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Naves negras ante Troya

Sofía Paz

Created on June 1, 2020

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Segundo año

Lectura programada

Naves negras ante troya

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Ubicación

La historia de esta gesta heroica comienza con el mito, la narración fabulosa y por largo tiempo memorable que cuenta las gestas de los héroes y los dioses en una época remota...

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Veamos la costa

Autor

Nació en el siglo VIII A. C. en Esmirna, aunque otras fuentes citan como su lugar de nacimiento Rodas, Salamina o Quíos, en donde parece que residió gran parte de su vida. Es el autor de los dos grandes poemas épicos griegos, “La Ilíada”, que narra la Guerra de Troya, y “La Odisea”, obra que cuenta el retorno de Ulises a su patria en la isla de Itaca. Ambos se encuentran distribuidos en 24 cantos.

La manzana de oro

En aquellos días nobles y remotos en que los hombres eran héroes y convivían con los dioses, Peleo, rey de los mirmidones, se desposó con una ninfa de los mares llamada Tetis, la de los pies de plata. Numerosos invitados asistieron al banquete de bodas, y, junto con los mortales, llegaron los dioses del Olimpo. 1 Pero en el momento más alegre de la celebración apareció Éride, la diosa de la Discordia, que no había sido invitada porque dondequiera que iba llevaba la desgracia; pero allí estaba ella, enfurecida como siempre y dispuesta a vengar la afrenta.* Éride se limitó a arrojar sobre la mesa una manzana de oro; luego echó su aliento sobre los invitados y se esfumó. La manzana resplandecía entre los montones de frutas y las copas rebosantes de vino; y, al inclinarse para verla más de cerca, todos pudieron leer, escrito sobre la piel: «Para la más bella».

Entonces, cada una de las tres diosas supremas reclamó para sí el regalo. Hera lo reclamó por ser la esposa de Zeus, padre de los dioses, y reina por tanto de todos ellos. Atenea afirmó que tenía más derecho que ninguna, pues la belleza de una sabiduría como la suya sobrepasaba a cualquier otra clase de belleza. Afrodita se limitó a sonreír, y preguntó quién iba a reclamar un premio a la belleza si no era la diosa misma de la belleza. 2 De modo que se enzarzaron en una apasionada discusión; la disputa se transformó en pelea, y la pelea se fue agriando hasta que al fin las tres rogaron al resto de los invitados que fueran ellos quienes decidieran la cuestión. Pero éstos se negaron, pues sabían de sobra que, si escogían a una de las tres diosas para recibir la manzana de oro, se enemistarían con las otras dos. Al final las tres regresaron al Olimpo, enemistadas. Los demás dioses tomaron partido a favor de la una o de la otra, y la inquina* entre ellas se prolongó durante largo tiempo.

La manzana de oro

Tan largo como para que, mientras tanto, en el mundo de los hombres naciera un niño al iniciarse la pelea y se hiciera hombre y llegara a ser guerrero o pastor. Naturalmente, los dioses, que son inmortales, no tienen la misma noción del tiempo que los humanos. El caso es que en la ribera noroeste del mar Egeo había una ciudad de seres humanos. Troya se llamaba, y era una gran ciudad rodeada de poderosas murallas que se alzaba sobre una colina junto al mar. Se había enriquecido con los impuestos que sus reyes exigían, por atravesar el estrecho, a los barcos mercantes que navegaban rumbo a los ricos graneros de las llanuras del mar Negro. El rey de Troya, Príamo, poseía extensos territorios y caballos de larga crin,* y era padre de una prole* numerosa. Y al iniciarse la disputa por la manzana de oro, su esposa Hécuba tuvo un hijo al que llamaron Paris.

El nacimiento habría sido motivo de gran regocijo si, cuando Hécuba estaba embarazada, los adivinos no hubieran vaticinado* que iba a dar a luz una antorcha que arrasaría Troya en llamas. De manera que, cuando nació el niño y se le puso nombre, el rey ordenó a un criado que lo abandonase en un lugar desierto hasta que muriese por inanición.* El criado obedeció el mandato, pero un pastor que buscaba un becerro extraviado encontró al niño y lo crió como a su propio hijo. El muchacho creció alto, fuerte y hermoso; era el corredor más veloz y el más diestro* arquero de la región, pues su niñez transcurrió entre los ro bledales y los altos pastos de las laderas del monte Ida. Y allí conoció y se enamoró de una ninfa de los bosques llamada Enone, quien correspondió a su amor. La ninfa tenía el don de curar todas las heridas de los mortales, por profundas que fueran.

