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El juego de la hormiga
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Created on September 27, 2024
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Transcript
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SALIDA
META
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El juego de la hormiga
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Realizado por:Xaquín Núñez Sabarís Ana Cea Álvarez Teresa Ángeles Galiano
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Galería de microrrelatos
Limpieza
Viaje al futuro
El fracaso
Soledad
La casa onírica
Carlos Almira
María José Barrios
Xavier Blanco
Rubén Abella
Felipe Benítez
Invisible
Extraños parecidos
Las manos
Super-8
Bienes muebles
Susana Camps
Flavia Company
Manuel Espada
Ginés S. Cutillas
Patricia Esteban
La cesta de la compra
Mi calle
Elvis
Peter Pan
El sendero furtivo
Juan Gracia Armendáriz
Fernando Iwasaki
Luis Mateo Díez
Federico Fuertes G
Araceli Esteves
Ah, las fábulas
La cuarta salida
Carne de espejo
Jardín
Doppelgänger
Isabel Mellado
Inés Mendoza
José María Merino
Manuel Moyano
Juan Jacinto Muñoz
Cuentos de niñas
Rebobinando
Ulises
Claroscuros
Maletas
Andrés Neuman
Ángel Olgoso
Julia Otxoa
Gemma Pellicer
Arantza Portabales
La última aventura
La escasez de chocolate
Juegos en la tele
Comunica
Aniversario
Raúl Sánchez Quiles
David Roas
Pedro Ugarte
Rocío Romero
Ana María Shua
Leed el siguiente microrrelato, proponed un título alternativo y justificadlo
En este microrrelato identificad al protagonista, seleccionad una situación de la trama y uno de los escenarios. Con la aplicación que viene a continuación generad una imagen que, a vuestro juicio, represente la escena seleccionada del microrrelato. https://sketch.io/sketchpad/es/
Sustituid el/la protagonista del microrrelato original por uno de los siguientes personajes: el dinosaurio, la hormiga y el fantasma. Haced los cambios correspondientes en la narración para que esta cobre un nuevo sentido. Extensión: 150 palabras.
Leed el microrrelato y extraed la información necesaria sobre una parte de su contexto o trama. Formulad un prompt. A través de IA generad una imagen que ilustre lo más fielmente posible la parte del microrrelato seleccionada
Luis Mateo Díez (2017). El árbol de los cuentos. Obra breve. Debolsillo.
El sendero furtivo
Le veíamos entrar en el Bar Central a las seis de la tarde y en la sumergida quietud de los divanes y las mesas de mármol se iba diluyendo como una sombra más. Algunas veces se percataba de que le estábamos mirando tras el ventanal: seis ojos de niños traviesos que se demoran en el camino de regreso a casa, pero no parecía importarle aquella vigilancia impertinente y caprichosa. Escribía en cuartillas con una estilográfica muy grande y fumaba sin parar. Murió al final de aquel invierno, poco después de que hubiéramos decidido dejar de espiarle para ir directamente a los billares de Castro donde, al fin, nos permitían colarnos. Su última novela, que apareció al cabo de un año, se titulaba El sendero furtivo. La leí mucho tiempo después y debo reconocer que me gustó. En el último capítulo el protagonista, un hombre de vida sentimental muy atormentada, aguarda en un bar a la mujer con la que tras muchas dudas ha decidido reconciliarse. De pronto observa tras el ventanal el rostro de tres niños que le miran burlones y comienza a sentir una gran zozobra. Se levanta, cruza apresuradamente el local y sale huyendo. La novela termina describiendo la congoja de esa huida absurda. De nada me he sentido tan culpable en mi vida como de ese desgraciado final.
El fracaso
Carlos Almira (2010). Fuego enemigo (Microrrelatos visionarios). Newevolution.
Cuando K. volvió a su ciudad comprobó que nada había cambiado. La gente lo saludaba como si acabara de cruzárselo la víspera. Las calles eran idénticas a las que él recordaba de diez años atrás. No había vuelto ni una sola vez en todo ese tiempo, pero había vivido allí más de veinte años, lo suficiente para conservar frescos algunos detalles, aunque quizás no todos. Subió al viejo ascensor, pulsó el timbre y respondió al saludo de sus padres que lo esperaban como todos los días, a cenar.
Intercambia tu posición con la de otro jugador
Proponed un final alternativo para el microrrelato completándolo con un texto de 100 palabras
Retrocede hasta la anterior casilla dinosaurio y vuelve a tirar el dado
Pedro Ugarte (2003). Materiales para una expedición. Lengua de Trapo.
Aniversario
Habían pasado exactamente diez años pero, ya que iban a reunirse de nuevo, quisieron que todo fuera como entonces, como en los viejos tiempos. De alguna forma, querían rememorar aquella fiesta íntima que todos recordaban con tanto agrado. La reunión estaba asegurada, todos prometieron asistir. Además, llevados de una arrebatadora nostalgia, quisieron reproducir aquella ocasión y decidieron cuidar hasta los más mínimos detalles. Buscaron la vieja vajilla, trataron de recordar lo que comieron aquel día. Se dieron las órdenes oportunas. Sin pensar que acaso exageraban, y aun imaginando que los demás harían lo mismo, cada uno se encargó de recuperar la misma ropa que había llevado en aquella ocasión. Al fin llegó el día de la cita y los invitados (algunos de los cuales no se habían visto en todos esos años) acudieron, mostrando cierta emoción contenida. Comentaron entre risas cómo todos habían tenido la curiosa idea de procurarse la misma ropa que habían lucido hacía diez años en la fiesta. Con difícil emoción se sentaron bajo las sombrillas y contemplaron ante sí el idéntico refrigerio. Fue entonces cuando, de forma furtiva, se miraron: aún jóvenes, habían envejecido notoriamente. Un sombrío presagio recorrió las mentes de todos. Se sabían impotentes para recordar las palabras que hacía diez años se dijeron, los gestos que se cruzaron. Conmocionados, aturdidos, decidieron permanecer inmóviles y en silencio, conteniéndose, hasta que la noche les diera un evidente pretexto para escapar.
