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Modulo 2 Ciclo vital de la Pareja

Grisel Cano

Created on November 29, 2022

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Transcript

Módulo 2

Ciclo vital de la Pareja

Psicoterapia de Pareja.

ÍNDICE

Atracción y Enamoramiento

Elección de Pareja y noviazgo

Convivencia y relaciones de poder

Compromiso y proyecto de vida

Establecimiento de intimidad

Matrimonio y formación de una familia.

Independencia de los hijos, reencuentro y el divorcio

Bibliografía

Anexos

ATRACCION Y ENAMORAMIENTO

Así empieza la historia.

El amor romántico es una relación apasionada espiritual-emocional- sexual entre dos personas, que refleja una alta consideración por el valor que tienen ambos.

Nathaniel Branden

Olguin Edgar

Construcción social de la pareja

  1. La mentalidad tribal: La insignificancia del individuo.
  2. La perspectiva Griega: El amor espiritual.
  3. La perspectiva de los romanos Una visión cínica del amor.
  4. El mensaje del Cristianismo: Amor sin sexo
  5. Amor cortesano: Ensayo primitivo del amor romántico.
  6. Del renacimiento al siglo de las luces. La secularización del amor.

Olguin Edgar

La mentalidad tribal: La insignificancia del individuo.

Los estudios antropológicos coinciden en que, en las culturas primitivas o preestatales, no existía la concepción del amor romántico tal como se entiende en las sociedades contemporáneas. En estos grupos humanos, el valor primordial que regía la organización social, las relaciones interpersonales y las formas de unión entre hombres y mujeres era la supervivencia de la tribu. El individuo se encontraba ampliamente supeditado a las necesidades colectivas y a las normas del grupo, lo que constituye la base de lo que diversos autores han denominado mentalidad tribal (Fromm, 1956; Lévi-Strauss, 1969).

En este contexto, la individualidad y la expresión de la personalidad personal tenían escasa o nula relevancia social. De igual forma, los vínculos emocionales individuales no eran considerados prioritarios ni constitutivos de las relaciones de pareja. La cohesión social se fundamentaba en la pertenencia al grupo y en el cumplimiento de funciones específicas necesarias para la subsistencia colectiva, más que en la satisfacción de necesidades afectivas o psicológicas individuales (Malinowski, 1929).

Desde esta perspectiva, la economía y la organización del trabajo, y no el amor, constituían el principal motivo de unión entre los miembros de la pareja en las sociedades primitivas, tanto cazadoras-recolectoras como agrícolas. La familia se configuraba como una unidad funcional, cuyo objetivo central era optimizar las posibilidades de supervivencia mediante la división de tareas, la protección mutua y la reproducción del grupo (Engels, 1884/2010).

Las relaciones entre hombres y mujeres eran concebidas y definidas principalmente en términos prácticos y utilitarios, vinculados a actividades esenciales como la caza, la defensa del grupo, el cultivo de alimentos, la crianza de los hijos y la transmisión de conocimientos culturales. En este sentido, no se entendían como relaciones basadas en el “amor” o en la búsqueda de intimidad emocional, sino como alianzas sociales necesarias para garantizar la continuidad biológica y cultural de la tribu (Lévi-Strauss, 1969).

Así, la pareja y la familia en las culturas primitivas respondían a una lógica colectiva, donde las necesidades del grupo prevalecían sobre los deseos individuales. La noción moderna de amor romántico, entendida como elección personal basada en la atracción emocional, la afinidad psicológica y la realización individual, es un constructo histórico relativamente reciente que no formaba parte de la cosmovisión de estas sociedades tempranas (Fromm, 1956).

La Perspectiva Griega El amor espiritual

En la Antigua Grecia, la noción del matrimonio basado en el amor romántico, tal como se entiende en la actualidad, no existía como fundamento de la unión conyugal. El matrimonio era concebido principalmente como una institución social, económica, política y religiosa, orientada a asegurar la procreación legítima, la continuidad del linaje familiar y la estabilidad de la polis (Pomeroy, Burstein, Donlan & Roberts, 2017). El varón griego tenía el deber de procrear no solo por razones personales, sino como una obligación hacia el Estado y los dioses, ya que la familia era considerada la célula básica del orden social. Según Aristóteles, la función principal del matrimonio era garantizar la descendencia y la correcta organización del oikos (Aristóteles, Política, I, 1252a). Desde el punto de vista económico, el matrimonio cumplía una función fundamental. El hombre necesitaba una esposa que se encargara de la administración del hogar, de las labores domésticas y de la crianza de los hijos. A ello se sumaba la dote, aportada por el padre de la novia, la cual constituía un elemento central del acuerdo matrimonial y funcionaba como una forma de seguridad económica para el esposo (Pomeroy, 1995). Los matrimonios eran generalmente concertados entre el padre de la novia y el futuro esposo, sin que la mujer participara activamente en la decisión. Al elegir esposa, el hombre tomaba en cuenta principalmente tres criterios:

*La dote ofrecida por la familia de la novia.*La presunta fertilidad, entendida como la capacidad de garantizar descendencia legítima.*Las habilidades domésticas, como el tejido y otras labores consideradas propias del ámbito femenino (Blundell, 1995). Existían normas sociales relacionadas con la edad para contraer matrimonio, salvo en el caso de alianzas políticas. Se consideraba apropiado que la mujer esperara a alcanzar la edad fértil. En términos generales, las mujeres se casaban entre los 14 y 16 años, mientras que los hombres lo hacían alrededor de los 30 años, lo cual reflejaba una marcada desigualdad de género y una relación asimétrica de poder dentro del matrimonio (Pomeroy et al., 2017). En determinados contextos, la poligamia era una práctica permitida, especialmente entre los hombres pertenecientes a las élites económicas, quienes podían sostener más de una esposa o concubinas. Esta práctica estaba estrechamente vinculada al estatus social y a la capacidad económica del varón (Cartledge, 2002). El compromiso matrimonial era entendido como una alianza entre familias. A través del intercambio de regalos y de la dote, el suegro y el yerno establecían un vínculo de cooperación y beneficio mutuo. Este intercambio simbolizaba que la familia de la mujer no estaba simplemente “entregando” a la hija, sino consolidando una unión legítima y socialmente reconocida (Oakley, 1986). Los regalos cumplían una función ritual y legal, ya que formalizaban la legitimidad del matrimonio. La donación por parte de la familia de la prometida consistía comúnmente en bienes materiales, como un ternero o un cordero, los cuales simbolizaban prosperidad, alianza y compromiso entre ambas familias (Blundell, 1995).

La perspectiva de los romanos Una visión cínica del amor.

En las sociedades del mundo clásico, particularmente en la Antigua Roma, la pasión amorosa era concebida como una amenaza para el cumplimiento del deber ser social. El amor romántico, entendido como una unión que integra afecto emocional, deseo sexual y elección individual, era visto con desconfianza e incluso con cinismo, ya que se consideraba una fuerza irracional capaz de desestabilizar el orden social y moral (Veyne, 1987). Al igual que en la cultura griega, el amor pasional era asociado con la locura, la pérdida del autocontrol y la falta de virtud. Por esta razón, el matrimonio no se fundamentaba en el amor, sino en criterios de conveniencia social, económica y política. La institución matrimonial y la familia cumplían la función principal de asegurar alianzas entre linajes, consolidar la transmisión de la propiedad y generar hijos legítimos que garantizaran la continuidad del patrimonio familiar (Treggiari, 1991). Este modelo matrimonial otorgó una importancia central a la virginidad y fidelidad de la mujer, ya que de ellas dependía la legitimidad de la descendencia. Sin embargo, de manera paradójica, estas mismas exigencias contribuyeron a elevar la posición social de la mujer dentro del matrimonio romano. Al ser reconocida como garante de la legitimidad familiar, la esposa adquirió mayor respeto social, cierta equidad legal, así como grados relativos de libertad e independencia, especialmente en comparación con etapas históricas anteriores (Cantarella, 2005).

Estos cambios permitieron el surgimiento de una de las condiciones fundamentales del amor romántico moderno: la igualdad jurídica y moral entre los cónyuges. A partir de ello comenzó a configurarse un primer ideal de felicidad doméstica, basado en el respeto mutuo, la cooperación y la estabilidad familiar, aunque aún separado de la pasión amorosa propiamente dicha (Veyne, 1987). En este contexto, el amor, la pasión y las relaciones afectivas intensas se concebían como polos opuestos al matrimonio, el cual debía sostenerse sobre la razón, la moderación y el deber social. No obstante, muchas de las prácticas rituales asociadas al matrimonio romano han perdurado hasta la actualidad y fueron heredadas por el mundo occidental contemporáneo. Entre ellas se encuentran el anillo de compromiso, el consentimiento de los padres, el uso del velo por parte de la novia, la unión simbólica de las manos de los contrayentes y el beso posterior a la declaración legal del matrimonio por parte de quien oficiaba la ceremonia (Treggiari, 1991). La persistencia de estos rituales evidencia la profunda influencia de la civilización romana en la configuración de las normas, valores y prácticas matrimoniales de las sociedades occidentales actuales, confirmando el legado cultural de una de las civilizaciones más influyentes del mundo antiguo.

Si me faltaras no voy a morirme Si he de morir quiero que sea contigo Mi soledad se siente acompañada Por eso a veces sé que necesito tu mano

Pablo Milanes. Yolanda.

El mensaje del Cristianismo: Amor sin sexo

  • San Pablo retomó y reforzó la dicotomía griega entre alma y cuerpo, otorgando primacía absoluta al alma como sede de la vida espiritual. En sus epístolas, el cuerpo aparece frecuentemente asociado al pecado, la lujuria y la debilidad moral, mientras que el alma representa la posibilidad de redención y comunión con Dios (1 Corintios 6:13–20). El ser humano era entendido como un alma atrapada en un cuerpo que lo inclinaba al pecado, especialmente a través del deseo sexual (Pagels, 1988).
  • Durante los siglos II y III d. C., el cristianismo primitivo desarrolló una visión profundamente ambivalente —y en muchos aspectos hostil— hacia la sexualidad y la vida terrenal. La existencia corporal fue concebida como un estado transitorio y moralmente peligroso, mientras que la salvación del alma se erigió como el objetivo último de la vida humana. En este marco, el amor vinculado al deseo sexual fue considerado sospechoso, cuando no abiertamente pecaminoso (Brown, 1988).
  • En este contexto, el amor asociado al sexo fue considerado un vicio y una expresión ofensiva de la carne. El ideal cristiano de amor se definió como desinteresado, generoso y esencialmente asexual, inspirado en el concepto de ágape, un amor espiritual orientado al sacrificio y a la caridad. La abstinencia sexual fue elevada a ideal moral supremo, particularmente en la vida religiosa, y se promovió el celibato como forma superior de existencia cristiana (Brown, 1988).

A pesar de esta visión negativa de la sexualidad, el matrimonio continuó existiendo como una institución social, política y económica. No obstante, con la consolidación del cristianismo, la Iglesia lo declaró sacramento, lo que implicó una regulación estricta de la vida conyugal y sexual. El matrimonio dejó de ser únicamente un contrato civil para convertirse en un vínculo sagrado sometido a normas morales severas (Foucault, 1984).

  • Paralelamente al antisexualismo, se desarrolló un fuerte antifeminismo teológico y social. Las mujeres perdieron muchos de los derechos jurídicos y sociales que habían alcanzado durante el Imperio Romano. Fueron asociadas con la tentación, el pecado y la caída moral del hombre, retomando el mito de Eva como origen del mal (Ruether, 1993).
  • El matrimonio fue concebido, entonces, como una especie de “medicina moral” frente a la naturaleza considerada depravada del ser humano. San Pablo afirmaba que era preferible casarse antes que “arder en pasión” (1 Corintios 7:9), lo que consolidó la idea de que el matrimonio no era un espacio de realización afectiva, sino un mal menor destinado a contener la inmoralidad sexual (Pagels, 1988).
  • Durante la Edad Media, esta visión se reforzó con la exaltación de María, la Virgen, como ideal femenino supremo. La mujer fue elevada simbólicamente como emblema de pureza, obediencia y maternidad asexual, pero esta idealización convivió con una profunda desvalorización de la mujer real. Así surgió una dicotomía persistente: la mujer pura y maternal, digna de respeto y matrimonio, frente a la mujer sexualizada, objeto de deseo y desprecio moral (Dub y Perrot, 1991).
  • Esta división dio origen a una de las construcciones simbólicas más influyentes de la cultura occidental: la oposición entre “la madre y la prostituta”, es decir, entre la mujer que se admira y la mujer que se desea; aquella con la que el hombre se casa y aquella con la que se acuesta. Esta escisión tuvo profundas consecuencias en la configuración histórica del amor, la sexualidad y las relaciones de género en Occidente..

Amor no es igual en todas las personas; difiere de cultura a cultura y a través de la historia. Y, sin embargo, a pesar de ser tan íntimo, diferente, particular y personal, el amor parece tener coincidencias en cuanto a su significación.

Velázquez Torres 2021.

Olguin Edgar

Amor cortesano: Ensayo primitivo del amor romántico.

El amor cortesano (fin’amor) surge en Europa occidental hacia el siglo XI, principalmente en el sur de Francia, en el contexto de las cortes feudales. Este modelo de relación afectiva es considerado por numerosos autores como un antecedente directo del amor romántico moderno, ya que introduce por primera vez la idea del amor como experiencia subjetiva intensa, voluntaria y central en la vida del individuo (Rougemont, 1939). A diferencia del matrimonio medieval —institución regulada por la Iglesia y fundamentada en alianzas económicas, políticas y familiares— el amor cortesano se concebía como un amor espiritualizado y apasionado, pero separado del vínculo conyugal. De hecho, este tipo de amor solo se legitimaba simbólicamente en relaciones extramaritales, ya que el matrimonio no estaba asociado ni al deseo ni a la elección libre (Dub y, 1988). Un ejemplo emblemático de esta doctrina es el llamado “Código del amor”, atribuido a Andreas Capellanus y difundido en la corte de María de Champagne alrededor de 1174. Este conjunto de normas y máximas amorosas influyó profundamente en la literatura y en la concepción occidental del amor, y contiene ideas que aún perviven en la actualidad (Capellanus, 1982).

