El Romance
Romances Medievales
El Romance tradicional es una de las manifestaciones más importantes de la poesía popular hispánica.
La renovación
La conservación
El Romance, como parte de la poesía popular, está sometido a dos fuerzas:
a conservación permite que un texto perdure en la memoria colectiva durante años (o siglos), pasando de boca en boca fundamentalmente siendo el mismo, incluso con versos que se repiten textualmente de generación en generación. Hay un impulso der ser humano a repetir lo heredado tal y como lo aprendió y defiende su texto como un patrimonio precioso.
Al mismo tiempo existe un deseo (consciente o no) de renovar y mejorar lo que se posee, y esto da lugar a las variaciones que van remodelando los textos y cambiándolos poco o mucho.
Romance de Delgadina
Padre, si es usted mi padre,
por Dios deme un vaso de agua
que el alma tengo en un hilo,
y la vida se me acaba.
Yo bien te la diera hija,
pero has de cumplir palabra.
Yo se la cumpliré, padre,
aunque sea de mala gana.
Alto, alto, mis criados,
a Delgadina dadle agua
Unos van con jarros de oro,
otros con jarros de plata.
Más por mucho que corrieron,
Delgadina muerta estaba
A los pies de Delgadina,
una fuente que manaba.
El primero que llegase,
la vida tiene ganada
el último que llegase,
la vida tiene jurada.
La cama de Delgadina
de ángeles está rodeada
y la cama de su padre,
de sierpes y cosas mala.
Madre, si es usted mi madre,
por Dios deme un jarro de agua
que el alma tengo en un hilo
y la vida se me acaba.
Vete de ahí, hija de perro;
vete de ahí perra malvada,
que va para cuatro años
que me tienes mal casada.
Delgadina con gran sede
se asomó a otra más alta,
y viera allí a sus hermanas
lavando paños de Holanda.
Por Dios os lo pido, hermanas,
que me deis un jarro de agua,
que el alma tengo en un hilo
y la vida se me acaba.
Yo bien te lo diera, hermana,
y todas las que aquí lavan,
pero si padre lo sabe,
la cabeza nos cortara.
Delgaidina con gran sede,
asomose a otra más alta,
y abajo viera a su padre
con gran jueguito de barra.
Tres hijas tenía el rey,
todas tres como la plata,
y la más pequeña de ellas,
Delgadina se llamaba.
Un día al ir para misa,
su padre la reparaba:
Delgadina, Delgadina,
tú has de ser mi enamorada.
No lo quiera el Rey del cielo
ni la Virgen soberana.
Ser yo mujer de mi padre,
de mis hermanos madrastra!
La agarra por los cabellos
y a una torre la arrastrara;
no la daba de comer,
más que pez y agua salada.
Delgadina con gran sede
se asomara a la ventana
y viera abajo a su madre
en silla de oro sentada.
orrido de Delgadina
En cuanto a la forma, el Romance es una tirada de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares. El Romance es un poema narrativo que no contiene estrofas ni estribillos. Se muestra muchas veces como una narración en tercera persona y tiene una buena dosis de diálogo. Hay algunos romances en primera persona u otros que son puramente diálogo. Una de sus características es la alternancia verbal, la enorme mezcla de distintos tiempos verbales.
En cuanto a recursos formales, tenemos: 1. La repetición. 2. La antítesis. 3. La enumeración. 4. El formulismo.
Temas del Romance
Romances Históricos
Se subdividen en Noticieros e Histórico-épicos. Los Noticieros a la vez se subdividen en Fronterizos e Históricos varios.
Romances de invención
Se subdividen en Caballerescos y Novelescos.
omance del Conde Arnaldos
omance del enamorado y la muerte
Romances renacentistas y barrocos
Romances moriscos Lope de Vega Gallardo pasea Zaide puerta y calle de su dama, que desea en gran manera ver su imagen y adorarla, porque se vido sin ella en una ausencia muy larga, que desdichas le sacaron desterrado de Granada, no por muerte de hombre alguno ni por traidor a su dama, mas por dar gusto a enemigos, si es que en el moro se hallan, porque es hidalgo en sus cosas y tanto que al mundo espantan sus larguezas, pues por ellas el moro dejó su patria; pero a Granada volvió a pesar de vil canalla, porque siendo un moro noble enemigos nunca faltan.
