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Salud mental adolescente: Hablemos de suicidio
¿Hablar de suidicidio?
Hablar de suicidio nunca es fácil. A muchas familias les da miedo pensar que, si lo nombran, pueden empeorar la situación. Sin embargo, ocurre lo contrario: poner palabras protege, porque abre un canal de diálogo y de cuidado. Como sabemos, la adolescencia es una etapa de cambios, preguntas y búsquedas. En ese camino aparecen duelos inevitables como dejar atrás la niñez, descubrir un nuevo cuerpo, aprender a relacionarse de otra manera con los pares. Estos procesos suelen traer diversas emociones: tristeza, enojo, miedos, etc. Eso es esperable. Pero hay momentos en los que la tristeza deja de ser parte del crecimiento y se convierte en un sufrimiento profundo.
Por eso, cuando un/a adolescente logra hablar de lo que le pasa, es importante saber que ese gesto (aunque doloroso) ya es una forma de pedir ayuda. Escuchar con calma, sin interrumpir, y habilitar que pueda seguir expresándose, es el primer paso para cuidar.
Hablar no aumenta el riesgo de suicidio, al contrario: reduce el sufrimiento. Cuando un adolescente encuentra un adulto que lo escucha con interés y empatía, está encontrando un espacio donde su dolor puede transformarse en palabra y en posibilidad de ayuda.
Tristeza y depresion no son lo mismo
La tristeza es una emoción normal y saludable en la adolescencia. Forma parte de las crisis sanas del crecimiento. Se trata de un duelo, pero no asociado a una muerte o a la pérdida de un ser querido, sino a las transformaciones propias del paso a otra etapa. En este sentido, hablamos de tristeza como una emoción necesaria para poder soltar el pasado y avanzar.Por ejemplo, es normal que durante la adolescencia quieran renovar su habitación, desprenderse de los juguetes o cambiar la forma de vestirse, y que este proceso no sea fácil. Esa tristeza es, en realidad, un motor del crecimiento.
La depresión, en cambio, es un sufrimiento que paraliza. Se diferencia de la tristeza porque no es transitoria, sino que se sostiene en el tiempo y se acompaña de señales como:
- Desinterés y desgano.
- Angustia persistente.
- Desvalorización o autorreproches.
- Pérdida del deseo.
- Dejar de hacer cosas que antes disfrutaba.
Si bien es esperable que un adolescente se sienta triste por un conflicto o una decepción, no es normal que esa tristeza dure demasiado y le impida realizar sus actividades cotidianas. La ideación suicida es un nivel de sufrimiento aún más intenso, muchas veces sin palabras. Mientras que los/as adolescentes que transitan un crecimiento saludable se preguntan por la vida y la muerte por curiosidad, la ideación suicida aparece cuando la vida duele tanto que la muerte se presenta como el único modo de aliviar ese dolor.
¿Cuándo preocuparse?
Los/as adolescentes pueden decir frases como: “No quiero vivir más”, “Mi vida no tiene sentido”, “Ojalá me muera”. A veces son expresiones de dolor intenso o un pedido desesperado de ayuda. No siempre se trata de un deseo real de morir aunque siempre hay que tomarlas en serio, incluso si lo dicen enojados/as o como si fuera una exageración.Para poder diferenciar esta situación de un malestar común podemos, por ejemplo, pensar en una pelea con amigos o una ruptura amorosa, en ese momento él o ella puede decir “no quiero vivir más”. La diferencia está en si ese malestar se mantiene en el tiempo, si aparece junto a aislamiento, autolesiones, consumo o pérdida de interés por todo lo que antes disfrutaba. Ahí es cuando hablamos de una señal de alarma.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
Señales a tener presente
- Se lastima a propósito (cortes, quemaduras, golpes).
- Se aísla de sus amistades y familia.
- Deja de interesarse por lo que antes le gustaba.
- Tiene cambios bruscos en el sueño o el apetito.
- Regala objetos valiosos.
- Se despide de forma extraña.
- Habla con frecuencia de la muerte o busca información sobre cómo morir.
- Manifiesta que nada tiene sentido o presenta baja autoestima.
- Expresa sentimientos de tristeza, impotencia, inutilidad o que no quiere vivir más de manera continua.
¿Qué podemos hacer en estas situaciones?
