Want to create interactive content? It’s easy in Genially!

Get started free

VIDA COTIDIANA EN LOS VIRREINATOS SIGLO XVII

Roxana Adriana Elvridge Thomas Santillán

Created on August 14, 2023

Una pequeña visió de algunos aspectos de la vida cotidiana en los virreinatos en el siglo XVII

Start designing with a free template

Discover more than 1500 professional designs like these:

Higher Education Presentation

Psychedelic Presentation

Vaporwave presentation

Geniaflix Presentation

Vintage Mosaic Presentation

Modern Zen Presentation

Newspaper Presentation

Transcript

Vida Cotidiana en el siglo XVII

El siglo XVII se caracterizó por vivir la mayor parte de su existencia en el espacio público, y una de las mayores manifestaciones de las relaciones sociales en ese espacio público fueron las fiestas.

La fiesta representaba un doble aspecto, ya que por una parte era un rompimiento con la cotidianeidad, pero además era un medio de control por parte de las autoridades y la manera idónea de mantener las jerarquías, ya que era en la representación de las festividades donde se perpetuaban las clases sociales y el poder. Así las cosas, las fiestas eran el mejor medio para controlar a las masas y, al mismo tiempo, mantener feliz al pueblo, estableciendo armonía en una sociedad profundamente desigual.

Para la celebración de las fiestas, que estaban cargadas de un alto valor simbólico, las calles y las plazas de las ciudades se revestían de este valor y eran escenarios de representaciones, procesiones, bailes, corridas de toros y otros festejos que conmemoraban ese tiempo fuera del tiempo que constituía la fiesta.

El calendario ritual.

Eran precisamente las autoridades las encargadas de la organización de las celebraciones tanto civiles como religiosas que se llevaron a cabo durante todo este periodo. Las fiestas religiosas ponían especial énfasis en la conmemoración de la vida de Jesús y la virgen María, como la Navidad o la Pasión, pero sin duda alguna, la fiesta religiosa que más importancia revestía era la de Corpus Christi, en la que se conmemoraba la presencia del cuerpo de Cristo en la hostia. La celebración contaba con una fastuosa procesión, que abrían doce hombres a caballo, quienes representaban a la autoridad, seguidos por una mascarada de gigantes y por la infaltable “tarasca”, un dragón que simbolizaba el pecado que sería derrotado por Jesús.

Siguiendo a la “tarasca”, seguían más hombres a caballo tocando música y después, toda la sociedad novohispana representada en riguroso orden jerárquico: los gremios y cofradías de acuerdo a su importancia en la comunidad, llevando sus pendones ricamente adornados; las distintas órdenes religiosas de acuerdo a su llegada a la Nueva España con sus santos fundadores en andas y ricamente adornados; los miembros de la Catedral, incluida la “capilla” con sus instrumentos musicales y niños cantores y después la estrella de la procesión: la enorme custodia de plata y oro, adornada de piedras preciosas que contenía la hostia, que venía en andas bajo un lujoso palio. Tras ella y cerrando la procesión, venían los miembros del Cabildo, los oidores, los jueces, los miembros del tribunal de la Inquisición, del Ayuntamiento, de la Universidad, el arzobispo y el virrey. Como se puede observar, era una verdadera puesta en escena de la estratificación social en todo su esplendor.

Tras la procesión, venían una serie de eventos que incluían representaciones teatrales, bailes y música. Todo lo anterior se repetía en los días siguientes, incluso ocho días después, en la llamada “infraoctava de Corpus”, sin perder un ápice de esplendor. La ciudad se vestía de fiesta, con grandes telas que adornaban las casas y alfombras de flores en las calles.

En contraste con el derroche de alegría de la fiesta de Corpus Christi, la Semana Santa era una fiesta de recogimiento y dolor. Entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, las ciudades novohispanas eran escenarios de múltiples procesiones donde se podían observar figuras de cristos sangrantes o de vírgenes sufrientes llevadas en andas. Los miembros de las distintas cofradías acompañaban estas imágenes cubiertos con capuchas y algunos de ellos se flagelaban las espaldas en señal de duelo y arrepentimiento. Por otra parte, se ofrecían representaciones de escenas de la Pasión de Cristo en diversas plazas y calles.