Alzó la cabeza y vido a su Zaida a la ventana, tan bizarra y tan hermosa que al sol quita su luz clara. Zaida se huelga de ver a quien ha entregado el alma, tan turbada y tan alegre y cuanto alegre turbada, porque su grande desdicha le dio nombre de casada, aunque no por eso piensa olvidar a quien bien ama. El moro se regocija y con dolor de su alma, por no tener más lugar, que el puesto no se le daba, por ser el moro celoso de quien es esposa Zaida, en gozo, contento y penas le envió aquestas palabras:
¡Oh más hermosa y más bella que la aurora aljofarada, mora de los ojos míos, que otra en beldad no te guala! Dime, ¿fáltate salud después que el verme te falta? Mas según la muestra hasdado amor es el que te falta. Pues mira, dïosa crüel, lo que me cuestas del alma y cuántas noches dormí debajo de tus ventanas; y mira que dos mil veces, recreándome en tus faldas, decías: El firme amor sólo entre los dos se halla.
PURO AMOR, QUE AUSENTE, Y SIN DESEO DE INDECENCIAS, PUEDE SENTIR LO QUE EL MÁS PROFANO
Sor Juana
en cuyas divinas aras,
ni sudor arde sabeo,
ni sangre se funde humana,
ni bruto se corta cuello,
pues del mismo corazón
los combatientes deseos
son holocausto poluto,
son materiales afectos,
y solamente del alma
en religiosos incendios
arde sacrificio puro
de adoración y silencio.
Yo, pues, mi adorada Filis,
que tu deidad reverencio,
que tu desdén idolatro
y que tu rigor venero:
bien así, como la simple
amante que, en tornos ciegos,
es despojo de la llama
por tocar el lucimiento
como el niño que, inocente,
aplica incauto los dedos
a la cuchilla, engañado
del resplandor del acero,
y herida la tierna mano,
aún sin conocer el yerro,
más que el dolor de la herida
siente apartarse del reo;
cual la enamorada Clicie
que, al rubio amante siguiendo,
siendo padre de las luces,
quiere eñsenarle adimientos;
Lo atrevido de un pincel,
Filis, dio a mi pluma alientos:
que tan gloriosa desgracia
más causa corrió que miedo.
Logros de errar por tu causa
fue de mi ambición el cebo;
donde es el riesgo apreciable
¿qué tanto valdrá el acierto?
Permite, pues, a mi pluma
segundo arriesgado vuelo,
pues no es el primer delito
que le disculpa el ejemplo
de ti, peregrina Filis?,
cuyo divino sujeto
se dio por merced al mundo,
se dio por ventaja al cielo;
¿Puedo yo dejar de amarte
si tan divina te advierto?
¿Hay causa sin producir?
¿Hay potencia sin objeto?
Pues siendo tú el más hermanso,
grande, soberano exceso
que ha visto en círculos tantos
el verde torno del tiempo,
¿para qué mi amor te vio?
¿Por qué mi fe te encarezco,
cuando es cada prenda tuya
firma de mi cautiverio?
Vuelve a ti misma los ojos
y hallarás, en ti y en ellos,
no sólo el amor posible,
mas preciso el rendimiento,
entre tanto que el cuidado,
en contemplarte suspenso,
que vivo asegura sólo
en fe de que por ti muero.
como a lo cóncavo el aire,
como a la materia el fuego,
como a su centro las peñas,
como a su fin los intentos;
bien como todas las cosas
naturales, que el deseo
de conservarse, las une
amante en lazos estrechos...
Pero ¿para qué es cansarse?
Como a ti, Filis, te quiero;
que en lo que mereces, éste
es solo encarecimiento. Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento;
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo.
Romances del romanticismo
El estudiante de Salamanca
José de Espronceda Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, 5
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas, 10
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas:
En que tal vez la campana 15
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río, nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Súbito rumor de espadas
cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
EL SOMBRERO
ROMANCE TERCERO
LA MAÑANA
Duque de Rivas
Descubre que una gran ola,
Que tronadora se acerca,
Entre las blancas espumas
Envuelve una cosa negra:
De ella no aparta los ojos,
la playa se estrella,
huir deja un sombrero
Cuando sobre la arena,
Y una tabla. —Rosalía
Salta de las ruinas fuera,
Corre allá, mientras las olas
Se retiran. No la aterra
Otra mayor, que se avanza
Más hinchada, más soberbia.
