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Un viaje a través de la imaginación

INicio

Cuentos para dormir.
Cuentos clasicos.
Mitos y Leyendas.
Cuentos de princesa.
`Poemas para niños.
Pinocho
Los tres cerditos
Ricitos de Oro
Las doce princesas bailarinas
El enano saltarìn
El principe rana
La piel del cocodrilo
El rey con orejas de burro
Frida y el juguete
La cenicienta
Blancanieves
Rapunzel
El renacuajo paseador
La mariposa
La Tarara

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Érase una vez una familia de osos que vivían en una linda casita en el bosque. Papá Oso era muy grande, Mamá Osa era de tamaño mediano y Osito era pequeño. Una mañana, Mamá Osa sirvió la más deliciosa avena para el desayuno, pero como estaba demasiado caliente para comer, los tres osos decidieron ir de paseo por el bosque mientras se enfriaba. Al cabo de unos minutos, una niña llamada Ricitos de Oro llegó a la casa de los osos y tocó la puerta. Al no encontrar respuesta, abrió la puerta y entró en la casa sin permiso. En la cocina había una mesa con tres tazas de avena: una grande, una mediana y una pequeña. Ricitos de Oro tenía un gran apetito y la avena se veía deliciosa. Primero, probó la avena de la taza grande, pero la avena estaba muy fría y no le gustó. Luego, probó la avena de la taza mediana, pero la avena estaba muy caliente y tampoco le gustó. Por último, probó la avena de la taza pequeña y esta vez la avena no estaba ni fría ni caliente, ¡estaba perfecta! La avena estaba tan deliciosa que se la comió toda sin dejar ni un poquito. Después de comer el desayuno de los osos, Ricitos de Oro fue a la sala. En la sala había tres sillas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se sentó en la silla grande, pero la silla era muy alta y no le gustó. Luego, se sentó en la silla mediana, pero la silla era muy ancha y tampoco le gustó. Fue entonces que encontró la silla pequeña y se sentó en ella, pero la silla era frágil y se rompió bajo su peso. Buscando un lugar para descansar, Ricitos de Oro subió las escaleras, al final del pasillo había un cuarto con tres camas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se subió a la cama grande, pero estaba demasiado dura y no le gustó. Después, se subió a la cama mediana, pero estaba demasiado blanda y tampoco le gustó. Entonces, se acostó en la cama pequeña, la cama no estaba ni demasiado dura ni demasiado blanda. De hecho, ¡se sentía perfecta! Ricitos de Oro se quedó profundamente dormida. Al poco tiempo, los tres osos regresaron del paseo por el bosque. Papá Oso notó inmediatamente que la puerta se encontraba abierta: —Alguien ha entrado a nuestra casa sin permiso, se sentó en mi silla y probó mi avena —dijo Papá Oso con una gran voz de enfado. —Alguien se ha sentado en mi silla y probó mi avena —dijo Mamá Osa con una voz medio enojada. Entonces, dijo Osito con su pequeña voz: —Alguien se comió toda mi avena y rompió mi silla. Los tres osos subieron la escalera. Al entrar en la habitación, Papá Oso dijo: —¡Alguien se ha acostado en mi cama! Y Mamá Osa exclamó: —¡Alguien se ha acostado en mi cama también! Y Osito dijo: —¡Alguien está durmiendo en mi cama! —y se puso a llorar desconsoladamente. El llanto de Osito despertó a Ricitos de Oro, que muy asustada saltó de la cama y corrió escaleras abajo hasta llegar al bosque para jamás regresar a la casa de los osos.

En un pueblito no muy lejano, vivía una mamá cerdita junto con sus tres cerditos. Todos eran muy felices hasta que un día la mamá cerdita les dijo: —Hijitos, ustedes ya han crecido, es tiempo de que sean cerditos adultos y vivan por sí mismos. Antes de dejarlos ir, les dijo: —En el mundo nada llega fácil, por lo tanto, deben aprender a trabajar para lograr sus sueños. Mamá cerdita se despidió con un besito en la mejilla y los tres cerditos se fueron a vivir en el mundo. El cerdito menor, que era muy, pero muy perezoso, no prestó atención a las palabras de mamá cerdita y decidió construir una casita de paja para terminar temprano y acostarse a descansar. El cerdito del medio, que era medio perezoso, medio prestó atención a las palabras de mamá cerdita y construyó una casita de palos. La casita le quedó chueca porque como era medio perezoso no quiso leer las instrucciones para construirla. La cerdita mayor, que era la más aplicada de todos, prestó mucha atención a las palabras de mamá cerdita y quiso construir una casita de ladrillos. La construcción de su casita le tomaría mucho más tiempo. Pero esto no le importó; su nuevo hogar la albergaría del frío y también del temible lobo feroz... Y hablando del temible lobo feroz, este se encontraba merodeando por el bosque cuando vio al cerdito menor durmiendo tranquilamente a través de su ventana. Al lobo le entró un enorme apetito y pensó que el cerdito sería un muy delicioso bocadillo, así que tocó a la puerta y dijo: —Cerdito, cerdito, déjame entrar. El cerdito menor se despertó asustado y respondió: —¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar. El lobo feroz se enfureció y dijo: Soplaré y resoplaré y tu casa derribaré. El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas y la casita de paja se vino al piso. Afortunadamente, el cerdito menor había escapado hacia la casa del cerdito del medio mientras el lobo seguía soplando. El lobo feroz sintiéndose engañado, se dirigió a la casa del cerdito del medio y al tocar la puerta dijo: —Cerdito, cerdito, déjame entrar. El cerdito del medio respondió: — ¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar. El lobo hambriento se enfureció y dijo: —Soplaré y resoplaré y tu casa derribaré. El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas y la casita de palo se vino abajo. Por suerte, los dos cerditos habían corrido hacia la casa de la cerdita mayor mientras que el lobo feroz seguía soplando y resoplando. Los dos hermanos, casi sin respiración le contaron toda la historia. —Hermanitos, hace mucho frío y ustedes la han pasado muy mal, así que disfrutemos la noche al calor de la fogata —dijo la cerdita mayor y encendió la chimenea. Justo en ese momento, los tres cerditos escucharon que tocaban la puerta. —Cerdita, cerdita, déjame entrar —dijo el lobo feroz. La cerdita respondió: — ¡No, no y no!, nunca te dejaré entrar. El lobo hambriento se enfureció y dijo: —Soplaré y soplaré y tu casa derribaré. El lobo sopló y resopló con todas sus fuerzas, pero la casita de ladrillos resistía sus soplidos y resoplidos. Más enfurecido y hambriento que nunca decidió trepar el techo para meterse por la chimenea. Al bajar la chimenea, el lobo se quemó la cola con la fogata. —¡AY! —gritó el lobo. Y salió corriendo por el bosque para nunca más ser visto. Un día cualquiera, mamá cerdita fue a visitar a sus queridos cerditos y descubrió que todos tres habían construido casitas de ladrillos. Los tres cerditos habían aprendido la lección: “En el mundo nada llega fácil, por lo tanto, debemos trabajar para lograr nuestros sueños”.