Otras fiestas religiosas fueron las de los santos patronos de regiones, iglesias o gremios, celebradas en la fecha correspondiente a su festividad con la profusión de elementos que les permitiera la economía a los organizadores, pero siempre se podía contar entre los festejos con representaciones teatrales, danza y música y cerrar la fiesta con corrida de toros.

Distintos festejos de ámbito religioso eran, por ejemplo en la Nueva España, los traslados de la virgen de los Remedios a la ciudad para pedir lluvias o el de la virgen de Guadalupe, para pedir que éstas cesen. Los primeros más frecuentes en el siglo XVII que los segundos, siendo muy festivos, incluyendo procesiones y gran recibimiento con música y danzas tradicionales indígenas.Posteriormente, la imagen visitaba varios templos recibiendo cuantiosos regalos hasta llegar a la Catedral, para estar ahí nueve días, en los que se le ofrecías misas y ruegos, para después despedirla con iguales festejos que los de la bienvenida. Este modelo era retomado para otros traslados y recibimientos de imágenes santas.

Un festejo religioso que congregaba multitudes era el Auto de Fe de la Santa Inquisición. En su entorno se creaba una auténtica romería de vendedores ambulantes que se apelotonaban alrededor de la gran tarima donde se levantaba, en la Plaza de Santo Domingo, el gran teatro de la fe.

Se reunían para presenciarlo las autoridades civiles y eclesiásticas y toda la comunidad, ante quienes desfilaban los reos descalzos y revestidos con las insignias de sus pecados.

A este desfile seguía la lectura de cargos, la retractación solemne, la reconciliación y arrepentimiento y finalmente la lectura de sentencias seguida de la “relajación al brazo secular” para que las aplicara.

Todo ello en medio de la algazara popular.

Las fiestas civiles también eran parte importante de la vida virreinal. Fiestas importantísimas eran los recibimientos y despedidas de los virreyes, que se llevaban meses desde la llegada de éstos al puerto hasta el arribo a la ciudad , pasando por varios puntos cruciales donde eran homenajeados. Son famosos los arcos triunfales que se les dedicaban a su entrada a las ciudades y la serie de festejos que su presencia desencadenaba en la población.

Otros festejos civiles se llevaban a cabo como los concernientes a los colegios o a la universidad o a fechas y ceremonias relativas a la familia virreinal o a la familia real como bautismos, bodas, nacimientos, cumpleaños, etcétera. Toda fiesta, de la índole que fuera, abarcaba, además de procesiones, gran cantidad de espectáculos en la calle, como teatro, danzas indígenas y españolas, mascaradas, certámenes poéticos y corridas de toros, entre otros muchos eventos que envolvían al novohispano en un ambiente festivo que atacaba todos sus sentidos.

Los gremios, el comercio y las fiestas.

Los gremios tenían un papel preponderante en la vida virreinal, ya que nadie podía producir o mercantilizar ningún artículo de lujo y aún algunos de primera necesidad si no pertenecía a un gremio. Tampoco podía prestar ningún servicio si no estaba agremiado. Los gremios eran, pues, la forma de organización básica del trabajo en la sociedad novohispana y, como todo en ella, estaban estrictamente estratificados y codificados. Había artesanos que debían esperar cerca de veinte años para ser admitidos en una de estas agrupaciones.

La gran mayoría de los artesanos poseían un taller donde empleaban oficiales, aprendices y esclavos que realizaban junto con ellos distintos niveles del trabajo. Los oficiales eran trabajadores asalariados que conocían el oficio. Los aprendices y esclavos vivían en casa del maestro, quien se hacía cargo de su aprendizaje en varios ámbitos: el técnico (del oficio), el religioso y el social.

