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Femenino

erikacely8

Created on March 19, 2023

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Transcript

La figura femenina

En los cuentos de TOMÁS CARRASQUILLA

Empezar

Diseñado por Erika Cely

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Introducción

Indicaciones

Actividades

Introducción

La literatura es un espejo que representa la sociedad en la que estamos. Tomás Carrasquilla no sólo retrató las costumbres, el habla popular del campo, sino que también, su obra constituye la complejidad y riqueza del mundo femenino. Desde las mujeres que luchan por ser independientes y desafían las convenciones sociales, hasta las mujeres que transmiten su cultura afroamericana. Este recurso te acercará a ese universo femenino y te ayudará a reflexionar sobre los roles de género. Descubrirás a personajes como Rufa, Eduvigis, Frutos, Antonia, Graciela y las Peracitas, sus comportamientos, los juicios de valor que existen alrededor de ellas, además de entender el contexto histórico-social en el que se desarrollan las historias.¡Bienvenidos a este corto viaje, donde descubriremos la fuerza y la valentía de estás mujeres!

Avancemos

Instrucciones
  • El siguiente recurso es una guía para que puedas acercar a tus estudiantes los cuentos; "¡A la plata!", "Fulgor de un instante", "Veinticinco reales de gusto", "Simón el mago" del autor Tomás Carrasquilla.
  • Discute cada pregunta que hay en las actividades con tus estudiantes. Esto les permitirá pensar más a fondo la historia y crear hipótesis alrededor de la misma.
  • Tiempo estimado para cada actividad 130 minutos

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¿Qué cuento quieres leer?

Simón el mago
¡A la plata!
Veinticinco reales de gusto
Fulgor de un instante

¿Quién fue Tomás Carrasquilla? Responde a las preguntas del vídeo interactivo:

Discute

¿Cómo crees que eran las mujeres del siglo XIX?

¿Qué podían hacer las mujeres en el siglo XIX?

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Instrucciones para tu lectura:

  • Leerás el cuento
  • Recuerda que si no sabes el significado de algunas palabras podrás dar click en el símbolo que encontrarás en cada página del texto. Esto te permitirá entender mejor el contexto de la historia.
  • ¡Disfruta la lectura!

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Aquel enjambre humano debía presentar a vuelo de pájaro el aspecto de un basurero. Los sombreros mugrientos, los forros encarnados de las ruanas, los pañolones oscuros y sebosos, los paraguas apabullados, tantos pañuelos y trapajos retumbantes, eran el guardarropa de un Arlequín. Animadísima estaba la feria: era primer domingo de mes y el vecindario todo había acudido a renovación. Destellaba un sol de justicia; en las tasajeras de carne, de esa carne que se acarroñaba al resistero, buscaban las moscas donde incubar sus larvas; en los tendidos de cachivaches se agrupaban las muchachas campesinas, sudorosas y sofocadas, atraídas por la baratija, mientras las magnatas sudaban el quilo, a regateo limpio, entre los puestos de granos, legumbres y panela. Ese olor de despensa, de carnicería, de transpiración de gentes, de guiñapos sucios mezclado al olor del polvo y al de tanta plebe y negrería, formaban sumados, la hediondez genuina, paladinamente manifestada, de la humanidad. Los altercados, los diálogos, las carcajadas, el chillido, la rebatiña vertiginosa de la venduta, componían, sumados también, el balandro de la bestia. Llenaba todo el ámbito del lugarón.

Sonó la campana, y cátate al animal aplacado. Se oyó el silencio, silencio que parecía un asueto, una frescura, que traía como ráfagas de limpieza… hasta religioso sería ese silencio. Rompiólo el curita con su voz gangosa; contestóle la muchedumbre, y, acabada la prez, reanudóse aquello. Pero por un instante solamente, porque de pronto sintióse el pánico, y la palabra: "¡Encierro!" vibró en el aire como preludio de juicio final. Encierro era en toda regla. Los veinte soldados del piquete, que inopinada y repentinamente acababan de invadir el pueblo, habíanse repartido por las cuatro esquinas de la plaza, a bayoneta calada. Fué como un ciclón. Desencajados, trémulos, abandonándolo todo, se dispararon los hombres y hasta hembras también, a los zaguanes y a la iglesia. ¡Pobre gente! Todo en vano, porque, como la amada de Lulio, "ni en la casa de Dios está segura". De allí sacaron unas decenas. Cayó entre los casados el Caratejo Longas. Lo que no lloró su mujer, la señá Rufa, llorólo a moco tendido María Eduvigis, su hija. Fuese ésta con súplicas al alcalde. A buen puerto arrimaba: cabalmente que al Caratejo no había riesgo de largarlo. ¡Figúrense! El mayordomo de Perucho Arcila, el rojo más recalcitrante y más urdemales en cien lenguas a la redonda: ¡un pícaro, un bandido! Antes no era tanto para todo lo rojo que era el tal Arcila.

Ya desahuciado y en el cuartel, llamó el Caratejo a conferencia a su mujer y a su hija, y habló así: "A lo hecho, pecho, Corazón con Dios, y peganos del manto de María Santísima. A yo, lo que es matame, no me matan. Allá verán que ni an mal me va. Ello más bien es maluco dejalas como dos ánimas; pero ai les dejo maíz pa mucho tiempo. Pa desgusanar el ganao del patrón, y pa mantener esas mangas bien limpias, vustedes los saben hacer mejor que yo. Sigan con el balance de la güerta y de los quesitos, y métanle a estas placeñas y a las amasadoras los güevos hasta las cachas, y allá verán cómo enredamos la pita. Mirá, Rufa: si aquellos muchachos acaban de pagar la condena antes que yo güelva, no los almitás en la casa, de mantenidos. Que se larguen a trabajar, o a jalale a la vigüela y a las décimas si les da la gana. ¡Y no s'infusquen por eso!… ultimadamente, el Gobierno siempre paga". Y su voz selvática, encadenada en gruñidos, con inflexiones y finales dejativos, ese acento característico de los campesinos de nuestra región oriental, los acompañaba el orador con mil visajes y mímicas de convencimiento, y un aire de socarronería y unos manoteos y paradas de dedo de una elocuencia verdaderamente salvaje. Ayudábale el carate. Por aquella cara larga, y por cuanto mostraba de aquel cuerpo langaruto y cartilaginoso, lucía el jaspe, con vetas de carey, con placas esmeriladas y nacarinas. Pintoresco forro el de aquella armazón.

Ensartando y ensartando dirigióse al fin a la hija, y, con un tono y un gesto allá, que encerraban un embuchado de cosas, le dice, dándole una palmadita en el hombro: "Y vos, no te metás de filática con el patrón: ¡es muy abierto!". ¡Culebra brava la tal Eduvigis! Sazonado por el sol y el viento de la montaña era aquel cuerpo, en que no intervinieron ni artificio ni deformación civilizadores; obra premiada de naturaleza. Las caderas, el busto bien alto, la proclamaban futura madre de la titanería laboradora. El cabello, negro, de un negro profundo, se le alborotaba, indomable como una pasión; y en esos ojos había unas promesas, unos rechazos y un misterio, que hicieron empalidecer a más de un rostro masculino. Un toche habría picado aquellos labios como pulpa de guayaba madura; de perro faldero eran los dientes, por entre los cuales asomaba tal cual vez, como para lamer tanto almíbar, una puntita roja y nerviosa. Por este asomo lingüístico de ingénito coquetismo, la regañaba el cura a cada confesión, pero no le valía. Así y todo, mostrábase tan brava y retrechera, que un cierto galancete hubo de llevarse, en alguna memorable ocasión, un sopapo que ni un trancazo; fuera de que el Caratejo la celaba a su modo. El tenía su idea. Tanto que, apenas separado de la muchacha se dijo, hablado y todo y con parado de dedo: "Verán cómo el patrón le quebranta agora los agallones". Y pocos días después partió el Caratejo para la guerra. Rufa, que se entregó en poco tiempo y por completo al vicio de la separación, cuando los dos hijos partieron a presidio, bien podría ahora arrostrar esta otra ausencia, por más que pareciera cosa de viudez. ¡Y tánto como pudo! Ni las más leves nostalgias conyugales, ni asomos de temor por la vida del marido, ni quebraderos de cabeza por que volara el tiempo y le tornase el bien ausente, ni nada, vino a interrumpir aquel viento de cristiana filosófica indolencia. A vela henchida, gallarda y serenísima, surcaba y surcaba por esos mares de leche. Y eso que en la casa ocurrió algo, y aun algos, por aquellos días. Pero no: sus altas atribuciones de vaquera labradora y mayordoma de finca, en que dio rumbo a sus actividades y empleo a la potencia judaica que hervía en su carácter, no le daban tiempo ni lugar para embelecos y enredos de otro orden. ¡Lo que es tener oficio!…

