¿QUÉ ES LA HISTORIA?
“El término griego istoría, derivado del sustantivo ístor (veedor o testigo) y del verbo istorein (ver, conocer, investigar algo por uno mismo, pero también narrar o atestiguar ante otros lo
averiguado), nace con Heródoto de Halicarnaso en el siglo V a.C. en la Grecia antigua para nombrar un cierto tipo de saber o de conocimiento acerca de los seres y sucesos del mundo, obtenido mediante la investigación empírica y expuesto mediante la narración literaria”.
(Lozano, J. 1987, p, 15)
Definir la historia, sin embargo, no es tarea fácil. En primer lugar, porque, como recuerda Pierre Vilar en un estudio reciente, “historia” designa a la vez el conocimiento de una materia y la materia de este conocimiento”. El concepto historia incluye, pues, la realidad histórica tal y como objetivamente sucedieron los hechos, y el conocimiento histórico, o sea la ciencia que pretende develarlos, aclararlos mediante el trabajo del historiador. Narración y acontecimiento se conjugan mediante la función conmemorativa; sitio de memoria
Hay tres significados a tener en cuenta de la palabra historia: 1. Conjunto de todos los hechos humanos trascendentes del pasado. 2. Narración y exposición de estos hechos dignos de memoria. 3. Ciencia que estudia estos hechos para interpretarlos y estudiarlos.
El término historia es utilizado para nombrar un cierto tipo de saber o de conocimiento, un cierto modo de ser o de estar en el mundo y una cierta forma de hacer o de actuar con respecto a la
propia época.
Para los griegos, el «historiador» es, ante todo, el «testigo» (ístor), el que sabe algo porque lo ha visto o averiguado por sí mismo, y el valor de verdad de su conocimiento acerca de tales o
cuales sucesos se funda precisamente en el hecho de que han sido observados, investigados y atestiguados por él mismo, es decir, en el hecho de que han sido conocidos por la experiencia directa de los sentidos, sean los sentidos del propio historiador o los de otros testigos cuyos testimonios han sido deliberadamente recabados y contrastados por él. Pero el historiador es también el «narrador», el que da testimonio de lo que ha visto mediante un relato de los hechos, el que posee un saber adquirido por propia experiencia y al que se concede, por tanto, la autoridad para transmitirlo o contarlo a los demás, en fin, el que manifiesta públicamente la verdad de lo que ha averiguado y se compromete personalmente con ella, poniendo su propio nombre como garantía última del valor de lo dicho, mediante una narración escrita y suscrita por
su autor.
De este modo, “la Historia es tanto la investigación o averiguación de lo sucedido, como la narración de lo investigado o averiguado. Y, de hecho, el término historia fue empleado en la Grecia antigua con ambos significados. El nacimiento de la Historia es paralelo al de la Filosofía, y supone un cambio en la manera de concebir la verdad” (Vernant, J.P. 1992).
En los inicios de la Grecia clásica, coincidiendo con el surgimiento de la polis (ciudad) democrática, comienza a privilegiarse la vista sobre el oído. El saber que se busca es un saber ocular, visual, contemplativo: es el saber del espectador, es decir, del testigo directo que al mismo tiempo se mantiene a distancia de los hechos, como un observador imparcial. En el uso más antiguo del término philosophós, cuya invención es atribuida a Pitágoras y fechada hacia el 530 a.C., se lo compara con el espectador (theorós) que asiste a unos juegos olímpicos como mero testigo, por oposición al atleta que busca la gloria y al mercader que busca la riqueza. En el fragmento más antiguo donde aparece la palabra philosophós, Heródoto identifica la figura del filósofo con ladel historiador: «Pues bien han de ser investigadores (ístoras) los hombres aspirantes a sabiduría» (Heródoto, traducción por García Calvo, A. 1985, fr. 22, pp. 78-80)
En la Grecia antigua, el término historia no nombra solo la investigación y narración de los asuntos humanos, sino también la investigación y narración de todos los fenómenos que componen la Physis, es decir, el conjunto de la Naturaleza. Por eso, los discípulos de Aristóteles
llamaron Historia de los animales a la compilación de sus investigaciones zoológicas. A fin de cuentas, se consideraba que los asuntos humanos estaban sujetos a las mismas leyes y ciclos recurrentes que los fenómenos naturales. Este es otro de los parentescos que unen desde su
origen a la Historia y la Filosofía. Además, la historia, como un nuevo modo de saber basado en el testimonio, se ocupaba de los seres y sucesos humanos, pero también de los seres y sucesos no humanos (fuesen celestes o terrestres, supralunares o sublunares), en la medida en que unos y otros formaban parte del mundo fenoménico, es decir, en la medida en que se presentaban ante la percepción humana en
el mundo de las apariencias sensibles.
