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Relatos "la letra girada 1" (2019-20)

ruiz.julia

Created on April 27, 2020

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Transcript

Liceo Francés de Valencia

la letra

girada

Relatos de un confinamiento

LENGUA INTEGRADARecopilatorio de textos de alumnos de 1er1/3

Abril-Mayo 2020

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ALEGRÍA. Lengua integrada

15. Mi lugar favorito. 16. Noche de hinchables

Elena García Roig

RELATOS/experiencias:

Manuel Ibañez

17. Nostalgia. 18. Sagrera. 19. San Juan. 20. Se compone de momentos. 21. Solo fue un momento. 22. Recuerdos de mi niñez. 23. Risas en el mar. 24. Una noche de momentos insólitos. 25. Un momento de alegría. 26. Un nuevo amigo. 27. Un regalo inesperado. 28. Un verano inolvidable. 29. Verano en línea. 30. Vuelta a casa.

Nathalie Cortes Ortiz

  1. Recetas de familia.
  2. Concierto.
  3. Día 42.
  4. El escudo del Sevilla.
  5. El fin de la cuarentena.
  6. El mejor día del año.
  7. El reencuentro.
  8. Evasión musical.
  9. Felicidad en tiempos de confinamiento.
  10. La última vez/Te quiero.
  11. Libertad.
  12. Los amigos.
  13. Los sin techo.
  14. Mi semana perfecta.

Anónimo

Maxime Cachaldora

Ainhoa García Teillard

Santiago Bevier

Marc Lledó Rambla

Alba Aragón Díaz

Alejandro Aguado Blanco

Adrián Bouquet Mingarro

César Bou Climent

Carlos Aparici Tomas

Clara Fernández

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Jorge Inigo García-España

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Alba García Vega

Víctor Huerta Tur

Emma Gohé

Laurent Echeandia

Celia Heck Cutanda

Carolina Acevedo García

Alberto Andrieux Nuño

Alejandro Morera Navarro

Claudia Catalá Nuñez

Bruno Benzoni Bayarri

Marcos Campayo Molko

Meriem Bachtarzi

Mireia Gandia Prin

Mario Ebri Azorin

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Desde marzo de 2020, la pandemia del covid-19 nos ha hecho permanecer en nuestras casas, sean cuales sean nuestras circunstancias. Y aunque la situación a veces nos supere, para bien o para mal, esos momentos de encuentro que se llevaban a cabo en las aulas se han convertido en recuerdos alegres de una voraz cotidianidad. La última secuencia del temario de la asignatura de Lengua integrada de 1er nos invitaba a cuestionarnos acerca de los límites entre el espacio público y el espacio privado y su relación con la literatura y las artes en general. Este proyecto surge en ese lugar común entre lo público y lo personal, donde la escritura se ha convertido en una vía de escape de tantas emociones revueltas y contradictorias, y que tanto nos cuesta a veces expresar. Intentemos recuperar, pues, aquel tono alegre a través de estos textos. Gracias a vosotros por compartir, ya sólo nos queda, juntos, volver a construir.

Lengua integrada

Alegría

NOTA: todas las imágenes utilizadas para ilustrar los textos son libres de derechos y no pertenecen a ninguno/a de los/as autores/as. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Title 1

Tengo muchos recuerdos míos yendo a su casa de Monte Picayo a comer sus famosos pimientos rellenos de arroz. La veía siempre preparando antes los ingredientes en el banco de la cocina, para luego ponerse a hacerlos, con mucho amor, dedicación y consagración. Luego, una vez terminados, mi abuela los sacaba a la mesa del comedor y todos dibujábamos en nuestras caras una grandes sonrisas.

Recetas de familia

A principios de la cuarentena le pedí a mi padre un favor. Le pedí que me hiciera mi comida favorita, con la que más disfruto, con la que más recuerdos buenos tengo. Le pedí que me hiciera pimientos rellenos de arroz y soja. Antes de hacérmela mi padre, me la solía hacer mi abuela por parte de padre.

Title 1

ainhoa garcía teillard

concierto

Al fin y al cabo, todos parecíamos estar experimentando lo mismo, en esa sala tan pequeña, pero donde se respiraba tan fácil. Miré a Sara para comprobar si esto era cierto, y la vi a ella también, a la otra punta de la sala, elevándose mientras bailaba, flotando en cada una de las palabras de Pedro.

A partir de ese momento, mi alegría no hizo más que aumentar, sabiendo que no estaba sola, y me dejé llevar hasta que encendieron las luces. Al salir por esa puerta, nada volvió a ser como lo había sido antes de entrar.

La música sonaba cada vez más alto, cada vez más cerca y, con cada nota, sentía mi cuerpo elevándose un poco más. ¿Cuánto hacía que no me sentía así? ¿Cuántos años había pasado negándome-casi sin saberlo- a sentir el más mínimo sentimiento que pudiese echar de menos cuando todo volviese a ser gris?

La verdad es que ese día entendí muchas cosas (y de no haberlas entendido, dudo que mi alegría hubiese sido tan intensa como lo fue). A medida que el cantante iba cambiando de canción, el aire se volvía más ligero y el ambiente más cercano.

Title 1

MARC

LLEDÓ

RAMBLA

...

...

Día 42. Yo quería unas largas vacaciones, pero no me refería a esto.

...

Title 1

Eso generó en mí una alegría extrema, me puse a saltar encima del sofá con los brazos en alto, y pedí llamar a amigos míos (entre ellos Pepe) para contarles la “hazaña” que acaba de completar. Pero, ¿cómo llegó el cromo a ese paquete? En esos momentos pensaba que era la persona con más suerte del planeta, pero no fue así. Mi padre, harto de derrochar dinero en comprar decenas de paquetes sin que saliese el susodicho cromo, decidió ir un domingo a la plaza redonda y comprarlo. Para mantener la emoción del momento, decidió comprar varios paquetes y así disimular todo ya que yo no podía completar una colección comprando el último cromo, perdería emoción.

EL ESCUDO DEL SEVILLA

Alejandro Aguado Blanco

En 2007, gracias a tanto a mi padre como a un amigo de Moraira, Pepe Mallent, apareció en mi una pasión por el fútbol. Como niño apasionado por el deporte, mi padre me compró el álbum de fútbol de la Liga BBVA. Apenas tenía 5 años, pero con la ayuda de mi padre era capaz de coleccionar cromos. Tras varios meses en los que mi padre me compraba decenas de paquetes, no conseguía completar el álbum, me faltaba “el escudo del Sevilla”. Nos pasábamos semana tras semana abriendo paquetes para conseguir dicho cromo, pero no aparecía, se podría decir que ese cromo me quería arruinar la infancia. Sin embargo, llegó el 10 de diciembre de 2007. Ese día, mi padre llega a casa y me da varios paquetes de cromos. Me pongo a abrirlos con mi madre y él, y cada vez que veía un cromo decía “repetido” o “este ya lo tengo”. Lo que no sabía es que encontraría la gloria absoluta. Acto seguido, mientras me fijaba en las cartas que acababa de abrir, me da un paquete y lo abro. Ahí se encontraba el cromo que había estado buscando durante tanto tiempo.

