora comprendo que lo que hacíamos eran patrones de repetición los cuales forman parte del concepto de simetría, algo ubicuo en la naturaleza, que además de ser bonito abarca muchas historias de matemáticos que han forjado las matemáticas modernas.
"El juego geométrico y los trazos que dibujaron mi destino"
Pricila Esther Rodríguez Trejo
Una mañana, mientras el sol se filtraba por las ventanas, el maestro me permitió usar el transportador gigante para explicar un problema a mis compañeras. En ese instante, al sentir el peso de la madera en mis manos y ver la atención de mis amigas, algo dentro de mí hizo bum. Entonces supe, con la certeza de un ángulo recto, que mi vocación era enseñar. Hoy, frente a mi propio grupo, guardo con cariño aquel recuerdo que me transformó de alumna a docente. Aquel juego geométrico no sólo midió distancias en el pizarrón, sino que trazó el puente hacia mi propósito de vida. La secundaria fue mi refugio y mi trampolín, el lugar donde aprendí que, con los instrumentos adecuados, cualquier sueño es posible de construir.
Recuerdo con una nitidez casi mágica aquel enorme juego geométrico de madera que colgaba junto al pizarrón de mi secundaria, la cual cursé entre 1998 y 2001. Era imponente: incluía una regla de un metro y un compás gigante que mi maestro manejaba con la precisión de un artesano. Para mí no eran sólo instrumentos de medición: eran las herramientas que daban orden al caos de mi adolescencia.Al observar cómo el gis blanco trazaba circunferencias perfectas y ángulos exactos, yo sentía una fascinación profunda que iba más allá de las matemáticas. En ese salón, entre el aroma a tiza y las risas de mis compañeras, comprendí que la escuela era el lienzo donde podía diseñar mi propio futuro. Aquellos años fueron los mejores de mi vida, pues en la secundaria encontré la voz y la confianza que no sabía que tenía.

"El Aroma De Piel"

María Magdalena González Neri

Ante la resonancia de una economía quebrada por situaciones que el destino nos depara, el aroma a pura piel era un lujo olfativo, un recordatorio sensorial de una diferencia económica que no me alcanzó para tener una mochila de cuero. Cuando me tocó ingresar a primero de primaria, mi madre se negó a comprarme esa mochila, argumentando que era “para niños” —¿un pretexto piadoso de la escasez económica de mi hogar o una convicción genuina sobre la estética de género? —; entonces, la mochila de cuero de mi tía se convirtió en un objeto de deseo que no pude tener. En el universo infantil y femenino, los objetos nos definen, nos distinguen y, a veces, nos niegan oportunidades. Esta mochila de cuero, más que una descripción de material y compartimentos es el testimonio de una aspiración temprana de querer ser como mi tía —fuerte, inteligente y noble—, portando un objeto digno que resistiera la prueba del tiempo y de la memoria. Es un eco sentimental que nos recuerda cómo la calidad y la belleza de un objeto escolar pueden volverse el símbolo inamovible de un sueño educativo que inspira a conseguir lo que deseas.

“¡Qué bonita se ve mi tía con esa mochila…!”. Hay objetos que marcan el paso de una vida. Para la niña que fui, ese umbral olía a cuero curtido, “a piel”, como yo le decía. No se trataba de una simple bolsa para llevar libros; la mochila de mi tía, con su estructura firme y de color miel, era la emisaria de la educación formal y, más sutilmente, de una promesa que se cumpliría en el futuro. Yo miraba a mi tía, recién ingresada a la primaria, y veía cómo día con día se transformaba. El acto de colocarse las correas de esa mochila de “alta gama” (como yo la imaginaba) no era sólo cargar el peso de un cuaderno y un libro mágico; era asumir un rol de estudiante responsable muy interesante. Era el peso dulce de la autonomía femenina. Ella se iba y volvía con ese objeto que, según ella, era “cómodo”, a pesar de no estar acolchado y tener una sola capa de piel resistente. Ese recinto femenino, la mochila de cuero de los años 70, con sus hebillas y broches ajustables, sugería orden y cuidado. Era un estuche robusto donde mi tía guardaba no sólo gomas y sacapuntas en sus bolsillos frontales, sino también la meticulosidad que se exigía a las niñas en la escuela. Yo la observaba en su ritual diario: llegar a casa, dejar la mochila de cuero en un rincón de la sala y, después, tomarla por el asa superior para llevarla a la “mesa de tareas”. Esa correa de mano simbolizaba la facilidad con la que una niña debía tomar su educación en sus propias manos. Era un objeto de posesión y responsabilidad que la vida esperaba que algún día portáramos, como los portafolios y los maletines que, de alguna forma, nos llevarían a ser médicas o ingenieras petroquímicas.

"De Josefa Ortiz de Domínguez a Josefa Ortiz Téllez-Girón"

Ana María Reyes Camacho

Hablar de biografías escolares evoca en mi memoria un escenario en el que la conectividad a internet no era parte de nuestro contexto. En mi localidad, cuando de buscar información se trataba, nuestro referente más cercano era la tiendita de la esquina, donde podíamos encontrar mapas en blanco y negro, y no podían faltar las biografías escolares, ¡sí!, esas con un marco azul que la señora tenía en una cajita. Pero ¿cuál fue el impacto de las biografías en mi formación como mujer? Recuerdo que en fechas históricas, como el aniversario del inicio de la Independencia de México y de la Revolución Mexicana, nuestros maestros nos encargaban de tarea las biografías de diferentes personajes, en su mayoría de hombres. Ante esto, me intrigaba por qué no prevalecían los nombres de mujeres, qué pasaba con ellas… Parecía que su participación no había sido significativa y por eso sus nombres no eran frecuentes en la escuela, mucho menos en la tiendita. Tal parece que lo que se menciona en la escuela resuena en el exterior y que eso determina lo que más se debe vender.

Sin embargo, lo anterior no era motivo de desánimo para dejar de interesarme en conocer más de la vida de esas mujeres que lucharon por destacar en la sociedad. Una de ellas fue doña Josefa Ortiz de Domínguez. Me preguntaba por qué debía llevar el apellido de su esposo. ¿Acaso su trayectoria no era suficiente para ponerse en alto con su nombre y apellidos, sin incluir los de su esposo? En mi mente se quedaba el mensaje de que era una etiqueta para definir de quién era propiedad. En 2025, vinieron a mí a esas reflexiones cuando la presidenta de México reivindicó el nombre de esta gran heroína: Josefa Ortiz Téllez-Girón, destacando su participación en la Independencia, sin tener que tomar como referente el apellido de su esposo.

"La caja de crayones"

Elda Patricia Gloria Maldonado

En el ámbito familiar, la caja de crayones aparecía en momentos de silencio compartido: tardes largas, mesas cubiertas de hojas y adultos conversando en voz baja, mientras los niños dibujábamos nuestro propio refugio. El sonido del crayón sobre el papel era constante y tranquilizador, semejante a una melodía que no requiere palabras. Esta experiencia evoca el mensaje de la canción “Color Esperanza” de Diego Torres (2001), en la que mirar la realidad desde otra perspectiva se convierte en un acto cotidiano de resistencia. Hoy, rodeada de pantallas y teclados, comprendo que aquellos crayones fueron mis primeras herramientas narrativas. Gracias a ellas aprendí que crear no exige perfección sino intención. Como señala Pablo Neruda (1954), el juego es una forma seria de habitar el mundo. La caja permanece en la memoria: gastada, incompleta, pero luminosa, recordándome que alguna vez bastó un color para decirlo todo.

La caja de crayones llegó a mi vida antes que muchas palabras. Era pequeña, de cartón desgastado y guardaba en su interior un desorden amable: colores sin tapa, puntas chatas y fragmentos de crayones que sobrevivían gracias al papel que los envolvía. No era una caja perfecta, aunque sí suficiente para nombrar el mundo cuando todavía no sabía hacerlo con frases completas. En la infancia, dibujar era una forma de contar historias. Con los crayones inventé casas imposibles, familias con más sonrisas que rasgos definidos y paisajes en los que el cielo podía ser verde sin que nadie lo cuestionara. Como en Intensamente (Docter y del Carmen, 2015), los colores parecían tener emociones propias y cada trazo era una manera de sentir sin necesidad de explicaciones. El rojo representaba la alegría; el azul, la calma; el negro, el miedo que aún no sabía pronunciar.

"Cuando las mujeres sostienen a otras mujeres"
Rubí Esmeralda Rivera Garay
Recuerdo con nostalgia y esperanza mis clases de mecanografía en la Secundaria Federalizada No. 64, José Vasconcelos, en Coyotepec, Estado de México. Esa clase la compartí con Vanessa, compañera de aventuras, de descubrimientos, de risas, de lágrimas, de aprendizaje tanto de la vida como de la propia escuela. En la secundaria se quedaron metas cumplidas y también algunos duelos que quizá no supimos nombrar hasta que nos convertimos en adultas: duelo por la infancia y emoción por lo que significaría ser adultas. Han pasado poco más de veinte años y Vanessa sigue presente en mi vida, su espíritu de lucha, su humildad y su energía pareciera que siguen intactas al igual que su risa estruendosa. Ahora ella es mamá y está en España, sin embargo, me sostiene su ímpetu, a distancia. La maestra Genoveva de Mecanografía está presente en mis recuerdos como una mujer firme, detallada y también justa. Si bien esa máquina de escribir la volví a utilizar en contadas ocasiones, ella sentó las bases para que hoy pueda escribir sin ver el teclado, y ahora lo hago en el trabajo, en mi activismo por los derechos humanos de otras mujeres.
Recuerdo también a la maestra Ernestina, la profesora de Inglés, que podría parecer exigente pero que también tenía un corazón muy lindo, una palabra de aliento, una forma de motivarte. Volteo hacia esa etapa y hoy, siendo una mujer adulta, reflexiono que, sin saberlo, mi amiga Vanne y mis profesoras de educación básica me sirvieron de inspiración y sentaron las bases para que hoy me nombre feminista. La educación y la sociedad han sido históricamente sostenidas por otras mujeres, mi apuesta se dirige ahora a lograr sostener a otras, como las mujeres de mi vida me han sostenido: con amor que construya libertad y autonomía.

"Un libro para todos"

Edith Becerril Andrew

La persona entrevistada fue Edith Becerril Andrew, quien compartió su experiencia sobre la entrega y el uso de los libros de texto en la educación primaria a inicios de la década de los 2000. Ella explicó que al comenzar el ciclo escolar, se realizaba la entrega oficial de los libros de texto gratuitos para que los alumnos se los llevaran a casa. Los maestros solicitaban que éstos fueran forrados con papel y plástico, y que incluyeran los datos correspondientes a cada alumno: nombre, grado, grupo, nombre de la escuela y del docente. Este proceso tenía como finalidad fomentar el cuidado y la responsabilidad sobre el material escolar asignado. La mayoría de los libros permanecían dentro del aula, organizados en libreros que, desde el año 2000 —cuando yo estudié— hasta ahora, todavía existen en la institución. Los estudiantes sólo los utilizábamos durante el horario de clases y después los teníamos que devolver a su lugar. La excepción era el libro conocido como Atlas, el cual se conservaba en casa y, según recuerdo, el maestro casi nunca solicitaba llevar al salón ni lo revisaba con frecuencia.

Respecto a la dinámica de distribución de los libros de texto para el trabajo en la clase, recuerda que el docente designaba a un alumno para repartir los libros entre sus compañeros. Si el niño encargado no sabía leer, debía preguntar a quién pertenecía cada libro para entregarlo correctamente. Además, el maestro contaba con un libro propio que incluía las respuestas de las actividades, el cual utilizaba como guía para revisar los trabajos y apoyar el aprendizaje. Algo importante al utilizar los libros de texto en el trabajo de clase era que algunos docentes pedían a los alumnos que subrayaran las lecturas con color rojo y usando una regla.

"Cosas Que Marcan "
Alejandra Patricia Briseño Gómez
A las 9:00 de la mañana llegaba el momento más esperado: mi clase de Biología en el laboratorio. Me gustaba vestir la bata blanca, a la cual le pinté, con un plumón, mi nombre completo en la bolsa superior del lado izquierdo, anteponiendo la abreviatura “Dra.”. Por supuesto que me tocó regaño de mi madre, pero realmente me sentía empoderada. Recuerdo el tema: la célula animal y la célula vegetal. Usé el microscopio y con ello me adentré en un mundo fantástico. La emoción que sentía era genuina, me gustaba ver y dibujar lo que veía, supongo que era el descubrimiento de que haría lo que me motivaba.
La maestra sabía de mi gusto y me alentaba sembrando en mí la curiosidad para que yo terminara la práctica. Yo siempre echaba a volar mi imaginación y me veía en ese mundo, siendo parte de ello. Me conectaba con lo vivo. Los laboratorios de Física y de Química no me gustaban; eran tediosos y aburridos. Definitivamente, mi maestra encendió mi pasión y el gusto por la Biología; ella marcó la diferencia y yo agradezco mi paso por esa etapa tan complicada, porque para mí fue lo mejor que me pudo pasar, tanto que aún ahora la tengo presente después de casi 60 años.
"Adiós a la inocencia"
Sara Alva Fernández
Era la escuela unitaria de niñas, “la de las monjas”, como le decían en el barrio de La Villa, cerca de la Basílica de Guadalupe. Lo recuerdo como si estuviera sucediendo ahorita ante mis ojos. Pero fue hace mucho: apenas acababa de ingresar a la primaria. ¿Qué edad tendría? Quizá seis o siete años. En mi salón había niñas mucho mayores que yo, casi adolescentes. La maestra, un día, miró hacia donde nos sentábamos las niñas más pequeñas y nos indicó que saliéramos al patio de recreo, a una hora que no era la habitual. No nos explicó por qué. Nos miramos sorprendidas y quietas, sin saber qué hacer, hasta que la maestra repitió la misma orden, con más energía. Rápidamente nos movimos hacia la salida del salón. Sentimos los pasos de la maestra que seguía los nuestros con un taconeo seco. Sonó la puerta que, como estaba mal engrasada, chirrió un poco y se quedó emparejada. Supusimos que había decidido hablarles a las mayores de algo importante que no podíamos oír las niñas más chicas. ¿Qué sería? Nos picaba la curiosidad y, de nuevo, nos miramos extrañadas, sin apenas apartarnos del salón. Unos segundos después el grupo se fue disgregando; algunas echaron a correr y a saltar por el patio; otras se sentaron en unos bancos, cuchicheando; algunas, sin embargo, nos fuimos acercando a la puerta evitando hacer ruido.
La voz de la maestra se escapaba por la rendija que dejaba la puerta entreabierta. Al principio, no entendíamos nada, hasta que repitió lentamente una frase: “Los Reyes Magos no existen. ¡Los Reyes Magos son los…!”. A nuestra edad, eso sonaba tan extraño, tan increíble, que apenas podíamos intuir qué significaba. Aún no sé por qué, la puerta del salón se abrió repentinamente y, tras ella, la cara de la maestra enfurecida, que nos mandó a entrar en el salón. No recuerdo qué nos gritó. Estaba seriamente enojada. Nos alineó en una de las paredes –las niñas mayores nos observaban casi complacidas– y recorrió la fila, lentamente, hasta llegar a su mesa. Cuando pensamos que había pasado el peligro, agarró su palmeta de madera gastada y regresó hasta nosotras… Ya habíamos extendido la mano, a sabiendas de lo que iba a ocurrir.
"El Instrumento Como Mediador Del Aprendizaje Musical"
Martha Raquel Facio Gutiérrez
Las clases de música fueron especialmente significativas durante mi niñez. Estudié en una escuela primaria pública, y no en todas las primarias se ofrecían clases artísticas; por eso, el espacio dedicado a la música se sentía casi como un privilegio. Al finalizar la clase nos entregaban el desayuno escolar, un lonchecito con queso y ate de membrillo, acompañado de una especie de mazapán duro que llevaba impreso el nombre del DIF. Ese momento marcaba una pausa en la rutina escolar y hacía de la clase de Música una experiencia aún más memorable, porque todos intercambiábamos alimentos. La maestra era una mujer estricta, de carácter fuerte y presencia imponente. Ella tocaba el piano, mientras que a nosotras se nos asignaba la flauta como instrumento de aprendizaje. La música en la escuela no sólo enseñaba técnicas, sino que formaba cuerpos y emociones. Como afirma Paulo Freire (1997), la educación construye sujetos mediante prácticas cotidianas que muchas veces pasan desapercibidas. Siendo niña, me preguntaba por qué alguien que producía música tan bella desde el piano parecía estar tan enojada.
Con el tiempo entendí que esas diferencias también hablaban de las jerarquías y expectativas dentro de la educación; la flauta como instrumento colectivo, escolar y accesible, frente al piano como práctica más formal y disciplinada. En ese contexto, la flauta acompañó la formación cotidiana de miles de niñas en la escuela pública, lo cual no sólo marcó un aprendizaje musical, sino también una experiencia emocional y social profundamente significativa. Desde esa cercanía física y afectiva, la flauta permanece para mí como un símbolo de una infancia compartida y de una educación que hoy parece cada vez más distante.

"Mi historia comenzo en voz alta"

Aleyza Aylin Salazar Martíinez

En San Luis Río Colorado, en los años de la década de los 2000, cuando las voces y ecos de jóvenes eran escuchadas por todos los lugares en los que había un centro escolar, había uno la Escuela Secundaria Técnica número 4, uno de los lugares en el cual descubrí que no sólo podía expresarme escribiendo sino también con mi voz en alto. Mi primer día de secundaria fue un tanto intenso, debido a que ese día asistí tanto al turno matutino como al vespertino; aunque originalmente mi turno era por la tarde, mi sueño era estar en la mañana, pero nunca fue posible. Sin embargo esto no me detuvo para hacer historia en dicha institución. Mi familia siempre me dijo que nunca me quedara callada ante cualquier cosa, que siempre defendiera mis derechos y puntos de vista, quizá por eso, soy abogada. Recuerdo los primeros días en los que nadie quería hablar por pena, aunque para mí eso no fue un obstáculo porque leer en voz alta era mi pasión.

Así comenzó mi propia revolución: conferencias, concursos de lectura y asesorías a mis compañeros. Leer en alto significaba libertad. Descubrí que mi voz no sólo era sonido, sino que tenía el potencial de ser apoyo, de comunicar respeto, liderazgo y enseñanza. Así mi voz se convirtió en una guía, un puente y un impulso, después de todo también soy maestra de secundaria. Leer en voz alta no sólo me ayudó a vencer el miedo; sino que también me enseñó que la voz tiene poder. Me regaló primeros lugares, el honor de que mi generación llevara mi nombre, pero sobre todo, me dio identidad, seguridad y la certeza de que con mi voz haría historia. Desde entonces comprendí algo que aún guía mi vida: mi voz no únicamente habla, mi voz también me define.

"La magia de ser directora en una escuela primaria"

Gloria Manuela Luna Ruvalcaba

Si un escritorio pudiera hablar, contaría el sinfín de historias que ocurre dentro de las aulas; pero si hablara el escritorio de una dirección escolar, diría que lo más importante de la vida es saber escuchar, porque así como es testigo principal de grandes discusiones, también descubre la nobleza del corazón cuando se solucionan. El escritorio diría: —Toda la magia que sucede en las direcciones es a partir de las decisiones que se toman, pues es ahí donde se gestan los grandes cambios, se promueven las transformaciones de los edificios y se diseñan estrategias, pero más que nada ahí se cultivan las mentes y los corazones de los seres humanos por el simple hecho de escuchar. Ser directora es tener muy bien cimentada la convicción y la fe en las ideas y los pensamientos propios: es creer en ti misma como una mujer inteligente, noble, servicial y con un corazón que late por el deseo de hacer la diferencia en la vida de los demás y en la propia; es sentir que naces con la estrella de la suerte por el simple hecho de vivir historias llenas de aventuras y experiencias que llegan a lo más profundo y sublime del alma; es una función en la que se necesita constante preparación académica, vocación de servicio y espíritu de liderazgo.

La directora sabe que un escritorio es símbolo de profesionalismo; es la magia principal de un sistema educativo; es el mapa de una niña, una maestra y una directora en el cual se apoyan para hacer volar las ideas, la imaginación, la creatividad y la fantasía, de modo que los pensamientos se apoderan de las letras, los dibujos, los libros, el lápiz y la pluma que buscan continuamente la sabiduría de la vida. Si un escritorio pudiera hablar, ¡cuántas cosas diría! Pero si el escritorio de una directora hablara, tocaría el corazón de las personas.

"Aguja, pedal y frontera: Aprender a ser mujer en la escuela"
Evangelina Cervantes Holguín
—A la voz de “uno”, tomen la tela. —A la voz de “dos”, redoblen. —A la voz de “tres”, asienten y señalen el doblez. En el Estado de Chihuahua, a inicios del siglo XX, la autoridad educativa establecía que la clase de Costura debía ser “simultánea y […] educativa para la vista y el tacto” a fin de que las educandas adquirieran “los conocimientos necesarios para las atenciones de la familia” (Márquez, 1906, p. 56). No se trataba sólo de coser, sino de disciplinar cuerpo, ritmo y obediencia. La aguja debía ensartarse mediante movimientos sincrónicos ejecutados “a voz de mando”, mientras la explicación de la profesora se apoyaba en gises de colores y pizarrón cuadriculado para que las alumnas realizaran una preparación gráfica de la labor. El aprendizaje se organizaba en tiempos precisos que el grupo debía atender en coro. Para las niñas, la dinámica escolar se distinguía por secuencia, uniformidad, precisión, y por un ideal de feminidad que asociaba ser mujer con decoro, orden y silencio. Con la llegada de la máquina de coser al espacio escolar, la costura deja de ser sólo aguja, dedal y tela para convertirse en una pedagogía del tiempo productivo: un puente entre el hogar disciplinado y el trabajo asalariado, entre la feminidad como virtud y como fuerza de trabajo disponible. Si la máquina se volvió parte del patrimonio escolar —prueba de que el género se administra con bienes, espacios y presupuestos—, el pedal encarnó una idea de modernidad concreta: productividad, ritmo y exactitud.
Si bien la costura en máquina pudo habilitar ingresos y autonomía parcial, también consolidó una división colonial y patriarcal del trabajo, donde lo textil se asignó a las niñas bajo el discurso de destreza natural —no calificada y de baja remuneración— y se reordenó para servir al mercado. El mandato escolar —que responsabiliza a las niñas de la atención a la familia— se presenta como virtud, invisibilizando en el discurso oficial su costo en forma de tiempo, cansancio y precariedad. En el imaginario global, Ciudad Juárez suele leerse desde la industria maquiladora; pero esa lectura puede dejar al margen que las mujeres —niñas, migrantes, indígenas y obreras— no llegaron vacías a las líneas de producción, traían saberes textiles aprendidos en casa, en la escuela o en la comunidad. Las múltiples historias en la ciudad dan cuenta de la máquina de coser como herramienta de autonomía económica, reparación, agencia, creatividad y cooperación entre mujeres. Hoy, la máquina de coser sigue siendo objeto de enseñanza formal: la clase de Costura y el taller (o laboratorio) de Confección del vestido e Industria textil continúan educando cuerpo, tiempo y valor del trabajo. La apuesta es transitar de una costura para el hogar a una costura para construir otros mundos. Así, cuando una máquina entra al inventario escolar ¿a quién le pertenece ese saber: al hogar, a la escuela, al mercado o a las manos costureras?
"Proyectando sueños"
Juana Hernández Maldonado
Para nuestra generación, el proyector de películas era todo un suceso. Cuando nos decían que íbamos a tenerlo en el salón de clases, sentíamos una gran emoción, pues era todo lo que podíamos ver del mundo más allá del aula. Desde que lo colocaban al frente y lo veíamos tan grande, pesado y ruidoso, su sonido rrrrr nos despertaba sensaciones de nerviosismo y emociones encontradas, pues sabíamos que la clase sería distinta. Al apagarse las luces, el ambiente cambiaba por completo; el silencio se llenaba del sonido constante de ese aparato y la pared blanca se transformaba en una pantalla mágica donde las imágenes aparecían ligeramente temblorosas. Además, las películas educativas, aunque sencillas, nos parecían sorprendentes, ya que mostraban paisajes, animales, historias o valores que difícilmente podríamos conocer de otra forma. Recuerdo una película acerca de las vitaminas en la que al hierro lo mostraban como un hombre musculoso con un martillo de acero dando golpes al metal. A veces los colores eran opacos y la imagen se veía borrosa, pero aun así manteníamos la atención fija, pues aquello era lo diferente que teníamos para imaginar otros mundos. Asimismo, el momento de ver una película implicaba emoción colectiva, risas contenidas y comentarios susurrados.
Por otra parte, el proyector también nos enseñó a esperar porque había que rebobinar la cinta, ajustar el enfoque y solucionar fallas técnicas, lo cual aumentaba la tolerancia y el buen comportamiento, expectativas de los docentes que querían mostrarnos cosas nuevas y diferentes. En consecuencia, cada proyección se volvía un acontecimiento especial, diferente a la rutina diaria del pizarrón y el cuaderno. Así, el proyector de películas no sólo exhibía imágenes, sino también sueños, curiosidad y la sensación de que aprender podía ser emocionante. Todavía recuerdo los recuadritos que se guardaban en una cajita especial y de qué manera bailoteaban en ese círculo lleno de luz que irradiaba cierto calor, al igual que nuestros corazones llenos de emoción.
"Secretaria ejecutiva taquimecanógrafa"
Josefina Alva Fernández
Hola. Estudié la carrera técnica de taquimecanógrafa en el Instituto Comercial Chapultepec con la señorita María Esther Pineda V., que era la directora. Era muy joven; tenía doce años y mi carrera comercial duró tres. Podría decirse que era el equivalente a la secundaria, pero te preparaba para trabajar. Era muy difícil para mi madre pagar la colegiatura. Ella era costurera y ya estaba perdiendo la vista, así que tuve que comenzar a trabajar en una farmacia de la calle de Revillagigedo, en el centro de Ciudad de México.
Aprendí a caminar sola, a ser independiente. En ese tiempo, las calles eran tranquilas y había poco tráfico. Recuerdo que el camión tardaba mucho, de manera que yo tenía que salir muy temprano, porque la entrada a la escuela era a las ocho de la mañana y la salida a las quince horas. Aunque terminé mis estudios, no pude asistir a la fiesta de graduación por falta de recursos.
Mi hermana Virginia, a quien recuerdo con cariño, trabajaba en la Dirección General de Asuntos Indígenas y me metió a trabajar ahí. Al principio fue muy difícil ir tomando dictado, pues había que hacerlo con rapidez, pero cada vez me volvía más hábil; fui escalando y trabajé en varias empresas, siempre buscando mejores ingresos.

"Mi propia voz"

Grisel Becerril Luviano

La lectura en voz alta es una práctica educativa que, hasta donde sé, todavía se utiliza en muchas aulas. Sin embargo, cuando recuerdo mi experiencia escolar, lo primero que viene a mi mente es que no todos teníamos la misma oportunidad de participar. Casi siempre leían en voz alta las mismas personas: podían ser uno o dos compañeros que parecían estar destinados a ese momento frente al grupo. Generalmente eran quienes tenían la voz más fuerte, más clara o más segura. A veces también sospechaba que la maestra elegía a alguien en particular porque quería que practicara más, porque necesitaba ganar confianza o mejorar su fluidez. Mi mamá solía tomarme lectura en voz alta algunas tardes a la semana para que cuando me tomaran lectura en la escuela tuviera un buen desempeño y también para asegurarse de que estaba avanzando en ello. En mi caso, nunca me tocó leer en voz alta. Con el tiempo me pregunté por qué. Tal vez era porque mi voz era muy baja y temían que no se escuchara hasta el final del salón. O quizá los maestros pensaban que no lo necesitaba, porque sabían que yo leía bien y que disfrutaba hacerlo.

Desde pequeña me gustan los libros: leer era uno de mis refugios favoritos. Sin embargo, aunque sabía que podía hacerlo correctamente, nunca me dieron la oportunidad de demostrarlo frente al grupo. Esa ausencia dejó en mí una sensación difícil de explicar: el deseo constante de levantar la mano y escuchar mi propia voz pronunciando las palabras en clase. No se trataba sólo leer, sino de ser parte, ocupar un espacio, sentir que también podía ser escuchada. Con el tiempo comprendí que pequeños gestos como permitir o negar la lectura en voz alta pueden marcar profundamente la forma en que una niña o un niño se percibe dentro del aula.

" Leyendo en el jardín "

Hipatia

Los libros no envejecen ni mueren. Y aunque así sucediera, resucitan cada vez que alguien los abre, los hojea, se detiene en una de sus páginas y la lee. Nuestra vida lectora se inicia en la escuela; nuestros primeros libros son los de texto. Los guardamos en la memoria, porque nos acompañaron a diario a lo largo de los años. Y los reconocemos, aunque nunca antes los hayamos visto o correspondan a un tiempo lejano, porque estos libros comparten algo (rasgos, cualidades) que los identifica como los objetos más distintivos de la cultura escolar. Así sucede con este libro de lectura de segundo año que publicó a principios del siglo XX la editorial mexicana Herrero Hermanos, cuando el Porfiriato entraba en su fase final. Observamos su cuidada cubierta. En un círculo central, en primer plano, aparece una niña sentada junto a un libro, coquetamente vestida; lee otro libro abierto sobre sus piernas. Tras ella, un niño, de similar aspecto, la observa en silencio. Tiene también un libro en su mano. La escena no acontece en una escuela, sino en un jardín; tal vez el de su bonita casa. La rodean flores blancas, acaso jazmines, entre los que se adivinan símbolos de modernidad y progreso técnico. En la franja inferior, entre nopales, se asoma un sombrero de campesino.

Aunque el título del libro (en realidad de toda la serie en cuatro volúmenes) es El niño mexicano, seguramente no todos los niños de México se reconocerían en esta pareja lectora, tan elegante, que se deleita leyendo en un paisaje idílico. Y nos preguntamos, aunque sospechamos la desalentadora respuesta, cuántos niños mexicanos, cuántas niñas mexicanas llegaron a leerlo durante su infancia en sus escuelas. ¿Qué niños? ¿Qué niñas? Los libros de texto son hijos de quien los escribe y edita, y también de su tiempo histórico. Desde su misma portada, este libro de lectura de segundo año sugiere algunas respuestas a esas interrogantes.