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Érase una vez un anciano carpintero llamado Gepeto que era muy feliz haciendo juguetes de madera para los niños de su pueblo. Un día, hizo una marioneta de una madera de pino muy especial y decidió llamarla Pinocho. En la noche, un hada azul llegó al taller del anciano carpintero: —Buen Gepeto —dijo mientras el anciano dormía—, has hecho a los demás tan felices, que mereces que tu deseo de ser padre se haga realidad. Sonriendo, el hada azul tocó la marioneta con su varita mágica: —¡Despierta, pequeña marioneta hecha de pino… despierta! ¡El regalo de la vida es tuyo! Y en un abrir y cerrar de ojos, el hada azul dio vida a Pinocho. —Pinocho, si eres valiente, sincero y desinteresado, algún día serás un niño de verdad —dijo el hada azul—. Luego se volvió hacia un grillo llamado Pepe Grillo, que vivía en la alacena de Gepeto. —Pepe Grillo — dijo el hada azul—, debes ayudar a Pinocho. Serás su conciencia y guardián del conocimiento del bien y del mal. Al día siguiente, Gepeto envió con orgullo a su pequeño niño de madera a la escuela, pero como era tan pobre, tuvo que vender su abrigo para comprar los libros escolares: —Pinocho, Pepe Grillo te mostrará el camino —dijo Gepeto—. Por favor, no te distraigas y llega a la escuela a tiempo. Pinocho salió de casa, pero nunca llegó a la escuela. En cambio, decidió ignorar los consejos de Pepe Grillo y vender los libros para comprar un tiquete para el teatro de marionetas. Cuando Pinocho comenzó a bailar con las marionetas, el titiritero sorprendido con las habilidades del niño de madera, le preguntó si quería unirse a su espectáculo de marionetas.

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Pinocho aceptó alegremente. Sin embargo, las intenciones del malvado titiritero eran muy diferentes; su plan era hacerse rico con la única marioneta con vida en el mundo. De inmediato, encerró a Pinocho y a Pepe Grillo en una jaula. Fue entonces que Pinocho reconoció su error y comenzó a llorar. El hada azul apareció de la nada. Aunque el hada azul conocía las razones por las cuales Pinocho se encontraba atrapado, aun así, le preguntó: —Pinocho, ¿por qué estás en esta jaula? Pero Pinocho no quiso contarle la verdad, entonces algo extraño sucedió. Su nariz comenzó a crecer más y más. Cuanto más hablaba, más crecía. —Cada vez que digas una mentira, tu nariz crecerá — dijo el hada azul. —Por favor, haz que se detenga—dijo Pinocho—, prometo no mentir de nuevo. Al día siguiente, camino a la escuela, Pinocho conoció a un niño: —Ven conmigo al País de los Juguetes. ¡En este lugar todos los días son vacaciones! —dijo el niño con emoción—. Hay juguetes y golosinas y lo mejor de todo, ¡no tienes que ir a la escuela! Olvidando nuevamente los consejos del hada azul y Pepe Grillo, Pinocho salió corriendo con el niño al País de los Juguetes. Al llegar, se divirtió muchísimo jugando y comiendo golosinas. De pronto, las orejas de Pinocho y los otros niños del País de los Juguetes comenzaron a hacerse muy largas. Por no querer ir a la escuela, ¡se estaban convirtiendo en burros! Convertidos en burros, Pinocho y los niños llegaron a un circo. El maestro de ceremonias hizo que Pinocho trabajara para el circo sin descanso. Allí, Pinocho se lastimó la pierna mientras hacía trucos. Enojado, el maestro de ceremonias lo tiró al mar junto con Pepe Grillo. En el agua, el hechizo se rompió y Pinocho volvió a su forma de marioneta, pero una ballena que nadaba cerca abrió su enorme boca y se lo tragó entero. En la oscuridad del estómago de la ballena, Pinocho lloró mientras que Pepe Grillo intentaba consolarlo. Fue en ese momento que vio a Gepeto en su bote: —Hijo mío, te estaba buscando por tierra y mar cuando la ballena me tragó. ¡Estoy tan contento de haberte encontrado! —dijo Gepeto. Los dos se abrazaron encantados. —De ahora en adelante seré bueno y responsable—, prometió Pinocho entre lágrimas. Aprovechando que la ballena dormía, Gepeto, Pinocho y Pepe Grillo prendieron una fogata dentro de ella y saltaron de su enorme boca cuando el fuego la hizo estornudar. Luego, navegaron hasta llegar a casa. Pero Gepeto cayó enfermo, Pinocho lo alimentó y cuidó con mucho esmero y dedicación. —Papá, iré a la escuela y trabajaré mucho para llenarte de orgullo— dijo Pinocho. Cumpliendo su promesa, Pinocho estudió mucho en la escuela. Entonces un día sucedió algo maravilloso. El hada azul apareció y le dijo: —Pinocho, eres valiente, sincero y tienes un corazón bondadoso y desinteresado, mereces convertirte en un niño de verdad. Y fue así como el niño de madera se convirtió en un niño de verdad. Gepeto y Pinocho vivieron felices para siempre.