En su origen, pues, la Historia nace como un cierto tipo de saber o de discurso acerca de los seres y sucesos del mundo fenoménico, fundado en la investigación empírica y expuesto mediante la narración literaria. El término griego historia designaba el acto de atestiguación en su doble e inseparable vertiente: investigación empírica o atestiguación por sí mismo de tal o cual presencia fenoménica, y narración literaria o atestiguación ante los otros de lo que uno mismo ha visto o averiguado. Por tanto, el término griego historia era sinónimo de lo que nosotros llamamos hoy ciencia, pues nombraba todo saber empírico basado en la atestiguación sensorial
Por otro lado, el término historia era sinónimo de lo que nosotros llamamos hoy relato, es decir, toda composición discursiva en forma de narración retrospectiva, en la que los sucesos se encadenan siguiendo un cierto orden o hilo argumental. Pero el relato histórico se presentaba en Grecia como un relato verídico y escrito, garantizado por el testimonio y el nombre de su autor, y, por tanto, pretendía diferenciarse netamente de los relatos orales tradicionales (mitos, epopeyas y cuentos populares), y también de las composiciones literarias deliberadamente ficticias (tragedias, comedias y novelas). (Campillo A. Revista Pensamiento, vol. 72 (2016),
núm. 270, pp. 37-59)
A partir de los siglos XVI y XVII, el nacimiento de las modernas ciencias naturales, basadas en la observación empírica de los fenómenos, pero también en su cuantificación matemática, su reproducción experimental y su manipulación técnica, hará que el término ciencia acabe
diferenciándose de los términos filosofía y teología (e incluso contraponiéndose polémicamente a ellos, sobre todo a partir del Positivismo del siglo XIX), mientras que el término historia acabará reservándose exclusivamente para el conocimiento y relato de los asuntos humanos.
Paralelamente, este saber histórico ya no se limitará a la observación directa de las acciones y costumbres humanas (sean las costumbres propias de la moderna sociedad occidental, cuyo estudio dará origen a la Sociología, o las costumbres de los pueblos no europeos colonizados por Occidente, cuyo estudio dará origen a la Antropología social y cultural), sino que se extenderá también al estudio filológico y arqueológico de los documentos y monumentos legados por los antepasados, de modo que la Historia dejará de ser la crónica del presente inmediato y pasará a convertirse en la reconstrucción del pasado lejano.
En efecto, a partir del siglo XIX, la Historia como un cierto tipo de saber deja de ser la crónica periodística y etnográfica del presente inmediato y se convierte en el estudio erudito de todas las épocas del pasado. Y para ello recurre a dos «testigos» no vivientes, los documentos y los monumentos, y a dos saberes auxiliares que interrogan a esos testigos: la Filología y la Arqueología. El historiador deja de ser un viajero y se convierte en un investigador de archivo. Así es como comienzan a componerse las grandes Historias de la cultura occidental, desde la Antigüedad hasta la Modernidad, e incluso las Historias de las otras grandes civilizaciones con
tradición escrita.