"Cri-Cri: mi testimonio como niña, mujer y educadora"

Teresa Martínez Flores

Con el paso del tiempo, ese disco me acompañó en otras etapas de mi vida. Cuando me convertí en maestra de preescolar, llevé las canciones de Cri-Cri al aula, y utilicé melodías como “El caminito de la escuela” o “El chorrito” para apoyar la formación de mis alumnos. Más tarde, como madre, compartí esas mismas canciones con mis hijos cuando los arrullaba por las noches para que soñaran y creyeran en sus propias capacidades. Hoy reconozco que mediante esa música muchas niñas aprendimos valores, derechos y formas de convivir. Sus canciones nos mostraron que las mujeres valemos lo mismo que los hombres, que tenemos las mismas capacidades y que podemos ser lo que soñemos: estudiantes, maestras, profesionistas, madres, hijas y mujeres con voz propia. El disco de Cri-Cri guarda la llave que me permite volver a esos años escolares donde la escuela, el juego y la música se entrelazaban. Es un testimonio vivo de cómo la educación, acompañada de sensibilidad y arte, puede marcar la vida de las niñas y contribuir a la formación de mujeres seguras, conscientes y con sueños.

El disco de Cri-Cri es para mí mucho más que un material musical: es un puente directo a mi vida escolar, a mi infancia y a la formación de muchas niñas que, como yo, aprendimos a mirar el mundo desde la imaginación, la sensibilidad y la esperanza. Por medio de sus canciones, Francisco Gabilondo Soler nos enseñó, sin decirlo de forma explícita, que las niñas y las mujeres tenemos un lugar valioso en la escuela y en la sociedad. Cuando era niña y asistía a la primaria, escuchar el disco de Cri-Cri despertaba en mí la fantasía, la creatividad y la reflexión. Personajes como la patita, la muñeca fea o la mamá de los tres cochinitos me hacían pensar en las dificultades que enfrentaban muchas mujeres para salir adelante con los gastos familiares, pero también me enseñaban que estudiar y prepararnos podía ser el camino para no repetir historias de carencias y sufrimiento. Desde entonces, la escuela comenzó a representar para mí un espacio de posibilidades. Recuerdo con especial cariño los festivales escolares de mi escuela primaria, en los que nunca faltaba una canción de Cri-Cri. En esos escenarios, las niñas cantábamos, actuábamos y nos transformábamos en artistas. Nuestros padres nos miraban con orgullo y, sin darnos cuenta, íbamos adquiriendo seguridad y voz, y construyendo sueños. Aquellas experiencias fortalecieron mi identidad y mi deseo de superación al sembrar en mí la idea de un futuro distinto al de muchas mujeres de generaciones anteriores.

"Cuadernos para los días grises"

Lidia Samantha Navarrete Casiano

Cada inicio de ciclo escolar trabajaba con mis estudiantes el uso del cuaderno escolar distribuido por la Secretaría de Educación Pública, un material que acompañaba diariamente sus procesos de aprendizaje. En la última hoja de ese cuaderno realizábamos una actividad especial: escribir una carta para los días grises. La dinámica surgió al observar que, durante la secundaria, muchos enfrentaban emociones de soledad, inseguridad o incertidumbre sin saber a quién acudir. Por ello, les pedía redactar un mensaje dirigido a sí mismos, con palabras que les recordaran su valor, sus fortalezas y sus capacidades. Para mí, ese cuaderno dejaba de ser únicamente un recurso escolar y se convertía en un espacio íntimo donde cada estudiante resguardaba pensamientos, sueños y emociones. La última hoja representaba un refugio personal dentro de un objeto cotidiano del aula.

El recuerdo más significativo ocurrió durante el ciclo escolar 2025-2026, en mi primer año de servicio en la telesecundaria Vicente Suárez Ferrer, ubicada en la comunidad de Limontitán Chico, Hueytamalco, Puebla. Expliqué que escribirían una carta para la persona más importante de su vida. Muchos estudiantes mencionaron a sus padres; sin embargo, después de una breve reflexión, los invité a reconocer que las personas más importantes también podían ser ellos mismos. Sus rostros reflejaron sorpresa y curiosidad. Mientras redactaban sus cartas en su cuaderno escolar, el salón permaneció en silencio, interrumpido únicamente por el sonido de los lápices sobre el papel. Al inicio algunos mostraron resistencia, pero poco a poco comenzaron a escribir con mayor libertad. Meses después, un estudiante me compartió que, en momentos difíciles, releía su carta y encontraba consuelo en ella. Comprendí entonces que ese cuaderno no sólo guardaba apuntes escolares, sino también recordatorios personales de fortaleza y esperanza.

"El eco del satélite"

Leticia Vargas Gutiérrez

El silencio en el aula era tan denso que casi podía escucharse el polvo flotando bajo los rayos de luz que entraban por la ventana. Aquella mañana, la pantalla permaneció en negro, pues la señal satelital nos abandonó justo cuando intentábamos entender la inmensidad del universo. Los rostros de los alumnos, usualmente iluminados por el brillo del televisor, se tornaron hacia mí con una mezcla de incertidumbre y desafío. Me sentí vulnerable sin el guion de la red, pero cerré el libro de texto y caminé hacia el centro del salón. Olvidé las definiciones técnicas y les hablé de las estrellas como si fueran fogatas antiguas. Dibujé con un gis desgastado órbitas imperfectas en el piso de cemento y convertí a Luis, el más inquieto, en un sol radiante mientras los demás giramos a su alrededor como planetas silenciosos.

En ese momento, la pedagogía dejó de ser un plan de clase y se transformó en un asombro puro. Ya no necesitamos cables ni decodificadores. Al sonar el timbre del receso, nadie se movió. Comprendí, con una claridad que ningún manual me ha dado, que la verdadera chispa del conocimiento no bajaba del espacio, sino que ya estaba allí, encendida en sus ojos, esperando a que yo simplemente la viera.

"La danza de las teclas: quien quiera azul celeste…"
Andrea Isabel Treviño Guerrero
En 1990, en la secundaria de Altar, Sonora, cursando segundo de secundaria, la modernidad se medía con la cadencia metálica de las máquinas de escribir. Observábamos con gran atención a las secretarias de dirección; sus dedos con gran velocidad ejecutaban una danza perfecta sobre el teclado, un espectáculo hipnotizante que intentábamos replicar, con más pena que gloria, en nuestras clases de Mecanografía. El esmero que poníamos mis compañeras y yo era casi ritual. No era una clase cualquiera; era una prueba de resistencia. Aún recuerdo la sensación del pañuelo apretado sobre mis ojos en las primeras lecciones, confiando sólo en la memoria de mis dedos para encontrar el “asdfg" y el "ñlkjh". Luego, el desafío aumentó con el mandil de tela que cubría el teclado. Bajo esa pieza, nuestras manos libraban una batalla a ciegas, esperando que el papel no revelara el caos de un dedo mal colocado cuyo error quedaba evidenciado en la hoja.
En ocasiones, en medio del estruendo de tecleo, el salón quedaba en silencio súbito cuando la directora Belén aparecía en la puerta. Ella encarnaba el esfuerzo que exigía. Todos sabíamos que, para estar allí a primera hora, recorría diariamente en autobús los casi cien kilómetros desde Magdalena de Kino; paseaba por los pasillos, supervisando atentamente el desempeño de alumnos y maestros por igual. No alzaba la voz; se detenía detrás de nosotras, observaba nuestra postura frente a la máquina y antes de salir, comentaba: “Quien quiera azul celeste, que le cueste”.Hoy entiendo que cada error corregido y cada dedo entumecido bajo el mandil no eran sólo ejercicios de mecanografía, sino lecciones de carácter. La excelencia no llega por azar, se construye con la misma disciplina que grabábamos cada letra en el papel.

"La Silla Rosa "

Elida Lucila Campos Alba

“¡Quizá hubiera sido bonito haber tenido un pupitre como el de la imagen!, ¡hasta tiene una mesita que cambia de posición para estar más cómoda al leer o escribir!”. Pero no, nunca tuve un pupitre así. Cuando comencé mi vida escolar, allá por 1973, mis padres se habían mudado del Distrito Federal (DF) —hoy Ciudad de México— a la recién creada Ciudad Azteca en Ecatepec, Estado de México. La escuela primaria, que por supuesto se llamaba Aztecas, ya estaba funcionando; pero el jardín de niños aún estaba en construcción. Así que un grupo de aguerridas mujeres que tenían niños pequeños —entre ellas mi madre— comenzaron a organizarse a fin de solicitar a las autoridades que les dieran alguna alternativa para darnos educación. Al no encontrar respuesta por parte del gobierno municipal, tocaron otras puertas y la que se abrió fue la del Comité Delegacional del PRI. Las apoyarían para establecer un kínder-preprimaria comunitario: ese partido pondría el sueldo de la maestra —Angelita era su nombre—, una vecina prestaría el local y el resto de los padres se encargaría de lo demás. Así fue como comenzó el kínder Campanita. El único mobiliario que se pudo conseguir fue una mesa de madera muy larga, y las madres acordaron que cada niño debía llevar su silla.

Mi padre, que trabajaba como obrero en el DF, trajo una silla pequeña de madera natural. Casi me parece verlo llegar con la mentada silla y preguntarme: —¿Te gusta?, ¿de qué color quieres que te la pinte? —¡De rosa! —grité rápidamente, entusiasmada. Y así fue, mi padre la pintó de un rosa tierno. De lunes a viernes mi madre la cargaba, de ida y de vuelta, a la escuela; en una mano o en el hombro, la silla rosa, y en la otra, su pequeña niña, bien peinada, con dos trencitas. Hoy imagino la escena: veinte mujeres caminando por las calles en proceso de pavimentación cargando no sólo sillas, sino esperanza en el futuro. ¡Por nada del mundo cambiaría mi silla rosa!

"Una lección que aún resuena"
Andrea Celeste Jiménez Rodríguez
Cuando cursaba tercer grado de secundaria en Coacalco, Estado de México, nos pidieron para el primer bimestre una flauta dulce y un cuaderno pautado. Recuerdo que, al escuchar la lista, me pregunté qué era exactamente un cuaderno pautado y cómo se utilizaba. Hasta entonces, la música había sido para mí sólo canciones que escuchaba en la radio, no algo que pudiera escribirse. Al iniciar el ciclo escolar, la maestra Yolanda nos enseñó a colocar las notas en los espacios correctos y a leerlas como si descifráramos un nuevo idioma. Después nos enseñó cómo sostener la flauta, cómo cubrir correctamente los orificios y cómo soplar sin forzar el aire. Las primeras veces el sonido fue agudo y desordenado, pero con práctica comenzó a transformarse en melodía. Ensayamos fragmentos de “Carnavalito” y “Noche de Paz”. Cuando por fin logré tocar sin interrupciones una secuencia completa, sentí orgullo y una emoción dentro de mí. En casa, sin embargo, la historia era distinta: mi familia se mostraba un tanto molesta por escucharme repetir una y otra vez las mismas notas; aun así, para mí aquel sonido insistente representó constancia, descubrimiento y entusiasmo.
Con el paso del tiempo dejé de tocar la flauta. El instrumento quedó guardado, pero no olvidado. Años después, ya convertida en docente, comprendí la verdadera dimensión de aquella experiencia. Descubrí con asombro que la maestra Yolanda, quien me enseñó a escribir notas y a soplar con seguridad, ahora era la directora del Ballet Folklórico Magisterial de la Sección 36, lugar donde actualmente laboro. Ese encuentro con el pasado me confirmó que la educación deja huellas invisibles pero profundas. La flauta no sólo marcó un bimestre de tercer grado: marcó una parte de mi trayectoria y me recordó que las lecciones aprendidas con dedicación siempre regresan, convertidas en significado y destino.

"Orgullo materno"

Silvia Guadalupe Trejo Mora

Aún puedo escuchar el golpe seco de la madera al bajar la tapa de mi escritorio abatible en aquel salón de la secundaria, allá por Coyoacán. En ese entonces, yo era una jovencita que sólo veía en ese mueble un espacio para cumplir con tareas que me parecían eternas. Recuerdo que miraba a mis maestros caminar entre las filas, a veces con el rostro cansado, y no lograba comprender por qué se empeñaban tanto en que nuestra cursiva fuera perfecta o en que entendiéramos el valor de la historia. Para mí, la secundaria fue una etapa de cambios, pero hoy, desde mi cocina y con 69 años encima, entiendo que cada corrección en mis cuadernos sobre aquel escritorio era un acto de fe de mis profesores. Entre 1969 y 1972, ellos no sólo nos daban lecciones: estaban construyendo nuestro futuro con una paciencia que yo, en mi ignorancia de adolescente, no sabía valorar. No veía las horas que pasaban preparando las clases ni el peso de su responsabilidad.

Ahora, la vida ha dado vueltas maravillosas. Veo a mi hija llegar a casa cargada de exámenes y cuadernos, con la misma mirada encendida que tenían mis maestros. Verla a ella, convertida en una maestra entregada, me ha hecho resignificar mi propio pasado escolar. Siento un orgullo que me inunda el pecho al saber que ella es ahora quien guía a otros adolescentes frente a su propio escritorio. Aquella secundaria no sólo me dio educación: me enseñó, aunque tardara años en notarlo, el valor inmenso de quienes dedican su vida a enseñar.

"El cartel enseñó dos veces"

Karol Monserrath Ramírez Aguilar

Hoy, soy estudiante normalista en la licenciatura de Enseñanza y Aprendizaje del Español. Cuando me preguntan: “¿Por qué maestra?”, “¿Por qué esa especialidad?” o “¿No crees que los adolescentes en secundaria son difíciles?”, la respuesta corta es ésta: “Porque me gusta leer y escribir, además de enseñar”… Porque la respuesta larga comenzó el 25 de mayo de 1958. En Hidalgo, Tamaulipas, nació la inspiración de este relato: Olga Martínez para ustedes, Tita Olga para mí. Su infancia estuvo marcada por la tragedia. Quedó huérfana, por lo que creció entre los brazos de distintos familiares. Se casó en la adolescencia y a los 19 años concibió a mi padre. Mis padres también me tuvieron a temprana edad, así que vivíamos con Tita. No fue hasta una tarde de 2012 que me di cuenta. En mi entrega de calificaciones de segundo grado de primaria, mis padres no podían ir, y, como siempre, mi Tita me acompañó. Al recibir la boleta, la miró con desconcierto: “¿Dónde tengo que firmar?, ¿aquí?”, preguntó. Le señalé el espacio y entonces vi algo que nunca había notado: Tita no sabía leer, sólo escribir su nombre.

No tuvo la oportunidad de ir a la escuela como yo. Conoció el alfabeto gracias a los carteles que adornaban siempre mi guardería, kínder y primaria. Nunca me ayudó con mis carteles para enseñar a leer y escribir, y ahora entiendo por qué los observaba con detenimiento: también estaba aprendiendo… en silencio. La respuesta larga es ésta: deseo ser voz e inspiración para mis alumnos y, sobre todo, mis alumnas de secundaria. Quiero que comprendan que aprender a leer y escribir abre caminos que antes parecían imposibles. Enseño por las mujeres que me precedieron y que no tuvieron esa oportunidad, como mi Tita, a quien hoy le dedico cada palabra que enseño.

"La tinta roja para destacar más, no para castigar"

Yuritzy Avilene Aranda Mota

La enseñanza se centraba en la caligrafía como disciplina y no sólo como arte. Escribir correctamente con normas estrictas se consideraba esencial para la buena educación. Se creía que el esfuerzo físico y la atención requerida para seguir estas reglas mejoraban el aprendizaje y la retención. Actualmente, la enseñanza se basa más en la escritura funcional —que el texto se entienda—, en lugar de la caligrafía estética —que se vea bonito o perfecto—; se busca un enfoque que se base más en la evidencia que en la costumbre. El uso de la tinta roja a veces se ha asociado con estrés por corrección agresiva, aunque su función original ha sido destacar, no castigar.

Durante mis primeros años de secundaria, por el año 2014, en la materia de Español predominaban los márgenes en los cuadernos por disciplina y limpieza, e históricamente por tradición el uso de la tinta roja para mayúsculas y signos de puntuación; resaltar reglas ortográficas, diferenciar visualmente los signos de puntuación y marcar las mayúsculas con rojo eran una práctica común en la Edad Media para comprender el sistema de escritura. Por su parte, nos pedían usar la tinta azul para destacar títulos y la negra para redactar un texto, con lo que se obtenía la formalidad y funcionalidad narrativa. El uso de las tres tintas servía para evitar que un texto se viera desorganizado o que las palabras “se salieran” de la hoja. Más allá del orden físico, simbólicamente me enseñaba a respetar los límites en mi vida intelectual y social. Esta práctica también me auxiliaba a diferenciar entre las letras mayúsculas y minúsculas, evitando así escribir sin pausas ni espacios. Recuerdo vagamente que, en aquel tiempo, mi profesora de Español hacía referencia a esa práctica medieval, la de marcar las letras mayúsculas con rojo, ya que se utilizaba para destacar letras iniciales en los textos.

"El mejor equipo"

Noemí Morales Morales

A los doce años cursé la telesecundaria en la escuela Profesor Otilio Montaño, en el poblado de Huecahuaxco, municipio de Ocuituco, Morelos. Aún recuerdo el primer día de clases. Entré al plantel con muchos nervios y miedo, a pesar de que seguiría viendo a los mismos compañeros de la primaria. También tenía miedo por cómo iban a ser mis nuevos maestros y mis nuevas materias. Sabía que iba a ser distinto, porque teníamos que tomar las clases por medio de una televisión. Era difícil entender las clases, ya que no te daban una explicación completa y tampoco te la repetían. Después de unos días hice nuevos amigos de otros grados también. Empecé a conocer más las reglas de la escuela y todas las áreas, y me acoplé a los maestros. Al principio era muy tímida; después empecé a hacer travesuras con mis amigas. Nos gustaba salir siempre juntas al recreo y comprarnos un chicharrón o unas quesadillas que vendía la mamá de una de las niñas de la que éramos amigas. Cada vez que teníamos clases de Educación Física nos gustaba jugar mucho basquetbol. Decíamos que éramos el mejor equipo. También me gustaba mucho cuando una maestra nos enseñaba a hacer muñequitos de fieltro para la decoración de Navidad.

Pero lo que más nos gustaba a mí y a mis amigas era ir a comer fruta de dos árboles que estaban cerca de nuestro salón. En segundo grado nos llevaron a una excursión a Africam Safari, de la que aún guardo recuerdos muy bonitos. Siempre tuve a las mismas amigas. Ya en tercer grado, tratamos de disfrutar de cada momento, porque era nuestro último año juntas. El tiempo pasó muy rápido y pronto comenzamos a ensayar el vals para nuestra ceremonia de clausura. Nuestros papás empezaron a organizar todo, hasta que por fin llegó el día de la graduación. Todos estábamos muy tristes, porque nos íbamos a separar y no todos podrían seguir estudiando. Aunque no tengo fotografías de mis compañeros, porque en ese tiempo aún no se sacaban los cuadros de la foto grupal, me sigo acordando de ellos y de cómo fue esa bonita etapa de nuestra adolescencia.

"Las biografías escolares"

Luz del Carmen Hernández Méndez

Eran una herramienta de investigación que implementaban las maestras para que los estudiantes conocieran la vida de los personajes de la historia, de los investigadores o de alguna persona relevante de alguna asignatura que en ese tiempo estudiábamos; por ejemplo, Español, Matemáticas, Ciencias Naturales o Ciencias Sociales. Fui estudiante de educación básica primaria de 1975 a 1980, y de secundaria de 1980 a 1983. Desde la primaria era de suma importancia conocer la vida de los personajes de la historia, así se les daba sentido a los temas que estudiábamos. Para esto, se investigaba cierta información de cada uno de ellos, como el nombre con apellidos (con su escritura correcta), la fecha y el lugar de nacimiento, su historia escolar, su estado civil, el número de hijos y lo que había logrado en su vida personal y profesional, lo cual incluía los logros que había alcanzado para la comunidad, el estado y la nación.

Los negocios de imprenta aprovecharon esta actividad para hacer biografías escolares. Se trataba de estampillas que en el frente tenían la imagen del personaje con su nombre y un número de catálogo, y en la parte de atrás presentaban información relevante, la cual iniciaba con el nombre y los apellidos, así como los años de nacimiento y fallecimiento entre paréntesis. La presentación de apuntes con estas biografías escolares era una competencia. En tu cuaderno, con el lado de color rojo de un lápiz bicolor escribías el nombre con apellidos del personaje; luego, debajo de éste copiabas la información relevante de la estampilla en cuestión. Peligro había cuando pegabas la estampilla sin haber copiado la información. Las familias con mayores recursos económicos tenían la posibilidad de adquirir grandes enciclopedias con los principales personajes de la historia, con ellas se podían calcar o copiar las imágenes de éstos para ilustrar los apuntes. En los exámenes de la escuela se calificaba con acierto o tache cuántos datos habías memorizado de las biografías. Nosotros como alumnos debíamos dar información exacta de los datos en éstas.

"Mi vida escolar"
Vianey Flores Alonso
La secundaria fue una de las etapas más bonitas de mi vida, allí tuve momentos felices y tristes, pero sobre todo de fortaleza y aprendizaje para valorar las cosas. Fue ahí donde me tocó cursar la materia de Mecanografía, pero en mi Secundaria Técnica núm. 2 Salvador Toscano, como era pequeña y estaba en una comunidad rural, no contaba con máquinas de escribir; entonces cada alumno tendría que llevar la suya para tomar la clase. En esos momentos, en mi casa sólo teníamos una máquina de escribir de carrete grande, que por cierto son muy pesadas. Aún recuerdo cómo a mis escasos 11 años de edad (1° de secundaria) tomé mi máquina de escribir, la coloqué en una caja grande de cartón y así me la llevé a la escuela, cargándola además de mi pesada mochila llena de libros y libretas. Yo vivía en otra comunidad y para llegar tenía que caminar aproximadamente un kilómetro de distancia y después tomar la combi, pero aun así, a mi corta edad y con esfuerzo, logré tomar las clases. Transcurrieron los meses y mi papá, al ver que me costaba mucho trabajo trasladarme con la máquina pesada, decidió comprarme otra máquina de escribir, pero ahora una pequeña de las famosas Olivetti, de color verde, que traían su bolsa para facilitar su traslado, ya con esa máquina todo fue más fácil para mí.
Ahora doy las gracias, porque por esas clases de mecanografía aprendí a escribir correctamente, pero sobre todo valoro el esfuerzo y la constancia que tuve para no abandonar la clase, pues en este momento de mi vida se ha convertido en mi herramienta de trabajo, aunque ahora es en la computadora donde desempeño mi trabajo como administrativa especializada en una primaria.

"Entre sueños y aulas"

Martha Ortiz Vázquez

Con estrategias como la lectura en voz alta y el juego de lectura robada, los estudiantes comenzaron a ganar seguridad, no sólo para leer, sino también para expresar emociones y compartir sentimientos. La docencia me ha permitido leer entre líneas lo que los alumnos escriben, comprender sus contextos familiares y sociales, acompañar sus sueños y aprender de ellos; es un déjà vu constante de mi propia adolescencia, pero ahora con la finalidad de crecer junto a quienes confían en mí. Mis sueños adolescentes se transformaron en vocación docente, en ilusiones reinventadas en cada aula y en la certeza de que enseñar también es aprender a vivir.

¿Cómo escribir lo que nunca se soñó pero se vivió? En mi adolescencia, los sueños eran tan grandes como la imaginación. Entre visitas al cuartel con mi padre, me veía como médica militar o enfermera, parte de ese mundo disciplinado y heroico. Pero la vida me llevó por otros caminos: la muerte de mi padre y el esfuerzo incansable de mi madre transformaron mis ilusiones en responsabilidades urgentes. El salto de la secundaria a la universidad fue un trayecto de sacrificios compartidos. Trabajamos juntas para costear mis estudios y la fe me sostuvo en cada paso. Fue entonces cuando la docencia apareció, primero como oportunidad inesperada y luego como vocación. Al inicio me sentí vulnerable frente a los alumnos, sin las herramientas suficientes para guiarlos. Esa carencia me impulsó a buscar talleres y aprendizajes que me fortalecieron. Ocho años después, sigo en la secundaria, descubriendo que enseñar no es sólo transmitir conocimientos. En Tuxtla Gutiérrez, entre 2017 y 2023, noté que muchos alumnos no eran asiduos a la lectura, lo que limitaba su vocabulario y su capacidad de redacción.

"El eco del zapateado"

Angélica Soledad Ávila Puc

Aquella noche de 1995, el patio de la telesecundaria no era sólo cemento: era un hervidero de nervios y olor a laca para el cabello. Yo sostenía el micrófono con una fuerza bruta jamás experimentada. El festival del fin de curso estaba por comenzar y, como narradora del evento, yo sentía el peso de los siglos sobre mis hombros: era la primera vez que estaba frente a un público y justo era mi primer año de servicio. Yo observé a mis alumnos de segundo grado: sus rostros, usualmente endurecidos por la rebeldía adolescente, lucieron ese día una vulnerabilidad cristalina tras las capas de maquillaje folclórico y los bigotes pintados. Cuando la música estalló en un estruendo de trompetas, el ambiente se transformó. No vi simplemente a un grupo de estudiantes coordinando pasos: sentí el peso de una herencia que ellos, sin saberlo, estaban rescatando del olvido. Los huaraches golpearon el tablado con una fuerza que hizo vibrar el suelo y mi propio pecho. Recordé las semanas de ensayos frustrados, las risas nerviosas y aquel momento en que el grupo más conflictivo decidió, por fin, trabajar en equipo. En cada giro de falda y en cada grito de júbilo, comprendí que el aprendizaje real no estaba en la precisión del paso, sino en el orgullo de pertenencia que emanaba de sus cuerpos.

Aquella noche de 1995, el patio de la telesecundaria no era sólo cemento: era un hervidero de nervios y olor a laca para el cabello. Yo sostenía el micrófono con una fuerza bruta jamás experimentada. El festival del fin de curso estaba por comenzar y, como narradora del evento, yo sentía el peso de los siglos sobre mis hombros: era la primera vez que estaba frente a un público y justo era mi primer año de servicio. Yo observé a mis alumnos de segundo grado: sus rostros, usualmente endurecidos por la rebeldía adolescente, lucieron ese día una vulnerabilidad cristalina tras las capas de maquillaje folclórico y los bigotes pintados. Cuando la música estalló en un estruendo de trompetas, el ambiente se transformó. No vi simplemente a un grupo de estudiantes coordinando pasos: sentí el peso de una herencia que ellos, sin saberlo, estaban rescatando del olvido. Los huaraches golpearon el tablado con una fuerza que hizo vibrar el suelo y mi propio pecho. Recordé las semanas de ensayos frustrados, las risas nerviosas y aquel momento en que el grupo más conflictivo decidió, por fin, trabajar en equipo. En cada giro de falda y en cada grito de júbilo, comprendí que el aprendizaje real no estaba en la precisión del paso, sino en el orgullo de pertenencia que emanaba de sus cuerpos.

"Los tubos y los mangos"

Claudia Guadalupe Díaz Morales

Egresé de la escuela primaria en 1984, en la ciudad de Campeche. Estudiaba en una escuela católica privada, exclusiva para señoritas, la Escuela Particular Incorporada Miguel Hidalgo, hoy Colegio Miguel Hidalgo. Mi paso a la secundaria ocurrió en el mismo edificio, pero en mi mente adolescente fue un ascenso solemne, casi ceremonial, como si el simple cambio de piso me hubiera otorgado mayor sabiduría y, por supuesto, nuevas preocupaciones. Había estudiado ahí desde preescolar, junto a las mismas compañeras, lo que convirtió mi adolescencia en una convivencia intensa, entrañable y ligeramente exagerada, como solía ser todo en los años ochenta. El edificio tenía cuatro naves de dos niveles y, al fondo, la vivienda de las religiosas y una pequeña capilla donde prometíamos buen comportamiento con una convicción que rara vez sobrevivía al recreo. La secundaria se ubicaba en las últimas naves del segundo piso, espacio que considerábamos territorio propio. Durante el recreo jugábamos futbéis, tamales a la olla o nos sentábamos en círculo en los pasillos a comentar asuntos verdaderamente urgentes: tareas, maestros y los chicos de los maristas, quienes influían más en nuestra concentración que cualquier examen.

En el patio trasero había árboles de mango y unos grandes tubos hidráulicos de concreto. Aquel objeto, destinado a fines muy serios, se convirtió en nuestro escondite favorito. Un día, decidimos faltar a la clase de inglés y nos ocultamos dentro de los tubos. Guardamos un silencio tan absoluto que hasta el miedo parecía respetarnos cuando la religiosa pasó cerca. Al día siguiente no hubo regaño, sólo la advertencia de que ahí vivían alacranes. Escuchamos con atención… y volvimos a jugar, porque en aquella época el riesgo parecía parte natural del aprendizaje. Hoy recuerdo esos tubos como un pequeño refugio de travesuras, donde aprendí que la memoria escolar también se construye entre risas, sustos y mangos robados al recreo.

"Mariquitas"

Cruz Argelia Estrada Loya

En las décadas de los setenta y ochenta del siglo veinte, en México había pocos juguetes; con excepción de las jugueterías, en las tiendas sólo se vendían en temporada navideña. La mayoría de las niñas y niños hacían uso de su creatividad e imaginación para jugar con diversos objetos que no necesariamente eran juguetes. En ese contexto, las muñequitas recortables eran un juguete de fácil acceso, pues se vendían en cualquier tienda de abarrotes y venían en una hoja tamaño carta en la que estaba impresa la muñeca a color; además, traían impresos dos o tres vestidos completos que incluían zapatos y accesorios (como gorros o diademas) muy bonitos. Regularmente cada muñeca traía un vestido de diario, un vestido de un tema específico como la playa o la escuela, y su vestido de gala. Las prendas tenían unas pestañas de papel que servían para doblarlas y sujetar el vestido sobre la muñeca; así, sin mucho presupuesto, se podía cambiar de vestimenta para asumir diferentes roles. Si la muñeca no traía el vestuario necesario para un evento, como una boda o una fiesta de XV años, se le dibujaba su vestido, se pintaba y se recortaba en una hoja de cuaderno para poder vestirla de múltiples formas. Por supuesto, vestir a la muñeca representaba vestirse a sí misma, de este modo estas muñequitas nos permitían soñar con desempeñar infinidad de papeles.