Érase una vez un rey que tenía doce hijas, ellas eran las más hermosas de todo el reino. Las doce princesas dormían juntas en una enorme habitación con doce camas alineadas. Cada noche, el rey cerraba la puerta de la habitación con dos cerrojos. Sin embargo, al abrir la puerta en la mañana, notaba que los zapatos de las jóvenes estaban rotos como si hubieran bailado toda la noche. El rey, perplejo, les exigió una explicación, pero las princesas permanecieron en silencio. Fue entonces que proclamó a sus súbditos que quien descubriera el misterio de los zapatos rotos, tendría la oportunidad de tomar en matrimonio a una de sus hijas y convertirse en el futuro rey. Pero debía hacerlo en el término de tres días. De lo contrario, sería desterrado del reino. A los pocos días, un príncipe se presentó ante el rey dispuesto a descubrir la verdad. Él fue bien recibido y alojado con toda comodidad en la habitación contigua donde dormían las princesas. Pero el príncipe parecía tener párpados de plomo y se quedó dormido al instante. Por la mañana, se enteró de que las doce hijas del rey habían salido en medio de la noche y que las suelas de los zapatos estaban rotas. Lo mismo sucedió en la segunda y la tercera noche. El príncipe fue desterrado sin compasión alguna. Muchos más después de él corrieron con la misma suerte. En esto, un soldado que regresó de la guerra llegó a las puertas del palacio del rey. Resulta que, mientras viajaba por un bosque tuvo un encuentro con una anciana que le preguntó hacia dónde se dirigía. —Ni yo mismo lo sé —respondió el soldado y en tono de broma añadió—: Quisiera descubrir el misterio de las doce princesas y convertirme en rey. —Eso no es difícil —dijo la anciana—. El secreto está en no tomar nada que te ofrezcan las princesas y fingir que duermes. Luego le dio una capa y le dijo: —Cuando te pongas esto te volverás invisible y podrás seguir a las princesas. El soldado recibió las mismas atenciones que todos los demás. Cuando se dispuso a dormir llegó una princesa a ofrecerle una copa de vino. Él se ató una esponja a la barbilla y dejó caer el líquido en ella. Sin tomar ni una sola gota de vino, fingió dormir profundamente. Las princesas se rieron cuando lo escucharon roncar. Entonces, comenzaron a ponerse sus extraordinarios vestidos. Las jóvenes saltaban de alegría pensando en el baile al que acudirían, a excepción de la más joven, quien les dijo: — No estoy segura. Ustedes están muy felices, ¡pero me temo que algo malo va a pasar! —Eres muy aguafiestas —replicó la mayor—. ¡Siempre tienes miedo! ¿Has olvidado cuántos otros han intentado descubrirnos? Antes de partir, las princesas le dieron unos golpecitos al soldado y él no se movió. La hermana mayor tocó su cama. Inmediatamente se hundió bajo el piso, y todas bajaron por la abertura a través de una escalera, una tras otra, la mayor guiando el camino.

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El soldado vio todo y, sin dudarlo, se puso la capa y siguió a la más joven. A la mitad de la escalera le pisó el vestido. Asustada, la más joven gritó: —¿Quién está ahí? ¿Quién pisó mi vestido? Las otras no hicieron caso a los gritos y siguieron el camino hasta llegar a un magnífico bosque de árboles cuyas hojas de plata brillaban esplendorosamente. El soldado pensó para sí mismo: “Será mejor que tome alguna prueba, ” y rompió una ramita. La más joven escuchó el crujido y volvió a gritar: —Algo no está bien. ¿Escucharon ese sonido? La hermana mayor respondió: —No pasa nada, ese debe ser el saludo alegre de nuestros príncipes. Luego llegaron a un segundo bosque donde los árboles eran de oro, y finalmente a un tercero, en que eran de diamantes claros. El soldado rompió una ramita de cada uno de ellos. Los crujidos asustaron a la más joven, pero la mayor insistió en que solo se trataba de saludos alegres. Las princesas continuaron el camino hasta llegar a un gran cuerpo de agua. En ese lugar se encontraban doce barcos y en cada barco había un apuesto príncipe esperándolas. Cada príncipe invitó a una princesa a abordar su barco. El soldado se subió al barco de la más joven. Notando el cambio de peso, el príncipe dijo: —No sé por qué el bote es mucho más pesado hoy. Tengo que remar con todas mis fuerzas para llegar a nuestro destino. Al cabo de unos minutos, llegaron a un castillo iluminado con música alegre de timbales y trompetas. Cada princesa bailó con un príncipe. El soldado invisible también bailó. La princesa más joven seguía sintiéndose muy incómoda, pero nadie le prestaba atención. A las tres de la madrugada se marcharon cuando los zapatos estaban hechos trizas y no podían seguir bailando. Los príncipes remaron de regreso al bosque. Esta vez, el soldado se sentó junto a la mayor en el primer barco. Las princesas se despidieron de sus príncipes y prometieron volver a la noche siguiente. El soldado subió la escalera antes que las princesas y se fue a su cama. Cuando las doce princesas entraron a la habitación, volvió a roncar tan fuerte que todas pudieron escucharlo. —¡De este nos hallamos seguras! —se dijeron entre sí. Luego se quitaron sus hermosas ropas y las guardaron, colocaron sus zapatos gastados debajo de sus camas y se fueron a dormir. A la mañana siguiente, el soldado no dijo nada; quería volver a participar de las magníficas fiestas. Todo sucedió como la primera vez, las princesas bailaron hasta estropear sus zapatos. Sin embargo, a la tercera noche, el soldado se llevó una copa como prueba. Cuando llegó la hora en que debía rendir cuentas al rey, el soldado trajo las tres ramitas y la copa. Las doce princesas se pararon detrás de la puerta y escucharon lo que él tenía que decir. El rey le preguntó: —¿Dónde han estropeado mis hijas sus zapatos? A lo que el soldado respondió: — Bailando con doce príncipes en un palacio subterráneo. Luego relató toda la historia y presentó las pruebas. El rey convocó a sus hijas y les preguntó si el soldado había dicho la verdad. Al ver que habían sido descubiertas, tuvieron que admitirlo todo. En ese momento, el rey le preguntó al soldado con cuál de sus hijas quería casarse. El soldado respondió: —Yo no soy joven, así que prefiero casarme con la princesa mayor. Su boda se celebró el mismo día, el rey lo nombró heredero del trono. En cuanto a los príncipes, quedaron encantados durante tantos días como noches habían bailado con las princesas.