Así que llegó a casa y me dio los paquetes. Mientras abría los paquetes, mi padre coge uno de ellos y, sin que yo me enterase, lo abrió e introdujo “el escudo del Sevilla” en el paquete. Ese fue el paquete que me dio y que me hizo tan feliz abrirlo. Se podría decir que mi padre me salvó la infancia, ya que “el escudo del Sevilla” no estaba muy por la labor de aparecer.

Title 1

El fin de la cuarentena

Adrián Bouquet

Ya estábamos prácticamente al final del verano cuando todo esto acabó. Era mediados de Agosto, más precisamente el viernes 14, pero aun así seguía haciendo el famoso clima de España que circulaba alrededor de los 38 Cº, una temperatura inimaginable para muchos. Fue ese mismo día en que salí junto a mi familia por primera vez desde hacía tiempo. Pero he de decir que, aunque la cuarenta hubiese terminado, seguíamos con miedo al contagio del famoso Covid-19, dado que por mucha libertad que tuviésemos ahora, seguíamos sin cura y sin vacuna. Sin embargo, nuestras ganas de salir a la calle eran tan desmesuradas, que salimos igualmente, seguramente la misma decisión que había tomado la mayoría de las personas. Pero nuestra sorpresa fue al ver anunciados en dispersos papeles que volaban en todos los sentidos, seguramente después de haberse despegado de alguna superficie, que se había finalmente encontrado una cura, y que ya se estaba repartiendo en los distintos centros de salud.

El mejor día del año

Un día soleado de antes de fallas, estaba yo en la plaza del ayuntamiento con mi novia, disfrutando del día y de los churros que nos habíamos comprado. El ambiente era increíble, ya se estaban levantando las primeras fallas y el olor a pólvora, causado por los petardos, ya se oía por aquel entonces. En ese domingo la felicidad brillaba por su presencia. Sin duda, uno de los mejores días del año que será difícil de superar.

Carlos Aparici Tomas

Title 1

EL REENCUENTRO

Hasta que llegó el día, después de dos largos y tediosos meses, por fin podría verlos. Dos meses de puro aburrimiento y vida monótona por fin se habían acabado porque por fin vería a mi segunda familia. Decidimos quedar en la casa de uno de nosotros que estaba libre puesto que sus padres habían decidido salir a hacer una escapada solos. Unos estábamos sentados en el sofá, otros en las butacas, y otros en sillas, y simplemente hablábamos como si nada hubiera pasado. Me reí como no me había reído en mi vida y después de mucho tiempo fui totalmente feliz.

JORGE INIGO GARCIA-ESPAÑA

Antes del confinamiento, desde el lunes hasta el viernes, eran como una escalada a una montaña y el fin de semana era la bajada a la montaña. El fin de semana era para estar con tus amigos, compartir risas y buenos momentos, pero eso se había acabado.

Después de un largo tiempo encerrados en nuestros hogares nos dimos cuenta de lo que teníamos antes del brote de la enfermedad. Cosas que nos parecían banales, rutinarias, se habían convertido en recuerdos de momentos felices que parecían haber sido años atrás.

Title 1

Evasión musical

Mi hermano con la guitarra española, mi padre con la eléctrica y mi madre al piano, juntos empezaron a tocar mientras el primero entonaba la voz. Yo, al margen de lo que sucedía, puesto que ya es costumbre escuchar música en mi casa, tomé mi café y me acerqué al salón para disfrutar de la música. Miré entonces a mi alrededor e intentando no molestar a nadie, me acerqué y me senté en la batería eléctrica que aparentemente había sido desplazada hasta ahí para que pudiese tocarla.

Durante la cuarentena no he tenido un momento concreto de auge emocional. Me he mantenido cuerdo y estable emocionalmente gracias al deporte y a mi familia, y he intentado hacerme con nuevas aficiones y hobbies como el ajedrez.

VÍCTOR HUERTA TUR

Si cabe destacar algún instante de felicidad en estos últimos cincuenta días, diría que hace unos días me sentí genial junto a mi familia. Me levanté sobre las doce, un lunes de hace unas semanas, y mientras desayunaba mi avena con leche y café, mis padres y mi hermano mayor se pusieron a tocar juntos la mítica canción Lemon tree.

La encendí y para mi sorpresa se escuchaba por los mismos altavoces que emitían el sonido de la guitarra eléctrica. Con las baquetas en mano me uní al trío melódico y estuvimos así una hora, alternando canción tras canción y disfrutando del placer de la música. El instante no fue extraordinario porque mis padres suelen hacer lo mismo los fines de semana, pero llevaba mucho tiempo sin sentarme frente al instrumento con el que me había iniciado en la música, y me sentí de nuevo atraído por el aprendizaje de la batería, cosa que no pensé nunca que me ocurriría de nuevo. Desde entonces estoy practicando otra vez y disfruto mucho con ello.

Title 1

LAURENT ECHEANDIA

FELICIDAD EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO

En este período de confinamiento, pocas cosas me hacen feliz, la mayor parte del tiempo extraño estar fuera y socializar. Pero aunque sea difícil de creer, hay algo que me hace muy feliz y es cuando me conecto a un grupo de la PS4 con todos mis amigos, y jugamos todos al mismo juego.

Title 1

(#tristeza)

La última vez

(#alegría)

Te quiero

Posé su mano bañada en sangre sobre mi corazón espinado. Por última vez, nuestras almas volverían a unirse como el primer día. “Te…” No pudo terminar la frase, y a pesar de ser invierno, sus palabras se evaporaron.

Coloqué su frígida mano Sobre mi ardiente corazón. Por primera vez, Nuestras almas se unieron en un solo ser. « Te » No lo dejé terminar. Y en aquel hermoso atardecer, Nuestras palabras surgieron al unísono: « Te quiero »

CAROLINA ACEVEDO GARCÍA

ALEJANDRO

LIBERTAD

Aquel sábado por la mañana desperté sobre las nueve y media, bajé las escaleras y fui a saludar a mis padres, como de costumbre. Al acercarme me percaté de que su conversación tenía un tono muy alegre que además denotaba una gran exaltación. Al verme, mi madre me transmitió entonces la esperada noticia: “¡Por fin!”. No cabía en mí de gozo. Después de estos interminables meses iba a poder librarme de la monotonía que se había instalado en mi vida diaria, de la reclusión forzosa a la que me habían sometido.

Nunca llegué a entender cómo ese estado podía haberse permitido, que la gente lo aceptase y negara que infringía las libertades individuales. Es por lo tanto comprensible que la noticia despertara en mí una inmensa dicha : era el fin de las amenazas de la policía, el fin del encierro, el fin de la necesidad de pasarse infinidad de horas diarias delante de un ordenador, el fin del confinamiento por aquella cepa de coronavirus… al menos momentáneamente.

