DOSSIER
¿QUÉ SE CENSURA CUANDO SE CENSURA? REFLEXIONES SOBRE LA CENSURA EN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
diciembre 2023
DOSSIER
¿QUÉ SE CENSURA CUANDO SE CENSURA? REFLEXIONES SOBRE LA CENSURA EN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
EDICIÓN DOSSIER: Claudia Andrade Ecchio y Paolo Acevedo Béjares.ILUSTRACIÓN DE PORTADA: Ilustr. Sergio Vesely. Título: Artistas en la ciudad. Técnica: Gouache/Tinda china. 60 x 80. Año: 2004. ILUSTRACIONES INTERIORES: Índice. Ilustr. Sergio Vesely. Título: Alrededor de un libro de cuentos. Técnica: Gouache/Tinda china. 60 x 80. Año: 2004. Secciones 01 y 02. Ilustr. Beatrice Steele. Técnica: Ilustración digital. 21 x 30. Año: 2020.
Índice
01.
10.
La Otra LIJ
Florencia Olivos
02.
11.
Dossier Censura
Manuel Peña Muñoz
03.
12.
Claudio Aguilera
Alejandra Poli
04.
13.
Luz Yennifer Reyes
Alejandro Ayala
05.
14.
Daniela Cortés
Francisca Silva
06.
15.
Áurea Esquivel
Diego Vargas
07.
Hugo Hinojosa
16.
Copyright
08.
Carola Martínez
17.
Portada
09.
09.
Nataschia Navarro
01
La OTRA LIJ
LA LECTURA INTERMINABLE
LA OTRA LIJ
El ciclo consistió en la realización de seis charlas a propósito de clásicos de la literatura infantil y juvenil: Peter Pan y Wendy (por Carola Martínez), Las aventuras de Huckleberry Finn (por Paolo Acevedo), La historia interminable (por Claudia Andrade), El maravilloso mago de Oz (por Hugo Hinojosa), Pippi Calzaslargas (por Blanca Hernández) y Las aventuras de Pinocho (por Carola Vesely).
Quiénes somos
La Otra LIJ es un espacio de producción y divulgación de conocimiento sobre la literatura escrita y/o destinada para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, así como de las problemáticas asociadas a la enseñanza, mediación y mercado editorial de estas obras (en sus distintos soportes). Está pensado para autores/as, ilustradores/as, editores/as, académicos/as, bibliotecarios/as, docentes, mediadores/as y personas interesadas en esta temática.
Es coordinado por un equipo de académicos expertos en Lengua y Literatura, y cuenta con la colaboración de un grupo de profesionales y especialistas en áreas afines a la literatura infantil y juvenil.
Entre 2019 y 2021, publicamos una serie de críticas y columnas de opinión en nuestras redes sociales (Facebook e Instagram), con una doble finalidad: por un lado, discutir temas de interés a partir de la revisión de obras de variado tipo (novela, poesía, teatro, cómic, manga, videojuegos) y, por otro, abordar problemáticas relacionadas con el campo literario, la industria cultural, el mercado editorial, la censura y la mediación de la lectura, por mencionar algunos.
Desde su surgimiento en 2019, el equipo de La Otra LIJ ha coordinado distintas instancias para aportar y renovar la discusión en torno a las producciones pensadas para este público lector.
UNA MUJER HECHA DE LIBROS
LA OTRA LIJ
El ciclo se realizó en enero 2021 y enero 2022, y fue organizado en conjunto con La Ventana del Sur. En su primera versión, contó con la participación de las escritoras Martha Riva Palacio, Laura Ponce y Camila Valenzuela; por su parte, en la segunda versión, participaron Maielis González y Sofía Baker (Podcast Las Escritoras de las Urras), Marian Lutzky (escritora) y Gabriela Lyon (ilustradora).
Quiénes somos
Como equipo, hemos participado en distintos congresos académicos y seminarios nacionales e internacionales, entre ellos, el Seminario LIJPE 2021, el 25° Congreso de la Sociedad Internacional para la Investigación en Literatura Infantil (IRSCL 2021), el II, III y IV Seminario Online de Mediación Lectora (Centro Lector Lo Barnechea, 2021 y 2023) y el II Congreso Internacional de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Martín (2022).
Conoce nuestro canal de Youtube
Entre 2020 y 2022, desarrollamos los ciclos La Lectura Interminable (2020) y Una mujer hecha de libros (2021 y 2022), ambos disponibles en nuestro canal de Youtube. En diciembre de 2022, publicamos nuestro primer dossier en torno a la edición, en el que participaron catorce editores/as del mundo LIJ.
Ver
02
Dossier CENSURA en lij
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
En la Nueva historia universal de la destrucción de libros (2010), el investigador Fernando Báez denomina “bibliocausto” a la práctica de aniquilación de textos y bibliotecas. El fuego, el agua, la tinta, las armas, las manos e incluso la negligencia se convierten en instrumentos para borrar o dejar en el olvido volúmenes de obras que, en palabras de este autor, no se destruyen para mostrar un desprecio al objeto libro, sino como un mecanismo que busca eliminar el testimonio escrito de la memoria colectiva.
Si la escritura y los libros han sido nuestras herramientas para preservar la experiencia y el saber humano acumulado para que nuevas generaciones lo conozcan, la censura literaria busca impedir, vigilar y castigar determinados textos, y se justifica usando el mismo pretexto: quien prohíbe un libro dice proteger a las y los lectores de contenidos considerados peligrosos, y se justifica a sí misma usando como idea la necesidad de preservar un determinado orden.
Paolo Acevedo Béjares es Profesor de Estado en Castellano. Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena. Diplomado en Literatura para infancia, adolescencia y juventud. Actualmente, integrante de La Otra LIJ y docente de la Universidad del Desarrollo (Chile).
Paolo Acevedo
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
¿Por qué actúa de este modo el censor? Porque tiene miedo del efecto de las palabras, de su poder para permitir que las y los lectores imaginen alternativas al mundo establecido, se acerquen a otras experiencias vitales, a formas divergentes, novedosas de pensar, sentir y actuar en la realidad. Por lo tanto, priva a la literatura de su función política: ofrecer representaciones que vayan más allá de lo establecido, que interroguen los modos de ser y hacer de una sociedad. Y se busca prohibir ficciones justamente para evitar que otros piensen críticamente el mundo a través de lo que leen. De ahí que, desde la perspectiva del censor, la literatura se convierta en un producto cultural peligroso.
La literatura escrita y/o destinada a público infantil y juvenil no escapa a esta tendencia. Tanto obras clásicas como nuevas escrituras han enfrentado los intentos o ejecución de prohibiciones, tachaduras y reescrituras, motivadas por la creciente corrección política o las acusaciones de adoctrinamiento de padres, escuelas y mediadores. En gran parte de los casos, cual práctica adultocéntrica propia de esta literatura, la clausura de estas ficciones se debe a la incomodidad del adulto, que percibe como perturbadores los contenidos de las obras y juzga que niñas, niños o jóvenes no cuentan con herramientas para interpretar el texto o enfrentarse a los temas difíciles; o bien, evalúa que los mundos representados en la ficción corrompen a este público lector y, por lo tanto, se debe evitar exponer a estos “inocentes” sujetos a las perversiones y tabúes que presentan algunos textos. Para Fanuel Hanán Díaz, esto ocurre muchas veces porque el adulto no comprende las formas exploratorias en que las infancias y adolescencias interactúan con el mundo, de modo que transfieren sus temores a la revisión y selección de los temas y ficciones que se ofrecen a estas audiencias.
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
Al mismo tiempo, la censura puede venir de las y los lectores, y también del mercado editorial, que, en ocasiones, busca incidir en los procesos a través de sus propios intereses, exigiendo que autoras y autores se ajusten a ellos. Justamente, estamos en una época turbulenta y asistimos a un cambio cultural sin precedentes, en que la necesidad de reivindicación y pugna ideológica comienza a utilizar las antiguas herramientas de la censura (u otras, nacidas al alero de la horizontalidad del discurso público en las redes sociales) para acorralar a autores, obras y lectores. Somos parte de este entramado, pues está sucediendo aquí y ahora, y no podemos ser indiferentes. En este escenario cada vez más bullente, como equipo de La Otra LIJ consideramos necesario ofrecer en este dossier un espacio para la discusión de la censura de libros para público infantil y juvenil, para dimensionar los motivos y factores que han incidido antes y que se usan hoy para prohibir, castigar o perseguir la libertad de la palabra literaria, así como la reflexión acerca de qué niveles de la cadena del libro son afectados por este proceso. De ahí que agradecemos la libre colaboración de investigadores/as, escritores/as, mediadores/as, editores/as y lectores/as de obras de ficción en este momento en que la censura, lamentablemente, ha vuelto a estar de moda.
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
En este dossier, hemos querido recoger esa diversidad de voces, no solo desde el lugar que cada uno ejerce en el mundo de la LIJ, sino también ofrecer la variedad de formas en que las y los columnistas entienden el fenómeno de la censura literaria. De esta forma, encontrarán en el dossier voces que se hacen cargo de las tensiones (algunas no resueltas) entre la libertad de expresión y las exigencias que impone este mundo cambiante a los discursos que se comunican en la literatura.
Confiamos que los distintos textos que recogemos en este dossier abran la posibilidad de seguir discutiendo y construir nuestras propias respuestas, para asegurar que la literatura siga floreciendo, allí donde hoy experimenta cadenas y silencio a su desarrollo.
El 7 de julio de 2021 nuestra compañera Carola Vesely participó en el Programa Gota de Lluvia de la radio UACh, conducido por Cecilia Lagos,.En esa ocasión, abordó la problemática de la censura en la LIJ. Si clickean la imagen, podrán acceder a dicho conversatorio.
Paolo Acevedo
Matar al mensajero
Claudio Aguilera Álvarez es escritor e investigador especializado en literatura infantil e ilustración. Junto con Isabel Molina, es autor de Colección Cuncuna. La revolución del libro infantil chileno (Editorial Universidad de Santiago).
A la larga lista de atrocidades cometidas por la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet ‒enumeración que, en los últimos meses, se ha debido reiterar ante la creciente amnesia de una parte de nuestra sociedad‒, es necesario agregar la destrucción de la escena editorial chilena, a través de la quema de publicaciones, la intervención y posterior desmantelamiento de la editorial nacional Quimantú, la creación de comisiones de censura previa, el impuesto al libro, el allanamiento de imprentas y la expurgación de bibliotecas. Más aún, convirtieron al libro, hasta entonces pilar central de la cultura, en un objeto temido y, a la lectura, en un acto peligroso. Mientras todo eso ocurría, el dictador se ufanaba con sus estanterías llenas de libros que nunca abrió. Pero no fue suficiente con impedir la circulación de libros, revistas y diarios: también persiguieron, exoneraron, encarcelaron, exiliaron, torturaron y asesinaron a editores, escritores, periodistas, fotógrafos, diseñadores, dibujantes y prensistas. La literatura para las infancias, ese espacio que muchos ‒aún hoy‒ consideran al margen de la historia y de la ideología, tierra de pura fantasía y protectorado de hadas y duendes, no escapó de la bota y la metralla.
Claudio Aguilera
No existe evidencia documental en que se registren actos de censura perpetrados por la dictadura contra publicaciones de literatura infantil y juvenil. Pero recorrer las biografías de los autores de los dos principales proyectos de Quimantú dirigidos a niños y niñas (colección Cuncuna y revista Cabrochico) permite dimensionar la magnitud del daño. Entre sus ilustradores, Luis Jiménez fue asesinado en septiembre de 1973; Guillermo Durán (Guidú), encarcelado, torturado y exiliado; Guillermo Tejeda, Jalid Daccarett, Dolores Walker, Carlos Cabrera (Ariel) y Julio Moreno, debieron abandonar el país; mientras que Fernando Krahn, María de la Luz Uribe e Irene Domínguez, instalados desde antes en Europa, nunca regresaron. Quienes se quedaron, como Hernán Vidal (Hervi), Marta Carrasco y Renato Andrade (Nato), perdieron sus fuentes de trabajo y debieron buscar formas alternativas para sobrevivir. Dudo que alguno de los agentes del Estado involucrados en estos crímenes tuviera una noción de los contenidos de estas publicaciones. Si hubieran leído estos libros y hojeado estas revistas se habrían enterado de que se trataba de narraciones de Chile y el mundo que abordaban historias sobre trabajo colectivo, generosidad, solidaridad, bondad, respeto y honradez, y que fueron escritas e ilustradas para llegar a los niños y niñas de todo el país, especialmente a aquellos, en palabras de Víctor Jara, frágiles como un volantín. Porque al destruir de esos libros y revistas, al perseguir a sus creadores, lo que se estaba destruyendo y persiguiendo era una forma de hacer sociedad, una idea de país, en la cual la infancia tenía un lugar central, en la que “la felicidad de Chile comienza por los niños”, como quedó plasmado en uno de los más emblemáticos afiches de los hermanos Larrea y Luis Albornoz.
Sin embargo, han debido pasar cincuenta años para que volvamos la mirada a la colección Cuncuna y la revista Cabrochico, y dar nuevamente un espacio en la historia a los escritores, ilustradores, diseñadores y editores que le dieron vida. Queda aún pendiente reconstruir el sueño que intentaron arrebatarles: hacer de Chile un país en que los niños y niñas estén primero.
Tras el Golpe Militar, la literatura infantil chilena que, desde los años 40 vivía un progresivo desarrollo, nunca más fue la misma. Pese a la precariedad y el temor, escritores, ilustradores y editores siguieron trabajando, aunque en esfuerzos de corto aliento. Con los servicios básicos privatizados ‒incluida la educación‒, una crisis económica de proporciones históricas y férreas restricciones a la libertad de expresión, hubo que esperar hasta fines de los años 90 para que los lectores pudieran volver a disfrutar de la producción nacional en toda su amplitud y diversidad.
literatura antiespecista, censura y desafíos
Alejandro Ayala Polanco es un escritor chileno, pionero en literatura antiespecista infantil y juvenil, ganador del Premio Mundo Brillante 2019. Puedes conocer más de su trabajo en: www.antiespecista.cl
El uso de los animales para fines humanos ha sido cuestionado por diversos autores, dando forma a lo que conocemos como literatura antiespecista. Escritos de carácter filosófico, como los aportados por Plutarco en el siglo I y Porfirio en el siglo III, forman parte de los más antiguos referentes de esta literatura. En épocas más recientes, sin embargo, tomaron protagonismo autores que han buscado transmitir su postura ética a través de nuevos lenguajes literarios. Por ejemplo, es posible distinguir en la alimentación vegetariana del monstruo de Frankenstein una sutil crítica antiespecista por parte de Mary Shelley, quien fue vegana más de cien años antes de que la palabra vegan fuese creada.
Alejandro Ayala Polanco
No obstante, a pesar de su necesidad, la literatura antiespecista enfrenta varios malentendidos que dificultan su difusión. El más extendido es el que reduce su propuesta a una forma de alimentación. La censura surge, en este caso, como una clasificación errónea de contenido, la cual excluye a la literatura antiespecista del espacio de reflexión que le corresponde, que es el de la ética y la política, relegándole a espacios ligados a la cocina y la dieta, afectando, con ello, su distribución y reduciendo su conocimiento por parte del público.
Una difusión adecuada de la literatura antiespecista proviene, entonces, de un entendimiento correcto del veganismo, asumiendo que este consiste en un principio ético, el cual nos señala que los seres humanos no tenemos derecho a u sar a los demás animales para nuestros fines. Con esta definición en mente, es posible comprender que el vegetarianismo estricto es solo una de las múltiples dimensiones prácticas con que una persona vegana busca dejar de explotar a los demás animales, y que el veganismo guarda mayor relación con el debate en torno al ejercicio de poder que consideramos legítimo en nuestras sociedades, que con una preferencia personal hacia determinados alimentos.
Quizá la dimensión más rezagada dentro de la literatura antiespecista ha sido la infantil, y es a dicha dimensión a la cual he dedicado la mayor parte de mi trabajo. Abarcando una diversidad de géneros, he desarrollado una obra que se aleja del texto pedagógico en su forma y estructura, y cuyo mensaje adquiere mayor fuerza al ser el propio lector quien ha de deducirlo desde las imágenes del poema o a partir de los desafíos que enfrenta el protagonista del libreto y de la fábula. Este trabajo, que inicié hace más de quince años, me ha permitido llegar a familias y educadores que, hasta entonces, no habían encontrado una literatura infantil que reflejara una postura de respeto hacia todos los animales.