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En una tierra muy lejana, una princesa disfrutaba de la brisa fresca de la tarde afuera del palacio de su familia. Ella llevaba consigo una pequeña bola dorada que era su posesión más preciada. Mientras jugaba, la arrojó tan alto que perdió vista de ella y la bola rodó hacia un estanque. La princesa comenzó a llorar desconsoladamente. Entonces, una pequeña rana salió del estanque saltando. —¿Qué pasa bella princesa? —preguntó la rana. La princesa se enjugó las lágrimas y dijo: —Mi bola dorada favorita está perdida en el fondo del estanque, y nada me la devolverá. La rana intentó consolar a la princesa, y le aseguró que podía recuperar la bola dorada si ella le concedía un solo favor. —¡Cualquier cosa! ¡Te daré todas mis joyas, puñados de oro y hasta mis vestidos! —exclamó la princesa. La rana le explicó que no tenía necesidad de riquezas, y que a cambio solo pedía que la princesa le permitiera comer de su plato y dormir en su habitación. La idea de compartir el plato y habitación con una rana desagradó muchísimo a la princesa, pero aceptó pensando que la rana jamás encontraría el camino al palacio. La rana se sumergió en el estanque y en un abrir y cerrar de ojos había recuperado la bola. A la mañana siguiente, la princesa encontró a la rana esperándola en la puerta del palacio. —He venido a reclamar lo prometido —dijo la rana. Al escuchar esto, la princesa corrió hacia su padre, llorando. Cuando el amable rey se enteró de la promesa, dijo: —Una promesa es una promesa. Ahora, debes dejar que la rana se quede aquí. La princesa estaba muy enojada, pero no tuvo otra opción que dejar quedar a la rana. Fue así como la rana comió de su plato y durmió en su almohada. Al final de la tercera noche, la princesa cansada de la presencia del huésped indeseable, se levantó de la cama y tiró la rana al piso. Entonces la rana le propuso un trato: —Si me das un beso, desapareceré para siempre —dijo la rana. La princesa muy asqueada plantó un beso en la frente huesuda de la rana y exclamó: —He cumplido con mi parte, ahora márchate inmediatamente. De repente, una nube de humo blanco inundó la habitación. Para sorpresa de la princesa, la rana era realmente un apuesto príncipe atrapado por la maldición de una bruja malvada. Su beso lo había liberado de una vida de soledad y tristeza. La princesa y el príncipe se hicieron amigos al instante, después de unos años se casaron y vivieron felices para siempre.

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El enano apareció de nuevo para ofrecer su ayuda. Sin más joyas que llevarse, le dijo a la joven que debía entregarle su primer hijo. Ella aceptó a regañadientes, y una vez más el extraño enano convirtió la paja en oro. El rey pronto se casó con la hija del carpintero, y tuvieron un hermoso bebé. La ahora reina había olvidado el incidente con la paja, el oro y el enano. Grande fue su sorpresa cuando una noche apareció el enano saltarín reclamando su recompensa. —Llévate lo que quieras, pero por favor, ¡no a mi hijo! — exclamó desesperada. La criatura lo pensó. —Si puedes adivinar mi nombre, desapareceré para siempre. ¡Te daré una semana! —dijo el enano. Pero la joven ideó un plan y envió a varios mensajeros a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un enano al que había visto saltar frente a la puerta de una pequeña cabaña cantando: En la tarde amaso el pan, en la noche lo hornearé. Mañana, con el hijo de la reina me quedaré. El pequeño igual que yo se llamará, su nombre será: ¡RUMPELSTILTSKIN! Cuando regresó el enano, y preguntó su propio nombre a la reina, esta le contestó: —¡Te llamas Rumpelstiltskin! Y el enano saltarín desapareció para siempre.

Había una vez un viejo carpintero que quería impresionar al rey. Al no poseer una fortuna, le dijo al rey que su hija hilaba tan bien que podía convertir paja en oro. Después de escuchar esto, el rey convocó a la joven al palacio y la encerró en una habitación llena de paja. —Aquí tienes una rueca y un carrete. Convierte esta paja en oro o te quedarás en esta habitación para siempre —dijo. La hija del carpintero no sabía qué hacer. Convertir paja en oro no era una de sus habilidades. Mientras lloraba, apareció un enano estrafalario y le preguntó qué sucedía. —Si no convierto esta paja en oro, estaré encerrada aquí para siempre —respondió la joven entre lágrimas. El enano le ofreció convertir la paja en oro a cambio de su collar. La joven le entregó el collar y la criatura convirtió la paja en hilos de oro. Al día siguiente, el rey se alegró al encontrar la habitación llena de oro. Entonces, llevó a la hija del carpintero a una habitación más grande y llena de más paja. —Convierte toda esta paja en oro o te encerraré aquí para siempre —ordenó el rey. Justo cuando la joven estaba perdiendo la esperanza, el enano saltarín apareció de nuevo. —¿Qué me das si convierto la paja en oro? —preguntó al hacerse visible. —Sólo tengo este anillo —dijo la joven tendiéndole el anillo. —Empecemos pues —respondió el enano. Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, llevó a la joven a una habitación aún más grande. Sin embargo, le prometió a la hija del carpintero que se casaría con ella si lograba convertir la paja en oro una última vez.

