Ana María Matute
Ana María Matute nació en Barcelona.
Fue la segunda de los cinco hijos de una familia cuya madre era castellana y su padre catalán, dueño de una fábrica de paraguas. Siendo muy pequeña sufrió una grave enfermedad y a los ocho años fue enviada a vivir a Mansilla de la Sierra en La Rioja, con sus abuelos. El paisaje de la sierra riojana ayudó a la escritora durante su infancia a desarrollar su personal creatividad e imaginación que más tarde plasmaría en algunas de sus obras.
No podía ni imaginar que aquellas vivencias de niñez serían la columna vertebral de un excelente bagaje literario que, ochenta años después, le valdrían el Premio Cervantes
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mansilla de la sierra
Un antes y un después...
¿Has oído hablar alguna vez del Pantano de Mansilla? ¿Has estado alguna vez?¿Imaginas cómo puede ser un pueblo sumergido bajo el agua?
¿Dónde se encuentra Mansilla de la Sierra?
LAS 7 VILLAS
Mansilla de la Sierra es un municipio perteneciente a las 7 Villas, en la comarca del Alto Najerilla . Está situado junto al embalse de Mansilla en el río Najerilla. Además se encuentra a 72 km de Logroño, aproximadamente a una hora y media si nos trasladamos en coche.
¿Sabes qué es una presa?
Presa de Mansilla, en el Alto Najerilla
Mansilla de la Sierra actual
Puente medieval de piedra "Suso"
Mansilla de la Sierra antiguo
Restos de la iglesia y el kiosco
Antiguo paseo de Mansilla de la Sierra
Casa de Islas
Ermita de Santa Catalina aún en pie
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Lo que queda de la casa de los abuelos de Ana Maria Matute
A mediados de agosto el pantano empezó a descender de nivel. Bajo el agua todo se veía ennegrecido. Las gentes de Mansilla me dijeron:
—Está apareciendo el pueblo otra vez.
EL TIEMPO RESURGIDO, EL TIEMPO NUEVO
Me extrañó su falta de tristeza. Aún no hace mucho vi un hombre que se fue, que no quiso vivir en el pueblo nuevo, y que volvía para regañarles por haberse quedado y despreciar las nuevas viviendas. Luego acababa llorando y marchándose. Y las mismas gentes que sin mucha tristeza señalaban la aparición del pueblo bajo las aguas, hablaban de su triste salida del pueblo, mientras cargaban sus pertenencias ladera arriba.
SUBTÍTULO AQUÍ
Era Semana Santa, con una radiante primavera en los campos cubiertos de flores, de rosas salvajes del escambrujo, de flores blancas de la endrina, del rojo intenso de los arzadús y las amapolas; con la ladera de Las Viñas cubierta de violetas, como una abundante y fascinante alfombra.
«El agua fue subiendo, casi sin sentir», decían. Y cuando fueron los tres hombres a sacar al Cristo de la Victoria, el agua les llegaba ya a los tobillos. «¿Pero cómo puede ser?». Me sorprendí.
Alguien repetía: «Dieron poco tiempo para marcharse. Se portaron mal, muy mal». Por eso, cuando Francisco el pastor dijo: «Ha aparecido el pueblo otra vez», me chocó su indiferencia.
Fui, con cierto miedo, carretera adelante, a asomarme a lo que fue valle. Más allá del cementerio nuevo, tras el último recoveco, ya se podían ver montones de tejas, cuidadosamente apiladas, vigas, puertas, contraventanas, clavos cuidadosamente apilados, hierros oxidados.
SUBTÍTULO AQUÍ
Los hombres y las mujeres del nuevo Mansilla venían con los caballos cargados con pertenencias de allá abajo, de su tan llorado y amado pueblo sumergido.
Sobre la torre, el nido parecía el sombrero de una destituida dama de otro tiempo. Una vieja dama que no quisiera perder el último resto de su antigua gloria.