Otro malentendido recurrente en torno a la literatura antiespecista, que afecta en especial a la literatura infantil y juvenil, es el que le acusa de adoctrinamiento. Desde el prejuicio de que esta sería panfletaria y carente de valor, a la literatura antiespecista se le excluye de programas de lectura, catálogos y otros espacios literarios. El malentendido surge del desconocimiento de la obra, que resulta descartada sin ser leída, y del aferramiento a creencias especista-antropocéntricas por parte del agente que censura. Hoy en día, los valores especistas son enseñados desde la más temprana infancia: juegos, textos de estudio, cuentos, cantos, programas de televisión y videojuegos, nos enseñan que los demás animales estarían en el mundo para satisfacer hasta nuestros más absurdos caprichos. Se entiende, por tanto, que la literatura antiespecista cumple un rol necesario, de contrapeso y quiebre, frente a dichos valores. Un rol al que se oponen las creencias especistas del mundo adulto, las cuales se entrelazan con diversas concepciones sobre lo humano, como nuestra disociación biológica frente al reino animal, así como nuestra tendencia a asociar la masculinidad con el consumo de carne, entre otras. El aferramiento a tales creencias conlleva una animadversión hacia el veganismo que se extiende a todo lo que se le relaciona, incluida la literatura antiespecista.
Este es, a grandes rasgos, el desafío que enfrenta la literatura antiespecista pensada para las infancias: superar la barrera de prejuicios y animadversión que afecta al movimiento vegano, involucrando al público en la creación de mundos y personajes, recurriendo a un lenguaje que se abre camino a través de dimensiones de comprensión distintas que el panfleto y el ensayo académico.
Las balanzas de la censura en la lj
Daniela Cortés del Castillo (Cochabamba, 1984) es periodista (Universidad de Chile) y Máster en Escritura Creativa, Edición y Publicaciones (University of Melbourne). Es fundadora y editora general de Loba Ediciones, editorial independiente especializada en literatura para adolescentes y jóvenes.
Hay una anécdota que me contaron y que nunca olvidaré. Se trata de un colegio que prohibió la novela gráfica Al sur de la Alameda de Lola Larra por dos páginas: en la primera, sale la imagen de un condón cerrado; en la segunda, aparece el paquete del condón abierto.
Lola, el ilustrador Vicente Reinamontes y el equipo de Ekaré Sur deben haber sabido que esas dos páginas les cerrarían puertas. Que una manera tan sencilla y tan poco explícita de hablar de sexo iba, de todas maneras, a escandalizar a algunos. Pero el tema con la censura es ese: la válvula la manejas tú. Tú decides cuánto mostrar y cuánto no. Eres tú quien pone en la balanza el arte versus el mercado, cerrar horizontes versus abrir mentes.
Daniela Cortés
En Loba Ediciones, la editorial de la cual soy editora general, siempre supimos que la balanza iba a estar tirada para un lado. Nuestro eslogan es: “literatura juvenil freak y feminista”. Y no escatimamos con ninguna de las dos cosas. ¿Sexo, drogas y rock n’ roll? Aquí puedes encontrar todo eso, bebé. El tema, sin embargo, es por qué. No soy el tipo de editora que permitirá meter a un autor una escena de sexo en un libro para niñes de 12 años solo porque sí (lo digo, porque hace no tanto saqué una). Si hay algo que pueda ser considerado “polémico” pero, más importante, algo que pueda impresionar a los jóvenes lectores y lectoras de una manera no necesariamente positiva, tiene que tener una razón para estar en el libro. La ganancia tiene que ser mayor. Si esa escena de sexo va a estar ahí, que lo que nos esté enseñando sobre el maltrato y el feminismo sea más importante. Cerrar horizontes versus abrir mentes: ahí va la primera válvula de la autocensura.
¿Y la segunda? ¿La del arte versus el mercado? Si fuera por mí, yo me olvidaría de esa balanza completamente y publicaría exactamente lo que quiero publicar. ¡Al diablo con el mercado! De hecho, los primeros años de Loba Ediciones fueron un poco así. Publicamos libros como Hijos de la ira que sabíamos jamás iba a estar entre la lectura complementaria de los colegios, cerrándonos a nosotros mismos puertas importantes para una editorial de literatura juvenil.
Todo cambió en 2018 con la llegada a Loba Ediciones de Ángela Thurn, nuestra encargada de negocios, quien nos ayuda a mantener los pies sobre la tierra. No es que censure los libros, sino que me ayuda a ver dónde están los puntos que los hacen no vendibles y ahí yo puedo tomar la decisión, junto al autor o la autora, si vale la pena mantener la escena o no. Es echarle unos gramitos al lado del mercado de la balanza, para que ya no sea puro arte y así logremos vender ese arte y que llegue a más personas.
Esto es sumamente importante para una editorial independiente, pues cada venta para nosotros es un trabajo muy grande, al no tener la maquinaria de ventas de las editoriales más grandes. Debemos cuestionarnos si una escena o diálogo vale la pena la pérdida, por ejemplo, de una venta de 30 ejemplares en un colegio. En algunos casos sí, porque es esencial para la obra. En otros casos no, porque es una escena o diálogo casi anecdóticos y podemos dispensar de él.
Más allá de las escenas y los diálogos en específico, está la temática de la obra. Aquella segunda lectura que se puede sacar más allá de la historia. Este es otro tema que se debe evaluar desde el punto de vista de la censura y aquí no hay balanzas o granitos. Es un sí o un no rotundo, una decisión política de si quieres que tus lectores y lectoras lean sobre esa segunda lectura o no.
Para poner un ejemplo, Yudochica, en apariencia una novela de aventuras para niñes a partir de los diez años, puede tener una segunda lectura sobre el bullying, pero si la persona lectora indaga más allá comprenderá que la novela es una crítica al sistema educacional chileno y que, además, está hablando de la dictadura cívico-militar chilena. Aquí no hay donde esconderse. Es lo que es. Al tomar la decisión de publicar Yudochica sabíamos que muchos colegios nos iban a cerrar sus puertas, pero fueron los más que, gracias a profesoras y profesores valientes, nos las abrieron y quisieron tratar estos temas con los niñes. Lamentablemente, no todas las editoriales piensan que es importante la evaluación de esta segunda lectura y lanzan al mercado libros que tienen temáticas machistas, racistas e incluso pedófilas, sin siquiera darse cuenta. No hay una decisión consciente. Se enfocan en la historia y dejan la política al azar.
La dinámica ha funcionado muy bien. En los últimos años hemos publicado obras que se han vendido muchísimo más y, de las cuales, me siento orgullosa, estética y temáticamente. No nos hemos acobardado de tratar temáticas difíciles. Pero hemos logrado afinar la válvula de tal manera que esas temáticas lleguen a más personas, sean aceptadas por el Estado, por padres y mediadores. En fin, que finalmente lleguen a nuestros lectores y lectoras, las personas por las cuales trabajamos tanto para que cada momento del libro quede perfecto.
MANGA Y CENSURA
Áurea Xaydé Esquivel Flores (Ciudad de México, 1987). Maestra en Letras Modernas especializada en análisis formal, cuerpo, género e hiperviolencia tanto en cómic americano como manga contemporáneo. Es responsable de la Biblioteca “Alaíde Foppa” de la Unidad de Vinculación Artística del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM.
Es común que, a veces, miremos nuestros libros de historia y pensemos lo fascinante o aterrador que pudo haber sido vivir en otro tiempo. Y, a veces, se nos olvida que nosotros mismos también estamos viviendo y construyendo la historia (lo cual no es menos fascinante o aterrador). Hoy en día, vivimos un periodo de creciente prohibición de ciertos materiales de lectura en bibliotecas públicas y escolares con la excusa de no ser apropiados para niños.
En la historia de los cómics, nos recuerda al tiempo en que el libro Seduction of the Innocent (1954), del psiquiatra Fredric Wertham, dio origen al severo “Comics Code Authority”, el cual, durante sus primeros años, dio pie a quemas de cómics y una vigilancia draconiana de cualquier publicación de narrativa gráfica que pudiera transmitir mensajes “inapropiados” o sediciosos.
Áurea Esquivel
Esta política puritana también alcanzó al manga, ya que, tras la Segunda Guerra Mundial, Japón se mantuvo bajo la estricta vigilancia de Estados Unidos (que, desde 1945 en adelante, prohibía la producción de cualquier tipo de material que evocara positivamente el pasado feudal o cualquier crítica a la ocupación norteamericana). Cuenta Frederik L. Schodt, en su ya clásico libro Manga! Manga!: The World of Japanese Comics, que en la década de 1950, en Japón hubo una “Campaña para Proscribir Materiales de Mala Lectura”, la cual era promovida con el eslogan: “Uranai, kawanai, yomanai” (“No los venda, no los compre, no los lea”). Supuestamente, esta campaña civil se enfocaba contra de las lecturas con contenido erótico, pero terminó por abarcar muchas otras; sin embargo, a pesar de las prohibiciones y quemas, ni los jóvenes lectores ni los editores dejaron de leer ni de producir y distribuir. En América Latina, el tema de la censura es un tanto curioso. El manga se asentó en nuestro continente a principios de los 2000 gracias al auge de Internet y, sin duda, al terreno preparado por las series de anime que fueron importadas en oleadas en los años 60, 80 y 90, y que, en su mayoría, llegaron primero a México y de ahí al resto de los países.
Para las televisoras americanas, el hecho de que fueran dibujos animados los hacía automáticamente aptos para niños, aunque no siempre fuera el caso. Así, sobre todo la generación millennial que creció en las décadas de 1980 y 1990, desde antes de los diez años ya tenía acceso a historias que, de origen, era pensadas para públicos de 13 o 14 años en adelante –sobre todo, por su tratamiento de la violencia y diferentes exploraciones de la sexualidad–, sin demasiadas quejas por parte de los adultos.
Ahora bien, aunque no se trate de un ejercicio de censura per se, vale la pena puntualizar que la licenciación y distribución de manga fuera de Japón, desde sus inicios, ha sido un tema que, para bien y para mal, aún está rezagado en relación con la demanda de contenidos. Por ello, una de las principales vías de acceso a historias en formato manga (y, desde hace unos años, también manhwa y webtoon, de origen coreano, y manhua, de origen chino) para el público occidental han sido los sitios de lectura en línea (páginas web, foros y servidores) que recopilan scanlations, es decir, páginas escaneadas, limpiadas, traducidas, revisadas y distribuidas de manera gratuita por lectoras y lectores con diferentes niveles de comprensión del idioma japonés y con más o menos experiencia editorial.Por supuesto, este tipo de distribución, si bien aprovecha algunos vacíos en las leyes de derechos de autor a nivel nacional e internacional, es, para efectos prácticos, ilegal. Desde el año 2019, se recrudeció el control del tráfico de scanlations de manga en Internet, lo cual afectó la difusión de las historias japonesas y favoreció la de las historias chinas, sobre todo en formato webtoon (la presencia en la red suele ser un gran indicador de qué títulos es más redituable licenciar y editar).
Así, dado que el manga y sus equivalentes se mueven diferente a los libros, se hace más compleja su vigilancia y prohibición o mutilación. Ante el portazo de la censura local, el lector de manga pone los ojos en blanco, ríe con sorna y abre siete ventanas, escotillas y portezuelas distintas que la autoridad no sabía que existían. Porque esta no es su casa, sino la del lector.
Censura y cómic: un relato en tres tiempos
Hugo Hinojosa Lobos es doctor en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile (Becario ANID). Actualmente, es académico de la carrera de Pedagogía en Educación Básica (Universidad Academia de Humanismo Cristiano), y de diversos diplomados y cursos en Chile. Es miembro fundador de RING (Red de investigadores de narrativa gráfica en Latinoamérica) y de La Otra LIJ.
Entre los innumerables easter eggs o mensajes ocultos presentes en Spiderman: Across the Spiderverse, el último filme animado del célebre superhéroe de editorial Marvel, hay uno que puede haber pasado desapercibido en la secuencia de créditos iniciales. En él fue presentado el logotipo del “Comics Code Authority”, iniciativa creada en 1954 y que reguló los contenidos de las revistas de historieta en Estados Unidos hasta el año 2011. Tal como si se tratara de los sellos alimenticios en Chile, esta acción buscó normar los temas que eran tratados en las publicaciones de cómic, como una forma de salvaguardar los potenciales lectores y lectoras menores de edad. Aun cuando su aparición en la cinta de Spiderman haya funcionado en tono paródico, es relevante asumir que esta fue una de las acciones más claras de censura en la historia del medio, iniciada tras la publicación de Seduction of the Innocent (1954), del psiquiatra Fredric Wertham. La anécdota cuenta que este, mientras trabajaba en un centro de atención para jóvenes problemáticos, notó que estos consumían historietas en gran cantidad.
Hugo Hinojosa
A pesar de que esto era una situación natural, en una época donde todo el mundo leía cómics, fue caldo de cultivo para su cruzada contra los contenidos nocivos de las historias en viñetas, aduciendo su influencia negativa en la formación de niños/as, adolescentes y jóvenes. En plena era del Macartismo, sus objeciones infundadas hicieron eco en las familias norteamericanas, presas de un período altamente paranoico. De ahí en adelante, todo fue una bola de nieve: quemas públicas de cómics, la llegada del tema al Senado, entre otros hechos, que terminaron con la creación del sello por parte del Comics Magazine Association of America, tras la presión pública.
Después de aquello, nada fue lo mismo para la historia del cómic. Por una parte, una enorme cantidad de contenidos (desarrollados en múltiples revistas de la época), fueron sencillamente eliminados, limpiando cualquier tema que fuera considerado controversial, y limitando todo a historias inofensivas para todo público. La respuesta vendría posteriormente a través de la contracultura y el desarrollo del cómic underground durante mediados de los sesentas, pero el daño ya estaba hecho.
Es curioso que justamente uno de los últimos éxitos en las adaptaciones del cómic superheroico al cine haya decidido colocar este elemento al comenzar su historia. Podemos entenderlo como un gesto iconoclasta, así como un diálogo directo con la historia del medio, pero es también una forma de integrar una reflexión en torno a la censura, en una época conflictuada por la llamada “cultura de la cancelación”.
Ahora, es claro que aquello del Comics Code fue una situación que parece lejana a nuestra producción local, pero la censura no ha sido ajena completamente. Justamente, será todo el proceso posterior al Golpe de Estado el que marque algunos de los episodios más emblemáticos de silenciamiento en la historieta chilena. Entre ellos, están las diversas situaciones que rodearon a la Revista Mampato, aunque obviamente con variadas versiones de sus participantes. Tal como apunta Cristian Guerra, en su artículo sobre la música en Revista Mampato, son conocidas suspensiones temporales o definitivas de historias, así como el cambio de finales, entre otras situaciones cuestionables.
Pero no será una revista infantil, sino una adulta, en plena dictadura, la que recibirá una censura más directa. El número 19 de la recordada Trauko contendrá la polémica “Noche güena”, breve historieta realizada por Huevo Díaz y una jovencísima Marcela Trujillo (Maliki). En ella, se presenta en tono satírico el nacimiento de Cristo, con un primer plano de los genitales de la Virgen María mientras está pariendo. El impacto fue tal que no bastaron llamados de repudio o solicitudes de desagravio por ex miembros de la Junta Militar, sino que el número en cuestión fue requisado. Nunca ha vuelto a suceder un hecho similar en el cómic chileno. No obstante, el contexto actual obliga a plantearnos nuevas reflexiones que van más allá del gobierno (o dictadura) de turno, y replantearlo desde la actual posibilidad de la autocensura, o la presión de diversos sectores sociales en relación con los contenidos válidos para ser masificados, entre otras cuestiones. En ese sentido, la historia del cómic (y su censura) es una historia aún por contar.
En defensa de la libertad de leer
Carola Martínez Arroyo es escritora, editora, mediadora y formadora de escritoras/es de LIJ.
Traigo acá una reflexión sobre el debate que se armó a propósito del anuncio de la reescritura de las obras de Roald Dahl, en “lenguaje no ofensivo”, para los lectores modernos. Lo que ocurrió luego es que todo el mundo puso el grito en el cielo, porque ¡qué horror llevar adelante semejante acto de censura! Es obvio que lo de Roald Dahl es tremendo, grotesco, terrible… pero no es raro para nada en este nuevo orden de cosas.
Debo decir esto antes de continuar: no es posible que el mundo adulto sea así de hipócrita y que sea posible vivir tan alegremente en el doble discurso. Este suceso que nos enloquece no es más que la consecuencia directa de los acontecimientos que se han ido sucediendo, uno tras otro, en los últimos veinte años.
Primero sacamos de la escuela las obras que tenían “palabras complejas”. Luego, las traducciones y los escritores que no podían hacer visitas de autor. Después, comenzamos a usar eufemismos para nombrar a los seres pequeños que acompañan a Blancanieves. A continuación, sacamos brujas, hadas, magos de los manuales, porque ofenden a algunas religiones. Y, finalmente, los sensitivity reader y las aplicaciones vinieron para vigilar que el contenido no afecte ni ofenda a los lectores modernos.
Carola Martínez
Esto no es sorpresivo. Es un modus operandi. Y ocurrió bajo nuestras narices, con nuestro aval y anuencia.
