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Libro de lectura adaptado: Narnia

Irati Muruaga

Created on March 29, 2022

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El sobrino del magoC. S. Lewis

ÍNDICE:

Día 1: La puerta equivocada

Día 2: Digory y su tío

Día 3: El Bosque entre los Mundos

Día 4: La campana y el martillo

Día 5: La Palabra Deplorable

Día 6: El principio de los problemas del tío Andrew

Día 7: Lo que sucedió ante la puerta principal

Día 8: La pelea junto al farol

Esta historia sucedió cuando tu abuelo era un niño. Cuenta cómo empezaron las historias entre nuestro mundo y Narnia. En esa época vivía en Londres una niña que se llamaba Polly. Su casa estaba pegada con muchas otras y formaban una larga fila. Una mañana, un niño asomó la cabeza al jardín de Polly y esta se sorprendió mucho. Nunca había habido niños en la casa de al lado. Solo vivían el señor y la señora Ketterley. Por eso, la niña lo miró con mucha curiosidad.

CAPÍTULO 1La puerta equivocada

El niño tenia la cara muy sucia. Parecía que había llorado y se había secado la cara con las manos llenas de barro. A decir verdad, eso era casi exactamente lo que había pasado. - Hola -saludó Polly. - Hola. ¿Cómo te llamas? -respondió él-. - Polly. ¿Y tú? -dijo ella-. - Digory.

- Vaya, ¡qué nombre más gracioso! -comentó Polly. - No es ni la mitad de gracioso que Polly -replicó él. - Sí, sí que lo es -dijo Polly. -No, no lo es -protestó Digory. -Por lo menos yo me lavo la cara -dijo Polly-, Que es lo que deberías hacer, después de...

-Y allí se detuvo. Quiso decir «después de lloriquear», pero eso no era muy educado. -Pues sí que lo he hecho, ¿y qué? -contestó-. Tú también llorarías si hubieras vivido en un sitio totalmente diferente. Un sitio que te gustaba mucho mas y de repente te hubieran traído a vivir a un agujero repugnante como éste.

-Londres no es un agujero -dijo Polly muy indignada.

intentando contener las lágrimas. - No lo sabía. Lo siento -se disculpó Polly. Como no sabía que decir y quería distraer a Digory, preguntó: - ¿De verdad está loco el señor Ketterley? - Bueno, o está loco o algo raro pasa -dijo Digory-. Tiene un estudio al que la tía Letty no me deja subir. Eso es muy sospechoso.

Pero el niño estaba demasiado nervioso y siguió hablando: -Y si tu padre estuviera en la India. Y hubieras venido a vivir con tus tíos locos. Dime tú a quién le gustaría. Y si el motivo fuera que tienen que cuidar de tu madre... y tu madre estuviera enferma y se fuera a… se fuera a... morir. En aquel momento su rostro cambió,

un grito. - Igual tiene a una esposa loca encerrada ahí arriba. - Sí, ya lo he pensado. - O quizá es falsificador de billetes. - O tal vez de joven fuera pirata y ahora tuviera que esconderse de sus antiguos camaradas.

Además, siempre intenta decirme algo a la hora de comer. Pero mi tía siempre le manda callar. Le dice: «No molestes al niño, Andrew», o «¿Qué te parece, Digory? ¿No te gustaría salir a jugar?». - ¿Qué intenta decirte? - preguntó Polly. - No lo sé. Nunca llega a decirme nada. Y todavía hay más. Ayer por la noche cuando iba a mi habitación, pasé por su estudio. Y escuche

Ese verano llovió mucho. Asique, como ninguno iba a la playa, se vieron casi todos los días. Tuvieron que realizar «exploraciones caseras». Y, así, comenzaron sus aventuras. Es maravilloso lo que se puede explorar en una hilera de casas. Hace tiempo Polly descubrió que, abriendo una puerta de su desván, llegaba a un lugar oscuro. Trepando llegaba a túnel largo. Tenía una pared de ladrillos a un lado y un tejado inclinado al otro.

- ¡Qué emoción! -exclamó Polly-. ¡Qué casa tan interesante! -Igual es interesante para ti. Pero no te gustaría tener que dormir allí. ¿Te gustaría escuchar al tío Andrew acercarse a tu habitación cuando intentas dormir? Y tiene unos ojos horribles. Así se conocieron Polly y Digory. Las vacaciones de verano acababan de empezar.

túnel? Quiero decir, ¿acaba dónde termina tu casa? -No -respondió Polly-, sigue adelante. No sé hasta dónde. -Entonces podríamos ir de un extremo a otro de toda la hilera de casas. - ¡Pues claro! -asintió ella-. Y ¡espera! ¿Qué?

El túnel no tenía suelo: había que pisar de viga en viga. Sino te precipitabas a la habitación de debajo. En el trozo de túnel Polly creó la Cueva del Contrabandista. Había subido diferentes objetos para crear un pedazo de suelo. A Digory le gustaba bastante la cueva. Aunque él quería explorar más allá de allí. Oye -le dijo un día-, ¿hasta dónde llega este

vacía desde que llegamos aquí. - En ese caso, supongo que deberíamos echarle un vistazo -dijo Digory. Estaba muy entusiasmado. Pensaba en todas las razones para que la casa estuviese tanto tiempo vacía. Lo mismo le sucedía a Polly. Ninguno de los dos mencionó la palabra «encantada». Ambos pensaron que no podían echarse atrás. - ¿Lo intentamos ahora? -preguntó Digory.

-Podríamos «entrar» en las otras casas. - Sí, ¡y nos encerrarían por ladrones! No, gracias. - No te pases de listo. La casa situada al otro lado de la tuya… - ¿Qué le pasa? -Pues que está vacía. Papá dice que ha estado

cuánto medía una habitación. Luego sumaron más pasos por el pasillo y la habitación de la criada. Esto les dio la longitud de la casa. Al contar dos veces esa distancia habrían llegado al final de la casa de Digory. Cualquier puerta que encontraran después los llevaría a la casa vacía. - Pero no creo que esté vacía del todo -declaró Digory. - Ah, ¿no?

- De acuerdo. - No tienes por qué hacerlo si no quieres -indicó él. - Si tú te atreves, yo también -respondió ella.- ¿Cómo sabremos que estamos en la casa que queremos? Salieron al desván y contaron los pasos que tenia de largo. Eso les daría una idea de

explicaciones aburridas -respondió su compañero. Ahora que hablaban a la luz del día, parecía mucho menos probable que la casa vacía estuviera encantada. Una vez medido el desván, tuvieron que hacer una suma de los pasos. Al principio a los dos les dieron resultados diferentes. Pero después consiguieron el mismo. No estaban muy seguros de que los resultados fueran correctos, pero comenzaron su camino.

- Creo que alguien vive allí en secreto. Alguien que entra y sale sólo por la noche. Probablemente descubriremos a una banda de criminales peligrosos y obtendremos una recompensa. No tiene sentido que una casa esté vacía tantos años si no es que oculta algo. - Papá pensaba que la culpa era de los desagües -comentó la niña. - ¡Bah! A los adultos siempre se les ocurren

No había ni cerrojo ni picaporte en aquel lado. La puerta se hizo para entrar en el túnel, no para salir. Encontraron un pestillo que estaban convencidos de poder abrir.

- No debemos hacer ruido -dijo Polly mientras trepaba por detrás del depósito. Cada uno de ellos cogió una vela. El lugar estaba muy oscuro y polvoriento. Avanzaron de viga en viga sin decir una palabra. Por suerte, ninguno tropezó, ni se apagaron las velas. Por fin llegaron al lugar donde se había una puertecita.

descubrieron que no era un des van vacío. Era una habitación amueblada. Era muy espaciosa, y reinaba un silencio sepulcral. A Polly la pudo la curiosidad y entró en la habitación, tan sigilosa como un ratón. La habitación estaba amueblada como una sala de estar. Todas las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros. Ardía un buen fuego en la chimenea. De espaldas a ellos había un sillón de respaldo alto.

