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LEYENDAS DE MI CIUDAD

ESMERALDA GUERRERO CAMPOS

Created on April 20, 2021

Esmeralda Guerrero

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Transcript

LEYENDAS DE MI CIUDAD

NUEVO CASAS GRANDES

LAGUNA RODOLFO FIERRO

Es una laguna artificial fue construída por los mormones en 1865, ya que tenían la necesidad de distribuir el agua del río de Casas Grandes, para la siembra, desviaron la corriente con un pequeño cruce para almacenarla. La laguna distribuye el agua a Nuevo Casas Grandes, Casas Grandes, Colonia Dublán e Hidalgo.

Se llama así en recuerdo del General que perdió la vida intentando cruzarla el 14 de octubre de 1915. El General fue el brazo derecho de Francisco Villa.

En Casas Grandes terminaba la línea férrea, los villistas que se dirigían rumbo a Sonora bajaron de los trenes, echaron fuera las jaulas de la flaca caballada y después de ensillar emprendieron la caminata hacia el cañón del púlpito. La llanura estaba oculta bajo una espesa costra de nieve endurecida que crujía a la presión de las herradas pezuñas de los animales; a veces, éstos resbalaban y caían sobre el húmedo colchón, blanco e interminable.

Frente a Casas Grandes, a poco trotar, hay una laguna extensa, pero poco profunda, casi una charca donde el viento no hace oleajes, rizando apenas la superficie pantanosa, que semeja un cristal ahumado, tenían la opción de hacer un rodeo por tierra firme pero el grupo villista se decidió a marchar en línea recta hacia el charco.

A la cabeza del grupo iba un hombre alto, rostro oscuro completamente afeitado, cabellos que eran casi cerdas, lacios, rígidos, negros; boca de perro de presa, manos poderosas, torso erguido y piernas de músculos boludos que apretaban los flancos del caballo como si fuera garra de águila. Aquel hombre se llamaba Rodolfo Fierro; había sido ferrocarrilero y después fue bandido, dedo meñique del jefe de la División del Norte, asesino brutal e implacable, de pistola certera y dedo índice que no se cansó nunca de tirar del gatillo.

“Los caballos andan mejor en el agua que en la nieve“, dijo y metió espuelas. El animal dio un gran salto, penetró en la laguna levantando un abanico de agua con cada pata, siguió adelante braceando a un metro de alto y chapoteando con regocijado estrépito. Éste es el camino para los hombres que sean hombres, y que traigan caballos que sean caballos… ¡Adelante!

Los otros le siguieron, haciendo ruidos de cascada. Fierro iba cargado de oro, oro en los bolsillos abultados del pantalón, oro en el pliegue que hacía la camisola al voltearse sobre el cinturón ajustado, oro en bolsas de lona colgadas de la cabeza de la montura… Una coraza de oro… ¡Kilos de oro!

Al principio el caballo seguía caminando pero a los 200 metros de la laguna el caballo se fue fatigando al no encontrar tierra firme bajo sus herraduras, de meter los cascos en el lodazal negro, espeso y congelado. —Mi general, está el terreno muy pesado para los caballos —aventuró a decir uno de los acompañantes—, mejor es que nos devuélvanos y denos la vuelta por la orillita…

¡Qué devuélvanos ni qué el demonio…! ¡Me canso de pasar este tal por cual charco! El que tenga miedo, que se raje y dé media vuelta… no se vaya a dar un baño. Y dio otro apretón de pies en el vientre del caballo; El caballo volvió a caer sobre sus cuatro patas y se vio entonces que el agua le llegaba hasta el vientre fue desarrollando una lucha tremenda: el caballo contra el fango y el hombre contra el caballo.

Los demás jinetes no se atrevían a acercarse y habían formado un semicírculo a cinco o seis metros de distancia, no se atrevían a acercarse, el animal ya no se pudo levantar, y Fierro opto por desmontar levantó la pierna derecha sobre el lomo del animal y la sumergió en el agua tratando de tocar fondo; pero el pie se le hundió en el barro que parecía mantequilla.

Sintió miedo, un miedo espantoso de quedarse ahí para siempre, con su caballo y con su oro; volvió los ojos hacia sus hombres con una intensa angustia. ¡Epa! ¡Imbéciles! A ver si hacen algo, Fierro estaba de rodillas sobre la silla, pálido, con los ojos desorbitados por el espanto, sin soltar el oro, intentó alcanzarlas alargando el brazo derecho; Pronto la cabeza quedó a ras de agua y luego se hundió, ahogándose al quedar atrapado bajo el caballo.

La columna continuó su marcha en la nieve, y al ponerse el sol acampó en un bosque. Recordando el drama, algunos dijeron: ¡Lástima de oro! Otros: ¡Lástima de caballo! Y ninguno lamentó la desaparición del hombre.

Se dice que todo aquel que va a la laguna por ambición, o con pensamientos de traición el General Fierro se lo lleva al fondo.

CRÉDITOS

KarinaCrónicas de Juárez

elhumanista.net

2021

Esmeralda Guerrero