Hace mucho tiempo, los gigantes vivían entre las montañas solitarias de Alsacia. En la cima de la montaña más alta, había un castillo llamado Burg Niedeck y era ahí donde el más poderoso de los gigantes vivía con su esposa y su hija llamada Frida. Frida, que era tan alta como el campanario de una iglesia recorría las montañas con toda libertad, pero sabía que nunca debía acercase al valle donde vivían las personas pequeñas. Estas personas eran campesinos que labraban la tierra y plantaban maíz, trigo y cebada. También podaban sus viñas y cavaban zanjas, cosas que los gigantes no podían hacer. Por esta razón, los gigantes tomaban parte de lo que las pequeñas personas cosechaban. Y lo hacían a escondidas, sin dejar rastro, pues según el hechizo, el día en que un campesino llegara hasta Burg Niedeck sería el fin de todos los gigantes. Sin embargo, Burg Niedeck era muy difícil de alcanzar y a ningún campesino se le había ocurrido llegar hasta allá. Un día, Frida jugaba en las afueras del castillo bajo el calor abrasador del sol. Pero el valle verde se veía tan fresco y sombreado, que la niña no pudo resistirse y decidió bajar por la ladera de la montaña hasta llegar al valle prohibido. Al cabo de un corto tiempo, se encontró con un campesino arando la tierra. Con un grito de alegría, Frida se arrodilló. —¡Qué juguete tan pequeño y encantador! —dijo—. Me lo llevaré a casa para jugar.

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Extendiendo su pañuelo en el suelo, levantó cuidadosamente al pobre campesino y lo puso en el centro. Luego, tomó el pañuelo por las cuatro esquinas y subió por la ladera de la montaña saltando y corriendo alegremente. Sus pisadas eran tan fuertes como la llegada de un terremoto. En la puerta del palacio encontró a su padre. —Hola, pequeña —dijo el gigante—. ¿Qué traes en ese pañuelo? —¡Mira! — respondió Frida—. He encontrado un juguete maravilloso. El gigante frunció el ceño, y sacudió la cabeza. —¿Qué has hecho? —dijo enojado—. Este no es un juguete. ¿Acaso no sabes que el día en que un campesino llegara hasta Burg Niedeck sería el fin de todos los gigantes? Llévalo al valle de inmediato, quizás no se rompa el hechizo. Frida tomó nuevamente al campesino y lo llevó al campo, pero era demasiado tarde. Esa misma noche todos los gigantes desaparecieron. En la mañana, Burg Niedeck quedó en ruinas. Y hasta el día de hoy, no se sabe de la existencia de los gigantes.

Hace muchos, muchos siglos, el rey Midas fue elegido para juzgar una competencia musical. Pero esta no era cualquier competencia, pues los contendientes eran Apolo, dios de la música y Pan, un semidiós. El orgulloso Pan, presumía de ser mejor músico que el mismo dios de la música. Apolo, por supuesto, no estuvo de acuerdo. Entonces, decidieron organizar un concurso para resolver la disputa de una vez por todas y a cada uno de ellos se le permitió elegir a una persona para servir como juez. Apolo eligió a Tmolo, un dios menor de las montañas. Y Pan, siendo muy amigo de Midas, eligió al rey mortal. Apolo entonó una hermosa canción con su lira, un instrumento de cuerda parecido al arpa, mientras que Pan tocó la siringa, un instrumento de viento similar a la flauta. Tmolo votó por Apolo, quien había demostrado una clara superioridad. Pero Midas, porque era su amigo y no quería decepcionarlo, votó por Pan. Apolo estaba furioso: —¿Cómo se atreve este mortal a decir que un semidiós le ganó al dios de la música en su propio arte?, Midas, no tienes gusto —exclamó Apolo—. ¡Debes tener orejas de burro si crees que Pan es mejor que yo! Y Apolo convirtió las orejas de Midas en las largas y peludas orejas de un burro. El rey Midas estaba terriblemente avergonzado. ¿Cómo podría aparecer ante su gente con esas enormes orejas de burro? ¿Qué dirían los reyes de otras tierras cuando lo descubrieran? Nadie lo tomaría en serio otra vez. Llegada la noche, logró regresar al palacio sin que nadie lo viera. De ahí en adelante fue visto llevando un turbante grande y pesado todo el tiempo. Sus súbditos y los reyes de otras tierras a menudo comentaban: —¿De dónde sacó el Rey Midas ese extraño turbante y por qué insiste en usarlo todo el tiempo?

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Durante un año, el Rey Midas pudo mantener su secreto hasta que se llegó el día de necesitar un corte de cabello. El barbero vio las orejas del rey y prometió guardar el secreto. Pero el peso de ese secreto se le hacía insoportable, Desesperado, salió a las orillas del río y cavó un agujero en la tierra. Luego, gritó su secreto en el agujero: “El rey Midas tiene orejas de burro”. Sintiéndose mucho mejor, el barbero tapó el agujero y regresó a casa. Pero a la siguiente primavera, crecieron juncos en el lugar donde el barbero había enterrado el vergonzoso secreto. Cuando soplaba el viento, los juncos susurraban a los cuatro vientos las palabras del barbero. Grande fue la sorpresa del rey Midas cuando se enteró de que los juncos habían esparcido su secreto por todo el reino: “¡El rey Midas tiene orejas de burro! ¡El rey Midas tiene orejas de burro! ...”