- ¿Lo hago? -preguntó Digory. - Si tú te atreves, yo también -contestó Polly. Los dos se daban cuenta de que aquello iba cada vez más en serio. Pero ninguno quería retroceder. Digory abrió el pestillo con cierta dificultad. La puerta se abrió de par en par. La repentina luz del día los hizo parpadear. Entonces, con un gran sobresalto,

brillantes. Si Polly hubiera sido más pequeña habría corrido a meterse uno en la boca. La habitación estaba tan silenciosa que advirtieron un débil zumbido. Si las aspiradoras ya se hubieran inventado, habría pensado que era el sonido de una aspirando muy lejos. No obstante, era un sonido más agradable. Aunque tan débil que apenas se oía. -Todo va bien... aquí no hay nadie -dijo Polly a su compañero. Su voz sonó poco más alta que un susurro, y tras ella entró Digory.

Entre el sillón y Polly había una mesa enorme llena cosas: libros, cuadernos en blanco, frascos de tinta... Sin embargo, la niña se fijó en una bandeja de madera. Era de color rojo brillante y contenía unos anillos. Estaban puestos de dos en dos: uno amarillo y uno verde, después un espacio, y luego otro amarillo y otro verde. Los anillos resplandecían tanto que era imposible no verlos. Eran muy hermosos y

Esa no era la casa desierta. ¡Estaban en el estudio prohibido! Los dos niños lanzaron un «¡Oh-oh!». Comprendieron su terrible error. Se dieron cuenta de que deberían haber sabido que no habían andado lo suficiente. El tío Andrew era alto y muy delgado. Tenía un rostro peludo y ojos sumamente brillantes. Digory se quedó sin habla. Su tío le parecía mil veces más inquietante de lo normal. Polly todavía no estaba tan asustada; pero no tardó en estarlo.

-Esto no vale -declaró-. ¡La casa no está vacía! Será mejor que nos vayamos antes de que venga alguien.- ¿Qué crees que son? -inquirió Polly, señalando los anillos de colores.- Está bien, vámonos -dijo Digory-. Cuanto antes... Antes de terminar lo que iba a decir el sillón se giró. De él se levantó- igual que un demonio- el tío Andrew.

A Polly le dio un vuelco el corazón. Los niños retrocedieron hacia la puerta. El tío Andrew fue demasiado rápido para ellos. Pasó por detrás de ambos, cerró la puerta y se quedó de pie frente a ella. -Estoy encantado de veros -dijo-. Dos niños son exactamente lo que necesitaba. -Por favor, señor Ketterley -suplicó Polly-, es casi la hora de cenar y tengo que ir a casa. Déjenos salir, por favor.

Lo primero que hizo el anciano fue cruzar la habitación y cerrar la puerta con llave. Después se dio la vuelta y clavó los brillantes ojos en los niños. Seguido sonrió, mostrando todos los dientes. - ¡Ya está! -dijo-. ¡Ahora la tonta de mi hermana no podrá encontraros!

- ¿Ah, sí? -preguntó el tío Andrew. Digory y Polly intercambiaron una mirada. No se atrevieron a decir nada. Pero sus miradas significaban: «Esto es horrible» y «Tenemos que seguirle la corriente». -Si deja que nos marchemos a cenar podríamos regresar dentro de un rato -dijo Polly-. -Ya, pero ¿cómo sé que vais a volver? -contestó el tío Andrew con una astuta sonrisa-.

-Todavía no -respondió el tío Andrew-. Ésta es una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. Quería dos niños. Veréis, estoy en mitad de un gran experimento. Lo he probado con un conejillo de Indias, pero, claro está, que no puede contarte nada. Y uno no puede explicarle cómo regresar. - Mira, tío Andrew -intervino Digory-, es hora de cenar y nos estarán buscando dentro de un instante. Tienes que dejarnos salir.

¿Se refiere usted a uno de esos? -preguntó ella-. ¡Son preciosos! - No puedo regalarte uno verde -advirtió el tío Andrew-. Sin embargo, me encantaría darte uno de los amarillos. Ven y pruébate uno. Polly ya casi había superado su miedo y desde luego había algo extrañamente atractivo en aquellos anillos. Se acercó a la bandeja.- ¡Vaya! -dijo-. Aquí se oye más el zumbido. Es casi como si lo produjeran los anillos.

Bueno, marcharos, supongo que debéis hacerlo. -Suspiró y siguió diciendo-: No sabéis lo solo que me siento. Pero no importa. Id a cenar. Pero debo daros un regalo antes. No todos los días entra una jovencita en este estudio. Polly empezó a pensar que, después de todo, el anciano no estaba tan loco. - ¿Te gustan los anillos, bonita? ¿Quieres uno? -preguntó el tío Andrew a Polly.-

Demasiado tarde. Cuando su mano tocó los anillos Polly desapareció. Digory y su tío estaban solos en la habitación.

- ¡Vaya! -dijo-. Aquí se oye más el zumbido. Es casi como si lo produjeran los anillos. -Qué idea tan ridícula, chiquilla -respondió el tío Andrew con una carcajada. Sonó muy natural, pero Digory había visto una expresión ansiosa en su rostro. - ¡Polly! ¡No seas tonta! -gritó-. ¡No los toques!

Digory gritó. Al instante, la mano del tío Andrew tapó su boca. - ¡Nada de eso! -le susurró al oído-. Si haces ruido tu madre lo oirá, y ya sabes lo que puede afectarle un susto. Tal como dijo Digory más tarde, no volvió a gritar. -Eso está mejor -dijo el tío Andrew-.

CAPÍTULO 2Digory y su tío

Supongo que no has podido evitarlo. Realmente uno se asusta la primera vez que ve desaparecer a alguien. A mí me pasó lo mismo al ver desaparecer al conejillo de Indias la otra noche. - ¿Fue esa la noche que lanzaste un grito? -preguntó Digory. - Vaya, entonces lo oíste, ¿no es así? Espero que no me hayas estado espiando.

- No, no lo he hecho -respondió su sobrino-; pero ¿qué le ha pasado a Polly? -Felicítame, querido muchacho -indicó su tío, frotándose las manos. Mi experimento ha tenido éxito. La niña se ha ido de este mundo. - ¿Qué le has hecho? -Enviarla a otro lugar.

- ¿Qué quieres decir? -preguntó Digory. - Bueno -dijo Andrew-, te lo contaré todo. ¿Has oído hablar alguna vez de la señora Lefay? - ¿No era una tía abuela o algo parecido? -inquirió Digory. - No, era mi madrina -respondió él-. Es ésa de la pared.

Digory miró y vio una fotografía de una anciana. Recordó haberla visto en un cajón de su casa. No tenía un rostro muy agradable. Preguntó a su madre quien era, pero no le contestó. -¿No había algo raro respecto a ella, tío Andrew? - Depende de a qué llames «raro» -dijo su tío-. En sus últimos años hizo cosas

-Todo a su debido tiempo, muchacho -dijo el tío Andrew-. Tras poner en libertad a la señora Lefay fui de los pocos a los que dejó visitar antes de su muerte. Aquel día me dijo que abriera un cajón secreto y le trajera una cajita que encontraría allí. En cuanto la cogí me di cuenta que escondía un gran secreto. Me la entregó y me hizo prometerle que la quemaría en cuanto ella muriera, sin abrirla. Promesa que no cumplí.

muy imprudentes por eso la encerraron en la carcel. - ¡Vaya! -exclamó Digory-. ¿Qué había hecho? -Había sido muy imprudente -respondió el anciano-. Pero siempre fue muy amable conmigo. -Pero oye, ¿qué tiene todo esto que ver con Polly?

-Pues no hiciste bien -reprendió Digory .- Bueno, ya lo entiendo. Los niños deben mantener sus promesas. Pero los hombres como yo estamos libres de las normas corrientes. Digory pensó: «Se que cree que puede hacer lo que quiera para conseguir lo que desea.»