Comunica
Raúl Sánchez Quiles. Hiperbreves S.A. [blog]. http://hiperbreve.blogspot.com.
Vuelves a marcar y comunica. Lo has intentado siete veces, siempre con el mismo sonido cansino y desesperante como respuesta. Pero tú no pierdes la esperanza. Vuelves a pulsar con fuerza y rapidez los nueve dígitos, contienes la respiración, pero regresa la maldita secuencia sonora. Firmas una tregua minúscula con el teléfono y te sientas durante apenas unos segundos, tiempo suficiente para hacer apuestas mentales sobre quién ocupará con su conversación banal esa línea de comunicación que tanto necesitas ahora. Cuando regresas a las teclas tienes una fe renovada, una ilusión infantil que se rompe con el mismo tu, tu, tu que has oído miles de veces. Necesitas hablar con él, contarle que siguen siendo un matrimonio sin patrimonio y pedirle que no le diga a su jefe en la cara todo lo que lleva años mascullando entre dientes. Necesitas decirle que te pusiste nerviosa y que, mirando el periódico de ayer, creíste que acababas de ganar la Primitiva de hoy.
Ensalada de microrrelatos: 1. El equipo que ha tirado la vez anterior seleccionará cuatro títulos extraídos de la galería de microrrelatos. 2. Cread un nuevo título a partir de los anteriores. 3. Desarrollad un nuevo microrrelato coherente con el título. Extensión 150 palabras.
La cuarta salida
José María Merino (2007). La glorieta de los fugitivos. Minificción completa. Páginas de Espuma.
El Profesor Souto, gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote -«De cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte»- es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela, sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final. Pues hubo una cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco instruido, y consiguió derrotarlos. Así, los molinos volvieron a ser gigantes, las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores, follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su ominoso despotismo.
Gemma Pellicer. Sueños en la memoria [blog]. http://megasoyyo.blogspot.com
Ulises
Cruza las piernas y, en ese leve movimiento, logra atraer unas cuantas miradas. Ahora se ha puesto en pie para ajustarse mejor la falda. Lleva un escote no muy pronunciado, pero sí lo bastante como para retener la atención del grupo. Acaso haya cosechado algunas miradas más. Tras pasear un rato por el estrecho pasillo sin poder disimular el ligero balanceo de sus caderas, decide volver a su asiento; por supuesto, ninguno de sus admiradores ha dejado un segundo de observarla. Cierto que, en casos como éste, pasajeros y tripulación suele aprovechar cualquier circunstancia para entretenerse, pero también es justo reconocer que esta mujer tiene algo especial. Sin ser hermosa, es evidente su atractivo. Cuenta con esa edad en que las mujeres se ponen muy guapas. Debe haberse dado cuenta de que, para entonces, éramos legión los que estábamos mirándola, pues enseguida ha decidido poner a salvo su escote. Pero ya era tarde. De pronto, su público entregado, yo entre ellos, hemos empezado a pedirle, a implorarle casi, que no fuera tan desdeñosa. Por suerte, no se ha hecho de rogar, consintiendo en darse otro paseo. Ya luego, casi de inmediato, ha ocurrido el accidente. Tras el aterrizaje forzoso, y sólo cuando el avión se hallaba a salvo de las olas, he podido asistir a algunos pasajeros. Algo distraído, me ha parecido apreciar, apenas un instante, el rastro espumoso de una cola de sirena perderse entre las aguas.
Retrocede hasta la anterior casilla sirena y vuelve a tirar el dado
Doppelgänger
Manuel Moyano (2011). Teatro de ceniza. Menoscuarto.
Dicen que cada uno de nosotros tiene un sosias en alguna parte. Yo encontré al mío una mañana de invierno, mientras paseaba tranquilamente por las Ramblas. Al verlo en la distancia, tuve por un instante la sensación de haberme desdoblado, pues era idéntico a mí hasta en el más minúsculo detalle. Lo seguí y averigüé dónde vivía. A partir de ese día, empecé a maquinar un plan. Dos meses después lo esperé en el portal de su casa y le invité a subirse a mi coche. No dudó en hacerlo, maravillado al verse frente a una copia exacta de sí mismo. Le propuse dirigirnos a mi chalet, en Sitges. Mientras recorríamos las abruptas costas del Garraf, hablando de los jocosos malentendidos que podría originar nuestro extraordinario parecido, detuve el coche en un mirador so pretexto de contemplar el paisaje. Él no sospechó nada. Estaba comentándome la belleza de aquella puesta de sol −el cielo había adquirido un extraño color cárdeno− cuando le asesté un golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente. Lo senté en el asiento del conductor y empujé el coche hasta precipitarlo por el acantilado. Ahora, todo el mundo me cree muerto. Por fin podré empezar una nueva vida. Lejos, muy lejos de aquí.
Juan Gracia Armendáriz (2008). Cuentos del jíbaro. Microrrelatos. Editorial Demipage.