Sin saber cómo y casi sin querer, bajé otra vez al pueblo. De pronto un olor peculiar lo llenaba todo. Un olor con mezcla de moho, raíces podridas, humedad y frío. En las calles silenciosas cantaban de manera irritante aquellos pájaros que antes lo hacían desde las moreras. Aún quedaban escudos de piedra en alguna fachada, y crecían hongos amarillos entre las piedras de la calle de Fernán González.
El pueblo apareció entero, con plazuelas y soportales, huertecillas, muros de piedras, y árboles sumergidos, que no hubo tiempo de talar. Aquél era el viejo tiempo de mi infancia, donde casi nada faltaba, excepto la vida.
El color plata de los árboles sumergidos resaltaba en el color granate de la tierra que nunca olvidaré. La torre de la iglesia seguía en pie, roja —aunque antes de ser sumergida se veía dorada al atardecer, cuando los cuervos volaban a su alrededor dando gritos—. Y en lo alto de la torre se mantenía entero el nido de la cigüeña: lo único que el agua no llegó a cubrir.
El pueblo aparecía de nuevo, pero todo era muy extraño. El pueblo aparecía en un tiempo donde no se oían voces, donde todo se volvió oscuro y silencioso. Ahora, todo aquello era sólo un recuerdo. Contemplé cómo los hombres y las mujeres del nuevo pueblo bajaban a recoger sus propios recuerdos; cómo cargaban con tejas, piedras y vigas sus caballos. Me decían: — Tenemos que hacer nuevos pajares y así nos ahorramos mucho material.
Sin saber cómo, me encontré recogiendo viejos pestillos de hierro, cerraduras, clavos oxidados que manchaban mis manos de rojo. Por el centro de la plaza, un niño conducía un caballo cargado de tejas. Atrás queda el pueblo resurgido, inútil y triste, lleno de recuerdos. La vida continúa siempre, los años pasan siempre, los muchachos crecen. El agua crecerá de nuevo este invierno, y se llevará definitivamente el sombrero de la vieja dama.
“Yo creo que la infancia, y no sólo para mí sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”
ANA MARÍA MATUTE
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Ana María Matute
Sonia Prieto
Created on April 18, 2021
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Ana María Matute
Ana María Matute nació en Barcelona. Fue la segunda de los cinco hijos de una familia cuya madre era castellana y su padre catalán, dueño de una fábrica de paraguas. Siendo muy pequeña sufrió una grave enfermedad y a los ocho años fue enviada a vivir a Mansilla de la Sierra en La Rioja, con sus abuelos. El paisaje de la sierra riojana ayudó a la escritora durante su infancia a desarrollar su personal creatividad e imaginación que más tarde plasmaría en algunas de sus obras.
No podía ni imaginar que aquellas vivencias de niñez serían la columna vertebral de un excelente bagaje literario que, ochenta años después, le valdrían el Premio Cervantes
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Un antes y un después...
¿Has oído hablar alguna vez del Pantano de Mansilla? ¿Has estado alguna vez?¿Imaginas cómo puede ser un pueblo sumergido bajo el agua?
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LAS 7 VILLAS
Mansilla de la Sierra es un municipio perteneciente a las 7 Villas, en la comarca del Alto Najerilla . Está situado junto al embalse de Mansilla en el río Najerilla. Además se encuentra a 72 km de Logroño, aproximadamente a una hora y media si nos trasladamos en coche.
¿Sabes qué es una presa?
Presa de Mansilla, en el Alto Najerilla
Mansilla de la Sierra actual
Puente medieval de piedra "Suso"
Mansilla de la Sierra antiguo
Restos de la iglesia y el kiosco
Antiguo paseo de Mansilla de la Sierra
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Lo que queda de la casa de los abuelos de Ana Maria Matute
A mediados de agosto el pantano empezó a descender de nivel. Bajo el agua todo se veía ennegrecido. Las gentes de Mansilla me dijeron: —Está apareciendo el pueblo otra vez.
