diario de un naúfrafo
HEnar melgar hernández
Basado en el libro de Gabriel García Márquez: El relato de un naúfrago.
Día 1 · El despertar
Todavía siento en los oídos el rugido del mar tragándose el barco. Abrí los ojos y solo estaba yo, en medio de un azul que no tenía fin. Me aferré a una tabla primero, luego a la balsa medio desinflada que apareció flotando como un milagro.Al subir, temblaba, no sé si de frío o de miedo.El sol ya estaba alto y me quemaba la cara como si fuera fuego. Todo a mi alrededor era mar.Recordé que, al igual que aquel marinero del que había leído, “nadie piensa que va a caerse al mar hasta que sucede”. Y ahora me estaba pasando a mí.
Día 2 · La espera
Las primeras horas creí que vería un barco en cualquier momento. Me quedué sentada, mirando fijamente el horizonte como si quedarme mirandolo fijamente pudiera llamar a alguien. Empecé a sentir la garganta seca, no por sed todavía, sino por la angustia. Pensé en cómo aquel náufrago del libro decía que “la primera noche es la más larga”, y comprendí que la mía empezaba ahora.
“El mar era igual, el sol era igual, pero yo era distinto".
Día 3 · El ritmo del mar
La balsa se bamboleaba sin parar. Yo no sabía si era de día o de tarde; el sol parecía moverse a su antojo.Me di cuenta de que tenía que racionarlo todo: mis fuerzas, mis esperanzas, incluso mis pensamientos. Vi por primera vez peces cerca de la balsa. Parecían no temerle a nada. Yo sí. Como decía en el libro: “uno aprende a mirar el mar como si fuera un animal vivo”. Ahora lo entendía.
“El hambre es peor que el miedo. Porque el miedo se vence, pero el hambre no.”
Día 4 · La sed
La sed comenzó a ser una sombra pegada a mi espalda, un recordatosio inminente.El sol estuvo encima de mí todo el día, cruel, pegajoso, insoportable. Se me empezó a secar la boca y mis labios se resquebrajaron. Cada tanto me inclinaba para mojar la cara con agua del mar, aunque sabía que no debería beberla. Pero al menos me daba unos segundos de alivio. Vi el reflejo de un ave volando lejos. Quizá tierra. Quizá nada. Recordé algo que decía el marinero del libro: "la sed no duele como un golpe, pero desespera más lentamente". Yo ya estaba empezando a desesperarme.
Día 5 ·La soledad
Empecé a hablar sola para no sentir que me apagaba.Me escuché a mí misma decir mi nombre en voz alta. Sonaba muy rara, como si fuera otra persona. Hablé con las olas, con las nubes, incluso con la balsa. No sabía si lo hacía para distraerme o para demostrarme que aún tenía fuerzas para pensar. Intenté atrapar un pez. No lo conseguí. Mis manos parecían torpes, lentas., nada que ver con la agilidad que antes tenía. Recordé esa idea del libro: "la mente en el mar puede ser tu única compañera… o tu peor enemigo." Empezaba a comprenderlo.
Día 6 · El sol ardiente
El sol ya no me quemaba: me pegaba.Mis brazos estaban rojos, luego morados. Los hombros me dolían como si me hubieran tirado piedras. El calor era tan intenso que me mareé un par de veces. Me aferré a la balsa para no caer al agua, porque sabía que si me caía no tendría fuerzas para volver a subir. Como decían en el libro: "el sol castiga sin odio, pero sin descanso." Era verdad. Me castigaba, pero no se cansaba.
Día 7 · El primer pez
Comprendí que si quería sobrevivir, tenía que aprender del mar…Ese día los peces volvieron a aparecer, moviéndose cerca de la superficie. Me quedé completamente inmóvil, esperando. Uno pasó justo al alcance de mis dedos. Lo atrapé. No fue por habilidad; fue por instinto. Tenía hambre, y dolía. Me dio pena al principio… pero la necesidad me apagó la culpa. Tal como decía en el relato original: "el hambre hace que todas las delicadezas desaparezcan."