Lo más importante es escuchar y validar el dolor. Evitemos frases que lo minimicen: “Ya se te va a pasar” “No es para tanto” “Con todo lo que tenés, ¿cómo podés estar mal?”. Podemos responder con empatía:“Entiendo que te duela, quiero escucharte”
“No estás solo/a, vamos a buscar ayuda juntos” “Lo que sentís es importante para mí¨ Validar el dolor no significa estar de acuerdo con todo lo que el adolescente diga, sino reconocer que lo que siente es real para él o ella. A veces, la simple presencia de una persona adulta que se conmueve, que no huye ni juzga, puede marcar una diferencia enorme.
¿Cuándo buscar ayuda profesional?
Ante la expresión de querer morir o de no tener ganas de vivir, no hay que esperar. La consulta médica por fiebre alta, es tan importante como consultar a un/a psicólogo/a, psiquiatra o al equipo de orientación de la escuela cuando aparece un sufrimiento emocional.
Las familias no tenemos que resolver todo solas: pedir orientación profesional permite aliviar el peso del acompañamiento y construir una red de cuidado que incluya escuela, salud y comunidad.
Más allá de las situaciones críticas, hay muchos cuidados que las familias podemos poner en practica para proteger la salud mental y emocional de los y las adolescentes.
- Estar presentes de manera afectiva: No se trata de estar todo el tiempo juntos, sino de estar disponibles. A veces basta con decir: “Si querés hablar, estoy acá”. Pequeños gestos como cenar juntos sin pantallas, preguntar cómo les fue o acompañar a una actividad son formas de presencia que dan seguridad. - No delegar el acompañamiento en el mundo virtual: Hoy muchos/as adolescentes buscan respuestas en internet o incluso en la inteligencia artificial. Ninguna herramienta virtual puede sustituir la escucha y el afecto de una persona adulta presente.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
- No etiquetar ni apresurarse a diagnosticar: en la adolescencia todavía se está creciendo. Un comportamiento que hoy preocupa puede transformarse con acompañamiento. Etiquetar o decir “es depresivo” o “es un problema” puede cerrar caminos de ayuda. -Tejer redes de cuidado: Hablar con otras madres, padres, docentes o entrenadores/as permite compartir criterios de cuidado y apoyarse mutuamente. También es fundamental que los adolescentes cuenten con referentes adultos de confianza fuera del hogar. - Pedir ayuda cuando hay sufrimiento: Consultar a tiempo con un/a profesional de la salud mental cuando es necesario es una forma muy importante de cuidado.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
hablemos de suicidio
familiasencomunidad
Created on October 14, 2025
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Salud mental adolescente: Hablemos de suicidio
¿Hablar de suidicidio?
Hablar de suicidio nunca es fácil. A muchas familias les da miedo pensar que, si lo nombran, pueden empeorar la situación. Sin embargo, ocurre lo contrario: poner palabras protege, porque abre un canal de diálogo y de cuidado. Como sabemos, la adolescencia es una etapa de cambios, preguntas y búsquedas. En ese camino aparecen duelos inevitables como dejar atrás la niñez, descubrir un nuevo cuerpo, aprender a relacionarse de otra manera con los pares. Estos procesos suelen traer diversas emociones: tristeza, enojo, miedos, etc. Eso es esperable. Pero hay momentos en los que la tristeza deja de ser parte del crecimiento y se convierte en un sufrimiento profundo. Por eso, cuando un/a adolescente logra hablar de lo que le pasa, es importante saber que ese gesto (aunque doloroso) ya es una forma de pedir ayuda. Escuchar con calma, sin interrumpir, y habilitar que pueda seguir expresándose, es el primer paso para cuidar.
Hablar no aumenta el riesgo de suicidio, al contrario: reduce el sufrimiento. Cuando un adolescente encuentra un adulto que lo escucha con interés y empatía, está encontrando un espacio donde su dolor puede transformarse en palabra y en posibilidad de ayuda.
Tristeza y depresion no son lo mismo
La tristeza es una emoción normal y saludable en la adolescencia. Forma parte de las crisis sanas del crecimiento. Se trata de un duelo, pero no asociado a una muerte o a la pérdida de un ser querido, sino a las transformaciones propias del paso a otra etapa. En este sentido, hablamos de tristeza como una emoción necesaria para poder soltar el pasado y avanzar.Por ejemplo, es normal que durante la adolescencia quieran renovar su habitación, desprenderse de los juguetes o cambiar la forma de vestirse, y que este proceso no sea fácil. Esa tristeza es, en realidad, un motor del crecimiento.