Hembra de canela e inventora de dineros era la tal Rufa Chaverra. Arcila declarólo luego espejo de administradoras. Ella se iba por esas mangas, y, a güinchazo limpio, extirpaba cuanta malecilla o yerbajo intruso asomase la cabeza. Con sapientísima oportunidad salaba y ponía el fierro a aquel ganado, cuyo idioma parecía conocer, y a quien hacía los más expresivos reclamos, bien fuese colectiva o individualmente, ya con bramido bronco igual que una vaca, si era a res mayor, ahora melindroso, si se trataba de parvulillos; y siempre con el nombre de pila, sin que la "Chapola" se le confundiese con la "Cachipanda", ni el "Careperro" con el "Mancoreto". Hasta medio albéitara resultaba, en ocasiones. Mano de ángel poseía para desgusanar, hacer los untos y sobaduras y gran experiencia y fortuna en aplicar menjurjes por dentro y por fuera. La vaca más descastada y botacrías no se la jugaba a Rufa; que ella, juzgando por el volumen y otras apariencias, de la proximidad del asunto, ponía a la taimada, en el corral, por la noche; y, si alguna vez se necesitaba un poco de obstetricia, allí estaba ella para el caso. En punto a echar argollas a los cerdos más bravíos, y de hacer de un ternero algo menos ofensivo, allá se las habría con cualquier itagüiseño del oficio. Iniciada estaba en los misterios del harem, y cuando al rebuzno del pachá respondían eróticos relinchos, ella sabía si eran del caso o no eran idilios a puerta cerrada, y cuál la odalisca que debía ir al tálamo. Porque sí o porque no, nunca dejaba de apostrofar al progenitor aquél con algo así: "¡Ah taita, como no tenés más oficio que jartar, siempre estás dispuesto pa la vagamundería!". Si tan facultativa y habilidosa era para manejar lo ajeno, cuánto y más no sería para lo propio. Ni se diga de los gajes con la leche que le correspondía, ni de los productos del gallinero, ni de esa huerta donde los mafafales alternaban con la hachira, los repollos con las pepineras, las vitorias con las auyamas.

Pues resultó que todo estuvo a pique de perderse. Del huracán que ahora corre, llegaron ráfagas hasta la montañesa. Supo que unas amigas y comadres mazamorreaban orillas de La Cristalina, riachuelo que corre obra de dos millas de la casa de Arcila. Lo mismo fué saber que embelecarse. So pretexto de buscar un cerdo que dizque se le había remontado, fuése a las lavadoras de oro, y con la labia y el disimulo del mundo, les sonsacó todas las mañas y particularidades del oficio. Ese mismo día se hizo a batea, y viérais a la rolliza campesina, con las sayas anudadas a guisa de bragas, zambullida hasta el muslo, garridamente repechada, haciéndole bailar a la batea la danza del oro con la siniestra mano, mientras que con la diestra iba chorreando el agua sobre la fina arena, donde asomaban los ruedos oscuros de la jagua. Al domingo siguiente cambió el oro, y cuál se le ensancharía el cuajo cuando tuvo amarrados, a pico de pañuelo, treinta y seis reales de un boleo. Dada a la minería pasara su vida entera, a no ser por un cólico que la retuvo en cama varios días, y que le repitió más violento al volver al oficio. Mas no cedió en su propósito; mandó entonces a la Eduvigis, a quien le sentaron muy bien las aguas de La Cristalina. Mientras la hija pasaba de sol a sol en la mazamorrería, la madre cargaba con todo el brete de la finca. ¡Y tan campantes y satisfechas!… Más rastro deja en un espejo la imagen reflejada, que en el ánimo de Rufa las noticias sobre la guerra, que oía en el pueblo los domingos y los dos días de semana en que iba a sus ventas. Lo que fué del Caratejo, no llegó a preocuparse hasta el grado de indagar por el lugar de su paradero. Bien confirmaba esta esposa que las ternuras y blandicies de alma son necesidades de los blancos de la ciudad, y un lujo superfluo para el pobre campesino.

Envueltos en la niebla, arrebujados y borrosos, mostrábanse riscos y praderas; la casa de la finca semejaba un esbozo de paisaje a dos tintas; a trechos se percibían los vallados y chambas de la huerta, las aristas del techo, el alto andamio del gallinero; sólo alcanzaban a destacarse con alguna precisión los cuernos del ganado, rígidos y oscuros, rompiendo esas vaguedades, cual la noción del diablo la bruma de una mente infantil. A la quejumbrosa melodía de los recentales, acorralados y ateridos, contestaban desde afuera los bajos profundos y cariñosos de las madres, mientras que Rufa y Eduvigis renegaban, si Dios tenía qué, en las bregas y afanes del ordeño. Eduvigis, en cuclillas, remangada hasta las axilas, cubierta la cabeza con enorme pañuelo de pintajos, hacía saltar de una ubre al cuenco amarillento de la cuyabra, el chorro humeante y cadencioso. Un hálito de vida, de salud se exhalaba de aquel fondo espumoso. Casi colmaba la vasija, cuando un grito agudo, prolongado adrede, rasgó la densidad de esa atmósfera. La moza se suspende; el grito se repite más agudo todavía. "¡Mi taita!", exclama la Eduvigis, y sin pensar en leches ni en ordeños, corre alebrestada chamba abajo. No se engañaba. Buen amigo, que sí lo era en efecto, descolgóse a saltos, lengua afuera, la cola en alboroto. Impasible, la señá Rufa permaneció en su puesto. A poco llegóse el Caratejo con el perro, que quería encaramársele a los hombros. Marido y mujer se avistaron. Nada de culto externo ni de perrerías en aquel saludo. Dijérase que acababan de separarse.

—Y, ¿qué es lo que hay pal viejo? —dice Longas por toda efusión. Y Rufa, plantificada, totuma en mano, con soberano desentendimiento, contesta: —Y eso, ¿qué contiene, pues? —Pues que anoche llegamos al sitio, y que el fefe me dio licencia pa venir a velas, porque mañana go esta tarde seguimos pa la Villa. Facha peregrina la de este hijo de Marte. El sombrero hiperbólico de caña abigarrada, el vestido mugriento de coleta, los golpes rojos y desteñidos del cuello y de los puños, los pantalones holgados y caídos por las posas y que más parecían de seminarista, dignos eran de cubrir aquel cuerpo largo y desgavilado. Ni las escaseces, ni las intemperies, ni las fatigas de campaña, habían alterado en lo mínimo al mayordomo de Arcila. Tan feo volvía y tan Caratejo como se fue. Por morral llevaba una jícara algo más que preñada; por faja una chuspa oculta y no vacía. Rufa sigue ordeñando. Toma Lonjas la palabra. —Pues, pa que lo viás. Ya lo ves que nada me sucedió. Los que no murieron de bala, se templaron de tanta plaga y de tanta mortecina de cristiano, y yo… ai con mi carate: ¡la cáscara guarda el palo!

Y aquí siguió un relato bélico autobiográfico, con algo más de largas que de cortas, como es usanzas en tales casos. Rufa parecía un tanto cohibida y preocupada. —¿Y ontá la Eduvigis? — dice de pronto el marido, cortando la narración. —Pes ella… pes ella… puai cogió chamba abajo, izque porque la vas a matar. —¿A matala? ¿Y por qué gracia? —¿Pes… ella… no salió, pues, con un embeleco de muchacho?… —¿De muchacho? —prorrumpe el conscripto, abriendo tamaños ojos, ojos donde pareció asomar un fulgor de triunfo—. ¿Conque, muchacho? ¿Y pu'eso s'esconde esa pendeja? ¿Y ontá el muchacho? —¿Ai no'stá, pues en la maca? —Andá llámame a esa boba.