Amor cortesano: Ensayo primitivo del amor romántico.

De esta tradición surgen al menos tres principios fundamentales del amor romántico: El amor romántico se basa en la libre elección, no en la imposición familiar o social. Está sustentado en la admiración, la idealización y la consideración mutua entre los amantes. El amor es concebido como una experiencia central y esencial en la vida humana, capaz de otorgar sentido y valor a la existencia. Sin embargo, a pesar de estos elementos innovadores, el amor cortesano distaba mucho de constituir una relación madura e integrada. No promovía la convivencia, la corresponsabilidad ni el conocimiento profundo del otro, y tampoco lograba integrar de manera concreta la pasión sexual con el amor afectivo en una relación estable (Rougemont, 1939).

Amor cortesano: Ensayo primitivo del amor romántico.

Generalmente, el amor cortés era secreto y se desarrollaba entre miembros de la nobleza, ya que los matrimonios seguían siendo arreglados por conveniencia familiar. Al no estar bendecido por el sacramento del matrimonio, el amor cortesano era, en la mayoría de los casos, adúltero, prohibido o socialmente imposible. Esta condición de prohibición era, paradójicamente, uno de sus elementos constitutivos, pues intensificaba el deseo y la idealización del objeto amado (Dub y, 1988). En este sentido, el amor cortesano equivalía a un amor imposible e inalcanzable, dado que los amantes, por lo general, estaban ya casados o separados por barreras sociales insalvables. Según Rougemont (1939), el amor cortés no aspiraba a la realización concreta, sino a la perpetuación del deseo, convirtiendo el sufrimiento y la renuncia en pruebas de autenticidad amorosa. Este modelo dejó una huella profunda en la cultura occidental, sentando las bases simbólicas del amor romántico moderno: la idealización del ser amado, la exaltación del sufrimiento por amor y la creencia de que el amor verdadero es aquel que se enfrenta a obstáculos insuperables.

Del renacimiento al siglo de las luces. La secularización del amor.

Durante el tránsito del Renacimiento al Siglo de las Luces se produjo un cambio gradual pero significativo en la concepción del amor, el matrimonio y la sexualidad, marcado por un proceso de secularización que cuestionó progresivamente la autoridad exclusiva de la Iglesia sobre la vida afectiva y conyugal. No obstante, durante gran parte de este periodo, la moral cristiana continuó ejerciendo una influencia determinante. Para la Iglesia medieval y moderna temprana, el único amor legítimo era aquel que se expresaba dentro del matrimonio, y este tenía como finalidad principal la procreación. Toda actividad sexual que no estuviera orientada a la reproducción era considerada pecaminosa y moralmente reprobable (Foucault, 1976). En este marco, el placer sexual era visto con sospecha, incluso dentro del matrimonio, pues se asociaba con la concupiscencia y el pecado.

Del renacimiento al siglo de las luces. La secularización del amor.

Con el surgimiento del protestantismo, especialmente a partir del siglo XVI, el matrimonio comenzó a ser concebido como una institución social necesaria para el orden comunitario, aunque no por ello adquirió un carácter romántico. Reformadores como Martín Lutero rechazaron el celibato obligatorio del clero, pero continuaron considerando la abstinencia como un ideal espiritual superior. Lutero afirmaba que el matrimonio era una forma de contener el pecado humano, más que una expresión de amor pasional, al señalar que este “encubre el pecado” inherente a la naturaleza humana (Lutero, 1522/1999). En el contexto de la Reforma calvinista, la regulación moral fue particularmente estricta. Bajo la influencia de Juan Calvino, la fornicación podía ser castigada con el exilio, y el adulterio era considerado un delito grave que podía sancionarse con la pena de muerte, mediante sofocación o decapitación (Giddens, 1992). Estas prácticas reflejan la función disciplinaria del matrimonio como institución moral, política y social.

Del renacimiento al siglo de las luces. La secularización del amor.

Durante los siglos XV, XVI y XVII, el matrimonio continuó siendo mayoritariamente arreglado por las familias, fundamentado en intereses económicos, alianzas políticas y preservación del linaje. El consentimiento individual tenía un peso limitado, especialmente en las clases altas, donde el matrimonio funcionaba como un contrato entre familias más que como una unión afectiva (Stone, 1977). Sin embargo, a pesar de estas restricciones, en la literatura del periodo renacentista comenzó a gestarse una visión distinta del amor. Las obras de William Shakespeare constituyen un ejemplo paradigmático de esta transformación, al presentar el amor como una fuerza intensa, conflictiva y profundamente humana, que en muchos casos entra en tensión con las normas sociales y familiares. En piezas como Romeo y Julieta o Sueño de una noche de verano, el amor aparece como una condición deseable —aunque problemática— previa al matrimonio, anticipando los ideales del amor romántico moderno (Shakespeare, 1597/2004).

Del renacimiento al siglo de las luces. La secularización del amor.

De este modo, el Renacimiento y el inicio de la modernidad temprana pueden entenderse como un periodo de transición, en el que el matrimonio seguía cumpliendo funciones reproductivas y económicas, pero donde el amor comenzaba lentamente a adquirir un valor simbólico propio, sentando las bases para las transformaciones afectivas que se consolidarían durante el Siglo de las Luces.

“Crucé océanos de tiempo para encontrarte”.

Bram Stoker 1897

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Como agua para chocolate.

Olguin Edgar

Tres categorías

  1. Atracción Sexual
  2. Amor Romántico
  3. Apego

Olguin Edgar

ATRACCIÓN Y ENAMORAMIENTO

La atracción sexual puede definirse como la capacidad de una persona para suscitar deseo en otra, orientado hacia un objeto sexual concreto. Este proceso implica componentes biológicos, psicológicos y sociales, y constituye uno de los primeros niveles en la formación de los vínculos afectivos. La atracción no solo está mediada por características físicas, sino también por factores como la proximidad, la similitud, las normas culturales y las experiencias previas (Fisher, 1998) El enamoramiento, por su parte, supone un estado emocional más complejo que integra tanto la atracción sexual como el deseo de cercanía emocional. Durante esta etapa, la persona objeto del enamoramiento es percibida como única, especial e insustituible, lo que se acompaña de una intensa focalización atencional y emocional. Según Sternberg (1986), el enamoramiento se caracteriza por altos niveles de pasión, que suelen manifestarse en pensamientos recurrentes, idealización del otro y una fuerte necesidad de reciprocidad afectiva.

ATRACCIÓN Y ENAMORAMIENTO

Desde la neurociencia, el enamoramiento se asocia con una activación intensa de diversos sistemas neuronales, particularmente aquellos vinculados al circuito de recompensa. Estudios neurobiológicos han demostrado que durante el enamoramiento se incrementa la actividad dopaminérgica en áreas como el área tegmental ventral y el núcleo accumbens, lo que explica la sensación de euforia, motivación y energía característica de esta fase (Fisher, Aron & Brown, 2005). Estas modificaciones neuronales generan múltiples sinapsis en distintas estructuras cerebrales, consolidando el vínculo afectivo. En este sentido, el amor puede conceptualizarse como un fenómeno multidimensional. Fisher (1998) propone que el amor se organiza en tres sistemas principales: Atracción sexual, relacionada con el deseo y la motivación sexual.Amor romántico, asociado con la pasión, la idealización y la focalización en una pareja específica.Apego, vinculado con la estabilidad emocional, el compromiso y el mantenimiento del vínculo a largo plazo.

ATRACCIÓN Y ENAMORAMIENTO

Desde una perspectiva psicosocial, Erich Fromm (1956) señala que la elección de pareja adquiere una importancia central al final de la adolescencia, etapa en la que el individuo comienza a asumirse como responsable de su propia vida. En este momento del desarrollo, emergen con fuerza las necesidades de relación, pertenencia y arraigo, las cuales —según el autor— solo pueden satisfacerse plenamente a través del amor, la solidaridad y la fraternidad. Fromm enfatiza que el amor no es únicamente un sentimiento pasivo, sino una capacidad que implica cuidado, responsabilidad y compromiso.De manera convergente, Erik Erikson (1968) sostiene que una de las tareas evolutivas más relevantes al final de la adolescencia y comienzo de la adultez es la búsqueda de intimidad, lo cual incluye la elección de pareja. El logro de esta tarea permite el establecimiento de relaciones profundas y significativas; mientras que su fracaso puede derivar en aislamiento emocional y dificultades en la construcción de vínculos duraderos.En conjunto, la atracción y el enamoramiento constituyen procesos fundamentales en el desarrollo afectivo humano, en los que interactúan factores biológicos, psicológicos y sociales. Su comprensión resulta esencial para analizar la formación de vínculos, así como para diferenciar las fases iniciales del amor de formas más maduras y estables de relación afectiva.

Atracción sexual

La atracción sexual se encuentra influida, en parte, por la acción de las hormonas sexuales, principalmente el estrógeno y la testosterona, las cuales desempeñan un papel central en la regulación del deseo sexual y la motivación hacia la búsqueda de pareja. Estas hormonas actúan sobre diversas estructuras cerebrales relacionadas con el placer, la recompensa y la conducta sexual, facilitando la aproximación hacia un objeto de atracción específico (Fisher, 1998; Carter, 2014).

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Atracción sexual

En las etapas iniciales de una relación afectiva, se ha observado un aumento significativo del cortisol, hormona asociada a la respuesta al estrés. Lejos de tener únicamente efectos negativos, este incremento genera un estado de activación fisiológica que suele experimentarse subjetivamente como euforia, excitación y nerviosismo, fenómeno comúnmente descrito como las “mariposas en el estómago”. Fisher, Aron y Brown (2005) señalan que este estado de alerta incrementada contribuye a la focalización atencional en la persona amada y refuerza la intensidad emocional del vínculo emergente. De manera paralela, investigaciones en neuroimagen han mostrado que durante el enamoramiento temprano se produce una disminución en la actividad de la corteza prefrontal, región cerebral implicada en funciones ejecutivas como el razonamiento lógico, la toma de decisiones y el juicio crítico. Esta reducción de la actividad prefrontal ayuda a explicar la tendencia a la idealización del otro, la minimización de riesgos y la toma de decisiones impulsivas características de esta etapa (Bartels & Zeki, 2000).

Atracción sexual

Desde una perspectiva integradora, estos cambios hormonales y neuronales no deben interpretarse como disfuncionales, sino como parte de un mecanismo adaptativo que favorece la formación de vínculos afectivos. Sin embargo, también explican por qué el enamoramiento puede asociarse a una menor capacidad de evaluación objetiva, lo que resulta clínicamente relevante en el abordaje terapéutico de relaciones intensas o conflictivas. En suma, la atracción y el enamoramiento implican una compleja interacción entre hormonas sexuales, sistemas de estrés y circuitos cerebrales de recompensa y control cognitivo, lo que subraya la naturaleza profundamente biológica y emocional del amor humano.

Amor romántico: bases neurobiológicas y experiencia subjetiva

El amor romántico constituye una experiencia afectiva compleja que involucra intensos cambios emocionales, cognitivos y neurobiológicos. Desde el punto de vista neurocientífico, el enamoramiento se asocia con la liberación de diversos neurotransmisores, entre los que destacan la dopamina, la norepinefrina y la serotonina, lo que permite vincular esta experiencia con el sistema de recompensa cerebral (Fisher, 1998; Bartels & Zeki, 2000). La dopamina es el principal neurotransmisor implicado en la sensación de enamoramiento. Se produce en las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral (ATV), una región del tallo cerebral fundamental para la motivación, el placer y la búsqueda de recompensas. La activación dopaminérgica explica la energía elevada, la euforia, la focalización intensa en la persona amada y la persistente necesidad de contacto que caracterizan al amor romántico temprano (Fisher et al., 2005). Por esta razón, la dopamina ha sido denominada popularmente como una de las “moléculas de la felicidad”.

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Amor romántico: bases neurobiológicas y experiencia subjetiva

Junto con el área tegmental ventral, el núcleo accumbens desempeña un papel central en la experiencia amorosa. Esta estructura participa en la percepción del placer, el mantenimiento de la atención y la motivación para perseguir recompensas significativas. En el contexto del enamoramiento, contribuye a que la persona amada sea percibida como altamente valiosa y deseable, reforzando conductas de aproximación y apego (Bartels & Zeki, 2000). Otra estructura relevante es el núcleo caudado, implicado en la integración sensorial, el aprendizaje asociativo y la generación de conductas dirigidas por expectativas. Su activación permite anticipar la recompensa emocional asociada a la presencia del ser amado y favorece la persistencia del vínculo. De manera complementaria, regiones como el cíngulo, el hipocampo, la amígdala y la ínsula intervienen en la regulación emocional, la memoria afectiva y el deseo, estableciendo conexiones estrechas con el tálamo y el núcleo caudado, lo que da lugar a una experiencia emocional intensa y profundamente significativa (Zeki, 2007).