Además, la Historia renuncia a ser un saber meramente moral o prudencial (la «maestra de la vida»), y pretende constituirse como un saber científico en el sentido moderno del término, como una ciencia «de hechos» y no «de valores», análoga a la Física, la Química y la Biología. La Historia ya no se contenta con ser una mera colección inconexa de crónicas de acciones y actores ejemplares, sino que pretende componer, pieza a pieza, el gran relato científico de la Historia Universal de la Humanidad, entendida como un proceso causal único, sujeto a leyes
inexorables. (0p cit. 2016. p, 45)
En general, todos los saberes histórico-sociales (Historia, Sociología, Economía, Antropología social y cultural, Psicología, etc.) trataron de conquistar el estatuto de ciencias y afirmaron su autonomía frente a la Filosofía y la Teología, mediante un doble movimiento de identificación y diferenciación con respecto a las ciencias naturales.
A pesar de la enorme distancia temporal y cultural que separa a Heródoto de los historiadores actuales, podemos concluir que la Historia, entendida como un cierto tipo de saber, ha conservado en todo momento su doble condición de investigación empírica y narración literaria, y esta híbrida condición de ciencia narrativa o narración científica le ha permitido desempeñar el ambiguo papel de frontera y de puente entre las exigencias empíricas de la ciencia y las
exigencias retóricas del relato.
En resumen, este es el primer significado del término historia: un cierto tipo de saber, a un tiempo científico y narrativo, sobre los seres y sucesos del mundo fenoménico, y en particular
sobre los seres y sucesos humanos.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS: Álvarez Cardona Rafael. Teoría de la Historia. Compilación. IMA-UPB. Medellín. 2011. Campillo Antonio. Tres conceptos de historia. Universidad de Murcia. Revista Pensamiento, vol. 72 (2016), núm. 270, pp. 37-59 Heráclito, Razón común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, por García Calvo A., Madrid, Lucina, 1985, fr. 22, pp. 78-80 Lozano, J. El discurso histórico, Madrid, Alianza, 1987, p, 15 Vernant, J.-P., Los orígenes del pensamiento griego, Barcelona, Paidós, 1992.
QUÃ ES LA HISTORIA.pdf
Benigno Ponare Aldana
Created on November 4, 2025
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¿QUÉ ES LA HISTORIA?
“El término griego istoría, derivado del sustantivo ístor (veedor o testigo) y del verbo istorein (ver, conocer, investigar algo por uno mismo, pero también narrar o atestiguar ante otros lo
averiguado), nace con Heródoto de Halicarnaso en el siglo V a.C. en la Grecia antigua para nombrar un cierto tipo de saber o de conocimiento acerca de los seres y sucesos del mundo, obtenido mediante la investigación empírica y expuesto mediante la narración literaria”.
(Lozano, J. 1987, p, 15)
Definir la historia, sin embargo, no es tarea fácil. En primer lugar, porque, como recuerda Pierre Vilar en un estudio reciente, “historia” designa a la vez el conocimiento de una materia y la materia de este conocimiento”. El concepto historia incluye, pues, la realidad histórica tal y como objetivamente sucedieron los hechos, y el conocimiento histórico, o sea la ciencia que pretende develarlos, aclararlos mediante el trabajo del historiador. Narración y acontecimiento se conjugan mediante la función conmemorativa; sitio de memoria
Hay tres significados a tener en cuenta de la palabra historia: 1. Conjunto de todos los hechos humanos trascendentes del pasado. 2. Narración y exposición de estos hechos dignos de memoria. 3. Ciencia que estudia estos hechos para interpretarlos y estudiarlos.
El término historia es utilizado para nombrar un cierto tipo de saber o de conocimiento, un cierto modo de ser o de estar en el mundo y una cierta forma de hacer o de actuar con respecto a la
propia época.