La manzana de oro

Entre los robledales vivieron juntos y fueron dichosos, hasta que un día las tres divinidades celosas, aún enzarzadas en la disputa por la manzana de oro, acertaron a mirar al bosque desde lo alto del Olimpo y vieron al bello joven pastoreando su ganado por las laderas del monte Ida. Como los dioses todo lo saben, advirtieron que se trataba del hijo del rey Príamo de Troya, aunque el muchacho todavía lo ignoraba. Entonces se les ocurrió la idea de que, como él no las reconocería, ningún temor podía sentir si le rogaban que decidiese cuál era la más bella de las tres. Y es que las diosas empezaban a estar ya algo cansadas de la disputa. Así que le tiraron la manzana, y él la cogió al vuelo. Descendieron entonces las tres, se posaron ante él tan suavemente que sus pies ni siquiera rozaron las hierbas de la montaña, y le rogaron que escogiera a la más hermosa de entre ellas y a aquella que fuera merecedora del premio que tenía en las manos.

Primero Atenea, con su brillante armadura, clavó en él sus ojos grises como espadas y le prometió la sabiduría suprema si ella era la elegida. Después Hera, con sus ropajes reales de reina del cielo, le prometió inmensas riquezas, poder y honor, si le concedía el premio a ella. Por último se acercó Afrodita, que, con los ojos azules como el agua de las profundidades del mar, el cabello como una guirnalda* dorada ceñida a la cabeza y una dulce sonrisa de miel, le susurró que le concedería una mujer tan hermosa como ella si le otorgaba la manzana. Y Paris, fascinado por los encantos de Afrodita, olvidó a las otras dos diosas y sus ofrecimientos de sabiduría y poder, se olvidó también de Enone la de oscuros cabellos, y le entregó la manzana de oro a Afrodita.

Naturalmente, Atenea y Hera se enfurecieron con él porque les había negado el premio, tal y como los invitados a la boda habían previsto. Y ambas estaban enojadas asimismo con Afrodita. Ésta, sin embargo, estaba eufórica* y dispuesta a mantener la promesa dada a aquel pastor que era hijo de un rey. Afrodita, entonces, hizo que algunos hombres del rey Príamo le robaran a Paris un enorme y hermoso toro, que era el amo y señor de todo su ganado. Así que Paris tuvo que bajar a Troya en busca del toro. Y una vez allí, Hécuba, su madre, lo vio y lo reconoció por el parecido con sus hermanos y porque algo en su corazón le decía que aquél era el hijo al que creía muerto y perdido desde la infancia. Hécuba lloró de alegría y lo llevó ante el rey. Al verlo vivo y con tan hermosa apariencia, todos los hombres olvidaron la profecía y Príamo lo acogió con júbilo y le regaló una de sus mansiones, como a cada uno de los demás príncipes troyanos.

Allí vivió Paris a partir de entonces, aunque en ocasiones regresaba con su amada Enone a los robledales del monte Ida. Y nada perturbó aquella felicidad durante algún tiempo. Entretanto, del otro lado del mar Egeo, otra boda se había celebrado: el matrimonio del rey Menelao de Esparta con la princesa Helena, a la que los hombres llamaban Helena la de las hermosas mejillas, la mujer más bella entre todas las mortales. Su belleza era famosa en todos los reinos de Grecia, y muchos reyes y príncipes la habían pretendido, entre ellos Ulises, que reinaba en la rocosa isla de Ítaca. Aunque a su padre no le complacía ninguno de ellos, acabó por entregársela a Menelao. No obstante, como temía los conflictos que podrían surgir más adelante entre sus pretendientes, les hizo jurar a todos que, en atención a ella, apoyarían a su marido si éste los necesitaba en alguna ocasión.

La manzana de oro

Y entre Helena y Ulises (quien se casó, muy enamorado, con Penélope, prima de Helena) se fraguó una profunda amistad que a Helena le habría de ser de gran utilidad cuando, años más tarde, se vio en un grave aprieto. La fama de la belleza de Helena traspasó los límites de Grecia hasta que por fin llegó a Troya, tal como Afrodita había previsto. Y tan pronto como llegó a oídos de Paris, éste decidió ir a comprobar por sí mismo si Helena era tan bella como los hombres decían. Enone se deshizo en llanto y le rogó que no la abandonara; pero él no le hizo el menor caso y sus pies no volvieron a pisar jamás el camino que conducía a la cueva que ambos habitaban en los bosques. Paris era muy caprichoso; cuando deseaba algo, tenía que conseguirlo como fuera; así que le rogó a su padre que le proporcionara una nave y unos hombres, y se hizo a la mar con sus compañeros.

La manzana de oro

Ante ellos se extendía el mar Egeo, y, en su larga travesía, a menudo los vientos les alejaban de su rumbo. Pero al fin arribaron a tierra, vararon* la nave en la playa y subieron por los largos y empinados senderos que conducían hacia el palacio-fortaleza del rey Menelao. Los esclavos acudieron a recibirlos al patio de armas, como era costumbre hacer con todos los extranjeros, y los invitaron a entrar para que se asearan, tras un viaje tan largo. Poco después, ataviados* con trajes de gala, se presentaban en el salón real, donde el fuego ardía en un hogar elevado en el centro y los perros favoritos del rey yacían a sus pies. —¡Bienvenidos seáis, extranjeros! —dijo Menelao—. Decidme quiénes sois, de dónde venís y qué os trae a mi palacio.