Y, tirando corredor adentro, se coló al cuartucho. Debajo de la cama pendiente de unos rejos, oscilaba la batea. Envuelto en pingajos de colores verdosos y alterados, dormía el angelito. No pudo resistir el abuelo a la fuerza de la sangre, ni menos al empuje de un orgullo repentino que le borbotó en las entrañas. Sacó de la batea la criatura, que al despertar y ver aquella cara tan fea y tan extraña, puso el grito en el cielo. Era José Dolores Longas un rollete de manteca, mofletudo y cariacontecido; las manos unas manoplas; las muñecas, como estranguladas con cuerda, a modo de morcilla; las piernas, tronchas y exuberantes, más huevos de arracacha que carne humana: una figura eclesiástica, casi episcopal. Iba a quebrarse con los berríos que lanzaba: ¡cuidado si había pulmones! El soldado lo cogió en los brazos, haciéndole zarandeos, por vía de arrullo. Abrazaba su fortuna: en aquel vástago veía el Caratejo horizontes azules y rosados, de dicha y prosperidad: el predio cercano, su sueño dorado, era suyo; suyas unas decenas de vacas; suyo el par de muletos y los aparejos de la arriería: y ¿quién sabe si la casa, esa casa tan amplia y espaciosa, no sería suya pasado corto tiempo? ¡El patrón era tan abierto!… Calmóse un tanto el monigote. Escrutólo el Caratejo de una ojeada, y se dijo: "¡Igualito al taita!". Entre tanto Rufa gritaba desde la manga: "¡Que vengás a tu taita que no está nada bravo! ¡Que no sias caraja! ¡Subí, Eduvigis, que siempre lo habís de ver!".

La muchacha, más muerta que viva, a pesar de la promesa, subía por la chamba, minutos después. Pálida por el susto, parecía más hermosa y escultural. Levantó la mirada hacia la casa, y vió a su padre en el corredor, con el niño en brazos. A paso receloso llégase a él; arrodíllase a las plantas y murmura: —¡Sacramento del altar, taita! Y con la diestra carateja, le rayó la bendición el padre, no sin sus miajas de unción y de solemnidad. Mandóla luego la madre a la cocina a preparar el agasajo para el viajero, y Rufa que ya en ese momento había terminado sus faenas perentorias, tomó al nieto en su regazo y se preparó al interrogatorio que se le venía encima. —Bueno —principia el marido—, y el patrón siempre le habrá dejao a la muchacha… por lo menos sus tres vacas, y le habrá dao mucha plata pa los gastos? —¡Eh! —replica Rufa—. ¿Usté por qué ha determinao que fué don Perucho? —¿Que no fué el patrón? —salta el Caratejo desfigurándose. —¡Si fue Simplicio, el hijo de la dijunta Jerónima!… —¡Ese tuntuniento!… —vocifera el deshonrado padre—. ¡Un muerto dihambre que no tiene un Cristo en qué morir!… Y vos, so almártaga, ¿pa qué consentites esos enredos? La cara se le desencajó; le temblaban los labios como si tuviera tercianas. "Yo mato a esa arrastrada, a esa sinvergüenza". Y, atontado y frenético, se lanza a la cocina, agarra una astilla de leña, y cada golpe escupe sobre la hija un insulto, una desvergüenza, una bajeza. Cuando la infeliz yacía por tierra, convulsa y sollozante, arrimóle Longas formidable puntapié, y exclamó tartajoso: "¡Te largás… ahora mismo… con tu muchacho… que yo no voy a mantener aquí vagamundas!". Y salió disparado, camino del pueblo, como huyendo de su propia deshonra.

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Lee el siguiente fragmento
"¡Muy zamba y muy fea! ¿No? Pues así y todo tenía ideas de la más rancia aristocracia, y hacía unas distinciones y deslindes de castas de que muchos blancos no se curan: no me dejaba juntar con muchachos mulatos, dizque porque no me tendrían el suficiente respeto cuando yo fuera un señor grande"

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Organiza las acciones de Frutos
Desobedece las reglas de la casa
Vuelve a la casa de Toñito
Le cuenta al niño historias de Brujas
Deja de ser esclava

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Las cuatro hijas de doña Felicinda, viuda de Peraza, se citaban en el pueblo como prototipos de simplicidad e insignificancia. Parecía que todas cuatro hubiesen saltado de los catorce a los dieciséis; que ninguna logró en su vida incolora ni una mañanita de primavera; eran unas otoñales de nacimiento. Ni siquiera se distinguía la primera de la última, ni cuál fuese, tampoco, la figura más saliente de las cuatro. Dijérase que habían surgido en un mismo brote desde los profundos del limbo. El rasero de lo anodino las había emparejado en esa como identidad por la cuna y la convivencia. Amores, ni divinos ni humanos jamás se les supieron: no eran beatas ni iglesieras, ni el galán más desdeñado rondó por sus ventanas, por más que ellas se mostrasen en sus rejas tarde por tarde y el domingo entero. Como eran pobres y sencillotas, no disponían de los recursos del trapo y del afeite, del buen gusto y de la moda. A su casa no asomaba ni la comadrería lugareña, con ser que la Peracitas cumplían con todos, lo mismo en parabienes que en dolencias: a enfermo su recado, a cada muerto su corona, a cada novia su baratija. Mas ni por esas: donde no hay mieles ni relumbrones,no acuden moscas ni mariposas.

No se ocupaban de ellas ni para ponerlas en solfa, por lo pasmadas y poquitacosa: la maledicencia no para mientes en lo opaco. Sólo algunas viejas levíticas se hacían lenguas de oro ponderándoles a los mozos casaderos las virtudes, la laboriosidad y fundamento de las Peracitas. Pero todos los sermones se predican en desierto. En verdad que madre e hijas trabajaban como abejas, ya costuras, ya tabaco, ya dulces, ya planchado. Era rector del villorrio, por aquel tiempo, un varón raro, de santidad extraña, discípulo castizo de Francisco de Sales. A fuer de tal, no veía pecado en los regocijos sociales ni en los coloquios amatorios de la gente moza; pero ni de la vieja tan siquiera. «Las Hijas de María» podían danzar con todos los yernos. De aquí que no faltasen de vez en cuando, en aquel recogimiento pueblerino, reuniones promiscuadas y bailables, por bodas, paseo, y ocasión rodada. Claro que no contaban con las Peracitas para ninguna de estas diversiones. Las pobres, por su parte, jamás mostraron hieles ni despechos por esta jubilación prematura, por este desaire perpetuo a que parecían condenadas desde jóvenes. Aquella villa oscura con pujos de ciudad tenía como lugar de esta distracción un casino o cosa así, no muy mal montado, ciertamente, con una treintena de socios de lo más prócer y granado. El Club Córdoba, con todo y personería jurídica, era el timbre de la localidad y el agasajo de cuanto forastero de nota arribase a ese rincón escondido de montaña

Pues cátame que el tal club acordó celebrar la fiesta magna de la patria, con una fiesta culta y aristocrática, nunca vista ni soñada en muchas leguas a la redonda: un «baile de salón», a todo taco. Convidarían a los caciques de los pueblos circunvecinos, no tanto por obsequiarlos, cuanto por deslumbrarlos con aquellas novedades y elegancias. Reunieron, al efecto, la suma presupuesta, y desde el primero de aquel julio extraordinario principiaron los preparativos, encargos y trasteos. El doce lanzaron a la calle las invitaciones despampanantes, tipografiadas en la capital del departamento. ¡Y cosa inaudita! Por gentileza, por guasa, por patriotismo acaso, invitan a las Peracitas. ¡Qué comentarios! Más que los aprestos mismos les maravilla la ocurrencia. Doña Felicinda piensa por el primer momento que, sin ser veintiocho de diciembre, las quieren inocentar como a unas tontas. No falta un alma caritativa que se los asegure. Cuando al fin se persuaden que aquello va de veras, se ponen, según la propia frase de la viuda, «en mil titilaciones y parangones»: malo si van, malo si no van. Ilusiones y temores, novelería y ansiedad se barajan y contraponen ante aquella cosa tan complicada como imprevista.

La señora, sin explicárselo ella misma, siente que allá adentro se le impone la categoría social de su familia, y que debe honrar la invitación. Con todo, vase en consulta al señor cura. Él le declara que si ello no le desequilibra el presupuesto lleve a las niñas en buena hora; pero que las ensaye antes si no están bien duchas en coreografías. La consultora sale radiante. ¿Y qué hace? Vende el cerdo que cuida en el chiquero, y pellizcando aquí y completando allá, entre unas y otras, salen a compras las cinco reunidas, y se traen los cortes de gasa y los zapatosy los adornos. No bien tornan, avisan la aceptación. La nueva cunde por el pueblo. Las Peracitas se elevan quince codos en su posición de la víspera. Aquella invitación emanada del sanedrín supremo de magnates; aquellas compras de artículos valiosos, son banderas que cubren y valorizan toda carga. Su casita, de las oquedades y lobregueces, se ve de pronto invadida por insólito visiteo; todas van a informarse, a tomar lenguas, a animarlas, a ofrecerse, en un jubileo de felicitaciones.Las Mogollones, las más ricas y entonadas, las que imponen moda y protocolo, dirigen los indumentos de las niñas. Ellas mismas, con sus manos milagrosas, las perfilan para el baile; y como un luto repentino les impide asistir, suministran a las protegidas cuantas más galas y arreos necesitan. Unas vecinas, grandes tañedoras y bailadoras, prometen enseñarles cuanto quieran. Llevan hermanos y amigos, con tiples, bandolas y guitarras, y principian los ensayos. Que «hay academia donde las Peracitas» se difunde por los cuatro vientos, y desde la segunda noche se les agregan varios veteranos en el arte.