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Cuenta la leyenda africana que, antes de que el hombre habitara la Tierra, el cocodrilo tenía una piel suave, lisa y dorada que resplandecía con los rayos del sol y a la luz de la luna. El cocodrilo se pasaba todo el día sumergido en las aguas fangosas protegiendo su piel del sol y solo salía de noche. Los otros animales del pantano comenzaron a notar la belleza de la piel del cocodrilo y llegaban en manada para admirarlo. El cocodrilo se sintió muy orgulloso de su piel y comenzó a salir durante el día para deleitarse con la admiración de los otros animales. Cada día, pasaba más y más tiempo fuera de las aguas fangosas, exponiendo su piel a los abrasadores rayos del sol africano. —Soy muy hermoso, ¿no les parece? —les preguntaba a sus admiradores. —¡Claro que sí! —respondían todos deslumbrados. Pronto, los animales se cansaron de la actitud presumida del cocodrilo y dejaron de visitarlo. El cocodrilo, con la esperanza de recuperar la atención perdida, pasó todo el día, todos los días, bajo el sol. Su piel se tornó gris, abultada y escamosa. El cocodrilo nunca se recuperó de la vergüenza e incluso hoy desaparecerá de la vista ante la presencia de otros, dejando solo sus ojos y sus fosas nasales sobre la superficie del agua.

Cuando ya había oscurecido, regresaron los dueños de la cabaña. Eran siete enanos que cavaban y extraían oro y piedras preciosas en las montañas. Ellos encendieron sus siete linternas, y observaron que alguien había estado en la cabaña, pues las cosas no se encontraban en el mismo lugar. El primero dijo: —¿Quién se ha sentado en mi silla? El segundo dijo: —¿Quién comió de mi plato? El tercero dijo: —¿Quién mordió parte de mi pan? El cuarto dijo: —¿Quién tomó parte de mis vegetales? El quinto dijo: —¿Quién usó mi tenedor? El sexto dijo: —¿Quién usó mi cuchillo? El séptimo dijo: —¿Quién bebió de mi jarra? Entonces el primero observó una arruga en su cama y dijo: —Alguien se ha metido en mi cama. Y los demás fueron a revisar sus camas, diciendo: —Alguien ha estado en nuestras camas también. Pero cuando el séptimo miró su cama, encontró a Blancanieves durmiendo plácidamente y llamó a los demás: —¡Oh, cielos! —susurraron—. Qué encantadora muchacha Cuando llegó el amanecer, Blancanieves se despertó muy asustada al ver a los siete enanos parados frente a ella. Pero los enanos eran muy amistosos y le preguntaron su nombre. —Mi nombre es Blancanieves —respondió—, y les contó todo acerca de su malvada madrastra. Los enanos dijeron: —Si puedes limpiar nuestra casa, cocinar, tender las camas, lavar, coser y tejer, puedes quedarte todo el tiempo que quieras—. Blancanieves aceptó feliz y se quedó con ellos. Pasó el tiempo y un día, la reina decidió consultar a su espejo y descubrió que la princesa vivía en el bosque. Furiosa, envenenó una manzana y tomó la apariencia de una anciana. — Un bocado de esta manzana hará que Blancanieves duerma para siempre — dijo la malvada reina. Al día siguiente, los enanos se marcharon a trabajar y Blancanieves se quedó sola. Poco después, la reina disfrazada de anciana se acercó a la ventana de la cocina. La princesa le ofreció un vaso de agua. —Eres muy bondadosa —dijo la anciana—. Toma esta manzana como gesto de agradecimiento. En el momento en que Blancanieves mordió la manzana, cayó desplomada. Los enanos, alertados por los animales del bosque, llegaron a la cabaña mientras la reina huía. Con gran tristeza, colocaron a Blancanieves en una urna de cristal. Todos tenían la esperanza de que la hermosa joven despertase un día. Y el día llegó cuando un apuesto príncipe que cruzaba el bosque en su caballo, vio a la hermosa joven en la urna de cristal y maravillado por su belleza, le dio un beso en la mejilla, la joven despertó al haberse roto el hechizo. Blancanieves y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre

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Érase una vez una joven y bella princesa llamada Blancanieves que vivía en un reino muy lejano con su padre y madrastra. Su madrastra, la reina, era también muy hermosa, pero arrogante y orgullosa. Se pasaba todo el día contemplándose frente al espejo. El espejo era mágico y cuando se paraba frente a él, le preguntaba: —Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? Entonces el espejo respondía: — Tú eres la más hermosa de todas las mujeres. La reina quedaba satisfecha, pues sabía que su espejo siempre decía la verdad. Sin embargo, con el pasar de los años, la belleza y bondad de Blancanieves se hacían más evidentes. Por todas sus buenas cualidades, superaba mucho la belleza física de la reina. Y llegó al fin un día en que la reina preguntó de nuevo: —Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa del reino? El espejo contestó: —Blancanieves, a quien su bondad la hace ser aún más bella que tú. La reina se llenó de ira y ordenó la presencia del cazador y le dijo: —Llévate a la joven princesa al bosque y asegúrate de que las bestias salvajes se encarguen de ella. Con engaños, el cazador llevó a Blancanieves al bosque, pero cuando estaba a punto de cumplir las órdenes de la reina, se apiadó de la bella joven y dijo: —Corre, vete lejos, pobre muchacha. Busca un lugar seguro donde vivir. Encontrándose sola en el gran bosque, Blancanieves corrió tan lejos como pudo hasta la llegada del anochecer. Entonces divisó una pequeña cabaña y entró en ella para dormir. Todo lo que había en la cabaña era pequeño. Había una mesa con un mantel blanco y siete platos pequeños, y con cada plato una cucharita. También, había siete pequeños cuchillos y tenedores, y siete jarritas llenas de agua. Contra la pared se hallaban siete pequeñas camas, una junto a la otra, cubiertas con colchas tan blancas como la nieve. Blancanieves estaba tan hambrienta y sedienta que comió un poquito de vegetales y pan de cada platito y bebió una gota de cada jarrita. Luego, quiso acostarse en una de las camas, pero ninguna era de su medida, hasta que finalmente pudo acomodarse en la séptima.