MORERA NAVARRO

Antes del confinamiento he sentido muchos momentos de alegría, uno de ellos pasó en verano, en casa de un amigo. Ese día lo pasamos en grande él y yo, nos divertimos mucho. El momento más alegre que pueda recordar fue en la piscina, en una colchoneta en la cual estábamos tumbados y mirando hacia el increíble sol que hacía ese día.

los amigos

Bruno Benzoni Bayarri

Miraba hacia el cielo y analizaba la situación y pensé que esos momentos son los que cuentan, esos momentos con los amigos donde te puedes expresar y divertirte de verdad son los que marcan la felicidad. Por eso mismo, hoy, he logrado acordarme de ese gran momento vivido con mi mejor amigo y he decidido contarlo.

Title 1

los sin techo

Mer

TARZI

BACH

IEM

Una tarde de invierno, Juan estaba tumbado en el suelo bebiendo vodka cuando un joven se dirigió hacia él. No estaba grabando y ni siquiera le iba a dar dinero. Se sentó a su lado y se presentó, Juan le contestó que no estaba interesado en hacerse un amigo, pero el joven persistió y continuó hablando: “Acabo de llegar a España, yo también a partir de ahora vivo en la calle, no conozco Valencia”.

Juan no contestó, pero el chico no abandonó: “Tengo veinte euros, si quieres enseñarme la ciudad, te pago la comida”. En ese momento Juan reaccionó, tenía mucha hambre y hacía mucho tiempo que no habían querido hablar con él, entonces le ofreció beber de la botella. El joven ayudó al viejo a levantarse y a caminar. Juan le enseñó la ciudad y volvió a comer por primera vez en una semana.

Por eso, se esforzaba en agradecer y sonreírles. Para olvidarse de su situación, Juan bebía mucho, en realidad ya no quería vivir desde que su perro falleció de viejo hace unos meses. Además, sabía que él también era viejo y que apestaba a sudor y a orina, y realmente ya no esperaba a que la gente viniera hacia él, ya no les sonreía, y todo el dinero que le daban, lo usaba para emborracharse.

Juan era un sin techo de 50 años que merodeaba por las calles de Valencia todos los días. Pedía limosna y por la noche dormía sobre bancos, ésta era su rutina en los últimos siete años. La gente siempre le daba cincuenta céntimos, un euro, a veces dos euros, si tenía suerte, pero no se quejaba.Lo que odiaba Juan eran las personas que le grababan dándole dinero, le daba vergüenza aparecer en los vídeos pero no podía decir nada porque necesitaba el dinero.

Title 1

Mi semana perfecta

Era increíblemente feliz cuando jugaba con mi hermana en esa piscina. Por las tardes teníamos también una especie de rutina y sobre las 18h, más o menos nos íbamos a andar por el paseo marítimo hasta Sant Antoni, el pueblo de al lado en el cual había una feria que a mi hermana y a mi nos encantaba. Nos subíamos a un montón de atracciones y se nos pasaba la tarde volando. De toda esa semana el mejor momento para mí era cuando llegaba el viernes por la noche, ya que subían a casa mis tíos y mi primo, los cuales viven en Barcelona y veo pocas veces al año. Durante ese fin de semana yo era súper feliz ya que era lo mismo que en los días laborales pero con más compañía y no me sentía tan solo con mi hermana ya que nuestro primo también jugaba con nosotros. El sábado por la noche nos íbamos a cenar a un sitio que a mi me encantaba, uno de mis restaurantes favoritos, y después de cenar nos íbamos a unas rocas a ver el mar y a andar. Desgraciadamente hace ya varios años que no subimos ya que mis padres decidieron vender el piso por la falta de uso.

MARIO EBRI

"Nos subíamos a un montón de atracciones y se nos pasaba la tarde volando".

Era un verano hace ya unos años, mis padres y mi hermana subíamos a un apartamento que teníamos en Palamós, un lugar maravilloso donde pasaba seguramente la mejor semana de todo mi verano y era realmente feliz. De lunes a viernes, ya que siempre llegábamos un domingo por la tarde noche para limpiar un poco la casa e instalarnos teníamos una misma rutina, levantarnos tranquilamente y bajarnos a la playa, la cual era preciosa, con un agua fría y que cuando te bañabas en ella era una sensación completamente diferente a la sensación de las playas de Valencia. Sobre la hora de comer, siempre mientras mis padres hacían la comida, mi hermana y yo nos bajábamos a la piscina de la urbanización la cual no sé muy bien el porqué pero siempre ha sido mi piscina favorita y la que más me gusta de todas en las que me he bañado.

Title 1

Mi lugar favorito

A continuación, salir con mis amigos al mar y amarrarnos juntos en las calas de la costa, tomar el sol, bucear, hacer pádel, ir en moto de agua y ver el amanecer desde la cala tomando las bebidas de “Don Pepito”. Volver cuando ya empieza a oscurecer a casa. Cada uno se ducha y se arregla en su casa. Después de esto, quedar todo el grupo de amigos para cenar y pasar un rato agradable antes de salir por la noche. Ver el amanecer tras una noche espléndida y desayunar por ahí. Volver a casa y dormir hasta que nos despertamos para vivir una vez más un día de nuestra rutina veraniega. Esta historia es mi propia definición de la palabra “alegría". Por otra parte, para mí la “alegría” también podría definirse por el hecho de abrazar a un ser querido como pueden ser mis abuelos. Ese abrazo es un momento en el que pararía el tiempo para permanecer eternamente entre sus brazos.

EL sentimiento de alegría suele manifestarse con un buen estado de ánimo. Uno de los momentos en que mi estado de ánimo es muy bueno y fuerte es cuando me siento libre y rodeada de cosas que quiero y aprecio: lugares, situaciones, familia, amigos…. Desde mi punto de vista, la alegría va de la mano del querer y de la libertad. Personalmente, en verano es la época del año en la que más libre me siento, ya que tengo más derechos que deberes, al contrario que en el resto de estaciones, ya que en el colegio tengo que cumplir más con los deberes, y tengo menos derechos. Por lo tanto, la alegría podría resumirse en un día de verano rodeada de mi gente y en mi lugar favorito, Jávea. Ese día perfecto y momento de alegría, para mí, es el siguiente: levantarme por la mañana y desayunar en mi “Chiringuito” playero favorito.