Ya dije esto antes, perdón por citarme: el Fahrenheit moderno no es la hoguera, sino la regulación, la obligación a la sumisión, a la ultracorrección y a la autocensura. Y los libros para niños y niñas se han convertido en el botín más preciado de una pelea brutal entre conservadores —y su idea de que la “infancia” debe ser protegida de todo daño— y el progresismo —con su idea de que las “infancias” deben ser resguardadas de todo daño. Caramba, ¡qué coincidencia!
Y hay que decir la verdad: en cada una de estas opciones, el mercado obtiene un beneficio comercial. Porque la solución que encontró PRH a la polémica de Roal Dahl fue hacer las dos versiones y que el comprador (no el lector) consuma (no lea) el que más le guste.
Y en el medio de todo esto “Los niños, esos seres extraños de los que nada se sabe, esos seres salvajes que no entienden nuestra lengua”, como menciona Larrosa al inicio de uno de sus textos. Y de eso se trata: la infancia es la otredad y nos manejamos con ella como con cualquier otra diferencia.
Les pasa a los norteamericanos con su pasado/presente racista, que todavía lucha contra el apartheid, con las minorías negras empobrecidas, perseguidas e ignoradas y, frente a eso, una sirenita negra para limpiar culpas. Les pasa a los españoles, evitando abordar el genocidio llevado a cabo a partir de 1492. Nos pasa con la masacre que realizamos con pollos y vacas, y que preferimos no pensar en ello. Nos pasa cuando no queremos reconocernos racistas, sexistas, etcétera, y en lugar de eso usamos la secuencia: primero violencia, luego silenciamiento y, por último, condescendencia.
Volviendo a la obra de Dahl: él propuso una literatura rupturista, a través del quebrantamiento de estereotipos y arquetipos. Creó, por ejemplo, personajes que cuestionan la idea de familia conservadora, niños que ganaban concursos y se volvían dueños de su vida, niñas que decidían vivir con su maestra en lugar de con sus padres insoportables, brujas que causaban pavor de tan humanas. Creo firmemente que, en el actual contexto de censura, ninguno de sus libros sería publicado. Es más: ninguno de los grandes autores que fueron publicados hace unas décadas sería publicado hoy y nos perderíamos a Sendak, a Ungerer, a Nöstlinger, a Paterson, a Ende. Pero estamos a tiempo de parar esta locura. De decirle al mercado: “Mirá, esto no está bien. Estos 45 libros que presentaste como novedad son todos iguales: la quinta historia igual de ese autor, sus personajes no tienen pliegues, las tramas son inexistentes”. Justamente porque los niños y las niñas merecen leer libros que les permitan mirar otros mundos, merecen ampliar sus horizontes culturales, conocer las palabras más bellas. Ellos y ellas se merecen leer literatura.
Cuando Puffin —la editorial que va a reescribir a Dahl— hace el intento de reescribir a Dahl, no lo hace porque tiene ganas, sino porque está respondiendo al mercado, y TODOS NOSOTROS somos parte de ese mercado. TODOS: usted también. Son parte del mercado los que dan los premios, los editores que publican esas obras, los docentes que prefieren la fórmula consabida para no tener problemas en la escuela y los adultos que las compran para regalar y que nadie les reclame por la elección. Somos causantes de esta debacle.
Mi propuesta es hacer una defensa irrestricta del arte para la infancia, de la libertad de expresión, de la libertad de crear. Defender el respeto a los niños y las niñas como destinatarios capaces de comprender la realidad en todas sus potencialidades. Pero, principalmente, defender la posibilidad de leer en libertad.
¿UNA NUEVA INQUISICIÓN? ¿O LA DE SIEMPRE?
Nataschia Navarro Macker (Santiago, 1996). Ilustradora, escritore y editore en Desastre Natural.
En 1890, Oscar Wilde publica la primera versión de El retrato de Dorian Gray tras un exhaustivo proceso de edición que prescribió el contenido homoerótico del manuscrito original. Así, en la nueva versión de la novela, publicada al año siguiente, el amor de Basil por Gray es camuflado a través de modificaciones que lograron hacerlo menos explícito para el público. Traigo esta historia a colación porque, a raíz del reemplazo de algunas palabras en obras de Roald Dahl, he leído y escuchado a personas que aseguran la muerte del arte a causa de la corrección política. Si bien las redes sociales ya me tienen acostumbrade a ese tipo de comentarios, no deja de ser extraño escuchar a escritores y editores decir que estamos ante una nueva inquisición. ¿Por qué tanta molestia? En mi opinión, esta reacción a la “corrección política” no es más que una manifestación de un cambio de perspectiva que, en realidad, quiere potenciar imaginarios en los que todas las personas tengan cabida.
Nataschia Navarro
Si tenemos como referente la cobertura de los medios de esta noticia y sin haber leído los cambios hechos en su obra, me atrevería a decir que, en el caso de Dahl, ni siquiera estamos hablando de un afán por construir imaginarios distintos, pues cuando eso realmente ocurre, palabras como “gordo” no son eliminadas. Al contrario, lo que cambia es el punto de vista desde el cual se usan: si antes “gordo” era un insulto o mofa, ahora se usa como una descripción de un cuerpo que efectivamente existe y que no debe ser castigado. Y, en este ajuste, las nuevas obras o sus reescrituras juegan un papel importante. Casos como este suelen derivar en la percepción de que ya no se puede hablar de ciertos temas al cuestionar el contenido ideológico de los productos culturales que consumimos y producimos. ¡Nada más lejos de la realidad! Este es el momento perfecto para hablar de cosas que nunca antes se han planteado, para potenciar imaginarios que antes estaban prohibidos y para crear obras desde perspectivas diferentes. Quien crea que eso significa censurar los temas, muy probablemente es porque ese alguien defiende que las obras tengan la libertad de ser también, simbólica o concretamente, apologías de la violencia hacia grupos minorizados. En tal caso: ¿vale más la libertad del arte que la integridad de una persona? Porque el efecto de aquello será crecer y vivir en un mundo que te entiende como una anormalidad que debe ser corregida, lo que causará un gran daño individual, colectivo e histórico.
Por otro lado, los precarios intentos de las grandes compañías por vender más no son nada nuevo. Para el caso de Dahl, la molestia debería encauzarse en una lectura crítica de sus campañas de marketing, basadas en la polémica o la depuración del contenido de sus obras, y a la preocupante tendencia de mostrar el racismo, la homofobia o la misoginia como cosas que pertenecen a un pasado distante o que, peor aún, no existen y nunca existieron.
Por estas razones, la nueva inquisición de la que se habla no es tal, ya que no se trata de eliminar temas “difíciles” de las nuevas obras, sino de plantearlos desde una perspectiva que no fomente el odio. Es hoy que han nacido términos como “inclusión forzada”, cuando la historia demuestra que siempre ha existido exclusión forzada y lo que se está haciendo ahora no es más que una rectificación. Los mismos sectores que acusan censura llevan a EE.UU. a romper sus propios récords en peticiones de censura de libros en bibliotecas, especialmente de libros que abordan temas de género, raza o clase. Y en esto no hay nada nuevo: todo apunta a que las ideologías normativas siguen queriendo perpetuar su hegemonía. Con todo lo dicho, me gustaría invitarles a preguntarse algo que, al menos a mí, me ha servido bastante: si no puedo cuestionar la ideología tras mi propia escritura, tras los libros que escribo o publico, ¿qué novedad soy capaz de ofrecer a las juventudes y al mundo? Porque, para lo mismo de siempre, ya existen los clásicos.
¡Vamos a explorar!
Florencia Olivos Balmaceda es ilustradora y editora de Vasalisa Ediciones. Es licenciada en Artes Visuales, Magíster en Edición de libros y Diplomada en Literatura Infantil y Juvenil. Es la creadora de Julieta, la protagonista de cómics, agendas y un montón de objetos ilustrados, muy querida en toda Latinoamérica.
En mi casa había muchos libros y no solo de adultos. Tuve una mamá que en esos tiempos —los años 80— coleccionaba libros infantiles que se publicaban en Chile y también algunos que conseguía en otros idiomas y editados en otros países, por lo que tuve acceso a una gran variedad de textos e ilustraciones que me aportaban una diversidad de miradas del mundo.
Los libros eran un lugar de exploración de otras realidades y recuerdo la fascinación que provocaban en mí los que iban un poco más allá de lo “infantil”. Nunca olvidaré “La culebrita” de Blanca Santa Cruz, donde una bruja convierte a una hermana en culebra, mientras que, a la otra, le saca los ojos y la deja ciega. También descubrí el poema “Resurrección de Caperucita Roja”, en la que la madre iba en búsqueda de Caperucita, dejando huellas de sangre en el camino. Teníamos otro que seguía a una familia en la espera de la llegada de una hermana, con fotos en blanco y negro. Recuerdo claramente una página con la mamá con su gran guata, duchándose y riéndose con su hija, las dos desnudas, la madre con su cuerpo de embarazada, pelos, manchas, tan natural. Y después las fotos del parto, nada chocante, solo real.
Florencia Olivos
Los libros estaban ahí, elegidos por mi mamá y ella los dejaba a nuestra vista, justamente para que pudiéramos acceder a otras experiencias. En mi casa todo era dulce y cuidado, y los libros eran un lugar donde podía conocer otras realidades, más duras, más violentas, más desnudas, más lejanas, más desconocidas.
Por eso, al momento de crear, ilustrar o editar un libro, no tengo tanto miedo de salirme de esos territorios más convencionales. Tampoco es algo que busque, pero si aparece una buena historia, que remueva, vuelvo a esa niña curiosa del mundo que quiere vivenciar otras experiencias, sentir emociones intensas.
Como ilustradora se hace más difícil aún “pasar piola” con algún contenido más subversivo. La imagen está ahí, a primera vista de un padre, madre o mediador, y no se puede ocultar. Las palabras tienen que ser leídas con atención para descubrir su trasgresión, pero una ilustración se muestra sin velos y es evaluada al segundo por quien elige un libro para el niño o niña a quien va destinado.
Cuando voy a ferias con los libros de mi editorial Vasalisa puedo ver esa mirada adulta que censura y selecciona según su criterio, y decide qué corresponde a un niño y qué no. El caso más recurrente es con el libro “Hermana”, escrito por Luz Valdivieso e ilustrado por mí, sobre la muerte de una niña. Muchos adultos abren el libro, atraídos por el título y el dibujo de la tapa, sugerente, pero no evidente. Pocos, sin embargo, logran pasar de la página en que la hermana muere y lo cierran con una sensación de disgusto, engaño o de shock.
No pasa lo mismo con los niños y niñas. En ferias de colegio, los estudiantes se pasaban el dato para ir a ver el libro “triste pero lindo”. En la última Furia del Libro, una bibliotecaria me dijo que ese libro estaba en su colegio y que lo sacaban todos los días. Ahí hubo alguien que quitó una barrera para que los lectores pudieran acceder a él en esa biblioteca.
Los niños viven rodeados de imágenes que no pasan por ningún colador; para los libros, hay una vara más alta y me parece bien que todavía esperemos de ellos contenidos de calidad. La ilustración es una manera de poder visibilizar las cosas que nos cuesta mirar y a las que, a través del arte, podemos acercarnos de una manera más reflexiva. Para un texto controversial, las imágenes pueden preparar la atmósfera para entrar en él, ya sea como un bálsamo que aporte belleza a lo terrible, que contribuya al realismo de la escena o que agregue detalles sensoriales o metafóricos que den mayor profundidad y sentido.
¿Qué hacer? Pretendo que quienes vayan conociendo los libros que edito, escribo o ilustro puedan tener la confianza de que, si al entrar en ellos se enfrentan a algo desconocido, sepan que están en un lugar seguro para explorar y sentir.
CENSURA Y LITERATURA INFANTIL CHILENA
Manuel Peña Muñoz es escritor, investigador literario y profesor de castellano titulado en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (1974), especializado en Literatura Infantil y Juvenil en España. Es miembro de IBBY Chile y ha realizado pasantías de investigación en la Internationale Jugendbibliothek (Munich, Alemania) y en la Fundación Sánchez Ruipérez (Salamanca, España).
Durante el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), se creó la editorial Quimantú dedicada a publicar libros de calidad literaria en ediciones masivas. En 1972, apareció la colección Cuncuna en la que aparecieron cuentos infantiles de Marta Brunet, María de la Luz Uribe y Floridor Pérez, entre otros. El cuento La desaparición del carpincho de Carlos Alberto Cornejo tiene una clara alusión política, pues critica la ambición del dinero por sobre la solidaridad humana, anticipando una nueva sociedad neoliberal que, en ese tiempo, parecía muy lejana.
Esta colección, junto a todos los libros de Quimantú, fue destruida durante la dictadura militar. Hoy día, la editorial USACH ha reeditado cinco de estos títulos como una manera de recuperar parte de la literatura infantil chilena que fue censurada en ese tiempo. Por otra parte, la especialista María de los Ángeles Quintero escribió Creación y desarrollo de la colección chilena de literatura infantil Cuncuna, de editorial Quimantú (2007) como trabajo final del Máster en Libros y Literatura Infantil en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Manuel Peña Muñoz
En Quimantú, se publicó la revista infantil Cabrochico, dirigida por el escritor Saúl Schkolnik, que fue destruida también durante la dictadura. Un lector escribe: “Me apena recordar que mi colección completa fue a parar a una quema de libros, en esos años oscuros. Yo tenía solo diez años y no pude impedir que me las quitaran para la hoguera, como tantas otras cosas que te podían comprometer si te allanaban”.
El Manual de Castellano (Editorial Universitaria, 1971) de José Promis y Mario Rojas también fue “objetado”, pues en sus páginas aparecía la obra de teatro infantil Los grillos sordos (1964) del dramaturgo Jaime Silva. La censura consideró que era una fábula subversiva, pues mostraba que las hormigas eran explotadas por los grillos. Estos insectos eran sordos, porque no escuchaban las demandas de las hormigas, en cambio, cuando las escuchan, recuperan la audición. El Manual recomendaba que fuese interpretada por los alumnos, lo que se estimó inconveniente, pues podían relacionarla con la contingencia política. El libro de texto también incluía el cuento El gigante egoísta de Oscar Wilde, que se interpretó como una crítica a la burguesía que acumula y no comparte. Las actividades de diálogo suponían una exaltación a la rebelión social y una invitación a la reflexión crítica. Este libro de texto fue retirado de circulación en 1974.
“Los grillos sordos” (1962), obra de teatro infantil del autor y director Jaime Silva, montada por el Teatro Teknos. Fotografía de Aquiles Orellana.
Diez años más tarde, el Colegio Médico de Chile quiso incluir un cuento infantil en su revista, pero fue objetado por la Central Nacional de Inteligencia (CNI). En un memorándum del 9 de enero de 1985, conservado en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el Mayor General Humberto Gordon Rubio, Director Nacional de Informaciones, señaló:
“El artículo está escrito en fábula donde se enseña a los niños que el empleo de la fuerza puede ser vencido con inteligencia y cultura. Demuestra asimismo que las personas deben razonar y no aceptar una situación tal como se les presente. Este cuento infantil pretende despertar en el subconsciente del niño la idea de no aceptar el ordenamiento que debe existir en todo régimen de gobierno establecido. De toda fábula se desprende una enseñanza y en este caso, ella es que, por muy débil que sea, siempre existe la posibilidad de oponerse a quienes son más fuertes. Por lo anteriormente expuesto, no se estima aconsejable la publicación y distribución del cuento referido ya que significaría fomentar el espíritu crítico en los niños despertando así en ellos el aumento de la condición innata a la rebeldía que poseen”. Este texto aparece citado por Rosa Díaz Chavarría y Ramón Llorens, en el artículo “Censura y Literatura Infantil en Chile, los libros silenciados” (2016), publicado en el libro Censuras y LIJ en el siglo XX en España y 7 países latinoamericanos (ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca. España). Aunque no hubo listas de autores prohibidos, los profesores tenían cuidado en seleccionar los libros de autores “problemáticos” como Pablo Neruda, Baldomero Lillo, Enrique Lihn o Pablo de Rocka, según narra una profesora en el artículo citado.
Biblioteca abierta a la comunidad
Alejandra Poli García es periodista, licenciada en comunicaciones, cuentacuentos y diplomada en Animación y Promoción a la lectura y LIJ y en Literatura en Lengua Inglesa. Está a cargo del Área de Mediación del Centro Lector de la Corporación Cultural de Lo Barnechea.
Una biblioteca pública se entiende como un espacio cultural para toda la comunidad, posibilitando el acceso a la información, al conocimiento, a la cultura y a la recreación de todos/as quienes asisten a ella. Para eso, dispone de diversas instancias de desarrollo y colecciones de libros para todas las edades. Uno de los públicos más fieles y altamente demandantes son los niños/as. Es por eso que la sala infantil cobra una relevancia fundamental a la hora de pensar en las bibliotecas públicas y sus colecciones.