Ve en el madero lavado
Los restos de sangre fresca
Coge el sombrero... ¡infelice!
Lo reconoce... Las fuerzas
Le faltan, cae, y al momento
Precipitase sobre ella
La infelice Rosalía,
Toda empapada, cubierta
Con el pañolón mojado
Que, o bien la cine y aprieta,
O, agitado por el viento,
Le azota el rostro y flamea,
Volando ya desparcidas
Fuera de él las negras trenzas;
Falta de aliento, de vida,
El alma rota y deshecha,
Asida de los sillares
Se aguanta inmóvil y yerta.
Aparición de otro mundo,
Sílfida, a quien maga artera
Cortó las ligeras alas,
La juzgaran si la vieran.
Tiende, espantados, los ojos
Por el caos: nada encuentra
Que socorro o que consuelo
En tal apuro le ofrezca.
Raya en el remoto Oriente
Una luz parda y siniestra;
A mostrarse en vagas formas
Ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
Ofrece Naturaleza,
Las olas como montañas,
Movibles y verdinegras,
Se combaten, crecen, corren
Para tragarse la tierra,
Ya los abismos descubren,
Ya en las nubes se revientan,
Rómpense en las altas rocas
Alzando salobre niebla,
Y la playa arriba suben,
Y luego a su centro ruedan
Con un asordante estruendo:
Silba el huracán, espesa
Lluvia el horizonte borra,
Y lo confunde y lo mezcla.
Una salobre montaña,
Que la playa arriba entra,
Y rápida retrocede,
No dejando nada en ella.
Cual si dar, tan sólo objeto De la borrasca tremenda,
Lecho nupcial en los mares
A dos infelices fuera,
A templar su furia ronca
Los huracanes empiezan;
Bajan las olas, la lluvia
Se disminuye, y aun cesa.
Rómpese el cielo de plomo,
Y por pedazos se muestra
El azul, que ardientes rayos
De claro sol atraviesan.
Ya se aclara el horizonte;
Por el lado de la tierra
Fórmanlo azules colinas,
Que aun en parte ocultan nieblas.
Una línea verde, obscura,
Movible, lo forma y cierra
Del lado del mar, y asoma
La claridad detrás de ella.
Aunque silba duro el viento,
Aunque es la reseca recia,
Torna al mundo la esperanza
De prolongar su existencia.
En esto una triste madre Y un tierno hermanillo llegan,
Buscando a su Rosalía,
A aquella playa funesta.
Llenos de lodo, empapados,
Muertos de cansancio y pena,
Tienden enreedor los ojos,
Y nada ¡oh martirio! encuentran.
Al retroceder las aguas,
Unas femeniles huellas
De pie breve reconocen
Estampadas en la arena
«¡Rosalía! ¡Rosalía!...»
Gritan, y no oyen respuesta.
Van a la arruinada torre,
Y hállanse sobre una piedra
Un envoltorio deshecho
Entre fango, espuma y tierra,
Y un pañuelo rojo y jalde
Que le sirve de cubierta.
Romances contemporáneos
Romance de la luna luna Federico García Lorca
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.
Juan Ramón Jiménez
Yo no volveré
Yo no volveré. Y la noche
tibia, serena y callada,
dormirá el mundo, a los rayos
de su luna solitaria.
Mi cuerpo no estará allí,
y por la abierta ventana
entrará una brisa fresca,
preguntando por mi alma.
No sé si habrá quien me aguarde
de mi doble ausencia larga,
o quien bese mi recuerdo,
entre caricias y lágrimas.
Pero habrá estrellas y flores
y suspiros y esperanzas,
y amor en las avenidas,
a la sombra de las ramas.
Y sonará ese piano
como en esta noche plácida,
y no tendrá quien lo escuche
pensativo, en mi ventana.
Romance del Duero
Gerardo Diego
Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,
sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.