Elvis
El primer día era el vivo retrato de Elvis Presley. Cantaba That´s All Right pegado a una guitarra con correa de cuero mientras cruzaban las sombras de los que regresábamos a casa después de la jornada laboral: ecuatorianos pequeñitos que habían pasado el día subidos en un andamio, polacos con las manos manchadas de escayola, mujeres jóvenes de rostro aburrido, estudiantes sin ánimo. Era como cantar al paso de un rebaño. La voz, sin embargo, resonaba en el túnel junto a los acordes de la guitarra, y no era difícil imaginar un coche sin capota en una avenida de Memphis, Tennessee: los tonos graves, como hechos de madera; los agudos con un trémolo desafiante. Abandoné la manada y me detuve a observarlo. No debía de pasar de los treinta años. Una edad crítica, pensé, para un aspirante a estrella del rock. Pero no se percibía en él ningún signo de fatiga o derrota; al contrario, sus espasmos transmitían un optimismo sin reservas. Una muchacha se detuvo a escucharle. Eso pareció animar al imitador, y atacó los insinuantes acordes de Fever. Le dejé una buena propina, alcé el pulgar a modo de aprobación, y Elvis sonrió. En la siguiente ocasión lo vi de lejos, en el mismo pasillo del andén, inasequible al desaliento, con el tupé lacio, caído sobre la frente. Estaba un poco pálido, como si nunca abandonara el subsuelo o acabara de pasar una temporada en un hospital. Seguía cantando muy bien, pero se diría que luchaba, que el exceso de optimismo se escapaba de su guitarra, y que él ya no se afanaba en retenerlo. No recuerdo si en aquella ocasión le dejé propina. Podían pasar meses sin noticias de Elvis, pero siempre reaparecía. En esos tránsitos procuraba mantener el tipo con melodías como Love me tender e In the ghetto. Apelaba a la compasión, o eso me pareció. Había abandonado el rompeolas y ahora se adentraba en la tierra de nadie, compitiendo con los músicos andinos y los acordeonistas rumanos. En cierta ocasión, lo vi sentado en el andén junto a una muchacha que lo mismo podía tener veinte años que cuarenta. Agitaba los brazos, encorvada hacia él. Fue sólo una imagen entrevista mientras el metro abandonaba la estación, pero no me cupo la menor duda de que su estrella se estaba apagando. Ayer volví a ver lo que quedaba de Elvis. Tenía muy mal aspecto. Más pálido, los ojos azules apagados, mientras acometía los acordes de una canción irreconocible que la chica, mirándole muy fijamente, comenzó a cantar. Tenía una voz que recordaba el chirrido de una puerta. Era, pensé, la voz de una sorda. Él parpadeaba como si estuviera borracho o loco, aunque quizá el gesto sólo fuera un rastro de imitación de Elvis. Cuando acabaron, pasaron una escudilla de plástico. Olían a perro mojado, a veneno. Dejé caer una moneda, y luego los vi correr por el andén para alcanzar el último vagón del metro.
Viaje al futuro
Xavier Blanco. Caleidoscopio [blog]. http://xavierblanco.blogspot.com
Fátima está contenta -son sus primeras vacaciones-, pero no comprende por qué su madre llenó la maleta de fotos antiguas, ropa de invierno y comida. Mucha comida. Ha viajado en autobús, en barco y en camión, por diferentes países; ha descubierto cielos de innumerables colores. Cruzando la vía del tren está su destino. Eso dice el abuelo. Fátima pregunta a su muñeca, si en el país de las vacaciones también hay muros de alambre y policías vestidos de gris. La muñeca, agitando la cabeza, responde que no. Sin moverse de la cola, la arropa con un plástico. Vuelve a llover.
Leed el siguiente microrrelato, seleccionad diez palabras del texto y encontrad sus sinónimos
Adelántate hasta la siguiente casilla dinosaurio y vuelve a tirar el dado
La casa onírica
Felipe Benítez Reyes (2022). Los abracadabras. Cuentos reunidos. Editorial Renacimiento.
Desde hace un par de décadas, en mis sueños vivo en una casa que no tiene parecido alguno con la casa en la que vivo. Se la describí a un amigo arquitecto y se ofreció a hacerme los planos: «Por si algún día tienes dinero y te animas a construirla...». Sí. A veces, la casa presenta variantes (la escalera bifurcada puede ser curva o recta, por ejemplo), pero supongo que responden a un cambio de criterio por mi parte con respecto a su funcionalidad, o incluso es posible que se trate de un mero titubeo de orden estético, porque con esas cosas nunca se puede estar del todo seguro. En cualquier caso, nada que afecte esencialmente a sus características. Cada vez que entro en una casa ajena por primera vez, me asalta el temor no sólo de reconocer en ella la casa de mis sueños −lo que me obligaría a emprender un proceso judicial para el desalojo inmediato de sus ocupantes−, sino también de enterarme de ese modo traumático de mi pasado secreto y, sobre todo, de revivir a mi pesar aquella época en la que viví en mi casa onírica.
Maletas
Julia Otxoa (2006). Un extraño envío. Menoscuarto.
En mi caso hacer el equipaje es toda una batalla, tengo pocas cosas pero mal definidas, hasta el punto que desconozco qué poseo en realidad. Tan sólo sé que algunas pertenencias son ligeras y ovaladas pero éstas, a veces, se alargan inesperadamente hasta romperse y vaciarse por completo. Otras, en cambio, son pesadas y con sólo pensar en ellas modifican su forma, estorban por todas partes, me tropiezo con ellas; tengo las piernas llenas de hematomas. Algún día van a lograr que me caiga y me dé un mal golpe. Hay incluso otras cuya existencia es dudosa, a menudo ignoro si pertenecen al pasado, al presente o tan sólo al universo de mis sueños. Así que no es extraño que a la hora de hacer las maletas nunca sepa si voy a tardar mucho o poco, son tantas las conjeturas, las hipótesis. La sucesión de enigmas me rompe los nervios, me fatiga en extremo, me deja sin fuerzas para nada y, claro, en esas circunstancias siempre acabo anulando mis viajes.