-No me atreví a abrir la caja durante mucho tiempo porque sabía que podría contener algo peligroso. -siguió el anciano. Ella fue una de los últimos de este país con sangre mágica. Decía que había habido otras dos durante su época: una duquesa y la otra una asistenta.

De hecho, Digory, soy posiblemente el último hombre que realmente tuvo un hada madrina. «Seguro que era un hada mala», pensó el niño y dijo: -Pero ¿qué pasa con Polly? - ¡Qué pesado! -se quejó el tío Andrew-. ¡Eso no es importante!

Lo primero que hice fue estudiar la caja, era mucho más vieja de lo que imaginas. Hasta que un día descubrí que procedía de la Atlántida. El niño decidió no decir nada por lo que su tío siguió. - Entretanto -prosiguió el tío Andrew-, Yo aprendí por mis medios muchas cosas sobre magia en general así que llegué a

tener una buena idea de que habría en la caja. Realicé varias pruebas hasta que por fin ¡lo supe! Entonces el anciano se inclinó hacia delante y susurró: -La caja de la Atlántida contenía algo de otro mundo.

- ¿Qué? -preguntó Digory. -Sólo había polvo -respondió el tío Andrew-. Un fino polvo seco. Ah, pero cuando miré aquel polvo supe que venía de otro mundo, un mundo mágico que solo se podría alcanzar a través de la magia.

-Comprendí -siguió-, que, si alguien conseguía darle la forma correcta, aquel polvo lo conduciría de vuelta al lugar del que procedía. Hasta que tras varios intentos ¡Lo conseguí! Por fin logré crear los anillos: los anillos amarillos. Pero entonces surgió una nueva dificultad. Yo sabía que un anillo amarillo enviaría a cualquier criatura que lo tocara al Otro Lugar, pero ¿de qué me iba a servir si no

podía hacer que volvieran para contarme qué habían encontrado allí? Posteriormente tras la inquietud en el rostro del niño, Andrew le explico que todo se trataba de un experimento. - Bueno, en ese caso ¿por qué no fuiste tú mismo? - Pregunto el niño-

Digory no había visto jamás a nadie con una expresión tan asombrada y ofendida como la que mostró su tío ante aquella sencilla pregunta. - ¿Yo? -exclamó éste-.No puedo exponerme a los problemas de Otro mundo con mi edad.

-Y supongo que has enviado a Polly a enfrentarse con todo eso, en tu lugar -dijo Digory, eres un cobarde, al enviar a una niña a un sitio al que tienes miedo de ir tú mismo.

- ¡A callar! -ordenó el anciano. Soy un gran mago y necesito llevar a cabo mis experimentos, no puedo ponerme en peligro. -Calla y trae de vuelta a Polly -dijo su sobrino. -Antes de interrumpirme -respondió el tío Andrew-, iba a decirte que los anillos verdes te traen de regreso.

-Pero Polly no tiene un anillo verde. - No -respondió su tío con una sonrisa cruel. - Pero puede regresar -indicó el tío Andrew-, si otra persona va tras ella, con dos anillos verdes, uno para regresar él y el otro para traerla a ella de vuelta. Así Digory vio la trampa en la que había caído.

-Espero que no seas un cobarde- dijo su tio. Me apenaría muchísimo pensar que alguien de nuestra familia carece de honor y caballerosidad suficientes para ir en ayuda de una dama en apuros. - ¡Cállate! -gritó su sobrino-. Eres un cobarde repugnante. ¡Iré yo! Todo esto era un plan.

- Desde luego -respondió él. - Iré pero espero que al igual que en los cuentos de hadas, recibas tu merecido. De todas las cosas que Digory había dicho aquélla fue la primera que realmente le dolió al tío Andrew. Incluso una expresión de horror se apreciaba en su rostro.

Al cabo de un segundo consiguió borrarla y dijo con una carcajada bastante forzada: - Deberías preocuparte mas por ti y tu amiguita. Hace ya un buen rato que se marchó. Si existen peligros, en el Otro Lado, creo que sería una lástima llegar cuando fuera demasiado tarde.

- A ti eso no te importa -le recriminó Digory con ferocidad-, pero ¿Qué debo hacer? -Presta atención. - Dijo el tío Andrew Se levantó, se puso un par de guantes y fue hacia la bandeja que contenía los anillos.

-Los anillos sólo funcionan si tocan directamente la piel. Si llevaras uno en el bolsillo no sucedería nada: pero según lo tocases desaparecerias de este mundo. -Cuando estés en el Otro Lugar, espero que reaparezcas en este mundo si tocas el anillo verde. - Dijo el tío mientras introducía dos anillos verdes en el bolsillo derecho del joven.

Digory estaba a punto de tomar el anillo amarillo cuando se detuvo de repente. - ¡Escucha! -dijo-. ¿Y mamá? ¿Y si pregunta por mí? - Cuanto antes te vayas, antes regresarás -respondió el tío Andrew alegremente. - Pero en realidad no sabes si puedo regresar.

El anciano se encogió de hombros, fue hasta la puerta, hizo girar la llave, la abrió de par en par y dijo: - Baja y cena si lo deseas, pero recuerda que la niñita ya está en el Otro Mundo, todo porque tienes miedo a ponerte un anillo. - ¡Vaya! -exclamó Digory-. ¡No sabes cuánto desearía ser mayor para darte un buen puñetazo!

Dicho eso se abotonó la chaqueta, aspiró con fuerza y tomó el anillo. Al hacerlo pensó, y nunca dejó de pensarlo, que sinceramente no tenía otra opción.

Lo siguiente que Digory sintió, fue una luz verde que caía hacia él en un gran salto. Además, parecía que estaba levitando... -Me parece que estoy en el agua -dijo- A pesar de estar asustado, sintió cómo ascendía al aire libre y se encontró sobre un estanque del que salió gateando hacia tierra firme.

CAPÍTULO 3El Bosque entre los Mundos

Pronto, se dio cuenta de que no estaba mojado, como habría sido de esperar tras un buen chapuzón. A su alrededor, los árboles crecían muy juntos y eran tan frondosos que no se podía entrever ni un pedazo de cielo. Solo le llegaba la luz de un potente sol que se escondía tras las hojas. Además, era el bosque más silencioso que se pueda imaginar.

Nada lo rodeaba, a pesar de ser un bosque lleno de vida, más tarde, Digory siempre decía: «Era un lugar apetitoso: tan apetitoso como un pastel de ciruelas». Lo más extraño de todo fue que, Digory ya había medio olvidado cómo había llegado allí, ya no pensaba en Polly, ni en el tío Andrew, no pensaba en nadie. Él sentía que siempre había estado allí. «En este sitio no sucede nada. Los

árboles se dedican a crecer, eso es todo.» Al rato se encontró a una niña adormilada junto a un árbol, por lo que se limitó a observarla. Finalmente, ella abrió los ojos tras unos segundos y dijo: - Creo que nos hemos visto antes - - A mí también me lo parece -respondió

Digory-. ¿Llevas mucho tiempo aquí? -Toda la vida -dijo ella-. - Yo también.

- No, tú no -indicó la niña-, acabo de verte salir de aquel estanque. -Sí, puede ser -concedió Digory -. Lo había olvidado. -La niña finalmente dijo-, me pregunto si ya nos conocíamos. Tengo una vaga idea, puede que nos conociéramos en otro mundo o tal vez un sueño. - Pues creo que he tenido ese mismo

sueño-repuso Digory-. De un niño y una niña que vivían en casas contiguas.... Recuerdo que la niña tenía un rostro muy sucio. - ¿Estás seguro? En mi sueño era el niño quién tenía la cara sucia. Después Digory exclamó-: ¡Vaya! ¿Qué es eso? - Es un conejillo de Indias -dijo la niña.

fijamente y exclamaron, «¡E1 señor Ketterley!», y él gritó, «¡El tío Andrew!». Tras unos minutos supieron y recordaron todo lo sucedido. - ¿Qué hacemos ahora? -quiso saber Polly-. - No hay prisa -respondió él. -Creo que sí la hay -indicó ella-. Este lugar es demasiado silencioso es tan

Un rechoncho conejillo de Indias que andaba por la hierba con una cinta sobre el que sujetaba un anillo amarillo. - ¡Mira ese anillo! Los dos llevamos uno igual. -gritó Digory-. En ese instante, ambos se miraron

maravilloso que si nos domina nos dormiremos para siempre, tenemos que regresar. Tras una larga conversación, decidieron que la mejor forma de volver sería metiéndose nuevamente al estanque. Y a pesar de no estar muy convencidos, decidieron demasiado la idea de saltar al interior del estanque. Se tomaron de la mano y dijeron: «Uno... dos... y tres...