El gremio estaba adscrito a una cofradía, encomendada a algún santo patrono, que constituía una sociedad en beneficio de sus miembros, ya que gracias a las cuotas obtenidas de ellos, se les ofrecía a cambio indulgencias que les prometían el cielo, además de llevar a cabo obras de caridad como ayudar a los enfermos, viudas y huérfanos de miembros de la cofradía, así como hacerse cargo de los gastos funerarios de sus integrantes menos afortunados. Una de sus funciones primordiales era la organización de los festejos de su santo patrono y la presencia de la cofradía en los principales eventos religiosos y civiles de la ciudad.

Tradiciones: música y baile.

La música jugó un papel muy importante en la Nueva España, tanto como arma para catequizar y acercar a los indígenas a la iglesia, como por sí misma, en su sentido puramente estético y gozoso, en sus aspectos culto y popular. En su sentido más culto, tenemos a los teóricos y compositores que se encuentran en la búsqueda de la armonía universal a la manera neoplatónica, que iniciaron los griegos y continuaron con ahínco las Academias italianas renacentistas. Estos pensadores musicales se encuentran en la línea especulativa y estaban dedicados a tratados sobre la naturaleza de la música, reflexiones en torno a la función de la música dentro de las ciencias humanas, disgresiones estéticas y meditaciones metafísicas relativas a la armonía musical del universo. Como fruto de esas cavilaciones nació la Teoría de los Afectos, que asocia la ejecución de ciertas notas o piezas musicales al resultado de algunos movimientos del alma humana o el sentir de ciertos afectos por parte del escucha. Una de las principales influencias de estos pensadores es el jesuita Athanasius Kircher, quien recomienda fomentar la armonía para mantener el equilibrio del alma y el cuerpo.

Sor Juana, gran conocedora y apasionada de la música, se sabe que escribió un tratado musical titulado El caracol, hoy perdido, donde es posible que especulara sobre la armonía de la música y la teoría de los afectos a la manera de Kircher y otros muchos pensadores musicales de la época que se vieron fascinados por las repercusiones musicales en el alma del ser humano.

Un dato curioso que acerca al convento de San Jerónimo a la música es que este convento se fundó en la casa que anteriormente perteneció al músico y vihuelista Alonso Ortiz, uno de los primeros maestros de música de la Nueva España, quien se había unido a la expedición de Hernán Cortés en Trinidad, Cuba y después estableció, justo en esta casa su academia de música y baile. A su muerte la casa se vendió y pasó a ser el convento de San Jerónimo.

Otra de las grandes manifestaciones musicales de la Nueva España es la producción eclesiástica. En este sentido, el viajero inglés Tomas Gage (1603-1653) en su obra The English-American: his travels by sea and land (Londres, 1648), incluye un relato de su visita a la ciudad de México en 1625 y dice sobre la música: “es tan exquisita en ella, que me atrevo a afirmar que las personas acuden a las iglesias más por el deleite de la música que por el gusto de servir a Dios”.

Y en este sentido, la Nueva España, y en particular ciudades como México, Puebla y Oaxaca contaron con maestros de capilla de inigualable calidad que compusieron obras propias de gran calidad e interpretaron asimismo obras de otros compositores con sus capillas musicales con un alto grado de perfección.

Uno de los géneros que más impulso tuvo fue el de los villancicos, muy gustado por el público al ser éstos cantados en castellano y en algunas ocasiones hasta en lenguas indígenas o con imitación de las formas de hablar de los negros o los vizcaínos, por citar algunos y al ser fruto del trabajo conjunto entre un poeta y un compositor. El villancico no sólo fue producto de la necesidad evangelizadora de los siglos XVI y XVII, sino de una tradición de poesía lírica nacida desde la Edad Media con las jarchas mozárabes y las cantigas de amigo gallego-portuguesas y castellanas. Esto es, es un género altamente popular que combina en sí mismo poesía y música a partes iguales.

Por último, se debe resaltar el papel de la música popular, encarnada en danzas como la zarabanda y la chacona. Tiene gran relevancia el hecho de que estas dos danzas que tuvieron tanta relevancia en la época por provocativas, censuradas y gustadas fueron originarias de la Nueva España y se cree que tuvieron influencias de la música y el baile de los negros. De hecho, mucha de la música popular novohispana fue una mezcla de ritmos e instrumentos europeos, indígenas y negros que dio un resultado alegre, despreocupado y altamente innovador.