Identificad en el siguiente texto aquellos elementos que indiquen en qué tiempo transcurre la narración. Justificadlo con las formas verbales correspondientes.
Mendoza, Inés (2010). El otro fuego. Páginas de Espuma.
Jardín
Esta noche ella cultiva un jardín secreto para dedicárselo a alguien, tal vez a alguien que odia o que ama, pero no sabe a quién, porque ahora mismo no cree que ame a nadie y mucho menos que odie. ¿Cómo se cultiva un jardín?, no tiene la menor idea, ni siquiera le duran las flores de Navidad, pero esta noche ella juraría que sabe hacerlo, incluso diría que ya es una experta ahora que cultiva uno. Es un jardín curioso, lleno de piedras de río de varios tamaños que hace ya tiempo escogió ella misma y que luego fue pintando de rojo sangre –algunas pocas de azul–. Justo hace un rato ha terminado de encajar con furia cada una de esas piedrecitas en la tierra húmeda y esponjosa. En los intersticios de las paredes que delimitan su jardín, hace varios meses sembró las semillas de grandes flores exóticas de colores quizá demasiado vivos; flores voluptuosas que, poco a poco, ha visto crecer. Esta noche también ha modelado, aquí y allá, montañas de una arena de gamuza que se llama «arena dulce», aunque ella no sabe por qué. Con sus manos ha cavado huecos hondos en medio de cada montoncito de aquella arena dulce, formando así charcos de agua donde van a nadar limones maduros y nueces que recuerdan cabezas de niños ahogados. Alas cristalinas de insectos muertos riegan como un baño de rocío las flores más grandes de los parterres, y a veces caen lánguidas a la tierra, justo sobre un camino flanqueado por pequeñas piedras azules, que reza palabras extrañas, desconocidas, oraciones de angustia. Desde luego que ese camino también conduce a un gran vacío que hay en el centro del jardín, una nada que ella dedica a alguien, no entiende si por amor o por odio ¿Un hombre?, ¿un afecto perdido?, ¿un amigo?, ¿el rastro de un dolor?, ¿un dios? No lo sabe bien, pero ciertamente le gustaría descubrir a quién dedica ese inquietante agujero. Averiguar que odia a cualquier persona, o que la ama tal vez. Ojalá también pudiera saber por qué mientras amanece enciende una lámpara en el centro del jardín. Y por fin comprender, por encima de todo, de dónde viene la sensación de deleite que esta noche ronca le embarga. Pero no lo entiende, y ya se acerca la hora de volver al día, aunque tampoco sabe cómo hacerlo, ni está segura ella misma de que quiera regresar.
Tira otra vez
El grupo que ha tirado la vez anterior tendrá que decir cinco palabras al azar. Integrad las nuevas palabras en el microrrelato que os ha tocado de la forma más coherente posible.
Sustituid el/la protagonista del microrrelato original por uno de los siguientes personajes: D. Quijote, Madame Bovary, Superman. Haced los cambios correspondientes en la narración para que esta cobre sentido. Extensión: 150 palabras.
Arantza Portabales (2022). A Celeste la compré en un rastrillo. Editorial Bululú
Cuentos de niñas
Siempre princesas. A todas las princesitas del mundo les cuentan un cuento antes de irse dormir. Las princesitas, ataviadas con sus lujosos camisones de organza rosa, se acomodan en sus enormes camas de dosel y escuchan muy atentas las historias de niñas. En los cuentos, las protagonistas son pequeñas plebeyas que tienen como mascotas unos seres fantásticos llamados perros, que sacuden sus colas cuando sus dueñas se acercan a ellos. Todas las infantas del mundo, hastiadas de aburridos paseos en unicornio, suspiran por un Yorkshire negro que se llame Bimba. Otra característica de los cuentos de niñas es que en ellos sus protagonistas consiguen no casarse con un príncipe para acabar en un castillo, comiendo las odiosas perdices. Las niñas, cuando se hacen mayores suelen conocer a un chico que se llama Tony o Manolo en un centro comercial. Al final del cuento acaban viviendo juntos en un bloque de apartamentos. Ellas trabajan en tiendas de ropa, supermercados u hospitales. Ellos, son expendedores de gasolina o soldadores en el naval. A veces son felices. Y otras, por increíble que parezca, no. Las princesas, cuando oyen estas historias, cierran los ojos e imaginan que son una de esas niñas. Piensan en lo increíble que sería vestirse unos vaqueros y una camiseta. Calzarse unas All Star. Comer pipas, sentadas en un banco de una alameda. Oír música de Rihanna en un Mp3. Esos son sus sueños. Hacen mal los padres en alentar sus ilusiones infantiles. Todo el mundo sabe que los cuentos de niñas rara vez se hacen realidad.
Bienes muebles
Patricia Esteban Erlés(2012). Casa de muñecas. Páginas de Espuma.