¡Ya!» y saltaron. Después de un gran chapoteo descubrieron que seguían estando allí así que decidieron salir del estanque. - ¿Qué ha salido mal? -inquirió Polly con voz asustada. -Ya sé -dijo Digory-. Necesitamos los anillos verdes. Guarda el amarillo en el bolsillo izquierdo- Dijo mientras entregaba

uno de los anillos verdes. Se pusieron los anillos y regresaron al estanque. Sin embargo, antes de que intentarán otro salto Digory dijo: - Acabo de tener una idea maravillosa. Si podemos regresar a nuestro propio mundo saltando al interior de este estanque, ¿no podríamos ir a parar a algún Otro Mundo si saltamos dentro de uno de los otros?

- Yo creía que ya nos encontrábamos en el Otro Mundo- Dijo Polly. - Quizás el tío Andrew no conocía la existencia de más mundos. Pero supongamos que existieran docenas... -interrumpió Digory-. - ¿Te refieres a que este bosque podría ser únicamente uno de ellos? -No, me parece que es una especie de

lugar intermedio. Es un lugar que no se encuentra en ninguno de los mundos, pero que permite entrar en todos ellos. En los lugares intermedios no pasa nada, pero cuando sales de ellos puedes encontrarte en «cualquier» lugar. ¡Podemos salir de este lugar e ir a parar a cualquier otro sitio! No es necesario que saltemos de nuevo al interior del mismo estanque por el que

vinimos. -El Bosque entre los Mundos -observó Polly- - Vamos -le instó Digory-, ¿qué estanque probamos? - Yo no quiero probar nuevos estanques sin saber si va a funcionar -dijo ella--Sí -repuso él-, ¡y que el tío Andrew nos atrape y nos quite los anillos antes de

que nos hayamos divertido! No, gracias. -Podríamos aprovechar los segundos que transcurren en el salto de mundo para comprobar que funciona y después cambiarnos los anillos- sugirió Polly- Digory hizo unos cuantos aspavientos al respecto, pero finalmente tuvo que acceder a la idea porque Polly no quería probar la magia de los anillos sin estar segura de su funcionamiento.

Tras discutirlo mucho, acordaron ponerse los anillos verdes y recordaron que, al estar a punto de regresar al estudio del tío Andrew, Polly debía gritar, «Cambio». Entonces se quitarían los anillos verdes y se pondrían los de color amarillo. Se pusieron los anillos verdes, entrelazaron las manos, y de nuevo gritaron: «Uno... dos... y tres... ¡Ya!».

Esa vez funcionó. Al principio hubo luces brillantes que se movían en un cielo negro, hasta que se empezaron a distinguir los diferentes edificios de Londres. Tan pronto como empezaron a diferenciar la cara del tío Andrew, Polly gritó; «Cambio» y efectuaron el cambio. El mundo se desvaneció como un sueño, resurgiendo así en el estanque y los dos gatearon hasta la orilla.

- Funciona. Ahora corramos nuestra aventura. -dijo Digory. -¡Detente! -ordenó Polly-. ¿No vamos a marcar «este» estanque? Se miraron fijamente y palidecieron al comprender el espantoso error que Digory había estado a punto de cometer, era importante reconocer el estanque de vuelta.

A Digory le temblaba la mano cuando abrió su cortaplumas y con su ayuda extrajo una larga tira de hierba de la orilla del estanque. - ¡Menos mal que por lo menos uno de nosotros tiene un poco de sentido común! - observó Polly. - Bueno, ahora no te pases todo el tiempo presumiendo -replicó él-. Vamos, quiero ver qué hay en otro estanque.

Ante el borde de un nuevo estanque desconocido y con los anillos amarillos puestos volvieron a decir: «Uno... dos... y tres... ¡Ya!». ¡Chaff! De nuevo no había funcionado. Aquel estanque parecía no ser más que eso, un estanque, pues en lugar de llegar a un mundo nuevo sólo consiguieron mojarse los pies. - ¡Caray! -exclamó Digory-. Y ¿qué ha

salido mal ahora? Llevamos puestos los anillos amarillos. Dijo que el amarillo era para el viaje de ida. Realmente el tío Andrew, que no sabía nada del Bosque entre los Mundos, tenía una idea bastante equivocada respecto a los anillos. Los de color amarillo no eran anillos «de ida» y los verdes no eran anillos «de regreso a casa»; al menos, no tal como él lo pensaba.

La sustancia de los anillos amarillos poseía el poder de atraerte al bosque; era una materia que quería regresar al lugar al que pertenecía, el lugar intermedio. Sin embargo, la sustancia de los anillos verdes intentaba abandonar el lugar al que pertenecía: de modo que un anillo verde te sacaría del bosque y te conduciría a un mundo. El tío Andrew, por lo visto, trataba con

cosas que en realidad no comprendía, ni siquiera Digory comprendió la verdad hasta más adelante. Decidieron probar los anillos verdes en el estanque nuevo, sólo para ver qué sucedía.Tras ponerse los anillos verdes y regresar al borde del agua dijeron:-Uno... dos... y tres... ¡Ya! -exclamó Digory. Y volvieron a saltar.

No hubo duda respecto a la magia en esa ocasión, simplemente cayeron hasta finalmente acabar sobre algo sólido. - ¡Qué lugar más original! -dijo Digory. -No me gusta -indicó Polly. Lo primero que les llamó la atención fue la luz. Era una luz apagada y más bien rojiza.

CAPÍTULO 4La campana y el martillo

Estaban de pie sobre una superficie plana pavimentada y a su alrededor se alzaban varios edificios. El cielo era extraordinariamente oscuro, de un tono entre azul y negro. Después de haber visto aquel cielo uno se preguntaba cómo podía existir la luz en ese lugar. Las paredes se alzaban muy altas alrededor de todo aquel patio, y tenían enormes ventanas sin cristales, a través de las cuales no se veía otra cosa que

negra oscuridad. Más abajo había enormes arcos sostenidos por pilares y hacía bastante frío. La piedra en la que estaba construido parecía roja, pero el efecto podría deberse a la luz. Muchas de las losas planas que cubrían el patio estaban agrietadas; ninguna encajaba bien. Una de las entradas en forma de arco estaba medio tapada por escombros.

- ¿Crees que aquí vive alguien? -preguntó Digory. - No -respondió Polly-. Está todo en ruinas, y no hemos oído ni un ruido desde que llegamos. -Quedémonos muy quietos y escuchemos durante un rato -sugirió él. Estuvieron un buen rato en silencio, pero no escucharon nada. Era un silencio

de lo más incómodo. - Vámonos a casa -dijo Polly. - Pero no hemos visto nada aún, yo me quiero quedar aquí -protestó Digory-. Después Digory le recordó que debían tener en su bolsillo izquierdo el anillo amarillo, pero que debían evitar tocarlo o desaparecerían al instante. Por el contrario, el anillo verde debía quedar en el bolsillo derecho.

Así lo hicieron y se acercaron sin hacer ruido a una de las entradas en forma de arco. Su interior era más luminoso de lo que imaginaban. La entrada llevaba a un inmenso y tenebroso vestíbulo que parecía vacío; pero en el otro extremo había una hilera de columnas con arcos entre ellas, donde penetraba un poco más de la misma luz cansina.