Corrido de la leva
El viento mueve la caña
y la leva nos movió
del campo de verde claro
donde el ensueño creció.
-- Anciano de blanco sino,
¿en dónde tu hijo quedó?...
-- Se fue por esos caminos,
la leva se lo llevó.
-- Amigo, mi amigo franco,
que a su amigo abandonó.
La leva se lo ha llevado,
no puedo quedarme yo.
Jacal que arrina su paja
su puerta se desgajó...
Labriego que va sin surco,
la leva los separó.
Se llevaron a Zapata.
La leva se lo llevó.
No pierdan la fe, muchachos,
¡Viva la Revolución!
Anenecuilco no cede.
-- Nunca este pueblo cedió.
Cada hueco que dejaron
con otro hombre se llenó.
Los hacendados dijeron:
-- Zapata es agitador,
y por eso lo mandamos
al noveno batallón.
Puestos de acuerdo los ricos,
--la codicia los reunió --
la leva arrojó a Zapata
al noveno batallón.
Dolor, dolor de la leva,
en marcha la rebelión
cada fusil en la leva
es en pie una maldición.
-- No llore usted comadrita.
No llore usted por favor,
que han de retornar sus hijos
a mitigar su dolor.
-- Hermana, mi hermana dulce,
a tu hermano lo llevó
el polvo del remolino
que la leva levantó.
Fin
EL ROMANCE
Roxana Adriana Elvridge Thomas Santillán
Created on January 28, 2024
Descripción de qué es el Romance, sus características y algunos ejemplos.
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El Romance
Romances Medievales
El Romance tradicional es una de las manifestaciones más importantes de la poesía popular hispánica.
La renovación
La conservación
El Romance, como parte de la poesía popular, está sometido a dos fuerzas:
a conservación permite que un texto perdure en la memoria colectiva durante años (o siglos), pasando de boca en boca fundamentalmente siendo el mismo, incluso con versos que se repiten textualmente de generación en generación. Hay un impulso der ser humano a repetir lo heredado tal y como lo aprendió y defiende su texto como un patrimonio precioso.
Al mismo tiempo existe un deseo (consciente o no) de renovar y mejorar lo que se posee, y esto da lugar a las variaciones que van remodelando los textos y cambiándolos poco o mucho.
Romance de Delgadina
Padre, si es usted mi padre, por Dios deme un vaso de agua que el alma tengo en un hilo, y la vida se me acaba. Yo bien te la diera hija, pero has de cumplir palabra. Yo se la cumpliré, padre, aunque sea de mala gana. Alto, alto, mis criados, a Delgadina dadle agua Unos van con jarros de oro, otros con jarros de plata. Más por mucho que corrieron, Delgadina muerta estaba A los pies de Delgadina, una fuente que manaba. El primero que llegase, la vida tiene ganada el último que llegase, la vida tiene jurada. La cama de Delgadina de ángeles está rodeada y la cama de su padre, de sierpes y cosas mala.
Madre, si es usted mi madre, por Dios deme un jarro de agua que el alma tengo en un hilo y la vida se me acaba. Vete de ahí, hija de perro; vete de ahí perra malvada, que va para cuatro años que me tienes mal casada. Delgadina con gran sede se asomó a otra más alta, y viera allí a sus hermanas lavando paños de Holanda. Por Dios os lo pido, hermanas, que me deis un jarro de agua, que el alma tengo en un hilo y la vida se me acaba. Yo bien te lo diera, hermana, y todas las que aquí lavan, pero si padre lo sabe, la cabeza nos cortara. Delgaidina con gran sede, asomose a otra más alta, y abajo viera a su padre con gran jueguito de barra.
Tres hijas tenía el rey, todas tres como la plata, y la más pequeña de ellas, Delgadina se llamaba. Un día al ir para misa, su padre la reparaba: Delgadina, Delgadina, tú has de ser mi enamorada. No lo quiera el Rey del cielo ni la Virgen soberana. Ser yo mujer de mi padre, de mis hermanos madrastra! La agarra por los cabellos y a una torre la arrastrara; no la daba de comer, más que pez y agua salada. Delgadina con gran sede se asomara a la ventana y viera abajo a su madre en silla de oro sentada.
orrido de Delgadina
En cuanto a la forma, el Romance es una tirada de versos octosílabos con rima asonante en los versos pares. El Romance es un poema narrativo que no contiene estrofas ni estribillos. Se muestra muchas veces como una narración en tercera persona y tiene una buena dosis de diálogo. Hay algunos romances en primera persona u otros que son puramente diálogo. Una de sus características es la alternancia verbal, la enorme mezcla de distintos tiempos verbales.