De alguna manera contribuían a construir expectativas, un plan de vida para el futuro, pues eran un juguete exclusivo de niñas. En algunas regiones se les conocía con el nombre de Mariquitas, palabra que es un hipocorístico de María, lo que hacía alusión también a señorita, término eminentemente femenino. Quizá por ser de papel, tal vez por recortarse con tijeras escolares o simplemente por la facilidad de poderlas guardar entre las páginas de los cuadernos y libros, estas muñequitas eran un juguete propio de la edad escolar, muñequitas de escuela. Fueron un gran recurso para los tiempos muertos en clase, pues quien concluía su trabajo solía sacar sus mariquitas para jugar mientras el resto de la clase terminaba. Por supuesto que se usaban a escondidas de la maestra; sin embargo, y pese a ser una época en que las medidas disciplinares implicaban ciertas violencias, cuando estas muñequitas eran descubiertas, no eran violentadas o destruidas, tan sólo la maestra indicaba que tenían que guardarse y esperar a otro buen momento para jugar.

" La educación y las labores femeninas a finales del siglo XIX "

María Teresa Edelmira Vargas González

El papel de la mujer en la historia está muy definido a partir de roles que desempeñaba en la vida cotidiana, como el de madre, hija, esposa y dedicada al hogar, a excepción de algunas que sobresalieron como mujeres gobernantes en distintas culturas del mundo antiguo, en Egipto, Mesopotamia, Bizancio, hasta los mayas y mexicas en la época mesoamericana. En México, desde la época colonial siempre se relacionó la figura femenina con las labores domésticas, en las que prevalecía la educación informal y que era transmitida por la propia madre o familiares cercanos del sector femenino. Un ejemplo de ello se encuentra en la obra El Periquillo Samiento de José Joaquín Fernández de Lizardi, que aborda desde una perspectiva crítica el papel de la mujer en la sociedad del siglo XVIII. Con el transcurso del tiempo, durante el siglo XIX la presencia femenina fue cobrando auge y fue saliendo de su invisibilidad. En la Independencia de México, la Guerra de Reforma, el Segundo Imperio Mexicano, la República Restaurada y el Porfiriato resaltan figuras femeninas como Gertrudis Bocanegra, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Margarita Maza, Carlota de Bélgica, Carmelita Romero Rubio y Rita Cetina Gutiérrez.

Aunque no todas las mujeres de la época tuvieron las mismas oportunidades económicas o de instrucción escolar, la educación formal que recibían las mujeres en las escuelas elementales les permitió poco a poco adentrarse en el mercado laboral y aprender a leer y a escribir. En adelante, podrían entender más fácilmente las instrucciones en trabajos remunerados como costureras, modistas, niñeras, litógrafas, telegrafistas, encuadernadoras, taquígrafas, fotógrafas o parteras, hasta llegar a ser profesoras en las recientemente creadas Escuelas Normales Públicas, que se multiplicaron en todo el país durante el gobierno de Porfirio Díaz. El sustento económico era importante, pero el logro iba más allá: era el propio reconocimiento de la mujer, por parte de la sociedad, como un ser capaz y libre de tomar la decisión de trasmitir el conocimiento a futuras generaciones.

"Del cinito y la toalla"
María de Lourdes Ortiz Boza
La primaria oficial donde estudié en la Ciudad de México ─cuando ésta era todavía muy provinciana─ solía organizar funciones de cine proyectado en aquellos increíbles aparatos de 8 mm que, vistos con calma y cercanía, eran en realidad una serie de fotogramas que al ritmo de 24 de ellos por segundo brindaban la ilusión del movimiento; gracias también a lo que en física del ojo humano se llama científicamente la persistencia retiniana. Claro, más de cincuenta y tantos años después lo entiendo y explico, pero en la década de los sesenta era todo un misterio. Bueno, decía de nuestras proyecciones de cine. Veíamos películas mexicanas de la Época de Oro y sus grandes estrellas: Pedro Infante, Dolores del Río… Pero preferentemente la directora de la escuela procuraba que viéramos cine infantil mexicano o ya de perdis de dibujos animados, a razón de cinco centavos por película.
Sin embargo, un buen día, nos separaron a los niños de las niñas y se nos avisó que en esa ocasión la proyección sería solamente para nosotras… “¿qué pasará?, ¿qué misterio habrá…?”. A propósito también de esa canción de Rafael que estaba tan de moda por esos años sesenta. En fin, nos proyectaron una animación muy bonita y corta donde se nos explicó el periodo menstrual, todo un descubrimiento para mí, y el uso de las toallas femeninas de la primera marca en llegar al mercado mexicano de las futuras pubertas de mi generación. Desde luego la compañía patrocinó la exhibición y nos obsequiaron una toallita sanitaria al final. Regresamos al salón, y al final de la explicación de la clase de Ciencias Naturales, nuestra maestra no tenía borrador a la mano, e inocentemente una compañera le ofreció su toalla sanitaria recién obsequiada para que pudiera borrar el pizarrón.

"Confesiones en un cuaderno"

Belén Olvera Chaparro

Y sí, los tiempos habían cambiado. Ese objeto maltrecho era un testimonio, una forma de expresar lo que no podían en voz alta. Ya no los movía la necesidad de saber cosas de otros, sino de mostrar quiénes eran realmente. A la tarde siguiente, devolví el cuaderno a su dueña, quien se mostró apenada, suponiendo lo que pude haber leído. No sé si lo habrá guardado o se habrá perdido, como el mío. Sólo espero que aquella niña que quería desaparecer haya encontrado las fuerzas para seguir, así como yo sigo en el mismo salón, 18 años después. El cuaderno ya no circula, pero las palabras siempre buscan dónde quedarse.

Por allá de 1999, cuando iba en tercero de secundaria, tuve un chismógrafo. Cada hoja recopilaba las respuestas a todas las interrogantes que una niña de catorce años podía tener: “¿Quién te gusta?”, “¿cuál es tu teléfono?”, “¿quién te cae mal del salón?”. Lo guardé tan bien, que no lo volví a ver jamás. Mi paso por la secundaria fue agridulce, pero decidí regresar al aula como profesora de Español. Cuando entré a mi actual escuela, en 2007, me asignaron tercer grado. Aún era tiempo de chismógrafos. Sentí nostalgia al ver que ya no se pedían los teléfonos, sino los perfiles de alguna red social incipiente. El fin seguía siendo el mismo: conocer algo de los demás. Un día, al término de la jornada, noté que habían dejado uno olvidado debajo de un pupitre. Lo tomé y di un vistazo. Alguien había escrito que “quería desaparecer”. En ese momento, recordé cuando era estudiante. Yo también quise hacerlo, pero nunca lo hubiera escrito en un cuaderno que todo mundo leería.

Aprendiendo a “ser mujer”

Juana Hernández Maldonado

Asimismo, mientras jugábamos, también hablábamos, reíamos y compartíamos historias, con lo cual fortalecíamos la convivencia y la creatividad. Sin embargo, ese juego inocente también reflejaba un contexto cultural en el que a las niñas se les asignaban tareas domésticas como algo natural, mientras que a los niños les ofrecían juguetes asociados a la fuerza, la acción o el espacio público. En consecuencia, la planchita contribuía, de manera sutil, a reproducir estereotipos que normalizaban la desigualdad de género desde la infancia. Así, la planchita quedó grabada en la memoria como un símbolo ambivalente: por un lado, de ternura, afecto e imaginación; y por otro, de un aprendizaje silencioso que preparaba a las niñas para asumir responsabilidades domésticas como destino. Hoy, al mirarla con distancia crítica, se convierte en un recordatorio de la necesidad de cuestionar y transformar esos roles heredados.

La planchita era un objeto pequeño, ligero y aparentemente sencillo, pero para nosotras tenía un significado profundo, pues representaba el juego de imitar a las mujeres adultas que veíamos en casa. Generalmente era de madera o aluminio, pero con el paso del tiempo se transformó en plástico, con colores brillantes, sonidos o pequeñas cuentas en su interior. Aunque no calentaba de verdad, bastaba sostenerla entre las manos para sentir que realizábamos una tarea importante. Al deslizarla, repetíamos gestos aprendidos, observados con atención y admiración, creyendo que así ayudábamos y formábamos parte del mundo adulto. Además, la planchita convertía el juego en una representación cotidiana de la vida familiar, ya que al usarla reproducíamos escenas de cuidado y responsabilidad. Cuando nuestra madre se disponía a planchar, corríamos por la nuestra convencidas de que podíamos ayudarla. La planchita no era sólo un juguete, sino una forma temprana de comprender el entorno familiar, de ensayar roles y de imaginar un futuro que, sin saberlo, ya estaba marcado por expectativas de género.

"Dechado de labores femeninas e hilado de saberes"

María Eugenia Luna García

La instrucción de niñas y mujeres en los siglos XVIII y XIX en México se organizó en distintos ramos, entre ellos la lengua, la escritura, la lectura, la aritmética y los guarismos, así como el ramo “propio del sexo”, que consistió en labores de costura (Luna, 2020, p. 58), también denominadas labores mujeriles. Las labores de costura fueron actividades que se enseñaron de madres a hijas; es decir, constituyeron un aprendizaje matrilineal. Respecto a la incorporación de estos saberes en las escuelas, las maestras tuvieron que instruir en el dominio de la costura. Ésta tuvo dos vertientes: la confección de prendas y la ornamental o bordado. El muestrario o dechado de virtudes se elaboraba sobre un lienzo. En éste, las niñas ejecutaban sus aprendizajes de cada puntada nueva y las realizaban con maestría; tomaban el lienzo y trazaban líneas imaginarias en las que plasmaban las puntadas aprendidas paulatinamente. Así, este mosaico se elaboraba con cada tipo de puntadas que se llegaban a dominar. Las puntadas o puntos empleados para la confección de prendas son, entre otras, la costura recta, la puntada atrás, el zurcido, los hilvanes, el pespunte, el punto de festón y la puntada de látigo. Entre las de ornamento o decoración se encuentran el punto de tallo, la cadeneta o cadenita, el punto de cruz, las randas, el deshilado, los gusanillos abultados, el canevá, la filigrana, el rieble y el bordado de oro, plata o estambre.

El muestrario es una analogía de un libro, ya que para copiar las puntadas era importante saber leerlo y reconocer el derecho y el revés, además de que se debía apreciar no sólo la puntada, sino también la pureza de los trazos ocultos. El dechado se presentaba en los certámenes públicos; en éstos se examinaba el bordado de las niñas, quienes mostraban el repertorio que las acompañaría en la vida adulta. Estos muestrarios tienen entre sus hilos las historias personales de niñas y mujeres anónimas, decimonónicas y de principios del siglo XX. Son resultado del trabajo de horas de sus manos artífices, un trabajo que no admitía errores porque, de cometerlos, eran castigadas con maltratos físicos, entre ellos pellizcos y piquetes de aguja, haciendo que las lágrimas rodaran por sus mejillas. La hechura mostraba habilidades manuales y paciencia al plasmar cada puntada, habilidades de pensamiento geométrico al crear líneas finamente calculadas, así como imaginación y creatividad porque las puntadas tenían una lógica para identificar el derecho y el revés; mantener su especificidad requiere el dominio de la colorimetría. La higiene fue fundamental para trabajar: las manos debían mantenerse limpias a fin de que el muestrario estuviera impecable. Para algunas niñas y mujeres, el muestrario, más que puntadas, manifestó virtudes y se configuró como una forma de obtener recursos.

Esperanza y su muestrario. Esperanza nació en 1935. En la primaria aprendió a bordar. En su juventud ingresó a la Escuela Normal de Señoritas, en Toluca, donde, con el muestrario en las manos, enseñó a las niñas. Sus lienzos son conservados por vecinas, amigas y mujeres de su familia. Esperanza también recuerda que algunas mujeres de su comunidad hacían gala de sus muestrarios y sus destrezas. Había quienes no los facilitaban, más bien los resguardaban con celo. La maestra Esperanza recibe en su hogar a quienes se acercan a ella para aprender algún punto o puntada. Esto ha permitido que sus muestrarios pasen de mano en mano, con lo que se conocen sus habilidades de bordado. En su repertorio se encuentran formas de representar el mundo y la naturaleza. A sus 91 años atesora sus muestrarios.

"Mis primeras letras"

Melanie Valle Balbuena

Este cartel fue clave en mi educación primaria, cuando apenas empezaba el proceso de aprender a leer. Un día, la maestra lo pegó en la pared, justo al ladito del pizarrón y cerquita de su escritorio. Era grande, como de dos metros, y supercolorido: letras enormes con dibujos bonitos, tipo A de avión, B de ballena, C de casita con humo en la chimenea. Me gustaba tanto que no le quitaba los ojos de encima. Era lo más chido del salón. La idea de la maestra era que repitiéramos el abecedario de memoria para que supiéramos las letras de corrido y pudiéramos leer más rápido. Agarraba una regla de madera grandota, de esas que daban un poco de miedo cuando la movía, y nos ponía a repetir “¡A, be, ce, de…!”. Lo hacíamos muchas veces, tres veces al día sí o sí: cuando llegábamos en la mañana para despertar el cerebro, después del recreo y antes de irnos a casa. Todos gritábamos juntos y, aunque al principio era aburrido, poco a poco se nos grababa. Con ayuda de ese cartel aprendí el abecedario y puedo asegurar que fue una buena herramienta para aprender a leer.

"Las canciones de mi infancia"

Juana Hernández Maldonado

Las selecciones musicales del jardín de niños llenaban el aula de sonidos suaves, armoniosos y profundamente reconfortantes. Desde las primeras notas musicales como “La Marcha de Zacatecas” —con la cual marchábamos hacia nuestras aulas al inicio y al final de las labores escolares—, la música creaba un ambiente distinto, más cálido y seguro, donde el aprendizaje se mezclaba con el juego. Generalmente se escuchaban piezas clásicas sencillas como “Marcha Húngara” de Brahms; “Claro de luna”, “Quinta sinfonía” e “Himno a la alegría” de Beethoven; “Nocturno” de Chopin, etcétera. Con estas melodías hacíamos tablas rítmicas o educación física. También hacíamos bailes con canciones entrañables como las de Cri-Cri, cuyas letras y melodías parecían hablarnos directamente a la imaginación infantil, por ejemplo, canciones como “La patita”, “Caminito de la escuela”, “La marcha de las letras”, “El ratón vaquero”, “El chorrito”, “El ropero”, “Los ratones bomberos”, “Di por qué”, “La orquesta de animales” y otras tantas que necesitaría más espacio para recordarlas. Con estas canciones realizamos festivales y representaciones que nos llevaban a un mundo ficticio y emocionante, sobre todo cuando nuestros padres nos disfrazaban o iban a nuestros festivales a tomarnos fotos.

Además, la música acompañaba cada rutina del día: al llegar, al ordenar, al descansar o al jugar. Por ello, no era sólo un fondo sonoro, sino una guía emocional que marcaba tiempos y estados de ánimo. Asimismo, escuchar aquellas melodías despertaba sensaciones de tranquilidad, alegría y curiosidad, pues cada canción contaba una historia que podíamos imaginar sin esfuerzo. Así, la música nos enseñó a escuchar, a movernos y a compartir, siguiendo ritmos y sonidos. En consecuencia, aquellas selecciones musicales quedaron asociadas a los primeros recuerdos escolares, a la inocencia y al descubrimiento del mundo de la infancia, recordándonos un tiempo donde aprender, cantar, imaginar, sentir y divertirnos eran sinónimos.

"En ti ondean siempre mi identidad , razón y corazón"

Dulce Jazmín Espinoza Álvarez

Recuerdo ese día. Era una mañana como todas en la Escuela Secundaria Maestros Ilustres. Escuchaba el sonido de los coches de la pista de San Jerónimo Ocotitlan y de las voces que provenían de los salones del edificio de enfrente. Yo estaba sentada en mi banca, hundida en mis pensamientos, sueños y anhelos, reflexionando en que llegaría el día de ser el orgullo de mis queridos, amados abuelos, la oportunidad demostrarle a esa madre que me abandonó cuán valiosa soy. Tocaron la puerta de salón. Una voz fuerte preguntó si era el segundo B. La maestra de Español detuvo su clase. Miré; era el maestro de Educación Física. En mi memoria, una y otra vez suenan aquellas palabras. El maestro claramente dijo que solicitaba permiso para que saliera la alumna Dulce Jazmín Espinoza Álvarez, quien había sido seleccionada para la escolta oficial de la escuela y participaría en el concurso de escoltas de la zona como comandante.

Me quedé petrificada. No lo podía creer. Y así comenzó la aventura: días y días de esfuerzo, de ensayos, trabajo y cansancio, pero todo como sinónimo de vida para mí. Llegó ese día: el concurso en la zona 018, en Chachapa, Puebla. Confieso que estaba nerviosa, aunque muy emocionada. Siempre, al ver mi bandera ondear, se me eriza la piel. Dirán que no estoy muy cuerda, pero en el recorrido que hacemos como escolta y en cada ondeo estoy yo: en el aire, en sus colores, en cada orden que mi voz grita. Exclamo que estoy viva, orgullosa de ser mujer, una mexicana que llegará muy lejos y que ya es el orgullo de sus abuelos; y en el aire, la esperanza de ser vista algún día por mi madre.

"Una herramienta para desarrollar habilidades de manejo de información "

Marcela Díaz Merino

Las mujeres somos comunicadoras por naturaleza y, aunque muchos puedan dudarlo, desarrollamos un talento de detectives, claro. ¿O acaso creen que fue un hombre el que inventó el chismógrafo? Cuando cursé la secundaria no perdí la oportunidad de tener un chismógrafo en mis manos, y no porque quisiera contestarlo, más bien para poder averiguar sobre el niño que me gustaba, o la niña que me caía mal. Esa información me permitía entablar largas pláticas con mi círculo de amigas. Todos podrían pensar que ese cuaderno era totalmente innecesario, inclusive yo lo pensé así cuando cursé mis estudios para convertirme en docente de nivel secundaria. En mi primer año de servicio, hace 14 años, en una comunidad rural, mientras daba una clase sorprendí a una de mis estudiantes escribiendo con fervor. Los colores intensos del cuaderno que tenía en las manos me hicieron saber que no pertenecía a mi materia, por lo que me acerqué silenciosamente para recogerlo. ¡Era un chismógrafo! Mi primera reacción fue una sonrisa. La Marcela de 13 años no podía creer que aún se hiciera eso. “¡Léelo!”, me dijo ansiosa de saber los chismes de mis alumnos.

Por supuesto que no regresé el cuaderno. Para verme seria y evitar que la alumna lo solicitara de vuelta, le dije que quería hablar con su mamá para regresárselo. Lo cierto es que hace diez años los alumnos preferían perder sus cosas antes de decirle a su mamá. Leyendo el chismógrafo reflexioné sobre dos cosas: la primera fue que por medio de este cuaderno me estaba enterando de preferencias que mis alumnos tenían, lo que en adelante me sirvió para generar actividades más llamativas para ellos. La segunda fue que este tipo de materiales nos ayudan a desarrollar habilidades de manejo de datos, y como no a todos se les daba el honor de tenerlo entre las manos, filtrábamos la información que nos interesaba. La escritura es una forma esencial de comunicación, además de que nos garantiza la preservación de muchos conocimientos. Con esa experiencia aprendí que no debemos subestimar ningún tipo de material escrito, porque tal vez podríamos tener una joya en nuestras manos.

"Sargento de escolta"

Erika Monserrat Noyola Rangel

En 1989, a los quince años, me gradué de la secundaria en el Colegio Vista Hermosa, en Monterrey, Nuevo León. Durante los tres años de secundaria, tuve el honor de ser sargento de la escolta. Cada lunes llegaba antes que nadie. El patio era pequeño y el sol de Monterrey acompañaba nuestros ensayos, pero el uniforme impecable marcaba la seriedad del compromiso. Éramos un equipo integrado únicamente por mujeres. Yo daba las órdenes y marcaba el ritmo. Aprendí que dirigir no significaba imponer, sino transmitir seguridad para avanzar en sincronía. La disciplina se convirtió en confianza compartida. En tercer grado participamos en un concurso de escoltas en el gimnasio de un colegio más grande, con una cancha reglamentaria que imponía desde el primer momento. Cada paso resonaba con precisión; cualquier error al caminar resultaba imposible de ocultar. Representábamos una institución pequeña frente a otras de mayor reconocimiento. Jugamos a ser valientes, aunque el nerviosismo nos recorriera por dentro.

Cuando anunciaron que habíamos ganado, entendí que el tamaño del colegio no define la dimensión de los logros. Ese año también obtuvimos el Premio OXXO al Civismo y el primer lugar en canto en inglés. Antes de egresar, en la ceremonia de transición, exhortamos a la nueva generación a mantener en alto el nombre del colegio. Hoy, reconozco que allí aprendí a asumir responsabilidad, confiar en otras mujeres y sostener mi lugar con firmeza. Ser sargento fue el inicio de una manera de estar en el mundo.

"El camino a la libertad también tiene uniforme"

María Teresa Mendoza Castañón

Soy mujer, soy maestra de preescolar, pero al escribir estas líneas me visualizo en el uniforme de la Secundaria General 365. Cuando me lo ponía, me sentía bonita, grande, pero sobre todo respetada, libre y orgullosa. Aún recuerdo el primer día que lo usé: 3 de septiembre de 1984. Olía a nuevo. Recuerdo tener miedo por enfrentarme a lo desconocido, pero también sentirme alegre por tomar nuevas decisiones, sólo sobre mí; sobre mis emociones y sentimientos; sobre mis gustos; sobre mi primer amor y en especial: decidir sobre mis pensamientos. Antes de ponerme ese uniforme no era así: tenía que guardar silencio, obedecer todo lo que se me pedía, retirarme cuando los adultos platicaban y someterme ante la mirada enérgica de mi mamá. Sin embargo, ese uniforme me daba entonces el poder de opinar, de levantar la voz, o como diría mi abuela, de rezongar. También me trajo responsabilidades que tuve que asumir. Por ejemplo, en cuanto al uniforme, lavarlo y plancharlo todos los días, porque sólo tenía uno.

Además, ya “era grande” y tenía que cuidar y proteger a mis hermanos más pequeños ―soy seis años mayor―, pues justo cuando entré a la secundaria ellos ingresaron a preescolar. Debía llevarlos al jardín de niños y recogerlos después, comprar sola en el mercado, hacer comida, limpiar la casa, etcétera. Pero al vestir mi uniforme, nuevamente escapaba de esas responsabilidades que no me gustaban y al ponerme en camino a la secundaria me transformaba en una mujer libre. A veces, de reojo, observaba y reconocía a las otras adolescentes que también portaban ese uniforme; en silencio no sólo me comparaba, también compartía con ellas la emoción del primer beso y la oportunidad de tomar el futuro en nuestras manos.

"Martillos que que forjan historias"
Lizbeth Aquino Cerqueda
Recuerdo que cuando iba a la secundaria, por 1996, casi siempre pasaba junto a un salón de clases donde siempre escuchaba un sonido de martillos diminutos que chocaban contra el papel con cierto ritmo. Parecían latidos. Era un coro de máquinas de hierro creando las secuencias que la maestra dictaba. Ciertos días recuerdo cómo me impactaba pasar y ver que las alumnas del taller de mecanografía creaban textos con los ojos vendados. A veces la maestra cubría con un mantel las teclas de aquella máquina que para mí era mágica, porque sólo ellas sabían lo que significaba cada impacto de las teclas de ese aparato. Era una ceremonia que tenía un ritmo y una precisión. Fue tanta la curiosidad que provocó en mí, que ese mismo año le pedí a mi mamá una máquina de escribir; sin embargo, en mi pueblo no se podía conseguir tan fácil, por lo que pasó mucho tiempo y fue hasta mi último año de secundaria que una prima me regaló una. No era nueva ni brillante, tenía las teclas muy gastadas y una cinta que olía a tinta vieja, pero había soñado tanto con ese “tac, tac, tac, din”, que me senté frente a ella y comencé a escribir.
Era mi mejor amiga, la que conocía mis sueños y con la que escribía mis trabajos de mi último año de secundaria. Me acompañó durante mucho tiempo, a lo largo de mi formación. Sin lugar a duda, mi máquina de escribir fue uno de los recursos didácticos que más me ayudaron, no sólo a escribir, sino a pensar en los demás haciendo cartas, a ordenar ideas y a creer que las palabras pueden abrir caminos. Ahora, como docente, mi máquina aún me espera en casa, en un lugar especial de mi escritorio, para escribir nuevas historias.

"Un mal recuerdo"

Elena Arriaga Guadarrama

En una ocasión, en un examen, teníamos que copiar una carta que había escrito la maestra. Mi amiga Tere, que siempre se sentaba junto a mí, no recordaba bien el lugar de algunas teclas, por lo que planeamos sentarnos separadas para que en un momento del examen yo pudiera distraer a la maestra con una “duda” y en ese momento ella pudiera quitar la tela que cubría las teclas, a fin de revisar dónde estaba lo que no recordaba. Según nosotras, el plan era perfecto. Sin embargo, para nuestra mala suerte, la maestra descubrió a Tere reacomodando la tela en la máquina. Al final, a las dos nos tocó reglazo en las manos por hacer trampa.

Cuando iba en la secundaria, una vez a la semana tenía clase de Taquimecanografía con la maestra Olga. Teníamos que memorizar el orden de las letras en la máquina de escribir para teclear rápido. Cada bimestre, la maestra realizaba una evaluación en la que colocaba una hoja blanca sobre las teclas de la máquina. Ella dictaba un texto y todas debían escribir lo que iba dictando, sin levantar la hoja ni ver las teclas. Si la maestra descubría que alguien levantaba la hoja para ver, tomaba la regla de madera de su escritorio, se acercaba a la chica y le golpeaba las manos como castigo. Como para las alumnas era muy simple sólo levantar la hoja, y muchas veces sin que la maestra se diera cuenta, ella optó por cambiar un poco la estrategia: cambió las hojas blancas por trozos de tela que ponía sobre las teclas, pero éstos tenían elásticos a los lados que evitaban que pudieras quitar la tela.

"El globo y yo"
Nidhya Zelenne Quintero Melchor
Abrí la puerta del aula y ahí estaba dando vueltas, girando, como si realmente me estuviera esperando; era colorido, bonito e intrigante a la vez. Decidí acercarme a él y tocarlo, admirarlo, y le hablé en silencio: “Mi bello globo terráqueo, tú y yo haremos un gran equipo”. Pero no sólo di la apertura a un salón, sino a toda una aventura. Aún recuerdo la primera vez que tuve frente a mí a un grupo numeroso de alumnos. Me llenaba de nervios y a la vez de alegría porque al fin estaba en lo que quería hacer. Mis primeros alumnos, jóvenes entusiastas e inquietos, me invitaban a observarlos plenamente para identificar sus intereses y necesidades; estudiantes que ante complicaciones de diversa índole asistían a la escuela buscando ser escuchados, tomados en cuenta, sentirse parte de una sociedad. Todo ello me recordaba el girar de mi globo terráqueo, que, similar a la vida, gira sin definir un punto final.
Aprendí a adaptarme a situaciones que jamás imaginé escuchar ni ver, en las que no sabes si reír, llorar, brincar, correr o simplemente escuchar; pero en ese momento eres su guía, amiga, madre, enfermera, psicóloga. Eres en ese preciso instante el único ser que está a su lado para escucharles sin generarles una indicación negativa, sino, al contrario, servirles como un hombro donde sostener tanta carga emocional que pesa sobre ellos. Todo ha valido la pena, ya que cada minuto que he invertido en mi trabajo ha sido realmente redituable: la semilla que he logrado sembrar en mis alumnos se ha visto en crecimiento y florecimiento integrándose como parte de una sociedad, y ello genera gran satisfacción en el cumplimiento de mi labor.

"Curiosidades del juego de escuadras"

Beatriz Marcela Millán

Lo cierto es que nuestro juego de escuadras, o escuadra y cartabón, se conforma por dos instrumentos utilizados más en dibujo técnico que en clases de geometría. Esto se debe a los ángulos específicos que tienen, ya que si queremos hacer otros tendremos que usar el transportador. A pesar de esto, entre la escuadra y el cartabón, deslizando uno sobre otro, se pueden trazar rectas perpendiculares y paralelas, y una variedad de ángulos: de 15º, 30°, 45°, 60°, 75º, 90°, 105°, 120°, 135°, 150º y 165º. En la figura podemos observar cómo podemos usarlas para formar estos ángulos.

El juego de escuadras consiste en dos triángulos rectángulos, uno isósceles con ángulos de 90º, 45º y 45º, y otro escaleno con ángulos de 90º, 30º y 60º. En realidad, el nombre de escuadra se le da al primero, mientras que al segundo se le da el de cartabón. El significado de la palabra escuadra viene del latín vulgar exquadra, derivada a su vez de exquadrare, que significa “hacer cuadrado”. Se compone del prefijo ex-, que significa “hacia afuera”, y de quadrare, que significa “cuadrar”. De esta manera, la escuadra es un instrumento que utilizamos para hacer ángulos rectos. Si dividimos un cuadrado en diagonal nos queda un triángulo como el de la escuadra, es decir, de 90º, 45º y 45º. En contraste, la etimología de la palabra cartabón es una mezcla de latín, griego e italiano. La palabra charta proviene del latín y significa “papel”, que a su vez viene del griego chartes. De charta surgió en italiano el término cartone, que significa “cartón” o “papel grueso”, utilizado antiguamente para hacer plantillas o patrones. De ahí se cree que la palabra pasó al español como aumentativo o derivado de “carta” o “cartón”, refiriéndose a una plantilla de cartón que usaban los artesanos, principalmente sastres y carpinteros, para mantener ángulos fijos. El cartabón es la mitad de un triángulo equilátero y es también la mitad de un rectángulo con la misma relación de lados.