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Cenicienta agradeció nuevamente al hada madrina y muy feliz se dirigió al palacio. Cuando entró, los asistentes, incluyendo sus hermanastras, no podían parar de preguntarse quién podría ser esa hermosa princesa. El príncipe, tan intrigado como los demás, la invitó a bailar. Después de bailar toda la noche, descubrió que Cenicienta no sólo era la joven más hermosa del reino, sino también la más amable y sincera que él jamás había conocido. De repente, las campanadas del reloj se hicieron escuchar, era la medianoche. Cenicienta se estaba divirtiendo tanto que casi olvida las palabras del hada madrina. —¡Oh, no!, debo irme— le dijo al príncipe mientras corría fuera del salón de baile. Ella salió tan de prisa que perdió una de sus zapatillas de cristal en la escalinata. Decidido a encontrar a la hermosa joven, el príncipe tomó la zapatilla y visitó todas las casas del reino. Cuando el príncipe llegó a casa de Cenicienta, sus dos hermanas y hasta la madrastra intentaron sin suerte probarse el zapato de cristal. Él se encontraba a punto de marcharse cuando escuchó una voz: —¿Puedo probarme la zapatilla? —dijo Cenicienta. La joven se probó la zapatilla y le quedó perfecta. El príncipe sabía que esta era la hermosa joven que estaba buscando. Fue así como Cenicienta y el príncipe se casaron y vivieron felices para siempre.

Érase una vez una hermosa joven que vivía con su madrastra y dos hermanastras que la obligaban a hacer todo el trabajo de la casa. La pobre joven tenía que cocinar, limpiar y también lavarles la ropa. Cansada de trabajar, la joven se quedó dormida cerca a la chimenea y cuando se levantó con la cara sucia por las cenizas, sus hermanastras se rieron sin parar y desde entonces comenzaron a llamarla Cenicienta. Un día llegó a la casa una invitación del rey a un baile para celebrar el cumpleaños del príncipe. Todas las jóvenes del reino fueron invitadas y Cenicienta estaba muy feliz. Sin embargo, cuando llegó el día de la fiesta, su madrastra y hermanastras le dijeron: —Cenicienta, tú no irás, te quedarás en casa limpiando y preparando la cena para cuando regresemos. Las tres mujeres salieron hacia el palacio, burlándose de Cenicienta. Cenicienta corrió al jardín y se sentó en un banco a llorar. Ella deseaba con todo su corazón poder ir al baile. De repente, apareció su hada madrina y le dijo: —No llores Cenicienta, tú has sido muy buena y mereces ir al baile. Agitando su varita mágica, el hada madrina transformó una calabaza en un coche, tres ratones de campo en hermosos caballos, y a un perro viejo en un cochero. ¡Cenicienta no podía creer lo que veía! — ¡Muchas gracias! —exclamó Cenicienta. —Espera, no he terminado todavía —respondió el hada madrina con una sonrisa. Con el último movimiento de su varita mágica, transformó a Cenicienta. Le dio un vestido y un par de zapatillas de cristal, y le dijo: —Ahora podrás ir al baile, sólo recuerda que debes regresar antes de la medianoche ya que a esa hora se terminará la magia.

—¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer! La niña dejaba caer por la ventana su larga trenza dorada y la bruja subía la torre. Muchos años después, el hijo del rey estaba cabalgando por el bosque. Al acercarse a la torre, escuchó una canción tan hermosa que lo hizo detenerse. Era Rapunzel, que estaba pasando el tiempo cantando con su dulce y hermosa voz. El príncipe quiso alcanzarla, y buscó una puerta en la torre, pero no encontró alguna. Entonces, cabalgó al palacio. Sin embargo, la canción le había llegado tan profundo al corazón, que siguió regresando al bosque todos los días para escucharla. Un día, mientras estaba escondido detrás de un árbol, vio a la bruja acercarse y la escuchó decir: —¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer! Sabiendo cómo subir la torre, el príncipe regresó en la noche y gritó: —¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer! Rapunzel dejó caer su trenza pensando que era la malvada bruja y el príncipe subió. Al principio Rapunzel se asustó, pero el príncipe le explicó que la había escuchado cantar y que su hermosa voz le había robado el corazón. Rapunzel perdió el miedo y cuando él le preguntó si lo tomaría como esposo, ella aceptó feliz. Los dos pensaron que la mejor manera para que Rapunzel escapara de la torre, sería que el príncipe le trajera un hilo de seda todos los días y que ella lo tejiera en una escalera para luego descenderla. Pero un día, mientras Rapunzel estaba tejiendo la escalera, la bruja vino a visitarla y gritó: —¡Rapunzel, Rapunzel, deja tu trenza caer! Cuando la bruja malvada entró en la habitación de Rapunzel, vio la escalera y se enojó muchísimo: —¡Me has traicionado! —dijo furiosa. Sin decir más, la malvada bruja tomó un par de tijeras y cortó el hermoso cabello de Rapunzel. Al día siguiente, cuando el Príncipe llegó con más hilo de seda, la bruja lo engañó arrojándole la trenza por la ventana para que él subiera. Al entrar a la torre, no vio a su querida Rapunzel sino a la bruja. —Nunca volverás a ver a tu Rapunzel— dijo la bruja en medio de carcajadas. El príncipe estaba tan desesperado por encontrar a Rapunzel que, sin pensarlo, saltó de la torre y cayó sobre unas espinas que lo dejaron ciego. Durante muchos años, vagó por el bosque hasta que tropezó con un hermoso lago. Allí escuchó un canto que reconoció al instante… ¡era la voz de su queria Rapunzel! Cuando Rapunzel vio al príncipe, se abalanzó sobre él llorando. Sus lágrimas se posaron sobre los ojos del príncipe y pudo él volver a ver. Rapunzel y el príncipe se casaron y fueron felices para siempre.