ELENA GARCÍA ROIG

Title 1

Saltamos, corrimos, escalamos y nos divertimos de una forma que pocas veces habíamos podido hacer. Pasaron unas dos o tres horas hasta que subimos a la montaña hinchable del centro del parque a tumbarnos a descansar y mirar las estrellas. Estábamos eufóricos, nos sentíamos los reyes del mundo con una sonrisa de lado a lado de nuestras caras. Lo habíamos conseguido, el vigilante no podría alcanzarnos a esa distancia y de todas formas si en tanto rato no había hecho nada, no iba a hacerlo ahora… ¿o si? Después de descansar un rato bajé con una amiga a explorar qué más posibilidades ofrecían los hinchables cuando, mirando hacia la playa vi una sombra aparecer tras una ola. Al principio pensé que lo había imaginado, pero cuando con la siguiente ola volví a ver el bulto todas las dudas desaparecieron. Era una canoa, la canoa del socorrista. Pensé que, seguramente, el vigilante harto de vernos saltar en los hinchables sin permiso había buscado una canoa y había cogido lo que había encontrado y se dirigía hacia nosotros en ese momento. Al instante avisé a los de la montaña de lo que se nos venía encima y al oír mi grito el vigilante empezó a amenazarme y a remar más rápido. Corrimos a través de las colchonetas y trampolines y saltamos a las tablas, deshicimos los nudos a toda prisa y nos pusimos a remar como locos. Nos iba el corazón a mil por hora, pero más que miedo era adrenalina lo que sentíamos. Como me manejo bastante bien con cualquier tipo de tabla, un amigo me pidió que me subiese a su tabla. Pocas tablas he visto más inestables que esa y tras un par de resbalones tuve que resignarme a llevarla remando con las manos y sin remo. Todo parecía ir bien, las tablas grandes donde iba la mayoría de la gente ya estaban llegando casi a la escollera del puerto y yo ya había conseguido dominar la tabla yendo bastante más rápido que los demás, pero cansándome el triple por la forma en que remaba, sin embargo la huida no podía ser tan fácil y cuando oí a mi espalda a mi prima gritar desde el borde de los hinchables se me cayó el alma a los pies. No había oído mi primer grito de alarma y cuando se dio cuenta de lo que pasaba y llegó a donde estaban las tablas ya estábamos fuera de la zona de juegos alejándonos a toda prisa. Sin pensarlo demasiado di media vuelta y empecé a remar con todas mis fuerzas. Muñiz, uno de los mayores más fuertes me pasó a toda velocidad por el lado en una canoa de dos personas que llevaba él solo y recogió a mi prima de los hinchables pero ese momento de duda y esa vuelta atrás bastó para que el vigilante llegase. La oscuridad de la noche hizo que no nos viera volver a Muñiz y a mi, y había seguido a los demás, pero al ver que no los alcanzaría y recordando haber oído el grito de mi prima dio media vuelta y vino a por nosotros. Después de eso todo sucedió muy rápido. Sin mediar palabra Muñiz empezó a remar hacia el vigilante y yo seguí su ejemplo creyendo entender su plan. Pero cuando nos hallamos a unos seis metros aceleramos cada uno hacia nuestro lado. Fue perfecto, aun no entiendo cómo funcionó, pero el caso es que el vigilante dudó y un segundo de duda bastó para que Muñiz y yo pasásemos la canoa del vigilante y ganásemos un par de metros de ventaja. Atónito, el vigilante dio media vuelta y se lanzó en nuestra persecución, pero el tiempo que había perdido en frenar y girar nos bastó para sacarle una ventaja que difícilmente podría recuperar. Tanto que, tras poco más de una docena de segundos, golpeó su remo contra el mar y desistió en su persecución. No sin antes hacer gala obviamente de un vocabulario y una habilidad para el insulto absolutamente admirables, pero poco nos importaba ya porque habíamos conseguido huir. Cuando vimos que había dejado de seguirnos Muñiz y yo nos miramos y soltamos tal carcajada que estoy seguro de que nos oyeron desde el pueblo. Esta es solo una de las muchas aventuras que he vivido en Moraira pero desde luego la alegría no ha faltado antes, durante o después de esa noche de hinchables.

NOCHE DE HINCHABLES

Moraira es el paraíso en la tierra y eso lo tengo más que comprobado y certificado. Por lo tanto, hagas lo que hagas allí va a ser memorable. Me acuerdo sobre todo de las noches de hinchables y especialmente de la primera vez que fui, cuando fui con los “mayores”. Para ponernos en situación lo primero sería describir un poco la topografía de este pueblo costero. Moraira consta de dos playas, la playa de la Ampolla y la playa del Portet (que por su tamaño suele ser considerada cala). Estas dos playas están separadas entre sí por poco más de un kilómetro y medio por mar y unos dos kilómetros por carretera. El caso es que pese a ser mil veces más bonita y tranquila la playa del Portet, la playa de la Ampolla tenía un parque acuático hinchable enorme y siempre habíamos tenido la espinita de meternos a probarlo. Así que, cuando el grupo de primos mayores y sus amigos nos dijeron que podríamos entrar gratis, y teniendo el parque para nosotros solos, nos lanzamos sin dudarlo a la aventura de los hinchables. Los parques hinchables de ese tamaño tardaban mucho en montarse y por lo tanto no era posible montarlo y desmontarlo todos los días para guardarlo por la noche así que no tenían más remedio que dejarlo por la noche flotando en el mar. Previendo que algunos pillos del pueblo de la Ampolla se colasen por la noche, siempre tenían un vigilante nocturno escondido en las rocas para que impidiese que la gente fuese nadando desde la playa hasta los hinchables. Sin embargo, no tuvieron en cuenta a la gente del Portet y la inventiva y el ingenio que despiertan en un joven las ganas de vivir aventuras y colarse donde no deben. Teniendo en cuenta todo esto, no tardamos demasiado en preparar un plan para colarnos. En Moraira hay varias familias que llevan generaciones viniendo y pasando el verano juntas, y mi grupo de amigos un ejemplo de ello. Gracias a esto nuestro grupo tenía gente de 3 o cuatro grandes familias y, por lo tanto, montones de tablas y canoas a nuestra disposición. La idea era simple: bajar a la playa del Portet a medianoche cada uno con las canoas y tablas que pudiese traer e ir todos por el mar escondidos tras la escollera del puerto hasta los hinchables. Una vez allí ataríamos los artefactos flotantes a las boyas que delimitan la zona de juegos y… ¡a disfrutar! No pasó mucho tiempo hasta que lo pusimos en práctica. Estuvimos un par de días muy atentos al oleaje nocturno, y cuando lo vimos claro nos lanzamos al mar. A las doce en punto media docena de canoas y dos o tres tablas grandes estaban alineadas en la playa del Portet. Cuando salimos mis dos primos más mayores se pusieron en la vanguardia de la expedición y yo me puse en la retaguardia con un amigo mío, llevando cada uno a dos personas en nuestras tablas. Recorrimos en un par de minutos el camino desde la playa hasta la bocana del puerto remando lo más rápido que podíamos. Cabe recalcar que en el mar la noche es más oscura que en ningún otro lugar, el agua parece alquitrán de lo negra que se ve y si metes las piernas, por mucho que te esfuerces, no las vas a poder ver. Terrorífico, sin duda, pero llevábamos toda nuestra infancia navegando y jugando en esas aguas y no íbamos a tener miedo por un poco de oscuridad, al contrario, ante la perspectiva de meternos en los hinchables ninguno podíamos reprimir una sonrisa y avanzamos con decisión pese a no ver a los demás a más de tres metros de distancia. Hicimos el desembarco en poco más de un minuto. Una vez hechos los nudos, y habiéndonos asegurado de que ninguna tabla se iría a la deriva, nos abalanzamos todos sobre los hinchables. Fue una noche sublime: todas las locuras que habíamos imaginado y relegado a lo más profundo de nuestra mente por la certeza de que nos prohibirían hacerlas, ahora podíamos hacerlas sin ningún miedo a llevarnos una reprimenda.

