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Cuento: la culpa no es mía

UCN

Created on July 22, 2024

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Transcript

La culpa no es mía

Yeison Medina Granda

l rio atravesó las paredes impulsado por la fuerza de la tormenta, las arrancó del suelo desde la raíz, como arrancando maleza, y las dejó a merced del agua mugrienta que caía sin darle tregua al silencio.

on furia y vigor, reventó las puertas y las ventanas, apagando la luz que iluminaba la imagen de Santa Babara y arrastrando con sigo el altarcito de madera delante del cual se arrodillaba misia Sofia a repetir todas las noches: “de la muerte súbita e imprevista, libranos Señor”.

omo por gracia divina, la viejecita pudo escapar de la tragedia a punta de esfuerzos, no por su habilidad para la natación, sino por la terquedad que le habían regalado los años y que le permitía salir a flote aún de las situaciones más inverosímiles.

a culpa no es mía, se dijo a sí misma, como calmando la conciencia, como si ese juego de palabras la exonerara de los costales en que guardaba la basura; no es mía, repetía, como intentando olvidar la terquedad con que los lanzaba al rio cada semana para que la corriente se llevara sus desperdicios; no es mía, volvía a decir, ignorando que esos mismos costales obstruyeron el cauce, lo desviaron hasta su hogar y pusieron en peligro a toda la vereda.

no es mía

a casa de Pedro fue la segunda víctima de la ingobernable corriente y aunque no lo tomó desapercibido, tampoco lo halló libre de miedo.

ientras se aferraba al tronco del único árbol que no había cortado, su esposa, que cargaba en el vientre al hijo tan deseado, se tambaleaba sobre las ramas como un pajarito sin plumas.

uando llegaron a la vereda, cargados con tantos sueños como inocencia, supieron que ese era el lugar indicado para formar una familia, construir su propia casa y vivir de leche y papa como si la tierra prometida tuviera vacas en lugar de cabras y fertilizante en lugar de abejas; solo encontraron un obstáculo, el bosque, los dominantes helechos que le impedían el crecimiento al pasto y los árboles ocupando el espacio que en sus sueños era para el ganado; así que se pusieron manos a la obra, quemaron arbustos, cortaron plantas, talaron uno a uno los arboles con una paciencia inquebrantable y sobre las cenizas construyeron un imperio de humo sin presentir que un día no muy remoto ese bosque iba a ser el único capaz de protegerlos de la ferocidad con que el rio intentaba devorarlos.

La culpa no es mía,

le dijo Pedro a su esposa, presintiendo un reproche secreto; ni mía, le respondió ella con el mismo instinto que lo seguía en todos sus planes. No, la culpa no es mía, repitió con tono desalentado mientras caía en cuenta de que eso le iba a tener que responder a su hijo cuando le preguntara por qué allí no crecían frutas ni cantaban los pájaros. Claro, si es que sobrevivían a la inclemencia de la tormenta.

on una fuerza no sosegada, el rio llegó también hasta la puerta de los hermanos Gutiérrez, la atravesó sin dar aviso y, como un ladrón omnipotente, se llevó consigo todo lo que encontró a su paso, incluso los fajos de billetes que estaban entre las botas de caucho, encima de la lampara y detrás del televisor.

inguno de los tres estaba en la casa para custodiar la fortuna que se deshizo con la velocidad de un rayo porque la tormenta los había atrapado en un lodazal mientras regresaban del pueblo en la carcacha que tenían hace años y que la tacañería nunca les había permitido llevar al taller; como siempre malhumorados y como siempre envueltos en una nube de humo que salían a la par del tuvo de escape y del calor de sus cigarrillos; humo que sin nadie notarlo había ascendido, se había condensado y en ese instante caía sobre las latas gastadas haciendo crecer con igual intensidad el volumen del rio y la ofuscación de los hermanos.

a culpa no es mía, dijo el menor con la misma arrogancia que lanzaba las colillas encendidas al suelo ¿Entonces de quién?, preguntaron los otros dos como si se hubieran puesto de acuerdo para avivar su ira.

Los gritos incrementaron, uno se quejaba, el otro bufaba y el otro los increpaba, ignorando la insistencia con que la lluvia golpeaba la montaña, sin darse tregua y sin percatarse de la impotencia con que la tierra buscó de donde aferrarse. Gritaron y gritaron hasta que una avalancha se deslizó sobre ellos, provocando un estruendo que los dejó callados.

Al encuentro del rio llegó la montaña, regalándole una orilla, instalando de nuevo una frontera entre la corriente y lo seco, entre la destrucción y el futuro.

La tormenta duró unas horas más hasta que se agotó y cesó, entonces el sol hizo retroceder cobardemente al rio como retrocede un niño después de una pataleta y dejó al descubierto los restos de lo que habían sido hogares, fortunas y sueños.

o hubo lamentos, ni llanto, hubo silencio, un silencio profundo que trajo consigo la calma y de esa calma brotó la posibilidad y el deseo de reconstrucción.

Por dónde empezar?, pensó Misia Sofía, mientras levantaba del suelo un pedazo de cerámica, que más tarde iba a convertir en un mosaico para su cocina; desconsolada, miró los escombros como se mira una extensión infinita, todavía sin saber que, con la destreza de sus manos, las cascaras se iban a convertir en abono, las botellas en embudos y el cartón en portadas para los libros de la escuela.

e la mano de Pedro, bajó su esposa del árbol; ambos se miraron con los ojos acristalados por el llanto, pero no se dijeron nada.

lla se acarició el vientre, como limpiando un fruto maduro para darle brillo y él se arrodilló y besó la tierra como sembrando en ella un bosque bajo cuya sombra iba a robustecer el ganado y a correr descalzo su hijo. No iba a ser fácil ni rápido, pero la naturaleza, cuando se le permite, siempre encuentra el vigor para reponerse.

hogado, pidió ayuda el mayor de los Gutiérrez y después el segundo y el tercero, sincronizando sus gritos como lo hacían cuando eran niños y como lo iban a hacer, después de ser rescatados, al descubrir que el aire limpio entre los pulmones era una riqueza que no querían volver a desaprovechar.

a vida iba a hallar de nuevo su cauce, los muros se iba a volver a levantar, erguidos como troncos, y los helechos iban a volver a crecer sin que nadie se los impidiera.

a culpa no había sido de nadie, pero la solución empezó a aparecer, por primera vez, como responsabilidad de todos.

Fin