Amor romántico: bases neurobiológicas y experiencia subjetiva

Desde una perspectiva psicoanalítica, Sigmund Freud planteó que el amor surge de forma gradual a partir de la atracción erótica satisfecha. Según su concepción, el enamoramiento comienza con una mirada mutua, seguida del acercamiento progresivo de los cuerpos, el contacto físico, el primer beso y, eventualmente, la relación sexual. A partir de la satisfacción recíproca emergen la ternura, la intimidad y la pasión, hasta que el otro se vuelve indispensable y su ausencia se experimenta con dolor, momento en el cual puede hablarse propiamente de estar enamorado (Freud, 1914/1992). No obstante, esta concepción gradual del enamoramiento ha sido ampliamente cuestionada por la experiencia clínica y la investigación contemporánea. Diversos autores coinciden en que, tras un inicio a veces ambiguo, el amor romántico suele irrumpir de manera súbita e intensa, más que desarrollarse lentamente. La pasión amorosa no crece de forma lineal, sino que emerge de manera inesperada entre dos personas que, en muchos casos, eran previamente extrañas entre sí. En este sentido, el enamoramiento no se reduce al deseo sexual ni a la ternura, sino que constituye un estado emocional nuevo, desconocido, embriagador y profundamente transformador (Giddens, 1992).

Amor romántico: bases neurobiológicas y experiencia subjetiva

El enamoramiento, por tanto, no es únicamente una experiencia de placer erótico, sino un trastorno radical y transitorio de la sensibilidad, la mente y el corazón, que transforma la percepción del mundo y del otro. En palabras metafóricas, el amor romántico produce una auténtica transfiguración de la realidad, en la que la persona amada se convierte en el centro de significado emocional, cognitivo y existencial..

Apego: bases neurobiológicas y relacionales

El apego constituye un componente esencial de las conexiones humanas, ya que sustenta los vínculos familiares, sociales y de pareja a lo largo del ciclo vital. A diferencia del enamoramiento, que suele caracterizarse por alta intensidad emocional y activación fisiológica, el apego se asocia con sensaciones de seguridad, calma y estabilidad emocional, desempeñando un papel central en el mantenimiento de las relaciones a largo plazo (Bowlby, 1988). Desde una perspectiva neurobiológica, el apego parece estar mediado principalmente por la acción de la oxitocina y la vasopresina, dos neuropéptidos fundamentales en la formación y consolidación de vínculos afectivos. La oxitocina, frecuentemente denominada el “péptido del amor” o la “hormona del abrazo”, se libera en situaciones de contacto físico cercano, como los abrazos, las caricias, la intimidad sexual y la lactancia materna. Su acción favorece la sensación de confort, confianza y conexión emocional, así como la disminución de la ansiedad y del estrés (Carter, 2014).

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Apego: bases neurobiológicas y relacionales

La vasopresina, por su parte, también desempeña un rol relevante en el establecimiento del apego, especialmente en la consolidación de vínculos estables y duraderos. Estudios en neurociencia social han mostrado que este neuropéptido contribuye a la protección del vínculo, la conducta afiliativa y la percepción de seguridad en la relación, particularmente en contextos de compromiso y convivencia prolongada (Young & Wang, 2004). La interacción entre oxitocina y vasopresina permite que las personas experimenten una sensación de seguridad y relajación cuando se encuentran cerca de figuras significativas, como la familia, la pareja o los amigos cercanos. Este sistema neurobiológico explica por qué el apego se vive como un estado emocional más sereno en comparación con la intensidad propia del enamoramiento temprano. Desde el punto de vista del desarrollo psicológico, la teoría del apego propuesta por John Bowlby sostiene que los vínculos tempranos establecidos en la infancia con las figuras cuidadoras influyen profundamente en la manera en que los individuos se relacionan en la adultez. Bowlby (1988) afirma que “las experiencias tempranas de apego forman modelos internos de relación que guían las expectativas y conductas en los vínculos posteriores” (p. 121).

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Apego: bases neurobiológicas y relacionales

Investigaciones posteriores, como las de Ainsworth y colaboradores, identificaron distintos estilos de apego —seguro, ansioso y evitativo—, los cuales tienden a reproducirse en las relaciones de pareja adultas. Las personas con un apego seguro suelen mostrar mayor confianza, regulación emocional adecuada y capacidad para la intimidad, lo que se asocia con relaciones más estables y satisfactorias. En contraste, los estilos de apego ansioso o evitativo pueden dar lugar a relaciones marcadas por el miedo al abandono, la dependencia emocional o la evitación de la cercanía afectiva (Mikulincer & Shaver, 2007). En conjunto, el apego representa una dimensión fundamental del amor humano, sustentada tanto por mecanismos neurobiológicos como por experiencias relacionales tempranas. Su comprensión resulta clave para analizar la calidad de las relaciones afectivas y para el abordaje clínico de dificultades vinculares en la adultez.

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Explicado en música

Amor romantico

Apego

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ELECCIÓN DE PAREJA Y NOVIAZGO

¿COMO LO HACEMOS?

Elección de pareja diversos puntos

  1. Leñero (1987)
  2. Donatelle et al (2001)
  3. Bueno (1985)
  4. Higashida (1996)
  5. Lemaire (1986)
  6. Tordjman (1989)
  7. Satir (1978)

ELECCIÓN DE PAREJA

La elección de pareja puede definirse como el proceso mediante el cual una persona selecciona a otra para establecer un vínculo afectivo relativamente estable y con expectativas de continuidad. Este proceso no es azaroso, sino que está mediado por factores sociales, culturales y psicológicos que influyen en los criterios de selección (Leñero, 1987; Buss, 1989). De acuerdo con Luis Leñero (1987), en la elección de pareja intervienen al menos tres aspectos fundamentales. En primer lugar, una cierta homogeneidad de origen, es decir, la tendencia a buscar pareja entre personas que comparten categorías sociales similares, tales como clase social, religión, etnia, nivel educativo, edad o lugar de residencia. Este fenómeno, conocido como homogamia, ha sido ampliamente documentado en la literatura sociológica y psicológica, señalando que la similitud favorece la atracción y la estabilidad relacional (Kalmijn, 1998). En segundo lugar, Leñero destaca la importancia de un consenso en valores y proyectos de vida. La coincidencia en creencias, metas, concepciones sobre la familia, el trabajo o el estilo de vida contribuye a la construcción de acuerdos y expectativas compartidas, lo que fortalece la cohesión de la relación (Rusbult, 1980).

ELECCIÓN DE PAREJA

En tercer lugar, se plantea la búsqueda de rasgos complementarios, entendidos como características de personalidad que equilibran o enriquecen la dinámica de la pareja. Desde esta perspectiva, la elección implica tanto similitud como complementariedad psicológica, dentro de un contexto psicosociocultural que condiciona las preferencias individuales. Investigaciones desde la psicología evolutiva también señalan que ciertos criterios de selección pueden estar influidos por disposiciones biológicas y culturales orientadas a la adaptación y la reproducción (Buss, 1989). En síntesis, la elección de pareja constituye un fenómeno complejo en el que convergen factores estructurales (homogeneidad social), axiológicos (valores compartidos) y psicológicos (similitud y complementariedad), todos ellos mediados por el entorno sociocultural.

ELECCIÓN DE PAREJA

Diversos autores coinciden en que la relación de pareja constituye una de las experiencias interpersonales más significativas en la vida adulta. En este sentido, Rebecca J. Donatelle et al. (2001) señalan que la pareja puede comprenderse a partir de tres elementos centrales: la interdependencia conductual, la satisfacción de necesidades psicológicas y el apego emocional. En primer lugar, la interdependencia de comportamiento hace referencia al grado en que las acciones, decisiones y estados emocionales de un miembro influyen en el otro. Con el paso del tiempo, esta influencia mutua tiende a intensificarse, generando patrones compartidos de interacción. Desde la psicología social, la teoría de la interdependencia sostiene que las relaciones cercanas se caracterizan por una influencia recíproca sostenida que moldea tanto la conducta individual como la dinámica de la díada (Kelley & Thibaut, 1978).

ELECCIÓN DE PAREJA

En segundo lugar, la relación de pareja implica la satisfacción de necesidades psicológicas fundamentales, tales como aprobación, intimidad, apoyo emocional, integración social y afirmación personal. En este marco, los miembros de la pareja comparten pensamientos y sentimientos profundos, revelan aspectos íntimos de sí mismos y se brindan ayuda mutua. Esta dimensión se vincula con la necesidad humana de pertenencia descrita por Baumeister y Leary (1995), quienes plantean que las personas buscan establecer vínculos duraderos caracterizados por afecto y cercanía emocional. Finalmente, Donatelle et al. (2001) subrayan el apego emocional como componente esencial. Las relaciones de pareja se fundamentan en lazos afectivos intensos que implican sentimientos de amor, unión y compromiso. Desde la teoría del apego propuesta por John Bowlby (1969/1982), estos vínculos constituyen un sistema emocional que proporciona seguridad y base de apoyo, influyendo en la estabilidad y calidad de la relación. Asimismo, investigaciones posteriores han mostrado que los estilos de apego en la adultez impactan significativamente en la forma en que se experimenta la intimidad y el compromiso (Hazan & Shaver, 1987).

ELECCIÓN DE PAREJA

En conjunto, la relación de pareja puede entenderse como un vínculo caracterizado por una interdependencia progresiva, la satisfacción de necesidades afectivas y sociales, y un sólido apego emocional que otorga sentido, estabilidad y bienestar a sus integrantes.

ELECCIÓN DE PAREJA

Desde el enfoque de la teoría sistémica, la pareja puede comprenderse como un sistema abierto, circular y relativamente estable (Bueno, 1985). Esta perspectiva, influida por la teoría general de sistemas de Ludwig von Bertalanffy (1968), concibe a la pareja no como la simple suma de dos individuos, sino como una organización dinámica con propiedades propias que emergen de la interacción entre sus miembros. En primer lugar, se considera un sistema abierto porque mantiene intercambios constantes con otros sistemas. La pareja está conformada por el subsistema hombre–mujer (o los miembros que la integran) y, a su vez, forma parte de suprasistemas más amplios como la familia extensa, la comunidad y la sociedad. Como todo sistema abierto, intercambia información, afectos, normas y recursos con su entorno, lo que influye en su funcionamiento interno (Bertalanffy, 1968). En segundo lugar, es un sistema circular, ya que su dinámica se basa en procesos de causalidad recíproca. Desde la perspectiva sistémica desarrollada por Paul Watzlawick (1967), la conducta de cada miembro no puede entenderse de manera lineal (causa–efecto), sino como parte de un patrón de interacción donde cada comportamiento influye y es influido por el otro. Así, las respuestas emocionales, los estilos de comunicación y las conductas observables son producto tanto de la estructura interna de personalidad como del contexto relacional en el que se producen.

ELECCIÓN DE PAREJA

En tercer lugar, la pareja se describe como un sistema estable, en la medida en que sus integrantes le atribuyen significado y valor a la continuidad del vínculo. Esta estabilidad no implica inmovilidad, sino la capacidad de conservar cierta organización a lo largo del tiempo, incluso frente a cambios evolutivos o crisis. Asimismo, toda pareja —como sistema social— presenta dos características fundamentales: totalidad y homeostasis. La totalidad implica que el sistema posee propiedades propias que no pueden explicarse únicamente por las características individuales de sus miembros; la conducta de uno influye necesariamente en la del otro, configurando una unidad funcional (Bertalanffy, 1968). La homeostasis, por su parte, hace referencia a los mecanismos de autorregulación que permiten mantener el equilibrio del sistema. Estos procesos de retroalimentación pueden ser negativos (tendientes a conservar la estabilidad) o positivos (orientados al cambio y la transformación). De acuerdo con lo citado por Wertheim en Bueno (1985), las propiedades morfoestáticas garantizan la permanencia de las reglas del sistema, mientras que los procesos de cambio permiten su desarrollo e innovación. Una adecuada articulación entre estabilidad y transformación favorece una adaptación óptima ante las transiciones propias del ciclo vital.

ELECCIÓN DE PAREJA

En síntesis, desde la teoría sistémica, la pareja es una organización relacional compleja que se mantiene mediante procesos de interacción recíproca, autorregulación y adaptación continua al contexto.

ELECCIÓN DE PAREJA

Desde el enfoque biológico, la pareja ha sido entendida como una unidad vinculada a la supervivencia y continuidad de la especie. En este sentido, Higashida Hirose (1996) plantea que la pareja puede concebirse como un producto de la naturaleza, dado que constituye una estructura básica de procreación y cuidado. Esta perspectiva coincide con postulados de la psicología evolutiva, los cuales sostienen que ciertos criterios de selección de pareja responden a predisposiciones biológicas asociadas a la reproducción y la inversión parental (Buss, 1989). Higashida (1996) señala que, en la elección de pareja, algunas personas consideran principalmente dos factores biológicos: la edad y la apariencia física. La edad suele relacionarse con indicadores de fertilidad y etapa del ciclo vital, mientras que la apariencia física puede asociarse con señales de salud o vitalidad. No obstante, una vez establecida la elección inicial, se inicia una etapa de interacción personal, familiar y social, en la que el vínculo es sometido a procesos de aceptación o rechazo dentro de los sistemas más amplios en los que se inserta la pareja. Así, la dimensión biológica se articula con factores psicológicos y socioculturales que influyen en la consolidación o ruptura del vínculo.

ELECCIÓN DE PAREJA

Por su parte, desde una perspectiva psicodinámica, Jean Lemaire (1986) propone que la atracción de pareja se configura mediante la interacción de factores conscientes e inconscientes, dando lugar a cuatro vías principales: A) Consciente – consciente.En esta modalidad intervienen elementos explícitos y racionales valorados por ambos miembros, tales como la fisonomía, el estatus socioeconómico, el tono de voz o el estilo de comportamiento. La atracción se basa en cualidades reconocidas y verbalizables. B) Consciente – inconsciente.A medida que la relación avanza, el individuo identifica en el otro aspectos que satisfacen necesidades inconscientes, muchas veces vinculadas con experiencias infantiles no resueltas. Esta dinámica se relaciona con el concepto psicoanalítico de repetición o reedición de vínculos tempranos (Freud, 1914/1981).