Atravesaron el vestíbulo hasta llegar a un patio más grande observando como varios muros estaban a punto de derrumbarse por sí solos. Salieron del patio, atravesando otro portal, vagaron por el enorme palacio recorriendo salas inmensas, incluso vieron lujosas construcciones abandonadas. Finalmente, llegaron ante dos enormes puertas de metal que posiblemente podrían ser de oro.

Allí por fin había algo digno de contemplar. Su interior parecía estar repleto de las figuras de cera más maravillosas que uno hubiera visto jamás. Todas estas preciosas figuras sorprendieron a los niños. Lucían bonitas piedras, coronas, vestidos... ¡Eran preciosas!

-¿Por qué no se han podrido todas estas prendas? ¡Con el tiempo que deben de llevar aquí! -inquirió Polly. -Magia -musitó Digory-. ¿No la percibes? Apuesto a que toda la habitación está atiborrada de hechizos. Me di cuenta en cuanto entramos. Digory estaba más interesado en los rostros, y desde luego eran todos dignos de ser contemplados.

-Parecen buena gente -declaró el niño. Polly asintió. Todos los rostros que veían eran tranquilizadores. No obstante, después de avanzar unos pasos más por la habitación, los niños se encontraron con rostros que tenían un aspecto algo distinto.

Eran incluso rostros desesperados: como si la gente a la que pertenecían hubiera hecho cosas espantosas y también padecido cosas horribles. La última de todas las figuras era la más interesante; era una mujer vestida con más suntuosidad aún que los demás, muy alta con una expresión tal de ferocidad y orgullo que lo dejaba a uno sin respiración.

A pesar de ser esa mujer la última figura, un gran número de sillas vacías quedaban después de ella, como si la habitación hubiera estado pensada para una colección mucho mayor de imágenes. -Me encantaría conocer la historia que hay detrás de todo esto. -dijo Digory-. Retrocedamos y echemos un vistazo a esa especie de mesa que hay en el centro de la habitación.

Lo que había en el centro de la habitación no era exactamente una mesa. Era una columna cuadrada y sobre ella se alzaba un pequeño arco dorado del que colgaba una campanilla. Junto a ésta descansaba un martillo también dorado, con el cual se golpeaba la campana. - Mira, parece que hay algo escrito -indicó Polly. Ambos miraron con atención y, tal como

era de esperar, las letras talladas en la piedra eran desconocidas. Aun así, a medida que el tiempo pasaba, descubrieron que las entendían. Lo que decía la columna era algo parecido a esto; Haz tu elección, aventurero desconocido; golpea la campana y aguarda el peligro, o pregúntate hasta enloquecer, qué habría sucedido si lo llegas a hacer.

- No queremos correr peligros de ninguna clase.- exclamó Polly. Digory en su ímpetu por descubrir el nuevo mundo, dijo cosas horrendas que prefiero no recordar a Polly, la cual trató de defenderse indicando que quería dejar este extraño lugar. Por eso la niña procuró llevar su mano al bolsillo. Digory antes de que la mano llegara al mismo, le sujetó con fuerza la

muñeca, inclinando su espalda contra el pecho de su amiga. Luego, se inclinó hacia delante, levantó el martillo y asestó a la campana dorada un ligero y rápido golpecito. Hecho eso soltó a la niña y ambos se separaron mirándose fijamente el uno al otro y con la respiración entrecortada. En cuanto recibió el golpe, la campana

emitió una nota, una nota melodiosa que siguió sonando; y a medida que sonaba fue subiendo de volumen. Alcanzó un inmenso tono, tal que los niños no podían escucharse entre ellos. Siguió aumentando hasta que toda la atmósfera de aquella enorme habitación vibró con él y notaron cómo el suelo de piedra temblaba bajo sus pies.

El estruendo sonido, se mezcló con los ruidos de diferentes vigas y techos cayendo a su alrededor hasta que finalmente, el sonido de la campana se apagó y las nubes de polvo se disolvieron. Todo volvió a quedar muy silencioso. - ¡Ya está! Espero que estés satisfecho -jadeó Polly. - Bueno, al menos se ha acabado.

Y los dos pensaron que así era; pero jamás habían estado tan equivocados.

Los niños estaban frente a frente y de improviso escucharon un ruido procedente del extremo de la habitación. La figura larga que tan bella de pareció a Digory se alzó, era mucho más alta y más bella de lo que habían pensado. Además, se notaba por su ropaje que era una gran reina. - ¿Quién me ha despertado? ¿Quién ha roto el hechizo? -preguntó.

CAPÍTULO 5La Palabra Deplorable

-Si no eres más que un niño, un niño vulgar. -Añadio- Cualquiera puede darse cuenta de que no posees ni una gota de sangre real o noble en tus venas. ¿Cómo se ha atrevido alguien como tú a entrar en esta casa? -Hemos venido de otro mundo; mediante la magia -dijo Polly. - ¿Es eso cierto? -inquirió la mujer.

- Creo que he sido yo -respondió Digory. - ¡Tú! -exclamó la reina, posando la mano en el hombro del niño.

en la habitación. -Este lugar es muy peligroso -indicó la reina-. Todo el palacio se está haciendo pedazos. Entonces agarro a los niños de la mano y los acompaño a salir de la habitación. A Polly no le gustaba que la reina la sujetara el brazo, eso la impedía poder alcanzar su anillo en caso de querer

- Sí -respondió Digory. La reina observo al niño con una mirada seria y añadió: - No eres mago. No tienes la marca. Debes de ser sólo el sirviente de un mago. Para viajar hasta aquí te has servido de la magia de otro. - La de mi tío Andrew -dijo Digory.En aquel instante un enorme ruido sonó

Por fin llegaron a un vestíbulo que se situaba cerca de la salida. Las puertas eran de un negro opaco. Estaban atrancadas mediante grandes barras, la mayoría de ellas situadas a demasiada altura para poder alcanzarlas y todas excesivamente pesadas para conseguir alzarlas. El niño se preguntó cómo saldrían. La reina le soltó la mano y alzó el

escapar. Además, esperaba que Digory tuviese algo de sentido común y no mencionase la existencia de los anillos. Mientras salían del palacio, diferentes ruidos de vigas, cuadros cayendo sonaban. Mientras los niños salían, la reina iba diciendo cosas como: «Ésa es la puerta de las mazmorras», o «Aquel pasillo conduce a las principales cámaras de tortura»

Luego dijo algo que no entendieron, y como si de un conjuro se tratase, las puertas se deshicieron. - ¡Vaya! -exclamó Digory. - ¿Tiene tu señor mago, tu tío, poder como el mío? -preguntó la reina, volviendo a agarrar con firmeza la mano del niño-. Nadie desafía a la reina. Ella los llevo hasta una terraza desde la

brazo, y a continuación se irguió todo lo que pudo y se quedó muy tiesa.

Muy bajo y cerca de la línea del horizonte flotaba un enorme sol rojo, y a la izquierda del sol, y algo más alta, había una única estrella, grande y luminosa. Aquello era lo único que se apreciaba pues bajo esta luz estaba un pueblo en ruinas por el que no pasaba ya ni el antiguo arroyo que lo sorteaba. - Esto era Charn, la gran ciudad, la ciudad del Gran Rey. ¿Gobierna tu tío una

que se disipaba con una luz intensa un paisaje oscuro y mientras un enorme viento soplaba.