—Yo me llamo Paris, soy hijo del rey Príamo, y vengo de Troya —contestó Paris—. El deseo de conocer lugares remotos me ha conducido hasta aquí, pues ha alcanzado nuestras orillas la fama de Menelao como gran rey y generoso anfitrión* con los extranjeros. Sentaos, pues, y comed, ya que debéis estar agotados después de tan largo viaje —dijo el rey. Y, tras tomar asiento, les trajeron carnes, frutas y vino en copas doradas. De pronto, mientras comían y los troyanos relataban a su anfitrión las aventuras del viaje, apareció Helena, la reina, seguida de dos de sus doncellas, una de las cuales llevaba de la mano a la hijita de la reina, y la otra cargaba con el huso* de marfil, la rueca* y abundante lana del más intenso color violeta. Helena se sentó en el extremo más alejado del hogar, el lugar destinado a las mujeres, y comenzó a hilar. Y, al tiempo que hilaba, prestó atención al relato que los extranjeros hacían de sus viajes

Paris y Helena se cruzaron miradas furtivas* por entre el espeso humo del hogar. Paris comprobó que la esposa de Menelao era incluso más bella de lo que se decía, dorada como la espiga de trigo y dulce como la miel silvestre. Y Helena observó, sobre todo, que el príncipe extranjero era muy joven. Ella no había elegido a su marido y, aunque su matrimonio era bastante feliz, Menelao era mucho mayor que Helena, y su barba mostraba las primeras mechas grises. En cambio, en la barba rubia de Paris no crecía cana alguna, y sus ojos brillaban, y tenía una sonrisa resplandeciente. El corazón de Helena palpitaba con fuerza al mirarle y, en un momento de distracción, rompió la hebra de hilo violeta. Paris y sus compañeros se quedaron mucho tiempo en calidad de hués- pedes* del rey Menelao, y muy pronto Paris no se conformó con mirar a la reina. Había olvidado ya por completo a la pobre Enone, y ahora se negaba a marcharse y abandonar a Helena la de las bellas mejillas. Y así fueron pasando los días. A menudo, el príncipe y la reina caminaban juntos por los frescos jardines de olivos y bajo los almendros en flor del palacio. Paris se sentaba a sus pies y, mientras ella tejía su lana violeta, él le cantaba las canciones de su país.

Un día el rey salió de caza. Paris adujo una excusa para no acompañar al rey, y tanto el joven troyano como sus compañeros se quedaron en palacio. Y cuando se encontraban a solas caminando bajo la fresca sombra de los olivos, mientras los compañeros de Paris y las doncellas de la reina se entretenían a poca distancia, Paris le confesó a Helena que había viajado desde tan lejos sólo para verla, y que ahora que la había visto se había enamorado perdidamente y ya no se sentía capaz de vivir sin ella. —No deberías decirme eso —dijo Helena—, pues soy una mujer casada. Ahora no podré soportar que te marches y me tengas que abandonar.—Amada mía —dijo Paris—, mi nave está en la bahía; ven conmigo ahora que tu marido se ha ausentado de palacio, pues tú y yo nos pertenecemos ya para siempre. Y así siguieron hablando en aquel caluroso mediodía mientras cantaban las cigarras, él porfiando* y ella resistiéndose. Pero él era Paris, y siempre conseguía todo lo que deseaba; y, en lo más profundo de su corazón, tam bién ella albergaba el mismo deseo.

A considerar

A considerar

iv. esquema quinario

Naves negras ante Troya

En la boda de Peleo y Tetis, Éride al no ser invitada lanza una manzana con la inscripción <<Para la más bella>>.

Ficha DE lectura

la manzana de oro

Ninguno de los asistentes quiere otoragar la manzana a Hera, Atenea o Afrodita, por ello, eligen a Paris.

I. VOCABULARIOAbrupto – aducir - aprieto - ataviar – clamar- desposar –diestro –echar -enzarzar –euforia - furtivo –huso –inanición – inquina –porfiar -rueca – sendero –susurrar -travesía –varar II. PERSONAJES III. LUGARES

Paris quien vivía como pastor, era el hijo del rey Príamo, quien tras los ofrecimientos, elige a Afrodita.

Afrodita hace que su madre lo reconozca, le otorgan sus derechos y Paris viaja para comprobar si la bella Helena era tal, aunque estaba casada con Menelao .

Paris convence a Helena para escaparse juntos.

iv. esquema quinario

título del capítulo

I. VOCABULARIO

  • Elegir de 10 a 15 palabras
  • Buscar en el diccionario DLE.
  • Copiar el significado relacionado con el contexto.
II. PERSONAJES III. LUGARES

¡GRACIAS!