Comida y bebida

La comida novohispana daba cuenta del mestizaje cultural llevado a cabo durante los siglos del virreinato, donde los diversos grupos étnicos conservaban algunos alimentos como fuerte base tradicional de su alimentación, pero paulatinamente se dejaban influenciar por los otros hasta lograr una cocina mestiza.

La dieta ancestral indígena, sustentada en maíz, frijol, chile y calabaza, complementada con los productos vegetales y animales que cada región aportaba, perduraba, pero se hallaba enriquecida con algunos de los productos aportados por los españoles, principalmente la carne y los productos de ciertas especies animales y algunas frutas y verduras.

Para los españoles, en cambio, la base alimenticia estaba fundamentada en el aceite, el vino y la carne de res, cerdo y gallina, complementada con algunas legumbres, hortalizas, frutas y especies marinas. Todo ello condimentado con abundante azúcar, canela, clavo y azafrán.

Los criollos tuvieron esta herencia culinaria, pero a ella agregaron los frijoles, el maíz, el jitomate, el chile y algo muy importante de los que hablaremos más adelante: el cacao.

Los negros, por su parte, también aportaron sabores que les recordaban su patria y eran importados de las islas caribeñas. De todas estas provisiones se abastecía la población en los diversos mercados de la ciudad, en especial el Parián, en la plaza Mayor, y en las plazas de el Volador y la de Jesús, pero también algunos artículos eran vendidos directamente en “pulperías” y otros más eran llevados a las casas por indias “mecateras” o podían ser comprados frescos directamente de las chinampas que los introducían a la ciudad.

Tal vez la mayor aportación culinaria se realizó en los conventos, donde frailes y monjas combinaban productos y sabores para crear guisos y dulces novedosos, seductores al paladar y a los otros sentidos, que transmutaban a quien los probaba y se adentraban en un nuevo arte culinario.

En cuanto a las bebidas, el pulque continuó siendo la más popular entre indígenas y mestizos, llegando a ser tan alta su demanda que se creó un impuesto especial para esta bebida, adscrito a lo que se llamó “el asiento del pulque”. La Real Hacienda no lo cobraba directamente, sino que lo arrendaba al mejor postor después de una subasta pública, lo cual era un gran negocio para quien la obtenía y parte del capital que se obtenía de este impuesto se utilizaba para la manutención de la armada de Barlovento, encargada de proteger la navegación del Caribe de los ataques piratas.

" Lorem ipsum dolor sit amet, consectetuer adipiscing elit, sed diam nonummy nibh euismod tincidunt ut laoreet dolore magna aliquam erat volutpat "

Nombre Autor/a

La bebida que verdaderamente causaba euforia en toda la población era el chocolate. A tal grado que estudiosos se dieron a la tarea de encontrarle propiedades salutíferas y teólogos a excusarlo de las prohibiciones en los días de guardar para poder seguir saboreando de su deliciosa sensación en todo el cuerpo. Se llevaron a cabo, incluso, acaloradas discusiones sobre si era una tentación o un reconfortante espiritual y hubo un grave disgusto entre el obispo de San Cristóbal en Chiapas y sus feligresas porque éstas no dejaban el chocolate ni aún en misa. El chocolate era, pues, la bebida más popular y socorrida por todas las clases sociales durante el virreinato.

Vestido

Además, el vestido no solo es un elemento que cubre de las inclemencias atmosféricas, significa identidad para aquél que lo porta.

Así, los diversos estratos de la sociedad hallaban en su vestimenta la manera de mostrar al mundo su cultura, actitud ante la vida y las relaciones de poder existentes en la sociedad.

Uno de los rasgos de diferenciación entre los distintos estratos de la sociedad virreinal era el vestido. Se trataba de una sociedad ostentosa, a la que le gustaba mostrarse y ser vista.

