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Crecimiento vs. sufrimiento: ¿Cuándo debemos preocuparnos?

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Created on August 25, 2025

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Familias presentes: comprender y acompañar el crecimiento adolescente

Buena práctica: Mostrar disponibilidad y construir confianza para que puedan recurrir a los adultos cuando sufren

Crecimiento saludable

Un crecimiento saludable ocurre cuando los y las adolescentes pueden desplegarse con libertad y acompañamiento: cuando pueden sentir, pensar, expresarse y vincularse en un entorno que los acompaña sin imponer. Esto, significa que cuentan con adultos que están presentes, que escuchan y ponen palabras, que respetan sus tiempos y espacios, y que a la vez ofrecen contención y límites que protegen. Crecer saludablemente no quiere decir que no haya conflictos o emociones intensas (todo forma parte del proceso), sino que esos momentos se viven en un marco de confianza y cuidado.

Por eso, es importante detenernos a pensar qué lugar ocupamos como personas adultas. La adolescencia nos confronta con nuestras propias expectativas (que quizás no se cumplan) y con la necesidad de aceptar que ya no somos el único referente en sus vidas. Este trabajo interno de madres, padres y cuidadores es tan importante como el acompañamiento directo: cuando logramos transitar mejor estos procesos, ayudamos a que ellos/as también puedan crecer de un modo más libre, confiado y saludable.

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

Duelos que atravesamos las personas adultas

Duelo por la infancia: Durante la niñez, nuestros hijos/as dependían de nosotros para casi todo. En la adolescencia, ese niño o niña cambia, y ya no es tan visible ese “yo pequeño” que conocíamos tan bien. Puede doler reconocer que algunas formas de cuidado que antes eran necesarias (como anticiparnos a todo o decidir por ellos/as) ahora ya no alcanzan o incluso dejan de tener sentido. Aceptar ese cambio forma parte del proceso de dejarlos crecer.

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

Duelo por el hijo o la hija idealizado/a: Muchas veces imaginamos cómo sería nuestro hijo o hija: obediente, afectuoso, seguro, sin tropiezos, etc. Pero al crecer, aparece una persona con dudas, errores y caminos propios que quizás no coinciden con lo que nosotros queríamos para él o ella. Aceptar esa diferencia puede doler, sin embargo, es justamente en ese reconocimiento (en verlos tal como son) donde empieza una nueva forma de vínculo.

Duelo por la autoridad sin cuestionamientos: Los y las adolescentes comienzan a discutir, a pedir explicaciones, a poner a prueba nuestras decisiones. Eso puede generar enojo, inseguridad o la sensación de que ya no nos escuchan pero este cambio forma parte natural del crecimiento. Necesitan construir su propio criterio y aprender a pensar por sí mismos. Aceptar que la autoridad se transforma es un paso importante para seguir siendo referentes significativos en esta nueva etapa.

Los cuidados familiares en la adolescencia: entre el sostén y el dejar crecer

La adolescencia no sólo transforma a quienes la están transitando, moviliza también a las familias. Ser madre, padre o adulto/a referente implica acompañar desde un lugar de sostén y contención, pero también aceptar que en esta etapa comienzan a mirar hacia afuera, a elegir nuevas figuras de referencia y a construir un mundo propio. En este proceso es importante no ser pares de los/as adolescentes sino ser referentes que orienten y establezcan límites permitiendo, al mismo tiempo, la exploración.

Este proceso puede traer contradicciones internas: queremos que asuman más responsabilidades, pero al mismo tiempo nos cuesta dejar de verlos/as como niños/as. Queremos acompañar, pero también controlar. Queremos que crezcan, pero nos duele soltar. La clave está en encontrar una distancia óptima: permitir que los/as adolescentes exploren y se equivoquen, sin dejar de acompañar esta etapa.