Una colección literaria de calidad es difícil de definir. Los responsables de la sección infantil deben tener una visión amplia y no simplista de los lectores. Es en este punto precisamente donde los mediadores deben evitar cualquier tipo de censura al momento de seleccionar. Inevitablemente pueden aparecer sesgos que frenan los intentos de selección, sin embargo, una condición de censura que prevalece en las salas infantiles (y en la literatura infantil en general) es la edad de los lectores. Quizás esto responde a que todavía el foco está puesto en el adulto que acompaña al mundo infantil.
Alejandra Poli
Una biblioteca pública tiene como fin, entre otros, democratizar el acceso a la información a todos/as sus usuarios. Presentar una gama amplia de libros, formatos, espacios y talleres para que la lectura deje de ser una brecha. Sin embargo, cada vez que nos preguntamos (no solo los bibliotecarios, sino también profesores, padres, madres y todos quienes son intermediarios entre el libro y los niños) para qué edad es este libro o dónde debemos clasificarlo para que no produzca “problemas”, se está poniendo una cuota de censura a nuestra selección.
Los libros siempre son oportunidades para expandir los horizontes de sus lectores/as. En este papel mediador, debe ser capaz de mirar a todo el universo de lectores/as que forman su comunidad y entregarles contenidos de la máxima calidad posible. Es muy probable que los acercamientos a obras de calidad por parte de algunos niños y niñas solo se dé en la biblioteca. Entonces, ¿por qué privarlos de poder leerlas, mirarlas, compartirlas y conversar sobre ellas?
No hay que olvidar que los criterios de selección son guías que nos pueden ayudar a orientar nuestras selecciones de libros, pero no podemos dejar que esos criterios nos ahoguen y nos impidan diversificar las lecturas.
Vivimos en una sociedad adultocéntrica que nos exige evitar exponer a niños y niñas a una lectura poco adecuada, que no sea acorde a su edad, que toque temas tabúes o que les den acceso a libros que no han sido creados para ellos/as.
No debemos olvidar que la biblioteca cumple un rol social y, como tal, es un espacio de mediación de lectura que debe pensar en el lector/a final. Es por ello que la premisa de la biblioteca de estanterías abiertas es una forma de acortar esas brechas de censura vigentes.
La pregunta que cabe hacernos es ¿podemos, al momento de seleccionar libros, pensar en nuestro lector/a final y no en toda la cadena de intermediarios? Es una pregunta difícil y válida de plantear. Muchas veces, tenemos intenciones de poner frente a nuestros lectores/as diversidades de libros, pero no siempre será posible. Es acá donde la premisa de “estanterías abiertas” se vuelve un factor clave. Si bien esas estanterías están “restringidas” por edades, permiten que los/as lectores/as busquen sus propias lecturas.
Qué mejor lugar para lograr una lectura placentera que la sala infantil de una biblioteca. Es acá donde niños y niñas encuentran libertad para buscar sus lecturas, curiosear y conversar sobre libros fuera de un contexto escolar. La sala infantil, tal como nos dice Genevieve Patte (2011), es el espacio ideal para entregarles a niños y niñas una probada del arte literario, un acercamiento relajado y sin el estrés de los aprendizajes. Pues ahí solo hay cabida al placer del encuentro con los libros, lejos de las ansiedades escolares de padres y profesores.
La censura en la liJ: caminos por recorrer
Luz Yennifer Reyes es Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente, es presidenta de IBBY Chile, coordinadora Premio de Literatura Infantil y Juvenil Medalla Colibrí 2014-2023, así como de la colección de libros para mediadores de lectura “Alas de colibrí”.
Hablar de la censura en la literatura infantil y juvenil no es nuevo. De hecho, cada tanto, en la prensa y en redes sociales, especialistas de la LIJ reflexionan sobre una nueva censura mediática, como el reciente caso de la obra de Roalh Dalh y su reescritura por parte de Puffin Books y el grupo Inclusive Minds. quienes realizaron cambios “pequeños y cuidadosamente considerados” a las obras del autor .
Pero además de estos casos “famosos”, seguramente si nos sentamos con un grupo de mediadores/as (ya sean docentes, bibliotecarios o padres de familia), veremos estas tensiones en torno a qué deben y qué no deben leer los niños, niñas y jóvenes y allí es donde se revela esta censura que podría ser la censura no explícita, la que simplemente oculta obras y va formando un canon “políticamente correcto” de literatura infantil y juvenil.
Luz Yennifer Reyes
Como bien lo comentó en su momento Perry Nodelman: “He llegado a la conclusión de que cuando se trata de libros para niños, todos somos censores. Nosotros, los que estamos en contra de la censura, probablemente nos convertimos censores de libros que difieren de nuestros propios valores” (We Are Still All Censors) .
Y esa censura oculta o no velada, seguramente, empieza desde el momento en que un Estado o el gobierno de turno decide el precio de los libros y un costo de un IVA por las nubes, pasando por adultos que deciden quién lee qué: por qué los bebés no leen, por qué los libros son para esta edad y no para otra, por qué leer cómic no es leer, por qué leer libros de no ficción no es leer, por qué las imágenes no se leen, por qué la belleza solo está en los libros de finales felices, y así un largo etcétera. Sin pretender dar una receta para que se nos baje la fiebre de la censura, creo que un primer paso es que, como mediadores/as, autores/as, editores/as y cualquiera que sea nuestro rol en el ecosistema del libro y la lectura, nos preguntemos por cómo vemos o qué pensamos de la infancia. Como sabemos, existe una desigualdad de poder, ya que los niños y las niñas, en la mayoría de los casos, no tienen las posibilidades económicas, sociales y/o culturales para elegir sus propias lecturas. Entonces, como adultos, ¿qué nos preguntamos a la hora de elegir un libro?, ¿qué nos da temor?, ¿qué preferimos?, ¿preguntamos a los niños y las niñas sobre sus intereses?
Y si seguimos por la esta línea de preguntas: ¿qué es un libro de calidad?, ¿qué es un libro bello?, ¿qué hace mejor a esta obra que aquella? Y pensando en este posible segundo paso de esta no receta, podemos tener una mayor claridad sobre lo que queremos evitar, por ejemplo: perspectivas estereotipadas, cánones impuestos, miradas únicas y cerradas, emociones válidas y no válidas, por decir algunos de los ítems más frecuentes en la LIJ donde se piensa en una infancia casi mística, angelical e inmaculada. En ese sentido, y hablando de emociones, recuerdo perfectamente el cajón de los libros censurados de una biblioteca escolar de cuyo nombre no quiero acordarme, donde existía un selecto grupo de los condenados bajo llave, entre ellos “Como agua para chocolate”, pasando por “Cien años de soledad” hasta la obra de Geert De Kockere “Greta La Loca”, donde particularmente un padre de familia consideraba que la portada era muy oscura y que, además, la furia desmedida con malas palabras que Greta (¡una mujer!) eran perturbadoras y de mal ejemplo para su hija. Se perdió una tremenda oportunidad para conversar precisamente sobre esos sentimientos que no se pueden reprimir y desbordan el ser. Pero, bueno, profundizar en todas las posibles formas de ejercer censura es para otro espacio más amplio.
Sería irreal pensar en un mundo sin censura. Pensemos que cada época y sociedad censura desde su propia perspectiva, desde lo político hasta el control de las emociones. Con un mundo poblándose de inteligencias artificiales, redes sociales, guerras y conflictos socioeconómicos, la censura está a la orden del día.
¿Qué nos queda? Mi respuesta llena de fe: el arte. La literatura que ilumina esos espacios oscuros para que la inteligencia humana dé paso a la creatividad y a la sensibilidad, y, sobre todo, a esa esperanza que lleve a la libertad de quienes podemos leer desde el vientre materno.
Vigilante incógnito
Francisca Silva tiene una formación artista visual, dirige su trabajo hacia la educación y desarrolla instancias familiares en espacios públicos para promover la creatividad y a la observación de la naturaleza. Junto a su pareja, tiene una librería llamada Alapa, focalizada en editoriales nacionales ligadas a la LIJ. Ilustra por los animales y rescata palomas urbanas.
Hace años atrás, cuando estuve involucrada con trabajos de instalación en la vía pública, pensaba sobre cuánto podía determinar la mirada de los otros en las acciones que uno hace a diario. Era un ejercicio constante que me forzaba a ejercitar con mis obras, su plasticidad y cómo la materialidad se veía perjudicada por estas acciones. En la observación, registraba los rincones de las calles que no estaban del todo revelados al ojo humano y que guardaban una acción.
Paralelamente, realizaba mis intervenciones de graffiti. Como suele ser en este arte, se firma con un seudónimo. Transitar y crear con un nombre ficticio permitía una libertad tan placentera al poder transformar mis pinturas en lo que quisiera sin perseguir nada. Todo lo que realizaba era pintar y soltar. No se esperaba de un externo que te validara y tampoco para resaltar en el medio, pero sin duda, en esos tiempos, el campo para desenvolverte era otro. En esas circunstancias, estabas a un paso de ser un blanco de burlas o acoso de transeúntes. La mínima presencia de un extraño impedía realizar mi acción. Era un ser incógnito que me lo impedía. ¡Y cuánto poder podía llegar a tener!
Francisca Silva
Pintando sola en la calle me hacía sentir expuesta. Un extraño podía sentirse con la libertad de decir desde qué debías pintar o, con tono sexualizado, qué tenías o no que hacer por él. Es desde ahí donde se develaba todo ese retorcido entramado y comportamiento social que, finalmente, me exponía a los comentarios represivos que pretendían censurarme. Mis personajes de animales comenzaron a tener vestidos, botas largas y lencería. Así jugué esa liberación. En algunas oportunidades, eran explosiones de color, combinados con collage de papelógrafos, que, al poquito tiempo, se corroían con la lluvia. Su permanencia era efímera y me agradaba. Mi libertad al crear era plena, y la recuerdo con nostalgia. Con el tiempo, las botas y la lencería de mis conejas del graffiti quedaron en un clóset guardadas, y tomaron otros matices.
Cuando mi trabajo entró en el campo de la LIJ, podía ver proyectos de editoriales extranjeras bastante más avezadas que los locales. En esos años (por el 2010), pensaba que toda la producción para niños y niñas estaba determinada por un ente regulador de proyectos literarios, que vigilaba su “pertinencia educativa”, más que la exploración creativa o el placer de una narrativa visual plástica hacia la infancia. Ese conflicto no lo observaba en el graffiti o en el área de las artes visuales. Se me hizo evidente que, en este caso, al no estar sujeto a ningún control ni conflictuado sobre lo políticamente correcto, las propuestas se expresaban de manera distinta.
¡Pero cómo era posible que en la literatura ilustrada hubiese tanta regulación! Con el paso de los años, trabajando en lo que pudiese con mis ilustraciones y mi estación permanente en la librería Alapa, observaba cómo se elaboraban proyectos editoriales con estos mismos fines que observaba en el 2010.
La osadía era poca y su público consumidor también era recatado, y con propósitos apuntados a corregir. ¿Cuántas veces he tenido que defender un título? Por ejemplo, “Vamos a cazar un oso”, por sus implicancias. O escuchar a mis amigas y sus experiencias con editoriales sobre hacer cambios en sus ilustraciones, porque en ellas hay objetos cortopunzantes, copas de vino en la mesa o jarras de cerveza a la mano de un niño. Tampoco se puede mencionar la muerte, porque se aproxima al suicidio, y se deben quitar elementos que parecen falos. Retirar temas para silenciar.
Sé que los proyectos de las editoriales intentan sobrevivir y, por ende, también todas las personas que lo conforman, pero sin duda están en extremo expuestos a diversas observaciones que corrompen la riqueza del imaginario. ¿Cuánto poder tiene esa figura sigilosa que no se deja ver? ¿Quién silencia un proyecto? ¿Realmente todo recae en la editorial o bien lo hace ese agente que merodea, de forma incógnita, en la LIJ? Son solo algunas reflexiones y dudas que me surgen al observar este campo de riqueza creativa que merece ser explorado por niñas, niños y jóvenes, quienes tienen toda la capacidad para leer este mundo sin tanto maquillaje y regulación.
Sirenas, un caso de autocensura ¿temporal?
Diego Vargas Duhart es profesor y actor aficionado. Director de La Cajita (fundada en 2018), teatro y fomento lector para primeras infancias, compañía con la que ha creado tres propuestas originales. Docente del Programa de Comunicación y Pensamiento UDD, actualmente es alumno del doctorado en Literatura UC.
Desde hace algún tiempo como compañía La Cajita hemos venido trabajando la adaptación escénica de Sirenas (2018) de Jessica Love. Este libro álbum cuenta la historia de transición de Julián, en un contexto carnavalesco y en una ciudad que, presumimos, es Nueva Orleans. Julián, luego de que su abuela entendiera que no era problema que el nieto se disfrazara como sirena, es aceptado en su “sirenidad” y se siente orgulloso de que la persona que él más admira, su abuela, asuma este cambio. La potente historia que muestra infancias no estereotipadas, los personajes adultos que aparecen con sus defectos y sus virtudes, la sugestiva paleta de colores que ilustra la narración, las materialidades que queríamos articular para despertar los sentidos y las sonoridades que activaba fueron elementos que nos llevaron a adentrarnos creativamente en el universo de las infancias en transición.
Diego Vargas
Con varias reuniones a cuestas, intercambio de referentes, lecturas bibliográficas y dos bosquejos de guion nos preparamos durante buena parte del 2022 para llevar a escena esta obra, cuando tomó notoriedad el caso de los dos trabajos de investigación realizados por alumnos de la Universidad de Chile que fueron acusadas de promover la pedofilia: la tesis de magíster Pedófilos e Infantes, pliegues y repliegues del deseo y el informe de seminario El deseo negado del pedagogo: ser pedófilo.
El revuelo social que generó nos puso en alerta en cuanto a la realización de la propuesta, lo que activó un enriquecedor diálogo. Creíamos que la misma fluidez inherente del crecimiento de toda persona que ha levantado cierta línea de investigación psicoanalítica, emergía como un potente motor de mediación escénica a partir del libro. También, nos cuestionábamos con respecto a la capacidad deliberativa de las orientaciones y agenciamientos acerca de la propia sexualidad de las infancias. Además, las relaciones asimétricas que, inevitablemente, surgen en la relación entre el mundo adulto y las infancias resultaba un componente vital para para adentrarse en la complejidad del problema. Esto nos llevó a sospechar que ‒si escenificábamos la propuesta‒ se podía dar la lectura que poníamos a las niñeces como sujetos de autoconciencia de género, con el riesgo de que se cuestionase el genuino motivo de la puesta en escena. Sentíamos que no estaba la voluntad en el equipo de ser reconocidos por una polémica del tipo “compañía que promueve la pedofilia”, lo que hubiese levantado una publicidad artificial sobre La Cajita. Correr el riesgo de exponer nuestro trabajo —y con él, a las infancias— a la odiosidad, agresividad y carencia de intentar comprender a quien no piensa como uno (lo que se observa, muchas veces, en este tipo de debates) nos parecía estéril, falto de sentido estético e innecesariamente desgastante.
En cambio, también sentíamos —y sentimos todavía— muy necesario que se planteen estos temas con el consiguiente intercambio de ideas que eso produce. Por otra parte, el hecho de que una guía de educación y orientación sexual distribuida en centros escolares por el ministerio de Educación con el fin de dialogar e informar a niñas, niños y jóvenes sea vista por un sector no menor de la sociedad como algo negativo, hace que nos preocupe la reacción que pudiera generar una obra como esta.
¿Qué hacer, entonces? Frente a estas dificultades y desafíos, buscamos caminos alternativos para hablar de lo transicional, de lo cambiante y fluido. De esta forma, llegamos a los patrones de muaré: efectos ópticos que producen una ilusión de movimiento cuando dos patrones de figuras se superponen entre sí. Esta antigua técnica que recuerda los inicios del cine nos parece hoy una interesante manera de metaforizar la idea de infancias en tránsito. También, se convierte en un dispositivo escénico que permite hablar de lo cambiante, del movimiento inherente de lo que nos rodea, pero abordado desde, valga la redundancia, la perspectiva de lo visual.
Este proyecto cumple dos años en su proceso de creación. A la luz del tiempo, sabemos que se configura como un caso de autocensura, que se produce incluso antes del montaje, lo que no puede sino hablar de lo sensible que resulta el tema de las infancias trans en Chile. Como compañía La Cajita esperamos el 2024 mostrar esta experiencia sensorial sin que se nos acuse de pasar a llevar derechos fundamentales de las infancias. Para eso, confiamos en un acercamiento respetuoso a este tema y en las infinitas posibilidades escénicas que se abren con los patrones de muaré.