La vestimenta indígena presentaba en los años del virreinato grandes diferencias con respecto al periodo histórico anterior, ya que se veía como inmoral la semi desnudez imperante en ese entonces. Aparecieron las camisas y calzones blancos de algodón para los hombres, acompañados por huaraches y sombreros de paja. El huipil femenino se cerró y complementó con enaguas. Muchos de estos huipiles, al estar ricamente bordados con hilos de seda y algunos también con hilos de oro y plata, adornados con lentejuelas y plumas, fueron utilizados también por algunas indias de clases altas e incluso por criollas que llegaron a llevarlos a España. Esta vestimenta se complementaba con mantos y capas de lana que en ocasiones podían estar también ricamente bordados y adornados con plumas.

El vestuario de españoles y criollos solía ser espectacular y lo era más mientras más dinero se tenía, ya que la ostentación lo era todo en la Nueva España. Las mujeres tenían camisas, jubones y corpiños para la parta alta del cuerpo; basquiñas y sayas que se abultaban con varias enaguas para cubrir la parte baja, además de finas medias y zapatos. Todas las mujeres tenían varias joyas como broches, hebillas, relicarios, cadenas, collares, pulseras y anillos, entre otras. Los varones también gustaban del lujo y se adornaban con amplias mangas, jubones y finas medias, sin olvidar las joyas. Para protegerse del clima se utilizaban capas, ferreruelos y cueras acompañados de gorras y sombreros. La confección de la indumentaria tanto femenina como masculina se hacía con ricas telas como tafetanes, terciopelos, damascos, sedas, paños y rasos, además de las camisas de holanda. Todo adornado con bordados, verrugados, cintas y flecos. Las piezas de vestido llegaron a ser tan ricas que tenían piedras preciosas bordadas y se dejaban como parte de las herencias.

La población negra, por su parte, se vio forzada, debido a su situación socioeconómica, a usar ropas distintivas, con vestidos ceñidos y colores fuertes. Esto sucedió también con algunas de las otras castas fruto del mestizaje.

Educación

Desde el inicio del periodo virreinal, los conventos de los mendicantes se convirtieron en los principales centros docentes. En sus claustros funcionaban las escuelas donde se impartían las primeras letras a los niños. Así sucedió con los franciscanos de Tlatelolco, los agustinos de San Sebastián y el colegio de San Juan de Letrán, para niños mestizos huérfanos. Esto era complementado por numerosos maestros particulares que daban clases a domicilio y por las famosas escuelas “de amiga”, que daban clases tanto a niños como a niñas, atendidas en gran parte por mujeres viudas.

Lo anterior, referente a la educación básica, porque en cuanto a la educación media, los jesuitas eran quienes formaban a los jóvenes criollos con sus modernos métodos pedagógicos. Su institución más importante para este efecto era el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, donde impartían las artes liberales con un sistema de premios y estímulos que daban por resultado que sus estudiantes, al egresar del colegio a los trece o catorce años, fueran versados en latín y castellano y tuvieran profundos conocimientos humanísticos.

La universidad estaba situada frente a la plaza del Volador y en ella en un primer momento de estudiaban Artes, de donde se egresaba como “bachiller en artes”, para después elegir entre cualquiera de las cuatro facultades que ofrecía la institución: Teología, Cánones (Derecho eclesiástico), Leyes y Medicina. Todos los estudios, incluidos los universitarios, estaban muy cercanamente relacionados con la institución religiosa, por lo que las diversas instituciones educativas participaban de las distintas festividades religiosas durante el año litúrgico. Lo anterior, por su puesto se refiere a los estudiantes masculinos, ya que las mujeres tenían prohibido llevar a cabo estudios superiores.

Las niñas acudían a “la amiga” o a algún convento para subsanar su educación elemental y posteriormente, algunas privilegiadas o bien, recibían en su hogar clases privadas de labores femeniles, música, danza y en muy contados casos de latín y otras artes de preceptores privados o asistían a colegios exclusivos donde se les ofrecían clases de buenos modales, bordado y música, donde también eran acogidas otras mujeres sin la custodia de un varón, ya que en estos colegios se daba recepción a “niñas” huérfanas de uno o ambos padres pero eso sí, de “buena familia”.