Madre e hijas están completamente embelecadas y fuera del carril. Madrugan con los pájaros al tráfago de los trajes y de los comestibles que para la fiesta les tienen encargados. «¡Qué laberinto!», exclama a cada paso la señora. Aquel conflicto de horno, de modistería, de amasijo y bailoteo, la tienen por los aires. No bien anochece principian los ensayos, hasta las once bien corridas; y como a toda hembra moza la favorece Terpsícore, en seis noches y un domingo se inician, cual más, cual menos, en los arcanos del valse y de la polka, de la galopa y del estrós. Se sienten tan enervadas, que la madre pide a María Auxiliadora se las tenga en salud mientras que pasa todo. La Virgen le oye: se aproxima la hora suprema y las cuatro están en pie. Desde la tarde las tienen las Mogollones en su laboratorio. A las ocho y media, cuando la madre va por ellas, siente el vértigo: las cuatro se le revelan como otras tantas beldades. ¡Oh magia soberana del arte y de la química! Tres están crespas, dos rubias; la penúltima, con pelo liso, crencha caída y diadema en las sienes, como una virgencita bizantina. Bendijera Dios las ciencias ocultas de las gallardas Mogollones. ¡Cómo aprendían las señoras en Medellín! Apenas pudiera, iba a mandar a Romelia, que era la más talentosa.

Pero he aquí que en medio del desvanecimiento, nuevo recelo le asalta: teme «el pavo», el terrible pavo. De nuevo invoca el mariano auxilio para que libre a sus hijas del ave hórrida. A las nueve entran por entre el gentío novelero. Desde ahí principia «el golpe». ¡Qué pasmo el de aquella plebe! Los dos policías despejan. Desde el zaguán las recibe la Comisión. Por la madre las conocen; que si no, las tomaran por las forasteras que han venido a la fiesta. Han perdido el encogimiento: su nueva posición, su repentina hermosura, así como las lecciones mogollescas, les imprimen por ensalmo el aplomo y los mohínes de las mujeres triunfadoras. La viuda, que no tapa el curte de los años va verdosa. Sus ojos son un poema de sustos encontrados. Les ofrecen el brazo de la galantería y las suben como a unas princesas. La reina madre es la primera. El caserón del club, tan disfrazado como las Peracitas, deslumbra y cabrillea. Flores y espejos, cuadros y cortinajes cuelgan áulicos y joyantes por todas las paredes. Allí se ha recogido todo el boato suntuario de los cresos. Los invitados van entrando, las damas se van acomodando; el mariposear empieza. «La lira andina», reforzada por bajo y clarinete, preludia magnética y cosquilleante. Ella que rompe y los galanes más conspicuos que les corren a las Perazas.

Así a la segunda pieza; así a la tercera. Doña Felicinda pasa del verde a los tintes simpáticos del azúcar sonrosado. Ya no haysusto en sus ojos de tórtola afligida; resucitan juveniles y brilladores en un sortilegio de ventura. Compara, analiza: sus hijas resisten las comparaciones y el análisis. Los anfitriones más egregios entran con azafates de copas y de pastas. Con esa cortesía estudiada de parroquia, ofrecen,muy inclinados y supuestos, primero a doña Felicinda y a sus niñas. Tal se sienten, que dos de ellas, con un dengue inspirado, acometen un efecto muy revolante de abanico. ¡No perdieron su tiempo las Mogollones! El vino espumoso, servido a guisa de champaña, aparece como tal a los ojos ignorantes, en el cuenco bullente de las copas desparramadas. La viuda recibe la suya, temblorosa, y la apura antes que nadie, por miedo de verterla. ¿A qué le sabe aquella copa de la gloria? Sigue el baile, siguen los obsequios, y sigue como una consigna individual y colectiva el atender y disputarse a las Perazas. Hasta el diminutivo se les quita; que el entusiasmo, por contagio o por sistema, ve un milagro en el vuelo de una mosca. Sólo Graciela Acosta, la belleza indiscutible de la villa, se va ofuscando con aquel fanatismo por estas grandezas improvisadas. Más habrá de ofuscarse, porque la ovación no se desmiente ni un momento. Por capricho, por simulación, por sinceridad, las Perazas no decaen. A las doce se abre el comedor. A doña Felicinda, a sus hijas y a las señoritas forasteras se les conduce antes que a todas. La viuda, que ha libado tres copillas, se cierne en uno como ensueño. Ha vuelto a los livores; las ojeras se le acentúan y el corazón se le desborda. De repente se para; hace pucheros,suelta las lágrimas, y, dirigiéndose al vacío, exclama sollozante y entrecortada:

—¡Cómo hubiera gozado Aquilino esta noche! ¡Sus hijas lo mismo que unas láminas!... ¡Sus hijas figurando entre el cogollo!... ¡Y tan bien vestidas! ¡Tan cortejadas por los gamonales! ¡Ventiándose con los refrescantes, como principales de Medellín! ¡Cómo hubiera gozado el pobre! ¡Él que era tan tonable y de tanta educación! —¡Por Dios, mamita! —clama una de las cuatro— ¡No salga ahora con esas cosas! ¡Pa qué iría a beber ese champán! —No, María Eudoxia; ¡no me quités este gusto tan grande! ¡Es que vos no sabés lo que es una madre tan tierna como yo! ¡Es que vos no sabés lo que era Aquilino!... —trata de abrazar a dos y sigue gimiendo—. ¡Pobres mis hijas tan huérfanas, pero tan queridas y acatadas!... ¡Si Aquilino las viera, él que nos dejó tan pobres!... Ellas se alzan, gimen, la rodean, le suplican, le imploran. Varios anfitriones tratan de calmarla. Le ofrecen carne, pechuga, galletas, de cuanto hay. Todo en balde: sigue el llanto y Aquilino sigue. El comedor se va llenando. Por las rejas asoman los espectadores, que no quieren perder aquel número que no figura en el programa. Recetan café; se lo traen al punto; se lo hacen apurar... Merma el llanto, mas crece la elocuencia. Tanto auditorio la estimula. Se vuelve un Tácito; narra las ternuras de Aquilino, sus últimos consejos, su muerte «tan linda y tan tranquila». Llega al presente, y salen las compras y el marrano, el cura y los ensayos, las Mogollones y María Auxiliadora.

Se confiensa en público. No basta el disimulo, no basta la caridad: las risotadas se oyen. Báñase en agua de rosas la Graciela Acosta. ¡Eso sacaban de meter en costura a esas «carangas resucitadas!». No eso: ¡microbio se quisieran volver las infelices, para escaparse de esta cosa tan horrible que las levanta en vilo! ¡Piérdanse las piezas comprometidas, piérdase todo, antes que seguir un instante en el suplicio! Es inútil el ruego. La viuda se opone, mas Romelia le declara que se irán sin ella, y al fin se somete. Para mayor escarnio, varios las acompañan a la casa. Al verse en la calle con los fastuosos abrigos de las Mogollones, se les antoja algo como los sambenitos de la afrenta. Entran y lloran hasta que las rinde la propia amargura... El baile sigue, entre tanto, más animado que antes. Graciela derrocha ingenio a propósito del caso. Lamenta con sarcasmo lacerante la caída repentina de aquellos ídolos de un día. Esta fue la boga de las Peracitas; este el rayo de sol mañanero que alumbró su existencia.

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Leamos el siguiente fragmento:

Claro que no contaban con las Peracitas para ninguna de estas diversiones. Las pobres, por su parte, jamás mostraron hieles ni despechos por esta jubilación prematura, por este desaire perpetuo a que parecían condenadas desde jóvenes

Comenta con tus compañeros: ¿Qué nos dice esta frase sobre la condición de las mujeres?

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Entre mis paisanos criticones y apreciadores de hechos, es muy válido el de que mis padres, a fuer de bravos y pegones, lograron asentar un poco el geniazo tan terrible de nuestra familia. Sea que esta opinión tenga algún fundamento, sea un disparate, es lo cierto que si los autores de mis días no consiguieron mejorar su prole no fue por falta de diligencia: que la hicieron y en grande. Mis hermanas cuentan y no acaban de aquellas encerronas, de día entero, en esa despensa tan oscura, ¡donde tanto espantaban! Mis hermanos se fruncen todavía, al recordar cómo crujía en el cuero limpio, ya la soga doblada en tres, ya el látigo de montar de mi padre. De mi madre se cuenta que llevaba siempre en la cintura, a guisa de espada, una pretina de siete ramales, y no por puro lujo: que a lo mejor del cuento, sin fórmula de juicio, la blandía con gentil desenfado, cayera donde cayera; amén de unos pellizcos menuditos y de sutil dolor, con que solía aliñar toda reprensión. Estos rigores paternales —¡bendito sea Dios!— no me tocaron.