Soy una sirena. Ni siquiera recuerdo mi nombre, pero seguramente es porque nunca lo he tenido. Quién sabe, hace mucho que no vivo en el mar y ese pasado mío es un enorme recuerdo azul y vacío que a veces vuelve cuando sueño, una ola resacosa que arroja a la playa una botella de plástico, sin mensaje en su interior. Dejé de ensayar bailes sincronizados con mis hermanas y de subirme a mi roca favorita para peinarme con un trozo de coral y ver pasar las horas como la sombra de un barco a lo lejos. Hay tanta mitología asociada a las sirenas que quizás ellos me hayan inventado una memoria que nunca fue mía, sino la que su sirena, esa que habita en su piscina, debería tener. Preferiría olvidarme de cómo llegué aquí. Desde el principio supe que de mi capacidad para adaptarme a un estanque recurrente en forma de alubia dependía mi supervivencia, pero eso no ayuda a borrar cómo me extirparon del mar. Nos pusimos de moda hace una década, igual que poco antes les ocurrió a los niños camaleones o a las mujeres pantera. De cuando en cuando una empresa especializada en mascotas exóticas emprendía la búsqueda de una nueva presa, de un ser a medio camino entre el algo y el alguien que pudiera ofrecerse a un público de millonarios caprichosos y sin muchos escrúpulos. Nos capturaban con redes transparentes de un material tecnológico que quedaba prensado en torno a nuestros cuerpos y nos inmovilizaba por completo. De nada servía gritar, por más desesperados que fueran los aullidos, aquellos hombres rana no dejaban de alzarnos a la cubierta de sus lanchas. Es otra leyenda, eso de que nuestro canto paraliza el alma y anula la voluntad. Mis dueños actuales se acercan por turnos a la piscina. Nunca juntos. Ella, bien entrada la mañana, tambaleándose sobre sus sandalias de tacón, con el vaso de ginebra en la mano y uno de sus aparatosos bikinis estampados con manchas de animal. La mujer leopardo, serpiente o cebra, dependiendo del día, se tumba en la hamaca y recibe llamadas de sus amantes. Pide hora al peluquero. Me mira con un poco de asco antes de sumirse en un sueño narcótico, sol y alcohol. Él vendrá de noche, con la excusa de darse un baño relajante después del trabajo. Se desnudará junto a la piscina con gestos de seductor. Yo suspiraré, cansada, y me hundiré hasta el fondo, como cada vez. Sé que es cuestión de meses que alguien de una inmobiliaria llegue para colgar un cartel de se vende en la verja del jardín.
La cesta de la compra
Araceli Esteves. El presente que me espera [blog]. https://elpasadoquemeespera.blogspot.com
La estación de autobuses es camino obligado cuando vuelve a casa cargada con la compra. Nunca antes había reparado en los nombres de ciudades que llevan en la frente los vehículos. Pero hoy sí los mira, con ligereza primero, más atenta después. Una rama de apio que sobresale de la bolsa de compra, va cepillando su rodilla desde que salió del supermercado. Mientras camina delante los autocares y lee los nombres, sus pensamientos viajan de las ciudades a la sucesión de tareas que le esperan al llegar a casa. Poner el agua en la olla, Madrid, Valencia, lavar los puerros, Zaragoza, cepillar las zanahorias y el apio, limpiar el pollo, Granada. Marsella, lee en voz alta. La comida se interrumpe y ella se detiene frente al autobús. Le gusta el nombre, Marsella, se gusta a sí misma pronunciándolo. Marsella le hace pensar en películas antiguas de marineros tristes de brazos tatuados y trenes de vapor que huelen a tabaco de pipa. Las imágenes son potentes, opacan cualquier mínima filtración de duda. Las bolsas quedan en el suelo, al sol, apoyadas en una marquesina. Las mira a través de la ventanilla. Las hojas de la rama de apio se mueven de un lado al otro sopladas por una brisa graciosa, muy oportuna. Es como si el apio se despidiera, piensa ella. Y sonríe.
Leed solo el título del siguiente microrrelato. Cread un nuevo microrrelato a partir del título anterior con una extensión de 150 palabras. Comparad vuestra creación con el original.
Mi calle
Federico Fuertes Guzmán (2008). Los 400 golpes. E.D.A.
Mi calle es la número dieciocho. Si quiere visitarme tendrá que atravesar la zona residencial: jardines lujosos, rejas doradas y todo eso. Siga en línea recta hasta el fondo y tuerza a la izquierda. Ya está usted en mi calle. Los vecinos son buenos y sus familias educadas. No se está mal aquí. Dispongo de suficiente sol en invierno y amplias sombras durante los mediodías estivales. Casi todas las casas son blancas aunque los más caprichosos han pintado sus fachadas de colores extravagantes. Tenemos muchas flores y todo está bien cuidado. ¿No se lo he dicho? Mi número es el catorce. Cuarta planta. Recuerde que es la única casa en la que a nadie se le ocurrió escribir RIP. Un detalle más de mi exótica familia.
Carne de espejo
Isabel Mellado (2011). El perro que comía silencios. Páginas de Espuma.