- Yo, Jadis, la última reina. -declaró. - Fue culpa de mi hermana, la cual no quiso hacer la paz y entregarme el trono -siguió ella-. No cumplió su promesa de no utilizar la magia en guerra. - ¿Qué podía hacer yo? Incluso sabía que yo tenía el secreto de la Palabra Deplorable.

ciudad tan grande como ésta, muchacho? -No -respondió Digory. He estado aquí, pero eso fue cerca del final, cuando el tronar de la batalla emergió de todas las calles hasta que en un solo instante una mujer la aniquiló para siempre. - ¿Quién? -inquirió Digory con voz desfallecida.

hasta que mi propia hermana me hizo verter sangre de mis soldados en batalla. - ¡Sabandija! -masculló Polly. -La última gran batalla -prosiguió la mujer-se prolongó encarnizadamente durante tres días. No hice nada hasta que callo mi último soldado. Esperé y aguardé hasta que por fin podíamos vernos las caras. Entonces

- ¿Cuál era? -quiso saber Digory. -Ése era el mayor secreto de todos los secretos -respondió la reina Jadis-. Desde siempre los grandes reyes de nuestra raza habían sabido que existía una palabra que, si se pronunciaba con el ceremonial adecuado, destruiría a todos los seres vivos excepto al que la pronunciase. -Me costó mucho dar con la palabra,

-Lancé un hechizo para ocultar mi existencia, hasta que alguien golpeara la campana y me despertara. Un silencio contuvo unos minutos la conversación. -Ahora, pongámonos en marcha. - Y ¿adónde vamos a ir? -preguntaron al unísono los dos niños.

pronuncié la Palabra Deplorable siendo yo así el ultimo ser vivo bajo el sol. -Pero ¿y la gente? -preguntó Digory con voz entrecortada. -Todos los seres eran mis súbditos. Tu jamás entenderías que una Reina está por encima de todo, solo eres un crio. -Y ¿qué hizo usted entonces? -preguntó el niño.

contemplado cuando yo lo gobierne -respondió la reina. -Eh..., pero no puede -dijo Digory-. No se hace así. No la dejarían, ¿sabe? La reina le dedicó una desdeñosa sonrisa. - Muchos grandes reyes han caído ante mí. Recuérdalo- dijo la reina. Los minutos pasaron y Jadis se interesó más por el mundo de los niños.

- ¿A dónde? -repitió Jadis, sorprendida-. Pues a vuestro mundo, desde luego. Ninguno quería semejante persona en su mundo. Digory enrojeció profundamente y tartamudeó. -A nuestro mundo. No sabía que usted quisiera ir allí. Es muy aburrido; no es digno de ser contemplado, en realidad. -No tardará en ser digno de ser

Hundieron la mano izquierda en el bolsillo, y en cuanto tocaron los anillos, todo aquel mundo sombrío se esfumó de su vista, y se encontraron ascendiendo a toda velocidad, en dirección a una cálida luz verde que brillaba sobre sus cabezas.

Tu tío es el gran rey y hechicero de tu mundo- afirmo la reina-. Él te ha mandado para que yo salve vuestro mundo con mi gran poder de reinado. ¿No? - Pero ¡si esto no tiene ni pies ni cabeza! ¡Vaya majadería! - gritó Polly. - ¡Esbirros! -exclamó la reina, revolviéndose enfurecida. - Ahora -gritó Digory.

Los niños volvieron a aparecer en el estanque. Habían dejado las ruinas del palacio atrás. En esta ocasión, en este viaje, algo había cambiado. La reina había viajado con ellos mientras tiraba del pelo a Polly. Aquello demostró, de paso, otra cosa sobre los anillos.

CAPÍTULO 6El principio de los problemas del tío Andrew

consiguieron con facilidad. La reina retrocedió tambaleante, entre jadeos, y en sus ojos había una expresión de terror. -¡Rápido, Digory! -dijo Polly-. Cambiemos de anillos y entremos en el estanque que lleva a casa. -¡Socorro! Llevarme con vosotros, este lugar me mata. -chilló la bruja con voz

Para poder saltar de mundo en mundo mediante uno de aquellos anillos no era necesario llevarlo puesto ni tocarlo uno mismo; era suficiente si uno tocaba a alguien que lo estuviera tocando. De modo que funcionaban igual que un imán. Ahora que la veían en el bosque, la reina Jadis tenía un aspecto distinto. Estaba muy desmejorada por lo que los niños no la tenían miedo. Forcejearon con ella para que soltase a Polly y lo

Al cabo de un instante se encontraron en el estudio del tío Andrew; y allí estaba su tío en persona, contemplando boquiabierto a la maravillosa criatura que Digory había traído desde el más allá. Y ya lo creo que tenía motivos para mirarla con asombro. La bruja tenía un tamaño inmenso y su cara estaba muy desmejorada. Incluso el tio estaba asustado y no hacía más que reverencias.

débil. Se habían puesto los anillos verdes y a continuación los dos niños se sumergieron en el estanque que conducía a casa. Mientras saltaban, Digory sintió que un dedo lo había sujetado de la oreja, era de la bruja, que, al parecer, empezaba a recuperar fuerzas mientras se adentraban en el nuevo mundo.

El tío Andrew seguía frotándose las manos y haciendo reverencias. Era consciente de que su experimento se le había ido de las manos. Entonces Jadis habló: - ¿Dónde está el mago que me ha traído a este mundo? -Yo... yo, señora. - Dijo el tío atemorizado. - ¿Tú? -dijo la reina con una voz aún

Lo cierto es, que los niños encontraron parecido entre la cara de la bruja y la del tío. En ambos se veía que se escondían la maldad.

-Ya veo -dijo la reina en tono despectivo-, eres un mago sin sangre real. -Bien, tal vez, pero los Ketterley son, no obstante, una familia muy antigua. Una antigua familia del condado de Dorset, señora. Silencio -dijo la bruja-, a pesar de ser un mísero mago de libro, te permitiré ser mi siervo.

más terrible. Luego, de una zancada, cruzó la habitación, agarró un buen puñado de los grises cabellos del tío Andrew y lo observó con detenimiento.

El anciano salió, igual que un perro con el rabo entre las piernas. Así pues, reinó el silencio en la habitación durante un minuto o dos y bien se veía que la mujer empezaba a impacientarse. - ¿Qué está haciendo ese viejo idiota? -dijo por fin. Debería haber traído un látigo.

-Presta atención a tu primera tarea. Consigueme un carruaje y siervos. Mañana empezará la conquista de este mundo. - Iré a pedir un coche de caballos al instante -jadeó el tío Andrew. - Detente -le dijo la bruja, justo cuando alcanzaba la puerta-. Ni sueñes siquiera con traicionarme. A la primera señal de desobediencia lanzaré tales hechizos que desearás morir. ¡Ahora vete!

- ¡Uf! -exclamó Polly, soltando un largo suspiro de alivio-. Y ahora debo ir a casa. Es tremendamente tarde. Me regañarán. - De acuerdo, pero regresa tan pronto como puedas -dijo Digory-. Es espantoso tenerla aquí. Debemos organizar algún plan. -Eso es cosa de tu tío. Fue él quien empezó a jugar con la magia. Aun así, regresaré a casa por el túnel -replicó Polly

Dicho eso abandonó la habitación majestuosamente en persecución del tío Andrew sin dedicar ni una mirada a los niños.

-Lo siento. -dijo el niño arrepentido-. Y ahora, sé buena chica y regresa. Estaré en un aprieto increíble si no lo haces. -No veo qué puede sucederte. -dijo ella. - Lo que me preocupa es mi madre. Supongamos que esa criatura entrara en su habitación. Podría darle un susto de muerte. -Vaya, comprendo -respondió Polly, en

con bastante frialdad-. Será el modo más rápido de hacerlo. Y si quieres que regrese, ¿no deberías decir que lo sientes? -¿Sentirlo? -exclamó él-. Vaya, ¡a ver si eso no es típico de una chica! ¿Qué he hecho? -Me pegaste en la sala de figuras de cera como un cobarde, golpeaste el martillo a traición y te dejaste agarrar en el bosque.

- Andrew, amigo mío -se dijo mientras se contemplaba en el espejo-, te conservas increíblemente bien para tu edad. Eres un hombre de aspecto distinguido. Como puedes ver, el iluso anciano realmente empezaba a imaginar que la bruja se enamoraría de él. Abrió la puerta, bajó la escalera y envió a la criada en busca de un coche de

- ¡Madre mía! -dijo para sí-. Estoy alteradísimo. ¡Esto es increíble! ¡Y a mi edad! Entonces comenzó a vestirse con sus mejores galas con el fin de impresionar a Jadis, la cual, a pesar de verse horrible, le empezaba a parecer atractiva al tío. No dejaba de decirse: «Una mujer magnífica, sí señor, una mujer magnífica. Una criatura espléndida».