"El taller de corte y confección"

Martha Hernández

En aquella época, yo tenía doce años y estudiaba en la Escuela Secundaria Federalizada Agustín Melgar, mejor conocida como ESFAM. El taller que cursaba tenía por nombre Corte y Confección; parecía exclusivo para las mujeres, pero luego me enteré de que los hombres también podían cursarlo. En Corte y Confección se aprendía a elaborar ropa, con todo lo que esto implica: trazar los patrones, tomar las medidas, pegar botones y cierres, hacer dobladillos, entre otras actividades. Lo que se confeccionaba era variado: desde ropa para bebé hasta un vestido de novia. A mí me encantaba todo del taller.

Sin embargo, tardé en tomar confianza para utilizar la máquina de coser, ya que le tenía cierto temor. Sin lugar a dudas, era un taller en el que se aprendía muchísimo, y además muy útil, pues nos permitía arreglar una prenda desgarrada o descosida para así apoyar la economía familiar o a la comunidad. Desafortunadamente, hoy en día ese taller ya no se imparte en la secundaria. Lo sé porque mi hija asistió a la misma escuela que yo, pero ya no pudo aprender a utilizar las reglas con las que empezaba el reto de confeccionar una prenda.

"Un lugar para soñar"

Beatriz Martínez Hernández

Soy una mujer de cuarenta y cuatro años y sólo estudié hasta la secundaria. Cuando recuerdo esos años, pienso en el salón de clases de segundo grado. Era un aula sencilla, con paredes color crema ya un poco desgastadas, pupitres de madera rayados con nombres y corazones, y un pizarrón verde que siempre quedaba manchado de gis blanco. No era un lugar moderno, pero para mí significaba mucho. Cada mañana entraba con mi uniforme azul marino y blusa blanca. Me sentaba casi siempre en la tercera fila, cerca de la ventana. Desde ahí podía ver el patio y escuchar a los demás grupos durante el receso. Recuerdo especialmente las clases de Español. La maestra nos pedía leer en voz alta y, aunque al principio me daba vergüenza, poco a poco fui tomando confianza. Un día leí un cuento frente a todos y, cuando terminé, mis compañeros aplaudieron. Ese momento me hizo sentir capaz, como si mi voz realmente importara.

También recuerdo el olor a libros y cuadernos nuevos al inicio del ciclo escolar, la emoción de estrenar útiles y las risas compartidas cuando el maestro de Historia hacía bromas para que entendiéramos mejor los temas. No todo fue fácil, a veces me costaban las matemáticas y sentía frustración. Pero aprendí a pedir ayuda y a no rendirme tan rápido. Ese salón no sólo fue un espacio físico, fue un lugar donde crecí, donde aprendí a convivir, a respetar opiniones y a soñar un poco más allá de lo que conocía. Aunque no continué estudiando después de la secundaria, lo que viví en ese salón dejó una huella importante en la mujer que soy hoy.

"Muerte que cuida la vida"
Estela Domínguez Ramírez
Esos pensamientos me hacían reflexionar, incluso sin darme cuenta, sobre la importancia de respetar y proteger a los animales. Pensaba que muchas veces no somos conscientes del daño que podemos causar y de cómo nuestras acciones afectan a otros seres vivos. Con el paso del tiempo, fui entendiendo mejor qué eran los animales disecados y para qué servían. Supe que se usan para mostrar cómo son las especies y para que las personas puedan aprender sobre ellas. Aun así, esa primera experiencia se quedó muy marcada en mi memoria porque fue algo totalmente nuevo para mí. Hasta ahora, cuando recuerdo ese momento, todavía puedo sentir un poco de esa sensación extraña que tuve la primera vez. Pero también lo recuerdo como una experiencia que me ayudó a ser más consciente, sensible y respetuosa con la vida de los animales.
La primera vez que vi animales disecados fue cuando era niña. Recuerdo que tuve una sensación muy extraña, como si ellos me estuvieran mirando. Me daba curiosidad, pero al mismo tiempo me provocaba incomodidad. No entendía bien qué eran, sólo veía que estaban ahí, quietos, y eso me hacía sentir rara. En una ocasión me invitaron a tocar uno, era un mapache. Cuando lo toqué, me sentí muy incómoda porque era como si estuviera atrapado dentro de su propio cuerpo, como si estuviera congelado. Pensé que alguna vez estuvo vivo y que ahora sólo estaba ahí sin poder moverse. Esa idea me puso nerviosa y un poco triste. Como cualquier niña, sentía intriga, miedo y confusión. Pero también empecé a pensar en la vida que había tenido ese animalito: cómo habría vivido, si tenía familia, si corría libre, si estaba en su hábitat natural… Me preguntaba por qué había terminado así y qué había pasado para que ya no estuviera vivo. A veces pensaba si fue por culpa de las personas, por descuido, por contaminación o por no cuidar la naturaleza como se debe.

"Sólo contestando"

Monserrat Romero Mendoza

Recuerdo que el chismógrafo fue muy popular cuando iba en la primaria, especialmente en sexto grado. Se trataba de una libreta en la que se respondían preguntas del tipo “¿cómo te llamas?”, “¿cuántos años tienes?”, “¿cuál es tu música favorita?”, “¿cuál es tu comida preferida?”, “¿qué color te gusta más?”. Incluso había preguntas como “¿quién te gusta del salón?” o “¿cuántos novios has tenido?”. El chismógrafo se daba a quienes quisieran contestarlo. Recuerdo que cada que se pasaba a un compañero diferente, varios aprovechaban para revisar las respuestas anteriores, y algunas de ellas después se comentaban entre grupitos; esto generaba un mayor interés por leer lo que los demás habían escrito. El chismógrafo se contestaba en cualquier momento del día: en el recreo o entre las clases, pero se debía tener cuidado de que la maestra no se diera cuenta. A veces, no todos respondían todas las preguntas, lo que provocaba que las respuestas no siempre coincidieran con el orden de los números. Dicha situación alimentaba la curiosidad entre los compañeros que revisaban las respuestas de los demás.

Esta actividad siempre era tema de conversación entre amigos, quienes hacían comentarios como “tal persona puso esto” o “a tal le gusta ella o él”, entre otras afirmaciones. En ocasiones, dicha dinámica ayudaba a conocerse un poco mejor o simplemente a compartir gustos. Algunos lo usaban para revisar las respuestas de quienes les llamaban la atención; también había quienes contestaban con la verdad o se inventaban respuestas solamente para quedar bien con los demás. Varios en el salón tenían un chismógrafo. El dueño era el encargado de decorarlo y de escribir las preguntas. Aunque yo nunca tuve un chismógrafo propio, sí participé contestando varios, pues era una experiencia muy entretenida que ayudaba a socializar con los demás.

"El momento de la peli"
Lizzet Adalid Novia Rodríguez
Tengo treinta y cinco años y recuerdo que el uso del proyector de películas fue una experiencia muy significativa durante mi etapa escolar, especialmente en la primaria y la secundaria. No era algo que se utilizara todos los días; por eso, cuando los maestros anunciaban que veríamos una película o un fragmento relacionado con algún tema, lo vivíamos con entusiasmo. En mi experiencia, el proyector hacía que las clases fueran más dinámicas y comprensibles. Por ejemplo, en Historia, ver documentales o representaciones de acontecimientos importantes me ayudaba a imaginar mejor el contexto y a entender los hechos más allá de lo que decía el libro. En Ciencias Naturales, observar videos sobre el cuerpo humano, los animales o el espacio facilitaba que conceptos que parecían abstractos se volvieran más claros y visuales.
También considero que el uso del proyector favorecía que pusiéramos atención. Al ser un recurso diferente a la explicación tradicional, despertaba nuestra curiosidad y hacía que participáramos más cuando el docente abría un espacio de reflexión o de preguntas. Sin embargo, su uso dependía mucho de la planeación del maestro; cuando estaba bien integrado al tema, realmente fortalecía el aprendizaje. En general, recuerdo el proyector como una herramienta innovadora en su momento, algo que enriqueció mi proceso educativo al combinar lo visual con lo auditivo, facilitando una comprensión más significativa de los contenidos.

"Entre céfiros y trinos"

Vanessa del Rocío Alonso Caldera

Suena la trompeta. Presento mis baquetas e inicia: “Se levanta en el mástil mi Bandera…”. Todavía puedo escucharlos: “Muy adentro en el templo de mi veneración…”. No quiero dejar de escucharlos: “Oigo y siento contento latir mi corazón”. Es lunes primero de septiembre. Tocan honores a la Bandera. La maestra arregla a mis compañeros colocando los golpes de gala. “Sí, maestra, los golpes de gala van a siete centímetros del hombro”, afirmo asintiendo con la cabeza. “Sí, los segundos van a un centímetro”, continúo. “No, la punta no va hacia abajo”. Ojalá que nadie olvide las baquetas, por favor; que nadie las olvide. Ya es hora. ¡Corran! ¡En formación! Pablo, dale esos guantes a Dama; Enrique, otra vez tarde, ¿y las baquetas?; Ron, a la cuenta de tres, ¿listo? Suena la trompeta y comienzan, sin mí. ¿Me extrañan? Entré el ciclo escolar anterior a primer grado de secundaria. Fui alumna de la General No. 17. No hablaba con nadie y aún usaba cubrebocas.

La banda de guerra no existía cuando entramos. Mi grupo, 1° B, la integró después. Hasta antes de las vacaciones decembrinas no me sentía parte de ellos; les hablaba a pocas personas. Y entonces, pasó. Comenzamos a tocar juntos; ya era parte de ellos. No volví a usar el cubrebocas. Mi papá es militar. Seguramente le satisfizo escuchar las trompetas y los tambores en mi funeral. Mis amigos fueron a despedirse de mí. Con las mejillas húmedas y un nudo en la garganta, tocaron como nunca, a todo pulmón y con las manos punzantes por la fuerza de sus baquetas. Suena la trompeta y comienzan, sin mí: “Como un sol entre céfiros y trinos…”. ¿Me extrañan? “Como un rayo de luz se eleva al cielo…”.

"El salón de clase , mi escudo "

Blanca Estela Márquez Mora

Respiré hondo. El aula no tenía calefacción, pero al menos había paredes firmes, ventanas y un poco de resguardo. SÍ —respondí—. Pero antes de empezar con ecuaciones, movimos los pupitres. Comenzamos con saltos suaves, carreras. El vapor de nuestra respiración se mezclaba con entusiasmo. Después con retos matemáticos: resolvíamos mientras nos movíamos. Cada respuesta era celebrada con pequeños bailes. Aquel día entendí que el salón de clase no solo enseña números; también abriga. Y que, a veces, el calor más importante no viene del clima, sino de la presencia, la escucha y la decisión de quedarse en el salón de clase.

Fue en el 2010, en Puerto Peñasco, un invierno decidió recordarnos que el desierto también sabe ser implacable. Aquel enero, parecía una excepción escrita por el viento helado que soplaba desde el Golfo de California, que carcomía mis huesos y partían los labios. Llegué a la secundaria más abrigada que una cebolla, envuelta en capas y bufandas que apenas me dejaban caminar. Protección Civil recomendaba suspender clases por el frío extremo. Aun así, abrí el salón de clases, al entrar Pepe, mi alumno más pequeño, estaba sentado en la primera fila, con una gran sonrisa que iluminaba el aula más que el sol tímido de aquella mañana. Dylan se frotaba las manos. —Maestra, qué bueno que pudo venir —me dijo Pepe, con esa sonrisa que guarda momentos inolvidables—. Solo somos Dylan, usted y yo. Dicen que no va a haber clases por el frío… pero, maestra, en mi casa hace más frío. ¿Podríamos quedarnos aquí, por favor? Sus ojos, grandes y esperanzados, sostenían una verdad que el termómetro no medía. —Mi mamá no ha llegado de trabajar —añadió, en voz baja— y la casa es muy fría.

"Coloreando - De la secundaria al laboratorio"

Luz María López Marín

¿Quién lo diría?, pero hace apenas unos cien años abría sus puertas en México la primera escuela secundaria formal. ¡Qué suerte la mía!, porque nací décadas después, en los años 1960s, en un pueblito del estado de Veracruz. En su juventud, mi abuela miraba cómo las escuelas iban abriéndose paso en ese México postrevolucionario; pero mi madre nunca pudo ir a la escuela secundaria, lo que le habría requerido partir a la capital del estado. Durante mi infancia, en cambio, nuestro pueblo contaba ya con tres escuelas del nivel. Y no lo sabíamos, pero allí, sumidas en medio de una naturaleza de ensueño, mis amigas y yo forjábamos lazos que durarían por siempre. Alejados de recursos que eran comunes dentro de las grandes ciudades, nuestros profesores eran también unos maestros de la improvisación. No contábamos con una sola librería; nuestras lecturas eran encargadas en una de las papelerías del pueblo. Sin libros para niños, navegábamos en los libreros de nuestras casas, con lecturas incomprensibles para nosotros. Pero ¡qué diversidad, en cambio, de libros para colorear! De bajo costo y tan universales. Entre mis mejores recuerdos guardo aquellos de las vísperas del Día de Reyes, cuando mi madre y yo salíamos a elegir cuadernos para colorear para niñas de los alrededores.

A la fecha, un libro para colorear me sigue pareciendo el mejor regalo para cualquier infante. Reflexiono si esta idea no estará sesgada por mi historia, pero cierro los ojos y veo las expresiones de mi hija cada vez que recibía uno, para luego desprenderle hojas ya trabajadas y obsequiarlas solo a sus mejores amigas. Por mis maestros de secundaria aprendí que no todos los seres vivos vemos los mismos colores y, lo mejor, que había personas dedicadas a comprender eso y miles de cosas más. Y aquí me tienes ahora, escribiendo estas líneas entre amigos del laboratorio que miran combinando dos o tres colores, y que pasan su día entre láseres y otras luminiscencias, cuales niños tratando de armar historias sobre un libro para colorear.

"De alumna a colega"

María Del Rosario Irineo Martínez

Durante mi educación secundaria tuve la fortuna de estudiar en la Escuela Secundaria Oficial 0794 “Niños Héroes”, situada en la parte alta del municipio de Chimalhuacán, Estado de México. Entre sus pasillos descubrí a muchos docentes valiosos, pero ninguno marcó mi vida como la maestra Liliana Fernández Ibáñez, quien entonces impartía inglés y formación cívica y ética. Ella veía más allá del cuaderno y las tareas: veía a la persona. Supo reconocer mis miedos, mis dudas y mis ganas de aprender. Con palabras de aliento y una paciencia profunda, me enseñó a confiar en mí, a expresar mis ideas sin temor y a valorar el aprendizaje como un camino de crecimiento personal. Cada clase suya dejaba una huella que iba más allá del contenido académico. Egresé en el año 2015 y durante nueve años, nuestras vidas siguieron caminos distintos. Mientras cursaba el bachillerato y luego la licenciatura en educación, su ejemplo me acompañó silenciosamente. En mis momentos de cansancio o inseguridad, recordaba su voz y la certeza con la que siempre creyó en mis capacidades.

Cuando comencé a impartir clases en una secundaria, jamás imaginé que tendría el privilegio de reencontrarla. En un evento de mi zona escolar, entre saludos y diplomas, la reconocí. Al vernos, reímos, recordamos y compartimos un abrazo que cerró un ciclo y abrió otro: aquel en el que ya no era solo mi maestra, sino también mi colega. Sus consejos para mejorar mi práctica docente se sintieron como un regalo que la vida me devolvió. Todo lo que he logrado se lo debo a muchos maestros, pero especialmente a ella, que creyó en mí antes de que yo aprendiera a creer en mí misma.

"¿Y dónde está la matriz?"
Margarita Pérez Caballero
Alumna de 12 años de reciente ingreso en una escuela secundaria diurna de la Ciudad de México: Ahí estaba el cuerpo humano, en el laboratorio de Biología de mi secundaria, dentro de una vitrina que lo resguardaba del polvo, pero sobre todo de las manos curiosas y “destructivas” de las alumnas. Ahí estaba esa máquina perfecta, maravillosa, que la imaginación de los estudiantes de preescolar o primaria no alcanzaban a comprender en toda su magnitud. Era el primer día de laboratorio en un plantel sólo para niñas, con reglas estrictas entre las que se incluía que no podían impartir clases docentes hombres y el largo del uniforme escolar debía coincidir con la altura de la rodilla. Era toda una escuela de señoritas; sin embargo, ahí había un cuerpo humano más que desnudo, mostrando sus órganos internos: ¡cuántas ganas de mirarlo de cerca, de manipularlo, de desarmarlo y volverlo a armar sin la restricción de la vitrina! Un momento, si era una escuela donde el estudiantado, personal docente y directivos eran mujeres, este cuerpo tenía que representar forzosamente a una mujer, pero ¿y dónde está la matriz?
"Soñar "
Blanca Susana Vega Martínez
No recuerdo su color exacto, tenía tonalidades verdes o azules, o quizá ambas; su lugar específico en casa tampoco lo tengo en mi memoria, pero solía verlo en el cuarto de mi hermano mayor. Su presencia me hacía imaginar, crear y, lo más importante, soñar… Soñar que podía salir más allá de las cuadras de la colonia en la que habitaba. Pronto ese objeto, en combinación con los libros, se convirtió en una inquebrantable relación: los libros nombraban y el susodicho sugería el lugar de la peripecia. Mis manos aún rememoran su textura lisa, su curvatura y sus líneas en relieve mostrando los hemisferios. El gozo de hacerlo girar y detenerlo a ojos cerrados para imaginar el lugar en el que sería mi primer viaje; en ocasiones, el extraordinario mar… y volver a girarlo y estar en India, China, o Escocia. Y a veces, con trampa, colocar el dedo en el norte o sur para llegar hasta la Unión Soviética o a la Patagonia. Ese objeto tuvo un lugar tan representativo en mi vida escolar que aún siento que puedo girar sobre su eje la gran esfera.
Hoy, sólo doy un clic, pero sigo soñando con la inmensidad del mundo e imaginando que los recorridos me llevan a lugares inusitados, tal como la literatura de viaje se ha encargado de obsequiarnos…

"Memorias del aula"

Myriam Guadalupe Sandoval Rivera

Soy maestra de Geografía. En aquel entonces trabajaba en la comunidad de Miraflores, en Baja California Sur, en una escuela rural que tenía una matrícula pequeña al igual que la cantidad de maestros. Cada día que pasé en el salón de clases, me permití aprender de mis estudiantes. Comprendí que el aula no eran sólo cuatro paredes, un pizarrón, unos mesabancos y los alumnos, sino un espacio donde se manifiestan muchas emociones. En julio de 2019, abrí la puerta del salón de clases con un “¡Buenos días, jóvenes!”, y cuando mi mirada cruzó el aula, al unísono escuché un “¡Sorpresa!” acompañado de risas y globos que fueron lanzados desde el interior del aula. No era mi cumpleaños ni el día del maestro; no sabía a qué se debía la festividad. El pizarrón estaba lleno de mensajes y dibujos: “La vamos a extrañar”, “La queremos mucho”, “Jamás se olvide de nosotros”, “Usted ha sido una gran maestra y tutora”, “La queremos machín”, “La admiramos, y hablo por todos”. La situación cobró sentido. Esos mensajes llenaron mi rostro de alegría y probablemente hubo algunas lágrimas de felicidad.

Ese día no sólo era mi última clase con ellos, sino mi último día en la escuela, pues tuve la oportunidad de cambiar mi adscripción a una institución más cercana a mi hogar. Las palabras en aquel pizarrón me llenaron de una gran satisfacción porque hasta el alumno más tremendo me dijo: “Maestra, hoy no la voy a hacer enojar”. Entendí que, como maestros, no sólo damos una clase, sino que impactamos en las vidas y los corazones de los estudiantes; sentí que, aunque probablemente mis alumnos olvidaran los temas sobre la asignatura, siempre recordarían el cariño, las risas y los regaños de su maestra Myriam.

"Prácticas que dejan huella"

Nohemí Díaz Castro

Han pasado varios años desde que estudié en la Secundaria General Jesús Mastache Román en Acapulco, y aún recuerdo con nostalgia aquellas clases que me motivaron a desempeñarme como docente de Español en este nivel educativo. Recuerdo aquellos días en que iniciábamos nuestra activación física al salir corriendo del salón de clases para llegar a las canchas antes de que el profesor de Educación Física dijera tu nombre, y, cuidado, porque si te encontraba la prefecta jugando en los pasillos, seguro te hacía un reporte. Llevábamos doce materias, de las cuales Español era mi favorita mientras que Matemáticas la que menos me gustaba. Cabe aclarar que, a pesar de no gustarme las Matemáticas, nunca reprobé ningún bimestre, porque mis maestros siempre me apoyaron y motivaron para salir adelante. Cómo olvidar el ponernos de pie cuando el profesor de Español entraba al salón y darle las buenas tardes para, en seguida, realizar la lectura en voz alta de un poema con el que, además de practicar la lectura, practicábamos la poesía coral.

Hay quienes opinan que hoy en día estas prácticas son obsoletas, pero lo cierto es que me han ayudado a desarrollar hábitos de disciplina y gusto por la lectura de poemas en mis alumnos. Otra de las estrategias que tengo presentes son las lecturas dramatizadas, pues con ellas conocí obras representativas de distintas épocas. Aunque algunas prácticas de antaño son un legado a mi desempeño profesional, reconozco que muchas cosas han cambiado, sobre todo por el uso de las tecnologías, lo que me ha llevado a reflexionar constantemente sobre mi práctica docente para adecuar o cambiar las estrategias conforme al contexto actual. Para concluir, celebro el ser parte del nivel secundaria a sus cien años de existencia y tener la oportunidad de fomentar el gusto por la lectura en los jóvenes.

"Leer como puerta al mundo amplio"

Eugenia Macías Guzmán

No recuerdo bien si el libro Rosas de la infancia era de mi paquete escolar de educación primaria para ejercitar la lectura o si estaba en el menaje de casa de mi abuela materna, que fue trasladado cuando ella falleció a un tercer piso del hogar donde crecí. Estos objetos incluían los de mi madre cuando fue niña; entre ellos estaban sus libros. Lo que sí siento en la certeza de mi memoria es que con este libro me ejercité en la lectura, una y otra vez, como dando pasos en el nuevo mundo que leer abría ante mí. Años después, en el propio comienzo del leer de mi hija, reviví este asombro de saber descodificar en voz alta historias, viajes, rasgos de personas y lugares. Encontrar los tonos precisos de estas narraciones dejando atrás las lecturas planas del apenas estar aprendiendo a deletrear o entonar sílabas para dar lugar a matices, intenciones, episodios y peripecias.

Para mí, leer es tan vital como los sentidos kinestésicos de todo ser humano. Es el milagro que conecta el cerebro, la vista y la voz para abrir la puerta y acceder a la información de la vida afuera y también al infinito acervo de personas que han aportado al mundo con sus textos en novelas, poemas, ensayos y aforismos. Serios, risueños, fragmentarios, laberínticos, irónicos sentidos. A través de la palabra se testifican vidas; se aprende o se dialoga con ellas por contraste con lo que pasa en la nuestra. Conversaciones que trascienden tiempos y espacios.

"Tac...tac"
María Analí Franco Bello
Tac... tac... salió de ella mientras volaba el polvo que la recubría. Habían pasado al menos diez años desde la última vez que alguien la tocaba. Escondida entre los muchos recuerdos y sobre cajas llenas de hojas amarillentas, yacía esperando ser utilizada de nuevo. —¡Conque aquí estaba! —dijo la directora de la telesecundaria que daba cobijo a la Supervisión Escolar —¡Si esta máquina hablara! Pude ver en sus ojos cómo su vida regresaba en el tiempo. —Cuando llegué a esta zona sólo existía un cuartito en el que entregábamos toda la documentación. Raúl, que en ese entonces era asesor, tecleaba con más ganas que un chiquillo en clase de Mecanografía. Yo era una maestra de esta escuela, pero me tocaba hacerla de todo; después me convertí en su directora, Raúl en supervisor, y con Alicia, Julián y José construimos la Supervisión que conoces ahora. Esta máquina nunca ha salido de su hogar, con ella llenamos sabrá Dios cuántos certificados. Ahora, Raúl ya no está, yo me jubilaré pronto y ella seguirá aquí.
Poco a poco sus ojos se llenaron de profunda melancolía, azul como aquella máquina de escribir. Con mucho cuidado tomé aquel tesoro y lo llevé hacia una mesa. —¿Sabe? El pasado existe para recordarnos de dónde venimos y que alguna vez existimos —le dije mientras limpiaba nuestra joya. Raúl partió con el Covid-19, Miros se jubiló hace cuatro años al igual que Alicia, Julián y José; yo me cambié de zona y la Supervisión dejó de existir, pero si un día visitas la Telesecundaria Francisco Zarco, y entras a la oficina donde alguna vez estuvo la Supervisión Escolar 612, encontrarás de frente, a tu llegada, una máquina de escribir azul que con añoranza espera susurrar de nuevo tac... tac.

"Los programas de las escuelas normales y las clases de escritura y caligrafía"

Elvia Montes de Oca Navas

En la década de los sesenta del siglo pasado, en las Escuelas Normales, al menos las que había en la ciudad de Toluca, Estado de México, como la Escuela Normal para Señoritas, que así se llamaba entonces, era muy importante que las alumnas tuvieran una letra “perfecta”, pues los medios fundamentales para la enseñanza eran el pizarrón y el gis. Las letras que las futuras profesoras escribieran en el pizarrón, por su belleza y perfección, debían ser modelos para sus alumnos. En el primer año de estudios de la Normal se cursaba la asignatura de Escritura y Caligrafía. El objetivo era que tuviéramos una hermosa letra. Los ejercicios se hacían en cuadernos de doble raya, los mismos que los niños utilizaban para aprender a leer y escribir. Además, se usaba manguillo y tinta china. Los ejercicios eran muy cansados, páginas y páginas impecables de los llamados “humos”, círculos a manera de espirales muy juntos, pero sin tocarse; “lluvia”, líneas inclinadas igualmente muy juntas; “petatillo”, cruces de letras distintas de manera inclinada que formaban cuadrados. El tipo de letra que debíamos manejar era palmer, en el que las letras de una misma palabra van unidas entre sí, con marcadas diferencias entre mayúsculas y minúsculas.

Esa materia tenía el mismo valor que las teóricas. No olvido el nombre de la profesora: María Teresa Palomino. En el primer examen, era yo alumna becada-interna. Me preparé durante toda la mañana haciendo muchos ejercicios: humos, lluvias y petatillos. En la tarde fue mi examen. Mi mano derecha estaba tan rígida por ejercitar demasiado por la mañana que fracasé. Saqué un inolvidable cinco de calificación; por poco pierdo mi beca. Actualmente poco se utiliza la letra palmer, ya que fue sustituida por la letra de imprenta: letras separadas de una misma palabra. Hoy manejo la palprenta, mezcla de las dos. Reconozco que mi escritura es poco legible, por lo que seguramente me volverían a reprobar.