ELECCIÓN DE PAREJA

C) Inconsciente – inconsciente.Aquí se produce un intercambio recíproco de necesidades inconscientes. Ambos miembros participan en una dinámica donde deseos, conflictos y expectativas no plenamente conscientes influyen en la elección y en la intensidad del vínculo. D) Consciente / inconsciente – consciente / inconsciente.En esta vía se integran de manera armónica los distintos niveles de la experiencia psíquica. Los materiales conscientes e inconscientes de cada integrante no interfieren de forma patológica, sino que permiten la interrelación de dos sujetos completos, individuales y diferenciados. En conjunto, estas perspectivas muestran que la elección y consolidación de la pareja no puede explicarse exclusivamente desde lo biológico ni desde lo psicológico, sino que constituye un fenómeno multidimensional en el que convergen factores evolutivos, dinámicas inconscientes y procesos de interacción social.

ELECCIÓN DE PAREJA

Sylvain Tordjman (1989) señala que la elección de pareja se configura a partir de la elección amorosa, entendida como un proceso afectivo que tiende a culminar en una relación relativamente duradera. Para explicar este fenómeno, propone la existencia de dos grandes tipos de determinantes: los socioculturales y las motivaciones inconscientes. a) Determinantes socioculturales Las determinantes socioculturales comprenden las diversas instancias con las que el individuo interactúa a lo largo de su desarrollo, tales como la familia, la escuela, el trabajo y el contexto comunitario. Estos espacios transmiten normas, valores, creencias y expectativas respecto a la vida en pareja. En esta línea, Jean Lemaire (1986) subraya la influencia de la educación, el contexto socioeconómico y las condiciones culturales y geográficas en la configuración de los criterios de elección.

ELECCIÓN DE PAREJA

Asimismo, Salvador Estrada (1991) sostiene que la supervivencia y el desarrollo humano dependen del contacto y la comunicación interpersonal. El individuo es simultáneamente un ser individual y social, cuyo funcionamiento psicológico se encuentra profundamente vinculado a las relaciones establecidas en su primer grupo de pertenencia: la familia. Desde esta perspectiva, la elección de pareja no se produce en el vacío, sino dentro de un entramado de aprendizajes relacionales tempranos que influyen en las expectativas y patrones vinculares. b) Motivaciones inconscientes El segundo grupo de determinantes corresponde a las motivaciones inconscientes, entendidas como impulsos instintivos, experiencias reprimidas, recuerdos infantiles y deseos insatisfechos que influyen en la atracción sin que el individuo sea plenamente consciente de ello (Reeve, 1994). En estos casos, la persona puede no identificar con claridad qué fue lo que le atrajo del otro, aunque la elección esté guiada por procesos psíquicos profundos.

ELECCIÓN DE PAREJA

En esta línea, Sigmund Freud (citado en Tordjman, 1989) plantea que la elección amorosa puede orientarse en dos sentidos principales: primero, hacia la búsqueda en la pareja de aquello que se percibe como carente en uno mismo; y segundo, hacia el deseo de compartir o proyectar en el otro una parte significativa de la propia identidad. Estas formulaciones resaltan la dimensión dinámica y simbólica del vínculo amoroso. Por su parte, Virginia Satir (1978) aporta una visión sistémica y humanista al afirmar que los miembros de la pareja suelen elegir compartir su vida conociendo inicialmente solo una faceta de la personalidad del otro, esperando que el resto sea congruente con esa parte percibida. Satir añade que la elección saludable se vincula con un adecuado desarrollo personal y sexual, así como con la capacidad de establecer relaciones basadas en congruencia y autenticidad. Finalmente, Satir (1978) señala que, aunque muchas personas expresan el deseo de construir un matrimonio diferente al de sus padres, tienden a elegir lo familiar. Esta tendencia no responde a un determinismo biológico, sino a la internalización de modelos relacionales aprendidos en la familia de origen. De este modo, la elección de pareja se configura como un proceso complejo donde convergen influencias socioculturales, aprendizajes familiares y dinámicas inconscientes.

ELECCIÓN DE PAREJA

Los estilos de relación observados en los padres ejercen una influencia significativa en la forma en que los adolescentes y adultos jóvenes seleccionan a su pareja. Desde la perspectiva transgeneracional, Murray Bowen (1978, citado en Vargas e Ibáñez, 2013) sostiene que el nivel de diferenciación del self constituye un factor central para comprender la dinámica de las relaciones de pareja. La diferenciación se refiere a la capacidad de una persona para mantener su identidad y autonomía emocional al mismo tiempo que establece vínculos afectivos significativos. Según Bowen, las personas con bajo nivel de diferenciación tienden a formar relaciones caracterizadas por dependencia emocional, ansiedad ante la distancia o separación, temor a la cercanía y ambivalencia frente a la intimidad. Estos individuos oscilan entre la necesidad de fusión para sostener su sentido de identidad y el miedo al abandono o al control. En consecuencia, las relaciones de pareja que establecen suelen ser fusionadas, ambivalentes y altamente dependientes.

ELECCIÓN DE PAREJA

Por el contrario, quienes presentan un alto nivel de diferenciación logran integrar de manera equilibrada sus necesidades de individualización y conexión emocional. Pueden experimentar intimidad profunda sin perder autonomía, manteniendo una identidad clara incluso en contextos de cercanía afectiva. En este tipo de vínculo, la apertura emocional se vive como una oportunidad de autoconocimiento en presencia del otro, dentro de una relación basada en la confianza y la legitimidad mutua. La autonomía no se interpreta como abandono, y los roles de apoyo emocional son flexibles y recíprocos. Así, la relación de pareja se fundamenta en el crecimiento personal y la generosidad, más que en la dependencia o la fusión. Bowen plantea además que el nivel de diferenciación se transmite a través del sistema familiar, lo que implica que los patrones relacionales tienden a reproducirse intergeneracionalmente. En este sentido, las personas suelen emparejarse con individuos que poseen niveles similares de diferenciación, reforzando estilos vinculares aprendidos en la familia de origen (Vargas & Ibáñez, 2013). Esta idea se articula con la teoría del apego de John Bowlby (1969), la cual sostiene que los modelos internos de relación construidos en la infancia influyen en las expectativas y elecciones afectivas en la vida adulta.

ELECCIÓN DE PAREJA

En síntesis, la selección de pareja no solo responde a preferencias individuales, sino que está profundamente influida por los modelos relacionales internalizados en la familia, particularmente por el nivel de diferenciación emocional desarrollado en el sistema parental.

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma. Te amo como la planta que no florece y lleva dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores, y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo el apretado aroma que ascendió de la tierra. Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera, sino así de este modo en que no soy ni eres, tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía, tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

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VÍDEO

“Amar a alguien es una cosa, que alguien te ame es otra. Pero que te ame la misma persona que amas, lo es todo”.

Paulo Coelo

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La cobardía es asunto De los hombres, no de los amantes Los amores cobardes no llegan a amores Ni a historias, se quedan allí

Silvio Rodriguez. Óleo de una mujer con sombrero

NOVIAZGO

El noviazgo en la adolescencia constituye uno de los vínculos afectivos más significativos de esta etapa del desarrollo. Se asocia con la atracción física, la necesidad de compañía y la vivencia romántica como forma de exploración afectiva (Morales & Díaz, 2013). En este sentido, Nina Estrella (2009) señala que las experiencias románticas desempeñan un papel central en el desarrollo de habilidades para la intimidad, ya que permiten al adolescente aprender a expresar emociones, negociar conflictos y establecer compromisos afectivos. Durante la adolescencia ocurren profundas transformaciones biológicas, psicológicas y sociales que influyen en la manera en que se experimentan las relaciones de pareja. Debido a estos cambios, el noviazgo adquiere un carácter predominantemente experimental, contribuyendo al fortalecimiento de la autovaloración y a la construcción de la identidad personal, particularmente en lo relativo a la identidad sexual y de género. Desde la perspectiva del desarrollo, autores como Laurence Steinberg (1999), John W. Santrock (2004) y Jeffrey Arnett (2008) coinciden en que esta etapa se caracteriza por un progresivo desapego de la figura parental, una mayor intimidad con el grupo de pares, el inicio de la exploración sexual y el surgimiento de las primeras citas y relaciones formales (Márquez & Lara, 2020).

NOVIAZGO

El establecimiento de una relación amorosa implica también la configuración de un nuevo espacio social: la pareja se convierte en una micro-unidad dentro de la colectividad. Desde una mirada filosófica, la experiencia del enamoramiento ha sido descrita como una transformación profunda de la sensibilidad y de la percepción del mundo. Los enamorados construyen un vínculo que reconfigura su identidad individual y social, generando una especie de “renacimiento” subjetivo. Esta vivencia suele caracterizarse por una intensa ambivalencia emocional en la que coexisten gozo y sufrimiento, idealización y vulnerabilidad. En la tradición clásica, Platon describió el enamoramiento como una forma de “locura divina”, un estado de exaltación inspirado por lo trascendente, que altera la razón ordinaria y eleva al sujeto hacia experiencias de profunda intensidad afectiva. Así, el noviazgo adolescente puede entenderse no solo como un fenómeno evolutivo y social, sino también como una experiencia existencial que impacta de manera significativa la construcción del sí mismo.

NOVIAZGO

Violencia en el noviazgoLa violencia en el noviazgo es un fenómeno que se presenta con mayor frecuencia durante la adolescencia, etapa en la que suelen establecerse las primeras relaciones afectivas significativas. En este periodo del desarrollo, caracterizado por intensas transformaciones emocionales y búsqueda de identidad, la regulación afectiva aún se encuentra en proceso de consolidación, lo que puede favorecer dinámicas relacionales inestables (Steinberg, 1999). La violencia en el noviazgo puede manifestarse en distintas formas: física, psicológica y sexual, e incluso mediante conductas de control o aislamiento. Organismos internacionales como Organizacion Mundial de la Salud han señalado que la violencia en relaciones íntimas puede iniciar en edades tempranas y constituir un factor de riesgo para la repetición de patrones violentos en la vida adulta (OMS, 2013). Asimismo, investigaciones sobre violencia en parejas jóvenes indican que este fenómeno suele estar asociado a celos, baja autoestima, creencias tradicionales sobre el amor romántico y dificultades en la resolución de conflictos (Muñoz-Rivas et al., 2007).

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NOVIAZGO

Un aspecto relevante en estas dinámicas es el llamado ciclo de la violencia, concepto desarrollado por Lenore Walker (1979). Este modelo describe un patrón recurrente compuesto por tres fases: acumulación de tensión, episodio de agresión y etapa de reconciliación o “luna de miel”. En esta última fase, el agresor puede ofrecer disculpas, regalos o promesas de cambio, lo que genera expectativas de mejora y dificulta la ruptura definitiva del vínculo. Con el tiempo, este ciclo tiende a repetirse e intensificarse si no se interviene adecuadamente. En las relaciones de pareja también pueden distinguirse etapas iniciales caracterizadas por una intensa idealización y fusión emocional. Cuando esta experiencia no se desarrolla en un marco de respeto y límites claros, puede derivar en dependencia afectiva o pérdida de individualidad. Desde una perspectiva sistémica, Murray Bowen (1978) señalaría que bajos niveles de diferenciación del self pueden favorecer relaciones ambivalentes y fusionadas, donde el temor al abandono y la necesidad de control incrementan el riesgo de conductas violentas.

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NOVIAZGO

La intensidad de la violencia y su impacto dependerán de múltiples factores: historia de vida, experiencias previas de maltrato, modelos familiares internalizados y creencias sobre el amor y el poder en la relación. Por ello, la prevención de la violencia en el noviazgo requiere promover habilidades de comunicación asertiva, regulación emocional, establecimiento de límites y construcción de relaciones basadas en el respeto y la equidad. En síntesis, aunque el noviazgo adolescente constituye una experiencia fundamental para el desarrollo socioemocional, también puede convertirse en un espacio de vulnerabilidad si no se cuenta con herramientas personales y contextuales que favorezcan vínculos saludables.

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Pues bien, yo necesito decirte que te quiero Decirte que te adoro con todo el corazón Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro Que ya no puedo tanto y al grito en que te imploro Te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días Estoy enfermo y pálido de tanto no dormir Que ya se han muerto todas las esperanzas mías Que están mis noches negras, tan negras y sombrías Que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada Y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver Camino mucho, mucho, y al fin de la jornada Las formas de mi madre se pierden en la nada Y tú, de nuevo, vuelves en mi alma a aparecer.........

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Qunino

Convivencia y relación de poder

¿Qué tan sano es?

Relación de poder

  1. Manifestación de poder
  2. ¿Qué es la lucha de poder?
  3. La disputa por el poder en la pareja
  4. Problemas relacionados con el poder en la pareja

Olguin Edgar

Convivencia

En el marco de la psicología de la pareja, María José Cantero (2008) concibe la relación de pareja como un espacio de satisfacción de necesidades afectivas, donde las personas encuentran apoyo emocional, reconocimiento y contención frente a las exigencias del entorno. Desde esta perspectiva, la pareja no solo cumple una función íntima, sino también adaptativa: permite afrontar el estrés ambiental y favorece el crecimiento personal y el desarrollo integral como sujetos socialmente funcionales. La estructuración de la relación de pareja Diversos autores han descrito la evolución del vínculo amoroso en etapas. En la propuesta señalada por Cantero (2008), pueden identificarse tres momentos principales: 1.

