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La historia de Ángela primera parte

sylalonso6

Created on November 25, 2022

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La historia de Ángela

Empezamos

Respeto

La entrada, ubicada sobre la calle Avelino Díaz, casi en la esquina de Balbastro, no dice demasiado. Es una puerta verde vieja, con una chapa gastada que reza: Residencia para adultos mayores
Si uno se detuviera sobre la vereda de enfrente podría observar, en cada una de las ventanas de los pisos superiores, a algunos de los habitantes de la casa. Serán quince o veinte, no más. Si uno prestase especial atención a la segunda ventana, de izquierda a derecha, se encontraría con Ángela Martínez. Casi siempre está ahí.
Llegó a la residencia hace tres años, unas semanas después de la Navidad en que casi se muere por tercera -ella dirá que por segunda- vez. Su hija, Milena, preocupada pero sobre todo agotada de las idas y venidas desde Lanús para socorrerla ante cada incidente, buscó y encontró la residencia. De todas, era la que más zafaba. Buenas críticas, cerca de la autopista, y dependiente del PAMI.
A veces, en la ventana, Milena también está ahí, de visita. Ángela hizo las cuentas, para echárselo en cara durante alguna pelea: venís cada veinte días a verme ¿a vos te parece? A veces va con sus hijos, pero son las menos. Cuando nadie de afuera viene a verla, prefiere estar sola. No le gustan las charlas ni las partidas de truco que organizan el resto de las señoras. Su único amigo es Miguel, un viejo mudo con el que juega al ajedrez y mira la novela. La enfermera de los martes y jueves, María, le trae libros de la biblioteca y ella se pasa horas leyendo en el cuarto. Y sino, encorvada sobre sus revistas de sopas de letras y crucigramas. Si alguien quisiera escucharla hablar, tendría que esperar a uno de estos tres eventos: la llegada de Miguel, la visita de su hija, o los controles médicos.
Si bien al principio el cuerpo de Ángela era la envidia del resto de los residentes -por su salud, claro-, con el tiempo la cosa empeoró. Ahora necesita de cuidados especiales por su deterioro físico y la única manera de evitar una desgracia es con asistencia médica las 24 hs.
Es domingo y Ángela termina de mirar la novela. Se levanta y va a su cuarto, espera a que vengan a hacerle los controles de fines de semana. Antes le molestaban los controles de rutina, pero ahora ya ni se da cuenta. Es como comer y vestirse. Le toman el pulso, la fiebre, le tocan las articulaciones para ver si le duele. Pero ese día, la tocan con demasiada presión. De repente siente que le tocan sus partes íntimas; ella se resiste pero la mano no frena. Espera a que alguien golpee la puerta y la ayude pero nadie viene. Escucha unos ruidos y de un momento a otro todo termina. Ángela termina llorando sola en su cama.
No cuenta a nadie. Deja de jugar al ajedrez. Miguel la busca pero ella ya no quiere hablar. Mira por la ventana y llora. Deja de comer también. Cuando María intenta bañarla, grita y la rechaza. No quiero que me toquen, dice. Milena recibe un llamado de la residencia: que su madre está peor, que si sigue así tendrá que buscarle otro establecimiento, que la señora no duerme y le grita a las enfermeras y que ya rompió un par de vasos en arranques violentos. Milena escucha pero no tiene tiempo. Que los hijos, que el trabajo.
Pasan los veinte días, contados religiosamente como siempre por Ángela -algunas cosas nunca cambian-, y Milena vuelve al geriátrico. No esperaba encontrarse con el gesto triste y angustiado de su madre, con el cuerpo tan flaco y las ojeras tan hasta el piso. Cierra la puerta del cuarto y en lugar de los reproches que había pensado en el camino, le pregunta Mamá ¿qué te pasa? ¿qué te pasa? Ángela llora hasta que finalmente le cuenta la verdad.
Quedate tranquila, yo me encargo. Va furiosa por los pasillos, directo a la oficina de administración, aquella en la que se reunió con los coordinadores la primera vez. Abusaron a mi madre, grita, desencajada. Pero detrás de la puerta los directivos dicen cosas como eso es imposible y cálmese señora. Que Ángela se lo debe haber imaginado, que la institución jamás sufrió un problema de este tipo, que no, que se retire por favor y que si no está satisfecha con el servicio, que saque a su madre de allí.
Vuelve a la habitación y llama a Manuel, su abogado. Le explica. Quedan en tomar un café por tribunales. Está decidida a interponer la denuncia ante la justicia. Hacés bien, le repite Manuel. Ojalá, piensa ella. En la segunda ventana, de izquierda a derecha, dos mujeres se abrazan. La calle está vacía.