"La sinfonía del carro ancho"
Martha Catalina Santos Alvarado
Corría 1987 y el aire de mayo en el pueblo de Bustamante, Nuevo León ya venía cargado con ese calorcito que abraza, pero al cruzar la puerta del salón de Mecanografía el mundo se transformaba. Ese era mi lugar favorito en la secundaria; un refugio con aroma a aceite y tinta donde el tiempo se marcaba al ritmo de los metales. Ahí me esperaba ella, mi Underwood de carro ancho, una mole de acero gris que brillaba bajo la luz de los ventanales, heredada de mis compañeras de antaño. Junto a mi máquina, se extendía una fila de otras diez Underwood, un batallón de uniformes listos para la batalla. "A-S-D-F, espacio", repetía el profe Gelo. Yo cerraba los ojos mientras el pasante, ese papel carbón azulado, esperaba bajo la hoja blanca. El pasante no sabía de mentiras; cualquier titubeo quedaba registrado por duplicado para la eternidad.
Lo que más amaba era el carro ancho. Al llegar al margen, lanzaba la palanca y el ¡clic! de la campana creaba una sinfonía de pequeñas victorias. Al final, con los dedos manchados de azul, sentía que había construido algo real. Comprendí que la secundaria era una época especial, una melodía viva en la que cada día creaba una partitura nueva que escribíamos mientras encontrábamos nuestra propia voz. En mi secundaria entendí que aquella máquina me enseñó que la vida no ofrece borradores fáciles. Aprendí que para que los sueños se graben hay que entregarse con determinación, y que las marcas del esfuerzo son las cicatrices hermosas de quien se atreve a escribir su propio destino. Y ahora guío con amor esas manos de mis alumnos que empiezan a trazar sus propios caminos, honrando siempre la huella que aquella estudiante de secundaria dejó en mí.
"El microscopio y mi alejamiento de la ciencia"
Norma Ramos Escobar
Estudié en la Escuela Secundaria Técnica No. 37 en Escobedo, Nuevo León entre los años de 1987-1990. Mi contacto con la secundaria no fue muy agradable al inicio, ya que era una niña que había migrado de la Ciudad de México, por cuestiones de una oportunidad de trabajo que mi padre tenía. Esto, al principio me trajo varias burlas por mi acento “chilango” o mi “hablar cantadito”, sobrellevé las burlas de mi forma de hablar, pues había cosas que más me preocupaban como el calor intenso del salón de clase que me sofocaba y hacía que me durmiera en algunas clases, ya que estaba en el turno vespertino de la secundaria. Estudié sólo con mujeres los tres años de secundaria, ya que los grupos se dividían por la elección de talleres y las mujeres estábamos en secretariado y los hombres en talleres como electricidad y electrónica. Recuerdo pocas asignaturas realmente, pero siempre quedará guardada en mi memoria una de las primeras veces que observé a través de un microscopio. Los laboratorios de química estaban diseñados con mesas muy grandes, anchas y grises de material pesado, pues ahí mismo estaban las llaves para lavar el material y conectores para los aparatos que lo necesitaban. Hasta entonces, me sabía de memoria para qué servía el Matraz Erlenmeyer, los tubos de ensayo, la hornilla de laboratorio, entre otras cosas. Pero el microscopio siempre llamó mi atención.
Debo confesar que no recuerdo si hubo una experiencia previa (en la primaria) para observar a través del microscopio y tampoco recuerdo si antes de aquel día, del que hoy escribo, vi algo a través del microscopio. Ese día de nuestra práctica de laboratorio, con la obligada bata blanca, el profesor de química, que sólo recuerdo alto, moreno y de cabello quebrado nos dijo algo así como que íbamos a ver unas “especies” en el microscopio. Al ser sólo mujeres en el salón me extrañó que hubiera un grupito de 3 o 4 compañeros varones de otro salón en una esquina. Recuerdo que el salón era numeroso y el material obviamente se compartía, el maestro nos pasó en grupos para que todas observáramos “los amiguitos que les van a dar hijos algún día”, ¡así es! el profesor nos puso a ver los espermatozoides obtenidos, según nos señaló, de un voluntario entre los compañeros que estaban en ese momento. Recuerdo la escena de mucho bochorno para nosotras y para nuestros compañeros que se arremolinaban para ver cómo eran “los amiguitos”. Con el aumento al que se puso el telescopio podíamos observar claramente el movimiento y la forma de los espermas. Aún tengo en mi memoria cómo en mi inocencia aún infantil del primer año de secundaria me dio terror que alguno de los espermas se me quedara en la mano, no fui la única, varias de mis compañeras luego de la clase nos lavamos las manos, desconocíamos cómo era el proceso de reproducción y cómo se embarazaba una mujer, sabíamos que no era por verlos, pero creíamos que al tener contacto con ellos podría ocurrir algo.
Algunas más lo vieron con humor y otras más a cuchichearon sobre quién fue el “donador”. Le conté a mi hermana (un año menor que yo) lo que había visto y cómo era en el microscopio un esperma y recuerdo haberle dicho: “no te acerques porque puedes tener un bebé”. Este terror de quedar embarazada lo tuve durante algún tiempo, medio año más tarde tuve mi primera menstruación y mamá me enseñó las cosas básicas y supe hasta entonces algo más o menos sobre el embarazo. A la distancia de los años y con mi formación en perspectiva de género y educación puedo darme cuenta que hay prácticas docentes que no son nada afortunadas para la formación en la ciencia. Más bien, ahora creo que fue una estrategia mal diseñada e improvisada y muy sesgada en términos de género ¿Por qué si éramos mujeres en el salón nos puso a mirar espermas y no algo más relacionado con nuestro cuerpo? ¿Fue para infundir miedo o precaución sobre el embarazo? ¿Para ver al espermatozoide como el único dador de vida? ¿Todas las mujeres tenemos que tener hijos? En mi caso, debo señalar que no me gustó nunca la Química y poco menos la Biología y creo que en parte tiene que ver por la forma en que se nos presenta, muy teórica al principio y cuando es una clase práctica ocurren cosas como las que describo y que nos aleja de la ciencia por no ser prácticas contextualizadas en este caso sobre la reproducción.

"Cuando las manos aprenden a volar"

Claudia Jani Robles Olvera

Casi ya para egresar, ocurrió algo que aún me emociona recordar. Ele se levantaba de su silla de ruedas para apoyarse en la tarja y lavar los utensilios que había utilizado en su propia preparación. Ese acto, sencillo para muchos, era para ella un símbolo de autonomía, esfuerzo y dignidad. Más allá de las técnicas culinarias, Ele aprendió a resolver necesidades reales: preparar alimentos para su familia, colaborar en casa y visualizar una forma de aportar a su comunidad mediante la elaboración y posible venta de productos. Hoy sé que la inclusión no siempre hace ruido. A veces sucede en silencio, entre ingredientes, memoria, esfuerzo… y la firme decisión de una alumna que aprendió, literalmente, a sostenerse sobre sus propios logros.

Soy la profesora Jani, de la Escuela Secundaria Diurna No. 255, turno vespertino, ubicada en la colonia López Portillo, en Iztapalapa. Mi relato no habla de calificaciones ni de concursos, sino de un logro silencioso, profundo y transformador: la historia de Ele. Ele llegó a mi Taller de Cocina en primer grado. Tenía discapacidad motriz, secuelas de parálisis cerebral espástica tipo diplejia y una presencia discreta que parecía querer pasar desapercibida. Al inicio, permanecía en su silla de ruedas, observando en silencio a sus compañeros. No leía ni escribía, por lo que su aprendizaje dependía de su memoria y de lo que sus ojos lograban captar. Su participación era mínima, pero su atención lo decía todo: estaba aprendiendo. Poco a poco, Ele encontró su manera de estar en la cocina. Prefería las recetas con imágenes y repetía los procedimientos hasta hacerlos suyos. Descubrió el placer de preparar con sus manos: trufas, gelatinas y pequeños pasteles que llevaba orgullosa a su familia. La cocina se convirtió en su lenguaje, en su espacio de seguridad y de logro.

"Reminiscencia"

Paula Adriana Álvarez Peñaloza

La mesa de preescolar es una pieza significativa para mí desde la infancia hasta mi vida profesional. Esta clase de muebles dentro de los jardines de niños representa un tipo de organización en el aula, de modo que es un elemento que forma parte de la manera como enseñamos. Durante mi época como docente, apoyaron mi actividad escolar en los proyectos que realizaba. El hecho de que estas mesas pudieran moverse facilitaba el trabajo colaborativo, pues los estudiantes podían acomodarlas para realizar sus actividades en equipos más fácilmente; también acomodábamos las sillas para formar círculos y contar un cuento o hacer una asamblea y hablar sobre lo que habían aprendido durante el día. Al finalizar la jornada las colocábamos pegadas a la pared y los niños recogían sus sillas. Todas estas diferentes formas de organización, además de posibilitar interacciones sociales entre los estudiantes, favorecían su aprendizaje. El uso que le di a la mesa de preescolar fue fantástico. Cuando fui maestra ya no eran de madera, sino de plástico, por lo que podía poner en ellas el nombre de cada niño para que comenzara a identificar, con sentido de pertenencia, su lugar, su mesa y su silla. Constantemente cambiaba sus nombres de lugar para que se relacionaran con sus demás compañeros, pues siempre querían sentarse con los mismos.

Esta estrategia también fomentaba buenos hábitos, pues cada uno debía mantener su espacio limpio y en buen estado; y lo más importante: cada niño debía asumir su responsabilidad en caso de que hubiese rayado su mesa o su silla. Yo pienso que ésta no es una forma de reprimir a los alumnos, sino una estrategia crucial para prepararlos no sólo para la escuela, sino también para la vida. Como mujer, la mesa de preescolar representa para mí la primera herida de abandono. Aún recuerdo mi primer día de clase: yo, sentada en la silla y con la mesa de madera enfrente, vi a mi mamá alejarse y dejarme en un mundo desconocido para mí. A diferencia de mis compañeros, que lloraban, pateaban y querían huir del salón mientras la maestra trataba de contenerlos, yo estaba sumida en un llanto silencioso. Creo que estos breves momentos me marcaron y aún repercuten en mi vida adulta, pues tengo la necesidad de mantener todo bajo control, y sufro por el perfeccionismo, el autoabandono y el miedo al rechazo. A pesar de estar en un proceso terapéutico, y tras una vida ya recorrida, aún tengo marcadas esas huellas. Sin embargo, después de ese periodo de adaptación, disfruté mucho mi estancia en el preescolar y también tengo gratos recuerdos de ella.

"¿Historia?, ¿en serio?"

Gabriela Magally Martínez Ortega

Corría el año de 1994. Yo había sido una niña enfermiza en una ciudad con temperaturas bajo cero durante el invierno. La Escuela Secundaria Técnica Número 1 se encontraba en las orillas de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas. Los campos alrededor hacían que el frío fuera aún más crudo a las seis de la mañana, hora en que teníamos que salir a la escuela. Estaba acostumbrada a los libros de texto de la primaria con muchas fotografías. Un día conocí un libro de historia sin una sola imagen. No sabía que podía aprender tanto de él y del docente, quien hacía ver la materia de Historia a las siete de la mañana como una gran aventura de aprendizaje. Leer cada capítulo de ese libro acompañada de quien me haría querer saber cada vez más ha sido una de las experiencias más gratificantes de toda mi educación.

Desconocía que esa materia, que tantos alumnos definitivamente no disfrutaban, era la razón por la cual el asma infantil no me detenía para ir a la escuela. Cuando escuchaba las clases, la docencia comenzaba a emerger como una posibilidad en la vida. Mi maestro tenía todo lo que un alumno desea para querer estar dentro de un aula: nos hacía leer y participar en las clases sin regaños ni presiones, por puro gusto. Entonces pensé en esto: “¿Existen maestros así? Yo quiero ser una de ellos”. Hoy, guardo mi precioso libro de historia de la secundaria y conservo también el recuerdo de aquel docente que me enseñó a aprender historia y su muy particular forma de enseñar, pero también guardo las raíces del por qué hoy soy maestra. No sé si soy tan buena como él en mi labor, pero lo disfruto con todo el corazón.

"Libertad y confianza"

G. Carta Cortés

La persona entrevistada fue María Elena Hernández Ruiz, quien compartió su experiencia con el uso del cuaderno escolar de dibujo durante su etapa como estudiante de educación básica. De acuerdo con su testimonio, este cuaderno representó una herramienta importante para el desarrollo de la creatividad, la expresión personal y el aprendizaje visual. María Elena mencionó que el cuaderno de dibujo no sólo se utilizaba en la clase de Artes, sino también en otras asignaturas, donde los maestros pedían realizar esquemas, ilustraciones y dibujos relacionados con los temas vistos en clase. Esto le permitió comprender mejor los contenidos y reforzar su aprendizaje de manera más dinámica.

Asimismo, señaló que el cuaderno de dibujo fomentaba la libertad de expresión, ya que cada alumno podía plasmar ideas, emociones y conocimientos a través de colores y formas. Recordó que esta actividad fortalecía la paciencia, la concentración y la motricidad fina, habilidades importantes en la formación escolar. Finalmente, destacó que el cuaderno escolar de dibujo era un espacio personal donde los estudiantes podían mostrar su creatividad sin miedo a equivocarse, lo que favorecía la confianza y el gusto por aprender. Desde su experiencia, considera que este recurso sigue siendo fundamental en la educación, ya que contribuye al desarrollo integral de los alumnos.

"Mi salón de clases: mi segundo hogar"

Ma. del Refugio Santibañez Arellano

En cuarenta años de servicio en la escuela secundaria tuve muchas vivencias significativas, y en cada una de ellas siempre estuve acompañada de mis alumnos. Soy profesora de vocación, desde pequeña soñaba con ser maestra; jugaba con mis hermanos pequeños a “la escuelita”, donde, claro, yo era la maestra y ellos mis alumnos. Recuerdo la primera vez que pisé un salón de clases con cuarenta y cinco caritas sonrientes observándome, fue algo muy agradable. Siempre comprendí que el salón era mi segundo hogar. Nos protegió de frío, lluvias y calor. Observó aprendizajes y conocimientos, fue testigo de llantos y alegrías, cómplice de travesuras. Siempre me gustó leer con mis alumnos, y mi disciplina me permitió hacerlo dentro y fuera del aula. Esto derivó en algo muy significativo. Para tercer grado, yo escogía un libro para leerlo durante un bimestre: El Principito, El Diario de Ana Frank, Los hornos de Hitler, Cien Años de Soledad, Crónica de una muerte anunciada, entre otros. Leíamos en clase y, de tarea, leían en casa y comentaban semanalmente con sus papás.

Al final del bimestre, padres y estudiantes presentaban examen sobre lo leído. Fue así como los salones de clases estuvieron repletos de padres de familia sentados al lado de sus hijos. El salón se veía radiante, lleno de vida, contento de escuchar cómo padres e hijos platicaban hechos sobresalientes del libro, listos para el examen. En esos momentos, el salón de clases y yo fuimos más felices. Con los años, aprendí que el quehacer educativo requiere mucha responsabilidad y compromiso. Día a día sucede algo nuevo dentro del salón de clases, ese salón que siempre será mi más fiel compañero y confidente.

"Renovable, pero no infinita"

Nancy Gabriela Melo García

A veces siento que doy clases a retazos, que mi vocación compite contra la urgencia administrativa. Así transcurrieron mis horas: entre la pedagogía y la gestión. Ahí fue donde comprendí cómo la escuela se convirtió en el punto de convergencia de múltiples políticas públicas. Volví al tema, e irónicamente sentía que iba dirigido para mí, me sentía una fuente de energía inagotable sosteniendo clases, trámites, reuniones y campañas con la convicción de servir. Aquel día entendí que incluso el docente más comprometido podía quedarse sin reservas, que también yo necesitaba cuidado, equilibrio y tiempo para enseñar.

Era un día fresco en Olintla, en el corazón brumoso de la Sierra Nororiental de Puebla. Me disponía a comenzar con mi jornada en la Telesecundaria donde laboro. El tema era Fuentes de energía. Mis estudiantes, aún con las mejillas rosadas por el aire serrano, discutían sobre paneles solares y turbinas eólicas. Sentí que el aprendizaje fluía con naturalidad. Entonces sonó el teléfono: “—Maestra, favor de subir, URGENTE, a dirección para recibir unas indicaciones”. Suspendí la clase, dejé instrucciones breves a mis estudiantes de que leyeran el texto alusivo al tema. Salí del salón deprisa con el peso de saber que esa interrupción había fracturado el ritmo en el aula. Apenas regresé, llegó otra indicación: responder un formulario antes del mediodía. Más tarde, me solicitaron recabar información sobre una campaña de salud, imprimir un formato de autorización para madres y padres de familia y determinar qué día se les iba a entregar para firmarlo. Por fin, pude retomar el tema. Analizamos cómo algunas fuentes de energía eran renovables y casi inagotables, como el sol; y otras, en cambio, se agotaban si no se administraban con cautela. Mientras explicaba, llegó una notificación en mi celular: era un mensaje en el que se nos solicitaba atender un correo sobre bienestar animal.

"Las biografías y la forma de escribir historias"

Verónica Yesenia Velázquez Toledo

Era 1991, mi último año de secundaria; yo tenía casi quince años y el mundo por descubrir. El tiempo para mi generación se pasaba entre la música del momento, los amigos y las actividades escolares. Pero hubo algo que destacó y ha sido relevante para lo que ahora soy. El profesor Isauro daba su clase de una manera diferente: nos contaba la historia como si fuese un cuento, la dramatizaba y la actuaba perfectamente. Era en verdad cautivante. Recuerdo que nos dejaba de tarea la biografía del personaje que ese día había protagonizado la clase. Estas tareas fastidiaban a mis compañeros; para mí, resultaban fascinantes. Y es que era toda una travesía cumplirlas: no teníamos acceso a internet; todo lo comprábamos en la papelería de la esquina, y, si se traba de investigar, íbamos a la biblioteca municipal.

Las biografías escolares de personajes de la historia eran de un tamaño peculiar. Al frente, estaba su imagen; detrás, información relevante. Conseguirlas era difícil porque en esta ciudad no había muchas papelerías. Cuando no las encontraba o estaban agotadas, no me quedaba más que pedirlas prestadas a algún compañero que sí las había conseguido. Así, copiaba el texto y, aunque no era una artista, me esforzaba en dibujar a los personajes. A pesar de que en ocasiones mis dibujos no se parecían en nada a los de las biografías, no importaba porque lo relevante era conocer su historia, así como cumplir otro fin: practicar la escritura y mejorar la ortografía. Esa experiencia me marcó profundamente. Comprenderán lo que esa actividad con ese pequeño papelito representó para mí: me hizo amar la historia y la escritura, y me inspiró a convertirme en maestra de primaria y escritora de literatura infantil.

"El catálogo de flora y fauna"
Beatriz Vargas Hernández
Una madre de familia nos acompañó. Fuimos con alumnos de distintos grupos y grados. Caminamos durante horas, varios días, en horarios fuera de clases. Logramos hacer una lista de animales y plantas, y registramos su nombre científico; además, identificamos cuáles plantas eran de ornato, maderables, comestibles o medicinales. Algunos adultos mayores nos dieron una breve descripción sobre las plantas medicinales, qué curan y cómo se usan; de ello resultó una especie de recetario. También se tradujeron los nombres de las plantas y animales al inglés, francés, tének y nahua, y algunos estudiantes hicieron dibujos sobre los animales. Con esta actividad hemos aprendido mucho sobre esta región.
Mi mamá es de una comunidad del municipio de Tampacán, éste colinda con el municipio de San Martín Chalchicuautla, en San Luis Potosí, donde solamente hay una secundaria; yo laboro en ella. Llegué a trabajar ahí porque me gusta mucho conocer los recursos naturales y culturales; por eso también me formé en Turismo Sustentable y Antropología Social. Además, me gusta leer, viajar, escribir, componer y desarrollar proyectos de investigación. Actualmente, imparto la materia de Historia. Vine motivada a trabajar cerca de la sierra para conocer sobre este territorio, el paisaje, la gente y la cultura. Recientemente, el gobernador declaró a este municipio la cuna del Xantolo porque esta festividad de Día de Muertos es muy diferente al resto de las que se celebran en la Huasteca Potosina. Yo ya tenía pensado realizar un proyecto denominado Catálogo de flora y fauna de las comunidades del municipio de San Martín Chalchicuautla. Para iniciarlo, se les encargó a los niños de segundo y tercer grado que investigaran acerca de qué plantas y animales había en sus comunidades. Lo harían a través de una guía de preguntas que hicimos para que entrevistaran a sus familiares, amigos y vecinos. Después de tener firmados los permisos por las autoridades, tanto locales como de la escuela, y los padres de familia, realizamos recorridos en nueve comunidades, a las que consideramos la muestra representativa, para pilotear el guion de la entrevista.

"Uso del telar manual"

Andrea Victoria Sánchez Perdomo

Soy profesora jubilada. En nivel secundaria, primero laboré como orientadora vocacional y después como profesora con horas clase de Tecnología educativa entre los años lectivos de 2000 a 2005. El programa de esa materia no definía específicamente qué trabajar, y las alumnas y los alumnos llevaban a cabo las actividades por separado. Con esta división por sexo y al asignarme el grupo de alumnas, creí conveniente realizar actividades acordes a sus necesidades y que les permitieran desarrollar sus habilidades y destrezas aprovechando sus aptitudes. En acuerdo con la dirección de la escuela y las madres de familia a las que se les expuso el proyecto, se comenzó a usar el telar manual para la elaboración de diferentes prendas. Para evitar altos costos en los materiales, me coordiné con el profesor de Carpintería del mismo plantel con el fin de hacer un telar básico: un marco de madera con clavos colocados simétricamente en los cuatro lados. Luego, para cada alumna se creó un telar del tamaño requerido conforme a la prenda que querían realizar.

Los materiales utilizados durante las clases fueron el telar, estambre de diferentes colores, aguja lanera y gancho para tejer. A las alumnas se les explicó y enseñó cómo elaborar los cuadros, a combinar los estambres, a unir los puntos con la aguja, a sacar los cuadros del telar y a unirlos para crear sus prendas. Todas las alumnas se mostraban interesadas y realizaban sus labores con alegría. Con el toque y la creatividad de cada una al hacer diferentes combinaciones de colores y diversos tipos de unión con la aguja o el gancho, se obtuvieron distintas prendas artesanales, como suéteres, chales, capas, bufandas, carpetas, manteles y colchas. Al concluir el curso de cada ciclo escolar se realizaba una exposición. Yo me sentía satisfecha por haber logrado aprovechar las habilidades, destrezas y aptitudes de cada alumna y de haber despertado su interés en el uso del telar.

"Valores a través de la letra"

Paulina Franco Díaz Leal

Mi experiencia ante al cuaderno de caligrafía puede comprenderse como un proceso formativo que trascendió la simple práctica de la escritura manual para convertirse en un ejercicio de disciplina, constancia y autoconstrucción académica. El uso sistemático del cuaderno implicó no sólo la repetición técnica de trazos y grafías, sino también el desarrollo de habilidades psicomotrices finas, coordinación visomotora y control espacial, elementos fundamentales en las primeras etapas de formación escolar. Este cuaderno de caligrafía funcionó como una herramienta de regulación y mejora progresiva del desempeño escrito. En este sentido, mi experiencia no se limitó a la adquisición de una letra más estética o legible, sino que promovió la interiorización de valores como la paciencia, la precisión y la responsabilidad académica.

Asimismo, la interacción con el cuaderno a mí, Paulina Franco Díaz Leal, me permitió reconocer la importancia de la presentación escrita como componente de la comunicación formal. La mejora en la claridad y orden del trazo incidió positivamente en la organización del pensamiento, ya que la escritura estructurada suele estar vinculada con procesos cognitivos más sistemáticos. En conclusión, con el cuaderno de caligrafía experimenté un proceso integral de aprendizaje en el que se articularon dimensiones técnicas, cognitivas y actitudinales. Más allá de la práctica mecánica, se consolidó como un espacio de formación personal que fortaleció competencias esenciales para el desarrollo académico.

"De la cancha al laboratorio"

Karla Oyuky Juárez Moreno

La bata nos acompaña en largas jornadas de trabajo y se convierte en testigo de nuestra trayectoria. Con los años comprendí que mi bata también podía ser una forma de expresión. Mandé a bordar en ella mi nombre y el logotipo de mi laboratorio, y comencé a llenarla de pines de ciencia y “michis”, que me recuerdan quién soy y qué me apasiona. Hoy tengo una bata de color rosa y otra azul cielo, ambas con mi nombre, el escudo de mi institución, la UNAM, y del laboratorio en el que laboro, al que considero mi segunda casa. Ahora veo la bata de laboratorio como un símbolo de mi camino: representa mi profesión, mi perseverancia y la materialización de mis sueños. Me recuerda que las metas se alcanzan cuando los sueños se nombran, se trabajan y se persiguen con entusiasmo y disciplina.

Dicen por ahí que uno nace siendo lo que es; en mi caso, no fue así. De pequeña, mi gran ilusión era convertirme en entrenadora de un equipo de basquetbol de niñas. El deporte era mi pasión y llegué a practicarlo de manera profesional, hasta que una lesión me obligó a dejarlo. Ese momento marcó el inicio de una travesía para descubrir quién era y qué quería hacer con mi vida. Probé distintos caminos: desde la parte artística hasta la carrera militar. Sin embargo, los giros inesperados del destino me llevaron finalmente a la biología. No fue una decisión sencilla; poco a poco la ciencia comenzó a cautivarme sin que yo lo notara. Ese deseo que tenía de comprender cómo funcionan las cosas y por qué encontró en los libros y en los experimentos un espacio fértil para imaginar, preguntar y encontrar respuestas. Entre las clases de Biología y Química nació en mí una nueva y muy grande pasión: la ciencia. Cuando pensamos en una científica, solemos imaginarla con una bata blanca de laboratorio. Debo confesar que al inicio de mi carrera no me gustaba usarla, pues me quedaba grande y me parecía impráctica. Con el tiempo, aprendí que la bata no es sólo un elemento de protección, sino también una extensión de nuestra identidad profesional. Refleja el uso diario y, en sus bolsillos, cargamos guantes, papel, plumones, tubos y demás cosas que creemos que “algún día servirán”.

"Sueños desgastados y crujidos "

Laura Medina Mendoza

La paleta era escritorio, refugio y frontera: podía sostener una cabeza gobernada por el aburrimiento, presionada por los exámenes o llena de confusiones; o, en un plano físico, cubierta de sudor. Además, en ella nacieron cartas dobladas en cuatro partes y dibujos hechos a escondidas. En invierno estaba fría; en verano, pegajosa. Desde esa silla aprendimos a enderezar la espalda, a pedir la palabra, a compartir y recibir el borrador, y a soñar mirando por la ventana. Hoy, basta imaginarla para volver a oír el murmullo del salón y sentir que, pese a todas las vivencias, ahí también crecimos.

Me vienen a la mente bellos recuerdos al pensar en las sillas con paleta, ese mobiliario que me acompañó durante toda mi vida académica. Llegan las memorias que me trasladan a esa etapa formativa de grandes anhelos y sueños tardíos, vienen con el crujido que se escuchaba al mover la silla, y con la imagen de la madera gastada y marcada por líneas, frases y mensajes de todo tipo: creaciones poéticas, mensajes románticos y dibujos expresivos. La silla con paleta fue una compañera presente durante la telesecundaria, la preparatoria, la licenciatura y la maestría. Siempre lo mismo: al sentarte encontrabas los rayones de generaciones anteriores. En ellas cabía no sólo el cuaderno y el lápiz mordido por los nervios, sino también la esperanza de que el timbre sonara pronto.

"Mi fiel compañera"
María Alejandra Carbajal
Ella, mi compañera, la que me motivó a aprender; la recuerdo con cariño, con alegría. Recuerdo bien cuando llegó a mí, fue un Día de Reyes. Yo, con mis 12 años, me negaba a levantarme aquella mañana soleada; mi madre se asomaba a mi cama desde temprano para ver mi reacción, pero yo obcecadamente me resistía, me tapaba la cara con la almohada fingiendo estar dormida: “¿Para qué me levanto? Ya estoy avisada de que no habrá más regalos, que ya soy una adolescente, que ya soy grande y bla, bla, bla”. Por fin decidí obedecer y me levanté a desayunar, no había más remedio. Entonces, con el menor ánimo, caminé hacia el pasillo y, ¡oh sorpresa!, allí estaba dentro de una caja grande, con un moño rojo y sobre un precioso escritorio color gris claro. Abrí la caja y ahí estaba ella esperándome, enseguida metí dos hojas blancas para que el rodillo no se maltratara. Ya veía yo la cara de mi maestra de Mecanografía, felicitándome, y también la de los demás maestros, pues ahora sí podría entregar tareas legibles, bien presentadas, con buena ortografía y aplicando todas las reglas de un buen escrito. Cursaba la secundaria en el Centro Pedagógico Infantil y mi maestra de Mecanografía se llamaba María Luisa, ¡cómo olvidar esa presencia! Era tan bonita y olía a un delicado perfume que impregnaba todo el salón. Todas queríamos vernos como ella, con esos ojos grandes y brillantes que observaban como desarrollábamos lo que nos enseñaba:
─Siempre su vista en el texto que estén transcribiendo, no quiten para nada el cubreteclado y cada dedo en el lugar correspondiente, ¿listas?, comenzamos. Y con su cronómetro en mano, nos tomaba el tiempo caminando por los pasillos para observarnos a cada una de nosotras. ─Si hay un error, repitan la hoja hasta lograr un escrito perfecto, sin enmendaduras. Recuerdo muy bien la grata sensación al deslizar mis dedos por su teclado, tan suave y ligero. Mis manos parecían tocar melodías hermosas con sus teclas sonando amorosamente. Desde entonces y por varios años me acompañó en mi transformación de niña a mujer, fue testigo secreto de mis alegrías y tristezas. Pasaron los años y ella, tan fiel acompañante, estuvo el día de mi graduación, también cuando me llevaba trabajo de oficina a casa, ¡cuánto me ayudó!, y luego, cuando fui mamá, ella también acompañó a mis niñas en sus primeras clases de mecanografía, que por supuesto yo les enseñaba. Ahora, yo ya bisabuela, ella está en un rincón del librero, esperando… esperando a que volvamos a hacer música con su teclado, algo desgastado, pero aún resistente. Es tan fiel que sigue cerca de mí, acompañándome con paciencia. Cuánto agradezco que me ayudara a sentir confianza, a realizar mi trabajo profesional y ganar el sustento. Gracias, mi querida máquina de escribir.

"Mis recuerdos"

Ma. Del Rocío Armenta Galeana

El último año ya no había plazas de primaria; recordarán que con anterioridad a todos los egresados se nos otorgaba una, entonces nos dieron la opción de elegir entre preescolar y educación especial, yo elegí preescolar. En las mañanas iba a la Normal de Primaria y en la tarde, a la Normal de Preescolar. Mi gran satisfacción es que tengo título de profesora de primaria, pero también una certificación que me acredita como maestra de preescolar, y con las mejores calificaciones. Y sí, no siento falsa modestia, lo digo con orgullo, pues este logro fue mío, pero también de mis amados padres que me formaron como una mujer fuerte y capaz de alcanzar las metas que me propusiera, también creo que Dios intervino para ponerme en el camino correcto, porque al elegir preescolar, encontré mi verdadera vocación al trabajar con niños de esa edad. Fue grandioso y divertido dejar huella en ellos, y pasar 37 años frente a grupo. Por eso, esta imagen significa muchísimo para mí. Recibir y obtener mi plaza de preescolar me hizo entender que ése era mi lugar correcto.

Así es, mi título de profesora de primaria me remonta a la felicidad, el orgullo y la satisfacción que pude darles a mis padres, ya que, al ser ellos humildes y apenas saber leer y escribir, me decían: “Aunque sea estudia para maestra, hija”. Afortunadamente siempre, como mujeres, ellos nos enseñaron a mí y a mis hermanas a superarnos, aunque nunca pudieran ayudarnos siquiera a hacer una tarea; siempre nos esforzamos mucho para estar en los primeros lugares de calificaciones. Cabe mencionar que tres de los hermanos somos maestros, y eso es gracias al esfuerzo, ejemplo de trabajo y superación que nos dieron nuestros padres, pues fueron muy trabajadores, siempre nos dieron ejemplo de constancia y logros a través del esfuerzo. En agradecimiento, mi primer cheque de quincena se lo regale a ellos; porque no fue fácil para ellos, pues somos cuatro hijos, pero, aun así, a todos nos dieron la oportunidad de estudiar, y les respondimos precisamente con estudio, dedicación y vocación.