Convivencia

1. Etapa de enamoramiento. Se caracteriza por una intensa idealización del otro. Durante esta fase, la percepción suele estar sesgada por la atracción y la fascinación, lo que puede generar un “entorpecimiento” crítico de la evaluación realista de la personalidad del compañero. Desde la neuropsicología, este estado se ha relacionado con cambios en neurotransmisores asociados al placer y la recompensa, lo que explica la sensación de exaltación y alteración de la conciencia que suele experimentarse en esta etapa (Fisher, 2004).

Convivencia

2. Etapa de simbiosis. En esta fase, la pareja tiende a experimentar una fuerte fusión emocional. Los límites individuales pueden volverse difusos, generando una sensación de unidad casi indisoluble. La convivencia se intensifica y pueden aparecer sacrificios o cambios personales motivados por el temor al abandono. Desde la teoría sistémica de Murray Bowen (1978), esta dinámica podría relacionarse con niveles bajos de diferenciación del self, donde la identidad personal se subordina a la preservación del vínculo.

Convivencia

3. Etapa de desencanto. Con el paso del tiempo, la idealización disminuye y emerge una percepción más realista del otro. La pasión inicial puede atenuarse, dando lugar a conflictos derivados de diferencias individuales. Esta etapa pone a prueba las habilidades de comunicación, negociación y resolución de problemas. Superar el desencanto de manera constructiva implica transitar hacia una relación más madura, basada en la aceptación, el respeto y la diferenciación saludable. Cuando la pareja logra integrar autonomía e intimidad, el vínculo puede fortalecerse y evolucionar hacia formas más estables de compromiso (Rusbult, 1980). En síntesis, la relación de pareja atraviesa procesos evolutivos que implican transformación y reajuste continuo. El paso del enamoramiento idealizado a una relación madura requiere desarrollar competencias emocionales y comunicativas que permitan sostener el vínculo sin perder la individualidad.

Convivencia

Cuando los cónyuges inician su vida matrimonial, suele producirse un contraste entre las expectativas idealizadas construidas durante el noviazgo y la realidad cotidiana de la convivencia. Este tránsito implica un proceso de reorganización relacional en el que la pareja debe redefinir acuerdos, roles y límites. Desde la perspectiva estructural de Salvador Minuchin (1984), el matrimonio constituye la formación de un nuevo subsistema dentro del sistema familiar, el cual requiere establecer reglas claras de funcionamiento para lograr estabilidad y cohesión. En esta etapa resulta necesaria una división de funciones y responsabilidades, ya sea en el ámbito doméstico, económico o emocional. Asimismo, la pareja debe acordar pautas de convivencia relacionadas con el grado de intimidad emocional y sexual, así como con la expresión del afecto y la resolución de conflictos. Este proceso implica una “segunda definición” de la relación, más realista y estructurada que la mantenida durante el noviazgo.

Convivencia

Otro aspecto central es la negociación de límites con los sistemas externos: familias de origen, amistades, entorno laboral y comunidad. Según Minuchin (1984), los límites claros pero flexibles permiten proteger la identidad del subsistema conyugal sin aislarlo de su contexto social. Cuando estos límites son difusos o rígidos, pueden surgir tensiones que afectan la estabilidad del vínculo. Además, en la convivencia matrimonial se activan los modelos aprendidos en las familias de origen. Cada miembro tiende a reproducir —de manera consciente o inconsciente— patrones observados en su historia familiar respecto a la comunicación, la expresión emocional, el manejo del poder y la resolución de conflictos. La necesidad de armonizar estilos y expectativas distintas puede generar desacuerdos. Desde la teoría de sistemas familiares, estos conflictos no necesariamente indican disfunción, sino oportunidades para construir nuevas modalidades de interacción más adaptativas.

Convivencia

En este sentido, la pareja se ve obligada a elaborar pautas viables de negociación y resolución de conflictos. Las normas que se establecen en esta etapa influirán profundamente en la forma en que cada cónyuge se percibe a sí mismo y a su pareja dentro del matrimonio. Cuando alguno transgrede los acuerdos implícitos o explícitos, la conducta puede interpretarse como una desviación del pacto relacional e incluso como una traición, ya que se afecta la estructura que sostiene al sistema conyugal (Minuchin, 1984). En síntesis, el inicio de la vida matrimonial no solo implica compartir un espacio físico, sino construir activamente una nueva organización relacional, donde la negociación de roles, límites y expectativas es fundamental para consolidar una convivencia saludable y duradera.

Puedo ponerme cursi y decir: que tus labios me saben igual, que los labios que beso en mis sueños…

Joaquin Sabina. A la orilla de la chimenea

Relacion de poder

Tradicionalmente, el poder ha sido definido como un fenómeno esencialmente social, imposible de concebir fuera del entramado de relaciones humanas. En palabras de Jorge Carpizo (1999), el poder no puede entenderse de manera aislada, ya que se manifiesta siempre dentro de un grupo y a través de vínculos sociales; en este sentido, implica la capacidad de imponer la propia voluntad en una relación determinada. En la relación de pareja, el poder forma parte de su estructuración y evolución. A lo largo del vínculo, los miembros atraviesan procesos tanto biológicos (cambios hormonales asociados al enamoramiento, apego y parentalidad) como estructurales (definición de roles, normas y jerarquías). Desde la perspectiva triangular del amor de Robert Sternberg, las relaciones se organizan en torno a componentes como intimidad, pasión y compromiso; este último implica acuerdos explícitos e implícitos que funcionan como “contratos matrimoniales”, donde se establecen normas de convivencia, expectativas y responsabilidades compartidas. Dichos contratos suponen el reconocimiento de que cada integrante proviene de una historia familiar, cultura y sistema de creencias distintos.

Relacion de poder

Manifestaciones del poder en la pareja En la convivencia cotidiana, el poder se expresa en la toma de decisiones, la distribución de responsabilidades, el manejo de recursos económicos y la regulación de la intimidad. La capacidad de reconocer al otro como sujeto legítimo, negociar diferencias y resolver conflictos de manera equitativa es fundamental para evitar relaciones asimétricas o dominantes. Cuando uno de los miembros impone sistemáticamente su voluntad, pueden generarse dinámicas de desequilibrio que afecten la estabilidad y satisfacción conyugal. Desde la teoría estructural de Salvador Minuchin (1984), las luchas de poder pueden intensificarse en momentos de transición del ciclo vital, como el nacimiento de los hijos. Si la pareja atraviesa conflictos no resueltos, puede producirse un fenómeno de triangulación, en el que uno de los progenitores establece una alianza con el hijo para reducir la tensión conyugal o evitar sentimientos de abandono. Esta dinámica altera los límites del sistema familiar y puede generar dificultades en el desarrollo emocional del menor. En síntesis, el poder en la pareja no es en sí mismo negativo; constituye un componente inherente a toda relación. Sin embargo, su manifestación saludable depende de la negociación equitativa, la diferenciación individual y la construcción de acuerdos flexibles que respeten la identidad de ambos miembros. Cuando el poder se ejerce desde la imposición y no desde la cooperación, puede derivar en conflictos persistentes y desequilibrios estructurales dentro del sistema familiar.

Relacion de poder

Manifestaciones del poder en la pareja En la convivencia cotidiana, el poder se expresa en la toma de decisiones, la distribución de responsabilidades, el manejo de recursos económicos y la regulación de la intimidad. La capacidad de reconocer al otro como sujeto legítimo, negociar diferencias y resolver conflictos de manera equitativa es fundamental para evitar relaciones asimétricas o dominantes. Cuando uno de los miembros impone sistemáticamente su voluntad, pueden generarse dinámicas de desequilibrio que afecten la estabilidad y satisfacción conyugal. Desde la teoría estructural de Salvador Minuchin (1984), las luchas de poder pueden intensificarse en momentos de transición del ciclo vital, como el nacimiento de los hijos. Si la pareja atraviesa conflictos no resueltos, puede producirse un fenómeno de triangulación, en el que uno de los progenitores establece una alianza con el hijo para reducir la tensión conyugal o evitar sentimientos de abandono. Esta dinámica altera los límites del sistema familiar y puede generar dificultades en el desarrollo emocional del menor.

Relacion de poder

El poder en la pareja no es en sí mismo negativo; constituye un componente inherente a toda relación. Sin embargo, su manifestación saludable depende de la negociación equitativa, la diferenciación individual y la construcción de acuerdos flexibles que respeten la identidad de ambos miembros. Cuando el poder se ejerce desde la imposición y no desde la cooperación, puede derivar en conflictos persistentes y desequilibrios estructurales dentro del sistema familiar.

Relacion de poder

Al inicio de la relación, particularmente durante la fase de enamoramiento, es común que los miembros de la pareja tiendan a relegar temporalmente sus propias necesidades, intereses y preferencias para priorizar el bienestar del ser amado. Este fenómeno se asocia con la idealización y la intensa activación emocional característica de esta etapa (Fisher, 2004). Sin embargo, cuando la relación adquiere mayor estabilidad y seguridad afectiva, cada integrante comienza a retomar su individualidad, reafirmando gustos, opiniones y proyectos personales. Este proceso de reafirmación del sí mismo es necesario para la consolidación de una relación madura. No obstante, cuando durante el noviazgo no se desarrollaron habilidades adecuadas de comunicación, negociación y resolución de conflictos, puede emerger lo que se denomina lucha de poder. Desde la teoría sistémica, Murray Bowen (1978) explica que este fenómeno puede entenderse como una dificultad en el equilibrio entre intimidad y diferenciación del self. Cuando el nivel de diferenciación es bajo, la afirmación de la individualidad puede percibirse como amenaza al vínculo, generando ansiedad y conductas defensivas.

Relacion de poder

La lucha de poder puede definirse como la confluencia de fuerzas internas en cada miembro de la pareja, donde predomina el egocentrismo y la necesidad de autoafirmación. En lugar de buscar soluciones cooperativas, ambos intentan imponer su punto de vista o responsabilizar al otro por los conflictos. Desde la perspectiva estructural de Salvador Minuchin (1984), estas dinámicas reflejan intentos de redefinir la jerarquía y la organización del subsistema conyugal. En este proceso, los miembros pueden no reconocer su propia participación en la dinámica conflictiva y, con frecuencia, atribuyen los problemas exclusivamente al otro. Superar esta etapa requiere desarrollar habilidades de comunicación asertiva, regulación emocional y negociación equitativa, lo que permite transitar de una relación basada en la competencia por el control hacia una basada en la cooperación y el respeto mutuo (Rusbult, 1980).

Relacion de poder

En toda relación de pareja existe una distribución de poder, ya que constantemente se toman decisiones que implican negociación de intereses, deseos y necesidades. El poder no puede entenderse como un fenómeno aislado, sino como una dinámica relacional que emerge en la interacción (Foucault, 1979). En este sentido, el poder dentro de la pareja no necesariamente implica dominación explícita, sino la capacidad de influencia que cada miembro ejerce sobre el otro en distintos ámbitos de la convivencia. Desde la perspectiva sociológica clásica, Max Weber (1978) definió el poder como la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, incluso frente a la resistencia del otro. Aplicado al ámbito de la pareja, esta definición permite comprender cómo pueden surgir disputas cuando ambos miembros buscan mayor influencia o control en determinados espacios, ya sea de forma consciente o inconsciente.

Relacion de poder

La relación de poder influye en múltiples dimensiones de la vida conyugal: el reparto de responsabilidades domésticas, el cuidado de los hijos, la administración de recursos económicos, la toma de decisiones importantes e incluso la intimidad y la sexualidad. Desde la teoría estructural de Salvador Minuchin (1984), estas dinámicas forman parte de la organización jerárquica del subsistema conyugal, donde los límites y roles deben ser claros y flexibles para mantener el equilibrio funcional. Es importante señalar que la tensión derivada de la negociación de poder no es, en sí misma, negativa. De hecho, cierto nivel de conflicto puede favorecer el crecimiento y la diferenciación individual dentro del vínculo. Murray Bowen (1978) explica que el equilibrio saludable entre intimidad y autonomía depende del grado de diferenciación del self. Cuando las estrategias utilizadas para ganar influencia son respetuosas y orientadas al bienestar común, el poder se convierte en un recurso organizador. Sin embargo, cuando se emplean estrategias coercitivas, manipulativas o descalificadoras, la dinámica se vuelve disfuncional y erosiona la relación.

Relacion de poder

La disputa por el poder en la pareja debe comprenderse dentro de su carácter dinámico. Las parejas son sistemas abiertos que se encuentran en constante proceso de intercambio y adaptación (Minuchin, 1984). La distribución del poder es sensible a cambios evolutivos —como la llegada de los hijos, transformaciones laborales o crisis vitales—, así como a las expectativas y necesidades individuales. Con el tiempo, muchas parejas logran una forma de estabilidad en la que el liderazgo es flexible y alternado: en determinadas áreas uno asume mayor iniciativa y en otras el otro miembro ejerce mayor influencia. Esta alternancia funcional favorece relaciones más equitativas y cooperativas. Desde la psicología social, los modelos de interdependencia señalan que el poder también está relacionado con la dependencia emocional y el nivel de inversión en la relación (Rusbult, 1980). Cuanto mayor es la percepción de alternativas externas o menor la inversión afectiva, mayor puede ser la capacidad de negociación de uno de los miembros. Por ello, el poder en la pareja no es un atributo fijo, sino una construcción dinámica influida por factores personales, emocionales y contextuales.

Relacion de poder

La distribución de poder en la pareja constituye un proceso inevitable y necesario. Lo determinante no es su existencia, sino la manera en que se gestiona: si se orienta hacia la cooperación, el respeto y el beneficio mutuo, fortalece el vínculo; si se convierte en competencia por el control o dominación, puede generar desgaste y conflicto crónico.