Hoy mi espejo se puso furioso porque llegué tarde a la cita matutina. Cuando salí de la ducha estaba empañado, su única manera de cerrar los párpados y hacerme un desdén. A él sin duda le corre más sangre que a mí por las venas. Desde que Teresa me dejó, a mí la sangre, más que correr, me camina. Al comprarlo, el anticuario me preguntó: ¿Espejo de mujer o de hombre? De hombre, casi siempre de hombre, le respondí tensando la mandíbula. ¿Y para cuántos? Creo que se está encariñando, y como me sobrevivirá he estado informándome sobre seguros de vida y asilos para espejos. Espero que no me suceda otro, ya hemos sido suficientes. Quiero, al morir, mudarme a su vastedad y cerrar la puerta tras de mí. Él está de acuerdo. Cada cierto tiempo se pone tétrico y huele a charco podrido. Entonces lo empaco en el auto y lo llevo a la playa para que frente al mar las imágenes se diluyan y se le amanse un poco la memoria. Hay días en que no sé qué hacer con él, es impredecible. Si espero ver mi réplica, resulta que no le basta, se cree un artista, un esteta, y me planta un bigote, un lunar, o se acelera y me devuelve ya canoso o, aún peor, le vienen sus ínfulas de prisma y me desmantela cromáticamente. Demoro horas en fijar mis colores y redefinir contornos para salir con decoro a la calle. Los domingos tiene día libre y no funciona. No me atrevo a mirar dentro, por respeto a su privacidad, claro, pero más que nada por miedo. Para esos casos cuelgo un cucharón en cuyo reflejo me afeito. Cuando vuelvo a casa, cavernoso de tiempo, escalfado de traje, es cuando más me reconforta sumergirme en él. El celofán de su piel es límpido, crujiente de ahora, una segunda oportunidad. Él se suma a mí, me completa. Querría saber qué hace cuando no lo veo, dónde desemboca. Sospecho que en mis sueños. A veces pienso que, más que reflejarme, se vacía en mí, se hunde en mi carne, para sentir, me suplanta. Entonces me da terror, ganas de acuchillarlo, de hacerlo sufrir de a poquito, pero no lo hago. La mitad de mí ya es suya, la mitad de él ya es mía. Quiero envejecer con él, conmigo, con todas las posibilidades que sugiere o me impone. Él evoluciona y me reinventa. Yo soy el que envejece, él quien trasciende y me arrastra.
Super-8
Manuel Espada (2011). Zoom. Ciento y pico novelas a escala. Editorial Paréntesis.
Damián quedó atrapado en una cinta de Super-8 el día de su primera comunión. Su padre le grababa mientras cortaba la tarta, y ahí permaneció para siempre, con ese gesto bobalicón de por vida, encerrado en una película a perpetuidad. Cuando lo echaban de menos, ponían el proyector y veían su imagen en el gotelé de la pared con esa mueca infinita de satisfacción cortando el pastel en porciones y repartiéndolo entre sus primos. Al cabo de varios años se impuso el VHS y la película quedó olvidada en un desván, junto al proyector. Damián se aburría en los fotogramas de la cinta. Era la única persona real en la película. El resto tan solo eran imágenes de sí mismos. Al cabo de varios años, en un ataque de nostalgia, sus padres subieron al desván, cogieron la película y la proyectaron de nuevo. El niño volvió a repetir el eterno gesto de cortar la tarta varias veces. Le costaba moverse. Estaba entumecido. Tantos años inmóvil. Se miró las manos. Estaban arrugadas. Viejas. Se había convertido en un anciano. Al otro lado, tras el proyector, dos niños de ocho años lo miraban con ternura.
Las manos
Ginés S. Cutillas (2021). Un koala en el armario. Pre-Textos.
Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença y Hospital Clínic. Aquejado de una vergüenza infinita, no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía. Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera. Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza. Ninguno rompió el silencio y, aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse. A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero. Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudi, donde una paloma suicida hizo que levantara los brazos y casi provoca la ruptura de nuestro enlace y del mutismo que comenzaba a parecer pactado. Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante. Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina. Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco. En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano.
David Roas (2007). Horrores cotidianos. Menoscuarto.
La última aventura
El viejo caballero agoniza en su camastro, rodeado por su familia y su fiel criado, que llora inconsolable. -Yo -empieza a hablar entrecortadamente, sin fuerzas-, que he vencido ejércitos, que me he enfrentado a peligros sin fin... Morir en la cama y no en combate es una afrenta... Poco a poco, su voz se convierte en un murmullo inaudible. Sus ojos se van apagando. Su boca se abre en una mueca grotesca. De pronto, una extraña luz inunda la habitación y el viejo caballero abre desmayadamente los ojos. El insólito fulgor procede de la pared del fondo, de donde acaba de surgir una bella mujer a la que el anciano mira desconcertado. Ella se acerca y le entrega una espada y un yelmo, que él reconoce inmediatamente. En ese momento, aparecen nuevas figuras en la habitación: caballeros con armadura, gentiles damas, amenazadores hechiceros... El viejo sonríe y, recuperadas sus fuerzas, se levanta de la cama. Entonces, el grupo lo rodea y, tomándolo de las manos, regresan por donde han entrado. Antes de cruzar el umbral, el viejo caballero se vuelve. -Sancho, amigo, ¿no vienes?
Cread una pieza de microteatro a partir del siguiente microrrelato. Extensión: 150 palabras.
Claroscuros
Ángel Olgoso (2009). La máquina de languidecer. Páginas de Espuma.
Discutió con su mujer y huyó al cine. El acomodador lo miró un instante y él se concentró en la pantalla. Reconoció con estupor a su mujer en una de las escenas y la vio desnuda, apoyada sobre las manos y las rodillas, mientras un desconocido la azotaba con una lengua de buey. Se sobrepuso al pasmo y al dolor de contemplarla gozando en la distancia, lejos de sus brazos, poseída prepostéricamente, estremeciéndose en un largo plano secuencia, y salió a la calle despechado, desasistido, relegado. Se percató de la pistola que alguien había puesto en su bolsillo ̶ el acomodador, dedujo ̶ y corrió a su casa como una pura oleada de energía que se resistiera al ultraje, que abriera de un puntapié la puerta, que derribara los filodendros, que fuera toda una con la pistola, que reventara el tórax del amante. Su mujer gritó justo antes de que, a espaldas de ambos, un estruendo ahogara el grito, un matraqueo, un clamor largo tiempo reprimido, y él se volvió y descubrió al público en sus butacas que aplaudía con entusiasmo como solía hacerlo en el pasado al final de una película absorbente.