Sólo una vez en mi vida tuve de probar el amargor del látigo! Con decir que fui el último de los hijos y además enclenque y enfermizo, se explica tal blandura. Todos en la casa me querían, a cuál más, siendo yo el mimo y la plata labrada de la familia; y mal podría yo corresponder a tan universal cariño, ¡cuando todo el mío lo consagré a Frutos! Al darme cuenta de que yo era una persona como todo hijo de vecino, y que podía ser querido y querer, encontré a mi lado a Frutos, que, más que todos y con especialidad, parecióme no tener más destino que amar lo que yo amase y hacer lo que se me antojara. Frutos corría con la limpieza y arreglo de mi persona; y con tal maña y primor lo hacía, que ni los estregones de la húmeda toalla me molestaban, cuando me limpiaba «esa cara de sol»; ni sufría sofocones, cuando me peinaba; ni me lastimaba, cuando, con una aguja y de modo incruento, extraía de mis pies una cosa que… no me atrevo a nombrar. Frutos me enseñaba a rezar, me hacía dormir y velaba mi sueño; despertábame a la mañana con el tazón de chocolate. ¿Qué más? Cuando antes del almuerzo, llegaba de la escuela, ya estaba Frutos esperándome con la arepa frita, el chicharrón y la tajada. Lo mejor de las comidas delicadas, en cuya elaboración intervenía Frutos —que casi siempre consistían en chocolate sin harina, conservón de brevas y longanizas—, era para mí. ¡Válgame Dios y las industrias que tenía! Regaba afrecho al pie del naranjo, ponía en el reguero una batea, recostada sobre un palito; de este amarraba una larga cabuya, cuyo extremo cogía yendo a esconderse tras una mata de caña a esperar que

bajara el pinche a comer… Bajaba el pobre, y no bien había picoteado, cuando Frutos tiraba y ¡zas!… ¡debajo de la batea! ¡El pajarito para mí! Cogía un palo de escoba, un recorte de pañete y unas hilachas; y, cose por aquí, rellena por allá, me hacía unos caballos de ojo blanco y larga crin, con todo y riendas, que ni para las envidias de los otros muchachos. De cualquier tablita y con cerdas o hilillos de resorte, me fabricaba unas guitarras de tenues voces; y cátame a mí punteando todo el día. ¡Y los atambores de tarros de lata! ¡Y las cornetillas de abigarrada cola! Con gracejo, para mí sin igual, contábame las famosas aventuras de Pedro Rimales —Urde, que llaman ahora—, que me hacían desternillar de risa; transportábame a la «Tierra de Irasynovolverás», siguiendo al ave misteriosa de «la pluma de los siete colores»; y me embelesaba con las estupendas proezas del «Patojito» —que yo tomaba por otras tantas realidades—, no menos que con el cuento de Sebastián de las Gracias, personaje caballeresco entre el pueblo, quien lo mismo echa una trova por lo fino, al compás de acordada guitarra, que empunta alguno al otro mundo de un tajo; y cuya narración tiene el encanto de llevar los versos con todo y tonada, lo cual no puede variarse, so pena de quedar la cosa sin autenticidad. Con vocecilla cascada y sólo para solazarme, entonaba Frutos unos aires del país —dizque se llamaban corozales— que me sacaban de este mundo: ¡tan lindos y armoniosos que parecían! Respetadísimos eran en casa mis fueros. Pretender lo contrario, estando Frutos a mi lado, era pensar en lo imposible. Que «este muchacho está muy malcriado», decía mi madre; que «es tema que le tienen al niño», replicaba Frutos; que «hay que darle azote», decía mi padre; que «eso sí que no lo verán», saltabaFrutos, cogiéndome de la mano y alzando conmigo; y ese día se andaba de hocico, que no había quién se le arrimase

¡Y cuando yo le contaba que en la escuela me habían castigado! ¡Virgen Santa, las cosas que salían de esa boca! Contra ese judío, ese verdugo de maestro; contra mamá, porque era tan madre de caracol y tan de arracacha, que tales cosas permitía; contra mi padre, porque era tan de pocos calzones, que iba y le metía unos sopapos a ese viejo mala entraña. Con ocasión de uno de mis castigos escolares, se le calentaron tanto las enjundias a Frutos, que se puso a la puerta de la calle a esperar el paso del maestro; y apenas lo ve se le encara midiéndole puño, y con enérgicos ademanes exclama: «¡Ah, maldito! ¡Pusiste al niño como un Nazareno! ¡Mío había de ser…, pero mirá: ti había di arrancar esas barbas de chivo!». Y en realidad parecía que al pobre maestro no le iba a quedar pelo de barba. El dómine —que fuera de la escuela era un blando céfiro— quedóse tan fresco como si tal cosa; y yo me la saqué, porque Frutos en los días de azote o férula, me resarcía con usura, dándome todas las golosinas que topaba y mimándome con mil embelecos y dictados a cuál más tierno: entonces no era yo «El niño», solamente, sino «Granito de oro», «Mi reynito» y otras cosas de la laya. En casa el de más ropa que relevar era yo, porque Frutos se lamentaba siempre de que el niño estaba en cueros, y empalagaba tanto a mi madre y a mis hermanas que, quieras que no, me tenían que hacer o comprar vestidos; no así tal cual, sino al gusto de Frutos. De todo esto resultó que me fui abismando en aquel amor, hasta no necesitar en la vida sino a Frutos, ni respirar sino por Frutos, ni vivir sino para Frutos; los demás de la casa, hasta mis padres, se me volvieron costal de paja.Qué vería Frutos en un mocoso de ocho años, para fanatizarse así, lo ignoro. Sólo sé que yo veía en Frutos un ser extraordinario, a manera de ángel guardián, una cosa allá, que no podía definir ni explicarme, superior, con todo, a cuanto podía existir. ¡Y venir a ver lo que era Frutos!

Ella —porque era mujer y se llamaba Fructuosa Rúa— debía de tener en ese entonces de sesenta años para arriba. Había sido esclava de mis abuelos maternos. Terminada la esclavitud, se fue de la casa, a gozar, sin duda, de esas cosas tan buenas y divertidas de la gente libre. No las tendría todas consigo, o acaso la hostigarían, porque años después hubo de regresar a su tierra un tanto desengañada. ¡Y cuenta que había conocido mucho mundo!, y, según ella, disfrutado mucho más. Encontrando a mi madre, a quien había criado, ya casada y con varios hijos, entró a nuestra casa, como sirvienta en lo de carguío y crianza de la menuda gente. Por muchos años desempeñó tal encargo, con alguna jurisdicción en las cosas de buen comer, y llevándola siempre al estricote con mi madre, a causa de su genio rascapulgas y arriscado; si bien muy encariñada con todos, allá a su modo, y respetando mucho a mi padre, a quien llamaba «Mi Amito». Mi madre la quería y le dispensaba las rabietas y perreras. Frutos había tenido hijos; pero cuando mi crianza, no estaban con ella, y no parecía tenerles mucho amor, porque ni los nombraba, ni les hacía gran caso, cuando por casualidad iban a verla. Por causa de la gota, que padecía, casi estaba retirada del servicio cuando yo nací; y al encargarse del benjamín de la casa, hizo más de lo que sus fuerzas le permitían. A no ser porque su corazón se empeñó en quererme de aquel modo, no soportara toda la guerra que le di.