- Ah, Letitia, querida - saludó-. Tengo que salir. Necesito que me prestes cinco libras, anda, sé una buena xica. Tío Andrew siempre decía «xica» en lugar de chica. - No, Andrew, querido - respondió la tía Letty con su voz firme y tranquila, sin alzar los ojos de su tarea-; te he dicho innumerables veces que no te prestaré dinero.

caballos. Allí, como ya esperaba, encontró a la tía Letty, muy ocupada en remendar un colchón que estaba colocando en el suelo.

pesada. -Y ¿con quién tienes ese compromiso social, Andrew? -inquirió ella. -Un... una visitante muy distinguida acaba de llegar. - ¡Distinguida, bobadas! -exclamó la tía Letty-. Nadie ha llamado a la campanilla de la puerta durante la última hora.

-Oh, vamos, no seas pesada, mi querida xica -insistió el tío Andrew-. Es muy importante. -Andrew -replicó la tía Letty, mirándolo directamente a la cara-, me sorprende que no te dé vergüenza pedirme dinero. Mi querida muchacha -insistió él-, no lo comprendes. Me han surgido unos cuantos gastos inesperados. Debo atender ciertos compromisos sociales. Vamos, no seas

En ese momento la puerta se abrió violentamente de par en par. Tía Letty volvió la mirada y vio con asombro que una mujer enorme, vestida con gran magnificencia, con los brazos al descubierto y ojos centelleantes, se hallaba de pie en el umbral. Era la bruja.

-Y bien, esclavo, ¿cuánto tiempo debo esperar mi carruaje? -tronó la bruja. La tía Letty abandonó al momento su posición arrodillada y avanzó hacia el centro mismo de la habitación. La tia miro a la bruja y rápidamente la dijo: -Sal de mi casa inmediatamente, desvergonzada, o llamaré a la policía.

CAPÍTULO 7Lo que sucedió ante la puerta principal

arrojó al otro extremo de la habitación. Mientras la tía Letty volaba aún por los aires, la criada -que estaba disfrutando de una mañana de lo más emocionante-introdujo la cabeza por la puerta y dijo: - Con su permiso, señor, el coche de caballos espera. - Te sigo, esclavo -indicó la bruja al tío Andrew.

La bruja, sorprendida por la actuación de la tía, se alzó y pronunció las palabras que anteriormente acabaron con las puertas del palacio, pero nada sucedió. - Ya decía yo... Esta mujer está borracha. ¡Borracha! Ni siquiera es capaz de hablar con claridad. -Dijo la tía. Para la bruja fue sin duda un momento terrible por lo que, avergonzada, agarró a tía Letty por el cuello y las rodillas y la

Por suerte Letty había caído sobre el colchón. La mujer se levantó y recuperó como pudo y con fuerza dijo: -Sarah -llamó a la criada-, ve a la comisaría en seguida y diles que hay una lunática peligrosa suelta por ahí. Ya le subiré el almuerzo a la señora Kirke. La señora Kirke era, está claro, la

Digory bajó corriendo la escalera a tiempo de ver que la puerta de la calle se cerraba tras ellos. - Vaya, señorito Digory -dijo la criada, que disfrutaba una barbaridad-. Me parece que la señorita Ketterley se ha hecho daño. Los dos se precipitaron al salón para averiguar qué había sucedido.

a la entrada de la casa. «Me pregunto qué estará haciendo Polly», pensó Digory. A Polly la había castigado su madre durante dos largas horas en la cama por llegar tan tarde y con los leotardos mojados a casa. Había sido muy desobediente. Así pues, mientras Digory miraba con

la madre de Digory. Digory solo pensaba que esa bruja debía salir de su mundo cuanto antes, pues él sabía que las intenciones de la reina no eran buenas. Si pudiera tocarla mientras me pongo el amarillo, los dos iríamos al Bosque entre los Mundos. Pensó el niño. Por ello se situó en la puerta de la casa con la esperanza de capturar a la reina. Para ello observo por la ventana que daba

juventud para ayudarla ahora. Nada de este mundo le servirá de gran cosa. Luego las dos bajaron la voz y dijeron muchas más cosas que él no consiguió oír. Digory en ese momento recordó que existían realmente otros mundos y que él mismo había estado en uno de ellos. Así pues, podría ser que existiera un auténtico País de la Juventud en alguna

atención por la ventana del comedor, Polly permanecía acostada en la cama, y ambos pensaban en lo terriblemente despacio que podía transcurrir el tiempo. Durante su larga vigilancia y espera, una mujer trajo unas uvas a la tía Letty. Mientras, el niño, las escuchaba hablar en el vestíbulo. - ¡Qué uvas más exquisitas! Aunque me temo que haría falta fruta del país de la

hacia aquí! Pero, si es ella.» No había nadie en el asiento del cochero. En el techo de pie balanceándose con soberbio equilibrio estaba Jadis, la Gran Reina y el Terror de Charn. La mujer azotaba al caballo sin piedad, y la nariz del animal estaba dilatada y enrojecida, y sus costados salpicados de espuma.

parte. Podría existir casi cualquier cosa. ¡Podría haber fruta en algún otro mundo capaz de curar para siempre a su madre! Solo podía pensar en ese instante que, con ayuda de los anillos, su madre estaría mejor hasta que, de improviso, oyó un galope. «¡Vaya! ¿Qué es eso? -pensó-. ¿Un coche de bomberos? Me preguntó qué casa está en llamas. ¡Válgame Dios, pero si viene

El caballo galopó enloquecido hasta la puerta principal, esquivando la farola por cuestión de centímetros, y luego se alzó sobre los cuartos traseros. El carruaje chocó contra la farola y se partió en varios pedazos. La bruja, de un magnífico salto, había abandonado el cabriolé justo a tiempo, pasando sobre el lomo del caballo.

todos haciendo sonar los timbres y lanzando aclamaciones y silbidos. Entretanto, un anciano caballero había empezado a abrirse paso, temblorosamente, fuera de los restos del primer coche de caballos. Digory supuso que el anciano caballero debía ser el tío Andrew, aunque era imposible verle el rostro, ya que le habían calado el sombrero de copa hasta la

El animal volvió a alzarse sobre los cuartos traseros al instante, y su relincho fue como un grito. Antes de que Digory hubiera recuperado el aliento, un segundo cabriolé apareció a toda velocidad detrás del primero: de él saltaron un hombre gordo con levita y un policía. A continuación, apareció un tercer carruaje con dos policías más en él. Tras éste llegaron unas veinte personas

- Y bien -dijo el más importante de los policías-, ¿qué sucede aquí? - Yo se lo diré, ella... -empezó el hombre gordo, cuando otra persona gritó: - No dejéis que ese sujeto del coche de caballos se escape. Él la incitó a hacerlo. El anciano caballero que, desde luego, era el tío Andrew, acababa de conseguir ponerse en pie y se frotaba las

barbilla. Digory salió veloz y se unió a la muchedumbre. Al parecer el hombre gordo que acompañaba al policía era al que la reina le había robado unas hermosas joyas.

durante un rato, otros dos policías lo agarraron por el ala y se lo extrajeron de un tirón. -Gracias, gracias, gracias -dijo el tío Andrew con voz débil-. Gracias. Cielos, me siento terriblemente agitado. -Haga el favor de prestarme atención -lo instó el policía, sacando un cuaderno muy grande y un lápiz muy pequeño-. ¿Está usted a cargo de esa joven de ahí?

contusiones en aquel momento. - ¡Vamos! ¡Basta de tonterías! -ordenó el policía con severidad-. ¡Esto no es cosa de risa! Quítese el sombrero, ¿quiere? Eso era más fácil de decir que de hacer; pero después de que el anciano hubiera forcejeado en vano con el sombrero

dientes y se preparó para echar a correr hacia allí en cuando viera una oportunidad, tocando así a la reina y llevándola consigo a otro mundo. De pronto un hombre de rostro enrojecido con un sombrero hongo apareció. Él afirmaba ser el dueño del caballo. - ¡Eh, policía! -llamó-. El caballo que está mareando es mío y es muy peligroso.