Fernando Iwasaki (2021). Ajuar funerario. Páginas de Espuma. (1ª edición 2004)
Peter Pan
Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar. Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo. A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre. Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraba luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.
Ah, las fábulas
Juan Jacinto Muñoz Rengel (2013). El libro de los pequeños milagros. Páginas de Espuma.
El caimán hizo recuento y constató que a lo largo de la semana apenas llegaba a zamparse una decena de peces, media docena de cangrejos, tres tortugas y un par de ratones. Convocó a toda la fauna de aquella ciénaga, y les hizo saber el estado de la cuestión. Desde ese momento los cangrejos dejarían de comer pequeños peces y se limitarían a las plantas. Los peces gato no robarían los huevos a las tortugas, y buscarían su carroña en el fondo de la charca. Las tortugas podrían satisfacer sus necesidades de proteínas con insectos, pero también tendrían igualmente prohibidos los peces, y ni hablar de tocar a los ratones, que con suerte, pensó, se multiplicarían como conejos. Les explicó que estaban en crisis, que habrían de apretarse el cinturón hasta que llegaran tiempos mejores, que todos tendrían que remar juntos porque al fin y al cabo estaban en el mismo barco, y que él, sin duda les dijo solemne, iba a ser el principal perjudicado: después de todo habría de comérselos mucho más flacuchos e incluso menos nutritivos.
Juegos en la tele
Ana María Shua (2009). Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de Espuma.
Hace años los programas de juegos por televisión consistían, casi exclusivamente, en concursos de preguntas y respuestas. Los concursantes participaban en áreas en las que se consideraban expertos. Después vinieron los programas en que los invitados tenían que competir en pruebas físicas que con los años se fueron haciendo más difíciles, más penosas. Se llegó así a competir en situaciones de supervivencia y a continuación, o tal vez simultáneamente, aparecieron esos programas en que los participantes tienen que soportar castigos (que les corten el pelo, por ejemplo) o someterse a situaciones que les causan repugnancia (como recostarse en un lecho que bulle de gusanos). Ahora está de moda la resistencia al dolor y mientras te están torturando (el potro, la electricidad, el fuego) te das cuenta de pronto que ya no hay premios, que han retirado las cámaras, el director lanza una carcajada satánica y ahora quisieras escapar pero ya es tarde, hermano, porque haciendo uso de tu libre albedrío firmaste ese contrato y tu arrepentimiento eterno de nada servirá.
Rebobinando
Andrés Neuman (2007). El último minuto. Páginas de Espuma.
Entonces no quiero verte más, le gritó ella haciendo ademán de abandonar la mesa. Siguió sentada, mientras él mantenía una sonrisa demasiado socarrona como para resultar tierna. Acababa de encender un cigarrillo. ÉI le dijo: Lo siento, Laura, pero yo he sido siempre un hombre libre, sobre todo de noche. Cabrón, contestó Laura, ¿cómo puedes venir aquí y hablarme con esa tranquilidad sin que se te caiga la cara de vergüenza? El camarero se retiró. Jorge pidió un café solo. Ella no decía nada. Tenía delante una taza con una cuchara pegajosa sobre el plato. Dentro de la taza se veía una espuma sucia, color tierra. Cómo estás, mi amor, saludó Jorge. Laura bebía su café cortado absorta en algún punto indefinido entre las mesas, un punto demasiado cercano como para ver llegar a Jorge, aunque demasiado lejano de sí misma como para no intuir de todas formas que él se acercaba. Estaba hermosa y destruida, un poco menos rubia por la tristeza. Al principio él había dado varios pasos decididos, como siempre que se encontraba con ella sabiendo que llegaba tarde. De pronto, mientras entraba en la cafetería, vio a Laura y una silla vacía enfrente, lo mismo que dos seres solitarios que conversan en voz baja.
Después de leer el microrrelato, realizad el resumen de su trama
Cambia tu posición por la de otro jugador
Limpieza
Rubén Abella (2010). Los ojos de los peces. Menoscuarto.
Lucía se anuda un trapo a la cabeza y emprende su cruzada diaria contra la suciedad y el desorden. Abre las ventanas para dejar que respire el aire. Pone la lavadora. Limpia los cristales. Sacude los colchones. Hace las camas. Ordena el cuarto de los niños. Desempolva los muebles, los libros, los marcos de los cuadros, la vajilla del aparador, las figuritas que llenan las estanterías. Desinfecta el inodoro, la bañera, los azulejos, el lavabo. Pasa la aspiradora. Friega los suelos del baño y la cocina. Mientras limpia el espejo de la entrada descubre su rostro marchito en el surco de la bayeta, y de pronto entiende que lleva años equivocándose. Que limpia donde no es. Que la suciedad y el desorden que con tanta obstinación persigue no se hallan en la casa.
Soledad
María José Barrios Cuentos mínimos [blog]. cuentosminimos.com.
Hay un hombre que no conozco sentado en el sofá de mi salón. Ahora que lo pienso mejor me parece que siempre ha estado allí, aunque yo no me haya dado cuenta hasta hace unos días, cuando llegué del trabajo. Pero no es un fantasma ni nada parecido, sino un hombre mayor, bajito y un poco calvo. Ayer eché un vistazo a los álbumes familiares y vi que salía en las fotografías de todos nuestros cumpleaños. Entonces era un poco más joven y más delgado, y siempre estaba en el mismo sitio, quieto, sin hacer nada. A lo mejor por eso no lo vi antes, porque en casa éramos todos muy ruidosos. He intentado averiguar quién es, o qué quiere, y no hay manera de hacerle hablar. Hoy, a la hora del almuerzo, pensé que tendría hambre y le llevé un plato de sopa recién hecha. Mientras él se la tomaba en silencio, me puse a pensar en lo sola y en lo triste que me siento yo a veces en este piso tan grande. Quizá esto lo cambie todo. Todavía se me hace un poco raro, pero creo que no me va a importar demasiado que se quede y me haga un poco de compañía.