En cuanto a recursos formales, tenemos: 1. La repetición. 2. La antítesis. 3. La enumeración. 4. El formulismo.
Temas del Romance
Romances Históricos
Se subdividen en Noticieros e Histórico-épicos. Los Noticieros a la vez se subdividen en Fronterizos e Históricos varios.
Romances de invención
Se subdividen en Caballerescos y Novelescos.
omance del Conde Arnaldos
omance del enamorado y la muerte
Romances renacentistas y barrocos
Romances moriscos Lope de Vega Gallardo pasea Zaide puerta y calle de su dama, que desea en gran manera ver su imagen y adorarla, porque se vido sin ella en una ausencia muy larga, que desdichas le sacaron desterrado de Granada, no por muerte de hombre alguno ni por traidor a su dama, mas por dar gusto a enemigos, si es que en el moro se hallan, porque es hidalgo en sus cosas y tanto que al mundo espantan sus larguezas, pues por ellas el moro dejó su patria; pero a Granada volvió a pesar de vil canalla, porque siendo un moro noble enemigos nunca faltan.
Alzó la cabeza y vido a su Zaida a la ventana, tan bizarra y tan hermosa que al sol quita su luz clara. Zaida se huelga de ver a quien ha entregado el alma, tan turbada y tan alegre y cuanto alegre turbada, porque su grande desdicha le dio nombre de casada, aunque no por eso piensa olvidar a quien bien ama. El moro se regocija y con dolor de su alma, por no tener más lugar, que el puesto no se le daba, por ser el moro celoso de quien es esposa Zaida, en gozo, contento y penas le envió aquestas palabras:
¡Oh más hermosa y más bella que la aurora aljofarada, mora de los ojos míos, que otra en beldad no te guala! Dime, ¿fáltate salud después que el verme te falta? Mas según la muestra hasdado amor es el que te falta. Pues mira, dïosa crüel, lo que me cuestas del alma y cuántas noches dormí debajo de tus ventanas; y mira que dos mil veces, recreándome en tus faldas, decías: El firme amor sólo entre los dos se halla.
PURO AMOR, QUE AUSENTE, Y SIN DESEO DE INDECENCIAS, PUEDE SENTIR LO QUE EL MÁS PROFANO
Sor Juana
en cuyas divinas aras, ni sudor arde sabeo, ni sangre se funde humana, ni bruto se corta cuello, pues del mismo corazón los combatientes deseos son holocausto poluto, son materiales afectos, y solamente del alma en religiosos incendios arde sacrificio puro de adoración y silencio. Yo, pues, mi adorada Filis, que tu deidad reverencio, que tu desdén idolatro y que tu rigor venero:
bien así, como la simple amante que, en tornos ciegos, es despojo de la llama por tocar el lucimiento como el niño que, inocente, aplica incauto los dedos a la cuchilla, engañado del resplandor del acero, y herida la tierna mano, aún sin conocer el yerro, más que el dolor de la herida siente apartarse del reo; cual la enamorada Clicie que, al rubio amante siguiendo, siendo padre de las luces, quiere eñsenarle adimientos;
Lo atrevido de un pincel, Filis, dio a mi pluma alientos: que tan gloriosa desgracia más causa corrió que miedo. Logros de errar por tu causa fue de mi ambición el cebo; donde es el riesgo apreciable ¿qué tanto valdrá el acierto? Permite, pues, a mi pluma segundo arriesgado vuelo, pues no es el primer delito que le disculpa el ejemplo de ti, peregrina Filis?, cuyo divino sujeto se dio por merced al mundo, se dio por ventaja al cielo;
¿Puedo yo dejar de amarte si tan divina te advierto? ¿Hay causa sin producir? ¿Hay potencia sin objeto? Pues siendo tú el más hermanso, grande, soberano exceso que ha visto en círculos tantos el verde torno del tiempo, ¿para qué mi amor te vio? ¿Por qué mi fe te encarezco, cuando es cada prenda tuya firma de mi cautiverio? Vuelve a ti misma los ojos y hallarás, en ti y en ellos, no sólo el amor posible, mas preciso el rendimiento, entre tanto que el cuidado, en contemplarte suspenso, que vivo asegura sólo en fe de que por ti muero.
