La máquina del tiempo
de H. G. Wells
El cielo ya no era azul. Hacia el noreste era de un negro profundo, y en aquella oscuridad brillaban intensa y continuamente las pálidas estrellas. Sobre mi cabeza, el firmamento era de un rojizo oscuro sin estrellas, y al sudeste se hacía cada vez más claro, hasta llegar a un escarlata furioso en el que, cortado por el horizonte, se asentaba la enorme cáscara del sol, roja e inmóvil. Las rocas a mi alrededor eran de un áspero color rojizo, y el único rastro de vida que pude advertir al principio fue el de la vegetación intensamente verde que cubría toda la superficie de la zona sudeste. Era ese verde intenso que tienen el musgo de los bosques o el liquen de las cuevas: plantas que, como estas, crecen en un crepúsculo perpetuo.
La máquina del tiempo
de H. G. Wells
Volviendo a contemplar a mi alrededor, advertí que, bastante cerca, aquello que había considerado una masa de roca rojiza se movía lentamente hacia mí. Advertí que se trataba en realidad de una criatura monstruosa, parecida a un cangrejo. ¿Pueden ustedes imaginar un cangrejo tan grande como aquella mesa, moviendo lentamente sus numerosas patas, bamboleándose, sacudiendo sus enormes pinzas, sus largas antenas, como látigos de cochero, sus ondulantes tentáculos, con sus ojos acechando sobre ustedes a cada lado de su frente metálica? Tenía el lomo ondulado y adornado por protuberancias desiguales, recubierto aquí y allá por incrustaciones verdosas. Mientras se movía, pude divisar los numerosos palpos de su compleja boca agitarse y tantear la tierra.
La máquina del tiempo H. G. Wells
Oriana T
Created on July 5, 2021
Los alumnos de 7° de la escuela Emilio Giménez Zapiola, N° 3 del DE 12, trabajaron con sus maestras cuentos de ciencia ficción. Elaboraron una selección e ilustraron la novela de H.G.Wells.
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Transcript
La máquina del tiempo
de H. G. Wells
El cielo ya no era azul. Hacia el noreste era de un negro profundo, y en aquella oscuridad brillaban intensa y continuamente las pálidas estrellas. Sobre mi cabeza, el firmamento era de un rojizo oscuro sin estrellas, y al sudeste se hacía cada vez más claro, hasta llegar a un escarlata furioso en el que, cortado por el horizonte, se asentaba la enorme cáscara del sol, roja e inmóvil. Las rocas a mi alrededor eran de un áspero color rojizo, y el único rastro de vida que pude advertir al principio fue el de la vegetación intensamente verde que cubría toda la superficie de la zona sudeste. Era ese verde intenso que tienen el musgo de los bosques o el liquen de las cuevas: plantas que, como estas, crecen en un crepúsculo perpetuo.
La máquina del tiempo
de H. G. Wells
Volviendo a contemplar a mi alrededor, advertí que, bastante cerca, aquello que había considerado una masa de roca rojiza se movía lentamente hacia mí. Advertí que se trataba en realidad de una criatura monstruosa, parecida a un cangrejo. ¿Pueden ustedes imaginar un cangrejo tan grande como aquella mesa, moviendo lentamente sus numerosas patas, bamboleándose, sacudiendo sus enormes pinzas, sus largas antenas, como látigos de cochero, sus ondulantes tentáculos, con sus ojos acechando sobre ustedes a cada lado de su frente metálica? Tenía el lomo ondulado y adornado por protuberancias desiguales, recubierto aquí y allá por incrustaciones verdosas. Mientras se movía, pude divisar los numerosos palpos de su compleja boca agitarse y tantear la tierra.