Frutos era negra de pura raza, lo más negro que he conocido; de una gordura blanda y movible, jetona como ella sola —sobre todo en los días de vena, que eran los más—, muy sacada de jarretes y gacha. No sé si entonces usarían las hembras, como ahora, eso que tanto las abulta por detrás; sí lo usarían, porque a Frutos no le había de faltar; y era tal su tamaño que la pollera de percal morado, que por delante barría, le quedaba tan alta por detrás, que el ruedo anterior se veía blanquear, enredado en aquellos espundiosos dedos; de aquí el que su andar tuviese los balanceos y treguas de la gente patoja. Camisa con escote y volante era su corpiño; en primitiva desnudez lucía su brazo roñoso y amorcillado; tapábase las greñudas pasas con pañuelo de color rabioso, que anudaba en la frente a manera de oriental turbante; sólo para ir al templo se embozaba en una mantellina, verdusca ya por el tiempo; a paseo o demás negocio callejero, iba siempre desmantada. Pero eso sí: muy limpia y zurcida, porque a pulcra en su persona nadie le ganó. ¡Muy zamba y muy fea! ¿No? Pues así y todo tenía ideas de la más rancia aristocracia; y hacía unas distinciones y deslindes de castas, de que muchos blancos no se curan: no me dejaba juntar con muchachos mulatos, dizque porque no me tendrían el suficiente respeto cuando yo fuera un señor grande; jamás consintió que permaneciese en su cuarto, aunque estuviera con la gota, porque un blanco —decía— «metido en cuarto de negras, se emboba y se güelve un tientagallinas»; iguales razones alegaba para no dejarme ir a la cocina, y eso que el tal paraje me atraía (cuestión bucólica)

Sólo por Nochebuena podía estarme allí cuanto quisiera y hasta meter la sucia manita en todo; pero era porque en tan clásicos días, toda la familia pasaba a la cocina. Mi padre y mis hermanos grandes, con toda su gravedad de señores muy principales, se daban sus vueltas por allí, y sacaban con un chuzo de la hirviente cazuela, ya el dorado buñuelo, ya la esponjosa y retorcida hojuela; o bien asiendo del mecedor revolvían el pailón de natilla, que, revienta por aquí, revienta por más allá, formaba cráteres tamaños como dedales.Las horas en que yo estaba en la escuela, que para Frutos eran asueto, las pasaba esta en hilar, arte en que era muy diestra; pero no bien el escolar se hacía sentir en la casa, huso, algodón y ovillo, todo iba a un rincón. El niño era antes que todo; sólo el niño la ponía de buen humor; sólo el niño arrancaba risas a esa boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos. Admirada de este fenómeno, decía mi madre: «¡Este muchacho lo tendrá mi Dios para santo, cuando desde niño hace de estos milagros!». ¡Al amparo de tal patrocinio iba sacando yo un geniecillo tan amerengado y voluntarioso que no había trapos con qué agarrarme! Ora me revolcaba, dándome de calabazadas contra todo lo que topaba; ora estallaba en furibundos alaridos, acompañados de lagrimones, cuando no me daba por aventar las cosas o por morder. Tía Cruz, persona muy timorata y cabal, al ver mis arranques, se permitió una vez decir delante de Frutos que el niño estaba «falto de rejo». ¡Más le hubiera valido ser muda a la buena señora! Frutos la hartó a desvergüenzas y le cobró una malquerencia tan grande, que siempre que la veía, resoplaba de puro rabiosa.

Sólo por Nochebuena podía estarme allí cuanto quisiera y hasta meter la sucia manita en todo; peroera porque en tan clásicos días, toda la familia pasaba a la cocina. Mi padre y mis hermanos grandes, con toda su gravedad de señores muy principales, se daban sus vueltas por allí, y sacaban con un chuzo de la hirviente cazuela, ya el dorado buñuelo, ya la esponjosa y retorcida hojuela; o bien asiendo del mecedor revolvían el pailón de natilla, que, revienta por aquí, revienta por más allá, formaba cráteres tamaños como dedales. Las horas en que yo estaba en la escuela, que para Frutos eran asueto, las pasaba esta en hilar, arte en que era muy diestra; pero no bien el escolar se hacía sentir en la casa, huso, algodón y ovillo, todo iba a un rincón. El niño era antes que todo; sólo el niño la ponía de buen humor; sólo el niño arrancaba risas a esa boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos. Admirada de este fenómeno, decía mi madre: «¡Este muchacho lo tendrá mi Dios para santo, cuando desde niño hace de estos milagros!». ¡Al amparo de tal patrocinio iba sacando yo un geniecillo tan amerengado y voluntarioso que no había trapos con qué agarrarme! Ora me revolcaba, dándome de calabazadas contra todo lo que topaba; ora estallaba en furibundos alaridos, acompañados de lagrimones, cuando no me daba por aventar las cosas o por morder. Tía Cruz, persona muy timorata y cabal, al ver mis arranques, se permitió una vez decir delante de Frutos que el niño estaba

Sólo por Nochebuena podía estarme allí cuanto quisiera y hasta meter la sucia manita en todo; peroera porque en tan clásicos días, toda la familia pasaba a la cocina. Mi padre y mis hermanos grandes, con toda su gravedad de señores muy principales, se daban sus vueltas por allí, y sacaban con un chuzo de la hirviente cazuela, ya el dorado buñuelo, ya la esponjosa y retorcida hojuela; o bien asiendo del mecedor revolvían el pailón de natilla, que, revienta por aquí, revienta por más allá, formaba cráteres tamaños como dedales. Las horas en que yo estaba en la escuela, que para Frutos eran asueto, las pasaba esta en hilar, arte en que era muy diestra; pero no bien el escolar se hacía sentir en la casa, huso, algodón y ovillo, todo iba a un rincón. El niño era antes que todo; sólo el niño la ponía de buen humor; sólo el niño arrancaba risas a esa boca donde palpitaban airadas palabras y gruñidos. Admirada de este fenómeno, decía mi madre: «¡Este muchacho lo tendrá mi Dios para santo, cuando desde niño hace de estos milagros!». ¡Al amparo de tal patrocinio iba sacando yo un geniecillo tan amerengado y voluntarioso que no había trapos con qué agarrarme! Ora me revolcaba, dándome de calabazadas contra todo lo que topaba; ora estallaba en furibundos alaridos, acompañados de lagrimones, cuando no me daba por aventar las cosas o por morder. Tía Cruz, persona muy timorata y cabal, al ver mis arranques, se permitió una vez decir delante de Frutos que el niño estaba

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El tiempo
Debajo de la cama,pendiente de unos rejos, oscilaba la batea.
Noticias sobre la guerra
Primer domingo del mes

A pesar de la promesa, subía por la chamba minutos después

Los que no murieron de bala

Repentinamente invaden el pueblo
la vaca mas descastada y botacrías no se la jugaba a Rufa
Los veinte soldados de piquete
Es olor de despensa, de carnicería, de transpiración de gentes
Histórico
Lineal

El espacio

Privado
Público

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¿Qué hay de Rufa?
¿Crees que el espacio-tiempo afecta las acciones del personaje? Vamos a dar click aquí, analiza y mira si existe o no transformación del personaje.

Su esposo le dice: mirá, Rufa: si aquellos muchachos acaban de pagar la condena antes que yo güelva, no los admitás en la casa de mantenidos. ¿Crees que Rufa es una mujer obediente?

No

Rufa, que se entregó en poco tiempo y por completo al vicio de la separación, cuando los dos hijos partieron a presidio, bien podría ahora arrostrar esta otra ausencia, por más que pareciera cosa de viudez. ¿Crees que Rufa se sentía sola, pero que a la vez empezaba a decidir que hacer con su vida?

NO

Empleo a la potencia judaica que hervía en su carácter, no le daban tiempo ni lugar para embelecos y enredos de otro orden. ¡Lo que es tener oficio! ¿Crees que Rufa quiere estar afuera con las demás mujeres del pueblo?

No

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Eduvigis

¿Qué hay de Eduvigis?

Vamos analizar el personaje de Eduvigis. Click aquí para hablar de la forma en el que el autor la presenta.
Vamos a hacer un breve repaso:

Sinécdoque

Alegoría

Hipérbole

Personificación

Atribución de cualidades humanas a seres inanimados o animales

Exageración de algún rasgo o magnitud

Ejem

Ejem

Figurasliterarias

Símil

Aliteración

Paradoja

Relación explícita de semejanza entre dos objetos

Repetición de sonidos en palabras cercanas o contiguas.

Hipérbaton

Ejem

Ejem

ANÁFORA

Metáfora

Identificación de un objeto imaginario a partir de una relación.

Repetición de una o varias palabras al inicio de dos o más versos

EJEMo

Ejmplo

Avanza

REFERENCIAS

¿Qué recurso estilístico usa el autor en la siguiente frase "¡Culebra brava la tal Eduvigis!

Metonimia
Hipérbole
Hiperbatón
Personificación

¿Qué recurso estilístico usa el autor en el siguiente fragmento? "el cabello negro, de un negror profundo, se le alborotaba, indomable como una pasión"

Símil
Hipérbole
Personificación
Metáfora

¿Qué recurso estilístico usa el autor en el siguiente fragmento? "Las caderas, el busto bien alto, la proclamaban futura madre de la titanería laboradora"

Símil
Hipérbole
Personificación
Metáfora
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¿Qué pasaba en el contexto histórico-social?