Día 8 · La noche oscura
La noche fue tan oscura que parecía que yo no existía.No había luna. No había estrellas. No había nada, solo oscuridad. El sonido del agua golpeando la balsa me mantenía despierta. Cada ruido me hacía pensar que algo venía hacia mí. Pero también era una compañía rara: al menos había algo moviéndose además de mí. Recordé aquello de: "en el mar la noche no se oye, se respira." Y respiré despacio, como si así pudiera esconderme del miedo.
Día 9 · La esperanza
Creí ver tierra por primera vez.Era apenas una forma oscura en el borde del horizonte. Podía ser una nube baja. Podía ser una roca. Podía no ser nada. Pero quise creer (porque creer duele menos que no creer) que por fin había llegado a tierra. Me levanté demasiado rápido y casi vuelco la balsa. Mis piernas estaban débiles, pero mi corazón latía con fuerza. Y pensé, igual que decía Luis: "la esperanza siempre empieza como un punto en el horizonte."
“El hambre es peor que el miedo. Porque el miedo se vence, pero el hambre no.”
Día 10 · La orilla
La costa estaba ahí: tan cerca que casi dolía.El viento cambió. Las olas me empujaban hacia adelante, luego hacia atrás, como si quisieran jugar conmigo. Me arrodillé y empecé a remar con las manos, con todas las fuerzas que me quedaban. Me raspé los brazos, me ardían los músculos, pero seguí. Cuando mis rodillas tocaron la arena, me caí. No tenía fuerzas ni para celebrar. La arena estaba caliente, suave, real. Lloré sin sonido. Me quedé allí, abrazada a la tierra, como si pudiera absorberla. Estaba viva. Fragmento parafraseado: Y como tanta razón llevaba el libro: "la tierra firme no es un lugar, es un milagro."
Fin
diario de un naúfrafo
Henar Melgar Hernández
Created on November 3, 2025
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Transcript
diario de un naúfrafo
HEnar melgar hernández
Basado en el libro de Gabriel García Márquez: El relato de un naúfrago.
Día 1 · El despertar
Todavía siento en los oídos el rugido del mar tragándose el barco. Abrí los ojos y solo estaba yo, en medio de un azul que no tenía fin. Me aferré a una tabla primero, luego a la balsa medio desinflada que apareció flotando como un milagro.Al subir, temblaba, no sé si de frío o de miedo.El sol ya estaba alto y me quemaba la cara como si fuera fuego. Todo a mi alrededor era mar.Recordé que, al igual que aquel marinero del que había leído, “nadie piensa que va a caerse al mar hasta que sucede”. Y ahora me estaba pasando a mí.
Día 2 · La espera
Las primeras horas creí que vería un barco en cualquier momento. Me quedué sentada, mirando fijamente el horizonte como si quedarme mirandolo fijamente pudiera llamar a alguien. Empecé a sentir la garganta seca, no por sed todavía, sino por la angustia. Pensé en cómo aquel náufrago del libro decía que “la primera noche es la más larga”, y comprendí que la mía empezaba ahora.
“El mar era igual, el sol era igual, pero yo era distinto".
Día 3 · El ritmo del mar
La balsa se bamboleaba sin parar. Yo no sabía si era de día o de tarde; el sol parecía moverse a su antojo.Me di cuenta de que tenía que racionarlo todo: mis fuerzas, mis esperanzas, incluso mis pensamientos. Vi por primera vez peces cerca de la balsa. Parecían no temerle a nada. Yo sí. Como decía en el libro: “uno aprende a mirar el mar como si fuera un animal vivo”. Ahora lo entendía.
“El hambre es peor que el miedo. Porque el miedo se vence, pero el hambre no.”