La depresión, en cambio, es un sufrimiento que paraliza. Se diferencia de la tristeza porque no es transitoria, sino que se sostiene en el tiempo y se acompaña de señales como:
Si bien es esperable que un adolescente se sienta triste por un conflicto o una decepción, no es normal que esa tristeza dure demasiado y le impida realizar sus actividades cotidianas. La ideación suicida es un nivel de sufrimiento aún más intenso, muchas veces sin palabras. Mientras que los/as adolescentes que transitan un crecimiento saludable se preguntan por la vida y la muerte por curiosidad, la ideación suicida aparece cuando la vida duele tanto que la muerte se presenta como el único modo de aliviar ese dolor.
¿Cuándo preocuparse?
Los/as adolescentes pueden decir frases como: “No quiero vivir más”, “Mi vida no tiene sentido”, “Ojalá me muera”. A veces son expresiones de dolor intenso o un pedido desesperado de ayuda. No siempre se trata de un deseo real de morir aunque siempre hay que tomarlas en serio, incluso si lo dicen enojados/as o como si fuera una exageración.Para poder diferenciar esta situación de un malestar común podemos, por ejemplo, pensar en una pelea con amigos o una ruptura amorosa, en ese momento él o ella puede decir “no quiero vivir más”. La diferencia está en si ese malestar se mantiene en el tiempo, si aparece junto a aislamiento, autolesiones, consumo o pérdida de interés por todo lo que antes disfrutaba. Ahí es cuando hablamos de una señal de alarma.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
Señales a tener presente
¿Qué podemos hacer en estas situaciones?
Lo más importante es escuchar y validar el dolor. Evitemos frases que lo minimicen: “Ya se te va a pasar” “No es para tanto” “Con todo lo que tenés, ¿cómo podés estar mal?”. Podemos responder con empatía:“Entiendo que te duela, quiero escucharte” “No estás solo/a, vamos a buscar ayuda juntos” “Lo que sentís es importante para mí¨ Validar el dolor no significa estar de acuerdo con todo lo que el adolescente diga, sino reconocer que lo que siente es real para él o ella. A veces, la simple presencia de una persona adulta que se conmueve, que no huye ni juzga, puede marcar una diferencia enorme.
¿Cuándo buscar ayuda profesional?
Ante la expresión de querer morir o de no tener ganas de vivir, no hay que esperar. La consulta médica por fiebre alta, es tan importante como consultar a un/a psicólogo/a, psiquiatra o al equipo de orientación de la escuela cuando aparece un sufrimiento emocional.
Las familias no tenemos que resolver todo solas: pedir orientación profesional permite aliviar el peso del acompañamiento y construir una red de cuidado que incluya escuela, salud y comunidad.
Más allá de las situaciones críticas, hay muchos cuidados que las familias podemos poner en practica para proteger la salud mental y emocional de los y las adolescentes.
- Estar presentes de manera afectiva: No se trata de estar todo el tiempo juntos, sino de estar disponibles. A veces basta con decir: “Si querés hablar, estoy acá”. Pequeños gestos como cenar juntos sin pantallas, preguntar cómo les fue o acompañar a una actividad son formas de presencia que dan seguridad. - No delegar el acompañamiento en el mundo virtual: Hoy muchos/as adolescentes buscan respuestas en internet o incluso en la inteligencia artificial. Ninguna herramienta virtual puede sustituir la escucha y el afecto de una persona adulta presente.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
- No etiquetar ni apresurarse a diagnosticar: en la adolescencia todavía se está creciendo. Un comportamiento que hoy preocupa puede transformarse con acompañamiento. Etiquetar o decir “es depresivo” o “es un problema” puede cerrar caminos de ayuda. -Tejer redes de cuidado: Hablar con otras madres, padres, docentes o entrenadores/as permite compartir criterios de cuidado y apoyarse mutuamente. También es fundamental que los adolescentes cuenten con referentes adultos de confianza fuera del hogar. - Pedir ayuda cuando hay sufrimiento: Consultar a tiempo con un/a profesional de la salud mental cuando es necesario es una forma muy importante de cuidado.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia