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Adolescencia: Prevención y abordaje de consumos problemáticos
Buena práctica: Prevenir situaciones de riesgo y colaborar en el bienestar adolescente en su relación con consumos de sustancias
Hablar de “consumos problemáticos” está vinculado, justamente, con las distintas problemáticas que puede acarrear el consumo.
Para comprender cómo se dan éstas situaciones de consumo, es interesante poder pensar que vivimos en una sociedad de consumo: consumimos objetos, sustancias, etc. El consumo tiene tres aspectos centrales:
Los objetos de consumo, es decir, las cosas que propiamente consumimos.
La persona que consume: sus características, historia y recorrido personal, sus potencialidades, habilidades, intereses, problemáticas.
El contexto en el que se dan los vínculos entre las personas y aquello que están consumiendo. En este sentido, los contextos pueden estimular, facilitar o desalentar el consumo.
¿Cómo son los consumos en las juventudes y adolescencias?
El consumo en las juventudes y adolescencias está muy relacionado con los rituales. Los rituales son un conjunto de acciones que se hacen de una forma especial y repetida.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
¿Qué características tienen los rituales?
Los rituales pueden ser cotidianos, desde juntarse en una plaza, en la esquina, en la puerta de la escuela o “hacer una previa”. También pueden ser más específicos, por ejemplo, relacionados con fechas escolares: cuando finalizan los estudios de la escuela secundaria, cuando empiezan a participar de las fiestas de egresados de las/os demás y/o organizar la propia, cuando organizan y participan de su viaje de egresados.
En los últimos años, además, viene creciendo en las escuelas secundarias el UPD: el festejo del Último Primer Día de clases. En los distintos rituales que fuimos mencionando la grupalidad es muy importante y el consumo puede aparecer como elemento central. De este modo, en estos encuentros se pone en juego la identidad, al rol que ocupo en el grupo, a la mirada de las/os otras/os, el “qué dirán” si consumo o hago determinadas cosas, etc.En este sentido, también puede aparecer algo del orden de la presión: quién puede, quién no o quién soporta consumir más.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
¿Cómo puede aparecer la presión?
Esta presión social que se da en el encuentro con otras/os, es decir, en los grupos puede ser:
Directa: para estar en el grupo sí o sí hay que realizar determinadas cosas.
Indirecta: a veces no necesariamente el grupo estimula o alienta pero si hay algo del orden del consumo en ese grupo que hace que las/os jóvenes y adolescentes puedan verse “tentadas/os” a participar para no quedarse afuera.
¿Qué pasa con las “expectativas” en estos encuentros o situaciones?
Las expectativas en estos rituales que fuimos mencionando no solo tienen que ver con cuestiones ligadas a las sustancias.Por ejemplo, pensemos en la expectativa con respecto al traje o la ropa que deben de usar para estos eventos. Ahí pueden aparecer otras presiones ligadas al cuerpo: ¿cómo me va a quedar? ¿cómo me van a ver los demás? ¿cómo me voy a sentir con esto? Todas estas expectativas hacen que los rituales en la adolescencia y juventud vayan ocupando tiempo mucho antes que el ritual mismo, es decir, que el evento se concrete en sí y lo van organizando durante todo el año.
En otro orden, trabajar sobre las motivaciones que pueden ser muy variadas y hacer hincapié en las consecuencias y en los riesgos que esto puede producir.
El riesgo de adicciones: El consumo de sustancias, dietas extremas o excesos en el gimnasio prometen una satisfacción rápida y evitan la confrontación con los conflictos de la vida, lo que puede llevar a la impulsividad y a una baja tolerancia a la frustración. Es crucial que los adultos tomen un rol activo de prevención.
Las "previas" — reuniones antes de una fiesta— se han naturalizado, pero muchas veces están marcadas por un consumo de alcohol que anula la capacidad de los jóvenes para desarrollar habilidades emocionales y sociales.
Algunas frases que manifiestan: “si no me la voy a poner en la pera, no voy a ir”, “si no voy a tomar, para qué voy a ir…” Hay algo del orden del exceso, del desborde, de transgredir el límite. Pero también es importante que pensemos que nadie quiere perderse este festejo.
Estrategias de cuidado entre pares y adultos Es interesante, entonces, poder escuchar cuáles son las estrategias de cuidado que aparecen: ¿cuáles son las formas que ellas y ellos van encontrando para cuidarse? Esto puede ser una oportunidad para conversar y pensar el rescatar algunas de ellas para trabajar estos límites.
No es suficiente trabajar en los aspectos de las sustancias y sus consecuencias sino que también hay que trabajar en las personas, en sus habilidades socioemocionales grupales y particulares: cómo se dan cuenta que un compañero/a no está bien, que no está en su mejor situación, o que está haciendo algo que le puede generar un problema.
Estar atentos/as a los cambios de conducta: más que buscar objetos o pruebas, es importante observar cambios sostenidos en el ánimo, el sueño, la alimentación, las amistades o el interés por actividades que antes disfrutaba. Estos pueden ser signos de alerta de que algo está pasando —no necesariamente consumo problemático, pero sí alguna situación que requiere acompañamiento y escucha.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
Acompañar sin culpas, sin amenazas y con redes de apoyo: si se confirma que hay consumo, es fundamental no responder con enojo, castigos o culpas. El enojo adulto suele cerrar la posibilidad de diálogo. En cambio, es clave ofrecer contención, ayuda y orientación, buscando apoyo en la escuela, en centros de salud o en otras personas adultas de confianza. Hacer red permite no quedarse solo ante la situación y favorecer intervenciones más efectivas y cuidadosas.
Promover el diálogo sin tabúes ni confrontaciones: Hablar sobre consumo de sustancias no debería ser un tema prohibido. Si sospechás que tu hijo o hija está experimentando, es mejor preguntar abiertamente, desde la curiosidad y el acompañamiento, no desde el control o el reproche. Preguntas como “¿cómo te sentís?” o “¿querés charlar de esto?” habilitan la palabra mucho más que interrogatorios o acusaciones. Lo importante es que el adolescente sepa que puede hablar sin miedo a ser juzgado.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
Evitar conductas de control y sostener la confianza: Revisar la habitación, el celular o buscar “pruebas” genera desconfianza y ansiedad en todas las partes. El control excesivo suele reforzar la transgresión y debilita el vínculo. Es preferible mantener la confianza mutua y respetar los espacios de privacidad del adolescente, que son necesarios para su desarrollo. Si esa confianza se pierde, se dificulta cualquier posibilidad de diálogo o de acompañamiento real.
Adolescencia: Prevención y abordaje de consumos problemáticos
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Created on October 13, 2025
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Adolescencia: Prevención y abordaje de consumos problemáticos
Buena práctica: Prevenir situaciones de riesgo y colaborar en el bienestar adolescente en su relación con consumos de sustancias
Hablar de “consumos problemáticos” está vinculado, justamente, con las distintas problemáticas que puede acarrear el consumo. Para comprender cómo se dan éstas situaciones de consumo, es interesante poder pensar que vivimos en una sociedad de consumo: consumimos objetos, sustancias, etc. El consumo tiene tres aspectos centrales: Los objetos de consumo, es decir, las cosas que propiamente consumimos. La persona que consume: sus características, historia y recorrido personal, sus potencialidades, habilidades, intereses, problemáticas. El contexto en el que se dan los vínculos entre las personas y aquello que están consumiendo. En este sentido, los contextos pueden estimular, facilitar o desalentar el consumo.
¿Cómo son los consumos en las juventudes y adolescencias?
El consumo en las juventudes y adolescencias está muy relacionado con los rituales. Los rituales son un conjunto de acciones que se hacen de una forma especial y repetida.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
¿Qué características tienen los rituales?
Los rituales pueden ser cotidianos, desde juntarse en una plaza, en la esquina, en la puerta de la escuela o “hacer una previa”. También pueden ser más específicos, por ejemplo, relacionados con fechas escolares: cuando finalizan los estudios de la escuela secundaria, cuando empiezan a participar de las fiestas de egresados de las/os demás y/o organizar la propia, cuando organizan y participan de su viaje de egresados.
En los últimos años, además, viene creciendo en las escuelas secundarias el UPD: el festejo del Último Primer Día de clases. En los distintos rituales que fuimos mencionando la grupalidad es muy importante y el consumo puede aparecer como elemento central. De este modo, en estos encuentros se pone en juego la identidad, al rol que ocupo en el grupo, a la mirada de las/os otras/os, el “qué dirán” si consumo o hago determinadas cosas, etc.En este sentido, también puede aparecer algo del orden de la presión: quién puede, quién no o quién soporta consumir más.
Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.
¿Cómo puede aparecer la presión?
Esta presión social que se da en el encuentro con otras/os, es decir, en los grupos puede ser: Directa: para estar en el grupo sí o sí hay que realizar determinadas cosas. Indirecta: a veces no necesariamente el grupo estimula o alienta pero si hay algo del orden del consumo en ese grupo que hace que las/os jóvenes y adolescentes puedan verse “tentadas/os” a participar para no quedarse afuera.
¿Qué pasa con las “expectativas” en estos encuentros o situaciones?
Las expectativas en estos rituales que fuimos mencionando no solo tienen que ver con cuestiones ligadas a las sustancias.Por ejemplo, pensemos en la expectativa con respecto al traje o la ropa que deben de usar para estos eventos. Ahí pueden aparecer otras presiones ligadas al cuerpo: ¿cómo me va a quedar? ¿cómo me van a ver los demás? ¿cómo me voy a sentir con esto? Todas estas expectativas hacen que los rituales en la adolescencia y juventud vayan ocupando tiempo mucho antes que el ritual mismo, es decir, que el evento se concrete en sí y lo van organizando durante todo el año.
En otro orden, trabajar sobre las motivaciones que pueden ser muy variadas y hacer hincapié en las consecuencias y en los riesgos que esto puede producir.
El riesgo de adicciones: El consumo de sustancias, dietas extremas o excesos en el gimnasio prometen una satisfacción rápida y evitan la confrontación con los conflictos de la vida, lo que puede llevar a la impulsividad y a una baja tolerancia a la frustración. Es crucial que los adultos tomen un rol activo de prevención.
Las "previas" — reuniones antes de una fiesta— se han naturalizado, pero muchas veces están marcadas por un consumo de alcohol que anula la capacidad de los jóvenes para desarrollar habilidades emocionales y sociales.
Algunas frases que manifiestan: “si no me la voy a poner en la pera, no voy a ir”, “si no voy a tomar, para qué voy a ir…” Hay algo del orden del exceso, del desborde, de transgredir el límite. Pero también es importante que pensemos que nadie quiere perderse este festejo.
Estrategias de cuidado entre pares y adultos Es interesante, entonces, poder escuchar cuáles son las estrategias de cuidado que aparecen: ¿cuáles son las formas que ellas y ellos van encontrando para cuidarse? Esto puede ser una oportunidad para conversar y pensar el rescatar algunas de ellas para trabajar estos límites. No es suficiente trabajar en los aspectos de las sustancias y sus consecuencias sino que también hay que trabajar en las personas, en sus habilidades socioemocionales grupales y particulares: cómo se dan cuenta que un compañero/a no está bien, que no está en su mejor situación, o que está haciendo algo que le puede generar un problema.
Estar atentos/as a los cambios de conducta: más que buscar objetos o pruebas, es importante observar cambios sostenidos en el ánimo, el sueño, la alimentación, las amistades o el interés por actividades que antes disfrutaba. Estos pueden ser signos de alerta de que algo está pasando —no necesariamente consumo problemático, pero sí alguna situación que requiere acompañamiento y escucha.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
Acompañar sin culpas, sin amenazas y con redes de apoyo: si se confirma que hay consumo, es fundamental no responder con enojo, castigos o culpas. El enojo adulto suele cerrar la posibilidad de diálogo. En cambio, es clave ofrecer contención, ayuda y orientación, buscando apoyo en la escuela, en centros de salud o en otras personas adultas de confianza. Hacer red permite no quedarse solo ante la situación y favorecer intervenciones más efectivas y cuidadosas.
Promover el diálogo sin tabúes ni confrontaciones: Hablar sobre consumo de sustancias no debería ser un tema prohibido. Si sospechás que tu hijo o hija está experimentando, es mejor preguntar abiertamente, desde la curiosidad y el acompañamiento, no desde el control o el reproche. Preguntas como “¿cómo te sentís?” o “¿querés charlar de esto?” habilitan la palabra mucho más que interrogatorios o acusaciones. Lo importante es que el adolescente sepa que puede hablar sin miedo a ser juzgado.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
Evitar conductas de control y sostener la confianza: Revisar la habitación, el celular o buscar “pruebas” genera desconfianza y ansiedad en todas las partes. El control excesivo suele reforzar la transgresión y debilita el vínculo. Es preferible mantener la confianza mutua y respetar los espacios de privacidad del adolescente, que son necesarios para su desarrollo. Si esa confianza se pierde, se dificulta cualquier posibilidad de diálogo o de acompañamiento real.