EL TIEMPO RESURGIDO, EL TIEMPO NUEVO
Me extrañó su falta de tristeza. Aún no hace mucho vi un hombre que se fue, que no quiso vivir en el pueblo nuevo, y que volvía para regañarles por haberse quedado y despreciar las nuevas viviendas. Luego acababa llorando y marchándose. Y las mismas gentes que sin mucha tristeza señalaban la aparición del pueblo bajo las aguas, hablaban de su triste salida del pueblo, mientras cargaban sus pertenencias ladera arriba.
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Era Semana Santa, con una radiante primavera en los campos cubiertos de flores, de rosas salvajes del escambrujo, de flores blancas de la endrina, del rojo intenso de los arzadús y las amapolas; con la ladera de Las Viñas cubierta de violetas, como una abundante y fascinante alfombra.
«El agua fue subiendo, casi sin sentir», decían. Y cuando fueron los tres hombres a sacar al Cristo de la Victoria, el agua les llegaba ya a los tobillos. «¿Pero cómo puede ser?». Me sorprendí.
Alguien repetía: «Dieron poco tiempo para marcharse. Se portaron mal, muy mal». Por eso, cuando Francisco el pastor dijo: «Ha aparecido el pueblo otra vez», me chocó su indiferencia. Fui, con cierto miedo, carretera adelante, a asomarme a lo que fue valle. Más allá del cementerio nuevo, tras el último recoveco, ya se podían ver montones de tejas, cuidadosamente apiladas, vigas, puertas, contraventanas, clavos cuidadosamente apilados, hierros oxidados.
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Los hombres y las mujeres del nuevo Mansilla venían con los caballos cargados con pertenencias de allá abajo, de su tan llorado y amado pueblo sumergido.
Sobre la torre, el nido parecía el sombrero de una destituida dama de otro tiempo. Una vieja dama que no quisiera perder el último resto de su antigua gloria.
Sin saber cómo y casi sin querer, bajé otra vez al pueblo. De pronto un olor peculiar lo llenaba todo. Un olor con mezcla de moho, raíces podridas, humedad y frío. En las calles silenciosas cantaban de manera irritante aquellos pájaros que antes lo hacían desde las moreras. Aún quedaban escudos de piedra en alguna fachada, y crecían hongos amarillos entre las piedras de la calle de Fernán González.
El pueblo apareció entero, con plazuelas y soportales, huertecillas, muros de piedras, y árboles sumergidos, que no hubo tiempo de talar. Aquél era el viejo tiempo de mi infancia, donde casi nada faltaba, excepto la vida.
El color plata de los árboles sumergidos resaltaba en el color granate de la tierra que nunca olvidaré. La torre de la iglesia seguía en pie, roja —aunque antes de ser sumergida se veía dorada al atardecer, cuando los cuervos volaban a su alrededor dando gritos—. Y en lo alto de la torre se mantenía entero el nido de la cigüeña: lo único que el agua no llegó a cubrir.
El pueblo aparecía de nuevo, pero todo era muy extraño. El pueblo aparecía en un tiempo donde no se oían voces, donde todo se volvió oscuro y silencioso. Ahora, todo aquello era sólo un recuerdo. Contemplé cómo los hombres y las mujeres del nuevo pueblo bajaban a recoger sus propios recuerdos; cómo cargaban con tejas, piedras y vigas sus caballos. Me decían: — Tenemos que hacer nuevos pajares y así nos ahorramos mucho material.
Sin saber cómo, me encontré recogiendo viejos pestillos de hierro, cerraduras, clavos oxidados que manchaban mis manos de rojo. Por el centro de la plaza, un niño conducía un caballo cargado de tejas. Atrás queda el pueblo resurgido, inútil y triste, lleno de recuerdos. La vida continúa siempre, los años pasan siempre, los muchachos crecen. El agua crecerá de nuevo este invierno, y se llevará definitivamente el sombrero de la vieja dama.
“Yo creo que la infancia, y no sólo para mí sino para la mayoría de la gente, es algo que marca para siempre. Aunque la quieras olvidar no puedes… Y todo lo que se ha vivido de niño, por lo menos las cosas más llamativas, las que más te han impresionado, eso perdura a lo largo de los años”
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