- ¡Cuidado! -gritaron varias voces, y el policía dio un salto atrás justo a tiempo. La mujer sujetaba un reluciente cuchillo y había estado ocupada cortando los correajes que sujetaban el animal a los restos del cabriole para intentar lastimar a la gente con el caballo que se había vuelto loco. Digory sabía muy bien lo peligrosos que podían ser los caballos, pero apretó los

hablaba alargó la mano hacia la cabeza del caballo, diciendo-: Calma, Fresón. Tranquilo, tranquilo. Entonces la bruja habló por primera vez. Perro, suelta a nuestro corcel real. Estás ante la emperatriz Jadis. -dijo con una voz fría y nítida.

Necesito calmar al caballo, déjame acercarme a el- añadió. El policía se apartó a un lado y el cochero dio un paso al frente, alzó los ojos hacia Jadis y dijo en un tono de voz no precisamente severo: -Vamos, señorita, yo le sujeto la cabeza y usted se baja. Es una dama y no querrá que todos esos matones se le echen encima, ¿verdad? -Al tiempo que hablaba

- ¡Eh! Así que eres emperatriz, ¿no? Ya lo veremos -dijo una voz. Luego otra voz gritó: «¡Tres hurras por la emperatriz de Colney Hatch!», y varias voces se unieron. A esto siguieron unas carcajadas que hicieron que la bruja comprendiese que se estaban burlando de ella. Por eso arrancó un farol que se situaba a su lado y con el cuchillo en la mano

CAPÍTULO 8La pelea junto al farol

- De prisa, Digory. Hay que detener esto -dijo una voz junto a él; era Polly, que había bajado corriendo en cuanto le permitieron levantarse. - Eres una amiga de verdad -dijo Digory-. Sujétate a mí con fuerza. Tendrás que encargarte tú del anillo. Amarillo, recuerda. Y no te lo pongas hasta que grite. La bruja siguió atacando a todos los

izquierda. Digory mientras tanto decidió que era momento de entrar en acción. Si al menos el animal se quedara quieto un instante podría sujetar el talón de la bruja. Mientras corría, escuchó un escalofriante estrépito y un golpe sordo. La bruja había descargado la barra sobre el casco del jefe de policía: el hombre se desplomó de golpe.

Aun así, no se rindió y consiguió aferrarse otra vez. En ese instante gritó con fuerza. - ¡Ya! Entonces... ¡Gracias a Dios! Los rostros enojados y asustados se habían desvanecido. Aun así, la voz del tío Andrew, seguía sonando. Al parecer se había agarrado a uno de los niños.

que hacía que la gente corriese intentando esconderse. El cochero, por el contrario, intentaba recuperar su caballo. - ¡Basura! Pagaréis muy caro por esto cuando haya conquistado vuestro mundo. Digory consiguió por fin sujetarla por el tobillo, pero la mujer se liberó del niño con una patada.

-Eso es, viejo amigo -dijo el cochero, palmeando el cuello de Fresón- Fresón, puesto que estaba sediento, lo que no era extraño, se encaminó despacio al estanque más próximo y penetró en él para beber. Digory sujetaba aún el talón de la bruja y Polly sujetaba la mano de Digory. Una de las manos del cochero estaba posada en el caballo; y el tío Andrew, todavía

De pronto aparecieron en el estanque, pero no estaban solos. Con ellos viajó también el señor Ketterley y el cochero. ¡En qué lío nos hemos metido! En cuanto la bruja vio que volvía a estar en el bosque palideció y se sentía terriblemente enferma. Sin embargo, Fresón, el caballo, se tranquilizó y parecía estar mejor.

Se produjo una corta pausa y la oscuridad los envolvió. - ¿No deberíamos estar ya casi allí? -Parece como si estuviéramos en alguna parte -dijo Digory-. Al menos estoy de pie sobre algo sólido. - Pero ¿por qué está tan oscuro? -Porque esto es la Nada. - dijo la bruja.

todavía tambaleante, acababa de agarrar la otra mano del cochero. -Rápido -dijo Polly, lanzando una mirada a Digory-. ¡Verdes! Así pues, el caballo jamás consiguió beber. En lugar de ello, todo el grupo se vio sumergido en una total oscuridad. Fresón relinchó; el tío Andrew lloriqueó.

los otros y una vez que se habían alejado un poco, le pidió al niño que usara su anillo para llevarlos fuera de allí. Digory le grito -No anciano egoísta, no abandonaré a nadie- - Eres un chiquillo muy malo e impertinente -declaró el tío Andrew. - ¡Silencio! -exclamó el cochero, y todos aguzaron el oído.

-Mi fin ha llegado -declaró la bruja con una voz asombrosamente tranquila. A esto siguió una canción en forma de himno que el cochero cantó con el fin de evadir a sus acompañantes. Hacia el final del canto, Digory sintió que alguien tiraba de su codo, debía de tratarse del tío Andrew. El anciano lo apartó cautelosamente de

la voz se le unieron de repente otras voces; tantas que era imposible contarlas. El segundo prodigio fue que la oscuridad sobre sus cabezas se llenó, de improviso, de fulgurantes estrellas. Parecía que las voces provenían sin duda de aquellas estrellas. - ¡Esto es la gloria! -exclamó el cochero-.

En la oscuridad empezaba a suceder algo por fin. Una voz había comenzado a cantar. Era una voz que sonaba tenue pero hermosa, hasta al caballo parecía gustarle. - ¡Caray! -exclamó el cochero-. ¡Qué voz! En ese momento ocurrieron dos prodigios al mismo tiempo. Uno fue que a

le gustaba la voz, y si hubiese podido alejarse de ella introduciéndose en el interior de la madriguera de una rata, lo habría hecho. Por su parte, la bruja parecía comprender la música mucho mejor que ninguno de ellos. Estaba enfadada pues sabía que la magia de aquel lugar era mucho más fuerte y poderosa que la suya.

La voz situada en la tierra sonaba ahora más fuerte y triunfante; pero las voces del cielo, tras cantar sonoramente con ella durante un rato, empezaron a debilitarse. Y algo más empezó a suceder. Pronto hubo luz suficiente para que pudieran verse los rostros. El cochero y los dos niños estaban boquiabiertos. El tío Andrew tenía los hombros encorvados y le temblaban las rodillas; no

De pronto un bello sol comenzó a alzarse en el horizonte, además se situaban frente a un valle por el que serpenteaba un río amplio y veloz, fluyendo hacia el este en dirección al sol. La tierra tenía muchos colores: colores frescos, cálidos e intensos, que hacían que uno se sintiera emocionado... hasta que vieron al cantor, y entonces olvidaron todo lo demás.

Por el este, el cielo cambió de blanco a rosa y de rosa a dorado. La voz creció y creció, hasta que todo el aire se estremeció con ella, y justo cuando alcanzaba el sonido más potente y glorioso que había producido hasta el momento, el sol se alzó.

debo tener a los dos niños a mi lado. En contacto conmigo. Ponte el anillo de vuelta a casa, Digory. - El anciano deseaba marcharse sin la bruja. -Ah, son anillos, ¿no es eso? -exclamó la mujer. Habría introducido las manos en el bolsillo del niño en un santiamén, pero

Era un león. Enorme, peludo y radiante, se hallaba de cara al sol que acababa de alzarse. Cantaba con las fauces abiertas de par en par y se encontraba a unos trescientos metros de distancia. -Éste es un mundo terrible -dijo la bruja-. Debemos huir de inmediato. Prepara la magia. - Estoy totalmente de acuerdo con usted, señora -respondió el tío Andrew-

Digory agarró la mano de Polly y chilló: - Si cualquiera de vosotros se acerca medio centímetro más, los dos nos esfumaremos y os quedaréis aquí para siempre. Así que mantened la distancia. -¡Silencio! -indicó el cochero-. Quiero escuchar música. La canción acababa de cambiar.