"Un juego secreto"

Diana Laura Leocadio Ordoñez

Para conocer qué era un chismógrafo entrevisté a una docente, llamada Alejandra, con 11 años de servicio. Estas son sus respuestas: “¡Ay, los chismógrafos! Esos cuadernitos divertidos que se utilizaban en la primaria y en la secundaria, eran como un confesionario anónimo. Pues por lo regular eran libretas en donde escribías todo lo que no te atrevías a decir de frente. Cosas como ‘¿a quién le caes gordo?’, ‘¿quién te gusta en secreto?’, ‘¿quién es el profe más chido o el más amargado?’, o hasta chismes de personas del salón. Eran puras risas, porque te enterabas de verdades que nadie soltaba en voz alta. ”Por lo regular, lo creaba alguien popular de la generación y pasaba por todos los grupos de amigos. Lo decoraban con dibujitos de corazones, caritas, brillos, impresiones: todo lo que se les ocurriera. Primero lo pasaban a sus amigos más cercanos. De ahí, se esparcía por toda la generación. Si llegaba a tus manos para que lo contestaras, te creías demasiado, ¡uf! ¡Eras de los más importantes! Significaba que te tomaban en cuenta, ¡ja, ja, ja! Lo llenabas contestando rápidamente preguntas como ‘¿quién es el más guapo?’, ‘¿quién te gusta?’, ‘¿cuál es el mejor chisme?’.

”Lo mejor era leer las respuestas de los demás. Te morías de risa con ellas. Pero ojo, había drama: muchas veces el cuaderno no regresaba. Se perdía en el camino o, peor aún, te lo quitaba un orientador porque no era algo permitido. Nos regañaban y decían cosas como ‘¡esto es chisme y nada más!’, mientras lo confiscaban. Y adiós evidencias. ”Hoy en día, con WhatsApp y TikTok ya no hay chismógrafos, pero extraño esa emoción de pasar las libretas a escondidas en el pupitre. Era como un juego secreto que unía al salón. Contar esto me trajo demasiada nostalgia al recordar mis tiempos como estudiante”.

"El escritorio que guarda la memoria "

Yedelma López Segundo

Tenía catorce años y cursaba la secundaria en el pueblito donde nací, San Francisco Tepeoluco, pueblo mazahua. Hoy soy orgullosamente una maestra hablante de esa lengua. Era julio del año 2014 y las clases de Historia eran mi refugio; no por las fechas, sino por la manera como el maestro lograba que el pasado cobrara vida. Él, sin saberlo, mientras nos enseñaba historia estaba sembrando vocaciones. Durante tres años admiré su forma de relatar y de trasmitir las historias que nos dotan de identidad. En la última semana de clases, entre risas, mesas de trabajo y una película con referencias históricas, llegó el jueves final, el día en que tendríamos nuestra última clase. Al terminar, el maestro se colocó en la puerta del aula, como hacía siempre, y nos dio la mano uno a uno a la vez que nos felicitaba por culminar la secundaria. Cuando llegó mi turno, lo miré y le dije: —Maestro, algún día regresaré a ocupar su lugar y me sentaré en su escritorio. El maestro sólo me regaló una sonrisa. Desde ese entonces, la vida siguió, aunque no fue sencilla. Al culminar la preparatoria existieron pausas largas en mi formación debido al trabajo, algunos intentos fallidos y muchas dudas que pesaron más que mis sueños. Dos veces intenté ingresar a la Escuela Normal para estudiar español y no lo logré: pensé que tal vez aquello de ser maestra había sido sólo un sueño adolescente. Pero la vida no siempre niega: a veces redirige.

Lo intenté una tercera vez, pero esta ocasión fue para la enseñanza de la asignatura de Historia. Ingresé. Años después, en mi tercer año de licenciatura, regresé a esa secundaria. Caminé por los mismos pasillos, sentí el eco de las risas que alguna vez fueron mías y miré el aula desde otro lugar. Pero esta vez no regresé como alumna, sino como maestra de Historia. Me senté ahí, en aquel escritorio que siempre admiré. Y las palabras regresaron. Ese salón, esos objetos y ese escritorio ahora eran míos. Ya no como alumna, sino como maestra de Historia. Hoy soy una maestra plena y feliz. Para mí, la clase de Historia va más allá de lo académico: forma humanos, corazones y conciencia. Pero aún guardo un sueño más: regresar algún día como maestra titular a la Escuela Normal de Atlacomulco, donde me formé, para enseñar a futuros docentes que educar es trabajar con personas y dejar huellas que, con el tiempo, siempre vuelven.

¿Pedagogía, didáctica o metodología?

Elida Lucila Campos Alba

Cuando ingresé, a los catorce años, a la Escuela Normal para Maestras de Jardines de Niños, mejor conocida como la nacional de educadoras, una de las primeras materias, “propias de la profesión”, que cursé fue Pedagogía. En ese tiempo el plan de estudios marcaba que debíamos conocer su historia y sus principales exponentes, pero, primero lo primero, su significado etimológico: del griego antiguo paidagogós, compuesto por paidos que significa “niño” y agein que es “guiar” o “conducir”. A lo largo del ciclo escolar fuimos conociendo a los pedagogos de fama mundial: Comenio, Makarenko, Pestalozzi, Rosseau, Froebel, Montessori, entre otros. Analizábamos sus supuesto teóricos, sus principios pedagógicos, su contexto cultural y social y también su biografía. Después de ellos comenzamos con los de casa, con aquellos pedagogos mexicanos: Enrique Rébsamen, Enrique Laubscher, Gregorio Torres Quintero, Moisés Sáenz y quizá alguno más que ahora no recuerdo. Me llamaba la atención que, en sus libros, además de utilizar la palabra pedagogía, también la nombraban como metodología de la enseñanza, la dividían en general y específica; es decir, la de cada materia. Comenzaba a confundirme. Para aumentar mi confusión, en segundo grado comenzamos a cursar la materia de Didáctica. Otra vez comenzamos desde la etimología. Esta palabra también proviene del griego antiguo didaktikós, “apto para la enseñanza” y del verbo didáskein, que significa “enseñar”, “instruir” o “explicar claramente”.

Afortunadamente, la maestra de Didáctica, de la cual no recuerdo su nombre, lo explicó y escribió claramente en el pizarrón: “La diferencia es que la Pedagogía es la ciencia teórica que estudia la educación en general y sus fines, mientras que la Didáctica es una rama de la pedagogía enfocada en la práctica, métodos y técnicas de enseñanza. La pedagogía responde al ‘¿por qué?’ y ‘para qué educar’, y la didáctica al ‘¿cómo? enseñar’”. ¡Qué bien! Ahora me quedaba claro, la metodología y la didáctica eran lo mismo. Hoy, a casi cuarenta años de aquellas dudas, y después de tantas experiencias docentes, cuando releo los viejos libros de esos maestros de maestros, me pregunto si realmente las palabras significan lo mismo en todas las épocas, si ellos querían decir lo que ahora entendemos, o si nuestra lengua, el español, que es tan rica, bella, pero también traicionera, juega con nosotras y nos deja entender lo que queramos.

"Construyendo sueños"

Miriam Pulido Olán

Cuando creces entre libros, letras, escuadras, escalímetros, reglas, espacio, naturaleza y libertad, para ser, hacer y descubrir, sin duda, eres afortunada. Porque creces entre juegos, reglas, disciplina, puntualidad, amor de familia, tu vida se marca y se forma sobre bases sólidas de respeto, responsabilidad, honestidad, creatividad, autonomía para decidir, pero con la libre conciencia de saber que lo que haces impacta, no solo en tu vida, sino en la de otros y entonces te transformas, creces, aprendes y descubres nuevos caminos. Mirar la “Regla T” evoca recuerdos de mi infancia: la imagen de mi padre trabajando, inclinado sobre su restirador, trazando líneas, transformando espacios sobre papel, creando desde cero, proyectos que tendrían futuro. Con ello me enseñó que la vida tiene bases, que los proyectos deben tener cimientos sólidos, que antes de iniciar, debes tener una visión de lo que quieres construir, trazar el camino hacia dónde quieres llegar, lo que quieres alcanzar. Que, como esa regla, debes mantenerte firme, avanzando sobre el camino correcto, sin desviarte a la derecha o la izquierda y si un día te sientes tentado a hacerlo, debes tener el valor de volver al camino, para alcanzar tus sueños y lograr tus metas…

Me parece escuchar la voz de mi padre diciendo: “cuando quieras construir algo, piensa en grande, sueña, imagina, bosqueja, escribe, diseña, revisa, traza la línea hacia la meta que quieres alcanzar, coloca las bases de lo que quieres construir, así cuando pongas la primera piedra, no la volverás a quitar, empieza a construir poco a poco, entonces habrás iniciado el camino del esfuerzo diario para alcanzar tus metas, solo asegúrate de hacer lo correcto, de trazas líneas firmes, claras, que no pasen encima de otras, porque pueden dañar la estructura”. Eso me enseñó, que la vida se vive con respeto, con determinación, con decisión, responsabilidad, amor, alegría, con la satisfacción del deber cumplido y el gozo de disfrutar lo que se construye con honestidad, compromiso, empatía y amor, entonces aprendes que cuando tus principios están construidos sobre bases sólidas y tu mirada en Dios, la roca firme, el alfa y omega, sabes que lo que logras dará buenos frutos. Estas han sido las reglas que han guiado mi vida y mi ser en la docencia, la que descubrí, sin saberlo, cuando era niña, a través de los libros, con la imagen de la madre Patria, regalos de mi abuelo, un maestro rural

En ellos aprendí, junto a mi madre, -hija y nieta de dos grandes maestros-, a quien escuchaba leerme historias y cuentos. Mientras leía, me enseñó a pronunciar las palabras con entonación, emoción y a disfrutar la lectura, esa que abre tu mente, te transporta a lugares inimaginables y que poco a poco inspiraron mi amor por la docencia. Porque ser maestra, es atreverse a extender las alas y volar, aprender y reaprender cada día, porque al enseñar, aprendes, creces, descubres, te esfuerzas, abres caminos, exploras, recorres una y otra ruta, entiendes que hay muchas maneras de enseñar, nuevas estrategias que diseñar para tocar el corazón de tus alumnos y dejar huella. Asegúrate que esas huellas tengan marcas de amor, porque solo así, lo que haces trasciende, transforma, inspira a crecer, a aprender, a dibujar nuevas líneas que guíen tu vida, para caminar con paso firme y sellar tu destino.

" Canciones con amor de mamá"

Diana Daniela Albarrán Molina

La persona entrevistada es la maestra María Elena Molina Solís, quien actualmente está frente al grupo de Lactantes 1, pero tiene experiencia docente con niños desde 45 días de edad hasta 6 años. Ella no tuvo oportunidad de asistir al jardín de niños, por lo que su acercamiento a estas melodías fue por medio de su madre, quien trabajó como niñera por aproximadamente 15 años y tenía mucho conocimiento de estas melodías. Una de las canciones que más recuerda es la de “Pin Pón”, pero también la de “La pájara pinta” y la de “Doña Blanca”. Recuerda estas melodías con mucho cariño y nostalgia, pues era la forma en que su mamá les demostraba su amor a ella y sus hermanas. Considera que estas canciones, cantadas desde que era niña, se han vuelto clásicas, pues siguen vigentes por su mensaje y simpleza, y llevan a los niños a usar su imaginación.

Menciona que la selección y la transmisión de las canciones elegidas en el nivel preescolar tienen una relación directa con las mujeres, pues las canciones contienen saberes previos transmitidos en el contexto familiar y buscan difundir valores como el amor, el respeto y la honestidad, además de que son excelentes como estrategia didáctica para estimular la seguridad y confianza del infante. Si bien en la actualidad hay una mayor participación masculina, la figura materna es muy importante en el nivel preescolar debido al vínculo innegable entre mamá e hija o hijo. Concluyó que una buena elección musical en esa etapa favorece el desarrollo integral de los vínculos afectivos, motrices y cognitivos.

"Un refugio creativo"

Daniela Díaz Leal Ortiz

Cuando compré mi cuaderno escolar de dibujo sentí una mezcla de emoción y curiosidad difícil de explicar, ya que desde antes había escuchado hablar de ellos y me imaginaba todo lo que podría hacer ahí. Por eso decidí pedirle uno a mi mamá, con la ilusión de tener un espacio propio donde pudiera crear libremente. Recuerdo que me gustó mucho el momento de escogerlo: observar con detenimiento la textura de las hojas, revisar su tamaño, tocar la portada y pensar si realmente me representaba. Traté de que el diseño fuera de mi gusto, que me transmitiera curiosidad e imaginación desde el primer vistazo, y cuando encontré uno colorido y llamativo, supe que era el indicado. Desde que lo empecé a usar, sentí que no era un cuaderno cualquiera. Se convirtió en un lugar especial donde podía expresar mis ideas, emociones y pensamientos a través del dibujo. Me gustaba experimentar con distintos materiales, como lápices de diferentes numeraciones, colores, plumas y todo aquello que me permitiera crear efectos distintos. Disfrutaba probar nuevas formas de dibujar, equivocarme, volver a intentar y descubrir poco a poco mi propio estilo.

Mi experiencia con este cuaderno ha sido muy positiva, porque no sólo me ha servido para cumplir con tareas escolares, sino también ha sido un espacio personal para relajarme y desconectarme por un momento. Cada página representa una oportunidad para imaginar, crear y expresarme sin sentirme juzgada. Más que un simple cuaderno, se convirtió en un refugio creativo donde puedo ser yo misma, dejar fluir mi imaginación y darle forma a lo que siento y pienso sin límites. Pasaba el tiempo y yo iba aprendiendo a utilizarlo de una manera más completa, más profesional, dibujando, en un principio, objetos como lámparas, muebles, entre otros, hasta llegar a dibujar rostros y paisajes, fue muy buena mi experiencia.

"El día de mi examen profesional"

Lucero Tenorio Alvarado

Fui creada en la honorable Escuela Normal Superior de México. El día de mi examen profesional, después del juramento, me dijeron: “Usted es una autoridad y digno representante de la Secretaría de Educación Pública, formada como los elementos de la Secretaría de Gobernación, pero con cuerpo de mujer al servicio del Estado, en la categoría de Maestra”. Ese día del 2002, después de cuatro años de mi vida, iniciaba como digna representante y heredera de las enseñanzas de las grandes maestras y maestros que nos dieron patria: Vasconcelos, Gabriela Mistral y Rosario Castellanos. Aquellos que fueron maestros de mi abuelita, aquellos que dieron sus vidas en las aulas de la enseñanza desde preescolar hasta la universidad, ahí estaban conmigo. Esa niña que soñaba ser maestra, acomodando al frente de sí a sus muñecas, en el patio de la casa de su abuelo que era campesino, enseñándoles a escribir las letras, esperando que volviera su madre, que era docente de secundaria, y rogando que ella hubiera pasado por los recados de actividades de mi abuelita, quien también era maestra, ahora estaba ahí. Pero también estaban todas mis ancestras, con toda la historia de las mujeres a quienes nos dijeron que por ser mujeres no seriamos nada en la vida.

¡Qué gran alegría tuve en ese momento! Ese día le juré a mi patria estar siempre al servicio de la educación. Juré y me casé con mi profesión. Ahora, soy doctora en Educación y me he dedicado a enorgullecer mi profesión por medio de preparación y experiencia en niveles locales, regionales, nacionales e internacionales. Soy una lideresa educativa en una escuela secundaria y adoro entrar a grupo cuando los maestros no pueden asistir. Soy de servicio y mis hijos son todas las generaciones que he formado, ya que no tendré hijos biológicos jamás. Esas generaciones de alumnos que me han enseñado y a las que yo también les he contribuido con respeto y alegría, pero sobre todo mostrándoles que hombres y mujeres tenemos el mismo valor y las mismas oportunidades. Soy y seré una mujer al servicio de la educación secundaria hasta que mi tiempo de enseñanza sea de trascendencia para otras mujeres. En estos veintitrés años laborales, aprender de todos ha sido el tejido más importante de mi vida. He aprendido que ser maestra no es sólo un trabajo, una profesión o una moda, sino que es un estilo de vida; es ser la representante de la dignidad, el equilibrio, la honestidad, la creatividad y la valentía de una mujer que sirve a su pueblo.

"El piano de cola"
Mílada Bazant Sánchez
El piano ha sido parte de mi vida, de mi larga vida. El hermoso instrumento de media cola, de laca negra, fino y de alta calidad, elaborado todavía en Alemania, con teclas de marfil, se ubicaba diagonalmente en una parte de la sala de la casa familiar en la Ciudad de México. Siendo niña, recuerdo a mi padre y a su mejor amigo tocando a cuatro manos la quinta sinfonía de Beethoven; mi papá decía que el piano es una orquesta en sí mismo, pues un buen pianista utilizando los diez dedos de sus manos puede reproducir al mismo tiempo las notas de los diferentes instrumentos que conforman una orquesta. Con él empecé a aprender a leer partituras, y también me impulsó a tomar clases de piano con un maestro de cierto renombre, Pablo Castellanos. Como en muchas escuelas de la ciudad, la Escuela Moderna Americana tenía un piano vertical que tocaba la maestra de música y de coro, Josefina Álvarez Lerena, quien tenía la fama bien ganada de ser excelente pianista y la primera mujer graduada en México como directora de la Orquesta Sinfónica y de Coros. Estricta y severa, la maestra Josefina ya había formado un prestigiado coro en el Colegio Alemán, y deseaba hacer lo mismo en nuestra escuela. Recuerdo el día en que fuimos pasando las alumnas una por una (después hicieron lo mismo los alumnos) y doña Josefina, tecleando algunas notas, nos hacía cantar alguna melodía después de la cual quedábamos integradas o no al coro.
Yo fui la única mujer descartada y vaya que el hecho taladró mi autoestima por años. Pertenecer al coro era prestigioso, pues después de muchos ensayos se celebraban conciertos que elevaban el alma y daban honra y orgullo a las cantantes. ¿Todas las chavas en el coro menos yo? Tampoco tuve talento para el piano. Sin embargo, pese a estas carencias, desarrollé con los años un buen oído musical que me ha permitido gozar y distinguir los instrumentos con sus tonos, sus cadencias y sus tempos. Aquel piano de cola sigue ubicado en mi estancia, dándole vigor a mis recuerdos, ahora revividos con el sabroso swing que le imprime a las rítmicas notas mi marido Eduardo.

"Los juegos de antes"

Grisel Becerril Luviano

Tuve una plática muy interesante con la señorita Denisse Citlali Carbajal Sierra, de 24 años, acerca de cómo eran los juegos cuando ella era niña y asistía a la escuela. Me contó que antes no existían los juegos modernos como los videojuegos, las aplicaciones en el celular o las consolas electrónicas que ahora son tan comunes entre los niños. En su tiempo, el recreo se vivía de una manera muy distinta, mucho más activa y creativa. Ella recordó con mucha emoción que uno de los juegos más populares eran las palmadas con las manos, como el famoso “Chucu Chucu Lala”, donde dos niñas se colocaban frente a frente y seguían una secuencia rítmica de aplausos y movimientos mientras cantaban una breve canción. Me explicó que no sólo se trataba de coordinar las manos, sino también de memorizar las letras y mantener el ritmo sin equivocarse. Si alguna fallaba, comenzaban de nuevo entre risas. Además de esos juegos, me habló de otros como el avión, donde dibujaban con gis en el suelo y saltaban en un pie; las escondidas, donde el objetivo era no ser descubierto; y el resorte, que requería agilidad y resistencia. Me dijo que ellas no necesitaban juguetes costosos porque con muy poco se divertían durante horas. A veces sólo bastaba una pelota o incluso una cuerda para crear momentos inolvidables.

También mencionó que esos juegos fomentaban la convivencia, la amistad y el trabajo en equipo. Los niños aprendían a respetar turnos, a resolver pequeños conflictos y a integrarse sin importar sus diferencias. Según ella, había más interacción cara a cara, más movimiento físico y menos distracciones tecnológicas. La plática me hizo reflexionar sobre cómo han cambiado las formas de jugar y socializar. Aunque hoy en día existen muchos avances tecnológicos que también aportan cosas positivas, escucharla me permitió valorar la sencillez y la creatividad de los juegos tradicionales. Fue una conversación nostálgica, pero también muy enriquecedora, porque me ayudó a comprender cómo el juego ha evolucionado con el paso del tiempo y cómo cada generación guarda recuerdos especiales de su infancia.

"Mis aliados"
María Marcela García Ramírez
La radiograbadora y su casete formaron parte de mi ritual diario de enseñanza desde mi primer año como maestra de secundaria. Recuerdo aquellos viernes por la mañana: colocaba la unidad sobre la mesa del salón, conectaba el cable y presionaba Play. A veces el sonido tardaba unos segundos en estabilizarse y el grupo guardaba silencio, expectante. La voz grabada llenaba el aula y marcaba los tiempos de escucha, repetición y reflexión. No era sólo un aparato; era compañera de trabajo. Con ella presenté audios de entrevistas, fragmentos de historias culturales, poesías leídas con entonación cuidada y canciones que abrían puertas a la lengua y la literatura. En más de una ocasión tuvimos que rebobinar el casete porque alguien pedía volver a escuchar una palabra o una frase que no había quedado clara. Ese gesto sencillo —detener, retroceder, escuchar otra vez— se convirtió en parte del aprendizaje.
La radiograbadora nos enseñó a escuchar con intención, a prestar atención a los matices, a reconocer la importancia del ritmo y la entonación. Fue una herramienta útil en un tiempo en que la tecnología digital aún no estaba presente en todas las aulas. Me ayudó a variar mis clases y a dar voz a otros textos y otras experiencias. Hoy, al recordar ese objeto, comprendo que fue más que un aparato: fue un apoyo constante en mi práctica docente y dejó huella en mi manera de enseñar y en la forma en que mis estudiantes aprendieron a escuchar.

"Una verdadera motivación "

Eréndira Espinosa López

Ingresé a la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños (ENMJN) en el año de 1983. Yo acababa de terminar mi educación secundaria y era seleccionada del Distrito Federal para participar en las carreras de velocidad en los Juegos Nacionales Juveniles en la Ciudad de Xalapa; sin embargo, continuar con ese sueño no fue posible, pues las actividades escolares de bienvenida, inscripción y organización en la ENMJN no me permitieron viajar. En el recorrido para conocer la escuela me encontré con un auditorio que en el centro tenía una cancha de básquetbol con piso de duela. En el patio también había canchas de voleibol, una alberca y un aula de danza, entonces me di cuenta de que podía continuar practicando deportes como a mí me gustaba. Efectivamente, eso me motivó para iniciar mi trayecto formativo en la escuela. En una clase de Educación Física con la maestra Ligia, le corregí unos datos erróneos que ella mencionó, por lo que me reprobó el primer semestre de la clase y presenté también mi primer y único examen extraordinario a los 15 años. Como ya no me permitió asistir a la clase, disfruté varios meses jugando básquetbol, voleibol y hasta futbol en el patio de la escuela.

Actualmente, la educación da oportunidad a las mujeres de realizar varias disciplinas deportivas desde los primeros años de su vida. Además, el conocimiento de las inteligencias múltiples y los estilos de aprendizaje nos permite reconocer las habilidades, gustos y preferencias que tienen las alumnas para apoyarlas, fortalecerlas y darles experiencias que les favorezcan en su desarrollo físico y personal. Ya no hay actividades que sólo sean para varones: tenemos futbolistas de alto nivel, clavadistas y extraordinarias gimnastas. Las disciplinas deportivas, formar equipos y tener compañeras con los mismos gustos y preferencias en la escuela pueden devolvernos la alegría durante nuestra formación escolar.

"El mesabanco"

Teresa Dey

Humilde madera de pino: así olía mi escuela primaria. Las duelas añosas de los pisos ya estaban tan claras como las virutas de los lápices. De pino eran los mesabancos: unas gavetas rectangulares con su tapa, y con la silla y la mesa unidas. Esos cajones se convertían en nuestra madriguera, la trinchera desde donde nos protegíamos, el único espacio de privacidad del que puede gozar una niña en la primaria. El primer día de clases podíamos elegir dónde sentarnos porque las maestras todavía no nos conocían; por lo tanto, éramos libres de ubicarnos lejos o cerca de la tarima. Desde ese día las maestras nos exigían que forráramos el pupitre con una cartulina verde claro y un plástico encima porque la madera ya había pasado por tiempos mejores y tenía muescas, lo que dificultaba escribir encima. Algunas de esas marcas fueron hechas a propósito: recuerdo, por ejemplo, un corazón recalcado con tinta.

Dentro de ellos debíamos guardar los libros, los cuadernos y todos los útiles necesarios para el curso. Mi mesabanco disfrutó de una organización impecable, pero solamente la primera semana porque después, entre los cambios de materia y las prisas por salir al recreo, se fue desorganizando hasta convertirse en un auténtico bote de basura. Allí iban a dar cáscaras de mandarina o naranja, algún sándwich a medio comer, las virutas de los lápices, las envolturas de los dulces, las plumas inservibles y también los recaditos que nos pasábamos durante las clases. Cada dos o tres meses nos pedían que los reordenáramos y entonces salía de todo, como si fuera una caja de Pandora. Nos deshacíamos de lo inútil y volvíamos a acomodar los objetos; por ejemplo, los cuadernos cada vez más gordos y los libros casi desencuadernados. El mesabanco era nuestro territorio porque contenía lo más valioso, no sólo los libros de texto y el material de trabajo, sino también nuestros secretos, nuestras ensoñaciones y otros tesoros.

"La semilla de nuestro presente"

Luz María Alarcón Alejandri

Cuando comencé a ejercer como maestra en la década de 1980, muchas de mis alumnas llegaban al aula con una herencia silenciosa entre las manos: el recuerdo del libro de Lengua Nacional de primer grado que sus madres habían utilizado en los años sesenta. Aquel libro, concebido bajo la visión educativa impulsada por la Secretaría de Educación Pública y materializado por la recién creada Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, no fue solamente un instrumento pedagógico; fue un símbolo de justicia social que transformó generaciones. En los años sesenta, el Estado mexicano asumió el compromiso de garantizar que cada niña y niño tuviera un libro propio, sin importar su condición económica. Esa decisión marcó un antes y un después. Cuando yo enseñaba en los ochenta, todavía escuchaba a las madres contar cómo aquel primer libro gratuito había sido el único texto en sus hogares. Muchas aprendieron a leer con él bajo la luz tenue de un foco o a la sombra de un árbol en el campo. Para ellas, el libro no era papel y tinta: era una oportunidad que rompía el destino limitado que parecía trazado para las mujeres de su época. Desde mi experiencia profesional, pude ver los frutos de aquella concepción educativa. Las niñas que llegaban a mi salón ya no eran las primeras alfabetizadas en sus familias; eran hijas de mujeres que habían descubierto el poder de la palabra escrita. El libro de Lengua Nacional de los sesenta sembró en sus madres la seguridad de que podían comprender el mundo a través de la lectura. Y esa confianza se heredó.

Yo no solo enseñaba sílabas y oraciones; trabajaba sobre una base de esperanza construida dos décadas atrás. Sin embargo, también reflexionaba sobre el contenido de aquellos textos. Si bien representaron un avance histórico en el acceso a la educación, reflejaban una visión tradicional del papel femenino. Las ilustraciones mostraban a niñas ayudando en casa y a niños explorando el mundo exterior. En los años ochenta, mi labor consistía en honrar el legado de igualdad en el acceso, pero también ampliar los horizontes en cuanto a las aspiraciones. Les decía a mis alumnas que podían ser médicas, abogadas, ingenieras; que la lengua que aprendían a dominar era una herramienta para nombrar sus sueños. El libro de texto gratuito de Lengua Nacional de primer grado en los años sesenta representó la democratización del conocimiento en México. Para mí, como maestra en los ochenta, simbolizaba la continuidad de una promesa: que ninguna niña quedara excluida del derecho a aprender. Cada vez que entregaba un libro nuevo al inicio del ciclo escolar, sentía que repetía un gesto histórico de equidad. Hoy comprendo que aquel proyecto educativo no solo alfabetizó; dignificó. Transformó hogares, fortaleció la autoestima femenina y abrió caminos donde antes había muros. En la voz firme de mis alumnas leyendo en clase resonaba la huella de ese primer libro gratuito: una semilla sembrada en los sesenta que siguió floreciendo, generación tras generación, en la educación de las niñas mexicanas.

"Modelando la imaginación"

Joana Campos Estrada

Utilicé la caja de plastilina por primera vez en el kínder. Las maestras nos ponían a combinar los colores de la plastilina y hacer figuras con ellas, dejando que nuestra imaginación fuera la protagonista. Casi todos realizábamos lo mismo: círculos o palitos. En ocasiones, las maestras hacían que camináramos por encima de la plastilina para conocer la textura que tenía. Por otro lado, al ingresar a la primaria también se convirtió en una herramienta fundamental que ocupábamos casi para todo, desde seleccionar colores, hacer figuras, darles imaginación a trabajos escolares o la creatividad en maquetas, en las que en realidad la plastilina se convirtió en algo básico. En sí, la maestra de arte hacía que la utilizáramos cotidianamente para poder ser creativos con ella. Con ésta también integramos diferentes tipos de papeles para poder darle más sentido al trabajo, pero la plastilina era lo que resaltaba en él.

El año de primaria durante el cual la utilice más fue en cuarto grado. Mi maestra nos pedía todo tipo de maquetas, aunque todas con plastilina, y confieso que en ocasiones se convertía en un reto darles sentido a las maquetas que solicitaba, especialmente cuando trataban sobre el ciclo del agua o el proceso de erupción de un volcán. Al final, cuando ya estaba terminada, era una visión colorida. La caja contiene los colores primarios. Con ellos podías crear otros colores. Lo divertido era eso: cuando combinabas y descubrías que otros colores se podían convertir en los protagonistas de una idea más. Me gustaba trabajar con ella. Su facilidad y la manera en la que les daba sentido a los trabajos era satisfactoria. No pierdo la esperanza de retomar de nuevo actividades con esta famosa caja de plastilina para poder recordar lo entretenido que se volvió combinar colores y crear maquetas.