como a lo cóncavo el aire, como a la materia el fuego, como a su centro las peñas, como a su fin los intentos; bien como todas las cosas naturales, que el deseo de conservarse, las une amante en lazos estrechos... Pero ¿para qué es cansarse? Como a ti, Filis, te quiero; que en lo que mereces, éste es solo encarecimiento. Ser mujer, ni estar ausente, no es de amarte impedimento; pues sabes tú que las almas distancia ignoran y sexo.
Romances del romanticismo
El estudiante de Salamanca
José de Espronceda Era más de media noche, antiguas historias cuentan, cuando en sueño y en silencio lóbrego envuelta la tierra, los vivos muertos parecen, 5 los muertos la tumba dejan. Era la hora en que acaso temerosas voces suenan informes, en que se escuchan tácitas pisadas huecas, 10 y pavorosas fantasmas entre las densas tinieblas vagan, y aúllan los perros amedrentados al verlas: En que tal vez la campana 15 de alguna arruinada iglesia da misteriosos sonidos de maldición y anatema, que los sábados convoca a las brujas a su fiesta.
Todo en fin a media noche reposaba, y tumba era de sus dormidos vivientes la antigua ciudad que riega el Tormes, fecundo río, nombrado de los poetas, la famosa Salamanca, insigne en armas y letras, patria de ilustres varones, noble archivo de las ciencias.
El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella, silbaba lúgubre el viento, y allá en el aire, cual negras fantasmas, se dibujaban las torres de las iglesias, y del gótico castillo las altísimas almenas, donde canta o reza acaso temeroso el centinela.
Súbito rumor de espadas cruje y un ¡ay! se escuchó; un ay moribundo, un ay que penetra el corazón, que hasta los tuétanos hiela y da al que lo oyó temblor. Un ¡ay! de alguno que al mundo pronuncia el último adiós.
EL SOMBRERO ROMANCE TERCERO LA MAÑANA
Duque de Rivas
Descubre que una gran ola, Que tronadora se acerca, Entre las blancas espumas Envuelve una cosa negra: De ella no aparta los ojos, la playa se estrella, huir deja un sombrero Cuando sobre la arena, Y una tabla. —Rosalía Salta de las ruinas fuera, Corre allá, mientras las olas Se retiran. No la aterra Otra mayor, que se avanza Más hinchada, más soberbia. Ve en el madero lavado Los restos de sangre fresca Coge el sombrero... ¡infelice! Lo reconoce... Las fuerzas Le faltan, cae, y al momento Precipitase sobre ella
La infelice Rosalía, Toda empapada, cubierta Con el pañolón mojado Que, o bien la cine y aprieta, O, agitado por el viento, Le azota el rostro y flamea, Volando ya desparcidas Fuera de él las negras trenzas; Falta de aliento, de vida, El alma rota y deshecha, Asida de los sillares Se aguanta inmóvil y yerta. Aparición de otro mundo, Sílfida, a quien maga artera Cortó las ligeras alas, La juzgaran si la vieran. Tiende, espantados, los ojos Por el caos: nada encuentra Que socorro o que consuelo En tal apuro le ofrezca.
Raya en el remoto Oriente Una luz parda y siniestra; A mostrarse en vagas formas Ya los objetos empiezan. Espectáculo espantoso Ofrece Naturaleza, Las olas como montañas, Movibles y verdinegras, Se combaten, crecen, corren Para tragarse la tierra, Ya los abismos descubren, Ya en las nubes se revientan, Rómpense en las altas rocas Alzando salobre niebla, Y la playa arriba suben, Y luego a su centro ruedan Con un asordante estruendo: Silba el huracán, espesa Lluvia el horizonte borra, Y lo confunde y lo mezcla.