La regeneración

Guerra de Los Mil Días

Conservadores y liberales

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Avaza

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Eduvigis

RUFA

Quiero opinar
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Frutos

Peracitas

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ANTONIA

graciela

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¿Cuáles son las acciones de los personajes?

Es una mujer que no le importa estar con sus amigas en el pueblo

Eduvigis

Es una mujer obediente

Es una mujer que toma sus propias decisiones

Rufa

No quiere trabajar

No obedece

Continua

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Primero la gente, y después lo que hace. Ni la corriente la envuelve, ni las olas la botan a la orilla, ni la hace zozobrar el remolino: es una balsa que navega serena, sin temores, por el río de la vida. Familia más opaca y menos vistosa en sociedad, no vieron nunca estos lares antioqueños, tan ponderados. Veinte años hace que don Vicente Romero y doña Antonia Molano llevan, en paz y gracia de Dios, la matrimonial coyunda. Él frisa en los cincuenta; ella, en los cuarenta y cuatro. Tardios y pocos fueron para ellos los frutos de bendición, pues Tocayo, el primogénito, apenas entra en los catorce, y la Nena, cuarta y última, en los nueve.

A este amor, un tanto ocioso y defraudado en los seis primeros años, vinieron a depurarlo y enaltecerlo los frutos supradichos, hasta convertirlo en un afecto práctico, confiado y solidario, harto parecido a un compañerismo industrial. Marido y mujer son buena gente, por la prosapia y el manejo; cristianos de cepa vieja y más conservadores que el Padre Astete, con ser que don Vicente se rotula liberaly rafaelista. Toda su vida ha sido contador a destajo, y gana, en la actualidad, un mes con otro, sus siete mil pesos, los mismos que le entrega a su consorte. A más de grande administradora, es ella el aseo y la pulcritud andando; y ha aportado al matrimonio, por herencia anticipada de sus ancianos padres, una casita nueva, cuca, con todo y agua adentro. Mantiénela como un pesebre; que es de estas señoras medellinenses que gastan coco e hisopos para enlucir, brochas y colores para pintar. Fuera del vestido anual, que su marido estrena en Jueves Santo, cose todo lo cosible, inclusive las boinas y casquetes de los dos chicos y los sombreros de las niñas. Romero, como ella le llama, vive más cepillado y peripuesto que un cura currutaco, pues por el atalaje del marido se saca la esposa. Con primor y ligereza especiales, borda, en sus horas libres, mantillas para el comercio, sin dejar por ello de mantener en planta alguna labor de aguja, para el ornato y la elegancia de su casa. Romero, otro que tal, cultiva, en sus momentos de ocio, el huertecillo hogareño, lucrándose un tantico con los aguaca tes, mandarinas e hicacos y con las raíces y yerbas para ensalada; con estos gajes pagan el colegio de los hijos y les sostienen el calzado.

Comparte con ellos el calorcillo del lar una viuda sin hijos, que ha criado como suyos a los cuatro Romeritos, y que se ha vinculado a la familia por adhesión incondicional y por conveniencia indiscutible. Nicolasa, que tal se llama la fámula, presta toda clase de servicios, dando y recibiend consideraciones y cariños. Esta familia, que no tiene por qué hacer viso ni ruido de ningún linaje, no es arisca ni aislada: fuera de las familiares, cultiva relaciones con viejos amigos y discretos entruches con algunos vecinos./ Romero, que se pirra por la letra impresa, es abonado a una biblioteca recreativa, y su suegro, suscriptor de los periódicos locales, de varios del país y de algunos extranjeros, le suministra, tarde por tarde, el pan intelectual del papelorio público. Rezan a las seis, y de ahí en adelante, mientras estudian los niños, leen los periódicos, haya o no visita. Así es que, sin entender demasiado los tiquismiquis políticos, están enterados. Del noticierismo.

A las nueve tocan a chocolate, piden los hijos la bendición, y todos se recogen. Viene, entonces, la lectura íntima, en plena cama, hasta la diez y media. La Invernizzio, la Braemée, Montepin, Ponson du Terrail, así como los horrores policíacos de Raffles y Nick Carter, son casi siempre los causantes de estos trasnochos conyugales. Mas no hay que temerles: a las cinco y media retañe el despertador inexorable y… jafuera todo cobijo! Ya se oye en la cocina la balada de la mazamorra, casca arriba, casca abajo. Previos lavatorios, arreglos y desayunos, toma Romero sus fierros de labranza, y Colasa, escoba y regadera; sale Toña para misa y los chicos para sus colegios. A las ocho está Romero en su almacén, y la casa con todos los matorros lustrados y con todas las flores y todos los perfiles que ama y criada le ponen; que las dos se emulan en coqueterias decorativas. Luego, la compra del diario, la costura o lo que sea, con su tiempo fijo, su peso, número, y medida; porque… jah vicio!

Los meses de buen manejo en los hijos y de buena entrada en el erario toñeril, hay cine para los siete, y si hay alguno en castigo, se queda con mamá y la Colasa. Pero la gran calaverada de la familia, que entra siempre en el presupuesto, es el paseo al campo, cada tres meses, solos o con uno o dos invitados. Tal extra no puede costar más de doscientos pesos, sea como fuere. La gira de aquel domingo memorable es, como otras veces, a Las Estancias, una de las rinconadas más amenas y pintoresca de las cercanías de Medellin,” a una finca de recreo, con plena autorización de su propietario. De tal propiedad es mayordoma, en reemplazo de su difunto, nada menos que la señá Crisanta, madre de la Colasa. Ocupa la casita de ordenanza, aledaña a la residencia principal, y vive con Escolástica, su hija mayor, muy vieja y santurrona, y con Victoriana, una nieta medio idiota. Los invitados de este día son Graciela Oliva y Fidel Abello. Es ella íntima de Toña desde la infancia, gran modista, de humor regocijado, y sabe sobrellevar su solterismo con tranquilidad y gentileza. Es él un famoso estudiante de ingeniería que cursa la juventud sino- Jencias ni locuras, con la natural alegria y el espontáneo despertar de sus veinte años. Es primo de Toña, ha dejado novia en su pueblo, rasga el tiple y canta con alguna propiedad, y se emperejila como un petimetre. Según convenio, se han unido a sus anfitriones en la Catedral, frente al lienzo de la Concepción, al salir de la misa de alba. Han salido tan pronto que, a eso de las siete, se apropincuan a la planta eléctrica.” Van los nueve a cuál más alegre y campechano. Colasa les lleva la delantera, con el cesto de comestibles, hechos y por hacer. Tocayo enarbola su insignia pescadora de flecha de cañabrava, con el anzuelo en espiral. Va Emilio atafagado, la cometa rabienvuelta a la espalda, el ovillo bajo el brazo izquierdo, arrastrando con el otro a Mochuelo, a quien ha atado del collar con una cuerda. El perrito se alborota, se resiste, quiere retozar con todo bicho volátil. Las dos futuras mamás llevan, con mucho mimo, las muñecas grandes que les trajo el Niño la última navidad. Con sus sombrerillos cónicos de piqué, sus sacos cortos y sus faldas a la rodilla, as men un aire muy pronunciado de chorlitos. Los cuatro chicuelos van descalzos, sin darse cuenta de los guijarros del camino: ¿cuándo los sintió la niñez?

El ingeniero, de flux claro y canotier de gran disco, rasga el tiple y le hace dúo a Graciela, en un bambuco muy en boga.” Torna ella a sus verdes años, con esa voz suya, que aún tiene frescura y vibraciones. Si majo va el mocito, no se le queda atrás la papanduja: traje sastre medio luto, a cuadros menuditos, sombrerón moderno y sombrilla clara. Aunque ajada de rostro, tiene todavia buena silueta, mejor plantaje y andares juveniles. ¡El Señor nos asista con aquel par de viejorros que vienen de bracero! En cuanto él ve a su Toña de falda alegre y blusa leve, con la canicie y el curte ocultos por la sombrereta y el velo, se le figura una mocita, y el corazón se le derrite. Ella le retorna tales requiebros, entre burlona y satisfecha. Como prueba de su idílico contento, aplaude vocinglera a los cantores y fuma cigarrillo al par que su Romero. -¿Te acuerdas, m’hija, de aquella serenata que te llevé a Santa Elena? -¡Seguro que no!... Cantaron “El césped Tan lindo! -¡Esa si era canción! Apuesto que a Gracia no se le ha olvidado.