Relacion de poder

Problemas relacionados con el poder en la pareja En la mayoría de las relaciones, la distribución del poder tiende a mantener cierto equilibrio dinámico. Desde una perspectiva sistémica, la pareja funciona como un sistema autorregulado que busca estabilidad a través de ajustes constantes entre sus miembros (Minuchin, 1984). De manera espontánea, cada integrante suele asumir mayor influencia en aquellos ámbitos donde posee mayor interés, competencia o experiencia, lo que favorece una organización funcional. Sin embargo, el conflicto emerge cuando ambos miembros desean ejercer predominio en un mismo campo o cuando las expectativas respecto al liderazgo no coinciden. De acuerdo con Max Weber (1978), el poder implica la posibilidad de imponer la propia voluntad incluso frente a la resistencia; por ello, cuando ambos buscan dirigir simultáneamente, puede activarse una disputa abierta o encubierta por el control.

Relacion de poder

La configuración del poder en la pareja suele darse de manera inconsciente y natural. Muchas decisiones se distribuyen según el conocimiento, la inversión emocional o la relevancia personal que cada uno otorga a ciertos temas. Desde el modelo de interdependencia, el equilibrio de poder también depende del grado de compromiso, inversión y percepción de alternativas externas (Rusbult, 1980). Cuando estos factores cambian, la dinámica de influencia también se modifica. La tensión suele intensificarse en la etapa posterior al enamoramiento, cuando disminuye la idealización inicial y cada miembro comienza a reafirmar su individualidad. Murray Bowen (1978) explica que en esta fase se pone a prueba el nivel de diferenciación del self: si la autonomía es percibida como amenaza al vínculo, pueden aparecer intentos de control, reproches o luchas implícitas de poder.

Relacion de poder

Cuando el desequilibrio se convierte en una fuente persistente de conflicto, resulta necesario que la pareja dialogue de manera consciente y reflexiva sobre la toma de decisiones, el reparto de responsabilidades y las estrategias válidas para influir en el otro. John Gottman (1999) señala que las parejas funcionales no se caracterizan por la ausencia de conflictos, sino por su capacidad de regularlos mediante comunicación respetuosa, validación emocional y negociación equitativa. Los conflictos en la pareja responden a múltiples factores: diferencias de personalidad, historia familiar, modelos de apego, expectativas de género, manejo emocional y condiciones contextuales. En este sentido, el problema no radica en la existencia del poder como tal —pues es inherente a toda relación— sino en la forma en que se ejerce. Cuando se utiliza para imponer, descalificar o manipular, deteriora el vínculo; cuando se orienta hacia la cooperación y el beneficio mutuo, fortalece la relación y favorece su estabilidad.

Mi táctica es mirarte aprender como sos quererte como sos mi táctica es hablarte y escucharte construir con palabras un puente indestructible mi táctica es quedarme en tu recuerdo no sé cómo ni sé con qué pretexto pero quedarme en vos

mi estrategia es que un día cualquiera no sé cómo ni sé con qué pretexto por fin me necesites.

mi táctica es ser franco y saber que sos franca y que no nos vendamos simulacros para que entre los dos no haya telón ni abismos mi estrategia es en cambio más profunda y más simple

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ESTABLECIMIENTO DE LA INTIMIDAD

¿Tan intenso, tan real?

Establecimiento de la intimidad

  1. La importancia de la sexualidad dentro de la relación de pareja
  2. La evolución de la relación de la pareja
  3. Tipos de vínculos amorosos

Olguin Edgar

Establecimiento de la intimidad

El amor es una experiencia compleja que puede surgir de diferentes formas y evolucionar a lo largo del tiempo. Puede desarrollarse gradualmente a partir de una amistad o aparecer de manera súbita como un “flechazo”, manifestándose como una intensa atracción emocional y psicológica. Asimismo, su duración es variable: puede tratarse de una experiencia breve o consolidarse como un vínculo duradero que se mantiene durante muchos años o incluso toda la vida. Según Francesco Alberoni (1996), el enamoramiento constituye un estado emergente que transforma profundamente la percepción del individuo, generando una reorganización emocional y cognitiva en la que la otra persona adquiere un valor central. Este estado puede dar origen a relaciones estables, como el matrimonio, o bien permanecer como una experiencia idealizada o no correspondida.

Establecimiento de la intimidad

El amor también integra múltiples dimensiones emocionales y psicológicas, como la pasión, el apego, el erotismo, los ideales y los celos, los cuales pueden contribuir tanto al bienestar como al sufrimiento emocional. Desde esta perspectiva, las relaciones amorosas tienen el potencial de enriquecer la vida de las personas, proporcionando sentido, identidad y apoyo emocional, pero también pueden generar conflicto cuando existen expectativas no satisfechas o desequilibrios afectivos (Sternberg, 1986). Los gestos, palabras y acciones de la persona amada adquieren una gran relevancia emocional, debido al vínculo significativo que se establece, lo que refleja el carácter profundamente interdependiente de la relación. En las sociedades contemporáneas, la formación y permanencia de la pareja se fundamenta principalmente en el vínculo afectivo y la satisfacción emocional mutua. A diferencia de modelos tradicionales donde factores sociales o económicos eran determinantes, actualmente las personas tienden a establecer y mantener relaciones mientras exista amor, atracción y bienestar emocional compartido (Bauman, 2003). En este sentido, la pareja constituye una unidad dinámica en constante transformación, en la que conceptos como amor, afecto, pasión, ternura y atracción erótica adquieren significados particulares según la historia, las expectativas y las experiencias de cada individuo. Esta dinámica implica un proceso continuo de construcción emocional, negociación y adaptación mutua.

Establecimiento de la intimidad

A medida que la relación de pareja se consolida, se construyen expectativas compartidas sobre el futuro y se establece una primera definición del vínculo, en la que ambos miembros comienzan a negociar aspectos fundamentales como la intimidad emocional, la comunicación, la expresión del placer y el displacer, así como la forma de afrontar sus diferencias individuales. Este proceso implica la construcción de acuerdos explícitos e implícitos que regulan la convivencia, la cercanía emocional y la identidad de la pareja como sistema relacional. Desde la perspectiva sistémica, estos acuerdos forman parte de la organización del vínculo y permiten el desarrollo de patrones de interacción relativamente estables que favorecen la adaptación mutua (Salvador Minuchin, 1984). Asimismo, la capacidad de negociar diferencias y mantener una comunicación abierta se relaciona con una mayor satisfacción y estabilidad en la relación (Gottman & Silver, 1999). En este contexto, la sexualidad constituye un componente esencial de la relación de pareja, ya que no solo cumple una función biológica, sino también una función psicológica y relacional que fortalece el vínculo afectivo, la intimidad emocional y el sentido de conexión entre los miembros de la pareja (Weeks, 2010). La sexualidad permite expresar afecto, reforzar el apego y contribuir al bienestar individual y relacional, siendo un medio importante de comunicación emocional. D

Establecimiento de la intimidad

De acuerdo con Robert Sternberg (1986, 2000), una relación de pareja saludable se compone de tres elementos fundamentales: intimidad, compromiso y pasión, los cuales conforman su teoría triangular del amor. La intimidad se refiere a los sentimientos de cercanía, confianza y conexión emocional que permiten compartir pensamientos, emociones y experiencias personales profundas, favoreciendo el conocimiento mutuo y el fortalecimiento del vínculo. El compromiso implica la decisión consciente de amar y mantener la relación a lo largo del tiempo, incluso frente a las dificultades, representando la dimensión cognitiva y volitiva del amor. Por su parte, la pasión se relaciona con el deseo físico, la atracción y la motivación de unión con la persona amada, incluyendo la expresión sexual, pero también el deseo de cercanía emocional y afectiva. Esta dimensión no se limita al contacto sexual, sino que abarca el impulso de expresar amor, afecto y conexión a través de diversas formas de interacción emocional y física. La interacción equilibrada de estos tres componentes favorece la estabilidad y satisfacción en la relación de pareja. Cuando existe intimidad, compromiso y pasión de manera integrada, se incrementa la probabilidad de que la relación sea duradera, satisfactoria y emocionalmente significativa. Por el contrario, la ausencia o desequilibrio de alguno de estos elementos puede generar dificultades en la relación, afectando la calidad del vínculo y el bienestar de sus integrantes (Sternberg, 1986; Sternberg, 2000).

Establecimiento de la intimidad

Por lo tanto, la pasión constituye un componente esencial en la construcción y mantenimiento del amor dentro de la relación de pareja. De acuerdo con Robert Sternberg (1986, 2000), la pasión representa la dimensión motivacional del amor, caracterizada por la atracción física, el deseo de unión y la activación emocional orientada hacia la persona amada. Esta dimensión incluye la sexualidad como una de sus principales formas de expresión, pero no se limita únicamente al contacto sexual, sino que abarca el deseo de cercanía, el contacto físico, la expresión afectiva y el anhelo de conexión emocional profunda. En este sentido, la sexualidad se convierte en un medio relevante para fortalecer el vínculo afectivo y consolidar la intimidad entre los miembros de la pareja.

Pasión
Compromiso
Intimidad

Establecimiento de la intimidad

Asimismo, el contacto físico y emocional desempeña un papel fundamental en el bienestar psicológico y relacional, ya que favorece la liberación de emociones positivas, fortalece el apego y contribuye a la estabilidad del vínculo. Desde la teoría del apego, el contacto íntimo permite reforzar los sentimientos de seguridad, pertenencia y confianza entre los miembros de la pareja, facilitando la regulación emocional y la satisfacción relacional (John Bowlby, 1988). De igual forma, diversos autores señalan que la expresión de la sexualidad en la pareja cumple funciones afectivas, comunicativas y de reafirmación del vínculo, contribuyendo al mantenimiento de la relación y al bienestar emocional de sus integrantes (Weeks, 2010). Es importante destacar que, aunque la sexualidad no constituye el único elemento que define la calidad de la relación de pareja, sí representa un componente significativo dentro del cuidado y fortalecimiento del vínculo. La satisfacción sexual se asocia con mayores niveles de satisfacción relacional, intimidad y estabilidad emocional, al facilitar la expresión del afecto, la conexión emocional y la reciprocidad entre los miembros de la pareja (Schnarch, 2009). Por lo tanto, alimentar las distintas formas de expresión de la pasión y el amor, incluyendo el contacto físico, emocional y sexual, contribuye al desarrollo de relaciones más saludables, satisfactorias y duraderas.

Establecimiento de la intimidad

La evolución de la relación de pareja puede entenderse como un proceso dinámico que refleja no solo el desarrollo del vínculo afectivo, sino también el crecimiento psicológico y emocional de sus integrantes. Según Nathaniel Branden (2009), la relación de pareja forma parte de la evolución de la conciencia humana, en la medida en que cada individuo es portador de su historia personal, sus experiencias afectivas y sus aprendizajes previos. Estas experiencias influyen en la forma en que las personas aman, se vinculan y construyen relaciones significativas. Desde esta perspectiva, la relación de pareja constituye un espacio que favorece el autoconocimiento, la autorrealización y el desarrollo de la identidad, al confrontar a los individuos con sus necesidades emocionales, temores y expectativas.

Establecimiento de la intimidad

En este sentido, el amor se fundamenta en diversos mecanismos psicológicos que contribuyen a la formación y consolidación del vínculo afectivo. De acuerdo con Francesco Alberoni (1996), el enamoramiento surge a partir de una transformación emocional profunda denominada “estado naciente”, caracterizada por una intensa reorganización de la percepción, los sentimientos y las prioridades personales. Este proceso se relaciona con el principio del placer, que impulsa a las personas a buscar experiencias emocionalmente gratificantes; la pérdida, que implica el abandono de ciertos aspectos de la identidad individual para dar lugar a una identidad compartida; y la indicación, que consiste en el reconocimiento del otro como una persona significativa y única. Estos mecanismos permiten la construcción de un vínculo afectivo que transforma la vida emocional de los individuos y da origen a una nueva realidad relacional.

Establecimiento de la intimidad

Asimismo, en la cultura contemporánea, el establecimiento de una relación amorosa satisfactoria se considera un elemento importante del bienestar psicológico y la realización personal. De acuerdo con la teoría triangular del amor propuesta por Robert Sternberg (1986, 2000), el amor consumado representa la forma más completa del amor, al integrar tres componentes fundamentales: la intimidad, la pasión y el compromiso. Este tipo de amor implica cercanía emocional, deseo de unión y la decisión consciente de mantener la relación a largo plazo. Cuando estos elementos se encuentran equilibrados, la relación favorece el bienestar emocional, el sentido de plenitud y la estabilidad psicológica de los individuos. Por el contrario, la ausencia o el desequilibrio de alguno de estos componentes puede afectar la calidad del vínculo y la satisfacción relacional.

Establecimiento de la intimidad

En consecuencia, la evolución de la relación de pareja implica un proceso continuo de transformación emocional, crecimiento personal y adaptación mutua, en el que intervienen factores psicológicos, emocionales y sociales. La capacidad de los miembros de la pareja para integrar sus experiencias personales, expresar sus necesidades afectivas y construir un vínculo basado en el amor, el compromiso y la intimidad contribuye al desarrollo de relaciones más estables, satisfactorias y significativas..

Hay amor mío, qué terriblemente absurdo es estar vivo, sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido.

Luis Eduardo Aute. Sin tu latido.

Establecimiento de la intimidad

El principio del placer y la pérdida en la relación de pareja El principio del placer constituye uno de los mecanismos fundamentales en la formación y mantenimiento del vínculo amoroso. Las personas tienden a vincularse afectivamente con quienes satisfacen sus necesidades emocionales, psicológicas y físicas, generando experiencias gratificantes que refuerzan el deseo de proximidad y continuidad en la relación. Según Francesco Alberoni (1996), el amor se fortalece cuando la relación proporciona experiencias placenteras compartidas, ya que cada interacción positiva contribuye a consolidar el vínculo afectivo. Desde esta perspectiva, el placer no solo incluye la gratificación física o sexual, sino también la satisfacción emocional derivada del afecto, la comprensión, el reconocimiento y la reciprocidad.