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DOSSIER 2: CENSURA LIJ
Claudia Andrea Andra
Created on June 28, 2023
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DOSSIER
¿QUÉ SE CENSURA CUANDO SE CENSURA? REFLEXIONES SOBRE LA CENSURA EN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
diciembre 2023
DOSSIER
¿QUÉ SE CENSURA CUANDO SE CENSURA? REFLEXIONES SOBRE LA CENSURA EN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
EDICIÓN DOSSIER: Claudia Andrade Ecchio y Paolo Acevedo Béjares.ILUSTRACIÓN DE PORTADA: Ilustr. Sergio Vesely. Título: Artistas en la ciudad. Técnica: Gouache/Tinda china. 60 x 80. Año: 2004. ILUSTRACIONES INTERIORES: Índice. Ilustr. Sergio Vesely. Título: Alrededor de un libro de cuentos. Técnica: Gouache/Tinda china. 60 x 80. Año: 2004. Secciones 01 y 02. Ilustr. Beatrice Steele. Técnica: Ilustración digital. 21 x 30. Año: 2020.
Índice
01.
10.
La Otra LIJ
Florencia Olivos
02.
11.
Dossier Censura
Manuel Peña Muñoz
03.
12.
Claudio Aguilera
Alejandra Poli
04.
13.
Luz Yennifer Reyes
Alejandro Ayala
05.
14.
Daniela Cortés
Francisca Silva
06.
15.
Áurea Esquivel
Diego Vargas
07.
Hugo Hinojosa
16.
Copyright
08.
Carola Martínez
17.
Portada
09.
09.
Nataschia Navarro
01
La OTRA LIJ
LA LECTURA INTERMINABLE
LA OTRA LIJ
El ciclo consistió en la realización de seis charlas a propósito de clásicos de la literatura infantil y juvenil: Peter Pan y Wendy (por Carola Martínez), Las aventuras de Huckleberry Finn (por Paolo Acevedo), La historia interminable (por Claudia Andrade), El maravilloso mago de Oz (por Hugo Hinojosa), Pippi Calzaslargas (por Blanca Hernández) y Las aventuras de Pinocho (por Carola Vesely).
Quiénes somos
La Otra LIJ es un espacio de producción y divulgación de conocimiento sobre la literatura escrita y/o destinada para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, así como de las problemáticas asociadas a la enseñanza, mediación y mercado editorial de estas obras (en sus distintos soportes). Está pensado para autores/as, ilustradores/as, editores/as, académicos/as, bibliotecarios/as, docentes, mediadores/as y personas interesadas en esta temática.
Es coordinado por un equipo de académicos expertos en Lengua y Literatura, y cuenta con la colaboración de un grupo de profesionales y especialistas en áreas afines a la literatura infantil y juvenil.
Entre 2019 y 2021, publicamos una serie de críticas y columnas de opinión en nuestras redes sociales (Facebook e Instagram), con una doble finalidad: por un lado, discutir temas de interés a partir de la revisión de obras de variado tipo (novela, poesía, teatro, cómic, manga, videojuegos) y, por otro, abordar problemáticas relacionadas con el campo literario, la industria cultural, el mercado editorial, la censura y la mediación de la lectura, por mencionar algunos.
Desde su surgimiento en 2019, el equipo de La Otra LIJ ha coordinado distintas instancias para aportar y renovar la discusión en torno a las producciones pensadas para este público lector.
UNA MUJER HECHA DE LIBROS
LA OTRA LIJ
El ciclo se realizó en enero 2021 y enero 2022, y fue organizado en conjunto con La Ventana del Sur. En su primera versión, contó con la participación de las escritoras Martha Riva Palacio, Laura Ponce y Camila Valenzuela; por su parte, en la segunda versión, participaron Maielis González y Sofía Baker (Podcast Las Escritoras de las Urras), Marian Lutzky (escritora) y Gabriela Lyon (ilustradora).
Quiénes somos
Como equipo, hemos participado en distintos congresos académicos y seminarios nacionales e internacionales, entre ellos, el Seminario LIJPE 2021, el 25° Congreso de la Sociedad Internacional para la Investigación en Literatura Infantil (IRSCL 2021), el II, III y IV Seminario Online de Mediación Lectora (Centro Lector Lo Barnechea, 2021 y 2023) y el II Congreso Internacional de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Martín (2022).
Conoce nuestro canal de Youtube
Entre 2020 y 2022, desarrollamos los ciclos La Lectura Interminable (2020) y Una mujer hecha de libros (2021 y 2022), ambos disponibles en nuestro canal de Youtube. En diciembre de 2022, publicamos nuestro primer dossier en torno a la edición, en el que participaron catorce editores/as del mundo LIJ.
Ver
02
Dossier CENSURA en lij
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
En la Nueva historia universal de la destrucción de libros (2010), el investigador Fernando Báez denomina “bibliocausto” a la práctica de aniquilación de textos y bibliotecas. El fuego, el agua, la tinta, las armas, las manos e incluso la negligencia se convierten en instrumentos para borrar o dejar en el olvido volúmenes de obras que, en palabras de este autor, no se destruyen para mostrar un desprecio al objeto libro, sino como un mecanismo que busca eliminar el testimonio escrito de la memoria colectiva. Si la escritura y los libros han sido nuestras herramientas para preservar la experiencia y el saber humano acumulado para que nuevas generaciones lo conozcan, la censura literaria busca impedir, vigilar y castigar determinados textos, y se justifica usando el mismo pretexto: quien prohíbe un libro dice proteger a las y los lectores de contenidos considerados peligrosos, y se justifica a sí misma usando como idea la necesidad de preservar un determinado orden.
Paolo Acevedo Béjares es Profesor de Estado en Castellano. Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena. Diplomado en Literatura para infancia, adolescencia y juventud. Actualmente, integrante de La Otra LIJ y docente de la Universidad del Desarrollo (Chile).
Paolo Acevedo
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
¿Por qué actúa de este modo el censor? Porque tiene miedo del efecto de las palabras, de su poder para permitir que las y los lectores imaginen alternativas al mundo establecido, se acerquen a otras experiencias vitales, a formas divergentes, novedosas de pensar, sentir y actuar en la realidad. Por lo tanto, priva a la literatura de su función política: ofrecer representaciones que vayan más allá de lo establecido, que interroguen los modos de ser y hacer de una sociedad. Y se busca prohibir ficciones justamente para evitar que otros piensen críticamente el mundo a través de lo que leen. De ahí que, desde la perspectiva del censor, la literatura se convierta en un producto cultural peligroso. La literatura escrita y/o destinada a público infantil y juvenil no escapa a esta tendencia. Tanto obras clásicas como nuevas escrituras han enfrentado los intentos o ejecución de prohibiciones, tachaduras y reescrituras, motivadas por la creciente corrección política o las acusaciones de adoctrinamiento de padres, escuelas y mediadores. En gran parte de los casos, cual práctica adultocéntrica propia de esta literatura, la clausura de estas ficciones se debe a la incomodidad del adulto, que percibe como perturbadores los contenidos de las obras y juzga que niñas, niños o jóvenes no cuentan con herramientas para interpretar el texto o enfrentarse a los temas difíciles; o bien, evalúa que los mundos representados en la ficción corrompen a este público lector y, por lo tanto, se debe evitar exponer a estos “inocentes” sujetos a las perversiones y tabúes que presentan algunos textos. Para Fanuel Hanán Díaz, esto ocurre muchas veces porque el adulto no comprende las formas exploratorias en que las infancias y adolescencias interactúan con el mundo, de modo que transfieren sus temores a la revisión y selección de los temas y ficciones que se ofrecen a estas audiencias.
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
Al mismo tiempo, la censura puede venir de las y los lectores, y también del mercado editorial, que, en ocasiones, busca incidir en los procesos a través de sus propios intereses, exigiendo que autoras y autores se ajusten a ellos. Justamente, estamos en una época turbulenta y asistimos a un cambio cultural sin precedentes, en que la necesidad de reivindicación y pugna ideológica comienza a utilizar las antiguas herramientas de la censura (u otras, nacidas al alero de la horizontalidad del discurso público en las redes sociales) para acorralar a autores, obras y lectores. Somos parte de este entramado, pues está sucediendo aquí y ahora, y no podemos ser indiferentes. En este escenario cada vez más bullente, como equipo de La Otra LIJ consideramos necesario ofrecer en este dossier un espacio para la discusión de la censura de libros para público infantil y juvenil, para dimensionar los motivos y factores que han incidido antes y que se usan hoy para prohibir, castigar o perseguir la libertad de la palabra literaria, así como la reflexión acerca de qué niveles de la cadena del libro son afectados por este proceso. De ahí que agradecemos la libre colaboración de investigadores/as, escritores/as, mediadores/as, editores/as y lectores/as de obras de ficción en este momento en que la censura, lamentablemente, ha vuelto a estar de moda.
CENSURA EN lij
Lecturas incómodas o quién le teme a la literatura
En este dossier, hemos querido recoger esa diversidad de voces, no solo desde el lugar que cada uno ejerce en el mundo de la LIJ, sino también ofrecer la variedad de formas en que las y los columnistas entienden el fenómeno de la censura literaria. De esta forma, encontrarán en el dossier voces que se hacen cargo de las tensiones (algunas no resueltas) entre la libertad de expresión y las exigencias que impone este mundo cambiante a los discursos que se comunican en la literatura. Confiamos que los distintos textos que recogemos en este dossier abran la posibilidad de seguir discutiendo y construir nuestras propias respuestas, para asegurar que la literatura siga floreciendo, allí donde hoy experimenta cadenas y silencio a su desarrollo.
El 7 de julio de 2021 nuestra compañera Carola Vesely participó en el Programa Gota de Lluvia de la radio UACh, conducido por Cecilia Lagos,.En esa ocasión, abordó la problemática de la censura en la LIJ. Si clickean la imagen, podrán acceder a dicho conversatorio.
Paolo Acevedo
Matar al mensajero
Claudio Aguilera Álvarez es escritor e investigador especializado en literatura infantil e ilustración. Junto con Isabel Molina, es autor de Colección Cuncuna. La revolución del libro infantil chileno (Editorial Universidad de Santiago).
A la larga lista de atrocidades cometidas por la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet ‒enumeración que, en los últimos meses, se ha debido reiterar ante la creciente amnesia de una parte de nuestra sociedad‒, es necesario agregar la destrucción de la escena editorial chilena, a través de la quema de publicaciones, la intervención y posterior desmantelamiento de la editorial nacional Quimantú, la creación de comisiones de censura previa, el impuesto al libro, el allanamiento de imprentas y la expurgación de bibliotecas. Más aún, convirtieron al libro, hasta entonces pilar central de la cultura, en un objeto temido y, a la lectura, en un acto peligroso. Mientras todo eso ocurría, el dictador se ufanaba con sus estanterías llenas de libros que nunca abrió. Pero no fue suficiente con impedir la circulación de libros, revistas y diarios: también persiguieron, exoneraron, encarcelaron, exiliaron, torturaron y asesinaron a editores, escritores, periodistas, fotógrafos, diseñadores, dibujantes y prensistas. La literatura para las infancias, ese espacio que muchos ‒aún hoy‒ consideran al margen de la historia y de la ideología, tierra de pura fantasía y protectorado de hadas y duendes, no escapó de la bota y la metralla.
Claudio Aguilera
No existe evidencia documental en que se registren actos de censura perpetrados por la dictadura contra publicaciones de literatura infantil y juvenil. Pero recorrer las biografías de los autores de los dos principales proyectos de Quimantú dirigidos a niños y niñas (colección Cuncuna y revista Cabrochico) permite dimensionar la magnitud del daño. Entre sus ilustradores, Luis Jiménez fue asesinado en septiembre de 1973; Guillermo Durán (Guidú), encarcelado, torturado y exiliado; Guillermo Tejeda, Jalid Daccarett, Dolores Walker, Carlos Cabrera (Ariel) y Julio Moreno, debieron abandonar el país; mientras que Fernando Krahn, María de la Luz Uribe e Irene Domínguez, instalados desde antes en Europa, nunca regresaron. Quienes se quedaron, como Hernán Vidal (Hervi), Marta Carrasco y Renato Andrade (Nato), perdieron sus fuentes de trabajo y debieron buscar formas alternativas para sobrevivir. Dudo que alguno de los agentes del Estado involucrados en estos crímenes tuviera una noción de los contenidos de estas publicaciones. Si hubieran leído estos libros y hojeado estas revistas se habrían enterado de que se trataba de narraciones de Chile y el mundo que abordaban historias sobre trabajo colectivo, generosidad, solidaridad, bondad, respeto y honradez, y que fueron escritas e ilustradas para llegar a los niños y niñas de todo el país, especialmente a aquellos, en palabras de Víctor Jara, frágiles como un volantín. Porque al destruir de esos libros y revistas, al perseguir a sus creadores, lo que se estaba destruyendo y persiguiendo era una forma de hacer sociedad, una idea de país, en la cual la infancia tenía un lugar central, en la que “la felicidad de Chile comienza por los niños”, como quedó plasmado en uno de los más emblemáticos afiches de los hermanos Larrea y Luis Albornoz.
Sin embargo, han debido pasar cincuenta años para que volvamos la mirada a la colección Cuncuna y la revista Cabrochico, y dar nuevamente un espacio en la historia a los escritores, ilustradores, diseñadores y editores que le dieron vida. Queda aún pendiente reconstruir el sueño que intentaron arrebatarles: hacer de Chile un país en que los niños y niñas estén primero.
Tras el Golpe Militar, la literatura infantil chilena que, desde los años 40 vivía un progresivo desarrollo, nunca más fue la misma. Pese a la precariedad y el temor, escritores, ilustradores y editores siguieron trabajando, aunque en esfuerzos de corto aliento. Con los servicios básicos privatizados ‒incluida la educación‒, una crisis económica de proporciones históricas y férreas restricciones a la libertad de expresión, hubo que esperar hasta fines de los años 90 para que los lectores pudieran volver a disfrutar de la producción nacional en toda su amplitud y diversidad.
literatura antiespecista, censura y desafíos
Alejandro Ayala Polanco es un escritor chileno, pionero en literatura antiespecista infantil y juvenil, ganador del Premio Mundo Brillante 2019. Puedes conocer más de su trabajo en: www.antiespecista.cl
El uso de los animales para fines humanos ha sido cuestionado por diversos autores, dando forma a lo que conocemos como literatura antiespecista. Escritos de carácter filosófico, como los aportados por Plutarco en el siglo I y Porfirio en el siglo III, forman parte de los más antiguos referentes de esta literatura. En épocas más recientes, sin embargo, tomaron protagonismo autores que han buscado transmitir su postura ética a través de nuevos lenguajes literarios. Por ejemplo, es posible distinguir en la alimentación vegetariana del monstruo de Frankenstein una sutil crítica antiespecista por parte de Mary Shelley, quien fue vegana más de cien años antes de que la palabra vegan fuese creada.
Alejandro Ayala Polanco
No obstante, a pesar de su necesidad, la literatura antiespecista enfrenta varios malentendidos que dificultan su difusión. El más extendido es el que reduce su propuesta a una forma de alimentación. La censura surge, en este caso, como una clasificación errónea de contenido, la cual excluye a la literatura antiespecista del espacio de reflexión que le corresponde, que es el de la ética y la política, relegándole a espacios ligados a la cocina y la dieta, afectando, con ello, su distribución y reduciendo su conocimiento por parte del público. Una difusión adecuada de la literatura antiespecista proviene, entonces, de un entendimiento correcto del veganismo, asumiendo que este consiste en un principio ético, el cual nos señala que los seres humanos no tenemos derecho a u sar a los demás animales para nuestros fines. Con esta definición en mente, es posible comprender que el vegetarianismo estricto es solo una de las múltiples dimensiones prácticas con que una persona vegana busca dejar de explotar a los demás animales, y que el veganismo guarda mayor relación con el debate en torno al ejercicio de poder que consideramos legítimo en nuestras sociedades, que con una preferencia personal hacia determinados alimentos. Quizá la dimensión más rezagada dentro de la literatura antiespecista ha sido la infantil, y es a dicha dimensión a la cual he dedicado la mayor parte de mi trabajo. Abarcando una diversidad de géneros, he desarrollado una obra que se aleja del texto pedagógico en su forma y estructura, y cuyo mensaje adquiere mayor fuerza al ser el propio lector quien ha de deducirlo desde las imágenes del poema o a partir de los desafíos que enfrenta el protagonista del libreto y de la fábula. Este trabajo, que inicié hace más de quince años, me ha permitido llegar a familias y educadores que, hasta entonces, no habían encontrado una literatura infantil que reflejara una postura de respeto hacia todos los animales.