Para los griegos, el «historiador» es, ante todo, el «testigo» (ístor), el que sabe algo porque lo ha visto o averiguado por sí mismo, y el valor de verdad de su conocimiento acerca de tales o
cuales sucesos se funda precisamente en el hecho de que han sido observados, investigados y atestiguados por él mismo, es decir, en el hecho de que han sido conocidos por la experiencia directa de los sentidos, sean los sentidos del propio historiador o los de otros testigos cuyos testimonios han sido deliberadamente recabados y contrastados por él. Pero el historiador es también el «narrador», el que da testimonio de lo que ha visto mediante un relato de los hechos, el que posee un saber adquirido por propia experiencia y al que se concede, por tanto, la autoridad para transmitirlo o contarlo a los demás, en fin, el que manifiesta públicamente la verdad de lo que ha averiguado y se compromete personalmente con ella, poniendo su propio nombre como garantía última del valor de lo dicho, mediante una narración escrita y suscrita por
su autor.
De este modo, “la Historia es tanto la investigación o averiguación de lo sucedido, como la narración de lo investigado o averiguado. Y, de hecho, el término historia fue empleado en la Grecia antigua con ambos significados. El nacimiento de la Historia es paralelo al de la Filosofía, y supone un cambio en la manera de concebir la verdad” (Vernant, J.P. 1992).
En los inicios de la Grecia clásica, coincidiendo con el surgimiento de la polis (ciudad) democrática, comienza a privilegiarse la vista sobre el oído. El saber que se busca es un saber ocular, visual, contemplativo: es el saber del espectador, es decir, del testigo directo que al mismo tiempo se mantiene a distancia de los hechos, como un observador imparcial. En el uso más antiguo del término philosophós, cuya invención es atribuida a Pitágoras y fechada hacia el 530 a.C., se lo compara con el espectador (theorós) que asiste a unos juegos olímpicos como mero testigo, por oposición al atleta que busca la gloria y al mercader que busca la riqueza. En el fragmento más antiguo donde aparece la palabra philosophós, Heródoto identifica la figura del filósofo con ladel historiador: «Pues bien han de ser investigadores (ístoras) los hombres aspirantes a sabiduría» (Heródoto, traducción por García Calvo, A. 1985, fr. 22, pp. 78-80)
En la Grecia antigua, el término historia no nombra solo la investigación y narración de los asuntos humanos, sino también la investigación y narración de todos los fenómenos que componen la Physis, es decir, el conjunto de la Naturaleza. Por eso, los discípulos de Aristóteles
llamaron Historia de los animales a la compilación de sus investigaciones zoológicas. A fin de cuentas, se consideraba que los asuntos humanos estaban sujetos a las mismas leyes y ciclos recurrentes que los fenómenos naturales. Este es otro de los parentescos que unen desde su
origen a la Historia y la Filosofía. Además, la historia, como un nuevo modo de saber basado en el testimonio, se ocupaba de los seres y sucesos humanos, pero también de los seres y sucesos no humanos (fuesen celestes o terrestres, supralunares o sublunares), en la medida en que unos y otros formaban parte del mundo fenoménico, es decir, en la medida en que se presentaban ante la percepción humana en
el mundo de las apariencias sensibles.
En su origen, pues, la Historia nace como un cierto tipo de saber o de discurso acerca de los seres y sucesos del mundo fenoménico, fundado en la investigación empírica y expuesto mediante la narración literaria. El término griego historia designaba el acto de atestiguación en su doble e inseparable vertiente: investigación empírica o atestiguación por sí mismo de tal o cual presencia fenoménica, y narración literaria o atestiguación ante los otros de lo que uno mismo ha visto o averiguado. Por tanto, el término griego historia era sinónimo de lo que nosotros llamamos hoy ciencia, pues nombraba todo saber empírico basado en la atestiguación sensorial
Por otro lado, el término historia era sinónimo de lo que nosotros llamamos hoy relato, es decir, toda composición discursiva en forma de narración retrospectiva, en la que los sucesos se encadenan siguiendo un cierto orden o hilo argumental. Pero el relato histórico se presentaba en Grecia como un relato verídico y escrito, garantizado por el testimonio y el nombre de su autor, y, por tanto, pretendía diferenciarse netamente de los relatos orales tradicionales (mitos, epopeyas y cuentos populares), y también de las composiciones literarias deliberadamente ficticias (tragedias, comedias y novelas). (Campillo A. Revista Pensamiento, vol. 72 (2016),
núm. 270, pp. 37-59)
A partir de los siglos XVI y XVII, el nacimiento de las modernas ciencias naturales, basadas en la observación empírica de los fenómenos, pero también en su cuantificación matemática, su reproducción experimental y su manipulación técnica, hará que el término ciencia acabe
diferenciándose de los términos filosofía y teología (e incluso contraponiéndose polémicamente a ellos, sobre todo a partir del Positivismo del siglo XIX), mientras que el término historia acabará reservándose exclusivamente para el conocimiento y relato de los asuntos humanos.