Establecimiento de la intimidad

Asimismo, desde el enfoque psicológico, el principio del placer se relaciona con los procesos de refuerzo descritos en la teoría del aprendizaje, en la que las experiencias gratificantes aumentan la probabilidad de repetir conductas y mantener vínculos significativos (Skinner, 1953). En el contexto de la pareja, cuando ambos miembros experimentan satisfacción emocional y física de manera recíproca, se fortalece el apego, la intimidad y el compromiso. El amor tiende a desarrollarse cuando una persona percibe que la otra satisface sus necesidades afectivas, simbólicas y psicológicas, tanto conscientes como inconscientes, lo que contribuye a la construcción de un vínculo significativo y duradero (Sternberg, 1986). La repetición de experiencias positivas y satisfactorias favorece la consolidación del apego emocional, incrementando el bienestar y la estabilidad de la relación.

Establecimiento de la intimidad

Por otra parte, la experiencia de la pérdida también constituye un elemento fundamental en la dinámica del amor. Con frecuencia, las personas toman conciencia del valor emocional de su pareja ante la posibilidad de perderla, lo que puede intensificar los sentimientos de apego y dependencia emocional. De acuerdo con John Bowlby (1980), el apego emocional se caracteriza por la necesidad de mantener la proximidad con la figura significativa, y la amenaza de pérdida puede generar ansiedad, tristeza y conductas orientadas a restablecer la cercanía emocional. Esta reacción es parte de un mecanismo adaptativo que busca preservar el vínculo afectivo y la seguridad emocional.

Establecimiento de la intimidad

En este contexto, los celos pueden surgir como una respuesta emocional ante la amenaza real o percibida de perder a la persona amada. Los celos reflejan el temor a la sustitución o al abandono, así como el miedo a perder la exclusividad emocional dentro de la relación. Este fenómeno implica una combinación de emociones, como el miedo, la inseguridad, la tristeza y la ira, y puede dirigirse tanto hacia la pareja como hacia la persona percibida como rival (White & Mullen, 1989). Desde una perspectiva psicológica, los celos están vinculados al apego emocional y a la importancia que el individuo atribuye a la relación, siendo una manifestación de la necesidad de preservar el vínculo afectivo.

Establecimiento de la intimidad

En consecuencia, tanto el principio del placer como la experiencia de la pérdida constituyen mecanismos fundamentales en la formación y mantenimiento del amor. Mientras el placer fortalece el vínculo mediante la satisfacción emocional y la reciprocidad, la amenaza de pérdida pone de manifiesto la importancia emocional de la relación, reforzando el apego y el compromiso. Estos procesos reflejan la complejidad del amor como una experiencia psicológica profunda, en la que intervienen factores emocionales, cognitivos y relacionales.

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La indicación y el estado naciente en la formación del amor El mecanismo de la indicación se refiere al proceso mediante el cual el deseo amoroso se configura en relación con el contexto social y simbólico en el que se encuentra el individuo. Según Francesco Alberoni (1996), el amor no surge de manera aislada, sino que está influido por procesos de identificación, imitación y valoración social. En este sentido, las personas tienden a desear aquello que es valorado o admirado por otros, lo que contribuye a otorgar significado y valor a la persona amada. Este fenómeno implica que el deseo amoroso no solo responde a características individuales de la pareja, sino también al reconocimiento social que esta recibe, lo que puede intensificar la atracción emocional y psicológica.

Establecimiento de la intimidad

La indicación y el estado naciente en la formación del amor Desde esta perspectiva, el amor adquiere una estructura relacional compleja, en la que pueden intervenir elementos como la rivalidad, los celos y la competencia simbólica. El individuo puede idealizar o “transfigurar” a la persona amada, atribuyéndole cualidades excepcionales y un valor emocional superior, proceso que contribuye a fortalecer el vínculo afectivo (Alberoni, 1996). Esta idealización también ha sido explicada por la teoría triangular del amor, la cual señala que la pasión implica una intensa activación emocional que puede incluir idealización, deseo de exclusividad y fuerte atracción hacia la pareja (Robert Sternberg, 1986). Sin embargo, cuando el deseo se satisface y la relación se consolida, la intensidad inicial puede transformarse en un vínculo más estable, caracterizado por el desarrollo de la intimidad y el compromiso.

Establecimiento de la intimidad

La indicación y el estado naciente en la formación del amor Por otra parte, el estado naciente constituye una fase fundamental en el proceso de enamoramiento, caracterizada por una profunda transformación emocional, cognitiva y existencial. Alberoni (1996) describe este estado como una reorganización de la identidad personal, en la que el individuo redefine su forma de percibirse a sí mismo y al mundo en función de la nueva relación afectiva. Este proceso suele surgir en momentos de tensión psicológica o insatisfacción personal, cuando los esquemas previos de interpretación de la realidad resultan insuficientes para dar sentido a la experiencia emocional. En este contexto, el enamoramiento representa una respuesta transformadora que permite superar el bloqueo emocional mediante la construcción de una nueva identidad relacional.

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La indicación y el estado naciente en la formación del amor Asimismo, desde la perspectiva del apego, este proceso puede entenderse como la formación de un nuevo vínculo emocional significativo que proporciona seguridad, pertenencia y sentido personal (John Bowlby, 1988). El estado naciente implica un aumento en la motivación por establecer cercanía emocional, así como una mayor sensibilidad hacia la persona amada, lo que contribuye a fortalecer el vínculo afectivo. Este proceso favorece el desarrollo de la intimidad, el compromiso y la conexión emocional profunda, elementos fundamentales para la consolidación de una relación de pareja estable. En conjunto, tanto la indicación como el estado naciente reflejan la naturaleza dinámica y transformadora del amor, en la que intervienen factores psicológicos, sociales y emocionales. Estos mecanismos permiten comprender el enamoramiento como un proceso complejo que implica la reorganización de la identidad personal, la idealización de la pareja y la construcción de un vínculo emocional significativo.

Establecimiento de la intimidad

Tipos de vínculos amorosos: fuertes, medios y débiles Los vínculos afectivos constituyen una base fundamental en el desarrollo emocional y social del ser humano, ya que permiten la construcción de la identidad, el sentido de pertenencia y la seguridad emocional. Según Francesco Alberoni (1996), existen diferentes tipos de vínculos amorosos que se distinguen por su intensidad emocional, su nivel de compromiso y su permanencia en el tiempo. Estos vínculos pueden clasificarse en fuertes, medios y débiles, cada uno con características específicas que influyen en la forma en que las personas se relacionan con los demás.

Establecimiento de la intimidad

Los vínculos fuertes son aquellos que se establecen principalmente durante la infancia, especialmente entre el hijo y sus padres, así como entre hermanos. Estos vínculos se caracterizan por su profundidad emocional, su estabilidad y su carácter exclusivo, ya que las figuras significativas ocupan un lugar único e irreemplazable en la vida del individuo. Este tipo de vínculo resiste los cambios físicos, emocionales y circunstanciales, manteniéndose a lo largo del tiempo a pesar de las transformaciones personales. Desde la teoría del apego, estos vínculos constituyen la base de la seguridad emocional y del desarrollo afectivo del individuo, influyendo en su capacidad para establecer relaciones afectivas en la vida adulta (John Bowlby, 1988). Alberoni (1996) señala que, fuera del contexto familiar, el enamoramiento es uno de los pocos procesos capaces de generar vínculos fuertes, debido a su capacidad de crear un sentido profundo de unión, compromiso y pertenencia entre los miembros de la pareja.

Establecimiento de la intimidad

Por otra parte, los vínculos medios corresponden a las relaciones de amistad íntima, caracterizadas por el afecto, la confianza y el apoyo mutuo. A diferencia de los vínculos fuertes, estos vínculos no suelen implicar exclusividad ni dependencia emocional absoluta, sino que se basan en la libre elección, la reciprocidad y la afinidad emocional. La amistad permite el desarrollo de la identidad social y el bienestar emocional, al proporcionar apoyo psicológico, comprensión y compañía (Santrock, 2004). Estos vínculos contribuyen al equilibrio emocional del individuo, favoreciendo el desarrollo de habilidades sociales y fortaleciendo el sentido de pertenencia. Finalmente, los vínculos débiles se refieren a las relaciones sociales caracterizadas por un menor grado de intimidad emocional y compromiso afectivo. Este tipo de vínculo se establece comúnmente con compañeros de trabajo, vecinos o conocidos, y se basa principalmente en la interacción social cotidiana, sin implicar un fuerte sentido de unión emocional o dependencia afectiva. En estos casos, la relación no constituye un “nosotros” sólido ni una identidad compartida profunda, sino que responde a necesidades funcionales o contextuales (Alberoni, 1996). Sin embargo, estos vínculos cumplen una función importante en la integración social del individuo, al facilitar la interacción social y el desarrollo de redes de apoyo.

Establecimiento de la intimidad

En conjunto, estos tres tipos de vínculos reflejan diferentes niveles de intensidad emocional y compromiso, desde las relaciones profundamente significativas hasta las interacciones sociales más funcionales. La capacidad de establecer vínculos afectivos saludables influye directamente en el bienestar psicológico, la estabilidad emocional y la calidad de las relaciones interpersonales a lo largo de la vida.

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad. ¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada. Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»). Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

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COMPROMISO Y proyecto DE VIDA

¿Tan intenso, tan real?

Compromiso y proyecto de vida

  1. Compromiso
  2. Prueba de verdad
  3. Prueba de reciprocidad
  4. Pruebas proyecto

Olguin Edgar

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

La libertad, el compromiso y la resolución de conflictos en la relación de pareja En las relaciones de pareja contemporáneas, la libertad personal constituye un elemento fundamental en la construcción del vínculo amoroso. Los individuos han desarrollado una mayor conciencia de su autonomía, así como del derecho a tomar decisiones afectivas basadas en su propia voluntad y no en imposiciones externas. Según Francesco Alberoni (2015), el amor auténtico se fundamenta en la libre elección, en la que ambos miembros de la pareja deciden voluntariamente establecer un compromiso emocional y construir un proyecto de vida en común. Este compromiso, al ser fruto de una decisión consciente, fortalece la estabilidad del vínculo y favorece el desarrollo de una relación basada en el respeto mutuo y la reciprocidad.

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

Desde esta perspectiva, la capacidad de establecer vínculos duraderos está estrechamente relacionada con la voluntad de asumir responsabilidades afectivas y mantener el compromiso a lo largo del tiempo. El amor no implica únicamente la presencia de sentimientos intensos, sino también la decisión consciente de sostener la relación, incluso frente a las dificultades. En este sentido, el compromiso representa uno de los componentes esenciales del amor, ya que implica la intención de mantener el vínculo y enfrentar conjuntamente los desafíos que puedan surgir (Robert Sternberg, 1986, 2000). Este componente permite que la relación trascienda las fluctuaciones emocionales y se consolide como un vínculo estable y significativo.

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

Asimismo, es importante reconocer que toda relación de pareja atraviesa crisis, desacuerdos y conflictos, los cuales forman parte natural del proceso de convivencia. Sin embargo, la permanencia de la relación depende de la capacidad de los miembros de la pareja para resolver estos conflictos de manera constructiva. Alberoni (2015) señala que el amor duradero implica la disposición de ambos integrantes para comprender la perspectiva del otro, reconocer sus emociones y aceptar sus limitaciones. Esta capacidad de empatía permite fortalecer el vínculo emocional y favorece la resolución de conflictos desde el respeto y la comprensión mutua.

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

Desde el enfoque sistémico, la relación de pareja se entiende como un sistema dinámico en constante transformación, en el que los conflictos representan oportunidades de adaptación y crecimiento relacional (Salvador Minuchin, 1984). La resolución adecuada de los desacuerdos permite reorganizar la dinámica de la relación, fortalecer la comunicación y consolidar el compromiso mutuo. En este sentido, el amor implica no solo la conexión emocional, sino también la capacidad de enfrentar las dificultades y construir soluciones conjuntas. En consecuencia, el amor duradero se caracteriza por la integración de la libertad personal, el compromiso voluntario y la capacidad de resolver conflictos mediante la empatía y el respeto mutuo. La decisión consciente de mantener el vínculo, comprender al otro y construir un proyecto de vida compartido constituye uno de los pilares fundamentales de las relaciones de pareja saludables y estables.

Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros, que cuando los abro, Perfecto distingo lo negro del blanco Y en el alto cielo su fondo estrellado Y en las multitudes el hombre que yo amo.

Violeta Parra. Gracias a la vida.

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

Del enamoramiento se pasa al amor a traves de una serie de pruebas. Pruebas que nos ponemos a nosotros mismos, pruebas que ponemos al otro, pruebas que nos encontramos impuestas por el sistema externo. Algunas de estas pruebas son cruciales. Si son superadas, el enamoramiento avanza en el régimen de certezas cotidianas que llamamos amor. Si no son superadas, es sustituido por otra cosa: la renuncia, la petrificación o el desamor. (Alberonni 2015). Las Pruebas Las pruebas de verdad. Todos queremos resistir al amor porque tenemos miedo de estar a merced de otro. Cada vez que intentamos separarnos, la persona amada se nos impone como el único objeto auténtico del Eros. El enamoramiento es siempre una lucha contra nosotros mismos, una lucha que perdemos y ante la que debemos rendirnos. Prueba de reciprocidad Si amamos deseamos ser correspondidos. Estamos seguros de estar enamorados, comenzamos a preguntarnos si también él nos ama como lo amamos nosotros y con la misma intensidad, y tenemos miedo.