Otro malentendido recurrente en torno a la literatura antiespecista, que afecta en especial a la literatura infantil y juvenil, es el que le acusa de adoctrinamiento. Desde el prejuicio de que esta sería panfletaria y carente de valor, a la literatura antiespecista se le excluye de programas de lectura, catálogos y otros espacios literarios. El malentendido surge del desconocimiento de la obra, que resulta descartada sin ser leída, y del aferramiento a creencias especista-antropocéntricas por parte del agente que censura. Hoy en día, los valores especistas son enseñados desde la más temprana infancia: juegos, textos de estudio, cuentos, cantos, programas de televisión y videojuegos, nos enseñan que los demás animales estarían en el mundo para satisfacer hasta nuestros más absurdos caprichos. Se entiende, por tanto, que la literatura antiespecista cumple un rol necesario, de contrapeso y quiebre, frente a dichos valores. Un rol al que se oponen las creencias especistas del mundo adulto, las cuales se entrelazan con diversas concepciones sobre lo humano, como nuestra disociación biológica frente al reino animal, así como nuestra tendencia a asociar la masculinidad con el consumo de carne, entre otras. El aferramiento a tales creencias conlleva una animadversión hacia el veganismo que se extiende a todo lo que se le relaciona, incluida la literatura antiespecista.
Este es, a grandes rasgos, el desafío que enfrenta la literatura antiespecista pensada para las infancias: superar la barrera de prejuicios y animadversión que afecta al movimiento vegano, involucrando al público en la creación de mundos y personajes, recurriendo a un lenguaje que se abre camino a través de dimensiones de comprensión distintas que el panfleto y el ensayo académico.
Las balanzas de la censura en la lj
Daniela Cortés del Castillo (Cochabamba, 1984) es periodista (Universidad de Chile) y Máster en Escritura Creativa, Edición y Publicaciones (University of Melbourne). Es fundadora y editora general de Loba Ediciones, editorial independiente especializada en literatura para adolescentes y jóvenes.
Hay una anécdota que me contaron y que nunca olvidaré. Se trata de un colegio que prohibió la novela gráfica Al sur de la Alameda de Lola Larra por dos páginas: en la primera, sale la imagen de un condón cerrado; en la segunda, aparece el paquete del condón abierto. Lola, el ilustrador Vicente Reinamontes y el equipo de Ekaré Sur deben haber sabido que esas dos páginas les cerrarían puertas. Que una manera tan sencilla y tan poco explícita de hablar de sexo iba, de todas maneras, a escandalizar a algunos. Pero el tema con la censura es ese: la válvula la manejas tú. Tú decides cuánto mostrar y cuánto no. Eres tú quien pone en la balanza el arte versus el mercado, cerrar horizontes versus abrir mentes.
Daniela Cortés
En Loba Ediciones, la editorial de la cual soy editora general, siempre supimos que la balanza iba a estar tirada para un lado. Nuestro eslogan es: “literatura juvenil freak y feminista”. Y no escatimamos con ninguna de las dos cosas. ¿Sexo, drogas y rock n’ roll? Aquí puedes encontrar todo eso, bebé. El tema, sin embargo, es por qué. No soy el tipo de editora que permitirá meter a un autor una escena de sexo en un libro para niñes de 12 años solo porque sí (lo digo, porque hace no tanto saqué una). Si hay algo que pueda ser considerado “polémico” pero, más importante, algo que pueda impresionar a los jóvenes lectores y lectoras de una manera no necesariamente positiva, tiene que tener una razón para estar en el libro. La ganancia tiene que ser mayor. Si esa escena de sexo va a estar ahí, que lo que nos esté enseñando sobre el maltrato y el feminismo sea más importante. Cerrar horizontes versus abrir mentes: ahí va la primera válvula de la autocensura. ¿Y la segunda? ¿La del arte versus el mercado? Si fuera por mí, yo me olvidaría de esa balanza completamente y publicaría exactamente lo que quiero publicar. ¡Al diablo con el mercado! De hecho, los primeros años de Loba Ediciones fueron un poco así. Publicamos libros como Hijos de la ira que sabíamos jamás iba a estar entre la lectura complementaria de los colegios, cerrándonos a nosotros mismos puertas importantes para una editorial de literatura juvenil.
Todo cambió en 2018 con la llegada a Loba Ediciones de Ángela Thurn, nuestra encargada de negocios, quien nos ayuda a mantener los pies sobre la tierra. No es que censure los libros, sino que me ayuda a ver dónde están los puntos que los hacen no vendibles y ahí yo puedo tomar la decisión, junto al autor o la autora, si vale la pena mantener la escena o no. Es echarle unos gramitos al lado del mercado de la balanza, para que ya no sea puro arte y así logremos vender ese arte y que llegue a más personas.
Esto es sumamente importante para una editorial independiente, pues cada venta para nosotros es un trabajo muy grande, al no tener la maquinaria de ventas de las editoriales más grandes. Debemos cuestionarnos si una escena o diálogo vale la pena la pérdida, por ejemplo, de una venta de 30 ejemplares en un colegio. En algunos casos sí, porque es esencial para la obra. En otros casos no, porque es una escena o diálogo casi anecdóticos y podemos dispensar de él. Más allá de las escenas y los diálogos en específico, está la temática de la obra. Aquella segunda lectura que se puede sacar más allá de la historia. Este es otro tema que se debe evaluar desde el punto de vista de la censura y aquí no hay balanzas o granitos. Es un sí o un no rotundo, una decisión política de si quieres que tus lectores y lectoras lean sobre esa segunda lectura o no. Para poner un ejemplo, Yudochica, en apariencia una novela de aventuras para niñes a partir de los diez años, puede tener una segunda lectura sobre el bullying, pero si la persona lectora indaga más allá comprenderá que la novela es una crítica al sistema educacional chileno y que, además, está hablando de la dictadura cívico-militar chilena. Aquí no hay donde esconderse. Es lo que es. Al tomar la decisión de publicar Yudochica sabíamos que muchos colegios nos iban a cerrar sus puertas, pero fueron los más que, gracias a profesoras y profesores valientes, nos las abrieron y quisieron tratar estos temas con los niñes. Lamentablemente, no todas las editoriales piensan que es importante la evaluación de esta segunda lectura y lanzan al mercado libros que tienen temáticas machistas, racistas e incluso pedófilas, sin siquiera darse cuenta. No hay una decisión consciente. Se enfocan en la historia y dejan la política al azar.
La dinámica ha funcionado muy bien. En los últimos años hemos publicado obras que se han vendido muchísimo más y, de las cuales, me siento orgullosa, estética y temáticamente. No nos hemos acobardado de tratar temáticas difíciles. Pero hemos logrado afinar la válvula de tal manera que esas temáticas lleguen a más personas, sean aceptadas por el Estado, por padres y mediadores. En fin, que finalmente lleguen a nuestros lectores y lectoras, las personas por las cuales trabajamos tanto para que cada momento del libro quede perfecto.
MANGA Y CENSURA
Áurea Xaydé Esquivel Flores (Ciudad de México, 1987). Maestra en Letras Modernas especializada en análisis formal, cuerpo, género e hiperviolencia tanto en cómic americano como manga contemporáneo. Es responsable de la Biblioteca “Alaíde Foppa” de la Unidad de Vinculación Artística del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM.
Es común que, a veces, miremos nuestros libros de historia y pensemos lo fascinante o aterrador que pudo haber sido vivir en otro tiempo. Y, a veces, se nos olvida que nosotros mismos también estamos viviendo y construyendo la historia (lo cual no es menos fascinante o aterrador). Hoy en día, vivimos un periodo de creciente prohibición de ciertos materiales de lectura en bibliotecas públicas y escolares con la excusa de no ser apropiados para niños. En la historia de los cómics, nos recuerda al tiempo en que el libro Seduction of the Innocent (1954), del psiquiatra Fredric Wertham, dio origen al severo “Comics Code Authority”, el cual, durante sus primeros años, dio pie a quemas de cómics y una vigilancia draconiana de cualquier publicación de narrativa gráfica que pudiera transmitir mensajes “inapropiados” o sediciosos.
Áurea Esquivel
Esta política puritana también alcanzó al manga, ya que, tras la Segunda Guerra Mundial, Japón se mantuvo bajo la estricta vigilancia de Estados Unidos (que, desde 1945 en adelante, prohibía la producción de cualquier tipo de material que evocara positivamente el pasado feudal o cualquier crítica a la ocupación norteamericana). Cuenta Frederik L. Schodt, en su ya clásico libro Manga! Manga!: The World of Japanese Comics, que en la década de 1950, en Japón hubo una “Campaña para Proscribir Materiales de Mala Lectura”, la cual era promovida con el eslogan: “Uranai, kawanai, yomanai” (“No los venda, no los compre, no los lea”). Supuestamente, esta campaña civil se enfocaba contra de las lecturas con contenido erótico, pero terminó por abarcar muchas otras; sin embargo, a pesar de las prohibiciones y quemas, ni los jóvenes lectores ni los editores dejaron de leer ni de producir y distribuir. En América Latina, el tema de la censura es un tanto curioso. El manga se asentó en nuestro continente a principios de los 2000 gracias al auge de Internet y, sin duda, al terreno preparado por las series de anime que fueron importadas en oleadas en los años 60, 80 y 90, y que, en su mayoría, llegaron primero a México y de ahí al resto de los países.
Para las televisoras americanas, el hecho de que fueran dibujos animados los hacía automáticamente aptos para niños, aunque no siempre fuera el caso. Así, sobre todo la generación millennial que creció en las décadas de 1980 y 1990, desde antes de los diez años ya tenía acceso a historias que, de origen, era pensadas para públicos de 13 o 14 años en adelante –sobre todo, por su tratamiento de la violencia y diferentes exploraciones de la sexualidad–, sin demasiadas quejas por parte de los adultos.
Ahora bien, aunque no se trate de un ejercicio de censura per se, vale la pena puntualizar que la licenciación y distribución de manga fuera de Japón, desde sus inicios, ha sido un tema que, para bien y para mal, aún está rezagado en relación con la demanda de contenidos. Por ello, una de las principales vías de acceso a historias en formato manga (y, desde hace unos años, también manhwa y webtoon, de origen coreano, y manhua, de origen chino) para el público occidental han sido los sitios de lectura en línea (páginas web, foros y servidores) que recopilan scanlations, es decir, páginas escaneadas, limpiadas, traducidas, revisadas y distribuidas de manera gratuita por lectoras y lectores con diferentes niveles de comprensión del idioma japonés y con más o menos experiencia editorial.Por supuesto, este tipo de distribución, si bien aprovecha algunos vacíos en las leyes de derechos de autor a nivel nacional e internacional, es, para efectos prácticos, ilegal. Desde el año 2019, se recrudeció el control del tráfico de scanlations de manga en Internet, lo cual afectó la difusión de las historias japonesas y favoreció la de las historias chinas, sobre todo en formato webtoon (la presencia en la red suele ser un gran indicador de qué títulos es más redituable licenciar y editar). Así, dado que el manga y sus equivalentes se mueven diferente a los libros, se hace más compleja su vigilancia y prohibición o mutilación. Ante el portazo de la censura local, el lector de manga pone los ojos en blanco, ríe con sorna y abre siete ventanas, escotillas y portezuelas distintas que la autoridad no sabía que existían. Porque esta no es su casa, sino la del lector.
Censura y cómic: un relato en tres tiempos
Hugo Hinojosa Lobos es doctor en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile (Becario ANID). Actualmente, es académico de la carrera de Pedagogía en Educación Básica (Universidad Academia de Humanismo Cristiano), y de diversos diplomados y cursos en Chile. Es miembro fundador de RING (Red de investigadores de narrativa gráfica en Latinoamérica) y de La Otra LIJ.
Entre los innumerables easter eggs o mensajes ocultos presentes en Spiderman: Across the Spiderverse, el último filme animado del célebre superhéroe de editorial Marvel, hay uno que puede haber pasado desapercibido en la secuencia de créditos iniciales. En él fue presentado el logotipo del “Comics Code Authority”, iniciativa creada en 1954 y que reguló los contenidos de las revistas de historieta en Estados Unidos hasta el año 2011. Tal como si se tratara de los sellos alimenticios en Chile, esta acción buscó normar los temas que eran tratados en las publicaciones de cómic, como una forma de salvaguardar los potenciales lectores y lectoras menores de edad. Aun cuando su aparición en la cinta de Spiderman haya funcionado en tono paródico, es relevante asumir que esta fue una de las acciones más claras de censura en la historia del medio, iniciada tras la publicación de Seduction of the Innocent (1954), del psiquiatra Fredric Wertham. La anécdota cuenta que este, mientras trabajaba en un centro de atención para jóvenes problemáticos, notó que estos consumían historietas en gran cantidad.
Hugo Hinojosa
A pesar de que esto era una situación natural, en una época donde todo el mundo leía cómics, fue caldo de cultivo para su cruzada contra los contenidos nocivos de las historias en viñetas, aduciendo su influencia negativa en la formación de niños/as, adolescentes y jóvenes. En plena era del Macartismo, sus objeciones infundadas hicieron eco en las familias norteamericanas, presas de un período altamente paranoico. De ahí en adelante, todo fue una bola de nieve: quemas públicas de cómics, la llegada del tema al Senado, entre otros hechos, que terminaron con la creación del sello por parte del Comics Magazine Association of America, tras la presión pública.
Después de aquello, nada fue lo mismo para la historia del cómic. Por una parte, una enorme cantidad de contenidos (desarrollados en múltiples revistas de la época), fueron sencillamente eliminados, limpiando cualquier tema que fuera considerado controversial, y limitando todo a historias inofensivas para todo público. La respuesta vendría posteriormente a través de la contracultura y el desarrollo del cómic underground durante mediados de los sesentas, pero el daño ya estaba hecho. Es curioso que justamente uno de los últimos éxitos en las adaptaciones del cómic superheroico al cine haya decidido colocar este elemento al comenzar su historia. Podemos entenderlo como un gesto iconoclasta, así como un diálogo directo con la historia del medio, pero es también una forma de integrar una reflexión en torno a la censura, en una época conflictuada por la llamada “cultura de la cancelación”.
Ahora, es claro que aquello del Comics Code fue una situación que parece lejana a nuestra producción local, pero la censura no ha sido ajena completamente. Justamente, será todo el proceso posterior al Golpe de Estado el que marque algunos de los episodios más emblemáticos de silenciamiento en la historieta chilena. Entre ellos, están las diversas situaciones que rodearon a la Revista Mampato, aunque obviamente con variadas versiones de sus participantes. Tal como apunta Cristian Guerra, en su artículo sobre la música en Revista Mampato, son conocidas suspensiones temporales o definitivas de historias, así como el cambio de finales, entre otras situaciones cuestionables.
Pero no será una revista infantil, sino una adulta, en plena dictadura, la que recibirá una censura más directa. El número 19 de la recordada Trauko contendrá la polémica “Noche güena”, breve historieta realizada por Huevo Díaz y una jovencísima Marcela Trujillo (Maliki). En ella, se presenta en tono satírico el nacimiento de Cristo, con un primer plano de los genitales de la Virgen María mientras está pariendo. El impacto fue tal que no bastaron llamados de repudio o solicitudes de desagravio por ex miembros de la Junta Militar, sino que el número en cuestión fue requisado. Nunca ha vuelto a suceder un hecho similar en el cómic chileno. No obstante, el contexto actual obliga a plantearnos nuevas reflexiones que van más allá del gobierno (o dictadura) de turno, y replantearlo desde la actual posibilidad de la autocensura, o la presión de diversos sectores sociales en relación con los contenidos válidos para ser masificados, entre otras cuestiones. En ese sentido, la historia del cómic (y su censura) es una historia aún por contar.
En defensa de la libertad de leer
Carola Martínez Arroyo es escritora, editora, mediadora y formadora de escritoras/es de LIJ.
Traigo acá una reflexión sobre el debate que se armó a propósito del anuncio de la reescritura de las obras de Roald Dahl, en “lenguaje no ofensivo”, para los lectores modernos. Lo que ocurrió luego es que todo el mundo puso el grito en el cielo, porque ¡qué horror llevar adelante semejante acto de censura! Es obvio que lo de Roald Dahl es tremendo, grotesco, terrible… pero no es raro para nada en este nuevo orden de cosas. Debo decir esto antes de continuar: no es posible que el mundo adulto sea así de hipócrita y que sea posible vivir tan alegremente en el doble discurso. Este suceso que nos enloquece no es más que la consecuencia directa de los acontecimientos que se han ido sucediendo, uno tras otro, en los últimos veinte años. Primero sacamos de la escuela las obras que tenían “palabras complejas”. Luego, las traducciones y los escritores que no podían hacer visitas de autor. Después, comenzamos a usar eufemismos para nombrar a los seres pequeños que acompañan a Blancanieves. A continuación, sacamos brujas, hadas, magos de los manuales, porque ofenden a algunas religiones. Y, finalmente, los sensitivity reader y las aplicaciones vinieron para vigilar que el contenido no afecte ni ofenda a los lectores modernos.
