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un relato con tres miradas

Thalia Moreno

Created on October 27, 2025

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Transcript

un relato con tres miradas

tres formas de decir adiós

El silencio llenó la casa. Tres voces recuerdan a Katy desde distintos lugares del duelo.

Isabel

Nunca imaginé que el silencio pesara tanto. Desde que Katy murió, la casa huele distinto, como si el aire se hubiera deshecho y ya no supiera cómo llenar los espacios. A veces me cuesta respirar, como si incluso eso dependiera de ella. Antes, cada mañana, cuando dejaba al niño en el colegio, regresaba y ella me esperaba moviendo la cola, con el lazo rojo del collar reluciendo entre el sol del patio. Ese lazo todavía está colgado en la manija de la puerta y a veces juro que se mueve solo. Recuerdo su primera travesura, se comió la carne que dejé descongelando. Casi me mata del susto pero me miró con esos ojos pardos que desarmaban cualquier enojo. También recuerdo aquella vez que se le hinchó la nariz y corrimos a la veterinaria. Mi corazón latía más rápido que el suyo. Vivimos once años de amor, de ladridos que llenaban el vacío que dejaban los hombres cuando salían a trabajar. El día que empezó a estornudar, me reí. Todos lo hicimos. Parecía una niña con gripa. Pero luego dejó de comer, de beber, de mirarme. Esa mañana la vi tan frágil que me dio miedo tocarla. Cuando me acerqué, su cuerpo ardía. Lloró y supe que era un adiós. La abracé, le susurré que la amaba. En mi oído dejó su último suspiro.

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Isabel

Grité. No por rabia, sino porque mi alma no encontró otra salida. Pedí enterrarla en el jardín debajo del naranjo donde dormía. Duré una semana sin comer y un mes sin voz. El silencio se me había quedado en la garganta. Un día, cuando creí que me moría también, empecé a buscar entre sus cosas y encontré su carné veterinario. Recordé lo que había leído sobre el moquillo, la enfermedad que la mató y corrí a revisarlo. No tenía la vacuna. Once años llevándola a la misma clínica, pagando por cuidados que nunca le dieron. Fui, reclamé y les grité. No me devolvieron a Katy pero sentí que el lazo rojo que me apretaba el pecho empezó, por fin, a aflojarse. Nunca quise tener otro animal. En mi mesita conservo una foto de ella con el lazo rojo y el brillo del sol que parecía eterno. A veces, cuando cierro los ojos, escucho su respiración y entonces el silencio vuelve a ladrar.

KATY

Recuerdo el olor del primer día, pasto húmedo, manos tibias y risas. Me llamaron Katy. Isabel fue la primera en alzarme. Tenía las manos suaves, olía a jabón y café. Desde entonces supe que ella era mi mundo. Jugábamos en el patio, me hablaba como si entendiera sus palabras y tal vez sí las entendía, porque su voz se me metía en el pecho como una caricia. Una vez me comí algo delicioso que encontré sobre la mesa. Ella gritó y yo me escondí pero luego me abrazó riendo. “Ay, mi Katy, tragona.” Tiempo después, sentí un ardor en la nariz. Todo se volvió grande y borroso. Corrimos al lugar de las luces blancas, la veterinaria. Luego Isabel lloraba, pero me besó en el hocico hinchado. Me sentí amada. Una vez gané un concurso. Isabel me cepilló tanto que olía a flores. Caminé por una pasarela y la vi llorar de orgullo. Me gustaba hacerla feliz. Si ella sonreía, el mundo era perfecto. Hasta que un día me dolió respirar. Empecé a estornudar y todos se reían. Yo también quería reír, pero algo en mí se rompía. Isabel me miraba con los ojos del miedo. Intenté comer, pero la comida sabía a polvo. No podía respirar. Esa mañana, en la cocina, la vi mirarme. Lloré. No con lágrimas, sino con el alma. Ella vino y me abrazó fuerte. Su voz me dijo, “te amo, Katy”.

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KATY

Entonces el calor me cubrió. El dolor se fue. Sentí su corazón junto al mío y supe que era tiempo. No me dolió morir, me dolía dejarla. El mundo se apagó pero su voz se quedó conmigo. A veces la miro desde donde estoy, doblando la ropa y cocinando en silencio. El lazo rojo todavía cuelga en la puerta. Cuando el viento lo mueve, es mi manera de decirle que sigo aquí.

la veterinaria

Nunca olvido a los dueños que regresan llorando. Pero el rostro de Isabel fue distinto. No era solo tristeza, era rabia. Gritaba mi nombre y golpeaba el mostrador. Yo sabía quién era Katy. Había estado afiliada con nosotros por años, pero no la había atendido personalmente hasta ese último día. Recuerdo que la trajeron con fiebre y jadeando. La canalicé, la hidratamos y todo parecía un cuadro viral leve. El sistema decía que estaba vacunada. El software no mostraba alertas. La devolvimos a casa. Al día siguiente supe que había muerto. Revisé el archivo, un error administrativo. Una vacuna pendiente. Una omisión silenciosa. Desde entonces sueño con su collar. El lazo rojo me persigue. Lo veo en las jaulas, en las toallas y en los frascos de antibióticos. Isabel tenía razón. Nuestra negligencia mató a un ser amado. Intenté contactarla y ofrecer disculpas pero nunca respondió. Cada vez que una nueva familia entra con su cachorro, les explico con voz temblorosa la importancia de las vacunas, los reviso dos veces. A veces me parece escuchar un ladrido leve en el pasillo, como si alguien vigilara que no vuelva a fallar.

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la veterinaria

El duelo también nos alcanza a quienes creemos ser inmunes. Nadie entiende el peso de un último suspiro hasta que lo escucha. Hoy, antes de cerrar la clínica, miro la repisa donde guardo objetos perdidos, correas, juguetes y un lazo rojo igual al que traía Isabel el día del reclamo. No sé cómo llegó ahí. Lo conservo como una promesa que sigo intentando cumplir.

El lazo rojo ya no rodea un cuello ni marca una ausencia, ahora descansa sobre una foto, es un testigo del amor vivido. Isabel lo mira cada noche antes de dormir y el silencio deja de doler. La veterinaria al ver el collar cada noche, sabe que hay errores que se transforman en aprendizaje. Hay ausencias que siguen latiendo porque la memoria también es una forma de amor.