COMPROMISO Y PROYECTO DE VIDA

Pruebas proyecto Cada uno reorganiza sus afectos en torno a la persona amada con la cual elabora un proyecto de vida en común. En esta obra ambos aportan sus sueños, sus deseos, todo lo que habrían querido realizar. El proyecto que cada uno hace para sí implica al otro: es un proyecto de vida también para el otro, es la propuesta de lo que se debe querer juntos. Pero los dos enamorados son distintos y por eso entre ellos habrá inevitablemente diferencias y contrastes. Cada uno ejercita siempre una presión sobre el amado para conducirlo donde quisiera y, al mismo tiempo, acepta o trata de aceptar sus demandas. Y en este caso la afirmación «Te amo» quiere decir que sí: modifico mi proyecto, me pongo de tu parte, acepto tu demanda, renuncio a algo que quería, quiero junto a ti lo que quieres. Tengamos ahora presente que nuestro amor puede llevarnos a adecuarnos demasiado rápido al proyecto del amado, a renunciar a nosotros mismos y a nuestra verdad. Pero, al mismo tiempo, un fuerte deseo de ser libres de hacer todo aquello que nos parece puede llevar a no aceptar casi nada lo que el otro propone, a pedirle más de cuanto puede dar. Si cedemos demasiado, podemos darnos cuenta de que no podemos realizar nuestros deseos más profundos. Si pedimos demasiado, podemos percatarnos de que nuestro amado es infeliz y nos reprocha la violencia sufrida. Las pruebas deben ser siempre inteligentes y ligeras. (Alberoni, 2015).

Tú no me conoces todavía bien, mi amor. Tú ignoras la profundidad de mi vínculo contigo. Dame tiempo, dámelo, para hacerte un poco feliz. Tenme paciencia, espera a ver y a oír lo que tú eres para mí. -Tal vez fue una locura muy grande entrar en esta pasión. Cuando examino los primeros hechos, yo sé que la culpa fue enteramente mía. -Tengo para ti en mí muchas cosas subterráneas que tú no ves aún (…) Lo subterráneo es lo que no digo. Pero te lo doy cuando te miro y te toco sin mirarte.

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MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

¿Tan intenso, tan real?

Matrimonio y formación de una familia

  1. El curso vital de las familias
  2. Creación del grupo familiar
  3. El nacimiento de los hijos
  4. Etapa de escolarización
  5. Con hijos adolescentes

Olguin Edgar

MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

El curso vital de las familias Evoluciona a través de una secuencia de etapas universales, por lo que se denomina «normativo», a pesar de las diferencias culturales (Cárter y McGoldrick, 1989). Aunque se producen variaciones idiosincrásicas en cuanto al momento en que tienen lugar los cambios de una etapa a otra y a las estrategias empleadas para afrontarlos, el desarrollo familiar sigue una misma progresión de complejidad creciente. En ella se observan períodos de equilibrio y adaptación y períodos de desequilibrio y cambio. Los primeros se caracterizan por el dominio de las tareas y aptitudes pertinentes a la etapa del ciclo que atraviesa el grupo familiar, mientras los segundos implican el paso a un estadio nuevo y más complejo, y requieren que se elaboren tareas y aptitudes también nuevas. Los hechos nodales en la evolución familiar que forman parte del «ciclo vital de la familia» son: el nacimiento y crianza de los hijos, la partida de éstos del hogar y la muerte de algún miembro Cárter y McGoldrick, 1981). Todos ellos producen cambios adaptativos vinculados a las variaciones en la composición de la familia que precisan una reorganización de los roles y reglas del sistema, así como una modificación de los límites familiares internos y externos.

MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

Así, en determinadas etapas de la vida de una familia, sus miembros se involucran estrechamente entre sí bajo la influencia de fuerzas familiares centrípetas, como ocurre en la época de crianza de los hijos. En otras, se diferencian y distancian unos de otros bajo la influencia de fuerzas intrafamiliares centrífugas, como es el caso de la emancipación de los hijos (Minuchin, 1984). Es imprescindible que, en cada una de las fases, los participantes desplieguen habilidades adecuadas de comunicación y negociación que les permitan ajustarse a los cambios evolutivos.

Busco un refugio en el camino Donde a solas pasen las horas y tenga sentido Ven a mi cama, duerme conmigo Entra en mis sueños porque hace tiempo que me he perdido Ven a mi cama duerme conmigo

Jarabe de palo. Duerme conmigo

MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

La relación adquiere un carácter formal mediante el contrato matrimonial, que señala la transición de la vida de noviazgo a la nueva vida de casados. Las reacciones de las familias de origen ante la boda son importantes porque normalmente causan un fuerte impacto en el desarrollo posterior de la pareja. (Ochoa 1995). Creación del grupo familiar Abarca un amplio espacio temporal, desde que aparecen los hijos hasta que éstos empiezan a emanciparse de los padres. Por consiguiente, comprende importantes subetapas como son: el matrimonio con niños pequeños, el matrimonio con chicos en edad escolar, el matrimonio con hijos adolescentes y el matrimonio con hijos jóvenes en edad de emanciparse. El nacimiento de los hijos Incide fuertemente en la relación de pareja, porque requiere una nueva división de roles que incluya el cuidado y la crianza de los niños y el funcionamiento familiar de conjunto. Es necesario que los cónyuges desarrollen habilidades parentales, de comunicación y negociación, ya que ahora tienen la responsabilidad de cuidar a los niños, de protegerlos y socializarlos.

MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

Los padres, además de nuevas obligaciones, también tienen derecho a tomar decisiones en temas como vivienda, selección del colegio al que irán los pequeños, fijación de las reglas que van a presidir la convivencia en el hogar y a defender su privacidad como pareja frente al subsistema filial. (Minuchin, 1984 citado en Ochoa 1995). La evolución del grupo familiar supone que el subsistema parental tiene que modificarse y establecer nuevas negociaciones de la relación y nuevos repartos de roles a medida que los chicos van creciendo. Cuando un niño empieza a caminar y a hablar, los cónyuges deben establecer unas normas que al mismo tiempo que alientan el crecimiento, garanticen la seguridad del pequeño y preserven su autoridad como padres. Si nace otro hijo, el sistema familiar se vuelve más complejo y diferenciado, instaurándose un nuevo subsistema, el fraterno. Etapa de escolarización La familia tiene que relacionarse con el sistema escolar. Surgen nuevas reglas sobre quién debe ayudar en los deberes y cómo lo hará, cuánto tiempo dedicarán los chicos al estudio y cuánto al ocio, a qué hora se acostarán y cómo se considerarán las calificaciones escolares (Minuchin, 1984).

MATRIMONIO Y FORMACIÓN DE UNA FAMILIA

Con hijos adolescentes Debe hacer más flexibles las normas familiares y delegar algunas funciones en los chicos para que empiecen a tomar decisiones por sí mismos. Pero no hay que olvidar que los padres junto con la concesión de más autonomía, también deben exigir más responsabilidad a sus hijos. La evolución alcanza un punto clave en la época en que los jóvenes comienzan a «abandonar» el hogar. En ese momento, los padres han de permitir la marcha de los hijos y asumir el impacto que les provoca su partida. Por su parte, éstos ahora volcados hacia intereses extrafamiliares, deben poseer habilidades adecuadas para relacionarse socialmente y adquirir competencia profesional (Cárter y McGoldrick, 1989).

Desamor Me vio como se mira al través de un cristal o del aire o de nada. Y entonces supe: yo no estaba allí ni en ninguna otra parte ni había estado nunca ni estaría. Y fui como el que muere en la epidemia, sin identificar, y es arrojado a la fosa común.

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INDEPENDENCIA DE LOS HIJOS, REENCUENTRO Y EL DIVORSIO

Así empieza la historia.

INDEPENDENCIA DE LOS HIJOS, REENCUENTRO Y EL DIVORSIO

  1. Ciclos vitales «alternativos»
  2. Emancipación de los hijos y periodos posteriores
  3. Familia en las últimas etapas de la vida Aceptación del cambio de roles generacionales.

Olguin Edgar

INDEPENDENCIA DE LOS HIJOS, REENCUENTRO Y EL DIVORSIO

Cuando los jóvenes se emancipan, los padres han de retomar su relación como pareja, que ha estado mediatizada por los hijos durante muchos años. Normalmente, se tienen que enfrentar a la jubilación, a la separación y muerte de seres queridos y a la suya propia. En circunstancias en que existe deterioro físico y/o psíquico, los roles de cuidadores se invierten, de forma que son los hijos los que tienen que hacerse cargo de sus padres enfermos; aunque en ocasiones uno de los cónyuges presenta buenas condiciones de salud que le permiten atender a su esposo/a enfermo/a. (Ochoa 1995). Además del ciclo vital normativo existen ciclos vitales «alternativos», como sucede en la separación o divorcio, la muerte prematura y la incidencia de una enfermedad crónica en el sistema familiar. En estas ocasiones, el ciclo normal se «trunca» y los miembros de la familia deben adaptarse a la nueva situación para seguir viviendo. Si tenemos en cuenta tres generaciones observaremos que los ciclos vitales respectivos se yuxtaponen e implican mutuamente, lo cual da idea de la verdadera complejidad del desarrollo evolutivo familiar.

INDEPENDENCIA DE LOS HIJOS, REENCUENTRO Y EL DIVORSIO

Emancipación de los hijos y periodos posteriores Aceptación de múltiples entradas y salidas del sistema familiar a) Renegociación del sistema de pareja b) Desarrollo de una relación adulto-adulto c) Realineamiento de las relaciones para incluir a la familia política y a los nietos d) Afrontamiento de las enfermedades y muerte de padres y abuelos. Familia en las últimas etapas de la vida Aceptación del cambio de roles generacionales. Aceptación del cambio de roles generacionales a) Mantenimiento del funcionamiento propio y de la pareja a pesar del declive físico; exploración de nuevos roles sociales y familiares b) Apoyo para un rol más central de las generaciones medias c) Apoyo, sin sobrecarga, a la generación mayor d) Afrontar la muerte ajena y preparar la propia. Revisión e integración de la vida

BIBLIOGRAFIA

ANEXOS

Evaluación

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdQ3sAe_Dxu-t91VeMd-UR80vfgjvCMkxhEqQ1-32KZOZFQTw/viewform?usp=sf_link

Anexo 1

Codigo del amor Condesa de Champagne 1174 1. El matrimonio no es una buena excusa contra el amor (con alguien que no sea el esposo). 3. Nadie puede atarse a dos amores ala vez. 8. Nadie sin una razón, debe ser privado de su amor propio. 9. Nadie puede amar a menos que sea incitado a ello por el deseo de ser amado. 13. El amor qué es conocido públicamente rara vez perdura. 14. Una conquista fácil le da al amor menos valor, una difícil hace desear lo más. 17. Un nuevo amor hace que el antiguo se olvide o se abandoné. 19. Si el amor decrece muere rápidamente y difícilmente se recupera. 20. El nombre que sea propenso a amar siempre está propenso a temer. 21. Luz en verdaderos siempre engrandece el valor del amor. 25. El verdadero amante no pienso más que en lo que cree que complace a su amante. 26. El amor no puede negar ni nada al amor. 28. La menor presunción obliga al amante a sospechar de su amado. "Promoción y decretamos al tenor de las presentes, que el amor no puede desplegar su poder sobre los casados, pero si para los amantes, los cuáles deben conceder todo, mutua y gratuitamente el uno al otro, sin ser forzados a ello por ningún motivo o necesidad, al tiempo que marido y mujer están unidos por el deber de congeniar el uno con el otro y no negarse nada. Que este juramento que hemos aprobado con extremo cuidado y con el consejo de muchas otras damás, sea defendido por ti como la verdad incuestionable e inalterable"

Bibliografia

Artículos y capítulos académicos Buss, D. M. (1989). Sex differences in human mate preferences: Evolutionary hypotheses tested in 37 cultures. Behavioral and Brain Sciences, 12(1), 1–49. https://doi.org/10.1017/S0140525X00023992 Rusbult, C. E. (1980). Commitment and satisfaction in romantic associations: A test of the investment model. Journal of Experimental Social Psychology, 16(2), 172–186. https://doi.org/10.1016/0022-1031(80)90048-0 Libros y monografías Bertalanffy, L. von. (1968). General system theory: Foundations, development, applications. George Braziller. Bowlby, J. (1969/1982). Attachment and loss: Vol. 1. Attachment (2ª ed.). Basic Books. Bueno, J. (1985). La pareja humana: Un enfoque sistémico. Editorial Pax. Donatelle, R. J., Snow, M., & Wilcox, A. (2001). Health: The basics. Benjamin Cummings. Estrada, S. (1991). Psicología de la familia. Trillas. Freud, S. (1914/1981). Recordar, repetir y reelaborar. En Obras completas (Vol. 12). Amorrortu. Higashida, H. (1996). Ciencias de la salud. McGraw-Hill. Leñero, L. (1987). La familia. Ediciones Castillo. Lemaire, J. (1986). La pareja humana: Su vida, su muerte. Amorrortu. Reeve, J. (1994). Motivación y emoción. McGraw-Hill. Satir, V. (1978). Terapia familiar conjunta. Pax. Tordjman, S. (1989). La elección amorosa. Presses Universitaires de France. Capítulos y trabajos citados en otros autores Hazan, C., & Shaver, P. (1987). Romantic love conceptualized as an attachment process. Journal of Personality and Social Psychology, 52(3), 511–524. https://doi.org/10.1037/0022-3514.52.3.511 Vargas, M., & Ibáñez, N. (2013). Diferenciación del self y relaciones de pareja. Revista de Psicología Familiar, 5(2), 45–58.

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