Una salobre montaña, Que la playa arriba entra, Y rápida retrocede, No dejando nada en ella. Cual si dar, tan sólo objeto De la borrasca tremenda, Lecho nupcial en los mares A dos infelices fuera, A templar su furia ronca Los huracanes empiezan; Bajan las olas, la lluvia Se disminuye, y aun cesa. Rómpese el cielo de plomo, Y por pedazos se muestra El azul, que ardientes rayos De claro sol atraviesan. Ya se aclara el horizonte; Por el lado de la tierra Fórmanlo azules colinas, Que aun en parte ocultan nieblas.
Una línea verde, obscura, Movible, lo forma y cierra Del lado del mar, y asoma La claridad detrás de ella. Aunque silba duro el viento, Aunque es la reseca recia, Torna al mundo la esperanza De prolongar su existencia. En esto una triste madre Y un tierno hermanillo llegan, Buscando a su Rosalía, A aquella playa funesta. Llenos de lodo, empapados, Muertos de cansancio y pena, Tienden enreedor los ojos, Y nada ¡oh martirio! encuentran. Al retroceder las aguas, Unas femeniles huellas De pie breve reconocen Estampadas en la arena
«¡Rosalía! ¡Rosalía!...» Gritan, y no oyen respuesta. Van a la arruinada torre, Y hállanse sobre una piedra
Un envoltorio deshecho Entre fango, espuma y tierra, Y un pañuelo rojo y jalde Que le sirve de cubierta.
Romances contemporáneos
Romance de la luna luna Federico García Lorca
Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados. Cómo canta la zumaya, ¡ay cómo canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano. Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. El aire la está velando.
La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados. Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado. El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño, tiene los ojos cerrados.
Juan Ramón Jiménez
Yo no volveré
Yo no volveré. Y la noche tibia, serena y callada, dormirá el mundo, a los rayos de su luna solitaria. Mi cuerpo no estará allí, y por la abierta ventana entrará una brisa fresca, preguntando por mi alma. No sé si habrá quien me aguarde de mi doble ausencia larga,
o quien bese mi recuerdo, entre caricias y lágrimas. Pero habrá estrellas y flores y suspiros y esperanzas, y amor en las avenidas, a la sombra de las ramas. Y sonará ese piano como en esta noche plácida, y no tendrá quien lo escuche pensativo, en mi ventana.
Romance del Duero
Gerardo Diego
Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua. Indiferente o cobarde la ciudad vuelve la espalda. No quiere ver en tu espejo su muralla desdentada. Tú, viejo Duero, sonríes entre tus barbas de plata,
Río Duero, río Duero, nadie a estar contigo baja, ya nadie quiere atender tu eterna estrofa olvidada, sino los enamorados que preguntan por sus almas y siembran en tus espumas palabras de amor, palabras.
moliendo con tus romances las cosechas mal logradas. Y entre los santos de piedra y los álamos de magia pasas llevando en tus ondas palabras de amor, palabras. Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha, cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua.
Corrido de la leva
El viento mueve la caña y la leva nos movió del campo de verde claro donde el ensueño creció. -- Anciano de blanco sino, ¿en dónde tu hijo quedó?... -- Se fue por esos caminos, la leva se lo llevó. -- Amigo, mi amigo franco, que a su amigo abandonó. La leva se lo ha llevado, no puedo quedarme yo. Jacal que arrina su paja su puerta se desgajó... Labriego que va sin surco, la leva los separó.
Se llevaron a Zapata. La leva se lo llevó. No pierdan la fe, muchachos, ¡Viva la Revolución! Anenecuilco no cede. -- Nunca este pueblo cedió. Cada hueco que dejaron con otro hombre se llenó. Los hacendados dijeron: -- Zapata es agitador, y por eso lo mandamos al noveno batallón.
Puestos de acuerdo los ricos, --la codicia los reunió -- la leva arrojó a Zapata al noveno batallón. Dolor, dolor de la leva, en marcha la rebelión cada fusil en la leva es en pie una maldición. -- No llore usted comadrita. No llore usted por favor, que han de retornar sus hijos a mitigar su dolor. -- Hermana, mi hermana dulce, a tu hermano lo llevó el polvo del remolino que la leva levantó.
Fin