"Articulo de anticuarios"
Josefa Jiménez Endrina
Mucho después, pasamos a las computadoras, donde se podía corregir y guardar un texto cuántas veces se desease o necesitase. Ya no tenías que comenzar todo de nuevo si te equivocabas, o no poder seguir por no tener más hojas de tanto tirar, o que se terminará el rollo de tinta, o ensuciarnos las manos con el papel calca que poníamos entre dos hojas para hacer copias... ¡Pero bendita máquina de escribir! Una revolución en su tiempo difícil de olvidar. Y, hoy en día, objeto de anticuarios.
Mis padres nos apuntaron, a mis hermanos y a mí, a clases de mecanografía cuando estábamos en el colegio. Nos enseñó la mujer de un maestro que había llegado, de fuera, con destino definitivo al pueblo. Fue una gran novedad aprender a escribir a máquina. Nos hacía repetir, infinitas veces, la posición de los dedos en la letra que le correspondía, o al menos así me lo parecía. Al principio no le veía ninguna utilidad, hasta que pasé a la secundaria y los profesores nos pedían entregar los trabajos a máquina. Yo no era muy diestra manejándola y, en ocasiones, tenía que repetir varias veces la misma página, pues me equivocaba en pulsar alguna o varias letras al mismo tiempo. Tuvimos varios modelos.
"El proyector de cuerpos opacos, un gran descubrimiento"
Alma Oliva García Aguilar
Fue tanto el impacto de aquella clase que después quise ser maestra de 1983 a 1987 en la Escuela Nacional de Maestras de Jardines de Niños en Guadalupe Inn, donde un día volví a encontrar ¡el proyector de cuerpos opacos! en la sala de Recursos Audiovisuales donde estaba disponible para exponer alguna clase o sólo agrandar imágenes para elaborar decorados, lo cual fue también otro gran descubrimiento. Recuerdo que incluso solicitamos a un proveedor que nos hiciera un proyector de latón a cada una para llevarlo a nuestras prácticas. Desempolvar los recuerdos es volver a vivir… ¡Gracias por leerme y regalarme este reencuentro con mi historia!
Corría el año de 1980 cuando ingresé a la Secundaria Diurna Núm. 35, General Vicente Guerrero en Coyoacán, me asustaba tener tantos compañeros y que fueran tan revoltosos e irreverentes incluso con los maestros, quienes a menudo sufrían de sus travesuras, mientras yo era “la niña calladita y cumplida” que casi no participaba para que no me etiquetaran como una “sabelotodo”. Un día, la maestra de Historia me dijo: “Ve a la dirección y pide que te presten el proyector de cuerpos opacos”. En el camino, en mi mente repetía: proyector de cuerpos opacos, proyector de cuerpos opacos… llegué a la dirección y la subdirectora desempolvó de la bodega aquel extraño artefacto y me pidió que tuviera cuidado con la lámpara, pero cuando iba a mitad de la escalera, unos niños desaforados hicieron que me tropezara y me raspara las rodillas, pero eso sí, cuidé la lámpara y ¡llegué con el aparato intacto al salón! Con tan sólo poner el libro debajo del aparato de tal manera que una lámpara y un sistema de espejos aumentaban las imágenes sobre la pared, la maestra proyectó imágenes del Cid Campeador de forma tan espectacular que parecían de película, fue un momento tan mágico que incluso se me olvidaron los raspones y, por supuesto, a nadie le dije que me había caído.

"Compañeros de secundaria "

Rebeca Azucena Linares González

Busqué mi álbum con fotografías en las que se encuentran plasmados tres años de mi vida. Al verlas me pregunté qué habrá sido de cada uno de esos adolescentes que me acompañaron en esa etapa. Después de concluir la secundaria, con los dedos de una mano podría contar a los que llegué a ver, pero ya hace mucho tiempo que no veo a nadie ni sé de ninguno de ellos. Bueno, de dos de ellos sí: Alonso, porque es mi vecino, y Agustín, porque tiene su negocio dentro del mercado cercano a la secundaria. Sin embargo, guardo en mi memoria muchos recuerdos con todos ellos: convivios donde no hacía falta el alcohol; la organización de tablas gimnásticas y bailes regionales para presentarlos a la maestra de Educación Física (los ensayos eran en la casa de Xóchitl); estudiar con algunos para los exámenes orales de la maestra de Biología y reportar a otros por su mala conducta, pues fui jefa de grupo dos años y subjefa otro más; intercambiar libros en primer grado, vivir el terremoto de 1985 y tomar clases en aulas prefabricadas y en el gimnasio con paredes hechas con cajas de cartón.

Al mirar estas fotografías recordé la mayoría de sus nombres y de algunos sólo su apellido: Darío, Francisco, Omar, Agustín, César, Alonso, Javier, Edmundo, Ricardo, Lara, Patiño, Zacarías, Víctor, América, Mileydi, Miriam, Xóchitl, Erika, Araceli, Irma, Inés, Azucena, Minerva, Olivia, Macedo, Evelia, Carmen, Ana, Oralia, Oliva, Norma Angélica, Ibarra, Carlos Alberto y Lima. Este último varias veces me dejó sin lunch y lo confesó tiempo después de haber salido de la secundaria. Se me escapan algunos nombres, pero no los recuerdos vividos. Gracias a todos mis compañeros de secundaria, porque no recuerdo momentos desagradables.

"Marca e impulso"

Irene de la Torre Alberti

Trabajó como mesera en un lugar frecuentado por famosos artistas e intelectuales mexicanos de la época, entre ellos Jorge González Camarena, quien quedó impresionado por su natural belleza, tez morena, ojos y cabellos negros y, sobre todo, por sus rasgos indígenas. Por tal motivo, le suplicó que posara para una pintura al óleo sobre tela en la cual plasmó los atributos de México, la alegoría de la patria. Esta obra ilustró la portada de tres generaciones de libros de texto gratuitos del segundo nivel de educación básica, de 1962 a 1971. Mis libros de texto y la representación de la patria marcaron mi alma para siempre y me hicieron ser mejor ciudadana mexicana.

Con sólo ver el libro o escuchar nombrarlo, evoco bellos e inolvidables recuerdos. Qué gratificante era recibir los libros de texto en la etapa escolar de nivel primaria, los cuales fueron el complemento para aprender a leer y a escribir; también una base para conocer la historia de México. Impactaba su portada emblemática: La Patria, que lucía extraordinario garbo; su mirada estaba fija en el horizonte mientras sostenía con orgullo, en su mano izquierda, el mástil de la bandera y, en su mano derecha, un libro que simboliza la educación; su espalda, arropada por las alas del águila representativa de México. Hoy sé que existió la mujer que, a sus 19 años, posó para dicha portada, la musa que le dio vida y significado nació en diciembre de 1922, en Coaxamalucan, Tlaxcala de nombre María Victoria de los Reyes Dorantes Sosa.

"Aprender jugando: una innovación del kindergarten en México"
Adriana Alejandra García Serrano
La educación y el cuidado de los niños de 3 a 6 años en instituciones específicas para estas tareas, también conocidas en México como escuelas de párvulos, kindergarten o jardines de niños, no puede comprenderse sin los aportes pedagógicos de Federico Froebel. Este educador alemán, además de proponer una educación sistematizada y a medida para las pequeñas infancias en espacios diseñados especialmente para que desarrollaran sus capacidades en contacto con la naturaleza, creó el material denominado dones. En la concepción de estos objetos, Froebel aplicó sus conocimientos de arquitectura, geometría, matemáticas y pedagogía. Los dones se fabricaron con diversos materiales ─lana, madera, alambre, papel y cartón─ y tuvieron como propósito atender las necesidades naturales del niño, promover la disciplina, estimular el movimiento rítmico, el sentido estético, la creatividad, el lenguaje y las nociones numéricas, entre otros. Es decir, poseían un claro sentido educativo. Los dones froebelianos, como parte del sistema del kindergarten, fueron adoptados y adaptados en distintos países, entre ellos México, Argentina, Chile, Colombia, Brasil, Uruguay, Estados Unidos, España, Bélgica, China e Irán, por mencionar algunos. En el caso mexicano, se incorporaron desde la creación de las primeras instituciones dedicadas a la educación y el cuidado de las pequeñas infancias. Así, los dones se incluyeron en los programas de dichos establecimientos, lo que dio origen a materialidades y culturas escolares concretas. Por ejemplo, las maestras tradujeron, adaptaron y compusieron cuentos, canciones y rimas para acompañar el trabajo con los dones, además del uso de estampas y litografías.
Por otra parte, los dones también se utilizaron ─aunque en menor medida─ en las escuelas elementales y constituyeron un componente sustancial en los programas de formación de maestras de párvulos desde finales del siglo XIX. La historia de la educación para los niños de 3 a 6 años ha mostrado cómo esta labor se ha circunscrito principalmente a las mujeres, quienes desde los primeros establecimientos conformaron las plantillas docentes. Para ser contratada en las escuelas de párvulos de la década de 1880, una maestra debía demostrar, mediante una disertación y una clase práctica, su conocimiento sobre el uso y fundamento de los dones froebelianos. Por lo tanto, estos materiales y sus usos no sólo forman parte de la historia de la educación infantil, sino también de la historia de la formación docente y sus prácticas pedagógicas. Finalmente, con el tiempo los dones se transformaron y, al menos en México, hacia mediados de la década de 1920 comenzaron a caer en desuso. Sin embargo, desde mi perspectiva, dejaron como legado el cimiento de los materiales y juguetes educativos en el nivel preescolar, una visión lúdica del aprendizaje y una pedagogía que respeta los ritmos de desarrollo e intereses de las infancias de 3 a 6 años.

"La Mochila De La Maestra "

Herlinda de la Cruz Barrón

Mi mamá de pequeña me preguntaba: —¿Ya alistaste la mochila? Ahora, lo que llevo a la escuela no me cabe en la mochila. Llevo mis ojos bien abiertos, oídos atentos, brazos firmes, manos solidarias, mente abierta y un corazón con gran espacio para todos. Y con eso creo que me basta.

"Bailar en la escuela: sentido de identidad y cultura para las niñas"

Romelia Hinojosa Luján

Para quinto grado preparamos el jarabe tapatío, pero solamente bailamos Isabel y yo: ella vestida de hombre y yo en el papel femenino, con una falda de china poblana bordada con la imagen de un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente, como el escudo nacional; yo llevaba también un rebozo con deshilado en las puntas. Al final del baile las lentejuelas se atoraron en el rebozo y al levantar los brazos ocurrió un final inesperado, un final mucho mejor. Esas experiencias nos marcaron para siempre porque entendimos que podíamos ser nosotras mismas. Y esa escuela tan querida fue la misma donde dio clases mi mamá, y mucho más adelante mi esposo y también yo. Allí acudieron mis dos hijos. Ellos y tanta gente de la comunidad vivimos en ese espacio escolar una época atesorada, inolvidable.

Cursé mis estudios de primaria entre 1971 y 1977, en la escuela pública Miguel Hidalgo 2567, en el municipio de Villa Aldama, una pequeña comunidad ubicada muy cerca de la ciudad de Chihuahua, al norte de México. En aquella época aún quedaban reminicensias de la educación rural posterior a la Revolución Mexicana. Uno de los aspectos más importantes era el trabajo cultural comunitario que se realizaba con niñas y niños en fechas específicas: el Día de la Madre, el aniversario de la Revolución Mexicana y la graduación escolar. En los cursos de tercero a quinto grados tuvimos a la maestra Soco cuyo trabajo en torno a los festivales culturales era constante. Mica, Lupita, Isabel, Zuly y yo conformábamos el grupo que bailaba en cada festival. En tercer grado ella nos puso el baile Casatschok, una danza rusa que nos llevó a imaginar lugares lejanos y gélidos. Nuestro vestuario se compuso de una falda corta con un gorro elaborado con peluche negro y una blusa blanca. Ése fue nuestro debut. Aunque teníamos compañeros varones en la población rural, no era muy normal que ellos bailaran, pues eso era “para mujeres”, así que la maestra nos ponía la coreografía adecuada. En cuarto grado nos puso “Jesusita en Chihuahua” y sí que desquitamos la puesta en escena: bailamos en la escuela el Día de la Madre, en la graduación y en la plaza de nuestra comunidad, ataviadas con una falda, un chaleco de mezclilla con barbitas rojas y unas botas vaqueras. Ese baile representaba todo lo que éramos: unas niñas norteñas bailando en Chihuahua.

"Entre teclas y aprendizajes"
Alejandra Franco Barrera
Con el paso de los años, la tecnología cambió. La máquina de escribir fue sustituida por la computadora, pero la habilidad permaneció. Hoy, en mi labor docente, escribo todos los días: planeaciones, mensajes, evaluaciones y proyectos. Muchas veces no pienso en el teclado, pero sé que todo comenzó en aquel taller de secundaria, con el regalo de mi abuelita y con una maestra que, sin saberlo, me enseñó que escribir también forma parte del aprendizaje y de la enseñanza. Esa experiencia escolar dejó una huella que trascendió el aula y se convirtió en una herramienta cotidiana, recordándome que la escuela también forma habilidades que acompañan la vida entera.
Recuerdo muy bien el primer día que llevé mi máquina de escribir a la secundaria, cuando cursaba mis años como estudiante. La cargué con sumo cuidado, más por el cariño que por la fragilidad. Mi abuelita me la había regalado antes de que iniciara el taller de Mecanografía y desde ese momento supe que no era un objeto cualquiera: para mí significaba ilusión, orgullo y muchas ganas de aprender. Al entrar al salón, el sonido de las teclas comenzó a escucharse por todos lados. Era un ruido constante y firme que imponía respeto. Me senté frente a la máquina con nervios, mientras observaba a mi maestra escribir con una rapidez que me sorprendía. Sus manos se movían con seguridad, sin mirar el teclado, como si las palabras ya estuvieran pensadas antes de llegar al papel. En ese momento comprendí que la mecanografía no era solo una materia más, sino un ejercicio de disciplina y atención. El aprendizaje no fue sencillo, pues los errores quedaban marcados y no había forma fácil de corregirlos. Aprendí a pensar antes de escribir, a cuidar cada letra y a escuchar el sonido correcto de las teclas. Con la práctica constante, mis manos comenzaron a memorizar los movimientos y la máquina dejó de sentirse ajena.

"Mi historia y formación como docente"

Elvira González Hernández

Cuatro décadas y media de labor docente han implicado un constante desaprender y volver a aprender. Cada reforma educativa fue un nuevo mapa; cada plan y programa, un idioma distinto que exigía estudio y adaptación. Y entonces llegó la pandemia: el aula se volvió pantalla, la voz se hizo eco digital; y las manos, acostumbradas al gis y al cuaderno, aprendieron a navegar en plataformas virtuales. Fue un reto que puso a prueba la paciencia y la creatividad, pero también confirmó que la educación es resiliencia. Cuarenta y cinco años después, miro atrás y veo más que clases impartidas: veo generaciones formadas, temores vencidos, madrugadas de estudio, lágrimas discretas y risas compartidas. La escuela no sólo fue espacio de trabajo: fue hogar, taller de sueños y forja de carácter. Esta historia no es sólo memoria personal, es patrimonio histórico escolar. En sus páginas laten las transformaciones pedagógicas, los cambios sociales y la evolución de una comunidad que creció junto con su escuela, porque enseñar no es únicamente transmitir conocimientos: es sembrar futuro en tierra fértil. Hoy mi escuela —y digo mía porque después de pasar tanto tiempo aquí así lo siento— ha cumplido cincuenta años y he participado con una poesía coral contando su historia. Así, entre telas, libros y pantallas, comprendí que la docencia es como bordar: puntada a puntada se construye una obra que quizá no siempre luce perfecta, pero que abriga generaciones enteras con el hilo invisible del compromiso y el amor por educar.

Tres años después ingresé a la preparatoria en turno vespertino. No fue sencillo: la economía escasa y una hija pequeña eran montañas que debía escalar con pasos firmes. Tres años me tomó concluirla, pero cada desvelo fue un ladrillo en la construcción de mi futuro. En ese trayecto fue fundamental la guía del profesor Antonio Pérez Ángeles, de Actopan, Hidalgo, maestro de la asignatura de Tecnologías, hombre de experiencia y espíritu generoso. Él nos impulsaba a no conformarnos, nos buscaba apoyos y organizaba cursos en vacaciones para un grupo numeroso de docentes de distintos talleres y comunidades. Su voz era faro; su ejemplo, brújula. Pasaron cinco años más de mi vida y yo continué soñando con mi superación académica; por ello, en el año de 1994, inicié los trámites para continuar con mi formación. Con renovado impulso ingresé a la Escuela Normal Superior en Pachuca, Hidalgo, donde cursé la especialidad en Español. Mientras iniciaba esos estudios, en la escuela se abrió un nuevo grupo y me pidieron impartir la materia sin remuneración adicional, con el argumento de que me daría experiencia. Acepté el reto. Además, conté siempre con el respaldo del director y de un compañero del área, quienes me orientaron entre programas, planeaciones y estrategias didácticas. Fue un aprendizaje tejido con paciencia. Los años trajeron concursos y satisfacciones. En Tecnología, por ejemplo, un grupo obtuvo el primer lugar en un concurso a nivel zona escolar. Hoy, saber que aquellos alumnos sobresalientes aplican en tierras extranjeras lo aprendido conmigo es una emoción que florece en el recuerdo. En el ámbito del español, participamos en certámenes de oratoria, poesía y uno llamado “Cuéntame un cuento”. Un alumno alcanzó el primer lugar estatal en oratoria, aunque, paradójicamente, nunca recibió su reconocimiento oficial. Aun así, su triunfo quedó inscrito en la memoria colectiva de la escuela, donde los diplomas invisibles también cuentan. Siento gran satisfacción por mis logros profesionales, por ejemplo, avanzar en la carrera magisterial hasta el nivel C y ahora concursar en la promoción horizontal. Éstos son retos y triunfos logrados que me llenan de gran satisfacción.

Mi nombre es Elvira González Hernández y soy profesora de la Escuela Secundaria General Felipe Ángeles. En 1980, cuando apenas contaba con veinte años y mis únicos respaldos académicos eran la secundaria y un curso de tres años en Corte y Confección del Sistema de Corte México, toqué con manos temblorosas la puerta del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Aquella solicitud enviada al SNTE, en la Ciudad de México, era más que un trámite: era una apuesta al destino. La respuesta llegó como quien abre una ventana al amanecer: una plaza de seis horas en una secundaria de la comunidad de San Juan Tepa, Hidalgo. Lunes y viernes, tres horas cada día. Así comenzó mi historia docente. Se me asignó el tercer grado. Ellos, jóvenes de quince a diecisiete años, altos como encinos; yo, pequeña y con el corazón latiendo como tambor de guerra. Recuerdo el primer día: el aula era un mar de miradas expectantes y yo una barca frágil tratando de no zozobrar. El temor me acompañó como sombra silenciosa, pero pronto nació la empatía. Entre risas tímidas y telas cortadas con precisión, el taller se convirtió en un espacio de confianza. Aquel primer año fue semilla y raíz. Al año siguiente, la maestra que atendía los grados de primero y segundo renunció a seguir impartiendo el taller y se le asignó la materia de Español. Entonces mi jornada aumentó a dieciocho horas. Comprendí que la vocación no basta sin preparación y que debía estudiar y seguirme preparando porque la docencia es un río que exige aprender a nadar cada día. Tres años después ingresé a la preparatoria en turno vespertino. No fue sencillo: la economía escasa y una hija pequeña eran montañas que debía escalar con pasos firmes. Tres años me tomó concluirla, pero cada desvelo fue un ladrillo en la construcción de mi futuro. En ese trayecto fue fundamental la guía del profesor Antonio Pérez Ángeles, de Actopan, Hidalgo, maestro de la asignatura de Tecnologías, hombre de experiencia y espíritu generoso. Él nos impulsaba a no conformarnos, nos buscaba apoyos y organizaba cursos en vacaciones para un grupo numeroso de docentes de distintos talleres y comunidades. Su voz era faro; su ejemplo, brújula. Pasaron cinco años más de mi vida y yo continué soñando con mi superación académica; por ello, en el año de 1994, inicié los trámites para continuar con mi formación.

"Recuerdos y experiencias en torno al método onomatopéyico"

Erika González de Salceda Ramírez

Hablar del método onomatopéyico no es sólo remitirse a una estrategia de enseñanza de la lectura y la escritura; para mí significa evocar recuerdos profundos ligados a mi propia historia escolar y como docente de educación primaria. Forma parte del patrimonio histórico escolar, y ha sido transmitido y sostenido principalmente por mujeres, maestras que, con paciencia, creatividad y vocación, lo llevaron al aula y lo adaptaron a las realidades de sus alumnos. Mis primeros acercamientos ocurrieron cuando yo era alumna de primaria. Recuerdo con claridad el ambiente del aula, los carteles coloridos en las paredes y, sobre todo, la voz de mi maestra guiándonos en la asociación entre sonidos, letras y palabras. Las onomatopeyas no sólo facilitaban el aprendizaje, sino que lo hacían significativo y cercano. El muu de la vaca, el tic-tac del reloj o el pum de un golpe eran sonidos familiares que nos ayudaban a comprender que la lectura no era algo ajeno, sino parte de nuestra vida cotidiana. En ese entonces no era consciente del valor pedagógico, pero sí del acompañamiento constante de una mujer que creía en nuestras capacidades. En mi formación como licenciada en Educación Primaria, el método onomatopéyico fue analizado desde una perspectiva más teórica. Sin embargo, no fue un conocimiento nuevo, sino una resignificación de lo que ya había vivido en el aula. Al convertirme en docente de primer grado de primaria, esos recuerdos cobraron un nuevo significado, comprendí que el método onomatopéyico, además de apoyar al proceso de lectoescritura, también genera un ambiente lúdico y afectivo en el aula. En mis primeros años como maestra, lo utilicé de manera natural, replicando muchas de las prácticas que había vivido como alumna.

Una de las experiencias que más atesoro ocurrió con un grupo donde varios alumnos presentaban dificultades para identificar letras y sílabas. Al incorporar actividades basadas en sonidos, gestos y juegos, noté un cambio significativo: los niños comenzaron a participar con entusiasmo, reían, imitaban sonidos y, sin darse cuenta, avanzaban en su proceso lector. En esos momentos confirmé que, si bien enseña contenidos, también fortalece la confianza y el vínculo entre la maestra y sus alumnos. Al utilizar onomatopeyas cercanas a la experiencia infantil, este método promueve la motivación, la participación y el desarrollo de la conciencia fonológica en los primeros grados de educación. Reflexionar desde la mirada femenina implica reconocer el papel fundamental de las mujeres en la escuela como mediadoras sensibles que comprendieron las necesidades de los niños y buscaron estrategias cercanas a su realidad; ha sido un puente entre generaciones: lo viví como alumna, lo resignifiqué como estudiante de licenciatura y lo apliqué como docente. En conclusión, el método onomatopéyico representa un símbolo del patrimonio histórico escolar en femenino. Es un recordatorio de que la enseñanza no sólo se construye desde los libros o los programas oficiales, sino también desde las experiencias, las emociones y la vocación de las maestras que, día a día, dan sentido a la escuela y dejan huella en la vida de sus alumnos.

"Amarillo que nos unió"

Alexia Vera Moreno

El uniforme amarillo en mi secundaria nunca fue bonito. De hecho, todos nos llamaban “los amarillo pollo”. Nos quejábamos del tono brillante que parecía imposible de ignorar y del morado llamativo que lo acompañaba. Aunque las burlas siempre estaban presentes, con el tiempo aprendimos a ignorarlas. Un día, caminábamos en bolita por el centro, entre el ruido y el movimiento, cuando se nos perdió una amiga. Entre tanta gente parecía imposible encontrarla. Sentí ese vacío en el estómago que genera el miedo, hasta que, a lo lejos, algo resaltó entre la multitud. El amarillo resulta imposible de ignorar. “Ahí está, la de amarillo pollo”, pensé. Gracias al uniforme pude verla y alcanzarla. Ese día entendí que también nos hacía visibles en medio del caos.

Recuerdo los recreos en el patio de mi secundaria en Chihuahua. El sol hacía que nuestros uniformes brillaran todavía más. Era imposible pasar desapercibidas. Tal vez por eso aprendimos a no temer ser vistas. Sin darnos cuenta, ese color que tanto criticábamos nos enseñó a ocupar nuestro espacio. Hoy, como parte de la generación 2020–2023, miro atrás y entiendo que aquel uniforme no sólo nos identificaba: nos unía. Crecer también fue aceptar mi voz, mis errores y mis sueños. Y aunque nunca fue el uniforme más bonito, fue el que me enseñó que destacar no siempre es algo que deba evitarse.

"Una caja llena de juegos y aprendizajes"

Aime Berenice Casasola Sánchez

Se sabe que los primeros gises (o tizas, como muchas personas los conocen) fueron hechos de piedra o de carbón, aunque con una forma distinta a la actual, y que se utilizaron para realizar las famosas pinturas rupestres, hechas por los primeros seres pensantes que habitaron el mundo. Hay pinturas rupestres que datan del año 20000 a. C. Algunas de las más famosas se encuentran en cuevas de Francia. Se dice que en ellas todavía se pueden ver representaciones de mamuts, tigres dientes de sable y otros animales.

Cuando estaba en preescolar, empecé a utilizar los gises con mis maestras. Los usábamos tanto para dibujar y escribir en el pizarrón como para marcar en el piso juegos infantiles, entre ellos el avión y el famoso stop, que eran los que jugábamos a la hora del recreo. Ya en la primaria, empezamos a utilizar los gises de colores para subrayar ideas principales que debíamos anotar en el pizarrón. También los usábamos para hacer dibujos de plantas, de animales e incluso del cuerpo humano. Otras veces llenábamos botellas de plástico con diferentes colores de gises; se veían geniales. Para mí, crecer aprendiendo y escribiendo con gises fue algo bueno. Lo único malo es que, al usarlos, el polvo que salía hacía que empezaras a estornudar o a toser hasta que tomabas agua o te alejabas.

"Mi credencial escolar"

Nora Cecilia Salazar

Pasaban generalmente con don Panchito o con Clemente, nunca con Rosario, ella revisaba a uno por uno y, además, te regañaba si ya eran casi las siete; había otras formas de entrar sin llevar tu credencial. La primera era que alguien, por una de las rendijas de la barda de los salones, te prestara su credencial, y tú te hicieras el disimulado y la mostraras rápidamente; algunos más osados (y atléticos, hay que decirlo), se brincaban la barda. Sin embargo, si llegabas tarde o sin credencial, no todo estaba perdido, si verdaderamente tenías ganas de entrar a la secundaria y no “irte de pinta”, lo que hacías era enfrentar las consecuencias: te esperabas en la entrada (los que llegaban temprano tenían acceso libre a las instalaciones, pero los que llegaban tarde o no traían credencial no) o en el acceso principal junto al prefecto en turno y el o la orientadora que acompañaba el proceso, ellos se aseguraban de que nadie se escabullera. Una vez cerrada la puerta, te llevaban directo a prefectura para que te hicieran tu reporte, el cual tenías que traer al día siguiente firmado por tu mamá o tu papá, eso era lo terrible.

En mi experiencia —en 1986—, los papás de entonces eran un tanto diferentes a los de hoy, que, en caso de que su trabajo y ocupaciones les permitan presentarse a la escuela, van a abogar por los derechos de sus hijos, aunque no tengan razón. Al escribir estas líneas observaba mi credencial escolar, mi foto, que sólo mostraba a mis amigas y a los prefectos, porque no me gustaba, por cierto… aunque a la distancia, me provoca nostalgia por esos años transcurridos y por los tiempos vividos, en los que olvidar mi credencial era algo grave. Hoy veo con añoranza que ese documento significaba respeto a las normas, o falta de respeto a ellas también; representaba mi identidad en ese periodo de adolescencia, representaba ese breve momento al formarme con mi grupo de amigas antes de la entrada y comentar quién estaba en la puerta, qué tan difícil había estado la tarea, si la habían terminado, si ya les habían pasado el chismógrafo de las chicas de 3º B, y todas esas temáticas relevantes cuando tienes 13 o 14 años y estudias la secundaria.

Ahora que lo pienso, es sorprendente que aún tenga guardada mi credencial de la secundaria, es de un material parecido a la cartulina u opalina. La enmicaron con plástico, el cual se presionaba con un instrumento caliente en las orillas que encerraba el documento, y sigue ahí después de cuarenta años, provocando memorias de aquellos años que, no sabía yo en esos momentos, atesoraría y que me harían comparar esos tiempos con los momentos actuales: ver cómo he cambiado, cómo han cambiado las dinámicas escolares, cómo ha cambiado la sociedad, cómo ha cambiado la vida; advertir cómo llevar mi credencial escolar a la secundaria, después a la vocacional y más tarde a la universidad, me abrió la puerta a ser profesionista. Mi credencial encierra una etapa de mi historia personal que puedo ahora recuperar gracias a ese documento y a los umbrales que me permitió trascender.

Mi rutina diaria al llegar a la secundaria era bajar del camión que me dejaba frente a la escuela y sacar mi credencial mientras me formaba en la fila para ingresar al plantel. En la puerta de acceso, a veces se encontraba don Panchito, Rosario o Clemente, y también otra prefecta de la cual no recuerdo el nombre, ellos revisaban que la credencial correspondiera con la persona que la llevaba; a veces, a la entrada de la escuela, ya había alguna compañera o amiga formada y me llamaban para que me integrara a la fila con ellas. Eso sucedió, creo, en todo el primer año, pero dejó de pasar porque, en algún momento, hubo un pleito entre los chicos de tercero porque alguno se coló en la fila; ocasionalmente alguien quería hacer trampa y se amontonaba en la entrada tratando de pasar desapercibido, generalmente uno o dos minutos antes de las siete, pues teníamos que entrar desde las 6:40 de la mañana, y el ingreso de 7:20 para los alumnos, con credencial minuciosamente revisada, suponía mucho tiempo.No obstante, se podían colar dependiendo de quién estuviera en la puerta revisando credenciales.