Manuel Ibañez Ugarte

Quedé con mis amigos, fuimos a la bolera, nos reímos, hablamos y sobretodo lo pasamos como nunca. Es en estos momentos donde ves que la vida te puede dar palos pero que gracias a algunas personas todo puede cambiar. Tengo el recuerdo tan fresco que aún oigo nuestras risas mezcladas con el ruido del sitio. Echo de menos esas tardes en las que no importaba nada, simplemente nos concentrábamos en vivir. Ahora, nos preocupamos por sobrevivir.

Nathalie Cortes Ortiz

NOSTALGIA

Title 1

Sí que había bastante restaurantes donde ir a cenar y unas cuantas tiendas surferas, pero lo más impresionante que tiene el pueblo es el potencial de sus olas, y por eso desde el día anterior ya me preparaba para volver a surfear al día siguiente. Es decir que reemplazaba la cera de mi tabla y ponía a secar mi neopreno, para al final tenerlo todo perfecto para el día siguiente. De manera general, no nos damos cuenta de cuándo estamos en un momento de alegría asta que ya ha pasado. Seguramente este año no podré hacer ese viaje insoportable en coche de ochos horas con mi tabla pegada a mí, por el tema del virus. Pero al menos sé que esa alegría se repetirá cuando vuelva.

Tenía unas vistas a la playa ya que para acceder a ella hay que bajar una especie de rampa, porque la playa está detrás de un acantilado, que es muy común en la costa de Algarve. Me gustaba pasarme al menos dos horas en el agua fría de Atlántico con mi viejo neopreno y mi tabla. Algunos días, ni siquiera cogía una buena ola por culpa del viento o de su malformación, pero no me importaba, ya que me gustaba estar en el agua esperando que llegase la ola oportuna. La mayoría de veces al salir del agua, nos íbamos al chiringuito que está al pie de la playa, para luego volver a casa. Aparte de surfear, no hay gran cosa que se pueda hacer en ese pueblo.

Sagres

MAXIME CACHALDORA

Alegría. Esta es la palabra que se nos viene a la mente cuando estamos en momentos felices. También es la palabra en la que pienso cuando me voy a un pequeño pueblo costero en Portugal. En nuestras vidas hay muchos momentos de alegría, que surgen con la familia, amigos, de vacaciones…Esos momentos aparecen desde la mejor fiesta de verano con los amigos hasta estar en un pueblo perdido en mitad del monte con tu familia. Personalmente, uno de mis mejores momentos, además de estar con mis amigos, es ir a un pueblo surfero llamado Sagres, en la punta de Portugal, al sur. Allí, alquilamos desde ya unos años la misma casa: pequeña, simple, anticuada, y con un jardín. Esta casa está cerca de la playa donde surgen olas de casi dos metros, llamada “praia do Tonel”. Cuando llegué allí este verano, con mi tabla de surf recién comprada, sentí ese momento de alegría.

Title 1

San Juan

Encender el fuego un poco menos, pero lo conseguimos. Todos trajeron algo para sentarse, comer y beber. Vamos, lo admito, también un poco de alcohol. Es parte del recuerdo, del placer de esta noche.Y aquí estamos al caer la noche, con las piernas cruzadas en la arena. Asamos "chamallows", la cara calentada por un fuego de leña, el primer vaso tragado y la amistad. A veces nos reímos por nada, a veces estamos en silencio, y escuchamos el sonido del fuego que produce una sensación de bienestar, el remolino de las olas y la risa de los otros grupos.

Santiago bevier

¿Contar un recuerdo feliz? Tarea difícil. Tengo suerte de tener muchos. Estos no son recuerdos extraordinarios: no hay viajes increíbles, encuentros o momentos de alegría inesperados. Pero recuerdos felices, simples placeres de la vida cotidiana, sí, tengo muchos.Entonces, elijamos. Y en este período de encierro, alejado de mis amigos, aquellos que vienen a mi mente son aquellos que me conectan con ellos.

Algunas personas se alejan un poco, se sumergen los pies en el agua y continúan una conversación. Los miramos desde la distancia, les gritamos tonterías. Nos divertimos. Da gusto estar en verano, en vacaciones, cuando al fin, nos sentimos más libres y cargando menos peso. No hay viajes increíbles sino unas pocas horas de pura felicidad con quienes me importan. Y eso es algo que extraño, en estos momentos. No habrá San Juan este año, a esperar al siguiente...

Me veo de nuevo, así que me veo de nuevo en junio pasado, en la playa. Nos unimos al final del día, el día de San Juan. El clima agradable, cálido, ya se han acomodado otros grupos, que ya se estaban divirtiendo.... .Somos una quincena, chicos y chicas. Nos conocemos desde hace varios años. Incluso crecimos juntos algunos de nosotros. Miramos a nuestro alrededor y nos inspiramos en aquellos que tenían más experiencia debido a que eran ya mayores de edad y estaban acostumbrados. Entonces, ¿debemos comprar madera? ¿Hacer un hoyo en la arena? Vale, eso suena simple.

Cuando pensaba que ya no vendría, vi a lo lejos una moto acercarse, y en ella un chico con pelo largo, rubio, con un chaleco salvavidas y todos los brazos quemados por haber estado todo el día en el agua. Me sonrió de la misma forma en la que lo hizo aquella noche. "Corre, sube, que en nada anochece”. Algo nerviosa lo saludé, me subí y nos fuimos mar adentro. “Tu cógete bien a mí que si no nos caeremos” me dijo.