-¡Ahora verás! -Llegaron a eso a cierto ventorro. Trago de anís para los grandes y confitada para los chicos. Toña le habla a Gracia. Esta y Fidel ensayan aparte. Tornan a poco. Apoya el instrumentista una pierna en un banco y rasga orgulloso; la donna se engalla, segura del éxito; y… ¡manes de Acuña! Va de “césped blando cubierto de rocio” Hurra estrepitoso, y otro trago en premio. Toña se aterra: pero se voltea su copa, y prende el cigarrillo muy satisfecha. -Figurense esta caimana!... -Gracias a Dios que no fui Gracielo! Habia sido una sola! Si tal dia no se echaba el resto, ¿para qué la plata? Una mediecita para aperitivo, y ocho de “Antioqueña” para remojar los comistrajos. Viva Romero! -grita Gracia. -Viva! Como colegiales en noche de sábado, llegan a la casa. ¡Qué salutaciones! El regalo de bizcochos y chocolate para la señá Crisanta. El Niño Jesús de Praga. Para Escolástica; el pañizuelo infantil y fileteado, para la boba. Encántase ella con las visitas y los presentes. -¡María Santísima! ¿Y qué lay’e camisón es ese, niña Graciela? -Te gusta, Victoriana? -¡Muy precioso! ¡Pero véale, mamá,la pluma de la pava! ¡Mismamente de un pisco! -¿Y este cachaco cómo te parece? -¿El niño Fidelino? ¡Ah querido que sí es! ¡Y sí que le agracea la corbatona!...

La casita está que se puede comer en el suelo, y, como la visita está anunciada, “la sala” espera. Es bajo los pomos, en un pedazo plano, a donde se han llevado una mesa blanca y los tres taburetes de la vivienda. Alli les sirven la media mañana de café, muy lechoso y acompañado. Apenas frescos, vanse al baño; ellas al de casa, ellos a La Castro.13 El sol de nuove dora aquellos campos, de cumbres agrias y hondonadas deliciosas; aguas, paja. Ros y vientos cantan el gloria de la vida. Las niñas y Victoriana juegan a las muñecas bajo la sombra umbria Tocayo está de pesca, allá en un remanso del Santa Elena,” mientras que Emilio, asesorado por Mochuelo, suda y batalla con aquella cometa, que, cual Romero ej humilde, no aspira a las alturas. Después del baño, vuelven a los pomos. Un aperitivo… ¡y a cantar! [Tres! ¡Qué horror! -Apenas es tiro -alega Gracia. Pero no cantan: a la alegre cuarentona se le avivan los espiritus con el trago y larga la sin hueso. Con la hipérbole de sus disparates, da en burlarse de su soltería. El estudiante se revienta de la risa y ella apura. -Vea, Fidel: Todo fue caprichos de mi Dios, que es tan particular en ocasiones. Yo Juché hasta los treinta, como una leona. Yo coquetié más que un policía; yo me ricé, me pinté, me escoté; yo vendien-todos los bazares, me mostré en todas partes; yo canté-en-el-teatro, yo llevé el coro en el centenario de Colón,” yo me converti en cielo azul de Italia, que es cuanto puede decirse… ¡y nada! -¡Cuénteme, Gracia, esa aventura!¡Cuéntemela!

-Pues el Club Belchite daba un baile en la casa de don Tomás Uribe,” y habia mucho entusiasmo. No tenía, en esos días, ni señal de pretendiente, y determiné que en el baile iba a hacer la pesca milagrosa. Sí, señor: me lo decía el corazón y me prepare al golpe. Me hicieron un traje azul pálido, adornado de armiño y de rosas granate, y… vea Fidel: cuando me lo medí, me senti reina! Ahí estaba tia Flora, que era muy baquiana para la pintura, y me ofreció una crema mágica, muy costosa, que solo ella y sus hijas habían usado aquí. Me dio la receta para aplicarla. Me acuerdo que primero era untura de clara de huevo y luego el menjurje, disuelto en alcohol tibio. Al momento me mandó la cosa, y a propia hora emprendo la operación, por la cara, el pecho y los brazos. ¡Quedé divina! ¡Ya no dudé de nada! Llegamos al baile, y no me pareció tanto el golpe. Se abrió con la cuadrilla y yo la bailé. A poco, noto que todos me miran, que todos me reparan, y yo me encanto. ¡Qué tan bella les estaré pareciendo! No me atreví a mirarme en los espejos, por disimular mi hermosura. ¡Pero si hacía unas caras, que no les digo! Me pronto, mamá me hace una seña muy rara. Me le acerco y me dice: “Niña por Dios, camine para que vea como está”. Corro al tocador y me miro. ¡No caí muerta, porque Dios es grande Estaba azul, azul; hacia flux con el traje, con el penacho, con el abanico. Hasta los guantes se me volvieron celestes. Todo lo vi color de cielo: fue como un vértigo de azul. Pedimos auxilio. Vinieron camareras, señoras, qué sé yo. ¡Qué campaña! Ni agua caliente, ni jabón de la tierra me quitaba aquello. Me dané el peinado en la zafajina; el traje se me volvió una miseria. Total, que perdí el baile y quedé en vergüenza pública… Ya ve usted si habré luchado. Y como Fidel, pasada la hilaridad, se admira de que no hubiese pescado, le hace ella la silueta de les tres novios que le salieron. El uno era tan útil que la madre, una señora muy pobre, tenia que darle hasta los cigarrillos, el otro no se la bajaba, y el último tenía tal plaga en los pies que pudría hasta los estribos.

Fidel piensa que si ese diantre de Gracia fuera joven. Era capaz hasta de barajarle su muchachita encantadora. No tiene inconveniente en insinuárselo, allá com cierto eufemismo. -Ya ve, Fidel, mi estrella negra! No coincidimos Qué lindo hubiéramos cantado usted y yo el dúo… de Jos paraguas! -O el de los patos. A esas, traen el almuerzo. Romero, que está virgiliano, tiende la mesa con hojas de plátano. ¡Qué alboroto! Es un almuerzo clásico, copioso, pulido por las manos de Colasa, servido en los platos pegados, pero pulquérrimos, de la señá Crisanta. Charla bohemia la de aquella francachela, en que viejos y niños se confunden. Cambios de tamal por solomo, negociaciones de queso por cerveza, exaltaciones de gente embriagada por el mosto de la alegría. Pasados los sopores de la siesta, vienen las jotas, los bambucos, las canciones modernas, los valses de la Viuda Alegre.” Gracia, que, vieja y todo, no se cristaliza, está al tanto. Toña se embelesa con esta juventud de alma. Aquello de “Si es culpa quererte tanto”,” que no ha oído porque no se ha propagado, la acaba de embelesar. En verdad que Gracia matiza ese aire de tantos contrastes, con sentimiento harto elástico. No la admira menos el ingenierillo adobado. ¡Solterona más cuadrada y más vibradora!

No hay “algo”, para que les quepa la gallina. Pero sí tute, dentro de la casa, entre los arabescos de estampas de santos y de asuntos religiosos, con que Escolástica ha empastelado las cuatro paredes. Tal traslado lo ocasiona el resplandor alucinante de aquel resistero. Casan veinte pesos por cabeza, con toda la legalidad del caso. Gracia y Romero se disputan por compañeritos. Al gozón de Fidel no lo deja la risa, con los disparatorios y las artimañas de Gracia. Vejez más importuna! De todas maneras, ella se queda con la plata. Manda a Escolástica a la venta, a que le compre la mitad en cerveza, la mitad entriquitraques. La gallina, sazonada parte a la rústica, parte a la urbana, resulta una verdadera gallinación, con todas las locuras que inventa Gracia con Tocayo, Emilio y sus triquitraques. Muchos son los sustos de Toña, muchisimos los aspavientos de Victoriana, y no pocas las carreras y los saques de Fidel para que no le chamusquen el flux claro. Con el último sorbo de café, preparado a conciencia, emprenden el regreso, paso a paso, entre chirigotas y cantares. Es un atardecer de estos con que Verano, el eterno Anacreonte, se produce en estas latitudes. Fidel, el satisfecho, lleva en el alma como un celaje de oro. Ha dejado a Graciela en su casa silenciosa y a los Romeros en su nido de gorjeos.

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"Marido y mujer son buena gente, por la prosapia y el manejo; cristianos de cepa vieja y más conservadores que el Padre Astete, con ser que don Vicente se rotula liberaly rafaelista"
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Con primor y ligereza especiales, borda, en sus horas libres, mantillas para el comercio, sin dejar por ello de mantener en planta alguna labor de aguja, para el ornato y la elegancia de su casa

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En verdad que Gracia matiza ese aire de tantos contrastes, con sentimiento harto elástico. No la admira menos el ingenierillo adobado. ¡Solterona más cuadrada y más vibradora!

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¿Qué aprendiste? ¿Cómo eran las expectativas de la sociedad en las mujeres del siglo XIX? ¿Cómo actuan estás mujeres en los cuentos