"Entre Acero, Vidrio Y Vocación"
Claudia Inclán García
Durante estos tres ciclos escolares, encendí el mechero con una emoción distinta a la que viví en la fábrica; allí producía piezas, en el aula despertaba preguntas. Cuando veía a mis alumnos dudar al sostener un instrumento de vidrio, reconocía en ellos mis propios temores. Entonces comprendí que mi historia podía convertirse en impulso. Los instrumentos de laboratorio dejaron de ser sólo herramientas didácticas; se transformaron en símbolos de posibilidad. Cada experimento fue una lección de perseverancia. Así, confirmé que mi verdadera vocación no estaba únicamente en diseñar estructuras, sino en inspirar a otros a perseguir sus sueños pese a la adversidad.
En 2022 inicié mi labor como maestra de Química en una secundaria privada de Cuernavaca, Morelos. Al entrar por primera vez al laboratorio escolar, instrumentos como los matraces, las probetas y los tubos de ensayo, alineados con precisión, marcaron mi regreso a la escuela desde un lugar distinto. Después de varios años trabajando como ingeniera mecánica en fábricas, donde el ruido y la producción dominaban mis días, volver a sostener un matraz fue reencontrarme con la raíz de mi vocación. En la universidad fui la única mujer de mi generación. Recuerdo los talleres llenos de hombres y las miradas que cuestionaban mi presencia. Aprendí a defender mis ideas, a perfeccionar mis diseños y a demostrar que mi capacidad no dependía de mi género. Aquella etapa me enseñó resistencia y disciplina, pero también me dejó claro que abrir camino implicaba constancia. Aunque disfrutaba el diseño industrial, con el tiempo extrañé el asombro que sentí cuando, siendo estudiante, observé una reacción química transformarse frente a mí. Ese recuerdo permaneció intacto incluso entre acero y líneas de producción.

"De la voz nace el amor"

Ma. del Carmen Gallegos Macías

De pronto sonó el timbre que anunciaba el cambio de clase. Oí expresiones que connotaban un “¿por qué se termina la sesión?” —Siga, maestra, siga hasta que llegue el profe —dijo una joven. —¡Ándele! —expresó otro alumno con la espontaneidad que lo caracterizaba. Y entonces, sólo hasta entonces, El principio del placer dio nacimiento al principio de leer.

Y, entonces, escuché un profundo silencio. Sentí admiración por esas miradas que anhelaban saber más del amor entre los dos adolescentes de la novela. Ante dicha expectativa, mi corazón sintió que acababa de sembrar la semilla del gusto por la lectura en varios estudiantes y que el alma de otros volaba a los momentos de la niñez, con abuelas, madres o maestras que leyeron para ellos. Esto sucedió tres años antes del fallecimiento del autor, en la Secundaria Técnica Número 34, situada al noreste de la ciudad de Aguascalientes. Mi voz se hizo una con los diálogos de cada personaje. Los ojos de quienes me escuchaban veían en mí a Ana Luisa o a Jorge: en ese momento quise que José Emilio Pacheco, cual espectador teatral, contemplara cómo un grupo de estudiantes del segundo grado, “los indisciplinados”, “los irreverentes”, “los incumplidos”, se emocionaban con la historia contada.

"A doble raya"

Dalia Fernanda Corral Vázquez

Estudié en la Escuela Primaria José María Morelos y Pavón. Durante los seis años que cursé en ella, todas las maestras que me dieron clase pedían a nuestros padres una libreta especial para realizar ejercicios de caligrafía. Era una libreta de doble raya. Los ejercicios de caligrafía en ese momento no eran como los que los niños suelen realizar ahora, que son repetición de figuras, como un círculo o quizá líneas, sino que, al usarse comúnmente la escritura en letra cursiva, las repeticiones de caligrafía consistían en eso. Al día nos indicaban qué letra tocaba realizar de tarea; de esa letra se hacía una plana en cursiva. Al ser libretas tamaño profesional, era tedioso realizar una plana de cada letra diariamente. Sin embargo, la tarea se tenía que entregar al día siguiente. Por ello, mi mamá siempre estaba atenta a que lo realizara de la manera correcta; de lo contrario, era regaño seguro, pues si no estaba bien hecho, posiblemente la maestra no lo revisaría y me pediría que efectuara más repeticiones de la misma letra de tarea.

Luego de terminar el abecedario completo en las tareas diarias que dejaban los maestros, comenzaban a pedir planas de palabras completas. En ocasiones, era eso o escribir mi nombre un número designado de veces. Esto provocaba que el ejercicio fuera aún más complicado, porque, aunque ya casi dominara la escritura de una letra independiente, era más difícil juntar las letras para escribir una palabra en cursiva. Si no estaba bien hecho o la numeración de las palabras estaba incompleta, era seguro un cuaderno no calificado de regreso.

"El chismógrafo"

Joana Campos Estrada

Mi experiencia con el chismógrafo se dio cuando iba en la secundaria, ya que mis compañeras y yo hicimos uno para saber algunos secretos de nuestras compañeras y compañeros. Estaba conformado por doce preguntas ―o más― y, en ocasiones, lo adornábamos para que se viera más bonito. Se preguntaba nombre completo, si teníamos novia o novio ―y cuántos teníamos―, qué nos gustaba, quién nos gustaba y quién era la más bonita o el más guapo del salón o de la escuela. Otras preguntas indagaban qué materia nos gustaba más, cuál era nuestro pasatiempo favorito, qué tipo de música escuchábamos, quién era el líder o la líder del salón y la más payasa o el más payaso, cuál era nuestro color favorito, qué maestra nos caía mejor y quién nos caía mal. Estas preguntas se hacían tanto a hombres como a mujeres de primero, segundo y tercer grados, pero algunos no daban todas las respuestas, tal vez porque se sentían incómodos al contestarlas.

Fue una experiencia bonita, ya que, en ese tiempo, casi todas las chicas hacíamos chismógrafos y no importaba si estábamos en clase, porque íbamos pasando la libreta para contestarla. En ocasiones, algunos compañeros hombres nos la quitaban con el fin de ver las respuestas de los que ya tenían novia o novio, y les empezaban a hacer burla o decían quién les gustaba y quién les caía mal. Un día la maestra nos quitó la libreta y mandó traer a nuestras mamás.

"Melomanía "
Alejandra de la Torre Cruz
La grabadora y el casete fueron dos herramientas en apariencia sencillas, pero enormemente significativas en mi formación escolar, en especial durante las clases de Inglés. Aquellos dispositivos, hoy casi objetos de museo, marcaron una etapa en la que aprender un idioma no dependía de aplicaciones ni plataformas digitales, sino del acto íntimo de escuchar, repetir y volver a escuchar. Con ellos perfeccioné mi pronunciación y afiné mi oído, guiada por voces que, aun sin saberlo, se convirtieron en mis primeros maestros musicales. Recuerdo con especial cariño las sesiones en las que trabajábamos con canciones de Los Beatles, como “I Want to Hold Your Hand”, que nos llenaba de energía infantil, o “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel, cuya melancolía me hacía reflexionar incluso sin entender del todo su significado y con la que posteriormente le tocó a mi hermana participar con la flauta. Eric Clapton, con “Tears in Heaven”, siempre lograba conmoverme hasta las lágrimas, mientras que “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin abría una puerta a un mundo sonoro que no sabía explicar, pero que intuía como algo grande.
Esas melodías, escuchadas una y otra vez en la pequeña grabadora, quedaron atrapadas en mi memoria junto al olor del uniforme, la ansiedad por crecer y la ingenua alegría de los recreos, jugando resorte, basquetbol, softbol, declarar la guerra a tu peor enemigo con pasos de gigante o de pulguita, disparejo o corriendo por el patio que veía enorme y ahora veo que realmente mis piernas eran las pequeñas al querer recorrerlo velozmente. Y lo más mágico era que, después de clase, poníamos música, cantábamos y nos grabábamos en el casete. Escucharnos de vuelta era tan divertido como revelador: ahí descubrí mis primeras fortalezas, mis primeras imitaciones de acento, mi creciente amor por la música. De una forma u otra, esas prácticas dieron forma a quien soy hoy: una melómana apasionada, con buena pronunciación en inglés y un oído atento a los acentos. La grabadora y el casete no sólo enseñaron idioma; enseñaron sensibilidad, memoria y descubrimiento.
"Diversión de colores"
María Elena Reyes Ortega
Nada sustituye la emoción del primer día de clases, niños, niñas, educadoras, padres de familia, todos reunidos en una sola sintonía: el inicio de un sueño mágico y maravilloso, encontrando en la entrada del jardín de niños miradas curiosas, sonrisas alegres, corazones ansiosos; niños llenos de ilusiones, padres de familia que aspiran crear en sus pequeños un mundo de máximas expectativas, al comenzar el primer peldaño de su preparación escolar. En el salón de clases, la caja de figuras geométricas espera impaciente a que esos pequeños ingresen al aula, que hasta el momento parecía dormida, después de un largo periodo vacacional en el que se mantuvieron inertes, en espera de nuevos chicos y, por lo tanto, de nuevas emociones e incomparables vivencias. Las figuras geométricas desean ansiosas que aquellas diminutas y frágiles manitas lleguen a tomarlas y disfruten de interminables juegos al percibir su textura, forma, color, olor y todas sus características.
Y… el momento por fin ha llegado, con mis ojos curiosos observo el material que mi maestra ha colocado a mi alcance, es una caja, de esas que aún conservan su olor a rica madera. Y me pregunto ¿qué podrá haber ahí dentro? No lo sé, ni lo imagino. Tomo con mis manos la caja, la abro ¡Qué maravilla! Encuentro en ella una gama de colores; en ese momento no sé cómo se llaman, pero me gusta su textura, forma, olor, tamaño y hasta el sonido estrepitoso que hacen al caer sobre mi mesa ¡Eso también es mágico para mí! Mientras tanto las figuras geométricas mueren de felicidad, al sentir que han sido elegidas por esa niña para que juegue y disfrute, formado con ellas grandes creaciones. Nunca imaginé que después de dos décadas de aquella experiencia, ahora siendo educadora observé a mis pequeños alumnos experimentando ese cúmulo de emociones. ¡Es increíble cómo la vida puede pasar tan rápido!

"Vestir y desvestir: del juego a la domesticación "

Oliva Solís Hernández

La educación, entendida como el proceso mediante el cual una sociedad forma a sus integrantes de acuerdo con una serie de valores, principios y modelos de acción, es una sucesión de actos que nunca termina. Educar se da en el seno de la familia, en las escuelas, las iglesias y en todos aquellos espacios y tiempos en los que las personas interactúan. El juego es también un acto educativo. A través de él, las infancias aprenden qué es lo que se premia y lo que se debe castigar o reprobar, así como a hacer cuentas, a distinguir, comparar o evaluar la toma de decisiones, y asumir que, cualquiera que sea la que se tome, habrá consecuencias. Sin embargo, los juegos están pensados, al igual que el orden social hegemónico, en opuestos binarios: masculino-femenino; bueno-malo; bonito-feo; justo-injusto; por citar sólo algunos ejemplos. Lo masculino, como opuesto a lo femenino, posee una serie de valoraciones y connotaciones que lo hacen deseable o indeseable: a lo masculino corresponde lo público, el uso de la voz, el mando, la toma de decisiones, la fuerza; y a lo femenino lo privado, el cuidado, la obediencia, el hogar y todo lo que ello conlleva. Así, desde la más tierna infancia, a través del juego, la sociedad va formando a sus miembros, enseñándoles los lugares que les corresponden, las actividades que deben realizar, los valores que están asociados a ellos y la forma en que tendríamos que valorarlo. Los juegos infantiles, como las rondas, los juegos de mesa y otras actividades lúdicas, fueron diseñados no sólo para entretener, sino para formar. Un ejemplo de ello es un juego con el que muchas mujeres nos entretuvimos en nuestra infancia, sobre todo aquéllas que no teníamos el suficiente dinero como para comprar una muñeca de verdad con todo su ajuar: el de las muñecas de papel con sus vestidos. A través de este juego, los procesos educativos se iban complementando: la muñeca y su ropa debían ser cortadas con precisión; ello abonaba al desarrollo de la psicomotricidad fina. Aprender a recortar con tijeras era una parte fundamental del desarrollo infantil y para ello existían numerosas actividades que eran evaluadas con meticulosidad: cortar de manera firme, sobre las líneas, seguido, sin dejar picos, rasgaduras o, de plano, cortar donde no se debía.

Luego venía el arte de la combinación de los colores para multiplicar las opciones de vestir. Aprendíamos entonces los colores primarios y secundarios y las reglas combinatorias, que, en la actualidad, ya no se usan. Pero además de estos aspectos se aprendían otras cosas: los cánones de la belleza, de la feminidad y de la domesticidad. Al vestir a la muñeca, las niñas aprendíamos un deber ser. Aprendíamos que había que estar siempre presentables, que la apariencia era algo importante, sobre todo si la muñeca era una trabajadora. La limpieza era algo fundamental y los accesorios no podían faltar. Las muñecas, vestidas y desvestidas, daban cuenta también de la interseccionalidad y sus desigualdades: había muñecas rubias y morenas. Negras, no las recuerdo. Tampoco a las indígenas. Había mujeres solteras y casadas. Las segundas venían con sus hijos. Algunas también tenían un perro como animal de compañía. Y, por supuesto, no podía faltar el varón a quien se debían, para quien se vestían y desvestían, aunque, eso sí, siempre púdicas pues las muñecas nunca estaban desnudas. Fondos y calzones estaban impresos a sus cuerpos, los cuales nunca veríamos desnudos. Sus formas, sólo podían ser insinuadas. Había también muñecas o muñecos infantes, jóvenes y adultas. Se distinguían por su vestir, por sus peinados, por sus gestos. Y con esas muñecas nos entreteníamos: les recortábamos, clasificábamos su ropa, intercambiábamos accesorios, les poníamos nombres y les cuidábamos para que no se doblaran, rompieran, rasgaran o desaparecieran. Era una forma de entretenerse, entrenarse y educarse en lo que a cada uno de los sexos correspondía. Este juego no ha desaparecido, sólo se ha transformado. Si buscas en la red te aparecerán muchos modelos de muñecas y muñecos recortables. Han cambiado sus figuras, sus peinados, la moda, pero en lo esencial, siguen cumpliendo su función: reproducir el orden social a través de la educación no formal, enseñando a cada quien lo que le corresponde y el cómo debiera hacerse. Así, jugar es también educar y, en el caso de las mujeres, es también domesticar.

"De papel o digital"

Elianahi Frías Mendoza

Una fotografía es un recuerdo imborrable, lleno de significados y vivencias congeladas en papel. Actualmente el formato digital permite que pueda ser vista por muchas personas a la vez; para muchos, es un momento que conserva una experiencia, un tesoro que sin hablar dice más que mil palabras y provoca un remolino de emociones al observar cada detalle; para otros, suele ser un momento incómodo al instante de la toma, pero cuando se conserva puede remover sensaciones que se creían olvidadas. Antes, estas imágenes se resguardaban en álbumes cuyas páginas se volvían amarillentas, lo cual revelaba el paso del tiempo; hoy, el formato digital permite que conserven sus colores y se registren múltiples momentos sin límite alguno, sin temor de que el “rollo se acabe”. La fotografía escolar es una huella material del paso por el aula y la escuela, un testimonio visual que conserva aprendizajes, enseñanzas, relaciones y emociones. La Real Academia Española señala que la fotografía es una técnica para capturar imágenes; sin embargo, la “fotografía escolar” es más que eso, en manos de un docente es una evidencia del proceso de enseñanza-aprendizaje, un archivo afectivo de la vida en las aulas, los pasillos y los actos escolares y culturales que no pierden su valor.

Para la educación femenina, estas fotografías representan mucho más que un simple retrato; recuerda y visibiliza un logro que por muchos años atrás parecía imposible, pues la educación era considerada sólo para varones o privilegiados. La postura, la vestimenta y la organización de las alumnas reflejaban ideales de orden, disciplina, decoro y obediencia, pero también anunciaban las nuevas posibilidades de acceso al conocimiento. Así, la fotografía escolar renueva etapas de la vida educativa y se convierte en un puente entre la memoria, la identidad y la transformación social, al mostrar cómo la escuela fue moldeando y ampliando los horizontes de la educación femenina.

"Recuerdos de mi amigo escolar"

Ma. de la Luz Mendoza Hernández

¡Hola, amigo escolar de mi remota infancia! Te invito a rememorar conmigo los momentos vividos cuando en la escuela primaria para niñas tuvimos varios encuentros, ¿recuerdas? ¡Oh!, aquellos muros de la escuela, que con los años han murmurado historias lejanas y cercanas de los actores sociales históricos y generacionales, que han traspasado en los tiempos dejando su esencia. Aún me parece verlos fuertes, indomables, dispuestos a seguir forjando espíritus libres. Y ahí estabas tú… Tú, majestuoso en el muro de la escuela, lucías tu espacio para que las alumnas plasmáramos en ti fechas importantes, datos de eventos trascendentes de la cotidianidad de la escuela, imágenes y reseñas históricas, enriquecidas con imaginación infantil y mucho colorido que invitaba a acercarse a leer y disfrutar. Motivada por la maestra, me gustaba participar con frecuencia; arropaba con mis palabras escritas, mientras tú esperabas paciente para luego expresarlas con tu silenciosa pero trascendente voz. Era como si hubiera una complicidad literaria entre nosotras las alumnas y tú, mi periódico escolar. Yo me sentía muy unida a ti, porque creía y estaba segura de que dabas vida a lo que se publicaba, y gritabas de alegría de ser el medio de expresión, de ser el “periódico escolar”. Recuerdo que, en tu amplitud, estabas separado en dos partes: una para el turno matutino de las niñas y otra para el turno vespertino de los niños, lo que estableció gran competitividad. ¿Acaso te dabas cuenta de esa situación? Yo creo que sí, pero te mostrabas ufano de la lucha por la mejora.

A medida que avanzamos a los grados superiores de quinto y sexto cambió esa percepción casi aguerrida, ya que pudimos darnos cuenta de que tanto las niñas como los niños realizábamos buenas aportaciones; seguíamos haciendo nuestro mejor esfuerzo con gusto literario en los aspectos históricos, cívicos, culturales, deportivos y hasta en el humorístico, porque también había un espacio exprofeso para algo chusco, lo cual disfrutábamos. Tú, mi periódico escolar, contribuiste a consolidar esa situación igualitaria. Quizá fue muy incipiente, pero con el tiempo ha dejado huella en mi conciencia formativa y tal vez en la de muchas de mis compañeras, pues valoramos el trabajo colaborativo entre niñas y niños a la vez que despertó el interés por las letras de reconocidos autores y el impulso de crear algunas composiciones narrativas y poéticas. Lo recuerdo con agrado y te agradezco, porque ese gusto de escribir y publicar ha trascendido en mi vida y lo encuentro placentero. Te lo debo mucho a ti. Gracias, mi amigo escolar. Sigue vibrando alto en los espacios educativos, con esa voz callada, inaudible, pero que mueve conciencias, que canta los pensares y sentires de alumnas y alumnos, en una gama de información e ilustraciones que muestran, enseñan y perpetúan la cultura desde tu ámbito, reconociendo en hombres y mujeres la grandeza de la obra humana.

"La vocación transformadora de ser maestra de secundaria"

Vanessa María León Megchum

Quiero compartirles lo que significa, desde mi experiencia, ser maestra de secundaria. Recuerdo que, desde joven, escuché frases que minimizaban esta profesión; incluso se decía: “Que trabaje, aunque sea de maestra”, pensamiento que también estuvo presente en mi entorno familiar. Sin embargo, al transitar por distintos salones de clase comprendí que mi elección no sólo tiene que ver con una profesión, sino también con una forma de vida profundamente humana y significativa. Al iniciar mi labor docente, entré al aula con la idea de transmitir conocimientos ya establecidos, pero pronto descubrí que la realidad educativa va mucho más allá de los contenidos. Observé los estilos de aprendizaje y las condiciones de las escuelas, y, sobre todo, conocí el sentir de mis alumnos: sus emociones, su autoestima y sus necesidades. Esta experiencia me permitió entender que ser maestra implica acompañarlos durante el paso de la infancia a la adolescencia, una etapa llena de cambios físicos, emocionales y sociales.

Muchos de mis estudiantes vivían en contextos familiares complejos y estuvieron expuestos a una gran cantidad de información que confundía su forma de comprender el mundo. Ante ello, asumí mi papel como guía, escuchando, orientando y brindando apoyo emocional dentro del aula, la cual se convirtió en un espacio de confianza. En diversas ocasiones desperté con preocupaciones personales; sin embargo, cuando entraba a la escuela sentía que cruzaba un portal de luz simbólico que llenaba de alegría y energía mi vida, lo cual me hacía sentir profundamente feliz. Cada mañana observé cómo mis alumnos me esperaban y me acompañaban al salón mientras me compartían sus inquietudes y sentimientos. Así comprendí que mi labor trascendió lo académico, pues también construí vínculos, aprendizajes y un sentido humano que fortaleció mi identidad docente.

"Con flores de esperanza se construyó la escuela"

Jhasibis Isabel Molina Ortega

Con precarias instalaciones seguía inaugurando y clausurando ciclos escolares, y entregando a la sociedad jóvenes fuertes, todoterreno y listos para continuar caminando. Comprendí que la escuela tenía que enraizar en terreno propio; así que, una vez conseguida la donación, me di a la tarea, junto con padres de familia, personal y alumnos de la escuela, de tocar diversas puertas, vender tlayudas y hacer rifas para construir el edificio escolar. ¡Trabajamos incansablemente! Hoy es primavera y todavía no hay flores. El árbol pequeño sembrado en la escuela representa el recuerdo de generaciones de estudiantes que, al igual que yo, cumplieron los deseos de su corazón. En unos cuantos años las ramas serán frondosas con flores amarillas, flores de esperanza que verán a los alumnos concluir con alegría su educación secundaria.

En 2018 llegué a la Secundaria General Benito Juárez, la cual no tenía terreno propio ni aulas; además, estaba plagada de carencias. El sol apenas se asomaba entre las ramas de un árbol que sostenían racimos espigados de flores amarillas; éstas refulgían en la humedad de Chahuites, esa humedad que se siente en la piel. Era primavera. Algunas voces de maestros y alumnos se escuchaban mientras una iguana recorría el techo de cartón de aquellas aulas improvisadas. Me acostumbré a ser diariamente recibida por ese árbol, al que todos queríamos. Sin embargo, una mañana, cuando el sol aún dormía, encontré en el suelo sus ramas cortadas. Algo en mí se rompió aquel día. ¿Acaso era el destino de la escuela seguir errante? ¿Cuántas penurias hay que soportar antes de claudicar? Acaricié las maltrechas ramas tiradas en la tierra con sus delicadas flores y lloré. ¡Qué difícil parecía comenzar nuevamente! ¡Qué bellos son los sueños y con qué facilidad suelen romperse! Levanté las flores, aún con vida, y adorné el cabello de mis alumnas. Sus sonrisas me dieron esperanza. ¡Qué hermosa, mágica y difícil es la adolescencia!

"Símbolos del saber"

Juana Hernández Maldonado

La entrega de libros de texto era uno de los momentos más esperados del inicio del ciclo escolar, una ceremonia que generaba emociones contenidas. Todo comenzaba con la formación en el patio, filas rectas, uniformes impecables y miradas inquietas. Escuchábamos con atención al director enunciar su discurso solemne y pausado, lleno de palabras que hablaban de responsabilidad, esfuerzo y esperanza, mientras anunciaba el comienzo de un nuevo ciclo escolar que prometía aprendizajes y retos. Al recibir los libros nuevos y perfectamente ordenados, sentíamos el peso del aprendizaje entre las manos, como si cada ejemplar guardara una promesa. Las portadas coloridas llamaban la atención de inmediato, con ilustraciones vivas que despertaban la curiosidad, mientras que al abrirlos se percibía claramente el olor a tinta fresca y papel recién impreso. Ese aroma particular se mezclaba con la emoción del momento, lo cual nos hacía conscientes de todo el trabajo, el dinero y el esfuerzo que existían detrás de cada libro que llegaba a nosotros. Además, hojearlos por primera vez era un ritual casi sagrado, realizado en silencio, que consistía en pasar lentamente las páginas y detenerse en los dibujos, los títulos y los ejercicios. Por ello, cada libro parecía prometer historias por descubrir, conocimientos por construir y desafíos por enfrentar a lo largo del año.

Asimismo, escribir nuestro nombre en la portada con letra cuidadosa marcaba el inicio de una relación especial, pues a partir de ese instante el libro dejaba de ser sólo un material escolar para convertirse en algo propio. Los libros de texto representan igualdad, ya que todos recibíamos los mismos materiales para el aprendizaje compartido. En consecuencia, se transformaban en compañeros cotidianos, testigos silenciosos de errores, avances, tachaduras y logros. Así, la entrega de libros de texto permanece en la memoria como un símbolo de inicio, ilusión y compromiso con el saber: un recuerdo imborrable de nuestra infancia escolar.

"Muros silenciosos y hasta celestinos"
Irene de la Torre Alberti
El Centro Escolar Presidente Miguel Alemán, ubicado en la calle de Veracruz esquina con la avenida Ignacio Allende, en el centro de Tepic, a una cuadra del Palacio de Gobierno de Nayarit, albergaba los tres niveles de educación básica; el jardín de niños era mixto, mientras que la primaria y la secundaria eran sólo para niñas. Cabe mencionar que en la primaria lo académico se impartía por las mañanas y los talleres por las tardes. En ese edificio amplio y grandioso, cuyos muros guardan secretos, risas, vivencias, lágrimas y romances, cursé los tres últimos años de primaria y la secundaria en su totalidad. ¡Qué hermosos recuerdos conservo y aún añoro! La profesora María Elena Castañeda fue directora durante la década de 1960 y algunos años de 1970; su plantilla de docentes sin duda fue la mejor y de excelencia, cada uno era sobresaliente en lo profesional, reflejando autoridad con indulgencia y empatía. La institución contaba con un auditorio donde se realizaban las ceremonias más importantes, así como algunos exámenes de fin de año, para evitar que las alumnas se copiaran entre sí.
Su patio era espacioso, se podía disfrutar ampliamente la hora de Educación Física; en los descansos, jugar voleibol, a las alcanzadas y brincar la reata; también se podían ensayar las tablas rítmicas que se presentarían en el desfile deportivo del 20 de noviembre para celebrar el aniversario de la Revolución Mexicana. En lo personal, me encantaba desfilar y, hasta la fecha, me emociono al recordarlo. Las aulas, donde cómodamente tomábamos las asignaturas académicas, eran amplias; los talleres contaban igualmente con espacios propios. Como mencioné al principio, solamente estudiábamos mujeres, así que, al terminar las clases, se encontraban varios muchachos esperando a la salida a la chica que querían conocer o cortejar y, algunos, ya a la novia. Muros silenciosos y hasta celestinos, porque fueron testigos de muchas alegrías y risas; de lágrimas de emoción o tristeza, y de muchos romances.

"Mi nombre propio y la credencial escolar"

Guadalupe Vázquez Laguna

El cambio de la educación primaria a la secundaria fue para mí un episodio complicado. Venía de convivir durante cinco horas diarias con una sola docente, a la que me adapté por su forma de enseñar y por su manera de ser. Con el paso del tiempo,  construí un vínculo afectivo que, al ingresar a la secundaria, simplemente se perdió. De pronto aparecieron muchos docentes, con varios grupos y distintas asignaturas, comprendí que lograr que me ubicaran o recordaran mi nombre sería difícil.En ese nuevo entorno, entendí que sobresalir implicaría  competir. Me esforcé por obtener buenos promedios, participé en clase y  cumplí con las tareas para ser reconocida por mi desempeño. También observé que podía llamar la atención siendo relajienta o problemática, ésa era una opción fácil, pero decidí que no sería la forma en la que me identificaran, porque el castigo era que te recogieran la credencial; para volverla a pedir se tenía que pagar, y yo no tenía dinero, así que mi opción era estudiar: destacaría por mi dedicación.

La secundaria fue una de las mejores etapas de mi vida. Estuve entre la adolescencia y la juventud luchando por construir mi identidad y mis gustos. Aunque me enfoqué en el estudio y la entrega puntual de tareas, también conocí a las amigas con las que, más de cincuenta años después, me sigo reuniendo una vez al año. En la zona costa donde viví, es común el uso de apodos. En mis primeras clases llevé un listón con un moñito en la cabeza. Un maestro, al no recibir respuesta de un compañero, me miró y dijo: “A ver, dile tú, cabeza de regalo”. El grupo rio, me sentí intimidada, sonreí y respondí. Ese apodo quedó para la historia, y no mi nombre propio. Con el tiempo, aprendí mucho del maestro y comprendí que la secundaria, entre anécdotas, aprendizajes y emociones,  fue la etapa donde consolidé amistades para toda la vida.

"La clase de economía doméstica"

Ana Edith de la Torre Cárdenas

La clase de Economía doméstica es uno de esos elementos escolares que, aunque hoy se identifique como parte de la historia pasada, sigue resonando incómodamente en el presente. Durante décadas, esta asignatura funcionó como un medio para moldear el lugar social de las mujeres: aprender a administrar el hogar, cocinar, coser, organizar y cuidar. No era sólo una materia: era una pedagogía del destino y la esencia. En sus contenidos se advertía lo esperado para las niñas y las jóvenes: un destino reservado al espacio de lo privado, lo doméstico, el servicio y el cuidado dirigido a otros. En los años de 2004 a 2006, yo laboraba como docente de un colegio privado que aún en esos tiempos separaba en sus aulas a niños y niñas, diferenciando también los contenidos y propósitos de una materia dirigida a la participación social. La diferencia curricular proponía a las niñas organizar una cena de Navidad para el personal de apoyo de la institución: definir el menú, calcular los gastos, distribuir tareas y cuidar cada detalle; además, realizaban visitas a centros educativos de niños pequeños para planear y desarrollar actividades con ellos.

Mientras tanto, los niños realizaban actividades fuera del colegio, vinculadas con el espacio público, el movimiento, la autonomía y la exploración. Podríamos pensar que la clase de Economía doméstica parecía pertenecer al pasado, a los libros de texto amarillentos, a una época superada; sin embargo, sus principios siguen operando bajo prácticas educativas reproductoras de viejos discursos que continúan sujetando a las mujeres a roles de cuidado, organización y servicio, alejándolas de la equidad. Esto me lleva a dejar de pensar en la clase de Economía doméstica como un vestigio del pasado, y reconocer su herencia en las prácticas y discursos educativos actuales que siguen educando cuerpos, deseos y futuros.