Recuerdo como si fuese ayer aquel 26 de agosto en Jávea, mi paraíso. Todos mis amigos habían vuelto ya a Valencia, los garitos y discotecas de playa habían prácticamente despedido la temporada con sus últimas fiestas. El verano cada día se hacía menos presente, y las clases, la monotonía y los agobios no tardarían en volver. Mis padres decidieron apurar al máximo el tiempo en nuestro paraíso. Yo aún disfrutaba de los últimos instantes, de los últimos rayos de sol, los últimos baños en el mar, las últimas paellas en la terraza y de todas esas sobremesas en las que mi abuelo me contaba tantas historias de su juventud. Me paré a pensar en todas esas personas que había tenido la oportunidad de conocer, entre copas, risas y bailes, muchos bailes. Me acordé de un chico en concreto, se le conocía mucho en Jávea, pues era el único que con dieciocho años tenía moto de agua. Todas deseaban que "el rubiales" de Jávea les concediera un paseíto en su moto, por muy corto que fuese. Pero él no accedía nunca. Yo había coincidido en más de una ocasión con él, apenas intercambiamos palabras, igual que haría con todas, supuse.Pero él no accedía nunca. Yo había coincidido en más de una ocasión con él, apenas intercambiamos palabras, igual que haría con todas, supuse. Recuerdo en una de las muchas noches de fiesta cómo nuestras miradas se cruzaron, entre música y tragos. Comprendí que no era una mirada como las otras por lo mucho que duró. Se volvió hacia sus amigos sonriéndome, yo me volví también hacia las mías con las que seguí bailando hasta que no pude más. Volviendo a ese 26 de agosto, recuerdo levantarme con el sol entrando por mi ventana y con un nuevo mensaje en mi móvil. Era él. “Guapa, ¿te apetece venirte esta tarde a dar una vuelta con la moto?” fue lo que leí. No me lo pensé mucho, total el verano estaba acabándose, ¿por qué no? Estando algo sorprendida le dije que sí. Y ahí estaba yo, a las seis de la tarde, esperando en el puerto, con mi mochila y mis chanclas rojas, expectante por cómo sería mi primera vez en moto de agua, y con "el rubiales". La espera se me hizo eterna y me dio tiempo a mentalizarme de que no podría gritar si me entraba el miedo. La espera se me hizo eterna y me dio tiempo a mentalizarme de que no podría gritar si me entraba el miedo.

ALBA ARAGÓN DÍAZ

SE COMPONE DE MOMENTOS

Viví las mejores horas de mi vida, me dolía la tripa de tanto reírme, de las veces que aceleraba el motor, la adrenalina subía por todo mi cuerpo. Perdí la cuenta de las veces que nos caímos por esos acelerones. Cuanto lo disfrutamos. Cansados de tanta agua salada en los ojos, decidimos parar en una cala escondida, tranquila y solitaria. Estábamos solos frente a aquel horizonte, esas rocas de mar y esas boyas amarillas viendo el atardecer. Estuvimos horas hablando de todo y de nada, sin conocernos. Supongo que eso fue lo que tan especial hizo esa tarde. Miré la hora y debía volver a casa a tiempo para cenar. Cuando me disponía a recoger mis cosas, el me interrumpió, me cogió de las manos, y me besó diciéndome: “Yo te llevo a casa”. Fui probablemente la chica más feliz del mundo. Sonriéndonos, abandonamos esa cala que no volveríamos a ver hasta el verano siguiente, quién sabe si juntos para entonces. Ahí aprendí que la esencia de la vida se compone de momentos, de instantes y de detalles que la hacen única.

ELENA LLORENS PLANELLES

Y lo mejor de todo fue sentir ese alivio que se siente al dejar que las olas te cubran los pies en la orilla. Era como un soplo de aire frío que me gritaba que por fin era libre. Y eso es lo que hice, gritar que por fin lo era. De pronto, tenía delante de mí toda una serie de imágenes, de recuerdos, que me azotaron la mente. En solo un momento, recordé todos los momentos que había disfrutado en ese lugar, en esa playa, en mi antiguo hogar. No entendía cómo en solo un momento podía revivir toda una vida, una vida que pensaba que había olvidado o que intentaba olvidar. Pero aquella sensación se desvaneció poco después, ya que no solamente recordé las cosas buenas que habían sucedido en aquel lugar, sino que también recordé las cosas que provocaron que quisiera marcharme y huir de lo que en un principio fue mi hogar. Para mi sorpresa, de la misma manera que esos pensamientos habían aparecido, desaparecieron. Una ola me salpicó y en el mismo momento en el que el mar se la tragó, se llevó aquellos pensamientos consigo, fue como si el mismo océano me librara de aquella carga. El mismo océano me estaba librando de una carga que había arrastrado a lo largo de los años. Después de haber estado encerrada tanto tiempo detrás de unos muros que yo misma había levantado, podía derrumbarlos por fin. Después de tanto tiempo… puedo olvidar. Después de tanto tiempo… puedo volver a ser feliz.

Solo fue un momento

Después de tanto tiempo añoraba muchas cosas, añoraba poder salir a la calle, ver a mis amigos, pasar tiempo fuera con ellos e ir al cine o a un parque. Pero lo que más añoraba era la luz del sol, esa que siempre nos acompaña y que siempre ha estado ahí. Ese rayito de sol que buscamos con desesperación en invierno, ese rayito de sol que hace que crezcan las plantas en primavera. Ese rayito de sol que puede alegrarnos las mañanas después de una mala racha. Esa luz que calma, esa luz que aporta color a las cosas que con el tiempo se van apagando.

Y en sólo un momento la volví a ver, como si hubiera estado esperándome. Y yo me volví a encender alegrándome al volver a verla. Mientras iba acercándome a ella, me aferraba a todo lo que me rodeaba, a todo lo que ella me hacía sentir. Esa sensación que te recorre el cuerpo al pisar la arena. Ese calor que te envuelve al exponer la piel a la luz del sol. Esa brisa juguetona que te revuelve el pelo como en esos días de verano. Volvía a sentirme como una niña al observar las nubes del cielo e imaginar la forma que tienen.

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César BOU CLIMENT

Desde muy pequeño solemos acudir todos los veranos a Formentera junto a otra familia de amigos en la cual tengo a mi amigo Alejandro el cual es mi mejor amigo desde los tres años. Recuerdo muy bien estos viajes, pero este de 2012 como el mejor. No sé si será por su contenido o porque (en mi caso, al menos) se viven las cosas con más intensidad cuando eres un niño. Concretamente lo que recuerdo muy bien de ese viaje, y que a día de hoy sigo haciendo pero de distinta manera, es ir a la playa de Espalmador con mi amigo y mi padre a bañarme en las aguas cristalinas de la isla; y después al paseo a comerme un gofre repleto de nutella. A pesar de que hiciera cosas más emocionantes durante el viaje como ir en barco o hacer snorkel, esto lo recuerdo más vivamente que lo demás. No sé si será por la compañía, que es muy buena, o porque siempre que pienso en eso se me dibuja una sonrisa. No sabría explicarlo, pero me recuerda a lo que también me pasa con la música. Lo que me pasa es que escucharla me traslada a un recuerdo en concreto de mi vida y, dependiendo de cuál sea, me transporta a uno mejor o peor. Es como si este recuerdo fuera la llave que abre una parte de mi memoria y como en este caso abre la puerta de algo alegre he decidido contar este relato.