Paralelamente, este saber histórico ya no se limitará a la observación directa de las acciones y costumbres humanas (sean las costumbres propias de la moderna sociedad occidental, cuyo estudio dará origen a la Sociología, o las costumbres de los pueblos no europeos colonizados por Occidente, cuyo estudio dará origen a la Antropología social y cultural), sino que se extenderá también al estudio filológico y arqueológico de los documentos y monumentos legados por los antepasados, de modo que la Historia dejará de ser la crónica del presente inmediato y pasará a convertirse en la reconstrucción del pasado lejano.
En efecto, a partir del siglo XIX, la Historia como un cierto tipo de saber deja de ser la crónica periodística y etnográfica del presente inmediato y se convierte en el estudio erudito de todas las épocas del pasado. Y para ello recurre a dos «testigos» no vivientes, los documentos y los monumentos, y a dos saberes auxiliares que interrogan a esos testigos: la Filología y la Arqueología. El historiador deja de ser un viajero y se convierte en un investigador de archivo. Así es como comienzan a componerse las grandes Historias de la cultura occidental, desde la Antigüedad hasta la Modernidad, e incluso las Historias de las otras grandes civilizaciones con
tradición escrita.
Además, la Historia renuncia a ser un saber meramente moral o prudencial (la «maestra de la vida»), y pretende constituirse como un saber científico en el sentido moderno del término, como una ciencia «de hechos» y no «de valores», análoga a la Física, la Química y la Biología. La Historia ya no se contenta con ser una mera colección inconexa de crónicas de acciones y actores ejemplares, sino que pretende componer, pieza a pieza, el gran relato científico de la Historia Universal de la Humanidad, entendida como un proceso causal único, sujeto a leyes
inexorables. (0p cit. 2016. p, 45)
En general, todos los saberes histórico-sociales (Historia, Sociología, Economía, Antropología social y cultural, Psicología, etc.) trataron de conquistar el estatuto de ciencias y afirmaron su autonomía frente a la Filosofía y la Teología, mediante un doble movimiento de identificación y diferenciación con respecto a las ciencias naturales.
A pesar de la enorme distancia temporal y cultural que separa a Heródoto de los historiadores actuales, podemos concluir que la Historia, entendida como un cierto tipo de saber, ha conservado en todo momento su doble condición de investigación empírica y narración literaria, y esta híbrida condición de ciencia narrativa o narración científica le ha permitido desempeñar el ambiguo papel de frontera y de puente entre las exigencias empíricas de la ciencia y las
exigencias retóricas del relato.
En resumen, este es el primer significado del término historia: un cierto tipo de saber, a un tiempo científico y narrativo, sobre los seres y sucesos del mundo fenoménico, y en particular
sobre los seres y sucesos humanos.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS: Álvarez Cardona Rafael. Teoría de la Historia. Compilación. IMA-UPB. Medellín. 2011. Campillo Antonio. Tres conceptos de historia. Universidad de Murcia. Revista Pensamiento, vol. 72 (2016), núm. 270, pp. 37-59 Heráclito, Razón común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, por García Calvo A., Madrid, Lucina, 1985, fr. 22, pp. 78-80 Lozano, J. El discurso histórico, Madrid, Alianza, 1987, p, 15 Vernant, J.-P., Los orígenes del pensamiento griego, Barcelona, Paidós, 1992.