El desafío es acompañar sin invadir, estar presentes y cuidar respetando su privacidad y sus deseos.
  • Aceptar los duelos propios: Acompañar la adolescencia de un hijo o hija también nos mueve a mirar hacia adentro, nos conecta con nuestra propia adolescencia, con las expectativas que tuvimos y con las que hoy tenemos sobre ellos/as. No se trata de repetir nuestra historia, sino de ayudarles a escribir la suya, a partir de sus deseos, decisiones y experiencias.
  • Respetar sus elecciones: Los y las adolescentes comienzan a tener intereses, gustos y elecciones que no siempre coinciden con los nuestros. Y está bien que así sea: forma parte de su búsqueda de identidad. El rol familiar saludable consiste en acompañar, contener y cuidar, pero también en respetar sus decisiones, siempre atentos a que no aparezcan conductas que los pongan en riesgo.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
  • Reconocer y valorar las nuevas referencias: En esta etapa, aparecen otras figuras significativas: amistades, docentes, entrenadores/as, familiares u otros adultos de confianza. Lejos de competir, es importante aceptar que compartimos el lugar de referencia. Esta diversidad de vínculos enriquece su mundo y fortalece su autonomía.
  • Sostener una presencia disponible y afectiva: Aunque parezca que se alejan, necesitan saber que hay adultos dispuestos a escucharlos sin juzgar. A veces hablan menos, se encierran o buscan más a sus pares pero eso no significa que no nos necesiten. Lo fundamental es seguir presentes con calma y afecto, sin minimizar lo que sienten ni dramatizarlo. Es natural que nos duela o frustre verlos distantes, pero no dejemos que esas emociones nos alejen: nuestra presencia sigue siendo un pilar en su crecimiento.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia

A veces, acompañar a un/a adolescente no solo nos desafía, sino que también nos preocupa. Hay gestos, actitudes o silencios que pueden inquietarnos, desconcertarnos o asustarnos. Y es comprensible: ver sufrir a un hijo o hija, o no saber bien qué hacer frente a lo que les pasa, puede generar mucho temor y sensación de impotencia. Así como acompañamos sus búsquedas, sus cambios y sus nuevas formas de vincularse, también necesitamos estar atentos cuando el malestar se hace visible. En esos momentos es donde la presencia adulta (calma, cercana y sin juicios) cobra más valor que nunca. Es muy importante tener presente que los sufrimientos adolescentes no se dan en el vacío, sino en un entramado familiar y social. La manera en que, desde el rol adulto, logremos acompañar, contener y sostener marca una diferencia profunda en cómo los y las jóvenes atraviesan estos momentos.

Aceptando al/a otro/a tal como es, entendiendo que cada persona es única, y que las diferencias enriquecen los vínculos.

Como venimos diciendo, al hablar de adolescencia nos referimos a un tiempo de muchos cambios, internos y externos: cambia el cuerpo, cambian las emociones, la forma de pensar y de vincularse. A veces, en medio de estas transformaciones, pueden aparecer conductas que expresan un sufrimiento profundo, como las autolesiones (lastimarse o cortarse, por ejemplo) o los pensamientos relacionados con la muerte. Es importante entender que estas conductas son expresiones de un dolor muy grande que el/la adolescente no logra poner en palabras. Muchas veces, el dolor físico que se provocan es una manera de reducir o desplazar el dolor emocional, aunque no sea una salida saludable

A diferencia de un tatuaje, que puede tener un sentido simbólico, creativo o identitario, las autolesiones son un pedido de ayuda al que tenemos que prestar atención.

Es importante que, en primera instancia, no consideremos estas conductas en relación con un diagnóstico ya que la adolescencia es una etapa dinámica y cambiante pero, sí es fundamental considerarlas como un malestar que los/as está afectando y que tenemos que acompañar estando presentes, escuchando y abriendo espacios de confianza.

  • Valorar el vínculo con sus amistades: Es importante ayudarlos/as a que distingan cuándo una situación merece ser compartida con un adulto. Muchas veces, los pares son los primeros en enterarse de lo que pasa, y pueden convertirse en puentes hacia los adultos cuando notan que su amigo/a está sufriendo.
  • Mantener la calma: aunque sea difícil, no reaccionemos con pánico ni enojo. Los/as adolescentes se encuentran en un proceso de construcción y van encontrando, de a poco, las palabras que los/as ayudan a nombrar lo que les ocurre. Además, suelen no contarlo porque temen preocupar a sus familias. Mostrar disponibilidad y serenidad es clave.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia
  • Promover el uso responsable de la tecnología: Las redes sociales o la inteligencia artificial pueden dar respuestas, pero nunca reemplazan la escucha y la presencia afectiva de un adulto que los conoce. Fomentá que compartan dudas, miedos y necesidades con personas de confianza.
  • Buscar ayuda profesional a tiempo: Una consulta profesional puede servir para evaluar si se trata de una crisis pasajera del crecimiento o si es necesario un acompañamiento más sostenido.
Buenas prácticas para acompañar desde la familia