Carola Martínez
Esto no es sorpresivo. Es un modus operandi. Y ocurrió bajo nuestras narices, con nuestro aval y anuencia. Ya dije esto antes, perdón por citarme: el Fahrenheit moderno no es la hoguera, sino la regulación, la obligación a la sumisión, a la ultracorrección y a la autocensura. Y los libros para niños y niñas se han convertido en el botín más preciado de una pelea brutal entre conservadores —y su idea de que la “infancia” debe ser protegida de todo daño— y el progresismo —con su idea de que las “infancias” deben ser resguardadas de todo daño. Caramba, ¡qué coincidencia! Y hay que decir la verdad: en cada una de estas opciones, el mercado obtiene un beneficio comercial. Porque la solución que encontró PRH a la polémica de Roal Dahl fue hacer las dos versiones y que el comprador (no el lector) consuma (no lea) el que más le guste. Y en el medio de todo esto “Los niños, esos seres extraños de los que nada se sabe, esos seres salvajes que no entienden nuestra lengua”, como menciona Larrosa al inicio de uno de sus textos. Y de eso se trata: la infancia es la otredad y nos manejamos con ella como con cualquier otra diferencia.
Les pasa a los norteamericanos con su pasado/presente racista, que todavía lucha contra el apartheid, con las minorías negras empobrecidas, perseguidas e ignoradas y, frente a eso, una sirenita negra para limpiar culpas. Les pasa a los españoles, evitando abordar el genocidio llevado a cabo a partir de 1492. Nos pasa con la masacre que realizamos con pollos y vacas, y que preferimos no pensar en ello. Nos pasa cuando no queremos reconocernos racistas, sexistas, etcétera, y en lugar de eso usamos la secuencia: primero violencia, luego silenciamiento y, por último, condescendencia.
Volviendo a la obra de Dahl: él propuso una literatura rupturista, a través del quebrantamiento de estereotipos y arquetipos. Creó, por ejemplo, personajes que cuestionan la idea de familia conservadora, niños que ganaban concursos y se volvían dueños de su vida, niñas que decidían vivir con su maestra en lugar de con sus padres insoportables, brujas que causaban pavor de tan humanas. Creo firmemente que, en el actual contexto de censura, ninguno de sus libros sería publicado. Es más: ninguno de los grandes autores que fueron publicados hace unas décadas sería publicado hoy y nos perderíamos a Sendak, a Ungerer, a Nöstlinger, a Paterson, a Ende. Pero estamos a tiempo de parar esta locura. De decirle al mercado: “Mirá, esto no está bien. Estos 45 libros que presentaste como novedad son todos iguales: la quinta historia igual de ese autor, sus personajes no tienen pliegues, las tramas son inexistentes”. Justamente porque los niños y las niñas merecen leer libros que les permitan mirar otros mundos, merecen ampliar sus horizontes culturales, conocer las palabras más bellas. Ellos y ellas se merecen leer literatura. Cuando Puffin —la editorial que va a reescribir a Dahl— hace el intento de reescribir a Dahl, no lo hace porque tiene ganas, sino porque está respondiendo al mercado, y TODOS NOSOTROS somos parte de ese mercado. TODOS: usted también. Son parte del mercado los que dan los premios, los editores que publican esas obras, los docentes que prefieren la fórmula consabida para no tener problemas en la escuela y los adultos que las compran para regalar y que nadie les reclame por la elección. Somos causantes de esta debacle.
Mi propuesta es hacer una defensa irrestricta del arte para la infancia, de la libertad de expresión, de la libertad de crear. Defender el respeto a los niños y las niñas como destinatarios capaces de comprender la realidad en todas sus potencialidades. Pero, principalmente, defender la posibilidad de leer en libertad.
¿UNA NUEVA INQUISICIÓN? ¿O LA DE SIEMPRE?
Nataschia Navarro Macker (Santiago, 1996). Ilustradora, escritore y editore en Desastre Natural.
En 1890, Oscar Wilde publica la primera versión de El retrato de Dorian Gray tras un exhaustivo proceso de edición que prescribió el contenido homoerótico del manuscrito original. Así, en la nueva versión de la novela, publicada al año siguiente, el amor de Basil por Gray es camuflado a través de modificaciones que lograron hacerlo menos explícito para el público. Traigo esta historia a colación porque, a raíz del reemplazo de algunas palabras en obras de Roald Dahl, he leído y escuchado a personas que aseguran la muerte del arte a causa de la corrección política. Si bien las redes sociales ya me tienen acostumbrade a ese tipo de comentarios, no deja de ser extraño escuchar a escritores y editores decir que estamos ante una nueva inquisición. ¿Por qué tanta molestia? En mi opinión, esta reacción a la “corrección política” no es más que una manifestación de un cambio de perspectiva que, en realidad, quiere potenciar imaginarios en los que todas las personas tengan cabida.
Nataschia Navarro
Si tenemos como referente la cobertura de los medios de esta noticia y sin haber leído los cambios hechos en su obra, me atrevería a decir que, en el caso de Dahl, ni siquiera estamos hablando de un afán por construir imaginarios distintos, pues cuando eso realmente ocurre, palabras como “gordo” no son eliminadas. Al contrario, lo que cambia es el punto de vista desde el cual se usan: si antes “gordo” era un insulto o mofa, ahora se usa como una descripción de un cuerpo que efectivamente existe y que no debe ser castigado. Y, en este ajuste, las nuevas obras o sus reescrituras juegan un papel importante. Casos como este suelen derivar en la percepción de que ya no se puede hablar de ciertos temas al cuestionar el contenido ideológico de los productos culturales que consumimos y producimos. ¡Nada más lejos de la realidad! Este es el momento perfecto para hablar de cosas que nunca antes se han planteado, para potenciar imaginarios que antes estaban prohibidos y para crear obras desde perspectivas diferentes. Quien crea que eso significa censurar los temas, muy probablemente es porque ese alguien defiende que las obras tengan la libertad de ser también, simbólica o concretamente, apologías de la violencia hacia grupos minorizados. En tal caso: ¿vale más la libertad del arte que la integridad de una persona? Porque el efecto de aquello será crecer y vivir en un mundo que te entiende como una anormalidad que debe ser corregida, lo que causará un gran daño individual, colectivo e histórico.
Por otro lado, los precarios intentos de las grandes compañías por vender más no son nada nuevo. Para el caso de Dahl, la molestia debería encauzarse en una lectura crítica de sus campañas de marketing, basadas en la polémica o la depuración del contenido de sus obras, y a la preocupante tendencia de mostrar el racismo, la homofobia o la misoginia como cosas que pertenecen a un pasado distante o que, peor aún, no existen y nunca existieron.
Por estas razones, la nueva inquisición de la que se habla no es tal, ya que no se trata de eliminar temas “difíciles” de las nuevas obras, sino de plantearlos desde una perspectiva que no fomente el odio. Es hoy que han nacido términos como “inclusión forzada”, cuando la historia demuestra que siempre ha existido exclusión forzada y lo que se está haciendo ahora no es más que una rectificación. Los mismos sectores que acusan censura llevan a EE.UU. a romper sus propios récords en peticiones de censura de libros en bibliotecas, especialmente de libros que abordan temas de género, raza o clase. Y en esto no hay nada nuevo: todo apunta a que las ideologías normativas siguen queriendo perpetuar su hegemonía. Con todo lo dicho, me gustaría invitarles a preguntarse algo que, al menos a mí, me ha servido bastante: si no puedo cuestionar la ideología tras mi propia escritura, tras los libros que escribo o publico, ¿qué novedad soy capaz de ofrecer a las juventudes y al mundo? Porque, para lo mismo de siempre, ya existen los clásicos.
¡Vamos a explorar!
Florencia Olivos Balmaceda es ilustradora y editora de Vasalisa Ediciones. Es licenciada en Artes Visuales, Magíster en Edición de libros y Diplomada en Literatura Infantil y Juvenil. Es la creadora de Julieta, la protagonista de cómics, agendas y un montón de objetos ilustrados, muy querida en toda Latinoamérica.
En mi casa había muchos libros y no solo de adultos. Tuve una mamá que en esos tiempos —los años 80— coleccionaba libros infantiles que se publicaban en Chile y también algunos que conseguía en otros idiomas y editados en otros países, por lo que tuve acceso a una gran variedad de textos e ilustraciones que me aportaban una diversidad de miradas del mundo. Los libros eran un lugar de exploración de otras realidades y recuerdo la fascinación que provocaban en mí los que iban un poco más allá de lo “infantil”. Nunca olvidaré “La culebrita” de Blanca Santa Cruz, donde una bruja convierte a una hermana en culebra, mientras que, a la otra, le saca los ojos y la deja ciega. También descubrí el poema “Resurrección de Caperucita Roja”, en la que la madre iba en búsqueda de Caperucita, dejando huellas de sangre en el camino. Teníamos otro que seguía a una familia en la espera de la llegada de una hermana, con fotos en blanco y negro. Recuerdo claramente una página con la mamá con su gran guata, duchándose y riéndose con su hija, las dos desnudas, la madre con su cuerpo de embarazada, pelos, manchas, tan natural. Y después las fotos del parto, nada chocante, solo real.
Florencia Olivos
Los libros estaban ahí, elegidos por mi mamá y ella los dejaba a nuestra vista, justamente para que pudiéramos acceder a otras experiencias. En mi casa todo era dulce y cuidado, y los libros eran un lugar donde podía conocer otras realidades, más duras, más violentas, más desnudas, más lejanas, más desconocidas. Por eso, al momento de crear, ilustrar o editar un libro, no tengo tanto miedo de salirme de esos territorios más convencionales. Tampoco es algo que busque, pero si aparece una buena historia, que remueva, vuelvo a esa niña curiosa del mundo que quiere vivenciar otras experiencias, sentir emociones intensas.
Como ilustradora se hace más difícil aún “pasar piola” con algún contenido más subversivo. La imagen está ahí, a primera vista de un padre, madre o mediador, y no se puede ocultar. Las palabras tienen que ser leídas con atención para descubrir su trasgresión, pero una ilustración se muestra sin velos y es evaluada al segundo por quien elige un libro para el niño o niña a quien va destinado. Cuando voy a ferias con los libros de mi editorial Vasalisa puedo ver esa mirada adulta que censura y selecciona según su criterio, y decide qué corresponde a un niño y qué no. El caso más recurrente es con el libro “Hermana”, escrito por Luz Valdivieso e ilustrado por mí, sobre la muerte de una niña. Muchos adultos abren el libro, atraídos por el título y el dibujo de la tapa, sugerente, pero no evidente. Pocos, sin embargo, logran pasar de la página en que la hermana muere y lo cierran con una sensación de disgusto, engaño o de shock. No pasa lo mismo con los niños y niñas. En ferias de colegio, los estudiantes se pasaban el dato para ir a ver el libro “triste pero lindo”. En la última Furia del Libro, una bibliotecaria me dijo que ese libro estaba en su colegio y que lo sacaban todos los días. Ahí hubo alguien que quitó una barrera para que los lectores pudieran acceder a él en esa biblioteca.
Los niños viven rodeados de imágenes que no pasan por ningún colador; para los libros, hay una vara más alta y me parece bien que todavía esperemos de ellos contenidos de calidad. La ilustración es una manera de poder visibilizar las cosas que nos cuesta mirar y a las que, a través del arte, podemos acercarnos de una manera más reflexiva. Para un texto controversial, las imágenes pueden preparar la atmósfera para entrar en él, ya sea como un bálsamo que aporte belleza a lo terrible, que contribuya al realismo de la escena o que agregue detalles sensoriales o metafóricos que den mayor profundidad y sentido. ¿Qué hacer? Pretendo que quienes vayan conociendo los libros que edito, escribo o ilustro puedan tener la confianza de que, si al entrar en ellos se enfrentan a algo desconocido, sepan que están en un lugar seguro para explorar y sentir.
CENSURA Y LITERATURA INFANTIL CHILENA
Manuel Peña Muñoz es escritor, investigador literario y profesor de castellano titulado en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (1974), especializado en Literatura Infantil y Juvenil en España. Es miembro de IBBY Chile y ha realizado pasantías de investigación en la Internationale Jugendbibliothek (Munich, Alemania) y en la Fundación Sánchez Ruipérez (Salamanca, España).
Durante el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), se creó la editorial Quimantú dedicada a publicar libros de calidad literaria en ediciones masivas. En 1972, apareció la colección Cuncuna en la que aparecieron cuentos infantiles de Marta Brunet, María de la Luz Uribe y Floridor Pérez, entre otros. El cuento La desaparición del carpincho de Carlos Alberto Cornejo tiene una clara alusión política, pues critica la ambición del dinero por sobre la solidaridad humana, anticipando una nueva sociedad neoliberal que, en ese tiempo, parecía muy lejana. Esta colección, junto a todos los libros de Quimantú, fue destruida durante la dictadura militar. Hoy día, la editorial USACH ha reeditado cinco de estos títulos como una manera de recuperar parte de la literatura infantil chilena que fue censurada en ese tiempo. Por otra parte, la especialista María de los Ángeles Quintero escribió Creación y desarrollo de la colección chilena de literatura infantil Cuncuna, de editorial Quimantú (2007) como trabajo final del Máster en Libros y Literatura Infantil en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Manuel Peña Muñoz
En Quimantú, se publicó la revista infantil Cabrochico, dirigida por el escritor Saúl Schkolnik, que fue destruida también durante la dictadura. Un lector escribe: “Me apena recordar que mi colección completa fue a parar a una quema de libros, en esos años oscuros. Yo tenía solo diez años y no pude impedir que me las quitaran para la hoguera, como tantas otras cosas que te podían comprometer si te allanaban”. El Manual de Castellano (Editorial Universitaria, 1971) de José Promis y Mario Rojas también fue “objetado”, pues en sus páginas aparecía la obra de teatro infantil Los grillos sordos (1964) del dramaturgo Jaime Silva. La censura consideró que era una fábula subversiva, pues mostraba que las hormigas eran explotadas por los grillos. Estos insectos eran sordos, porque no escuchaban las demandas de las hormigas, en cambio, cuando las escuchan, recuperan la audición. El Manual recomendaba que fuese interpretada por los alumnos, lo que se estimó inconveniente, pues podían relacionarla con la contingencia política. El libro de texto también incluía el cuento El gigante egoísta de Oscar Wilde, que se interpretó como una crítica a la burguesía que acumula y no comparte. Las actividades de diálogo suponían una exaltación a la rebelión social y una invitación a la reflexión crítica. Este libro de texto fue retirado de circulación en 1974.
“Los grillos sordos” (1962), obra de teatro infantil del autor y director Jaime Silva, montada por el Teatro Teknos. Fotografía de Aquiles Orellana.
Diez años más tarde, el Colegio Médico de Chile quiso incluir un cuento infantil en su revista, pero fue objetado por la Central Nacional de Inteligencia (CNI). En un memorándum del 9 de enero de 1985, conservado en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el Mayor General Humberto Gordon Rubio, Director Nacional de Informaciones, señaló:
“El artículo está escrito en fábula donde se enseña a los niños que el empleo de la fuerza puede ser vencido con inteligencia y cultura. Demuestra asimismo que las personas deben razonar y no aceptar una situación tal como se les presente. Este cuento infantil pretende despertar en el subconsciente del niño la idea de no aceptar el ordenamiento que debe existir en todo régimen de gobierno establecido. De toda fábula se desprende una enseñanza y en este caso, ella es que, por muy débil que sea, siempre existe la posibilidad de oponerse a quienes son más fuertes. Por lo anteriormente expuesto, no se estima aconsejable la publicación y distribución del cuento referido ya que significaría fomentar el espíritu crítico en los niños despertando así en ellos el aumento de la condición innata a la rebeldía que poseen”. Este texto aparece citado por Rosa Díaz Chavarría y Ramón Llorens, en el artículo “Censura y Literatura Infantil en Chile, los libros silenciados” (2016), publicado en el libro Censuras y LIJ en el siglo XX en España y 7 países latinoamericanos (ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, Cuenca. España). Aunque no hubo listas de autores prohibidos, los profesores tenían cuidado en seleccionar los libros de autores “problemáticos” como Pablo Neruda, Baldomero Lillo, Enrique Lihn o Pablo de Rocka, según narra una profesora en el artículo citado.
Biblioteca abierta a la comunidad
Alejandra Poli García es periodista, licenciada en comunicaciones, cuentacuentos y diplomada en Animación y Promoción a la lectura y LIJ y en Literatura en Lengua Inglesa. Está a cargo del Área de Mediación del Centro Lector de la Corporación Cultural de Lo Barnechea.