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Había una vez una pareja que por mucho tiempo deseaba tener un bebé, hasta que por fin ese deseo se hizo realidad. A través de la ventana trasera de la pequeña casa donde vivían, podían ver un espléndido jardín que estaba lleno de las más bellas plantas y las más suculentas frutas y vegetales. El jardín estaba rodeado por un alto muro, y nadie se atrevía a entrar a él, porque pertenecía a una bruja muy malvada. Un día, la mujer se asomó a la ventana y vio en el jardín un huerto de espinacas frescas y verdes. Tanto era su anhelo de probarlas que se enfermó gravemente. El hombre, muy preocupado por la salud de su esposa, decidió tomar el riesgo de entrar al jardín de la bruja. De manera que, en la noche trepó el alto muro que separaba el jardín, rápidamente desenterró un puñado de espinacas y se lo llevó a su mujer. Ella inmediatamente preparó una ensalada, la cual se deleitó en comer. Las espinacas eran tan deliciosas, que al día siguiente su deseo se hizo aún más grande. Nuevamente, el hombre quiso complacerla y se dispuso a trepar el muro. Pero tan pronto había desenterrado el puñado de espinacas, para su horror, vio a la bruja parada frente a él: —¿Cómo puedes atreverte a entrar a mi jardín y como un ladrón llevarte mis espinacas? Te juro que pagarás por esto —dijo la bruja con un tono muy amenazante. —Le ofrezco mis disculpas —respondió el hombre con voz temblorosa—, hice esto por necesidad. Mi esposa está embarazada y al ver sus espinacas sintió un anhelo que se apoderó de ella, desde ese entonces ha estado muy enferma. La ira de la bruja disminuyó un poco, y dijo: —Si las cosas son como dices, te permitiré tomar todas las espinacas que quieras, estas salvarán la vida de tu esposa, pero bajo una condición: me tienes que dar el hijo que tu esposa va a tener. Yo seré su madre, conmigo será feliz y nunca le faltará nada. El pobre hombre estaba tan aterrorizado que no tuvo más remedio que aceptar. Tan pronto la esposa dio a luz, la bruja se llevó a la niña y la llamó Rapunzel. Rapunzel se convirtió en la niña más hermosa bajo el sol. Cuando tenía doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un espeso bosque. La torre no tenía escaleras ni puertas, solo una pequeña ventana en lo alto. Cada vez que la bruja quería subir a la torre, se paraba bajo la ventana y gritaba:v

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La Tarara, sí; la tarara, no; la Tarara, niña, que la he visto yo.   Lleva la Tarara un vestido verde lleno de volantes y de cascabeles.

La Tarara, sí; la tarara, no; la Tarara, niña, que la he visto yo.

Luce mi Tarara su cola de seda sobre las retamas y la hierbabuena.   Ay, Tarara loca. Mueve, la cintura para los muchachos de las aceitunas.

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¿Está usted en casa? —Sí señor, sí estoy, y celebro mucho ver a ustedes hoy; estaba en mi oficio, hilando algodón, pero eso no importa; bienvenidos son. Se hicieron la venia, se dieron la mano, y dice Ratico, que es más veterano: — Mi amigo el de verde rabia de calor, démele cereza, hágame el favor. Y en tanto que el pillo consume la jarra mandó la señora traer la guitarra y a renacuajo le pide que cante versitos alegres, tonada elegante. —¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora, pero es imposible darle gusto ahora, que tengo el gaznate más seco que estopa y me aprieta mucho esta nueva ropa. —Lo siento infinito —responde tía Rata—, aflójese un poco chaleco y corbata, y yo mientras tanto les voy a cantar una cancioncita muy particular.

El hijo de Rana, Rinrín renacuajo, salió esta mañana muy tieso y muy majo con pantalón corto, corbata a la moda, sombrero encintado y chupa de boda. —¡Muchacho, no salgas! —le grita mamá pero él hace un gesto y orondo se va. Halló en el camino, a un ratón vecino y le dijo: —¡Amigo!— venga usted conmigo. Visitemos juntos a doña Ratona y habrá francachela y habrá comilona. A poco llegaron, y avanza Ratón, Estírase el cuello, coge el aldabón, da dos o tres golpes, preguntan ¿quién es? —Yo doña ratona, beso a usted los pies.

Mas estando en esta brillante función de baile, guitarra y canción, la gata y sus gatos salvan el umbral, y vuélvese aquello el juicio final Doña gata vieja trinchó por la oreja al niño Ratico maullándole: “¡Hola!” Y los niños Gatos a la Rata vieja uno por la pata y otro por la cola. Don Renacuajito mirando este asalto tomó su sombrero, dio un tremendo salto. Y abriendo la puerta con mano y narices, se fue dando a todos noches muy felices. Y siguió saltando tan alto y aprisa que perdió el sombrero, rasgó la camisa, se coló en la boca de un pato tragón y este se lo embucha de un solo estirón. Y así concluyeron, uno, dos y tres Ratón y Ratona, y el Rana después. Los gatos comieron y el pato cenó, ¡y mamá Ranita solita quedó!

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Mariposa del aire, qué hermosa eres, mariposa del aire dorada y verde.   Luz de candil, mariposa del aire, ¡quédate ahí, ahí, ahí!   No te quieres parar, pararte no quieres… Mariposa del aire, dorada y verde.   Luz de candil… Mariposa del aire, ¡quédate ahí, ahí, ahí! ¡Quédate ahí! Mariposa, ¿estás ahí?