Día 4 · La sed
La sed comenzó a ser una sombra pegada a mi espalda, un recordatosio inminente.El sol estuvo encima de mí todo el día, cruel, pegajoso, insoportable. Se me empezó a secar la boca y mis labios se resquebrajaron. Cada tanto me inclinaba para mojar la cara con agua del mar, aunque sabía que no debería beberla. Pero al menos me daba unos segundos de alivio. Vi el reflejo de un ave volando lejos. Quizá tierra. Quizá nada. Recordé algo que decía el marinero del libro: "la sed no duele como un golpe, pero desespera más lentamente". Yo ya estaba empezando a desesperarme.
Día 5 ·La soledad
Empecé a hablar sola para no sentir que me apagaba.Me escuché a mí misma decir mi nombre en voz alta. Sonaba muy rara, como si fuera otra persona. Hablé con las olas, con las nubes, incluso con la balsa. No sabía si lo hacía para distraerme o para demostrarme que aún tenía fuerzas para pensar. Intenté atrapar un pez. No lo conseguí. Mis manos parecían torpes, lentas., nada que ver con la agilidad que antes tenía. Recordé esa idea del libro: "la mente en el mar puede ser tu única compañera… o tu peor enemigo." Empezaba a comprenderlo.
Día 6 · El sol ardiente
El sol ya no me quemaba: me pegaba.Mis brazos estaban rojos, luego morados. Los hombros me dolían como si me hubieran tirado piedras. El calor era tan intenso que me mareé un par de veces. Me aferré a la balsa para no caer al agua, porque sabía que si me caía no tendría fuerzas para volver a subir. Como decían en el libro: "el sol castiga sin odio, pero sin descanso." Era verdad. Me castigaba, pero no se cansaba.
Día 7 · El primer pez
Comprendí que si quería sobrevivir, tenía que aprender del mar…Ese día los peces volvieron a aparecer, moviéndose cerca de la superficie. Me quedé completamente inmóvil, esperando. Uno pasó justo al alcance de mis dedos. Lo atrapé. No fue por habilidad; fue por instinto. Tenía hambre, y dolía. Me dio pena al principio… pero la necesidad me apagó la culpa. Tal como decía en el relato original: "el hambre hace que todas las delicadezas desaparezcan."
Día 8 · La noche oscura
La noche fue tan oscura que parecía que yo no existía.No había luna. No había estrellas. No había nada, solo oscuridad. El sonido del agua golpeando la balsa me mantenía despierta. Cada ruido me hacía pensar que algo venía hacia mí. Pero también era una compañía rara: al menos había algo moviéndose además de mí. Recordé aquello de: "en el mar la noche no se oye, se respira." Y respiré despacio, como si así pudiera esconderme del miedo.
Día 9 · La esperanza
Creí ver tierra por primera vez.Era apenas una forma oscura en el borde del horizonte. Podía ser una nube baja. Podía ser una roca. Podía no ser nada. Pero quise creer (porque creer duele menos que no creer) que por fin había llegado a tierra. Me levanté demasiado rápido y casi vuelco la balsa. Mis piernas estaban débiles, pero mi corazón latía con fuerza. Y pensé, igual que decía Luis: "la esperanza siempre empieza como un punto en el horizonte."
“El hambre es peor que el miedo. Porque el miedo se vence, pero el hambre no.”
Día 10 · La orilla
La costa estaba ahí: tan cerca que casi dolía.El viento cambió. Las olas me empujaban hacia adelante, luego hacia atrás, como si quisieran jugar conmigo. Me arrodillé y empecé a remar con las manos, con todas las fuerzas que me quedaban. Me raspé los brazos, me ardían los músculos, pero seguí. Cuando mis rodillas tocaron la arena, me caí. No tenía fuerzas ni para celebrar. La arena estaba caliente, suave, real. Lloré sin sonido. Me quedé allí, abrazada a la tierra, como si pudiera absorberla. Estaba viva. Fragmento parafraseado: Y como tanta razón llevaba el libro: "la tierra firme no es un lugar, es un milagro."
Fin