Recuerdos de mi niñez

Este microrrelato cuenta un relato propio en un contexto y lugar totalmente real. Sería en 2012 tendría unos 9 años, recuerdo muy alegremente esta etapa de mi vida pues no tenía casi preocupaciones y era un niño inocente capaz de hacer de una caja de cartón una nave espacial. Mi familia y yo siempre hemos viajado mucho, mis padres priorizan el viaje antes que otras cosas porque al igual que yo lo ven algo altamente enriquecedor.

Risas en el mar

Añoro la sensación de estar allí. Es una parte de mí esencial. Al mirar las fotos, veo reflejada la alegría y me parece que estoy lejos de esa realidad. Me entristece pensar que este verano puede que no vayamos. Para mí, ese recuerdo tiene un gran valor sentimental.

CLARA FERNÁNDEZ

Al pensar en momentos en los que haya experimentado alegría, hay un lugar que se repite. Los recuerdos más felices los he pasado en Oropesa. Cuando me imagino un día de verano con mi familia ahí siento felicidad en estado puro. Para mí es sin duda la mejor parte del verano porque me recuerda a mi infancia. Me he criado allí y, por ello, le tengo mucho cariño. Me encanta el ambiente, la playa, el sol, la arena y poder sentir la brisa del mar de cerca. Siempre que estoy allí me olvidó de todo y me siento como en casa. Es una manera de desconectar de todo y dejarse invadir por la calma. No logro imaginar un verano sin ir.

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Una noche de momentos insólitos

Alba García Vega

Hace ya más de un mes que estamos rodeados de paredes, esos soportes a los que nunca les hemos dado importancia y que ahora los percibimos como barrotes que nos separan de nuestra libertad, sin duda, el ser humano no es capaz de valorar lo que tiene, hasta que lo pierde. Pero estos momentos de confinamiento nos permiten recordar las buenas experiencias que hemos vivido junto a nuestros amigos que, por alguna razón, no sabría explicar por qué, pero todos los tipos de fiestas acaban por ser las mejores experiencias, quizás porque de una forma u otra acaban sucediendo eventos inesperados.

Aún recuerdo el día en el que una amiga invitó a unas trece personas a su casa para celebrar su cumpleaños y la noche no acabó como esperábamos. En efecto, tras la desaparición momentánea y el reencuentro del hermano pequeño de mi amiga después de haber dado un paseo a las doce de la noche, no recuerdo ni cómo ni por qué, pero acabé en el jardín del chalet con un amigo quemando servilletas y chuches con la ayuda de un mechero, mientras discutíamos tranquilamente sobre la vida, hasta que el hermano de mi amiga vino con un cuchillo gigante y unas mandarinas para proponernos un juego.

Como no teníamos mucho más que hacer, jugamos al juego que nos propuso, el cual consistía en lanzar fruta al aire y cortarla cuando ésta descendía debido a la gravedad (con la mala puntería que tengo, me conformé con lograr rozar la mandarina), por lo cual el jardín acabó pareciendo una frutería que había padecido los efectos de un ciclón. Después de habernos quedado sin fruta, sobre las tres de la madrugada, cuando ya estuvimos todo el grupo unido, decidimos bañarnos en la pequeña piscina privada de mi amiga, pero que resultaba ser lo suficientemente grande como para que trece personas lograran desplazarse sin problema, por lo que decidimos jugar a marco-polo, lo que provocó la llegada de la policía al domicilio, debido al jaleo que estábamos produciendo. Si es que, ¿a quién se le ocurre jugar a marco-polo a las tres de la mañana? La noche obviamente no terminó aquí, de hecho, pasaron muchas más cosas, las cuales no voy a narrar por compromiso y porque si no este “microrrelato” (que de micro tiene poco) acabaría siendo aún más extenso. Lo único que puedo decir es que ansío salir de fiesta para crear esos momentos tan raros pero especiales.

UN MOMENTO DE ALEGRÍA

Emma GOHÉ

Me desperté, el sol ya había salido y hacía un calor intenso. Subí al primer piso y desayuné, me puse un bañador y bajé bajo del todo. Mi día ya había comenzado. La piscina, las tumbonas, esa ducha de madera, el ping-pong, el sofá, no era un día distinto, nada había cambiado, pero por una vez la rutina era emocionante. Esas palabras describen la mayoría del mes de junio de todos mis veranos. Sin embargo, ese año fue distinto, ese verano al coger el coche e ir hacia esa casa cerrada y cubierta de polvo, algo distinto me esperaba, la familia. Mis primas de Madrid pasaron conmigo ese mes de junio, y mis otros primos se quedaron en la casa de mi abuela que estaba en la colina de enfrente. Todos los días hacíamos lo mismo, correr de colina en colina para vernos y pelearnos.

Pero eso es felicidad, solemos asociar la rutina al aburrimiento, sin embargo, esos días no los recuerdo aburridos, cada día una historia nueva, una aventura, una pelea, un juego… Esos son los días por los que lucho, es importante viajar y ver mundo, hacer intercambios y aprender durante el verano, pero ese mes era más que importantes, eran necesario. Esos días me permitieron crear un vínculo con mi familia, crear un recuerdo, crear un momento de felicidad que engloba miles de anécdotas; un recuerdo así de grande es más que un momento de felicidad, es sin ninguna duda la felicidad.

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Tenía siete años y ya eran vacaciones de Navidad Bajé del autobús que me llevaba y recogía del colegio, mi padre me esperaba afuera. Siempre le ha costado guardar secretos, o al menos ocultármelos a mí, estaba sonriendo. Cuando mi padre sonríe, sé que es por que me tiene algo preparado. Yo en ese momento pensaba que quizá habría una merienda especial ya que llevaba demasiado tiempo sin tomar un buen vaso de chocolate caliente, o que quizá ya me habría comprado los regalos de Navidad, algo así. Sí que es verdad que me tenía algo preparado, pero en realidad yo no tenía ni idea de qué era. Nada más llegué a casa fu corriendo a mi cuarto, para deshacerme por fin de mi mochila, pero cuando abrí la puerta… Ahí estaba mi sorpresa. Al principio, me evitaba un poco, yo no quería hacerle ningún mal, pero él no se fiaba mucho de mí. Poco a poco nos fuimos conociendo hasta que llegó la noche y nos quedamos hasta tarde jugando y haciendo el tonto. ¡Fue sin duda unas de las mejores tardes de toda mi vida! Al final del día estaba agotada de tanto jugar y me quedé dormida enseguida, y a los pies de la cama me acompañaba un cachorrito blanco: mi nuevo amigo.

UN

NUEVO

AMIGO

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Un regalo inesperado

Sin embargo, al oír lo que dijo la persona que estaba al otro lado de la línea sentí una gran alegría, mi loro que ya daba por perdido (se escapó hace ya más de dos meses) se encontraba en la casa de esta persona que, gracias a dios, vio un cartel que puse cerca de mi casa. Al día siguiente lo trajimos de vuelta a casa.