Una biblioteca pública se entiende como un espacio cultural para toda la comunidad, posibilitando el acceso a la información, al conocimiento, a la cultura y a la recreación de todos/as quienes asisten a ella. Para eso, dispone de diversas instancias de desarrollo y colecciones de libros para todas las edades. Uno de los públicos más fieles y altamente demandantes son los niños/as. Es por eso que la sala infantil cobra una relevancia fundamental a la hora de pensar en las bibliotecas públicas y sus colecciones. Una colección literaria de calidad es difícil de definir. Los responsables de la sección infantil deben tener una visión amplia y no simplista de los lectores. Es en este punto precisamente donde los mediadores deben evitar cualquier tipo de censura al momento de seleccionar. Inevitablemente pueden aparecer sesgos que frenan los intentos de selección, sin embargo, una condición de censura que prevalece en las salas infantiles (y en la literatura infantil en general) es la edad de los lectores. Quizás esto responde a que todavía el foco está puesto en el adulto que acompaña al mundo infantil.
Alejandra Poli
Una biblioteca pública tiene como fin, entre otros, democratizar el acceso a la información a todos/as sus usuarios. Presentar una gama amplia de libros, formatos, espacios y talleres para que la lectura deje de ser una brecha. Sin embargo, cada vez que nos preguntamos (no solo los bibliotecarios, sino también profesores, padres, madres y todos quienes son intermediarios entre el libro y los niños) para qué edad es este libro o dónde debemos clasificarlo para que no produzca “problemas”, se está poniendo una cuota de censura a nuestra selección. Los libros siempre son oportunidades para expandir los horizontes de sus lectores/as. En este papel mediador, debe ser capaz de mirar a todo el universo de lectores/as que forman su comunidad y entregarles contenidos de la máxima calidad posible. Es muy probable que los acercamientos a obras de calidad por parte de algunos niños y niñas solo se dé en la biblioteca. Entonces, ¿por qué privarlos de poder leerlas, mirarlas, compartirlas y conversar sobre ellas? No hay que olvidar que los criterios de selección son guías que nos pueden ayudar a orientar nuestras selecciones de libros, pero no podemos dejar que esos criterios nos ahoguen y nos impidan diversificar las lecturas.
Vivimos en una sociedad adultocéntrica que nos exige evitar exponer a niños y niñas a una lectura poco adecuada, que no sea acorde a su edad, que toque temas tabúes o que les den acceso a libros que no han sido creados para ellos/as. No debemos olvidar que la biblioteca cumple un rol social y, como tal, es un espacio de mediación de lectura que debe pensar en el lector/a final. Es por ello que la premisa de la biblioteca de estanterías abiertas es una forma de acortar esas brechas de censura vigentes.
La pregunta que cabe hacernos es ¿podemos, al momento de seleccionar libros, pensar en nuestro lector/a final y no en toda la cadena de intermediarios? Es una pregunta difícil y válida de plantear. Muchas veces, tenemos intenciones de poner frente a nuestros lectores/as diversidades de libros, pero no siempre será posible. Es acá donde la premisa de “estanterías abiertas” se vuelve un factor clave. Si bien esas estanterías están “restringidas” por edades, permiten que los/as lectores/as busquen sus propias lecturas. Qué mejor lugar para lograr una lectura placentera que la sala infantil de una biblioteca. Es acá donde niños y niñas encuentran libertad para buscar sus lecturas, curiosear y conversar sobre libros fuera de un contexto escolar. La sala infantil, tal como nos dice Genevieve Patte (2011), es el espacio ideal para entregarles a niños y niñas una probada del arte literario, un acercamiento relajado y sin el estrés de los aprendizajes. Pues ahí solo hay cabida al placer del encuentro con los libros, lejos de las ansiedades escolares de padres y profesores.
La censura en la liJ: caminos por recorrer
Luz Yennifer Reyes es Máster en Libros y Literatura Infantil y Juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente, es presidenta de IBBY Chile, coordinadora Premio de Literatura Infantil y Juvenil Medalla Colibrí 2014-2023, así como de la colección de libros para mediadores de lectura “Alas de colibrí”.
Hablar de la censura en la literatura infantil y juvenil no es nuevo. De hecho, cada tanto, en la prensa y en redes sociales, especialistas de la LIJ reflexionan sobre una nueva censura mediática, como el reciente caso de la obra de Roalh Dalh y su reescritura por parte de Puffin Books y el grupo Inclusive Minds. quienes realizaron cambios “pequeños y cuidadosamente considerados” a las obras del autor .
Pero además de estos casos “famosos”, seguramente si nos sentamos con un grupo de mediadores/as (ya sean docentes, bibliotecarios o padres de familia), veremos estas tensiones en torno a qué deben y qué no deben leer los niños, niñas y jóvenes y allí es donde se revela esta censura que podría ser la censura no explícita, la que simplemente oculta obras y va formando un canon “políticamente correcto” de literatura infantil y juvenil.
Luz Yennifer Reyes
Como bien lo comentó en su momento Perry Nodelman: “He llegado a la conclusión de que cuando se trata de libros para niños, todos somos censores. Nosotros, los que estamos en contra de la censura, probablemente nos convertimos censores de libros que difieren de nuestros propios valores” (We Are Still All Censors) .
Y esa censura oculta o no velada, seguramente, empieza desde el momento en que un Estado o el gobierno de turno decide el precio de los libros y un costo de un IVA por las nubes, pasando por adultos que deciden quién lee qué: por qué los bebés no leen, por qué los libros son para esta edad y no para otra, por qué leer cómic no es leer, por qué leer libros de no ficción no es leer, por qué las imágenes no se leen, por qué la belleza solo está en los libros de finales felices, y así un largo etcétera. Sin pretender dar una receta para que se nos baje la fiebre de la censura, creo que un primer paso es que, como mediadores/as, autores/as, editores/as y cualquiera que sea nuestro rol en el ecosistema del libro y la lectura, nos preguntemos por cómo vemos o qué pensamos de la infancia. Como sabemos, existe una desigualdad de poder, ya que los niños y las niñas, en la mayoría de los casos, no tienen las posibilidades económicas, sociales y/o culturales para elegir sus propias lecturas. Entonces, como adultos, ¿qué nos preguntamos a la hora de elegir un libro?, ¿qué nos da temor?, ¿qué preferimos?, ¿preguntamos a los niños y las niñas sobre sus intereses?
Y si seguimos por la esta línea de preguntas: ¿qué es un libro de calidad?, ¿qué es un libro bello?, ¿qué hace mejor a esta obra que aquella? Y pensando en este posible segundo paso de esta no receta, podemos tener una mayor claridad sobre lo que queremos evitar, por ejemplo: perspectivas estereotipadas, cánones impuestos, miradas únicas y cerradas, emociones válidas y no válidas, por decir algunos de los ítems más frecuentes en la LIJ donde se piensa en una infancia casi mística, angelical e inmaculada. En ese sentido, y hablando de emociones, recuerdo perfectamente el cajón de los libros censurados de una biblioteca escolar de cuyo nombre no quiero acordarme, donde existía un selecto grupo de los condenados bajo llave, entre ellos “Como agua para chocolate”, pasando por “Cien años de soledad” hasta la obra de Geert De Kockere “Greta La Loca”, donde particularmente un padre de familia consideraba que la portada era muy oscura y que, además, la furia desmedida con malas palabras que Greta (¡una mujer!) eran perturbadoras y de mal ejemplo para su hija. Se perdió una tremenda oportunidad para conversar precisamente sobre esos sentimientos que no se pueden reprimir y desbordan el ser. Pero, bueno, profundizar en todas las posibles formas de ejercer censura es para otro espacio más amplio. Sería irreal pensar en un mundo sin censura. Pensemos que cada época y sociedad censura desde su propia perspectiva, desde lo político hasta el control de las emociones. Con un mundo poblándose de inteligencias artificiales, redes sociales, guerras y conflictos socioeconómicos, la censura está a la orden del día.
¿Qué nos queda? Mi respuesta llena de fe: el arte. La literatura que ilumina esos espacios oscuros para que la inteligencia humana dé paso a la creatividad y a la sensibilidad, y, sobre todo, a esa esperanza que lleve a la libertad de quienes podemos leer desde el vientre materno.
Vigilante incógnito
Francisca Silva tiene una formación artista visual, dirige su trabajo hacia la educación y desarrolla instancias familiares en espacios públicos para promover la creatividad y a la observación de la naturaleza. Junto a su pareja, tiene una librería llamada Alapa, focalizada en editoriales nacionales ligadas a la LIJ. Ilustra por los animales y rescata palomas urbanas.
Hace años atrás, cuando estuve involucrada con trabajos de instalación en la vía pública, pensaba sobre cuánto podía determinar la mirada de los otros en las acciones que uno hace a diario. Era un ejercicio constante que me forzaba a ejercitar con mis obras, su plasticidad y cómo la materialidad se veía perjudicada por estas acciones. En la observación, registraba los rincones de las calles que no estaban del todo revelados al ojo humano y que guardaban una acción. Paralelamente, realizaba mis intervenciones de graffiti. Como suele ser en este arte, se firma con un seudónimo. Transitar y crear con un nombre ficticio permitía una libertad tan placentera al poder transformar mis pinturas en lo que quisiera sin perseguir nada. Todo lo que realizaba era pintar y soltar. No se esperaba de un externo que te validara y tampoco para resaltar en el medio, pero sin duda, en esos tiempos, el campo para desenvolverte era otro. En esas circunstancias, estabas a un paso de ser un blanco de burlas o acoso de transeúntes. La mínima presencia de un extraño impedía realizar mi acción. Era un ser incógnito que me lo impedía. ¡Y cuánto poder podía llegar a tener!
Francisca Silva
Pintando sola en la calle me hacía sentir expuesta. Un extraño podía sentirse con la libertad de decir desde qué debías pintar o, con tono sexualizado, qué tenías o no que hacer por él. Es desde ahí donde se develaba todo ese retorcido entramado y comportamiento social que, finalmente, me exponía a los comentarios represivos que pretendían censurarme. Mis personajes de animales comenzaron a tener vestidos, botas largas y lencería. Así jugué esa liberación. En algunas oportunidades, eran explosiones de color, combinados con collage de papelógrafos, que, al poquito tiempo, se corroían con la lluvia. Su permanencia era efímera y me agradaba. Mi libertad al crear era plena, y la recuerdo con nostalgia. Con el tiempo, las botas y la lencería de mis conejas del graffiti quedaron en un clóset guardadas, y tomaron otros matices. Cuando mi trabajo entró en el campo de la LIJ, podía ver proyectos de editoriales extranjeras bastante más avezadas que los locales. En esos años (por el 2010), pensaba que toda la producción para niños y niñas estaba determinada por un ente regulador de proyectos literarios, que vigilaba su “pertinencia educativa”, más que la exploración creativa o el placer de una narrativa visual plástica hacia la infancia. Ese conflicto no lo observaba en el graffiti o en el área de las artes visuales. Se me hizo evidente que, en este caso, al no estar sujeto a ningún control ni conflictuado sobre lo políticamente correcto, las propuestas se expresaban de manera distinta.
¡Pero cómo era posible que en la literatura ilustrada hubiese tanta regulación! Con el paso de los años, trabajando en lo que pudiese con mis ilustraciones y mi estación permanente en la librería Alapa, observaba cómo se elaboraban proyectos editoriales con estos mismos fines que observaba en el 2010.
La osadía era poca y su público consumidor también era recatado, y con propósitos apuntados a corregir. ¿Cuántas veces he tenido que defender un título? Por ejemplo, “Vamos a cazar un oso”, por sus implicancias. O escuchar a mis amigas y sus experiencias con editoriales sobre hacer cambios en sus ilustraciones, porque en ellas hay objetos cortopunzantes, copas de vino en la mesa o jarras de cerveza a la mano de un niño. Tampoco se puede mencionar la muerte, porque se aproxima al suicidio, y se deben quitar elementos que parecen falos. Retirar temas para silenciar.
Sé que los proyectos de las editoriales intentan sobrevivir y, por ende, también todas las personas que lo conforman, pero sin duda están en extremo expuestos a diversas observaciones que corrompen la riqueza del imaginario. ¿Cuánto poder tiene esa figura sigilosa que no se deja ver? ¿Quién silencia un proyecto? ¿Realmente todo recae en la editorial o bien lo hace ese agente que merodea, de forma incógnita, en la LIJ? Son solo algunas reflexiones y dudas que me surgen al observar este campo de riqueza creativa que merece ser explorado por niñas, niños y jóvenes, quienes tienen toda la capacidad para leer este mundo sin tanto maquillaje y regulación.
Sirenas, un caso de autocensura ¿temporal?
Diego Vargas Duhart es profesor y actor aficionado. Director de La Cajita (fundada en 2018), teatro y fomento lector para primeras infancias, compañía con la que ha creado tres propuestas originales. Docente del Programa de Comunicación y Pensamiento UDD, actualmente es alumno del doctorado en Literatura UC.
Desde hace algún tiempo como compañía La Cajita hemos venido trabajando la adaptación escénica de Sirenas (2018) de Jessica Love. Este libro álbum cuenta la historia de transición de Julián, en un contexto carnavalesco y en una ciudad que, presumimos, es Nueva Orleans. Julián, luego de que su abuela entendiera que no era problema que el nieto se disfrazara como sirena, es aceptado en su “sirenidad” y se siente orgulloso de que la persona que él más admira, su abuela, asuma este cambio. La potente historia que muestra infancias no estereotipadas, los personajes adultos que aparecen con sus defectos y sus virtudes, la sugestiva paleta de colores que ilustra la narración, las materialidades que queríamos articular para despertar los sentidos y las sonoridades que activaba fueron elementos que nos llevaron a adentrarnos creativamente en el universo de las infancias en transición.
Diego Vargas
Con varias reuniones a cuestas, intercambio de referentes, lecturas bibliográficas y dos bosquejos de guion nos preparamos durante buena parte del 2022 para llevar a escena esta obra, cuando tomó notoriedad el caso de los dos trabajos de investigación realizados por alumnos de la Universidad de Chile que fueron acusadas de promover la pedofilia: la tesis de magíster Pedófilos e Infantes, pliegues y repliegues del deseo y el informe de seminario El deseo negado del pedagogo: ser pedófilo. El revuelo social que generó nos puso en alerta en cuanto a la realización de la propuesta, lo que activó un enriquecedor diálogo. Creíamos que la misma fluidez inherente del crecimiento de toda persona que ha levantado cierta línea de investigación psicoanalítica, emergía como un potente motor de mediación escénica a partir del libro. También, nos cuestionábamos con respecto a la capacidad deliberativa de las orientaciones y agenciamientos acerca de la propia sexualidad de las infancias. Además, las relaciones asimétricas que, inevitablemente, surgen en la relación entre el mundo adulto y las infancias resultaba un componente vital para para adentrarse en la complejidad del problema. Esto nos llevó a sospechar que ‒si escenificábamos la propuesta‒ se podía dar la lectura que poníamos a las niñeces como sujetos de autoconciencia de género, con el riesgo de que se cuestionase el genuino motivo de la puesta en escena. Sentíamos que no estaba la voluntad en el equipo de ser reconocidos por una polémica del tipo “compañía que promueve la pedofilia”, lo que hubiese levantado una publicidad artificial sobre La Cajita. Correr el riesgo de exponer nuestro trabajo —y con él, a las infancias— a la odiosidad, agresividad y carencia de intentar comprender a quien no piensa como uno (lo que se observa, muchas veces, en este tipo de debates) nos parecía estéril, falto de sentido estético e innecesariamente desgastante.
En cambio, también sentíamos —y sentimos todavía— muy necesario que se planteen estos temas con el consiguiente intercambio de ideas que eso produce. Por otra parte, el hecho de que una guía de educación y orientación sexual distribuida en centros escolares por el ministerio de Educación con el fin de dialogar e informar a niñas, niños y jóvenes sea vista por un sector no menor de la sociedad como algo negativo, hace que nos preocupe la reacción que pudiera generar una obra como esta. ¿Qué hacer, entonces? Frente a estas dificultades y desafíos, buscamos caminos alternativos para hablar de lo transicional, de lo cambiante y fluido. De esta forma, llegamos a los patrones de muaré: efectos ópticos que producen una ilusión de movimiento cuando dos patrones de figuras se superponen entre sí. Esta antigua técnica que recuerda los inicios del cine nos parece hoy una interesante manera de metaforizar la idea de infancias en tránsito. También, se convierte en un dispositivo escénico que permite hablar de lo cambiante, del movimiento inherente de lo que nos rodea, pero abordado desde, valga la redundancia, la perspectiva de lo visual. Este proyecto cumple dos años en su proceso de creación. A la luz del tiempo, sabemos que se configura como un caso de autocensura, que se produce incluso antes del montaje, lo que no puede sino hablar de lo sensible que resulta el tema de las infancias trans en Chile. Como compañía La Cajita esperamos el 2024 mostrar esta experiencia sensorial sin que se nos acuse de pasar a llevar derechos fundamentales de las infancias. Para eso, confiamos en un acercamiento respetuoso a este tema y en las infinitas posibilidades escénicas que se abren con los patrones de muaré.
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