Partimos, por otra parte, de una dieta no del todo adecuada en la mayoría de la población. En unos casos por falta de recursos y en otros por exceso de proteínas y grasas que por una u otra razón derivaban en propensión a enfermedades. Los médicos de profesión, esto es, aquellos que habían estudiado medicina en la Universidad, se dedicaban a la medicina especulativa, haciendo énfasis en los cuatro humores corporales, a saber: bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre. Entre ellos se debía buscar el equilibrio, y el desequilibrio de éstos traía consigo la enfermedad.

Salud y enfermedad

La salud durante este periodo pendía de un hilo debido a la precaria situación de higiene y a las constantes epidemias que asolaban a la población. Si a esto sumamos lo rudimentario de los métodos médicos tenemos consecuencias variopintas en lo referente a las creencias respecto a los métodos y fuentes que proporcionaban la salud y la enfermedad a los seres humanos.

A partir de estas especulaciones, los médicos especulativos intentaban curar los males “equilibrando” aquello que creían en desequilibrio por medio de comidas o bebidas a las que atribuían las propiedades de “sequedad”, “humedad”, “calor” o “frío”, según conviniera, con resultados algunas veces catastróficos. Otros oficiantes de la medicina, los barberos y cirujanos, de menor escala social que los médicos, curaban a los enfermos con sangrías, lavativas y ventosas, métodos dolorosos que dejaban al aquejado fatigado pero sin esperanzas de sanar.

Por estos motivos muchas personas preferían encomendarse a Dios o a los santos ante las enfermedades y entregarse a novenas y rogativas para buscar la curación de sus males. Así, varios santos y advocaciones de la virgen se hicieron famosos por sus cualidades sanadoras. Hubo quienes no se despegaban de cierta medalla, escapulario o reliquia que tenía un especial poder beneficioso.

Otros más se entregaron a las terapias alternativas, que iban desde tomar baños en las aguas del Peñón o los temascales hasta ponerse en manos de los curanderos indígenas, expertos en plantas medicinales y en quitar males como el temible “mal de ojo” o en fabricar mil y un amuletos para lograr el amor o la prosperidad. En esta casta encontramos también a las comadronas, encargadas de ayudar a traer al mundo a los nuevos retoños y de los cuidados pre y posparto de las mujeres.

Aún así, era mucha la población que anualmente moría a causa de enfermedades y más aún cuando alguna epidemia azotaba las ciudades.

Devociones

La principal devoción que se mostraba era el asistir a misa, la cual no podía faltar los domingos, pero muchos lo hacían de manera diaria como parte de su vida. También se rezaba con fervor el rosario. De hecho, una de las obligaciones de una señora era “llevar” el rosario todos los días en su casa, a eso de las seis de la tarde. Como ya se mencionó, los sacramentos eran altamente importantes y marcaban momentos de la vida de todo ser humano. Los sacramentos representaban maneras de obtener la gracia de Dios y eran siete: Bautismo, Penitencia, Eucaristía, Confirmación, Orden sacerdotal, Matrimonio y Unción de los enfermos. Cada persona podía optar por seis de esos sacramentos (a menos que, siendo viudo(a) optara también por la vida religiosa).

En los virreinatos, la religión tuvo una importancia fundamental en la vida de todos y cada uno de sus habitantes. El calendario religioso regía la vida de las personas, las calles y plazas estaban dedicados a Dios, a advocaciones de la Virgen o a los diversos santos, se levantaron sendos monumentos a algunos de estos santos, la gente se encomendaba a ellos, a Dios, la Virgen o los ángeles, o hacía conjuros y hechizos al demonio, los sacramentos dictaban el curso de las vidas y el miedo a la heterodoxia propiciaba denuncias y justificaba tormentos.

Una manera más de manifestar la devoción era la pertenencia a alguna cofradía y la asistencia a procesiones, novenas, misas y via crucis en los días señalados de las festividades religiosas. También estaban las celebraciones de fechas importantes en el calendario devoto como Navidad, la Pasión, Corpus Christi, el día de la virgen de Guadalupe o la de los Remedios.

¡Muchas Gracias!