Alberto Andrieux Nuño

Cuando llevábamos dos semanas de confinamiento, mi teléfono comenzó a sonar en una tarde como cualquier otra de este confinamiento. Esto me hizo sentir un poco desconcertado ya que no suelo comunicarme con llamadas y prefiero recibir mensajes.

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UN VERANO INOLVIDABLE

Fueron los mejores días de mi vida, me encontraba en un bucle vicioso de alegría, donde mi única preocupación era que no se me notase lo suficiente el moreno. Las noches eran largas y divertidas, las mañanas se me hacían cortas, y las tardes se me hacían únicas. Maddie solía venir a mi casa en bici, el timbre de mi casa era mi despertador, cuando sonaba sabía que era ella. Mi mejor amiga fue un pieza esencial para mi, junto a ella pase un mes maravilloso lleno de risas, bailes y aventuras veraniegas. Solíamos subirnos a la azotea de mi casa. Desde allí se veía todo el pueblo, era nuestro lugar, nuestro pedacito de tierra en el mundo. Allí nos sentíamos libres, vivas, allí podíamos ser nosotras mismas. Solíamos coger de casa varios manteles, que extendíamos por el suelo para poder tumbarnos. Ese era mi momento favorito del día. La una junto a la otra, escuchando nuestra canción favorita, nos sentábamos y mirábamos el atardecer.

Claudia Catala Nuñez

Nunca podré expresar la felicidad que sentíamos en aquellas tardes de verano. Estar allí, nos provocaba una sensación maravillosa. Una sensación en la que nos sentíamos únicas. Recuerdo mirar al horizonte y sonreír. Todo era perfecto, no necesitábamos más. El poder vivir, y poder respirar en ese momento nos llenaba las almas de vida. Los días eran especiales, vivíamos en un bucle constante en el que nuestra rutina era la misma, pero cada día vivíamos cosas distintas. Creía que no me faltaba nada, mi vida estaba completa en esos momentos... pero de repente apareció él, dándole así todavía más felicidad a mi vida de la que ya disponía. Maddie y Oscar se llevaban genial, que bonito se me hacía ver a mis dos personas favoritas compartir momentos y risas. Nunca se me olvidará ese momento. Y es que para ser feliz solo me hizo falta la belleza de la vida y el amor de dos personas.

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Cuando esto ocurría, delante de las miradas atentas de nuestro equipo, que una vez muerto no tenía más opción que observarnos, Victor y yo corríamos a suicidarnos de modo que todo nuestro equipo perdía la partida. Cuando esto ocurría, una lluvia de insultos caía sobre nosotros, debido a la frustración de nuestro equipo, consecuencia de perder ronda tras ronda. Victor y yo estallábamos de risa, tanto mientras corríamos a suicidarnos cómo cuándo nos insultaban por todos los lados. Todos los días de ese verano, menos cuando nos veíamos en persona con más amigos, fueron así. Si no jugábamos él contra mí, disfrutábamos de hacer perder a nuestro equipo, como niños molestos e inmaduros. Recuerdo ese verano como la época más feliz de mi vida.

Verano en línea

Durante el verano de 2015, de todo nuestro curso, tan sólo Víctor y yo disponíamos de un videojuego, llamado Call of Duty. La razón por la que éramos los únicos que lo poseíamos era nuestro avance en cuanto a juegos online en comparación a nuestros compañeros. Víctor y yo nos pasábamos todos los días jugando al mismo juego, desde que se ponía el sol hasta que nos dormíamos, sin poder parar de reír. Recuerdo que mi abuela llegó incluso a preocuparse debido a mis ataques de risa, pensando que me podía haber pasado algo. Teniendo en cuenta que mi casa tiene tres pisos, eso es mucho decir. Era un juego de guerra, y, existía un modo de juego en el que dos equipos se enfrentaban, y uno de ellos debía plantar una bomba antes de que la desactivase el otro equipo. En esta modalidad, no era posible revivir una vez muerto, por lo que morir o perder una partida era realmente frustrante. Lo que mi amigo y yo hacíamos era lo siguiente; nos escondíamos durante toda la partida, hasta que solo quedáramos nosotros dos frente al equipo rival.

Marcos Campayo Molko

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El año pasado, decidí irme al extranjero durante tres meses a Estados Unidos. Después de un par de entrevistas y reuniones con una empresa que organiza viajes al extranjero, me asignaron un colegio y una familia en Eugene, una ciudad en el estado de Oregon. Durante estos tres meses, conocí a muchísima gente y construí recuerdos inolvidables, pero sobretodo aprendí a crecer como persona. Alejada de mi familia y amigos y completamente fuera de mi zona de confort, me di cuenta de lo afortunada que soy en la vida, pero también aprendí a arreglármelas yo solita en cualquier situación. El 18 de junio, ya me tocaba volver, y eso significaba que mi vida iba a volver a la normalidad. Ese día, me desperté sobre las 8 ya que mi primer vuelo salía en unas horas hacía Seattle. Después de ese vuelo, cogí otro destino Amsterdam, que duraba unas 9 horas. Una vez ahí, tocaba esperar aún unas 5 horas hasta que llegase el momento de embarcar en mi último avión, destino Valencia. La verdad es que, esas 5 horas fueron interminables. Esperé eternamente en una sala del aeropuerto, en la que había más niños que viajaban solos. Estaba tan cansada que lo único que hacía era imaginarme lo a gusto que estaría en mi cama, duchada y con el pijama puesto. Las azafatas del último vuelo fueron majísimas conmigo. ¿Vienes desde América?¡Qué pasada! Les contesté con una sonrisa de oreja tratando de ocultar mi extremo cansancio y mi desesperante ansia por llegar al aeropuerto.

Una vez allí ya era 19 de junio, y me acogió un hombre que no se enteraba mucho de lo que hacía. Me hizo salir por una puerta que estaba en la otra punta del aeropuerto, mientras que a mí ya se me salía la lagrimita del ojo y se me hacía un nudo en la garganta. Llegó el momento que estaba esperando: mis hermanas y mis padres estaban allí, sujetando un cartel y, en cuanto me vieron echaron a correr a darme un abrazo. No pude evitar ponerme a llorar de lo emocionada que estaba al volver a verles las caras, darles un abrazo y hablar con ellos. Justo después, aparecieron mis amigas por sorpresa que se habían escondido detrás de la puerta. Después de tanto tiempo sin verlas, las veía más guapas y altas que nunca, y me recibieron con muchísimo cariño. Y es que después de haber echado tanto de menos a estas personas, este reencuentro fue muy especial para mí y, me sentí más feliz que nunca. Ese día, fuimos todos a merendar y a pasar esa tarde de junio en mi casa.

MIREIA GANDIA PRIN

VUELTA A CASA

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GRACIAS