La escasez de chocolate
Rocío Romero, Contando las horas [blog]. https://rromeropeinado.blogspot.com/
Algunas mañanas, por sorpresa, era papá quien venía a despertarme. Me sacaba en brazos, con los ojos aún llenos de sueño y yo lo adivinaba de golpe. Aquellos días sin mamá eran más largos y solo nuestros. Tenían una cualidad extraña, de expectación, como la que se nota en la tripa cuando alguien te cuenta un gran secreto. Papá prefería no llevarme al colegio, me apretaba bien las coletas, me ajustaba la bufanda con cuidado y recorríamos las calles más estrechas formando cenefas. Cuando le preguntaba por ella, a veces, me contaba muy serio. Yo cerraba los ojos para verla en mi cabeza, contra la sombra roja de los párpados, salvando a niños de las llamas o ayudando a nacer a alguna jirafa allá lejos, en África. Después de cada historia nos sonreíamos, contentos de habernos convencido el uno al otro. Un poco. Ella volvía siempre, apenas uno o dos días más tarde. Traía los ojos más grandes, los labios más rojos, y durante algún tiempo volvía a haber chocolate en la merienda.
Extraños parecidos
Flavia Company (2011). Trastornos literarios. Páginas de espuma.
Mire usted, doctor, jamás hasta ahora se me había ocurrido semejante barbaridad. Nunca antes, desde que Alfonso y yo nos casáramos hace ya treinta felices años, lo había visto como nada que no fuera él mismo. Jamás se me había ocurrido compararlo a otros hombres y menos todavía a ningún animal, aunque a veces, en alguna extraña ocasión, debo admitir que lo había llamado bruto, bestia o directamente animal, por ejemplo cuando mediante la violencia refrenaba los impulsos juveniles de nuestros enérgicos hijos. Se da el caso, no obstante, de que el otro día, doctor, leyendo el diario, encontré las aberrantes conclusiones de unos modernos científicos que afirmaban que el hombre se parece más a los ratones que a las vacas, los perros o los gatos. Desde entonces, maldito el momento en que se me ocurrió hojear el periódico, no puedo ver en Alfonso más que a un rastrero rumiante roedor amigo del hombre y de felina astucia. Nada más levantarnos por las mañanas, temprano, cuando me pide desde el cuarto de baño que le lleve la toalla, la muda o lo que sea, que siempre necesita algo, lo que oigo en realidad es un mugido profundo y desagradable que me ensordece. Poco después, durante el desayuno, cuando ya lo tengo sentado a la mesa esperando a ser servido cual bestia cercana al abrevadero, descubro en sus gestos una parsimonia parecida a la de la vaca, una deglución lenta que regresa para ser nuevamente masticada y finalmente digerida mientras Alfonso lee las noticias ajeno a todo y produce, una y otra vez, varios repulsivos chasquidos de la lengua contra las muelas que me recuerdan a los agudos gritos de los roedores. Veo a un gato hosco y esquivo cuando me acerco a darle un beso, ya en la puerta, justo antes de marcharse a trabajar a la fábrica, donde me lo imagino dando ladridos a todos sus pobres empleados, ellos sí más ratoncillos que cualquier otra cosa, temerosos de la gran rata autoritaria. Lo peor de todo es que lo mismo me ocurre con nuestros hijos, y con todos los miembros de su familia. Cuando los domingos nos reunimos a comer me siento invadida por un auténtico zoológico. He aguantado estoicamente hasta ahora, doctor, pero me he dado cuenta de la gravedad del asunto cuando esta mañana, al mirarme al espejo, en lugar de cara me he visto hocico. ¿Usted qué opina? Y en ese instante el enorme ratón al que se dirigía la esposa enajenada de don Alfonso dio media vuelta y la dejó con la palabra en la boca. Titular: «Un estudio genético confirma que el hombre se parece más al ratón que a la vaca, el perro o el gato».
Invisible
Camps, Susana. Los martes micro [blog]. http://losmartesmicro.blogspot.com
El transcurso del año era una condición obligatoria, un trámite impuesto para llegar a la semana de las comparsas. La comparsa era su medio natural. Su verdadero medio. Allí Eustaquio se amalgamaba con los muchachos en pie de igualdad, y era imposible que los dedos burlones del pueblo lo señalaran. Confeccionaba una máscara distinta cada año, las elaboraba celosamente en un altillo al que se accedía por la puerta falsa de la pared de su comedor. Eustaquio esculpía en secreto el rostro bestial de un hombre-lobo, la avidez desenfrenada de un fauno o la sonrisa tétrica de una calavera, seguro de que nadie podría adivinar la naturaleza rústica y huidiza de su solitario creador. Le procuraban una celebridad gratificante: todas las primaveras se esperaba con expectación al supuesto forastero que surgía de la nada con un disfraz asombroso. Satisfecho de lo que le deparaba el futuro, tenía la certeza de que la curiosidad acabaría haciéndose insoportable al único par de ojos que había amado en su vida; y soñaba con el momento en que ella se aproximaría, fascinada, para sucumbir a su talento. Nunca previó qué haría después con su verdadera identidad.